jueves, 23 de enero de 2020

EL BOTÓN DE LA LUZ




 De cooperativa de pesca a multinacional

Una luz aparece en el sitio que parece menos indicado, Galilea de los gentiles. Lo que nos hace pensar que no son los puritanos cumplidores los que mejor entienden a Dios.

Había profetizado Isaías: «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló» (Is 9,1-2). Como escribió San Mateo (4,16), esta profecía se cumplió en Jesús.

La humanidad caminó en tinieblas hasta que la luz brilló en la tierra. Ese lucero se trasladó a la pequeña ciudad de Nazaret iluminando la vida de sus paisanos.

Y en ese tiempo Jesús llamó a unos hombres sencillos de Galilea y dio sentido a sus vidas. La mayoría eran pescadores con un horizonte vital bastante gris, sin ningún relieve. Su vida iba a ser el negocio de la pesca. Sus temas de conversación, si picaban o no picaban los peces... O, como mucho, la última tempestad en el lago.

Sin embargo, la Luz llegó a ellos y salieron de la penumbra de una existencia sin relieve. Su vida cambió y, a la vez, recibieron el encargo de iluminar el mundo. Y gracias a ellos esta Luz nos ha llegado a nosotros.

Es una historia que ocurrió hace 21 siglos, pero que ha seguido ocurriendo a lo largo de todos estos años y que sigue ocurriendo ahora. El Señor te ha llamado a ser Luz. Y quizá tú quieres entregarte al Señor cuando seas hueso y pellejo, pero no ahora en plena juventud. Pero Jesús eligió a gente joven para que llevaran la Luz del Evangelio por todo el mundo.

Podrías pensar: San Pedro no era un crío precisamente... Y es cierto, al menos por fuera: de hecho ya se había casado (tenía suegra) y, probablemente, había enviudado. Pero interiormente sí era joven: si no, no se habría decidido a dejar la barca y a seguir a Cristo. El Señor quiere contar con la generosidad de unos pocos. Siempre han sido unos pocos los que en tiempos de crisis han llenado de Luz al mundo.

Y nosotros no podemos mirar a nuestro alrededor y decir: ¿dónde están y quiénes son esos pocos? Por mucho que miremos no vamos a encontrar a mucha gente... Somos nosotros. Pocos, sí.

Quiere Jesús contar con cada uno de nosotros para llevar la Luz al mundo. Y esta idea choca quizá con lo que teníamos pensado para nuestra vida. Se puede llevar una vida tranquila y confortable, pero la vida cómoda no hace feliz. Decía San Josemaría: «Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado» (Surco, 795).

¿Cuáles son las ilusiones de tu vida? Casarte y, si puede ser, en un lugar chic, vivir en una calle céntrica, tener trabajo los dos aquí, en la misma ciudad, llevar a tus hijos al mejor colegio..., y sólo eso. Pequeño gran burgués. Esto es ocultar el farol bajo la cama de matrimonio. Ser luz en toda circunstancia implica acercarnos a Jesús. El que da sentido a nuestra vida no puede ser otro que Jesucristo.

Historia de señales luminosas

Ahora se entienden mejor las palabras del salmo: – «El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré?» (Sal 26). Nos guía en nuestro camino a través de las tinieblas. También ahora desde el sagrario, el Señor es un faro que da Luz y sentido a toda nuestra vida: a la monotonía de nuestro trabajo y de nuestra vida de familia, que es siempre lo mismo.

Nosotros, si acudimos al sagrario para pedir ayuda, encontramos Luz para nosotros y además podemos iluminar la vida de los demás: gracias a ella estaremos serenos, optimistas, simpáticos, y pensaremos en positivo. Seremos un verdadero faro para los demás.

Dos acorazados, dos buques de guerra norteamericanos del siglo pasado, habían estado de maniobras en el mar con tempestad durante varios días. La visibilidad era pobre; había niebla, de modo que el capitán de uno de los acorazados permanecía sobre el puente supervisando todas las actividades. Poco después de que oscureciera, el vigía que estaba en el extremo del puente informó: 
Luz a estribor.

Y el capitán preguntó: –¿Viene con rumbo directo o se desvía hacia popa? El vigía respondió: –Directo, capitán. Esto significaba que iban directo a una colisión con aquel buque.
El capitán llamó al encargado de emitir señales luminosas de comunicación: Envía este mensaje: Estamos a punto de chocar; aconsejamos que ustedes cambien 20 grados su rumbo.
Y llegó la respuesta: Aconsejamos que sean ustedes los que cambien 20 grados su rumbo.
Mal estaba la cosa, y el capitán un poco enfadado dijo al encargado de emitir las señales: Contéstele: Soy capitán, cambie su rumbo 20 grados.

Respondieron desde el otro lado: Soy marinero de segunda clase. Mejor cambie su rumbo 20 grados.
El capitán estaba ya hecho una furia: Conteste: Soy un acorazado. Cambie su rumbo 20 grados.
La linterna del interlocutor envió su último mensaje: –Yo soy un faro. Y el acorazado, claro está, cambió su rumbo.
   
Efectivamente Dios ha querido que el cristiano sea en nuestro mundo un punto de referencia. Un faro que indique dónde está la Luz para que los demás no se pierdan cuando llegue la noche o una borrasca. Para eso estamos en la tierra los cristianos. Aunque personalmente seamos peores que los demás, marineros de segunda. Pero estamos para señalar el camino.

Apretar un botón

Nuestro Señor nos ha dicho claramente y nos lo dice ahora: «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14). Y, nos podemos preguntar, ¿cómo hacer para encender el faro, cómo para encender la luz?

Vivimos en la civilización del botón, del triunfo del interruptor: con sólo apretar una tecla se pone casi todo en funcionamiento. Si aprietas un botón puedes conseguir casi todo: una coca-cola, una hamburguesa o una fotocopia.

Con sólo darle a una tecla envías un e-mail o borras un archivo, puedes mandar una foto o matar un marciano. Podemos decir que el botón está en nuestra esencia: todo hombre tiene siempre una tecla que apretar.

Pues el botón para dar Luz a los demás es dedicar tiempo a Dios. Hacer oración y perseverar en ella. Pero, puedes pensar, ¿cómo voy yo a iluminar con sólo cinco minutos de oración? Si te fijas en una bombilla apagada, no ves nada dentro, excepto un trocito bastante pequeño de filamento. Pero una vez encendida la bombilla, ese trozo de hilo sí que da luz, porque la electricidad lo transforma en una masa incandescente.

Eso hace Dios con nuestros minutillos de oración, Él los enciende. La experiencia de la vida de los santos nos lo demuestra: los que más han intentado estar cerca de Dios son los que más hacen felices a los demás.

La oración nos hace ser mejores y nos convierte en el faro en medio del mundo porque nos acerca a Jesucristo. La oración hará mejores también a los que nos rodean.

La Virgen, Madre de Dios, dio a luz a la Luz. Que Ella nos ayude a recibirla en la Comunión y a llevar la alegría a los demás.

lunes, 18 de noviembre de 2019

LA GRAN OBRA DE DIOS







Como decía el Sto. Cura de Ars: "todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios" (cfr. Bernat Nodet, El cura de Ars, Pensamientos, Bilbao: Ed. Desclée de Brouwer, 2000, p.107).

Si en nuestra vida queremos luchar contra las tentaciones hemos de contar con este medio que Dios nos ha dado. Nuestra batalla sin la Eucaristía está condenada al fracaso.

Por el contrario el "príncipe de este mundo" que odia la santidad, nos tienta mediante la riqueza, el poder y el orgullo.

Y lo hace para convencernos de que confiemos en nuestros propios medios, y no en los de Dios.

(cfr IVEREIGH, Austen. El gran reformador, Barcelona: Ediciones B, 2015).

Precisamente la santa Misa es obra de Dios, así lo entendió San Josemaría, que celebrar la Misa era un trabajo que le rendía, pero que le era muy grato. Por eso escribió:

Es tanto el Amor de Dios por sus criaturas, y habría de ser tanta nuestra correspondencia que, al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes. FORJA 436.

A esa actitud de amor de los santos se contrapone nuestra rutina y nuestra acostumbramiento, en definitiva nuestra tibieza.

El Santo Cura de Ars, que tantos sacerdotes confesó, aseguraba que la tibieza en el sacerdocio se deba a no dar importancia a las distracciones durante la Santa Misa.

Las distracciones, que no deben asustarnos, sino corregirlas sin perder la paz: somos niños débiles delante de Dios.

San José, modelo de persona atenta, siempre con el alma a la escucha de la voluntad de Dios.

Ahora le decimos una oración que se aconsejaba que los sacerdotes, para que la hiciesen antes de la Misa, como preparación. Y el motivo es evidente, como se verá al final. Dice más o menos así, me he permitido traducirla a mi manera:

–¡Qué hombre tan afortunado!
Porque tuviste la suerte de ver y escuchar a Dios en tu misma casa.  

Aquel a quien gente importante ha querido ver pero no ha podido; ni tampoco han conocido su timbre de voz.

Y Tú, José, también lo has llevado en brazos, le has dado infinidad de besos. Le enseñaste a trabajar. Incluso le has oido muchísimas veces llamarte papá.

Y terminamos diciéndole: José, ayúdanos para que también nosotros tratemos con mucho cariño a Jesús.

Hay gente que piensa en la Comunión como si fuese un premio que se da a los buenos. Y por eso si ven que uno comulga y tiene debilidades se extrañan.

Pero la Comunión no es un premio sino una ayuda de Dios. Por eso si nos portamos mal tenemos que ir a que el Señor nos cambie.

Sabemos que con pecados mortales no debemos recibir al Señor, porque sería una barbaridad

Pero  con faltas y pecados veniales sí podemos recibir la Comunión, porque el Señor se ha quedado para ayudarnos.

La Virgen se daba cuenta perfectamente de lo que era la Eucaristía: que Jesús se había quedado. Por eso cada vez que comulgase estaría coloradita, guapísima.

Radiante, como si el Sol se le hubiera metido dentro.

Pincha aquí para oírlo en audio

lunes, 11 de noviembre de 2019

LAS PATADAS





El buen Samaritano

Es una injuria que algunos digan que Dios les parece egoísta. Es absolutamente lo contrario: Dios es Amor, un Amor Misericordioso. La Imagen perfecta de Dios es Jesús, quien le ve a Él ve al Padre.

Y Jesús es el Buen samaritano, porque, por orgullo, nos enemistamos con Él. Y, precisamente es Él, el único que de verdad nos ayuda.

Se da la circunstancia que, a veces, los que más obligación tendrían de ayudarnos, pasan de nosotros. En cambio, Dios, que tendría que sentirse ofendido, es capaz de morir por cada uno.

Jesús, al decir «bienaventurados los misericordiosos», nos está diciendo lo que Él ha hecho. Y quiere que nosotros hagamos lo mismo con los demás, porque somos sus discípulos.

Las patadas

Un día le preguntaron al cura de Ars si todas las manifestaciones de veneración hacia él no le inspiraban cierta vanidad. Y él respondió: «Mi buen amigo, además del incienso también me llevo las patadas».


Será el Reverendo Raymond, el primer auxiliar del Santo Cura, uno de los que se encargue de darle esas patadas. Uno de sus biógrafos piensa que fue elegido por Dios para poner a prueba la virtud del Reverendo Vianney.

El padre Raymond era joven y se propone él mismo para hacerse cargo de la parroquia de Ars. Piensa de él que está desbordado y que es incapaz de resolver sus asuntos.

Nos cuenta el biógrafo: «Hace falta un hombre con mano firme, un administrador hábil, un organizador enérgico capaz de dominar a la muchedumbre y poner algo de orden en Ars. Mas, ¿quién posee, según el padre Raymond, todas estas cualidades? Él mismo.

En el obispado no faltan personas influyentes que compartan su opinión. Piensan que el padre Vianney, por muy santo que sea, lleva demasiada carga y es una persona que con su ignorancia poética en materia de gestión económica, manipula sumas considerables.

Por tanto era imprescindible la ayuda de un auxiliar. Y el padre Raymond se consideró como tutor del Santo, y le juzgaba como demasiado débil, demasiado bueno.

Y dice el biógrafo: lleno de actividad y presunción, con su carácter autoritario, quiere solucionar los asuntos, quiere gobernarlo todo. Y por una razón u otra, siempre termina reprendiendo al cura, cuyo espiritualismo le desespera.

Un testigo presencial, el hermano Atanasio, dice: «Tras escuchar una escena penosa, expresé mi gran dolor al reverendo cura de Ars, a lo que este me respondió: “Ah, lo habéis escuchado. ¡Qué se le va a hacer! No hay mal alguno cuando nadie se da cuenta. Estoy acostumbrado, no pasa nada”».

Y, añade el testigo, el padre Vianney excusó de inmediato el comportamiento de su vicario.

Así estuvo ocho años. Cuando fue nombrado un nuevo obispo, este le pregunta al Santo Cura cómo le ha tratado su auxiliar; responderá: «No me ha pegado nunca».

Lo curioso es que se han encontrado cartas  escritas por el Cura de Ars, en las que llena de elogios a su auxiliar: Nunca los niños de la primera Comunión han continuado viniendo más que desde que él se encuentra en Ars El padre Raymond […] es mil veces mejor de lo que la gente cree.

La paciencia de los santos

El Cura de Ars no era tonto, es evidente de que se da cuenta de la realidad, y la realidad es que lo estaba haciendo santo en esa situación. Y terminamos con lo que dice el biógrafo: «Será Dios en la grandeza de su misericordia, quien lleve a cabo el mayor acto de caridad: el padre Vianney no tendrá que soportar más a su vicario».

Así de pacientes han sido los santos. Por eso resulta tan heroica la figura de la Virgen, porque tuvo que soportar con misericordia los defectos de tantas personas. Su corazón era muy parecido al de Jesús; fue la que mejor siguió sus enseñanzas. Quería a Jesús más que a Ella misma. Hubiera preferido llevar la cruz y morir: la Pasión de María fue que, en lugar de a Ella, mataron a su Hijo. La Virgen refleja cómo es el corazón de Dios.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías