sábado, 27 de febrero de 2021

FIARSE DE DIOS


 Abrahám no dudó en sacrificar a su propio hijo porque Yahveh se lo pidió (cfr. Gn 22,1-2.9-13.15-18: primera lectura de la Misa).


Hay que tener mucha confianza para hacer eso, para pensar que, lo que no nos gusta, es para nuestro bien.

Hoy en día hay gente que, sin ser mala, no entienden los planes de Dios: una enfermedad, un revés económico, etc.

Incluso, algunos no les entra en la cabeza que el Señor quiera gente joven a su servicio de manera total. Les resulta exagerado que maten su propia vida para poder seguirle.

Para hacer eso hay que tener mucha fe, como Abraham.

LA PRUEBA DE LA FE

Está claro que Yahveh no quería el sacrificio de Isaac. Fue una prueba por la que se descubrió la fe de Abrahám: se fiaba de Dios, aunque le pidiese una cosa muy dura.

El Señor no quiere que suframos o tiremos nuestra vida por la ventana. No, eso no lo quiere. Sí quiere, y nos lo pide, que tengamos una fe ciega en él.

A veces, para explicar esto, sirve la comparación de que Dios, con su voluntad, parece que nos lleva hasta la terraza de un séptimo piso y nos dice: venga, tírate.

Hay que fiarse mucho para pensar que eso es lo que más nos conviene. Y, sobre todo, hay que tener mucha fe para no solo pensarlo sino para hacerlo.

Hace tiempo le explicaba esto a una madre de familia, lo de tener una fe ciega en el Señor.

Y, al contarle la comparación del balcón, me contestó algo que, a simple vista parece distante y frío, pero que tenía toda la gracia de las gentes de estas tierras andaluzas, me dijo: Y ¿por qué no se tira usted?

UNA FIGURA DE LA PASIÓN

Dios pretendía que esta historia de Abraham –tan importante para el Pueblo de Israel– fuese el antecedente del sacrificio de Jesús.

El Señor, sin entender lo que Dios Padre le pedía, lo hizo, simplemente porque se lo pedía.

Si te fijas en Jesús, viendo su vida con ojos humanos, sin fe, no resulta muy positiva.

Nace en un pueblo perdido. Allí trabajo en el más absoluto anonimato. Provocó, con su predicación, una cierta conmoción entre la gente sencilla, la menos importante, la más manipulable.

De hecho, muchos fueron los mismos que pidieron su muerte a gritos, movidos por los enemigos de Jesús.

Fracasó de una manera tremendamente llamativa. Se burlaron de él judíos y romanos, jóvenes y viejos, pobres y ricos. Al pie de la cruz, cuando se estaba muriendo, solo se encontraron unas cuantas mujeres y un adolescente.

Murió como el típico iluminado al que se le ha descubierto el engaño y solo le siguen cuatro donnadies. Eso es lo que quedó de su vida.

Nosotros nos fiamos de Dios porque, él mismo, quiso pasar por la incomprensión, el sufrimiento, la indiferencia, la calumnia, la burla, el dolor, etc.

Nos pide algo por donde él mismo ha pasado. El Señor sabe lo que pide, y por qué nos lo pide.

MATAR AL HIJO ÚNICO

Dios entregó a su Hijo único para salvarnos a nosotros (cfr. Rm 8,31b-34: segunda lectura). Y Jesús aceptó este sacrificio querido por su Padre.

Aceptarlo no significa entenderlo. Me gustó el consejo que le daba una madre a su hija, después de que se fuera al cielo el abuelo: hija mía, Dios no pide que lo entiendas sino que te fíes. Y la cría se quedó bastante relajada.

A veces se nos presentan, en la vida, circunstancias que pueden ser duras y nos encontramos con un muro que nos hace ver todo negro e imposible.

Sin embargo, si te separas un poco de ese muro y miras hacia arriba, entonces ves el cielo y te llenas de esperanza.

–¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea! (Forja, 235)

Hay un mártir vietnamita que escribió una carta desde la prisión donde estaba. Cuenta con toda naturalidad, cómo se puede ser feliz en una situación desesperada. Te la leo:

«Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias (…), peleas (…) angustias y tristezas.

»Pero Dios (…) está siempre conmigo y me libra de las tribulaciones y las convierte en dulzuras (…).

»En medio de este tormento que aterrorizaría a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo».

Cuando ames de verdad la Voluntad de Dios, no dejarás de ver, aun en los momentos de mayor trepidación, que nuestro Padre del Cielo está siempre cerca, muy cerca, a tu lado, con su Amor eterno, con su cariño infinito (Forja, 240).

LA RESURRECCIÓN SE ADELANTA

Jesús, antes de dar su vida, se transfiguró en el Tabor, para anunciar que después de la Cruz vendría la gloria de la Resurrección (cfr. Mc 9,2-10).

Como nos conoce, el Señor quiso darnos una señal de que todo iba a terminar bien. Quiso hacernos ver que, aunque suframos, si nos fiamos, la victoria es segura.

Para que no nos vengamos abajo en los momentos duros, por eso, a veces nuestro Dios nos regala situaciones dulces.

Quizá la enseñanza pueda ser ésta: el Señor nos prueba, pero nunca nos deja completamente a oscuras, siempre nos da una luz.

Me sorprendió el comentario de un zapatero al que voy. Hablando del sufrimiento, dijo algo conocido, pero que en boca de un zapatero suena a nuevo: Dios aprieta pero no ahoga. Y es verdad.

La Virgen era la esclava del Señor. Una esclava feliz porque se fiaba totalmente. Vivía en sus manos.

viernes, 19 de febrero de 2021

BORRÓN Y CUENTA NUEVA


Después de estar cuarenta días rezando y ayunando, el Señor comenzó a predicar el Evangelio (cfr. el de la Misa de hoy: Mc 1,12-15): la Alianza definitiva que Dios quería hacer con los hombres.

Con Jesús se inauguró una nueva Alianza. Se dejó la Antigua para dar paso a ésta. Por eso se llama Nuevo Testamento.

Y, además, ya no habrá otro mejor. Es tan bueno que siempre es Nuevo, no envejece aunque pasen los siglos. El Evangelio tiene fuerza en cualquier época que se medite, porque Jesús lo que decía lo decía teniendo presentes a todos los hombres de todos los tiempos.

-Señor que me convierta y crea en el Evangelio (cfr. Evangelio de la Misa).

Pero antes de esta Alianza definitiva hubo otras…

EL ARCO IRIS

Nos cuenta el libro del Génesis, que después del Diluvio, Dios quiso hacer un pacto con la Humanidad (cfr. primera lectura de la Misa: Gn 9, 8-15).

La malicia de los hombres había provocado esa inundación. Tanto es así que el Señor se arrepintió de haber creado a los hombres.

Decir esto es fuerte. A simple vista, es difícil de entender, cómo Dios puede ser capaz de actuar así.

Hasta ese punto puede llegar la malicia del hombre, hasta realizar algo totalmente rechazable por la razón humana. Algo espeluznante.

Y, lo peor de todo es que, a eso podemos llegar todos, si nos dejamos llevar por el pecado que es el único mal de este mundo.

Ya se ven las consecuencias que tiene quitarse a Dios de en medio y no cumplir sus pactos. Sin Él somos capaces de los mayores errores y horrores. 

Con el Diluvio, sólo unas pocas personas se salvaron de la hecatombe: «ocho personas» (segunda lectura de la Misa: 1 P 3,18-22).

Por eso se puede decir que volvió a comenzar la Historia del género humano. Se hizo borrón y cuenta nueva.

Lo del Diluvio fue algo más gordo que lo ocurrido el 11-S, o que una hipotética explosión de una bomba atómica en un país. No quedaron más que ocho personas.

Es como si hubiera habido una guerra nuclear, y solo unos pocos, que estaban dentro de una mina, fueran los que sobrevivieran porque no les llegó la radiación. Eso fue lo que ocurrió con el Diluvio universal.

Fue algo tremendo. Por eso, como señal de la promesa que Dios hacía de que ya no habría más diluvios que asolaran la tierra, nos dejó el arco iris.

El arco iris siempre sale, y diluvios universales no se conocen, porque el Señor es fiel y guarda sus promesas.

-Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas (Sal 24: responsorial)

GUARDAR SU ALIANZA

Pocas veces los hombres guardaban lo que prometían a Dios. La historia de la salvación es una historia de la infidelidad de los hombres.

Yavhé hacía un pacto y el hombre no lo cumplía. Por eso Dios enviaba jueces y profetas para hacer que lo cumpliera.

¡Cuántas veces nos sigue pasando a nosotros esto mismo! Son muchas las veces que nos hemos hecho propósitos magníficos. Cosas que hemos pactado con Dios en la oración, y luego no las hemos cumplido.

Y el Señor que nos envía gente para reconducirnos. Personas que nos recuerdan lo que sacamos en un curso de retiro o de una convivencia de verano. La historia de la salvación se repite.

El Señor, a pesar de las infidelidades de los hombres, perdona siempre. Y volvía una y otra vez a hacer alianzas con su Pueblo.
-porque eres bueno y recto y enseñas el camino a los pecadores (Sal responsorial).

Al que haya cometido el crimen de estos días, Dios le perdona si se arrepiente. Su amor es infinito y perdona cualquier cosa, aunque sea una barbaridad que merezca el diluvio.

El Señor perdona siempre… siempre que puede. Siempre que haya arrepentimiento, que es el requisito para ser perdonado.

Pero también llega un momento en el que Dios ya no puede perdonar. Y ese momento viene con la muerte. En ese instante, la persona se sale del tiempo en el que puede arrepentirse. Ahí está todo decidido y empieza la eternidad.

El que intenta seguir los propósitos, los pactos con Dios va por buen camino. Benditos eran los que guardaban esos pactos. Por eso dice el salmo (24, Responsorial de la Misa de hoy): «Tus caminos son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza».

Quienes guardan sus preceptos y son leales a Dios se salvarán, porque logran hacer una intensa amistad con Él.

-Señor haz que seamos leales, fieles a tus mandatos.

EL ESPIRITU DE LA CUARESMA

Consiste este tiempo en una preparación para ganar en amistad con Jesús. Él realizaría el pacto definitivo muriendo en nuestro lugar. Es lo que celebraremos en Semana Santa.

Por eso la Cruz es nuestro arco iris: la señal del perdón de Dios por tantos pecados.

En su lucha por hacerse con el Imperio Romano, Constantino tuvo que enfrentarse contra otro candidato llamado Magencio. Y tuvo que luchar con un ejército muy inferior al de Magencio.

Esto fue en el año 312. Antes de entrar en batalla, Constantino tuvo una visión. Se le apareció una cruz en el cielo con estas palabras: en este signo vencerás. Y así fue. Venció a Magencio en el puente Silvio, cerca de Roma.

La Cruz es el signo de la victoria de Jesús. Y nosotros debemos acompañar al Señor en los momentos de dificultad para poder estar también con Él en la Resurrección.

Si a una persona la cruz no le dice nada o la Cuaresma, la Semana Santa, le importan poco, es que está muy pasada de rosca.

Si el perdón de Dios y su misericordia no le mueven a luchar más y a intentar seguirle cumpliendo sus pactos, mala señal. Y, además, si sigue así, uno puede llegar a hacer cualquier barbaridad.

La Virgen es la cumplidora de los pactos con Dios. Allí estaba, en el Calvario, al pie de la Cruz. Que Ella nos ayude a ser fieles al Señor en lo que nos pida en este tiempo.

jueves, 11 de febrero de 2021

MOLOKAI



Nos cuenta el Evangelio (de la Misa de hoy: cfr. Mc 1,40-45) que se acercó a Jesús un hombre que tenía una enfermedad bastante desagradable. Además era contagiosa. Y el Señor le curó.

Antes de la venida del Señor, era más difícil curarse de las enfermedades. De hecho los que tenían lepra debían ir vestidos hechos un desastre y gritando: ¡Impuro, impuro! (Lv 13,1-2.44-46: Primera lectura).

El Señor tocó al enfermo y la lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpió. Porque "un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo"(Aleluya: Lc 7,16).

IMITAR A JESÚS

Lo nuestro es imitar a Jesús, como hizo San Pablo: imitar a Cristo, que vino al mundo para salvar a los hombres (cfr. 1Co 10,31-11,1).

Por eso los cristianos de todos los tiempos se han preocupado de atender a los necesitados. Estamos llamados a poner a la gente delante de Dios para que les cure.

DOS EJEMPLOS

También, en nuestro tiempo, hay personas como la Madre Teresa de Calcuta, que dedican su vida a atender a los más pobres dentro de los pobres. Preocupándose por todo lo que necesitan: aliviando las enfermedades del cuerpo y del alma.

Otro ejemplo lo encontramos en el padre Damián. Fue un religioso de la Congregación de los Sagrados Corazones, que llegó a la isla de Molokai para servir a los leprosos que allí habían sido desterrados. Y falleció de lepra.

DISPUESTOS A TODO

Este buen sacerdote, por aliviar a unos enfermos y para que conocieran el amor que Dios les tiene, no dudó en ponerse en peligro de contraer esta enfermedad.

A nuestro alrededor hay personas que tienen dolencias en el cuerpo y en el alma. Quizá las del alma son las más peligrosas: por curar esas dolencias el padre Damián no vaciló en ir a Molokai.

Nosotros debemos estar dispuestos a todo para hacer que muchos se confiesen. Incluso a que nos miren raro porque hablamos de la confesión. Algunos nos harán caso, pero otros dirán que eso ya no se lleva y que somos unos antiguos.

SI QUIERES PUEDES

Debemos hacer todo lo posible para que la gente acuda a este sacramento. Sobre todo aquellas personas que están lejos de Dios. A esos, el Señor nos pide que lo intentemos, aunque tengamos la seguridad de que no nos van a hacer caso.

Todas las enfermedades que causan la lepra del alma pueden ser curadas, porque el Señor quiere hacerlo: es Médico divino. Jesús, con solo tocar al leproso del Evangelio lo curó.

No hay nadie tan malo que no pueda recibir el perdón de Dios, si está bien dispuesto y ha recibido el Bautismo, claro. Me contaban una pequeña anécdota, de una niña de primaria que le decía a su profesora: mi hermano es tan malo que yo creo que tiene un demonio. A mi me parece que no es católico.

Si es católico, la condición para que se le perdonen los pecados es llevarle al sacerdote. En el Sacramento de la Penitencia el Señor nos cura: basta que manifestemos los síntomas.

Una vez un obispo de Moscú, Tadeuz Conduzievich, contó lo siguiente:

Recuerdo que durante casi 80 años sólo había en Rusia dos iglesias. Muchos sacerdotes y obispos habían sido enviados a los lagger. Desde el año 2002 hay erigidas 4 diócesis.
En una ocasión –contaba- hice un viaje a los Urales para celebrar la primera Misa en una iglesia en la que no habían tenido un sacerdote desde 1918.
Después de la Misa me pidieron los fieles que les acompañara al cementerio. Fueron y le mostraron la tumba del último sacerdote que tuvo la ciudad. Nadie le conocía ya.
Pero le dijeron que desde hacía muchos años, los domingos y fiestas grandes se reunían allí –junto a esa tumba- para rezar.
Y ahí mismo se confesaban sus pecados ante aquel sacerdote muerto cuya presencia –decían- se les hacía viva por la oración.

Hay gente que se confesaría si encontrara cerca un sacerdote. Me contaba uno que, yendo un día con un cura por la calle, de repente un motorista se paró en secó, se bajó de la moto y fue hacia ellos.

Creían que venía para hacer algo malo o violento. Cual fue su sorpresa cuando, dirigiéndose al sacerdote le dijo: oiga ¿me puede confesar? Es que he estado a punto de matarme y he visto la muerte.

La peor enfermedad es la hipocresía: el orgullo que lleva a disimular los propios pecados y no querer admitirlos. Para eso debemos rezar por la gente que queremos que se confiesen.

LA FELICIDAD DE ESTAR LIMPIO

Cada vez que alguien se confiesa, lo agradece mucho. Porque es como ir limpio. Una persona que sale de la peluquería, va a casa y comprueba que efectivamente el corte de pelo le sienta bastante bien. Luego se arregla, con su colonia y se pone un vestido que le sienta estupendamente, y además lo sabe, esa persona sale a la calle contenta.

En cambio si vas hecha una fregona, con los pelos cada uno por un lado, sin orden, sucia, mal vestida… te deprimes. La primera es la persona que está en gracia de Dios, que se confiesa. La segunda es la situación de un alma en pecado mortal.

Por eso decimos con el salmo: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado" (Sal 31: responsorial).

Así nos quiere ver la Virgen: limpias, aseadas, bien presentadas, con el estilo de los hijos de Dios, que es un estilo peculiar, que se nota por la alegría de una persona que sabe que está cerca de Dios.

jueves, 4 de febrero de 2021

LOS GUANTES DEL REY


Jesús vino a servir, y lo hizo de una manera muy concreta.

Sirvió a los demás haciendo que, los que se le acercaban a él, fueran mejores. Y lo hizo, no con enfados y caras largas, sino con simpatía, con serenidad y con su servicio. 

Así actuó con los apóstoles. Era paciente con ellos a pesar de su ignorancia y rudeza. A pesar incluso de sus infidelidades. 

LOS MÉDICOS SON PARA LOS ENFERMOS 

¿Y con los pecadores? Jesús, a los que le ofendían los trataba muy bien. Se hacía amigo de ellos. 

Los fariseos, que se ponían como ejemplo de trato con Dios, se admiraban y escandalizaban de ese modo de hacer. 

Los pecadores, en cambio, estaban felices por el cariño del Señor, y porque les daba la esperanza del perdón de Dios. 

DIOS NO SE ENFADA NUNCA 

Parece que, cuanto más pecadora es una persona, Jesús más la quiere, porque más le perdona. Es como una madre que quiere más a un hijo enfermo. 

Pero eso, no significa que no quiera al resto de la familia. El Señor nos pide que seamos como él, que queramos y perdonemos a los que tienen errores y que se cure. Pero que no nos enfademos con ellos. -Señor, haznos como Tú, mansos y humildes de corazón. 

Esto no es cuestión de temperamento, sino de virtud. Hay gente que es tranquila pero que está todo el día enfadada y quejándose. Y hay quienes son nerviosos y no se enfadan casi nunca. 

Es cuestión de parecernos al Señor, de ver a los demás como los ve él. No dejaré de insistirte, para que se te grabe bien en el alma: ¡piedad!, ¡piedad!, ¡piedad!, ya que, si faltas a la caridad, será por escasa vida interior: no por tener mal carácter (Forja, n. 79). 

ENFADARSE NO TIENE MÉRITO 

Es más fácil enfadarse que tener paciencia, o amenazar a alguien con la mirada que permanecer sereno ante sus equivocaciones. ¡Cuánto bien hace una sonrisa o un buen gesto! 

Lo fácil es no luchar, dejarse llevar y justificarse pensando que, como somos así, pues que eso es lo que hay. No digas: “es mi genio así… son cosas de mi carácter”. Son cosas de tu falta de carácter (…) (Camino, n. 4). 

Es más cómodo criticar a alguien que rezar por él. Hundirlo en su miseria, que intentar ayudarlo corrigiéndole con suavidad y fortaleza. -Señor, que no me deje llevar por mi falta de virtud. 

San Pablo quería tanto a los neófitos, a los recién convertidos, que lloraba y suplicaba que se corrigieran cuando los veía poco dóciles y rebeldes. 

PERSPECTIVA 

-Danos, Señor, un corazón manso. A las personas hay que verlas como las ve Dios, con esa misma perspectiva. Esa es la manera de actuar con mansedumbre. 

Es muy difícil enfadarse y estar sereno. Y la serenidad es necesaria para que los demás no piensen que nos queremos imponer o que estamos desahogando nuestro mal humor. 

Para verlas como el Señor, hay que colocarse en el plano sobrenatural. Por eso, lo primero que hay que hacer es rezar. Y, si los problemas son más graves, rezar más y pedirle a Dios con más fe. 

Porque soltar un discurso machacante lo único que provoca es hundir del todo a la persona, haciendo que se sienta culpable. 

Para evitar esto hay que acercarse a los demás, intentar comprenderlos. Jesús comía con los pecadores, no los regañaba. Les preguntaría por sus cosas. 

Esa es la manera de luchar contra los enfados: querer a la gente. Así nos dominamos. 

Me contaban de un padre de familia holandés, que estaba en el supermercado haciendo cola para pagar. Iba con el clásico carrito de la compra donde había metido lo necesario para una semana. 

Dentro del carro estaba su hijo pequeño sentado. Como cualquier crío, no se estaba quieto. Cogía un bote de tomate y lo dejaba caer, el pan y lo cambiaba de sitio después de romperlo un poco, y así con todo lo que pillaba. 

Al padre se le vía con cierta impaciencia, mientras repetía una y otra vez: ¡¡¡Alfred tranquilo, cálmate, tranquilooooo!!! Mientras pagaba, la cajera que había visto todo, le dijo: ¡¡Es admirable la paciencia que tiene usted con su hijo Alfred!! 

Y este buen papá le respondió medio riéndose: no, señora, se confunde usted, Alfred soy yo. 

San Josemaría recordaba las maneras delicadas de sus padres para corregirle. Si le pedían algo de niño —traer una cosa, por ejemplo—, y él no ponía atención cuando la traía, o mostraba desgana, o lo entregaba deprisa para irse a jugar, el padre o la madre le decían con una sonrisa: «Así se entregan los guantes al rey». 

Su hermana Carmen también aprendió a corregir con delicadeza. 

Nisa, una de las que aprendió a su lado el trabajo de la administración cuenta como le enseñaba. «Yo trabajaba a su lado, pero nunca me hizo la menor indicación, con su habitual delicadeza, sólo que, viéndola, iba aprendiendo y afinando en muchos detalles». 

LA SANTIDAD SE NOTA

Los santos han sido así, por eso son más humanos. No regañan sino que mueven al arrepentimiento. 

El arzobispo de Toledo, hablando de don Álvaro del Portillo, el primer sucesor de san Josemaría, decía que hablaba siempre sonriendo. Haz que seamos también nosotros misericordiosos, pacientes con los errores y defectos. 

Hay una anécdota de don Álvaro que muestra claramente esto. Su hermano pequeño, cuenta, que se puso a jugar con unos dibujos en los que don Álvaro había estado trabajando un año entero, y se los estropeó completamente. –«Mi madre, decía su hermano, al ver aquel desaguisado, se llevó un gran disgusto y me dijo algo así como: “Ya verás, cuando llegue tu hermano Álvaro y vea lo que le has hecho, echándole por tierra tanto tiempo de trabajo”»Yo aguardé su llegada con el natural temor. Esperaba que me riñera o me gritara; o incluso que, como fruto de la irritación, llegara a darme algunos cachetes… »Pero no sucedió nada de eso. Llegó a casa; contempló lo que le había hecho; me llamó; me acerqué temblando; me sentó sobre sus rodillas y, entonces, con aquella serenidad que le caracterizaba, comenzó a explicarme el tiempo que había empleado en realizar aquel trabajo, y cómo yo, por haber jugado donde no debía, lo había echado a perder. »Yo me quedé asombrado: en vez de pegarme, lo que hizo fue enseñarme la importancia de aquel trabajo, ¡para que yo aprendiera a ser más cuidadoso en el futuro! »Puede parecer una anécdota sin importancia. Pero nunca la he podido olvidar». (Libro de postulación D. Alvaro, 40 nt 24). 

IR “SOBRAO” 

-Danos, Señor, un corazón humilde. No podemos ir por ahí como dando lecciones. Creyendo que todo depende de nuestro criterio, como si fuéramos superhéroes que van a salvar el mundo. 

Eso hacían los fariseos: no hagáis esto, haced lo otro, mirad como lo hacemos nosotros... Tampoco es caridad el que hace muchas cosas por los demás, pero se cree que no necesita de ellos, porque él solo se basta. 

Y, quizá, todo lo que hace para sentirse útil, o por la satisfacción que otros dependan de sus servicios. 

La caridad de Dios, dice san Josemaría, no se confunde con una postura sentimental, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores (Amigos de Dios, 230). 

Recuerdo que, en colegio, había un profesor que, hicieras lo que hicieras, se enfadaba y te echaba una buena. Te dejaba siempre a la altura del suelo. Le llamábamos El martillo de Tor. 

Amable, serena, paciente, fuerte, comprensiva, amiga de pecadoras. Así es María la Madre de Jesús.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías