jueves, 18 de octubre de 2007

ROSARIO-CONTEPLACIÓN DEL ROSTRO DEL SEÑOR

Una de las cosas que más le cuesta a la gente rezar es el rosario (1). Les supone un esfuerzo enorme porque da mucha pereza.

Casi siempre que se reza uno tiene más ganas de terminarlo que de hacerlo bien.

Además, nos suele ocurrir que no tenemos tiempo. Nos liamos con facilidad para hacer otras cosas y al final lo podemos rezar a trozos: un misterio por aquí, otro yendo a tal sitio…

Nos salen misterios de nueve Avemarías, otros de once, o a veces no sabemos ni porqué misterio vamos… y las letanías pueden terminar por derribo…incluso los más poéticos se inventan algunas…

Es una práctica que se lía con facilidad con el quehacer diario, quizá por eso se nos enreda con facilidad dentro del bolsillo cuando vamos a sacarlo, y necesitamos las dos manos para deshacerlo.

Vamos a sacar ahora en nuestra oración esta práctica de piedad, para pedirle al Señor que nos ayude con su gracia a rezarlo mejor.

–Ayúdanos para ver cómo podemos rezarlo mejor…

Dice el Evangelio que Jesús y tres de sus discípulos subieron al monte Tabor. Y estando allí «…se transfiguró delante de ellos: su rostro brilló como el sol» (2).

Durante aquel episodio de la Transfiguración, Pedro, Santiago y Juan se quedaron asombrados al ver cómo brillaba el rostro de Jesús. Nunca lo habían visto así.
Esta imagen de los tres apóstoles mirando el rostro de Jesús es el prototipo de la contemplación cristiana: fijar los ojos en él y descubrirlo.

–Señor queremos contemplar la luz de tu rostro (3). Tu rostro es lo que busco, no me ocultes tu rostro (4).

Sobre la contemplación del Señor quien más sabe, sin ninguna duda, es su Madre, María. La Virgen es nuestro mejor modelo porque el rostro de Jesús le pertenece de una manera muy especial, es su Madre y humanamente se le parece.

Por eso le pedimos también ayuda a Ella:
–Madre mía ayúdanos a rezar con fruto el rosario.

Nadie como María se ha dedicado tanto a mirar a Jesús. Desde la Encarnación comenzó a imaginárselo durante los nueve meses de espera, a pensar cómo iba a ser la cara de ese Niño tan especial, se entretendría mucho en darle vueltas porque nueve meses dan para mucho.

Cuando finalmente nació en Belén lo pudo contemplar sin prisas, con tranquilidad mientras lo envolvía en pañales y lo acostaba en una cuna (5).

Desde que nació Jesús, los ojos de María no hicieron otra cosa que mirarle, se le iban siempre hacia Él. Durante los años que vivió en la tierra lo miró de muchas maneras, dependiendo del momento.

Lo miró con una mirada interrogativa al preguntarle porqué les había hecho sufrir a Ella y a San José cuando desapareció durante tres días sin decir nada.

Lo miró con ojos penetrantes, profundos, capaz de leer los sentimientos de Jesús durante la celebración de la famosa Boda en Caná.
Con una mirada dolorosa, sobre todo en el Calvario al ver a su Hijo clavado en una Cruz.

Y en la mañana de Pascua sus ojos se volverán radiantes. Le ocurrió lo mismo que a los tres apóstoles en el monte Tabor cuando vieron brillar tanto, lo mismo que María al ver el cuerpo glorioso de su Hijo.

–Madre nuestra enséñanos a mirar al Señor.

Ella vive con los ojos puestos en Jesús. Sus recuerdos se alimentan de su imagen física y de las palabras que salieron de su boca, por eso dice la Escritura más de una vez que «conservaba todas estas cosas en su corazón» (6).

Los recuerdos se le agolpaban en su interior. Le acompañaron durante toda su vida y los repasaba mentalmente, se entretenía mucho meditando.


El rosario es como inscribirse en la Escuela de María. Es como trasladarse a Nazareth a su lado para descubrir la Humanidad de Jesús. Nos enseña a sentir los mismos sentimientos que Él tuvo (7), a revestirnos de Cristo(8), a respirar sus sentimientos.

Esos recuerdos puestos unos detrás de otro son los que en definitiva forman el rosario. El rosario no es un conjunto de cuentas, sino de meditaciones.

La Virgen lo ha recorrido muchas veces, y ahora desde el cielo siguen siendo el motivo de su alegría, porque tiene un empeño grande en presentarnos el rostro de Jesús para que lo contemplemos. Hace lo mismo que hizo en el Portal de Belén, cuando con su mirada indicaba a los pastores y los Reyes de Oriente dónde estaba el Niño.

Visto así ¡qué distinto se nos presenta rezar el rosario…!
Por eso la Iglesia recomienda que, cuando lo recemos, nos paremos en cada misterio para contemplar la escena durante unos segundos. O podemos meditarlos también mientras rezamos las Avemarías.

Rezar el rosario sin contemplación, rezarlo sin contemplaciones, es hacerlo deprisa, queriendo quitárnoslo de encima.

Se convertiría, como dijo el Papa Pablo VI, en un cuerpo sin alma. Por eso Jesús mismo nos advirtió un día: «cuando recéis no digáis palabras inútiles, como los paganos, que se figuran van a ser oídos por su abundancia de palabras» (9).

–Madre nuestra danos la gracia de aprovechar bien tu escuela.

Debemos poner esfuerzo porque el rosario, por su naturaleza, tiene un ritmo pausado y tranquilo que ayuda a la contemplación o a la dormición dependiendo de la lucha que pongamos.

En una conocida visión que tuvo San Bernardo mientras rezaba en el coro, vio al lado de cada monje un ángel que escribía.

Unos ángeles escribían con oro, otros lo hacían con plata, otros con tinta, otros con agua y otros estaban al lado del monje correspondiente sin escribir nada.

El Señor le hizo entender que las oraciones escritas con oro eran las rezadas con el fervor de la caridad. Las de plata las que se hacían con devoción. Las de tinta eran las oraciones que el monje rezaba con empeño en las palabras pero sin devoción, y las de agua eran las que se rezaban sin atención.

Los ángeles que no escribían nada eran los de los monjes que voluntariamente se distraían.

Podemos pensar para movernos a rezar bien que un ángel anota en el libro nuestros rosarios dichos con devoción, y un demonio escribe en otro libro lo rosarios rezados de cualquier manera.

Vamos a terminar.

–Madre nuestra ayúdanos a ser buenos alumnos de tu escuela del rosario, que nuestro ángel lo escriba cada día con letras de oro.

Ignacio Fornés

(1) Rosarium Virginae Mariae, Carta apostólica de Juan Pablo II, versión en italiano.
(2) Mt 17, 2.
(3) Cfr. Plegaria Eucarística II.
(4) Salmo 27, 8–9.
(5) Cfr. Lc 2, 7.
(6) Lc 2, 19.
(7) Cfr. Fil. 2, 5.
(8) Cfr. Gal 3, 27.
(9) Mt 6, 7.

2 comentarios:

José Manuel PG dijo...

Esta errrata es más fina:

Durante aquel episodio de la Transfiguración, Pedro, Santiago y Juan se quedaron asombrados al ver CÓMO brillaba el rostro de Jesús

Antonio Balsera Fernández dijo...

Gracias, José Manuel, ya se ha cambiado

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