viernes, 11 de septiembre de 2020

EXALTACIÓN DE LA GUILLOTINA


Hay pensamientos que por sí solos nos llenan de repugnancia.

Pues algo parecido les podía pasar a algunos cristianos de la primera hora: sentirían desosiego cada vez que nombraban el suplicio de la cruz. Porque el Señor murió injustamente en él. 

Ya sabemos que la Cruz no gusta, no es agradable. Produce rechazo. Cuántas veces nosotros mismos no queremos llevarla encima porque nos resulta incómoda. 

Siempre me ha llamado la atención el valor de los participantes en las paraolimpiadas. Son personas que padecen alguna limitación física, pero llevan su cruz con buen humor… Y participan en las competiciones deportivas con la ilusión de ganar medallas y mostrar la alegría de vivir, a pesar de tener ciertas deficiencias físicas. 

Los santos como San Pablo no rechazan hablar de los padecimientos del Señor: los ven como un motivo de gloria (cfr. Segunda lectura de la Misa: Flp 2,6-11). 

Dice el refrán que es de mal gusto nombrar la soga en casa del ahorcado. Sin embargo los cristianos veneramos la cruz. Hablamos de ella, la llevamos con nosotros… Y no nos da miedo mostrarla, aunque conlleve la muerte… 
Durante la guerra civil, al sacerdote que atendía la antigua ermita de Torreciudad le pararon un día los enemigos de Dios. Él no iba vestido de sacerdote y le preguntaron por su identidad. Y él, sin dudarlo ni un instante, sacó su D.N.I.: un crucifijo. No tardaron en acabar con su vida. 

Si Jesús hubiera muerto en la revolución francesa, hoy hablaríamos de la Santa Guillotina. Porque el patíbulo de la cruz, fue el trono desde donde el Señor nos manifestó que nos quería hasta ese extremo horrible. No porque sea una cosa agradable, sino porque fue el arma que utilizó para ganar nuestro amor.

Hace unos días leí una breve historia que nos habla de cómo el Señor nos roba el corazón con la cruz. En una residencia de ancianos, se encuentra Carmen, una mujer que sufre una tremenda distrofia. Sus dolores no son comparables con ningún otro de las personas allí ingresadas.  Camina en silla de ruedas y precisa de ayuda para prácticamente todas las habilidades comunes. Sin embargo, en su interior no sufre ninguna dolencia. La paz que irradia es el reflejo de lo que su alma siente. Apenas puede hablar, pero lo intenta y derrama hasta la última brisa de aliento por decirte una sola palabra.  Apenas puede escribir, pero traza sobre su cuaderno, historias de amor que su corazón le cuenta. No viste ropas fastuosas; su único y más sublime abalorio es una cruz en su cuello. Él, Jesús, es su vestuario y su único equipaje. Todas las noches se acostaba un poco más tarde que las demás, porque rezaba sus oraciones antes de de dormir. Un día se puso de rodillas y ya no se pudo levantar. Uno de los médicos de la residencia le preguntó con sincero interés qué había sucedido exactamente. - Pero ¿se ha caído o se puso de rodillas y luego no se podía levantar? Carmen no se había caído. Había clavado sus rodillas en el suelo para implorar al Dios de la vida y pedirle clemencia, igual que aquella noche, en que el Señor, en el Huerto de los Olivos, pidió al Padre que apartase de allí el Cáliz de Salvación. Señor, que cada pequeña o gran Cruz que encuentre en mi camino me sirva para unirme más a Ti, nunca para separarme o enfadarme Contigo. Después de la oración en el Huerto, Jesús fue levantado por encima de la tierra, suspendido en un madero, y gracias a eso, nosotros tenemos la vida eterna (cfr. Evangelio: Jn 3,13-17).

Por eso la Iglesia exalta la Cruz de Cristo, la levanta como un estandarte. Porque los que la miren con ojos agradecidos serán salvados (cfr. Primera lectura: Nm 21,4b-9).

Los primeros cristianos hablaban de «padecer con Cristo». La Cruz se veía como una espada que se le arrebataba al Maligno: el Señor utiliza el arma del enemigo – el dolor – para vencerle. Y así nosotros. Si padecemos juntamente con el Señor, también con él ayudaremos a la salvación del mundo. Pero para eso, hemos de tomar la Cruz voluntariamente. 

Cuando Juan Pablo II estaba exprimiendo sus últimas semanas de vida, se conoció parte de su Testamento. Un Testamento que comenzó a escribir al poco tiempo de ser elegido Papa y que de vez en cuando actualizaba. Algunos periodistas, muy mal informados y con un desconocimiento grande sobre el latín, leyeron aquellas palabras de Zacarías: nunc dimittis… E interpretaron erróneamente que el Papa estaba pidiendo la dimisión, cosa que algunos esperaban con demasiadas ansias. 
Sin embargo, en el Testamento de Juan Pablo II hay unas palabras más interesantes que aquellas del nunc dimittis, Y son las primeras palabras de su Testamento:Deseo seguirlo”. 

Desear seguir al Señor es tomar su Cruz. Quien quiera ser mi discípulo que cargue con su cruz y me siga… Gereon Goldmann fue un franciscano que vivió la II guerra mundial como seminarista. Por ser alemán tuvo que formar parte del ejército de su país. Todo el período bélico, lo dedicó a intentar salvar a todo el mundo que pudo, también espiritualmente. Por ejemplo, consiguió un permiso para poder llevar al Santísimo Sacramento y dar la comunión a los moribundos de la guerra. En su libro de memorias, cuenta que en una ocasión entraron en un pueblo que iba a ser escenario de una fuerte batalla. Muchos de los habitantes abandonaron sus casas y marcharon lejos de allí. Gereon se acercó a la iglesia y vio al párroco en pie, leyendo su breviario como si nada le importase. Se acercó a él y le aconsejó que se marchara de allí cuanto antes. El anciano sacerdote no le contestó nada. Solamente volvió la cabeza y siguió rezando sus oraciones. Gereon volvió a insistir y al ver que no respondía se le ocurrió decir que al menos salvase su vida por el bien de sus feligreses. Que huyera a las montañas y que al terminar la guerra regresara a su pueblo. Durante unos instantes, el sacerdote le miró disgustado. Le tomó del brazo y le condujo a su dormitorio a través de la rectoría. Junto a la cama, se encontraba la quinta estación del Vía Crucis, que había salvado de la iglesia dañada. Y señalándola con el dedo, el sacerdote le dijo a Gereon: Simón no tuvo permiso para huir, sino que se vio obligado a subir al Calvario, hasta el lugar de la Crucifixión. Hoy, Simón soy yo”. (Un seminarista en las SS, p. 100s).

Nosotros queremos agarrarnos a la Cruz voluntariamente. Allí está el Señor con los brazos abiertos. Dispuesto a acogernos, a darnos un abrazo cariñoso, de amor infinito… Que no le abandonemos, como hicieron la mayoría de los apóstoles en la hora difícil. Que no seamos de los soldados romanos, de los judíos que días antes lo aclamaban como rey… Virgen Dolorosa, al pie de la Cruz. Ella tampoco tuvo miedo, se abrazó a ella…

Uno de esos pensamientos sería, por ejemplo, el que alguien pueda exaltar la horca o la guillotina. 

viernes, 4 de septiembre de 2020

¿CANTAR LAS CUARENTA?

El cariño lleva a las madres a corregir continuamente a sus hijos: -¡suelta ese cuchillo!; No pegues a tu hermana; ¿Todavía no te has comido la sopa?...Cansarse de corregir es cansarse de querer. A la gente que no se quiere le importa poco la vida del otro. Jesús quería mucho a los Apóstoles. Por eso les corrige, y no se cansa de hacerlo. 

En el Evangelio vemos como el Señor no sólo corrige, sino que también enseña a hacerlo: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas (…). Si te hace caso, has salvado a tu hermano» (Evangelio de la Misa: Mt 18,15-20). 

Corregir sí, pero con delicadeza. No se trata de machacar a alguien sino de ayudarle. Mientras preparo la meditación escucho una discusión en la calle entre dos conductores. Un hombre y una mujer. Se ve que ella había hecho alguna maniobra extraña. El conductor empezó a gritar: ¿Para eso tienes carnet? Mejor que te quedes en casa, gorda. 

Hay que corregir, pero con cariño. El que ama la corrección ama la sabiduría. La persona inteligente es la que admite las correcciones. Equivocarse es humano. Aceptar las correcciones también lo es. Me contaba un amigo que este verano estuvo en casa de un primo al que le gustan mucho los pájaros. Y le gustan tanto que tiene uno en el patio interior de su casa. Un cernícalo. Es, como un halcón, como un águila en pequeño para los que no tenemos ni idea. Contaba mi amigo que el pájaro se portaba tan bien y era tan bueno, que se encariñó con él. Le cogió tanto aprecio que le empezó a hablar y a corregir las cosas malas que hacía: –Mira esto no te lo comas porque te va a sentar mal, tiene muchos huesos. Pero ¡qué haces bebiendo esa cochinada! le decía. 

Quien bien te quiere te hará llorar, dice el refrán. Dios quiere que mejoremos, pero quiere que mejoremos mucho. Quiere que seamos santos. Por eso, no se cansa de corregirnos y de decirnos cosas. El Señor no entiende cómo no se corrige al que actúa mal (Ez 33,7-9: Primera lectura de la Misa). –«Ojalá escuchéis la voz de Dios» dice el salmo responsorial de la Misa (Sal, 94). -Ojalá, Señor, que escuchemos tu voz cuando nos corrijas. Y la voz de Dios nos llega por muchos sitios. Nos llega cuando las personas que nos ayudan a tratarle, nos dicen lo que hacemos mal. También nos llega por la oración. No es fácil aceptar que otra persona te diga lo que haces mal. Es distinto que alguien te lo diga a decírselo uno mismo. –Mire, yo es que soy muy orgullosa, decía una. Me pico enseguida. Me caliento la cabeza, sobre todo cuando me llevan la contraria. Eso no lo soporto. Le doy vueltas y vueltas, y me enfado mucho por tonterías. –Lo que tienes que hacer para combatir el orgullo y no enfadarte tanto... le quisieron aconsejar. Pero no le dejó terminar: Pues yo creo que tampoco es para tanto. A todo el mundo le pasa lo mismo. ¡No se porqué se pone usted así! ¿Lo de que soy orgullosa... lo dice por algo en concreto? -Señor que no nos enfademos cuando alguien nos diga las cosas que hacemos mal. 

Mejorar cuesta. Hay que dejarse decir las cosas. Hay que querer cambiar: dejar de hacer algunas cosas y ponerse a hacer otras. Mejorar cuesta. A veces, las cosas que nos dicen duelen. Escuecen, como escuece una herida a la que se le echa agua oxigenada para curarla. Se trata de no justificarse cuando nos digan las cosas. Es importante que nos demos a conocer: me pasa que soy mi perezosa o muy caprichosa, etc, para que nos ayuden, corrigiéndonos si hace falta. Si no, terminaremos intentando solucionarlo nosotros hablando con nosotros mismos. Y así no se resuelve nada porque no sabemos como actuar ante un problema o unas circunstancias nuevas para nosotros. 

El amigo este del verano contaba con gracia que lo malo no es hablar con un pájaro. Lo malo es cuando crees que te responde. Es entonces, decía, cuando te das cuenta de que algo extraño te está pasando. Los amigos se corrigen. La gente que está sola, que no tiene amigos, no recibe nunca ninguna corrección. Y habrá que corregir a la gente que queremos porque el sitio a donde va los viernes por la noche no le hace bien; o que no puede seguir haciendo el vago en los estudios; o que su manera de vestir es como demasié.

Los cristianos debemos decir las cosas como las madres, no porque nos guste cantar las cuarenta, sino porque queremos a los demás. San Pablo lo dice muy claramente: «a nadie les debáis nada más que amor» (Rm 13, 8-10: Segunda lectura). Dice el poeta: Me duele el corazón cuando tu sufres pero no puedo dejar de corregirte La indiferencia juzga y no comprende. Un padre comprende, exige: por eso no puedo dejar de corregirte. Le pedimos ayuda a la Virgen para que nos ayude a aceptar las correcciones que nos hagan.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías