sábado, 13 de abril de 2019

5. LA CARNE


Los que se alejan de la tentación 
Los que luchamos en medio del mundo 
La carne como aliado



LOS QUE SE ALEJAN DE LA TENTACIÓN 

Repetimos a propósito que, el diablo, al tentarnos, nos quiere convencer de que, lo “auténticamente” real es solo lo que se puede tocar. Esos bienes tangibles, estarían representados por los instintos básicos, que son los que con más fuerza atraen al hombre y a los que, de forma global, se les viene llamando “la carne”.

Y aquí está “el sexo”. No en vano algunos cristianos, que desean apartarse de lo malo que hay en el mundo, hacen “voto de castidad”, como expresión de su lucha contra esa fuerza de atracción negativa.

Otros cristianos, por el contrario, hemos sido destinados por Dios a permanecer en medio de la calle, para santificar lo ordinario. 

Siempre es bueno que haya personas que den testimonio de la primacía de lo espiritual, como Jesús recordó a Marta, que se afanaba en el cuidado de su casa, pero olvidó que el Señor es lo primero y andaba agobiada mientras su hermana contemplaba las palabras del Maestro.

LOS QUE LUCHAMOS EN MEDIO DEL MUNDO

Sin embargo, Jesús al encarnarse, le dio un valor divino a lo humano. Santificar lo corriente significaría tener la mente en el cielo y los pies en la tierra. Por eso para los que estamos llamados a lo ordinario, nuestro ideal es aunar el trabajo de Marta con el espíritu de María. 

Es conocido que san Josemaría –al que la Iglesia ha definido como “el santo de lo ordinario”– cuidaba con esmero todo lo referente a la liturgia. Repasaba las normas que la autoridad de la Iglesia daba, para vivirlas con exquisita delicadeza. Por eso, cuando alguien quería hacerle algún regalo, si lo conocía de cerca, era fácil acertar: le encantaba todo lo que pudiera servir para agradecerle al Señor, que se hubiera quedado en la Eucaristía. Como aquella mujer que obsequió al Señor un frasco de perfume.

Quien conozca la vida de san Josemaría, sabrá de su atención a los pobres y a los enfermos, y de las iniciativas, que llevó a cabo por todo el mundo, en favor de los más necesitados, como recordó Juan Pablo II el día de su Beatificación. Todo lo hacía con el mismo espíritu de María, la hermana pequeña del amigo del Señor, pues lo que pretendía este santo moderno, era ser contemplativo, igual que aquella chica de hace más de veinte siglos.

Y cuando alguien le preguntó, en cierta ocasión, qué oratorio de los que había proyectado en Roma le ayudaba más a rezar, rápidamente dijo: –¡La calle! (Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, Barcelona 1995, p.186).

Es que él era un “contemplativo itinerante”. Había recibido de Dios esa llamada: proclamar que todos los caminos de la tierra –si son honestos– pueden conducirnos a la amistad con el Señor. Por eso, ningún trabajo puede ser considerado de poca categoría, porque el Hijo de Dios, al encarnarse, ha transformado todo lo humano en divino. 

LA CARNE COMO ALIADO

Y el Señor mismo, pudiendo elegir, escogió una profesión manual, tan digna como las intelectuales, o de más categoría, si se hace con más amor.

Se cumplió así que las cosas materiales pueden llegar a ser santas, porque el Verbo de Dios se hizo “carne” y puso su tienda en la tierra de los hombres. 

Efectivamente, “la carne”, puede verse como un enemigo del hombre, lo mismo que “el mundo”. Pero no es solo eso. 

También, siguiendo la actuación del Hijo de Dios, todo lo humano ha sido elevado. Esto quiere decir que se puede “amar al mundo”, porque ha salido de las manos de Dios. Lo mismo que la materia no es mala, como creían los maniqueos, que pensaban que solo el espíritu era creación de Dios.

Muy al contrario, los que vivimos en medio del mundo, tenemos como meta, transformar lo humano en Divino. Y llegar al Dios invisible a través de las cosas visibles. Por ejemplo, llegar a Dios a través de la amistad y del amor humano.

sábado, 6 de abril de 2019

4.EL SOL



La Palabra de Dios es La Luz
La Palabra de Dios que alimenta al hombre 
El grano de trigo que muere. 

LA PALABRA DE DIOS ES LA LUZ

Dice el salmo 118 (119): Tu palabra es lámpara para mis pasos. Y así es, la luz de la fe guía nuestro caminar en la tierra. Es como una linterna que nos permite caminar por un valle lleno de oscuridad, sin que tropecemos. Y en muchas ocasiones esas luces las recibimos a través de la meditación de la Sagrada Escritura; especialmente con la lectura reposada del Evangelio donde se nos narra la vida de la Palabra de Dios, que se ha hecho hombre, para que sigamos sus pasos.

En la primera tentación vemos como el diablo, de forma sibilina, pretende oscurecer esa luz, que nos permite ver las cosas como Dios las ve. Quiere el demonio que tropecemos en nuestra vida, porque sin la fe andamos desorientados. Satanás pretende llevarnos por otro camino, que él nos presenta como un atajo, pero que en realidad conduce al abismo del pecado.

Efectivamente, si nos falta la luz de la fe, el hombre da cabida en su alma a las insinuaciones de Satanás y desconfía de la voz de Dios, que parece poco realista.

El pecado significa una ruptura interior porque desoímos a nuestro Padre, para seguir las indicaciones de ese extraño, que incomprensiblemente, se muestra muy interesado en nuestra felicidad, pero en realidad busca engañarnos.

Porque el demonio nos ve débiles y trata de sembrar la sospecha, sugiriendo que nuestros intereses son distintos a los de Dios, y que por eso, lo práctico es ir primero a lo nuestro.

Conviene repetir que, con el pecado el hombre no escucha la voz de Dios, sino que cambia el orden de sus intereses, los desordena, a la hora de establecer qué es lo primero en la vida.

Por eso Satanás pretende que Jesús no haga la voluntad de Dios, sino que busque en primer lugar satisfacer un instinto. Y se encuentra con que el Señor le corta diciendo que no solo está el alimento corporal, hay otro alimento, que también proviene de Dios.

LA PALABRA DE DIOS QUE ALIMENTA AL HOMBRE

La palabra de Dios, la Eucaristía y la fe tienen mucha relación. La Iglesia habla del alimento de la Palabra y del alimento de la Eucaristía como de las dos mesas que se celebran en el Sacrificio del Altar, que llamamos Santa Misa.

Con la primera tentación el demonio quiere que Jesús fije su mirada en primer lugar en las cosas de la tierra; y que utilice todo su poder para alcanzarlas.

Pero la fe nos indica que no solo las cosas materiales tienen importancia, también hay realidades que no se ven; también esas proceden de Dios: No solo de pan vive el hombre.

Ya lo hemos dicho, al demonio le interesa debilitar nuestra visión sobrenatural, por eso va a por la fe, porque las heridas contra la fe son profundas ya que destruyen la raíz. Aunque pudiera haber algún fruto, perdida la fe, el alma se secará tarde o temprano por falta de savia.

Y precisamente el alimento de nuestra alma es la fe en Dios, la confianza en Cristo, que se ha hecho Pan, para alimentarnos espiritualmente.

La respuesta de Jesús en las tentaciones, se completa con otros pasajes de la vida del Señor relacionados con el pan. Uno es el de la multiplicación de ese alimento para saciar el hambre de los miles de personas que le habían seguido: ¿por qué hace ese milagro si anteriormente había rechazado ese hecho como una tentación?

Indudablemente, habían cambiado las circunstancias. El milagro no se hacía en beneficio de Jesús, sino de esas personas que dejaron todo para escuchar la palabra de Dios.

Ya se ve que Jesús no es ajeno a las necesidades materiales de los hombres, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad que se les debe dar.

EL GRANO DE TRIGO QUE MUERE

En la primera tentación el demonio quiere focalizar nuestra mirada en el pan material. Pero, Jesús, con su vida nos habla de otro Pan bajado del cielo. Él mismo es el grano de trigo que tiene que morir para convertirse en alimento. Así es como describe su vida terrena.

En la vida de Jesús el hecho prodigioso de la multiplicación de los panes podría considerarse como un anticipo simbólico de la Última Cena (cfr. Joseph Ratzinger, Ibídem, p. 57 ). En ella se instituye la Eucaristía y se inicia así el milagro permanente de Jesús como pan, como Él ya había anunciado.

Será el grano de trigo que muriendo daría mucho fruto (cfr. Jn 1224), porque la institución de la Eucaristía anticipa la muerte de Jesús en la cruz. A partir de aquel momento Jesús se hizo pan y la multiplicación de ese Pan durará hasta el fin de los tiempos.

De este modo se entiende lo que Jesús dice al tentador, con palabras tomadas del Antiguo Testamento (cfr. Dt 83): No solo de pan vive el hombresino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4, 4). Efectivamente, el hombre no solo vive del pan material, sino del otro Pan, que es la Palabra de Dios. Jesús es precisamente esa Palabra que sale de la boca de Dios, el Pan de vida que ha bajado del cielo.

Satanás no se dio cuenta de esto, su orgullo le cegó para entender la humildad de Dios, que es capaz de hacerse pan material, para que los hombres puedan compartir su divinidad, pero ni siquiera lo sospechaba. Además pensaría que Jesús citaba la Escritura como él lo hacía, de forma interesada, forzando su sentido en beneficio propio, y se equivocó: porque todo lo que Jesús hacía fue hecho por amor y en verdad.

En este mundo hemos de reconocer que no solo vivimos de pan material. Y si a Dios se le diera una importancia secundaria, entonces se fracasaría hasta en aquello que los hombres consideran más importante. Si el hombre pensase en transformar las piedras en pan sin contar con Dios, entonces hasta el mismo pan, que ya se tuviese, se acabaría endureciendo como una piedra.

Me contaba un teniente de navío de la Armada Española – cuando él hacía las prácticas en el buque insignia Juan Sebastián Elcano– que cuando alguien por accidente cae por la borda, los alumnos están entrenados para rescatarle tirándose al mar. Y cierto día el capellán celebraba la Santa Misa en cubierta, y después de la consagración, una ráfaga de aire se llevó la Sagrada Forma, que cayó al mar. Hubo un momento de sorpresa, y enseguida el sacerdote gritó:
–“¡Hombre al agua!”. Inmediatamente unos guardiamarinas se lanzaron y pudieron recuperar la Sagrada Forma para continuar la Misa. Se ve que no solo el Capellán tenía fe, sino también los aspirantes a oficiales.

Y es que el Grano de trigo que muere es el Misterio de nuestra fe. Por eso el Enemigo, en la actualidad, no quiere que nos acerquemos a la Comunión, porque sabe que por la Eucaristía nos llega todo lo bueno. Vemos las cosas con la visión de Dios. Y dejamos de mirar las cosas necesarias de esta vida con una visión simplemente humana.

viernes, 29 de marzo de 2019

3. LAS TENTACIONES


El núcleo de toda tentación
Sexo, dinero y poder
Fe, esperanza y caridad

EL NÚCLEO DE TODA TENTACIÓN

Es muy humano ser tentado. Nuestro paso por esta tierra tiene mucho de tiempo de prueba. Todos los hombres han pasado por esta experiencia, así que no tiene nada de extraño que el mismo Jesús sufriese tentaciones, porque es un hombre auténtico, semejante a nosotros, que incluso nos enseña a ser mejores humanos. Por eso, el comportamiento de Jesús frente a las tentaciones nos enseña cómo debemos superarlas.

Jesús ora antes y durante la tentación. Porque el ser humano necesita esta ayuda de Dios, como el comer. Para que no entren en nuestro corazón las malas yerbas que intenta sembrar el diablo. La auténtica oración es el mejor insecticida que Dios nos da para evitar que arraigue esa cizaña. Como perfecto hombre, Jesús nos enseña a utilizar la oración mental y el ayuno (oración del cuerpo) como protección contra nuestro enemigo.

Para vencer esas sugestiones del maligno hace falta un clima de oración. Y también de mortificación, de abstenerse de cosas lícitas. Si lo entendemos así, el ayuno (oración del cuerpo) es otra manera de orar.

Elevamos nuestra alma al dirigirnos a Dios con nuestra mente, porque somos seres espirituales. Pero al ser hombres también podemos orar con nuestros sentidos. Entendido de este modo el ayuno de Jesús –y el nuestro– es también otra manera de orar.

Precisamente hacer penitencia es como decirle al Señor con hechos: –Te ofrezco esta privación porque Tú estás en mi vida por encima de esta satisfacción. Te quiero a ti más que a la comida, que a la bebida...

De esta forma, la oración del hombre se realiza con el alma y con el cuerpo. Y es un momento privilegiado de unión con nuestro Padre Dios. Nuestro enemigo lo sabe por eso no es de extrañar que acuda en esos momentos para estorbamos, como hizo con Jesús.

En cierta ocasión, leí un libro escrito por una autora italiana que imaginaba la escena de las tentaciones de Jesús. Ahora no podría citar ese relato con exactitud. Recuerdo que me sirvió para hacerme una idea de lo que podría haber sucedido. De forma más o menos novelada, la historia decía así:

Jesús está muy delgado y pálido con los codos apoyados en las rodillas. Medita. De vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a su alrededor y mira al sol... De vez en cuando cierra los ojos...

Veo aproximarse a Satanás. Parece un beduino. En la cabeza, el turbante que le cubre parte de la cara, pero pueden verse sus labios delgados y sus ojos negrísimos y hundidos, llenos de destellos magnéticos.

Dos pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada.

Lo opuesto a los ojos de Jesús, también muy fascinantes, que te lee en el corazón, pero en los que tú lees también que en su Corazón hay amor hacia ti.

Los ojos de Jesús son una caricia para el alma. Los de Satanás son como un doble puñal que te perfora y quema.

Se acerca a Jesús: –¿Estás solo?
Jesús le mira y no responde.
–¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?
Jesús vuelve a mirarle y calla... aprieta las manos en muda oración.
–¡Ah, entonces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Te vengo observando. Desde el momento en que fuiste bautizado...”

Hasta aquí lo imaginado. Lo que sí sabemos de cierto por que nos lo cuenta san Marcos (cfr. 1, 13) es que Jesús en aquel momento vivía entre fieras salvajes.

En este caso las fieras salvajes –que representan la rebelión de la creación– se convierten en amigas como lo eran en el Paraíso (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Ibidem, p. 51).

Es la paz que Isaías anuncia para los tiempos del Mesías: Ha-bitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito (11, 6). Con la victoria final sobre el pecado la creación volverá a ser un lugar de paz. Porque nuestro cielo, también será un lugar material.

Por eso no es muy aventurado pensar que el movimiento ecológico tiene raíces cristianas. Dios es el autor del mundo, Él nos ha puesto para que lo amemos y cuidemos.

Muchos santos han dado testimonio del amor por los animales, la naturaleza y todo el mundo material: san Francisco, san Ignacio, san Josemaría, san Juan Pablo II, entre otros. Nada más hay que leer la primera encíclica del Papa Francisco para darse cuenta de la importancia que los cristianos le damos a este tema.

En la naturaleza, o en su desorden, también puede verse la mano del hombre, y por tanto del pecado, que es precisamente la transgresión del orden querido por el Autor de la naturaleza, el causante de todo el daño realizado en el mundo (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n.400).

Si tuviéramos que definir el pecado, podríamos hacerlo como una “desconfianza” con respecto a Dios, que lleva al ser humano a abusar de la libertad que recibió de su mismo Creador (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn.397 y 387).

En definitiva, que el hombre se prefiere a sí mismo y rompe su vínculo con Dios y con lo que Él ha creado (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 386 y 398).

La Iglesia dice en su Catecismo:
El hombre tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando de su libertad, des-obedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre. En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad (Ibidem, n. 397).

En el caso de las tentaciones de Jesús, san Mateo y san Lucas hablan de tres pruebas, en las que se va a reflejar su lucha interior por cumplir la misión encomendada por su Padre.

Y aparece con toda claridad el núcleo de toda tentación: apartar a Dios de nuestra vida, ponerlo en un plano inferior; así pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto, en comparación con todo lo que parece más urgente (cfr. Ibidem, n. 385 ss).

La tentación consiste en querer poner orden en nuestro mundo por nosotros mismos, sin Dios, contando únicamente con nuestras capacidades, en reconocer como verdaderas solo las realidades humanas y materiales, y dejar a Dios de lado, como si Él solo existiese en un mundo ideal.

Como dice la Iglesia: “Por la seducción del diablo [el hombre] quiso ser ´como Dios´, pero ´sin Dios´, antes que Dios y ´no según Dios´ ” (Catecismo de la Iglesia Católica, n398).

Es propio de la tentación adoptar una buena apariencia: el diablo no nos incita directamente a hacer el mal, porque se notarían demasiado sus intenciones.

Finge mostrarnos lo mejor: sugiere abandonar “el idealismo” y emplear nuestras fuerzas en mejorar el mundo, que es lo que tenemos a mano.

Según el relato del que antes hablábamos, Satanás al ver a Jesús en oración le dice:
“–¿Llamas al Eterno? Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres reino yo. Pero quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada.

Los hombres te odiarán por tu bondad. No entienden más que de oro, comida y sensualidad. Sacrificio, dolor, obediencia, son para ellos palabras muertas. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú. 

Satanás se ha sentado frente a Jesús, le escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente. Jesús sigue callado y ora mentalmente. El demonio sigue hablando...”.

SEXO, DINERO Y PODER

La tentación se presenta siempre vestida de realismo. El diablo conoce bien los intereses del hombre, y cuáles son sus puntos débiles. Nos dice lo que queremos oír. Nos insinúa que lo verdaderamente real es lo que se puede tocar. Y va a proponer en primer lugar a los bienes tangibles representados por las fuerzas de los instintos básicos que más atraen al hombre, que sintéticamente podemos llamar “pan o sexo”; además, el deseo de éxito humano, de todo lo que se puede comprar, que podemos sintetizarlo en el “dinero”, a lo que se añade el deseo de “poder”.

Y aquí están “el sexo”, “el dinero” y “el poder”, como podríamos resumir lo que san Juan nombra como “la concupiscencia de la carne”, “la concupiscencia de los ojos”, y “la soberbia de la vida”.

No en vano los religiosos hacen los votos de castidad, pobreza y obediencia. Expresión sintética de su lucha contra todo lo malo que hay en el mundo, que el catecismo significaba como “la carne”, “el mundo”, y la desobediencia introducida por “el demonio”.

FE, ESPERANZA Y CARIDAD

La tentación va a lo fundamental, a que dudemos de Dios. ¿Es real? ¿Nuestro Señor es tan bueno como se dice, o debemos nosotros mismos decidir lo que es bueno? En la tentación, las cosas de Dios aparecen como poco realistas, formando parte de un mundo secundario, que no nos hace falta para la vida corriente.

San Mateo va a narrar las tentaciones de menos a más, como si el tentador fuese primero a lo más básico, y luego fuese poniendo el listón más alto cada vez, al comprobar que se supera la prueba anterior. Al tratarse de un orden más lógico seguiremos lo que escribe este evangelista.

Y como veremos, los dardos del enemigo van a ir en primer lugar a la fe, después a la esperanza y en último lugar al amor a Dios.

En la primera tentación el diablo parece querer atacar la fe. Ahí pincha en duro. Al querer que el Señor desordene su criterio, buscando en primer lugar satisfacer su instinto básico, se encuentra con que Jesús le corta en seco, diciéndole que no solo hay un alimento corporal, sino que hay otro que proviene de Dios.

Con lo soberbio que es, Satanás no se da cuenta de que Jesús le habla de Él mismo, que es la “Palabra eterna de Dios, que se hará alimento” para el hombre en la Eucaristía. Jesús se rebajará hasta hacerse materia. La Iglesia llama a este Sacramento el Misterio de nuestra fe.

Jesús es la Verdad y siempre habla en verdad, aunque sea con el mismo demonio. Y Satanás, padre de la mentira, incluso utilizando la Sagrada Escritura, dice medias verdades, para engañar y para que el ser humano fije su mirada de forma prioritaria en las cosas de la tierra.

No es que las cosas materiales sean malas, pero lo que él busca es que las pongamos en primer lugar, y que la cosas de Dios queden relegadas a un puesto inferior. No olvidemos que el pecado es siempre un desorden.

La fe, nos indica que no solo las cosas materiales tienen importancia, que también la tienen las que no se ven. La luz divina hace que descubramos que hay realidades que proceden de Dios pero que no son materiales. Incluso, esas cosas espirituales, son más importantes para el hombre que las que se pueden tocar. Así, la fe nos descubre un mundo nuevo donde lo material y lo espiritual se complementan sin luchar entre sí.

Por eso, el demonio va a por la fe, porque ella es la raíz. Y si logra herirla, el árbol espiritual terminará secándose, porque por ahí le llega la savia.

Para que perdamos la fe en Dios, el enemigo va a nuestro punto más débil, la materia: ataca en primer lugar nuestros instintos básicos, que son los pies de barro que poseemos.

Si superamos esa tentación contra la fe, entonces va a por la esperanza. La fe nos hace descubrir a Dios y sus bienes.Y lo que busca Satán es que las “cosas de arriba” nos parezcan imposibles de alcanzar. Quiere que perdamos la esperanza. Para eso desvía nuestra mirada de lo que Dios nos ha prometido, y pretende que nos centremos en los bienes de la tierra: el dinero, la gloria humana, el éxito.

Y si el diablo observa que nuestra esperanza está anclada fuertemente en Dios, entonces la tentación siguiente es más espiritual. El demonio está lleno de soberbia y busca el poder, e intenta que confundamos el servicio con el mando, y para eso nos tienta, para que aspiremos a puestos altos.

Lo que intenta es quitarnos la caridad y para eso busca llenarnos de egoísmo: nos pide centrar nuestra mirada en nosotros, hacer nuestra voluntad, no obedecer a Dios, como él mismo hizo.

Satanás odia a Dios, quiere ocupar su puesto, busca quitarnos el Amor (la Caridad), y para eso empieza por abajo, intentando quitar la confianza en el Señor (la Esperanza), introduciendo la sospecha (que hace que perdamos la Fe).

Esto es lo que hizo con los primeros hombres. También lo intentó con Jesús (pues no estaba seguro de que fuese Dios, como afirman los Padres).


Y precisamente querrá hacer la misma jugada con nosotros. Es lo que vamos a desarrollar a continuación.

viernes, 22 de marzo de 2019

2. NUESTRO MODELO



Por fin un nuevo Profeta 
La justicia de Dios es misericordia 
Jesús es ungido por el Espíritu 


POR FIN UN NUEVO PROFETA 

Conocer la vida del Señor nos ayuda a conocer la nuestra, pues muchas cosas de la vida de Jesús se repiten. En nuestra existencia terrena –como en la del Señor– las cosas no ocurren por que sí, están pensadas por la Providencia. 

Nuestro paso por la tierra depende en gran medida de la historia que hace siglos ocurrió en Palestina. Si meditáramos los misterios del Señor, encontraríamos luz para nuestra vida corriente.

Un día, los habitantes de Nazaret vieron como Jesús abandonó el pueblo, y se dirigía hacia Judea. Luego se supo que fue en busca de Juan el Bautista. Iba a empezar una nueva etapa en su vida. 

También nos sucederá a nosotros que, después de largos años trabajando donde ya estábamos hechos a esa tarea, el Señor quiere que pasemos página. Lo anterior formará parte de nuestro pasado.

María recordaba que el primer viaje del Señor en esta tierra fue también en busca de Juan. En aquel entonces la Virgen, embarazada, llevaba a Jesús en su interior, y el Bautista, que tampoco había nacido, saltó de gozo dentro de Isabel, su madre, al notar la presencia del Señor en el vientre de María.

Pero había pasado el tiempo, y Juan ya era famoso. La gente se decía que por fin Dios había enviado un nuevo profeta. 

En ese momento, con la predicación del Bautista, se hacen realidad las antiguas esperanzas: se anuncia algo grande. Ahora con Juan, muchedumbres iban a ser bautizadas por él, que predicaba la conversión mediante ese signo, el lavado. 

Había que reconocer los propios pecados, y llevar en adelante una nueva vida. El bautismo de Juan simboliza la limpieza de la suciedad de la vida pasada y, de esta forma, prepararse para la llegada del Enviado de Dios. El bautismo era un reconocimiento de los propios pecados, y el propósito de poner fin a la vida anterior. 

La Virgen sabía perfectamente que su Hijo no necesitaba de penitencia, y sin embargo Él fue también a ser bautizado por Juan. Pero el Bautista se negaba a hacerlo, porque sabía que en Jesús no había pecado. 

Después, María conoció las palabras del Señor cuando Juan se resistía a bautizarle: Cumplamos toda justicia (Mt 3, 15), dijo Jesús. 

LA JUSTICIA DE DIOS ES MISERICORDIA 

¿Pero de qué clase de “justicia” se trataba? Algunas veces, cristianos con formación no saben responder bien a esta pregunta. 

Es que había un plan, un bautismo de sangre, que debía cumplir el Señor para salvar a los hombres. Y ese plan se va a ir desvelando al comienzo de la vida pública con los misterios, que en el rosario, la Iglesia llama de luz. 

Tanto Jesús como Juan aceptan el plan previsto por la Trinidad. Y aunque Juan en un principio se desconcierta y no quiere bautizar al Señor, movido por las palabras de Jesús, accede a ello. 

Porque aquello podría parecer contradictorio, al no conocer perfectamente la lógica de Dios. Algunos, al pensar en Él, lo ven exigente y justo. Y otros, con una visión contrapuesta, lo consideran un padrazo amable. Pero Dios es uno, Dios es amor: su justicia tiene que ver mucho con la misericordia. Por supuesto que los pecados de los hombres habían de ser sanados. ¿Pero cómo? 

Después de la Resurrección todo se entendería perfectamente. Y como dice el Papa Benedicto, Jesús no había cargado en la Cruz con “sus” pecados, sino con las culpas de los demás hombres (cfr. Jesús de Nazaret, primera parte, Madrid 2011, p. 40). Y esta era la voluntad de la Trinidad. 

La justicia, la santidad que tenía que realizar tanto Jesús como Juan el Bautista, consistía en unirse con la voluntad del Padre. Porque la vida de Jesús, no tuvo otro objetivo que el plan misericordioso de Dios, para la salvación de la humanidad. Su nombre significaba “Yahveh salva”. 

Por eso, al comenzar su vida pública, Jesús empieza a pedir perdón a su Padre en nombre de toda la Humanidad, y lo hace yendo a recibir el bautismo de penitencia. 

La vida del Señor, no se entiende sin esta relación con el pedir perdón. Por eso si algunos negasen la existencia del pecado no encontrarían explicación al sacrificio de Jesús en la cruz, que Él aceptó desde el principio y, por tanto, no encontrarían sentido a toda la vida del Señor. 

Precisamente la tarjeta de presentación que empleó Juan, al mostrar a Jesús a los que le seguían, era llamarle el que quita el pecado del mundo. Juan, cuando presenta a Jesús, dice: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29). 

Jesús es el Cordero que moriría por Pascua. Esa fiesta judía se celebraba cada año, como recordatorio de la liberación del pueblo hebreo de su esclavitud en Egipto. 

Yahveh les había dicho que cogieran un cordero que se inmolaba, sobre las tres de la tarde; y por la noche lo comían con verduras amargas mojadas en vinagre, para recordar la tristeza de la esclavitud. 

Juan acertó, la sangre de Jesús –el Cordero pascual– iba a ser la que lavaría los pecados del mundo. 

Jesús, en una ocasión preguntó a dos, que también habían sido discípulos del Bautista: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con el que yo he de ser bautizado? (Mc 10, 38). El Señor se refería a su muerte en la cruz como un bautismo de sangre con el que nos iba a salvar. 

Resulta todo muy coherente. Lo que Jesús vino a hacer, lo representa ya desde el inicio de su vida pública. Como diciendo: 
He venido a esto. La justicia de mi Padre es misericordia para vosotros. Y vengo a realizarlo Yo.

 –“Por ahora” se hará la justicia de mi Padre mediante el agua; más adelante, al final de mi vida, se hará con mi sangre

Jesús, nos está dando luz sobre el misterio. Por eso es una pena que muy pocos mediten los pasos del Señor. El bautismo de Jesús en el Jordán, fue la anticipación de la muerte del Señor en la cruz, y también la anticipación de su resurrección. 

María, la mejor de los discípulos de Jesús, también querría ser “bautizada” con Él, y “beber su cáliz”. Ella, estuvo junto a la cruz de su Hijo, colaborando en la redención: sufrió también por los pecados de la humanidad, aunque personalmente no tenía ninguno.

Por eso Dios Padre reservaría a la Virgen el puesto a la derecha de Jesús, en su Gloria, porque había estado en ese sitio también cuando Jesús “reinaba” desde el madero (cfr. Mc 10, 41). 

Nosotros tenemos pecados: agradecemos a Jesús, y a su Madre, que hayan padecido en nuestro lugar. Queremos que nuestro agradecimiento se convierta en imitación. 

Al considerar el bautismo del Señor recordaremos que en esta vida debemos padecer por los demás, siguiendo las huellas de nuestro Maestro. Para eso somos cristianos, para decirle a Jesús: –Con tu ayuda “podemos

Podemos “beber” lo malos tragos, las injusticias que nos hagan; podemos responder bien por mal; podemos rezar por los que nos persiguen y calumnian; podemos llevar la cruz de cada día junto a Jesús, “detrás de Jesús”, siguiendo su ejemplo. 

Y si bebemos su cáliz, y “somos bautizados” entonces nos pondrá en los primeros puestos. 

No a la derecha, que está reservado para su Madre, ni tampoco a la izquierda, que es el sitio que –sin duda– ocupará san José. 

Pero estaremos en lugares destacados en la medida que hayamos salvado almas para Cristo. En esta vida, sufrir hemos de sufrir, hemos de pasar por “este bautismo”, pero no olvidemos que por la cruz llegamos a la luz. 

También nosotros podemos no entender los planes de Dios, que parece que quiere humillarse ante el mundo. Quizá nos escandalizamos de las humillaciones que recibe la Iglesia de Cristo. Quizá nos desconcierta que los buenos ocupen el lugar de los pecadores. Por favor, meditemos el Bautismo del Señor. Todo eso forma parte de un plan. Los mejores miembros de la Iglesia de Cristo llevarán los pecados de sus hermanos. Así se salvarán. 

“Por el momento hemos de actuar con toda justicia” y aceptar su voluntad, llena de sabiduría y misericordia. Ya vendrá, después, la resurrección

Como dijo el pensador inglés: “La cristiandad ha pasado por una serie de revoluciones, en cada una de las cuales ha muerto pero para resucitar; porque su Dios sabe cómo salir del sepulcro” (cit. por Joseph PEARCE, G. K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, Barcelona 1997, p. 400). Porque Jesús al salir del agua del Jordán estaba significando su resurrección del sepulcro. 

Y después de ser bautizado por Juan, en ese momento Jesús es ungido (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto, Ibidem, p. 49). 

JESÚS ES UNGIDO POR EL ESPÍRITU 

Cuando Jesús sale del agua (cfr. Mc 1, 10-11), se oyen las palabras de satisfacción de Dios Padre, que ante la obediencia de Jesús exclama: Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido

Y una paloma reposa sobre Él. Es en este momento en el que como Hombre recibe la “unción” reservada a los sacerdotes, a los reyes y a los profetas en Israel (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Ibidem, pp. 49-50). 

Pero Jesús no es ungido con aceite, sino con el Espíritu Santo, que en ese momento aparece en forma de una criatura pacífica. Jesús recibe la unción del Espíritu Santo en el momento del Bautismo; por eso es el Ungido, el Cristo, que habían esperado las personas piadosas de Israel. 

En la vida del Señor, el Bautismo es un momento de especial trascendencia. El cielo se rasga para manifestar la personalidad del Hijo de Dios. En el Bautismo aparece toda la Trinidad desvelando el misterio más grande de nuestra fe

También nuestro bautismo tiene mucha importancia. Entramos a formar parte de la vida íntima de la Trinidad. Por medio de Jesucristo, de su pasión, muerte y resurrección, Dios Padre ha querido identificarnos como hijos suyos. 

En el rito romano, después del bautismo, tiene lugar la unción con el sagrado Crisma, en el que el celebrante hace referencia a que, mediante el bautismo, hemos recibido una nueva vida, y como miembros de Cristo recibimos esa unción, como Jesús, que es sacerdote, profeta y rey. 

Somos humanos como Jesús, y gracias a los méritos obtenidos por Él, hemos sido elevados a su misma categoría divina. 

En la sangre de Cristo somos lavados y ungidos, con el Espíritu Santo, y adoptados por el Padre, que nos reconoce como hijos suyos. 

Tendría yo unos ocho años cuando mi madre me comunicó que yo era adoptado. Dicen que lo conveniente es irlo diciendo poco a poco. Pero recuerdo que, antes de recibir la Primera Comunión, mi madre me lo dijo. Me reveló que aunque ella y mi padre me habían estado cuidando hasta esa fecha, no eran mis verdaderos padres. Ellos eran solo mis padres biológicos, porque en realidad mi Padre era Dios. Yo me llevé una gran sorpresa, y fue una satisfacción, que el mismo Dios quisiera adoptarme. Precisamente es el bautismo la ceremonia de nuestra adopción. 

Jesús, al recibir el bautismo junto con la unción del Espíritu Santo, asume la dignidad de Rey y de sacerdote en Israel. Desde aquel momento, se le asigna una misión peculiar como Mesías, el Ungido de Dios. (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Ibidem, p. 49). 

Para sorpresa nuestra, la primera “disposición del Espíritu Santo lo lleva al desierto para ser tentado por el diablo (Mt, 4, 1)” (cfr. Ibidem, p. 50). 

Jesús tiene que superar allí una gran prueba. Y para prepararse, reza. Es precisamente en el recogimiento de la oración donde recibe las armas para luchar interiormente y ser capaz de no desviarse de su misión. 

Jesús tiene que reinar, pero no a través del poder, sino por medio de la humillación de la cruz. Y como Sacerdote debía realizar el sacrifico en su propio cuerpo. Jesús ora y se mortifica para aceptar su camino de Rey crucificado. Satanás le presentará las glorias de los triunfos humanos, pero Él las rechaza. Porque le desviarían de su misión: salvar a los hombres, con su bautismo de sangre y con su resurrección. 

Al ver tantos fracasos en la vida de los buenos cristianos podemos rebelarnos, sentir que son los fieles a Jesucristo los que tendrían que tomar el poder, y ser premiados en esta vida. Pero la mayoría de las veces no es así. No hay que intranquilizarse si la verdad sale mal parada algunas veces, porque Dios de los males saca bienes. Y el fracaso de los Santos no es la última palabra. 

Tenemos que ser bautizados con la misma sangre de Cristo, beber de su cáliz. Ya vendrá la resurrección de las almas. Pero no el poder y la gloria humana. Esto lo iría entendiendo poco a poco la Virgen. Según se iban desarrollando los misterios de su Hijo, Ella iba meditando, como siempre.

viernes, 15 de marzo de 2019

1. JESUCRISTO


Jesús es el Cristo
El que limpiaría nuestros pecados 
Igual a nosotros excepto en el pecado


JESÚS ES EL CRISTO

Durante mi estancia en la universidad, me contaron que un profesor pidió voluntarios para hacer trabajos sobre diversos temas. Y como era un “anticristiano combativo”, al enunciar en su clase el título de “la Moral Católica”, se produjo entre sus alumnos un silencio que se cortaba. Pero un chico se levantó y dio su nombre para hacerlo.

Y el día señalado para la exposición oral del trabajo, había cierta 
expectación, y todos esperaban que ese alumno “criticase a la Iglesia” para congraciarse con el profesor.

La sorpresa fue grandísima cuando el estudiante hizo una exposición muy clara del catolicismo, sin que faltasen las res-puestas, a lo que el profesor había ido diciendo en sesiones anteriores. Y al terminar, ese alumno dijo: –No he hecho nada más que documentarme, porque, yo personalmente, soy judío.

La clase finalizó sin más comentarios. Pero por lo visto el profesor se permitía, de vez en cuando, ridiculizar, como de pasada, algunos puntos del cristianismo.

Y en una de esas ocasiones, este chico –que era uno de sus mejores alumnos– le interrumpió: –Oiga, yo vengo aquí para aprender historia, no para sufrir su falta de respeto a las creencias de algunos.

Según él mismo contaba, sus inquietudes espirituales fueron en aumento... Casi todas las preguntas que se hacía tenían el mismo objeto: la divinidad de Jesús.

Por lo visto, aunque sus padres eran judíos no practicantes, él –cuando tenía catorce años– había sentido un gran deseo de buscar a Dios. Y empezó a recibir clases de un rabino, ya anciano, que le tenía mucho cariño.

Pero este chico buscaba más, y no encontraba respuesta. Se preguntaba: – ¿y las promesas de Dios a Israel?, ¿Y el Mesías?

Aquel rabino anciano le dio entonces un consejo sorprendente, que no se le olvidaría. Le dijo: –Busca a Cristo. Yo ya soy viejo; si tuviera tu edad buscaría al Jesús de los cristianos.

Y pasado algún tiempo fue a charlar con el sacerdote católico que él conocía, y tuvo un buen rato de conversación. Después, buscó a uno de sus más íntimos amigos y le comunicó: –He decidido bautizarme: tengo la fe, creo que Jesús es Dios.

Lo que le sucedió a este chico puede que, de otra forma, nos suceda también a nosotros. Pues la Palabra de Dios se ha hecho Hombre para todos, y es lógico que quiera una respuesta de nuestra parte, si estamos en disposición de escucharle.

Estando en Cesarea de Filipo, Jesús hizo una especie de encuesta entre los apóstoles, para ver lo que la gente pensaba sobre Él (cfr. Mt 16, 13-16).

Quizá, si la realizáramos entre nuestros amigos, seguro que muchos dirían que fue un personaje excepcional, un adelantado a su tiempo, un pacifista o cosas por el estilo.

Incluso, algunos acabarían por confesarnos que “creen en Jesucristo, pero en la Iglesia no”. Lo que vendría a significar que piensan que Jesús dijo e hizo cosas admirables, pero que “no sigue vivo” entre los cristianos, o sea, que no es Dios.

Después de responder a Jesús sobre lo que pensaban los demás. El Señor les preguntó a ellos:
–Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió Simón Pedro:
–Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. (Mt 16, 15-16).

EL QUE LIMPIARÍA NUESTROS PECADOS

Efectivamente, los cristianos creemos que el Hijo de Dios se hizo Hombre en el tiempo. Precisamente la Historia se ha divido en dos98mitades, antes y después de su “encarnación”. Hay muchos testimonios de su vida y de su muerte. Nació en una nación, que después de tantos siglos y persecuciones, todavía pervive, la hebrea.

Sabemos que los creyentes judíos, aun en el día de hoy, esperan la llegada del Mesías. Un rey que tendría que nacer en Belén y provendría de la familia de David.

Pues bien, los cristianos creemos que Jesús de Nazaret, nacido hace más de dos mil años, descendiente de ese rey es precisamente el Mesías, que es lo mismo que decir Ungido o Cristo (son palabras que significan lo mismo).

Desde muy antiguo, el nombre de Jesús se unió precisamente al de Cristo, porque los primeros fieles creían firmemente que Jesús era el Ungido de Dios, su Hijo y además descendiente de David, según la carne. Y por eso le llamaban entonces, como también hacemos hoy: “Jesucristo”, que venía a decir “Jesús es el Cristo”.

Jesús no es solo Dios, sino también perfecto Hombre. El último concilio ecuménico ha dejado constancia de que solo Él puede enseñar al hombre a ser hombre. No simplemente porque es nuestro Creador, sino porque ha querido encarnarse en el vientre de una mujer. En todo es semejante a nosotros, menos en el pecado.

Lo que no significaba que no tuviese tentaciones. Porque es muy humano ser tentado. Por eso, para explicar cómo podemos vencerlas, es también necesario conocer, cómo el Mejor de los hombres derrotó al enemigo.

Precisamente, esa era su misión al encarnarse: salvarnos de la esclavitud de Satanás. De hecho en su Nombre ya se declara qué es lo que venía a realizar. Pues “Jesús” significa “Yahveh salva”. Tendría que llamarse de alguna manera y ese era el nombre que más le cuadraba: era Dios y el Salvador.
Desde el inicio de su vida pública, queda claro que su Misión y su Persona estaban unidas: el Hijo de Dios que viene a quitar el pecado del mundo.

La Iglesia ha pensado que el bautismo de Jesús nos da “luz” sobre su vida. Y por eso, algún evangelista comienza el relato en ese momento, porque vendría a explicar todo el conjunto.

Porque el bautismo viene a significar lo que luego realizaría con su muerte y resurrección. Él anunció, que tenía que ser bautizado con un bautismo de sangre y al tercer día resucitaría de entre los muertos.

Con el bautismo de penitencia en el río Jordán, Jesús se sumerge, cargando con nuestros pecados, no con los suyos. El agua simbolizaba un sepulcro líquido, y el surgir de nuevo de ella, era símbolo de la resurrección de entre los muertos.

IGUAL A NOSOTROS EXCEPTO EN EL PECADO

Pero no acaba ahí la cosa. Una vez que Jesús surge del agua, se oye la voz de Dios Padre. Y no se le unge su cabeza con aceite, como se hacía con los reyes y sacerdotes, sino que el Espíritu de Dios, en forma de paloma, reposa sobre Él. Porque se trata de una unción especial, un aceite de gozo, que hace exultar al Padre. Y en ese momento se nos revela la intimidad de Dios: las Tres Personas se nos hacen presentes. Porque el plan de la salvación es de la Trinidad.

Es lo que cuenta uno de los Apóstoles:
Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y entonces se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz desde los cielos dijo:
—Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido (Mt 3, 16-17).

Jesús lo dirá poco después en la sinagoga de Nazaret, al anunciar que se había cumplido la profecía de Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido (Lc 4, 18).

Jesús es nuestro Rey. Lo es por ser Dios, lo es por ser descendiente directo de David. Y lo es por derecho de conquista, con su pasión, muerte y resurrección, alcanzó ese liderazgo, así que a este Hombre perfecto le cuadra la inscripción, que a modo de señal fue puesta en la cruz en las tres lenguas más importantes de su época.

Jesús es Sumo Sacerdote de una nueva alianza entre Dios y los hombres. En su Persona convergen las dos orillas, porque a su naturaleza divina se une la humana, por eso puede ser el gran Mediador.

Si no hubiera experimentado la tentación, quizá se hubiera pensado que no era un hombre igual a nosotros, y lo es.

Además, Jesús, venciendo la tentación, nos da las armas para que nosotros también la venzamos. Pero no adelantemos acontecimientos; tenemos que ver poco a poco cómo se desarrolla su vida, porque la nuestra sigue sus pasos.

Lo primero es el Bautismo, y después recibimos la Unción con el Santo Crisma, que nos hace fuertes para la pelea. Pero Jesús, fue el primero, como veremos a continuación.

Nosotros, después de recibir el Bautismo y la Confirmación, ya estamos preparados para la lucha. No olvidemos, que el tiempo nuestro en esta tierra es una etapa de prueba, similar a la que tuvo el Señor en el desierto y durante toda su existencia; repitamos, Jesús es igual a nosotros excepto en el pecado.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías