lunes, 2 de abril de 2012

6. EL AGUA


   Para escuchar

Experimentamos que conocer la vida del Señor nos ayuda a conocer la nuestra, pues muchas cosas se repiten. En nuestra vida –como en la del Señor– las cosas no ocurren por que sí. Si meditáramos los misterios del  Señor, encontraríamos luz para nuestra vida corriente. Nuestro paso por la tierra depende de la historia que hace siglos ocurrió en Palestina.

De repente
Un día, los  habitantes de Nazaret vieron como Jesús abandonó el pueblo, y se dirigía hacia Judea. Luego se supo que fue en busca de Juan el Bautista. Iba a empezar una nueva etapa en su vida.
También nos sucederá a nosotros que, después de largos años trabajando donde ya estábamos hechos a esa tarea, el Señor quiere que pasemos página. Lo anterior formó parte de nuestro pasado.

María recordaba a Juan
María recordaba que el primer viaje del Señor en esta tierra fue también en busca de Juan. En aquel entonces la Virgen, embarazada, llevaba a Jesús en su interior. Y el Bautista, que tampoco había nacido, saltó de gozo en el vientre de Isabel, su madre, al notar la presencia del Señor.
Pero había pasado el tiempo, y Juan ya era famoso. La gente se decía que por fin Dios había enviado un nuevo profeta.

Por fin un nuevo profeta
En ese momento con la predicación del Bautista se hacen realidad las antiguas esperanzas: se anuncia algo grande. Ahora con Juan, muchedumbres iban a ser bautizadas por él, que predicaba la conversión mediante ese signo, el lavado.
Había que reconocer los propios pecados, y llevar en adelante una nueva vida. El bautismo de Juan simboliza la limpieza de la suciedad de la vida pasada y prepararse así para la llegada del Enviado de Dios. El bautismo era un reconocimiento de los propios pecados, y el propósito de poner fin a la vida anterior.
También en nuestra vida aparece alguien que con sus consejos y su ejemplo nos ayudó a purificarnos, y nos preparó para la llegada de Dios. Todos hemos tenido un precursor.

Pero ocurrió una cosa extraña
La Virgen sabía perfectamente que su Hijo no necesitaba de penitencia, y sin embargo fue también a ser bautizado. Por eso Juan se negaba a hacerlo, porque sabía que en Jesús no había pecado.
Después María conoció las palabras del Señor cuando Juan se resistía a bautizarle: «Cumplamos toda justicia» (Mt 3,15), dijo Jesús.

La justicia que deben cumplir
¿Pero de qué clase de «justicia» se trataba? Algunas veces, cristianos con formación no saben responder bien a estas preguntas.
Es que había un plan, un bautismo de sangre, que se debía cumplir el Señor para salvar a los hombres. Y ese plan se va a ir desvelando al comienzo de la vida pública con los misterios de luz.
Tanto Jesús como Juan debían de aceptar el plan previsto por la Trinidad. Los dos protagonistas debían cumplir toda justicia. Y aunque Juan en un principio se desconcierta y no quiere bautizar al Señor, movido por las palabras de Jesús, acepta.
Algunos, al pensar en Dios, lo ven exigente y justo. Y otros,  con una visión contrapuesta, lo consideran un padrazo amable. Pero Dios es uno, Dios es amor: su justicia tiene que ver mucho con la misericordia. Por supuesto que los pecados de los hombres habían de ser sanados. ¿Pero cómo?
Después de la Resurrección todo se entendería perfectamente. Y como dice el Papa, Jesús no había cargado en la Cruz con «sus» pecados, sino con las culpas de los demás hombres (cf. Jesús de Nazaret, p. 40). Y esta era la voluntad de la Trinidad.
La justicia, la santidad que tenía que realizar tanto Jesús como Juan el Bautista, consistía en unirse con la voluntad del Padre. Y la voluntad de Dios, la justicia de Dios está unida a su misericordia. Porque la vida de Jesús no tuvo otro objetivo que el plan misericordioso de la salvación de la humanidad. Su nombre significa eso Yahvé salva.

Desde el principio tenía que quedar claro
Por eso al empezar su vida pública, Jesús empieza a pedir perdón a su Padre en nombre de toda la Humanidad, y lo hace yendo a recibir el bautismo de penitencia.
La vida del Señor no tiene sentido si no está en relación con el pedir perdón. Por eso si algunos negasen la existencia del pecado no le encontrarían sentido al sacrificio que Jesús aceptó. No encontrarían sentido a toda la vida del Señor.
Precisamente la tarjeta de presentación que empleó Juan cuando quiso presentar a Jesús a los que le seguían era llamarle el «que quita el pecado del mundo». Juan, cuando presenta a Jesús, dice a sus discípulos: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

La sangre del Cordero
Jesús es el Cordero que moriría por Pascua.
Juan acertó, la sangre de Jesús –el Cordero pascual– iba a ser la que lavara los pecados del mundo.
Jesús, en una ocasión preguntó a dos, que también había sido discípulos de Juan: «¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, y ser bautizado con el bautismo con el que yo he de ser bautizado?»( Mc 10, 38). Jesús se refería a su muerte en la cruz como un bautismo de sangre con el que nos iba a salvar.
Nosotros nos preguntamos: ¿qué pensaría la Virgen de todo eso? Ella conocía la historia de Jonás (y que el nombre de este significa lo mismo que el de Juan).

El nuevo Jonás
Aquel personaje salvó a la tripulación del barco en donde iba, ofreciéndose a «morir bajo el agua» en «sustitución» del resto los navegantes. Una gran tempestad amenazaba el barco donde iba Jonás con destino a España. Este profeta no cumplía la voluntad de Dios, que le pedía que predicase la conversión en Nínive.
Jonás huyó en una embarcación que le llevaba para Sevilla, al otro extremo de mundo conocido. Pero las aguas del mar se embravecieron y amenazaban con hundir a toda la tripulación. Jonás dijo a los marineros que la única manera que tenían de salvarse era arrojarle a él al agua, así cumpliéndose la voluntad de Dios, el mar se calmaría. Al tirar a Jonás por la borda, un cetáceo se lo tragó, y lo devolvió a tierra firme tres días después.
Jesús es el nuevo Jonás, que al morir en la cruz, recibió un «bautismo de sangre», y en el sepulcro pasó tres días, como Jonás estuvo en el vientre de una ballena. Y Jesús también resucitará, volverá al mundo de los vivos, como Jonás fue vomitado a tierra por el cetáceo.

Ahora se explica todo
Resulta todo muy coherente. Lo que Jesús vino a hacer, lo representa ya desde el inicio de su vida pública. Como diciendo:
–He venido a esto. La justicia de mi Padre es misericordia para vosotros. Y vengo a realizarlo Yo.
–«Por ahora» se hará la justicia del Padre del  mediante el agua, más adelanta, al final de mi vida se hará con mi sangre.
Jesús nos está dando luz sobre el misterio. Por eso es una pena que muy pocos mediten sobre sus pasos. El bautismo de Jesús en el Jordán fue la anticipación de la muerte del Señor en la cruz, y también la anticipación de su resurrección.

Imitar al Maestro
María, la mejor de los discípulos de Jesús, también querría ser «bautizada» con Él, y «beber su cáliz». Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo, colaborando en la redención: sufrió también por los pecados de la humanidad, aunque personalmente no tenía ninguno.
Por eso su Padre reservaría a  la Virgen  «el puesto a la derecha» de Jesús, en su Gloria, porque había estado en ese sitio también cuando Jesús «reinaba» desde el madero (cf. Mc 10, 41).
Nosotros tenemos pecados: agradecemos a Jesús, y a su Madre, que hayan padecido en nuestro lugar. Queremos que nuestro agradecimiento se convierta en imitación.

Querer ser bautizados
Al considerar el bautismo del Señor recordaremos que en esta vida debemos padecer por los demás. Para eso somos cristianos, para decirle a Jesús: –Con tu ayuda «podemos».
Podemos «beber» lo malos tragos, las injusticias que nos hagan; podemos responder  bien por mal;  podemos  rezar por los que nos persiguen y calumnian; podemos llevar la cruz de cada día junto a Jesús, «detrás de Jesús», siguiendo su ejemplo.
Y si bebemos su cáliz, y «somos bautizados» entonces nuestra Madre nos pondrán en los primeros puestos.
No a la derecha, que está reservado para Ella, ni tampoco a la izquierda, que es el sitio que –sin duda– ocupará San José. Pero estaremos en lugares destacados en la medida que hayamos salvado almas para Cristo. En esta vida sufrir hemos de sufrir, hemos de pasar por «este bautismo», pero no olvidemos que por la cruz llegamos a la luz.

Como Juan el Bautista
También nosotros podemos no entender los planes de Dios, que parece que quiere humillarse ante el mundo. Quizá nos escandalizamos de las humillaciones que recibe la Iglesia de Cristo.
Quizá nos desconcierta que los buenos ocupen el lugar de los pecadores. Por favor, meditemos el Bautismo del Señor. Todo eso forma parte de un plan. Los mejores miembros de la Iglesia de Cristo llevarán los pecados de sus hermanos. Así se salvarán.
«Por el momento hemos de actuar con toda justicia» y aceptar su voluntad, llena de sabiduría y misericordia. Ya vendrá, después la resurrección.
Como dijo el pensador inglés: «La cristiandad ha pasado por una serie de revoluciones, en cada una de las cuales ha muerto pero para resucitar; porque su Dios sabe cómo salir del sepulcro» (Cit. por Joseph PEARCE, G. K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, p. 400). Porque Jesús al salir del agua del Jordán estaba significando su resurrección del sepulcro.
Y después de ser bautizado por Juan en ese momento Jesús es  ungido.

Jesús es el Ungido
Cuando Jesús «sale del agua» (cfr. Mc 1,10-11) se oyen las palabras de satisfacción de Dios Padre, que ante la obediencia de Jesús exclama: «Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido».
Y una paloma reposa sobre Él. Es en este momento en el que como Hombre recibe la «unción» reservada a los sacerdotes y a los reyes de Israel (cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pp. 49-50).
Pero Jesús no es ungido con aceite, sino con el Espíritu Santo, que  en ese momento aparece en forma de una criatura pacífica. Jesús recibe la unción del Espíritu Santo en el momento del Bautismo, por eso es el Ungido, el Cristo, que habían esperado las personas piadosas de Israel.

Hijo de Dios
En la vida del Señor, el Bautismo es un momento de especial trascendencia. El cielo se rasga para manifestar la personalidad del Hijo de Dios. En el Bautismo aparece toda la Trinidad desvelando el misterio más grande de nuestra fe.

También nuestro bautismo tiene mucha importancia. Entramos a formas parte de la vida intima de la Trinidad. En la sangre de Cristo somos lavados, con el Espíritu Santo somos ungidos, y en ese momento somos adoptados por el Padre, que nos reconoce como hijos suyos.

Tendría yo unos ocho años cuando mi madre me comunicó que yo era adoptado. Dicen que lo conveniente es irlo diciendo poco a poco. Pero recuerdo cuando antes de hacer la Primera Comunión mi madre me lo dijo. Me reveló  que aunque ella y mi padre me había estado cuidando hasta esa fecha, pero que en realidad no eran mis verdaderos padres. Ellos eran solo mis padres biológicos, porque en realidad mi Padre era Dios. Yo me llevé una gran sorpresa, y fue una satisfacción, que el mismo Dios quisiera adoptarme. Precisamente fue el bautismo la ceremonia de nuestra adopción.

La primera misión
Jesús recibe en el Bautismo la unción del Espíritu Santo, con la que se le concede la dignidad de Rey y de sacerdote en Israel. Desde aquel momento recibe una misión peculiar, es el Mesías, el Ungido de Dios.
Para sorpresa nuestra, la primera indicación que se le da es que vaya al desierto «para ser tentado por el diablo» (Mt, 4, 1). Jesús tiene que superar allí una gran prueba, y para prepararse reza. Es precisamente en el recogimiento de la oración donde recibe las armas para luchar interiormente, y ser capaz de no desviarse de su misión.
Jesús tiene que reinar, pero no a través del poder, sino por medio de la humillación de la cruz. Y como Sacerdote debía realizar el sacrifico en su propio cuerpo. Jesús ora y se mortifica para no desviarse de su camino de Rey crucificado. Satanás le presentará las glorias de los triunfos humanos, pero Él las rechazó, porque les desviaría de su misión: salvar a las almas con su bautismo de sangre y con su resurrección.
Al ver tantos fracasos en la vida de los buenos cristianos podemos rebelarnos, sentir que son los fieles a Jesucristo los que tendrían que tomar el poder, y ser premiados en esta vida. Pero la mayoría de las veces no es así. No hay que intranquilizarse si la verdad salga mal parada algunas veces.
Tenemos que ser bautizados con la misma sangre de Cristo, beber de su cáliz. Ya vendrá la resurrección de las almas. Pero no el poder y la gloria humana. Esto lo iría entendiendo poco a poco la Virgen. Según se iban desarrollando los misterios de su Hijo, ella iba meditando, como siempre.

viernes, 30 de marzo de 2012

5. EL DESCONCIERTO

   Para escuchar





La pérdida
Jesús, siendo muy joven, la primera vez que va con sus padres de peregrinación a Jerusalén, en vez de seguirles se va por otro camino, sin decir nada a nadie. María y José al no encontrarlo, lo buscan, y de forma angustiosa, porque  Jesús nunca se había portado así, y pensaban que le habría pasado algo.


¿Por qué?
¿Por qué? Parece que esto contradice lo que escribe san Lucas de que obedecía a sus padres en todo. Y cuando sus padres lo encuentran en el Templo, Jesús les dice: «¿Por qué me buscabais»
Con esa contestación da la impresión de que pone distancias. «¿Por qué me buscabais, no sabíais que yo he de ocuparme en las cosas de mi Padre?».
De esta forma, un tanto enigmática Jesús les está diciendo  a María y a José que la unión con Dios Padre es más fuerte que la unión con ellos, que eran su familia de la tierra.
Al celebrar cada año la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, nos acordamos de nuestra familia. Y es que debemos estar estrechamente unidos a ellos. Pero el Señor nos pide, sobre todo, que estemos con  Él, y en las cosas suyas. Los cristianos tenemos que tomar esa decisión. En primer lugar está Jesús.

Primero, Dios
« Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre…no puede ser mi discípulo» (Lc 14,26) dice el Señor. Palabras duras, que en alguna ocasión se han traducido como «quien no pospone» en lugar de «quien no odia».
Pero el Señor dice: « Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre…no puede ser mi discípulo». Palabras muy fuertes. Pero en alguna ocasión puede presentarse esa tendencia humana de querer contentar a todo el mundo.
Por eso Jesús lo dice  con radicalidad que la familia está por debajo, y que habría incluso que «odiarla» si nos separara de Dios. Si la familia nos estorbara del amor a Dios, entonces la «odiaríamos».
Juan Pablo II al meditar esta escena dice que en este misterio se nos revela la personalidad fuerte que tiene Jesús. 

Radicalidad
Con doce años no hace lo que la mayoría. Efectivamente estaba sometido a la voluntad de sus padres, pero quiere dejar claro cuál es su misión, su entrega completa a Dios. Y además desde muy joven.
También en la vida habremos tomado decisiones fuertes que hacen ver que no tenemos un carácter blando. Nosotros hemos decidido servir al Señor sobre todas las cosas. Aunque  a veces nos haya costado despegarnos de amores que  aunque eran buenos, nos impedían poner a Dios en primer lugar.

Tres días
«Tres días» de sufrimiento, buscándole, estuvieron sus padres. «Tres días» que son un anticipo del Triduo Pascual: los días de su pasión, de su muerte, y de su resurrección. Jesús está preparando a su a su madre para el momento difícil de la salvación.
Quizá José pensaría que él era el responsable último de la «perdida». Se echaría todas las culpas: –Tendría que haber venido conmigo, ya es un hombre…
Pero Jesús deja que sus padres se vayan sin Él. Es un misterio: ¿por qué Dios permite eso?
También en nuestra vida también nos preguntamos en alguna ocasión: ¿esto por qué ha ocurrido?
María y José  que buscaban a Jesús se quedan asombrados de que Jesús esté en el Templo en medio de los doctores escuchándoles y preguntándoles.

Asombro
No es un comportamiento normal en Jesús. Se quedan asombrados, lo mismo que nosotros antes algunas cosas que hace Dios. Entonces nos admiramos de que Dios no haya tenido un comportamiento lineal según nuestra lógica.
Su Madre lo encuentra y le pregunta: «¿por qué?». Tantas madres también se preguntan «¿por qué?». La nuestra también se lo preguntaría en alguna ocasión al ver nuestra vida.
Y es que cuando una persona decide entregarse a Dios las madres se vuelven preguntonas: –¿No puedes hacer las mismas cosas, pero con tu familia?...
–Pero «¿por qué» no vienes en Navidad?…
Los «por qué» que tiene cualquier persona cuando no entiende lo que está pasando. Y quizá sufre cuando en su vida entra Dios, y no lo esperaba.
Con su respuesta Jesús está diciendo Quién era Él, y que «debía ocuparse en las cosas» de su «Padre». Evidentemente no se refería a las cosas de José. Jesús es el Hijo de Dios. Así quedaba claro.

Su misión es lo más importante
Caiga quien caiga la misión debe realizarla. Ha venido a eso, a obedecer a su Padre. Por encima de sus amores humanos  está su misión, qué no es nada egoísta.
La voluntad de Dios es lo primero también en nuestra vida. Quizá sufrimos, e hicimos sufrir  sin pretenderlo a las personas que queríamos.
Fue por un motivo más alto. Y así la vida del Señor se estuvo cumpliendo en nuestra vida desde el primer momento.
Nuestro camino debemos seguirlo a pesar de tener que dar un disgusto a la gente que más queremos.
Jesús estaba pidiendo a sus padres que les dejaran cumplir su misión. Por ahora tiene que estar sometido a ellos. Tenía doce años, todavía no había salido de la adolescencia.
Pero más adelante tenía que cumplir algo que le iba a distanciar de ellos, por lo menos físicamente.
Dice el evangelista que María y José «no entendieron» ni la respuesta, ni el modo.

Sus padres no entendían
Igual nos ha podido pasar a nosotros. No nos entendían. A veces es difícil que lo entienda una madre. No es comprensible que una persona a los dieciocho años cambie «por gusto» el lugar de residencia.
También María y José siendo santos no entienden la respuesta ni el modo. Podría parecerles un rechazo a lo que ellos tenían que hacer como padres. Por eso se desconciertan muchísimo.

Les quedará grabado
Con esta enseñanza no se les olvidará jamás que la relación verdaderamente íntima, Jesús la tenía con Dios.
Es verdad que hasta el momento había estado haciendo todo lo que hace un buen hijo.
No es de extrañar que la Virgen intuyera algo, pero que ahora en el momento de la perdida, en el momento del dolor, ella se da cuenta de que es difícil entender el plan de Dios.

Sufrían sin culpa
En nuestra vida, sin quererlo habremos hecho sufrir a alguien, porque había que hacer lo que Dios nos pedía, por encima de todo.
Y quizá alguien pensaría que Dios dividía a la familia.
Es Dios el que se mete en nuestra alma y quiere que cumplamos una misión, y no podemos cumplirla estando físicamente junto a nuestros padres.

Rezar para entender
«Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón», nos dice el evangelista (Lc, 2,51). Porque después con el paso del tiempo se entiende todo.
Y la gente que quizá nos criticaba porque no entendía, al final, acaba entendiendo: –Dios no desune a los padres con los hijos. Si ellos no quieren claro.
Con este episodio María empieza a su papel sobrenatural de madre para ponerse al servicio de la misión de Jesús.
Empieza a atisbar que es la madre del Salvador, y que Dios tiene sus planes, y sus momentos. También esto le ha ocurrido a la madre de los santos.

También a la madre de los santos
Es simpático el  episodio de la vida de san Josemaría le entrega a su madre una biografía en la que se escribe como la madre de Don Bosco colabora con su hijo.
Y la madre de san Josemaría le dice: –¿Tú qué quieres, que haga como la madre de don Bosco?
–Pero si lo estás haciendo ya, le responde san Josemaría.
Queremos que nuestros padres colaboren con nuestra misión.
María se irá dando cuenta de que los planes de Dios tienen su lógica tienen su lógica y que a veces no se entienden con ojos humanos.

Hay que entrar por el aro de Dios
La gente buena acaba «entrando por el aro», y Dios lo hace así, de forma dura, porque quizá de otra forma no se podía hacer.
La Virgen va comprobando que los planes de Dios en esta tierra cuestan sacrificio.
El señor cuenta con el sufrimiento propio y ajeno: «una espada te traspasará» le dice Simeón, inspirado por el Espíritu Santo.
A veces podemos quejarnos que toda nuestra vida esté sembrada de cruz.

Cruz desde el principio
Desde el principio de nuestra vida hemos dejado muchas cosas por Dios.
«Dejar a los de nuestra casa por seguir a nuestro Padre celestial»: muchos hemos hecho esto.
Y Jesús cumple la voluntad de su padre a pesar de haya dificultades o sufrimiento: este  es el mensaje.
Hemos hacer lo que Dios nos vaya pidiendo: –Señor, ¿qué quienes?
Preguntarle: –¿Qué más quieres? Yo lo haré.
Que nos estará pidiendo ahora. ¿Tendré que ofrecerle algo más? Quizá quiere que nosotros nos entreguemos por amor a las almas.

Sufrir por las almas
Los sufrimientos que nosotros tenemos que padecer no son para «perfeccionarnos».
Jesús no vino a morir por Él, para «perfeccionarse».
Y nosotros hacemos las cosas que nos cuestan por el amor a los demás, para salvarlos.
–Dame fuerza, Señor, para cumplir la voluntad tuya aunque tenga que sufrir.

Orar para adaptarse a Dios
La Virgen va «guardando en su corazón» va meditando todo. Va contemplando la vida del Señor. Igual debemos hacer nosotros: orar para meternos en la vida de Jesús.
Las madres son siempre madres.  Recordaba a la de santa Catalina de Siena que le costó entender la vocación de su hija.
Era la más pequeña y había seguido un camino distinto al la madre había querido que siguiese.
En aquella época no se entendía que una madre dijera una cosa y la hija otra.  Cuando Catalina decidió entregarse a Dios su madre iba repitiendo: –Si es casi una niña.

Pasado el tiempo
Pasado el tiempo, a los ochenta años acompañaba la procesión que llevaba las reliquias de su hija a la catedral de Siena para proclamarla santa…
Y mientras caminaba en silencio la madre recordaba sus incomprensiones, que había sido muchas, las pegas que le había puesto a su hija…
Lo mucho que había tardado en entenderla  y en perdonarla, las veces que la había zaherido, y la había humillado delante de otras personas…
Y ella ahora escuchaba a su alrededor los murmullos de admiración de la gente que decía: –Mira esa es la madre.
Una señora anciana arrugadilla.

Fue derrotada por su hija
Ahora su gloria, su consuelo, es haber sido derrotada por el empeño de su hija pequeña, en seguir el camino del Señor. Y temblaba al pensar que su hija de haber sido débil.
Y pensaba: –Menos mal que no me hizo caso… Pero su corazón de madre no podía reprimir su antiguo lamento: –Pero si era una niña…. Y lo era, cuando decidió entregarse a Dios.
La Virgen también se quejó: «Hijo mio, ¿Por qué nos haces esto?»

El desconcierto
Así fue el desconcierto de una mujer santa como era Ella.
Pero hay cosas que no son de entender: ¿Cómo vamos a entender a Dios?
Por muy santos que sean unos padres no podrán entender nunca a Dios: –Hijo, pero y esto…
Sin embargo Ella entendió, porque «guardaba en su corazón», contemplaba la vida de su Hijo. En la presencia de Dios le daba vuelta a todo lo que le sucedía.


Meditar el presente
Igual tenemos que hacer tú y yo. Porque hay cosas que en nuestra vida todavía no habremos asimilado.
Puede ser que las cosas de la vida pasada sí, pero en la presente todavía no asimilamos, y eso que sabemos que vienen directamente de Dios:
– Pero, bueno  si ha permitido esto… Pero ¿por qué? Bueno, medítalo, y dile: –Señor, ¿por qué me haces esto? Te responderá aumentándote la fe, como hizo con su Madre.

viernes, 16 de marzo de 2012

4. El TEMPLO

Un templo construido para Jesús
  Para escuchar


A las puertas del Templo, José compró dos tórtolas para la ofrenda, porque no disponía de recursos para comprar un cordero. Pero algo anecdótico sucedió. Un anciano, inspirado por el Amor de Dios, se destacó entre la multitud allí reunida. Cuando descubrió a Jesús en brazos de su madre, el Espíritu Santo le advirtió en secreto que ese niño era el Esperado desde hacía siglos, el prometido de Dios. Acercándose con respeto pidió que le permitieran tomarle en brazos, y luego alzándolo, bendijo a Dios y temblando de emoción entonó un himno. El templo de Jerusalén había sido construido para albergar la gloria de Dios. Y ahora cumplía su verdadera finalidad. Allí aparecía por primera vez el Señor del Templo, de aquel lugar que había hecho Salomón sin saber que era para su descendiente. «De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis» dice Malaquías. Por eso uno de los salmos vaticinando este acontecimiento canta: «que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria» (23).
Después de la muerte de Jesús el Templo de Jerusalén sería destruido, y no quedaría nada más que un muro para lamentarse los que no creyeron en el Señor de la gloria. Ya no tendría sentido el templo, porque otro templo lo había sustituido: es donde nosotros adoramos a Dios en espíritu, no con la materialidad de los sacrificios antiguos.

El nuevo Templo
Ese templo era el cuerpo de nuestro Señor donde habitaba Dios como en su santuario. Los Judíos destruirían ese templo, y en tres días Jesús lo edificaría de nuevo. La presentación de Jesús nos habla de la presencia del Señor entre nosotros. No es ya la materialidad de un lugar de piedra. Fuera de Jerusalén, el templo de Dios fue destruido en la cima del monte Calvario: pero se alzaría de nuevo. Allí, en el Calvario, verdaderamente, tuvo lugar el sacrificio más importante de la historia de la humanidad. Sobre el ara de la Cruz, fue inmolado el verdadero Cordero pascual. Allí probaron las lechugas amargas del dolor. Y de pie, como el que va de viaje, las personas fieles a Dios asistieron a la Pascua, al Paso del Señor. Y con su sangre fuimos señalados para que el Ángel exterminador no acabara con lo elegidos. Cuando Simeón tiene en sus brazos a Jesús, profetiza que será una bandera discutida, signo de contradicción. La Cruz de Jesús es ya señalada desde el principio a sus padres. Allí estaba Simeón para anunciar que una espada de dolor atravesaría su corazón de Madre. «Signo de contradicción»: Título de los ejercicios espirituales que Juan Pablo II dirigió a la Curia Romana cuando era Arzobispo de Cracovia.

Signo de contradicción
También en nuestra vida detrás de todo está la cruz. —Josemaría, no tienes un día sano, le decía a san Josemaría su madre. No debemos extrañarnos al encontrar alfilerazos, porque esa es la señal de que nuestra vida se parece a la de los santos, se parece a la de nuestro Señor.
Es curioso como Simeón excluye a san José de su predicción. Parece como si su instinto profético le excluyera del doloroso destino del Gólgota. Cada uno tiene su camino y quizá José, humanamente hablando, no hubiera aguantado aquella situación. Y además su cáliz ya estaría lleno por el dolor de otros sucesos. Pero el cáliz hay que llenarlo.
Antes de la predicción del anciano que se dirige a María para decirle: —Tu hijo ha venido al mundo para ruina y resurrección de muchos. Antes de esas palabras Simeón bendijo a los dos. Y dice san Lucas que «el padre y la madre de Jesús estaban maravillados de las cosas que se decían de él». Llama la atención que María y José no son personas insensibles, sino dotados de una especial delicadeza para captar las cosas que le iban sucediendo en su vida.
Ese milagro vamos a pedirle a Juan Pablo II. Él, que tenía capacidad de escuchar, de interiorizar. Nadie es grande para su mayordomo, dice el proverbio. Por eso tiene mucho valor todo lo que cuenta sobre este Papa santo el que fuera su secretario personal durante treinta y nueve años. En la vigilia de beatificación, decía Don Estanislao Dziwisz: «La mayor parte del tiempo que estábamos juntos lo pasaba en silencio porque era lo que él prefería. Estar con Juan Pablo II significaba amar el silencio». Así habla el Señor con su silencio. Parece que no dice nada, pero habla bajito. Pero hay que tener los oídos sin cera.
También decía Navarro-Vals que Juan Pablo II «se confesaba todas las semanas. A veces, cuando trabajábamos después de cenar, llegaba tarde a la cena porque estaba confesándose».
El misterio de la Presentación de Jesús en el Templo es el misterio de la Purificación de María, aunque ella no necesitaba. Nosotros sí necesitamos limpiarnos.

Purificar nuestro corazón
Como David tenemos la ilusión de construir un templo para Dios, porque el Rey de Israel vivía en un palacio, mientras que el Arca de Dios  estaba en un lugar de medio pelo, como dice la Vulgata «in médio péllium» (2 S 7, 2). La Gloria de Dios estaba en un lugar de medio pelo.
También queremos que nuestro interior que es templo del Espíritu Santo, esté lo mejor posible. Y para eso necesitamos purificar nuestro corazón.
 Como ha escrito Benedicto XVI: «Para poder comparecer ante Dios, entrar en comunión con Dios, el hombre ha de ser “puro”. Por eso las religiones han creado sistemas de “purificación” con el fin de dar al hombre la posibilidad de acceder a Dios. En el judaísmo observante de los tiempos de Jesús, el sistema de las purificaciones cultuales dominaba toda la vida. El cambio radical que Jesús ha dado al concepto de pureza ante Dios: no son las prácticas rituales lo que purifica» (Jesús de Nazaret 2, 74ss).
No consiste la cercanía con Dios en hacer un conjunto de prácticas religiosas, sino que la cercanía con respecto a Dios se da en el corazón.

La verdadera pureza
«La pureza y la impureza tienen lugar en el corazón del hombre y dependen de la condición de su corazón (cf. Mc 7,14-23)».
El Papa Benedicto se queja de que «La espiritualidad del siglo XIX ha vuelto a convertir en unilateral el concepto de pureza, reduciéndolo cada vez más a la cuestión del orden en el ámbito sexual»
Efectivamente cuando se habla de pureza hay muchas personas que entienden que se está hablando de castidad.
«La espiritualidad del siglo XIX ha vuelto a convertir en unilateral el concepto de pureza, reduciéndolo cada vez más a la cuestión del orden en el ámbito sexual, contaminándolo también nuevamente con la desconfianza respecto a la esfera material y al cuerpo».
Como si el cuerpo fuera malo, y el ser humano se tuviera que despojar de él. Según las filosofías platónicas la purificación del hombre se alcanza mediante ritos. Y sobre todo la purificación del hombre se alcanza por un proceso en el que el hombre va perdiendo la materia para irse espiritualizando cada vez más y así llegando hasta las alturas de Dios. «De este modo, el hombre se purifica de lo material, se convierte en espíritu y, por tanto, en puro».
Pero el cristianismo es al revés. Un Dios espiritual que se encarna, y así nos salva. La materia y el cuerpo han sido elevados. Sabemos lo que dice la Escritura que nuestros cuerpos son templos, porque en ellos habita la divinidad.
Pero cuando el Señor hablaba de purificación del templo. Cuando hablaba de pureza de corazón, entonces, a qué se refería.
Y el Papa se pregunta: «¿Cómo se hace puro el corazón? ¿Quiénes son los hombres de corazón puro, los que pueden ver a Dios (cf. Mt 5,8)?».

La Verdad es lo que nos purifica
«El hombre debe estar inmerso en la verdad para que sea liberado de la suciedad que lo separa de Dios. A este respecto no podemos olvidar que Juan no toma en consideración un concepto abstracto de verdad; él sabe que Jesús es la verdad en persona».
La Verdad no es un concepto abstracto es una Persona, que nos purifica con su Amor. «El lavatorio que nos purifica es el amor de Jesús, el amor que llega hasta la muerte».

Somos purificados por el Amor de Dios
«En el fondo es absolutamente lo mismo que Pablo expresa de un modo más difícil de entender para nosotros, cuando dice que somos «justificados por su sangre» (Rm 5,9; cf. Rm 3,25; Ef 1,7; etc.)».
Por eso no hemos de extrañarnos que el Espíritu Santo, el Amor de Dios inspire a un hombre como Simeón. El anciano, en el Templo le comunica a los padres de Jesús el signo de contradicción que acompañará la vida de ese Niño.

El templo, la purificación y la cruz
El templo, la purificación y la cruz están conectados porque el Niño nos va a purificar  mediante su sacrificio. No es casualidad que la primera vez que Jesús llega al templo, en su presentación, se hable de la cruz y la pasión.
María meditaba todo esto. Que sin duda ocurría en la vida de Jesús, pero también en la suya.

jueves, 8 de marzo de 2012

3. EL NACIMIENTO

Una dura prueba para José

Cuánto sufriría José, cuanto avanzaría José en abandonó con motivo del nacimiento de Jesús, cuando todas las puertas se le cerraban y le vendrían dudas sobre su mala gestión. Porque él era el responsable humanamente de que todo estuviera en orden. Era el que hacía cabeza.
Pensaba sin duda que tendría que haber sido más previsor, no dejar las cosas para último momento. Esto es lo que iría meditando las horas anteriores a la Navidad. Los pensamientos negativos luchaban en su interior contra el abandono en Dios. Porque había que tener fe para darse cuenta de que todo esto era querido expresamente por Dios. Y a descubrir que la mano del Señor estaba detrás.
El misterio del Nacimiento de Jesús nos lleva a pensar en este hombre, que tenía una fe tan grande, al que se le sometió a una prueba durísima. Efectivamente, los misterios gozosos fueron para José, misterios dolorosos, y también gloriosos y llenos de luz. 
Pues en nuestra vida como en la vida del Santo Patriarca todo está unido: el trigo y la cizaña, años horribles, con los meses de maduración interior. Pensamos que siempre hay una de cal y otra de arena.
Pues en la vida de José hubo mucha cal y mucha arena. También nosotros hemos de darnos cuenta de esto. Desde luego hubo mucha preocupación por todo material, pero qué es eso  en comparación con que Dios se hace pequeño, humano y lo tienes en tu misma familia. 
Efectivamente hubo momentos en los que José lo pasó mal, pero comparado con lo otro: vivía en la misma casa donde vivía Dios, y además era su padre. La Virgen en el Evangelio dice así: «tu padre y yo». La Sagrada Escritura les llama «sus padres». Es que José era su padre. Porque si Jesús es de la familia de David es gracias a José que era el descendiente de David. De la Virgen no se sabe, por lo menos no se dice de Ella que lo fuera. Pero de José expresamente está indicado en las dos ejecutorias de nobleza –podríamos decir–.
Dios se hace pequeño, humano, y lo tiene tan cerca. Así era, pero también tendría preocupaciones. Ver a María de parto, sufriendo calladamente, aunque no se le notaba, se le partiría el corazón, con lo sensible que era. Y no parecía que había ninguna salida y no la  había. Porque Dios había amarrado todo para que su Hijo naciese así.
José pensaría: –¿No hay ninguna solución?
–No la hay. 
La solución que le proponen en el pueblo parece irreverente, pero era la única.
¿Cómo no va a haber otra solución para que Jesús, el Mesías, el Ungido, nazca en una gruta que hace de cuadra? ¿Cómo no va a haber otra solución?
–Me dicen que hay un sitio resguardado, a las afueras del pueblo, pero es que es un lugar para animales.
Y la Virgen preguntaría: –¿Una cuadra?
El dolor de José  sería muy agudo porque pensaría: –Esto pasa por mi culpa, pero no sé cómo remediarlo.
–Es que no lo puedes remediar.
Hay tantas cosas en las que nosotros nos vemos atados y pensamos: –No lo puedo remediar. No encuentro salida, ¿por qué Dios quiere eso?
–Por algo será.
Pero, bueno, había que ser prácticos: «esto es lo que hay». Todo su amor lo pondría en adecentar aquel muladar. Eso sí que sabía hacerlo: «por lo menos las cosas materiales se le dan bien». Sabía hacerlo como el mejor, y debía darse prisa...
María estaba cansada y él se encontraba con mucha tensión. Su esposa no paraba de rezar, y eso le aliviaba un poco. En cambio a él le costaría humanamente mucho unirse a Dios pero lo hacía. Esto era un auténtico calvario.
No veía el porqué ocurría estas cosas. Como la Virgen al pie de la Cruz: ver a su hijo sufrir  era lo último... Pero José no solo veía su Hijo, al niño que nacería, sino también veía a María: «¿Cómo le pueden hacer esto a mi Mujer?».

Dios añadirá
«Dios añadirá, Dios añadirá» diría la Virgen. Era el nombre de su marido. Eso significa «José» en hebreo.
Ya todo estaba listo. Bueno, si se puede decir «listo», porque aquello era un arreglo superficial, en un sitio inmundo. Pues bien, listo. Y nació Jesús.
Y cada minuto que pasaba José se fue serenando. A última hora lo importante había salido bien: lo tenemos aquí, ha nacido.  Y luego se oiría algo curioso, que daría un contraste a aquella noche. Una gruta en la que habitaban animales y una música propia de ángeles que cantaban.
Que contraste hay entre las cosas de Dios y las cosas que nos suceden aquí abajo.
Bueno, había que hacerse  a la idea de todo lo que ha ocurrido. Y para eso necesita rezar.
Después de tanta presión, y de tantas cosas que habían ocurrido en tan pocas horas, en tan pocos días, en tan pocos meses, José necesitaba rezar, contemplar.
Puesto es lo que venimos nosotros a hacer aquí. Después de tanta aglomeración de cosas que seguramente has tenido en los últimos meses, hay que rezar, contemplar.
María, su mujer, estaba cansada, pero «radiante», y junto a ella se sentía raro, indigno. Lo mismo que nosotros delante de Dios, que a veces podemos sentirnos raros.
Y podemos extrañamos de que en algunos momentos de nuestra vida se haga de noche: –¿Cómo es posible que yo no vea nada, que todo esté tan oscuro?
Pero fue precisamente en la noche cuando apareció aquella gran Luz. Como profetizó Isaías: «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. Sobre los que habitan en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz» (9, 2).
Siempre pasa lo mismo. Dios permite que la oscuridad se haga en nuestra alma. Pero es para darnos esa gran luz. 

Con las orejas tiesas como los burros
Según se sabe por los estudios recientes sobre el libro de San Josemaría sobre los misterios del Rosario, en un principio el personaje central que cuenta la historia, era el burro de la sagrada Familia. 
Un cardenal del Opus Dei cuenta (p.31-32) como Juan XXIII al principio de su pontificado se pasó de despacho en despacho saludando a los que trabajaban en las distintas oficinas del Vaticano.
Y al llegar el Papa a su despacho cuando era oficial de una congregación Juan XXIII se fijó «en una graciosa figurilla que tenía sobre la mesa.
–¿Y qué es esto?
–Un burrito, Santidad. Me lo ha dado el fundador del Opus Dei, monseñor Josemaría Escrivá, que le tiene gran aprecio.
Al ver su cara de sorpresa, le expliqué que el Padre recordaba siempre que, mientras los hombres se negaron a dar posada a la Sagrada Familia, un borrico dio calor al Hijo de Dios en Belén, y que otro más lo llevó en su entrada triunfal por las calles de Jerusalén.
Los borricos son animales de carga, le dije: humildes, recios, trabajadores, con las orejas tiesas hacia arriba, como antenas para captar las ondas divinas… Y concluí:
–Nuestro fundador nos anima a imitarlos para que trabajemos siempre con el alma mirando al cielo, para escuchar bien las mociones de Dios.
Juan XXIII tomó la figurilla entre las manos, la miró con cariño, tiró de de las orejas hacia arriba, y me dijo, sonriendo:
–Yo también quisiera ser un borriquito de Dios»
San Josemaría se consideraba como un burro delante de Dios. Y al dejarle el manuscrito de Santo Rosario a su confesor, donde el narrador era el borrico, a éste no le gustó lo del burro, y san Josemaría lo cambió, y el narrador pasa a ser un criadito. Pero él personalmente se veía como un borriquillo.
Modernamente en un libro apócrifo, en un cuento, se le da al burro el nombre de Canete. Porque se imagina que tenía el pelo entrecano, casi blanco.
Como dice el Salmo: «Como un borrico estoy delante de ti». También se podría traducir «como un animal de carga». De hecho el Papa Benedicto lo explica muy bien, como un animal que transporta pesos. Al Papa también le gusta considerarse así, y en su escudo pontificio aparece un oso con una montura. La imagen proviene de una leyenda, y que viene a decir lo mismo.
En nuestra oración nosotros queremos ser como un personaje más. Podríamos hacer de ese personaje. Decía San Josemaría que el Señor se fijó el en el burro –entre otras cosas– porque su paso era sencillo y porque su oído era atento.
Estas son las cualidades que nosotros tenemos que pedir: en primer lugar la sencillez, y en segundo lugar la atención, oír la voz de Dios.
Pues te leo lo que pasaría por la cabeza del burro el día de Navidad:
«Aquella noche todo parecía luminoso… A Julián –el Buey– lo conocí cuando llegamos a la cueva, para ver si reunía el mínimo de condiciones. Efectivamente se trataba de un apartamento que este señor buey estaba utilizando de forma provisional.
 Pues como iba diciendo, la partera no llegaba. Parecía como si no la hubieran avisado. Yo y D. Julián tuvimos que salir fuera de la cueva porque estábamos poniéndonos nerviosos. Él decía, que se había fijado en una estrella grande, que se parecía a la del Rey David. Él entendía de estas cosas, porque había vivido mucho tiempo en Belén, donde colocan este símbolo por todas partes.
Estando en éstas, oímos el llanto del Niño. Temblorosos nos dirigimos hacia la gruta, pero no se podía pasar todavía a las habitaciones interiores, como es lógico. Y de pronto oímos el coro que cantaba el Gloria de Haëndel. Fue la primera canción de cuna para el recién nacido. El Niño nació llorando. Los ángeles del coro lograron calmarlo.
Todos esperábamos poder entrar para ver a María. Y darle mi enhorabuena, de palabra, porque besos, soy poco de darlos. De ahí nuestra sorpresa al verla aparecer. Nos quedamos extasiados mirándola. Tan jovencilla como era, que parecía una muñequita y ya se había convertido en Madre. 
Fue María, que estaba con el pelo recogido, la que cogió al Niño para que lo contempláramos. Y lo puso entre las pajas de nuestra improvisada sala de estar-comedor. Ya lo teníamos cerca, para poder mirarle despacio. Y yo me preguntaba: ¿a quién se parece? Bueno, parecido sí le encontraba… Era como otros niños, pero más bonito.
Allí estaba yo mirando al Niño hasta que se despertó, y de vez en cuando le guiñaba un ojo. Hasta que él miró mis grandísimas orejas, y me sonrió. Fue la primera sonrisa del mejor hombre que ha existido.

viernes, 2 de marzo de 2012

2. LA VISITA

Hubo un hombre bueno que no se fió de Dios
Ante la llamada de Dios, la llamada que Dios nos hace en los diversos momentos de nuestra vida, hay personas buenas que no reaccionan como la Virgen. El mismo Arcángel que se apareció a la Virgen se apareció a Zacarías. No podemos decir que fuera otro que no se explicó bien: era el mismo Ángel, pero lo que no eran  los mismos destinatarios… Se apareció a Zacarías el Arcángel Gabriel, y casi todo fueron pegas…Porque en definitiva ese hombre bueno no consideraba las cosas con fe, sino con un exceso de egoísmo. También el egoísmo tiene su parte de racionalidad, pero la racionalidad del egoísta es parcial, cateta. Así que esta es la disyuntiva de nuestra vida: fiarnos de nosotros mimos o fiarnos de Dios. Esto que se nos presenta en cosas grandes a lo largo de nuestra vida en contadas ocasiones, también se nos presenta en cosas pequeñas. Y se nos presenta no cuando nosotros queremos sino de forma imprevista.

Fiarse de uno mismo o fiarse de Dios
Para tener fe hay que fiarse del Otro con mayúscula. No querer tener todo controlado por nosotros mismos. Hay cosas que queremos tener «amarradas» pero que no sea por falta de fe. Hay gente que quiere tener todo «controlado» debido a una enfermedad. En ese caso que le vamos a hacer, pero hay también personas que amarran todo por falta de visión sobrenatural, porque no acaban de fiarse de nuestro Señor.  Dile: –Me fio de ti.  Zacarías se quedó mudo, por no haber querido escuchar. Es curioso como el oído y la lengua están conectados. Parece que no tiene mucho que ver el oído con la lengua… Pero en la vida espiritual están conectados. En realidad todos los sentidos están conectados porque sabemos que en la vida espiritual «no hay peor sordo que el que no quiere ver». No quieren ver con los ojos de Dios. Y entonces se deja de escuchar. –Es que Dios no me habla, se quejan algunos. No noto yo que exista una comunicación fluida.
–Es que si te falta visión sobrenatural, entonces no puedes escuchar la voz de Dios. Si te pusieras las gafas de Dios, entonces te hablaría. Y el que no quiere ver se acaba quedando mudo, como en el caso de Zacarías. Si no se escucha a Dios uno se queda mudo. –No hace oración. -Y ¿por qué no hace oración?
 En ocasiones cuando uno no habla con Dios es porque antes no ha querido oírle. Deja la oración, deja de hablar, se queda mudo para esa conversación con Dios, porque no quiso escucharle. Hace ya muchos años, un conocido literato español dejó escrito algo asombroso. Siendo adolescente se le ocurrió un día, al volver de comulgar abrir el evangelio al azar y poner el dedo sobre un pasaje. ¿Sabes cuál le salió? Te lo leo: «Id y predicad el Evangelio por todas partes». Le produjo una profunda impresión, entendió que era como un mandato de que se entregara totalmente a Dios. Pero pensó algo así como: «si sólo tengo 15 años y, además, tengo novia. Demasiada casualidad, se dijo, ha sido todo muy rápido…»
 Y decidió probar otra vez. Abrió la Escritura y leyó: «Ya os lo he dicho y no habéis atendido ¿por qué lo queréis oir otra vez?». (Cf. Carta de Miguel de Unamuno el 25 de marzo de 1898 a su amigo Jiménez Ilundain en Literatura del siglo XX y cristianismo. Charles Moëller, p. 71 y 72).
 El pasaje que leyó Miguel de Unamuno era el del ciego de nacimiento al que curó el Señor. Y los fariseos se negaban a creer que había habido un milagro.
 Con este escritor dejó de creer, se declaraba agnóstico. Poco a poco fue perdiendo ese diálogo con el Señor. Y cuando uno va por el mundo sin Dios, va a ciegas. Sin embargo el ciego de nacimiento como se fió de Dios escuchó la voz de Jesús. Y empezó a ver. Pues a este literato le ocurrió lo contrario: se quedó ciego con el pasaje que leyó.
 Así poco a poco no solo se va perdiendo la vista sino también el gusto por las cosas de Dios, y va faltando el tacto para tratar a los demás. Una persona que funciona así, funciona por el contacto, acaba impactándose con algo o con alguien. Sin visión sobrenatural, sin querer escuchar a Dios acaba uno desconcertado. Al principio quizás no, pero sucede cuando en la vida llegan acontecimientos duros queno  no espera.
 Sin visión sobrenatural la Iglesia parecería una asociación clerical a la que por desgracia tendríamos que estar unidos.  Sin fe no se entiende nada. La vocación no tiene ningún sentido si no se ve a Dios detrás. Y como la finalidad de nuestra entrega es salvar almas, con la falta de fe viene también unido el desinterés por hablar de Dios. Si eso no satisface nuestro «ego» perdería interés para nosotros. La preocupación por los demás es una clarísima manifestación de que el Señor crece en nosotros. Que está ahí creciendo en nuestro interior. Por eso no resulta sorprendente que la Virgen nada más enterarse de la situación de su pariente Isabel fuera con prisa a visitarla. Era lo más natural, le salió de forma espontánea.
 Ella fue el primer sagrario de la historia. En su interior estaba a Dios, fue a llevárselo a Isabel. Así el cuerpo de María aparece como un joyero, que contiene un corazón que late pegado a ella. En italiano al lugar de la reserva se le llama tabernáculo, que designa a la tienda donde acampaban los pueblos nómadas.

El Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros
Y es verdad: el Verbo de Dios se hizo carne y habitó, puso su tienda, entre nosotros. En este caso la tienda de Dios era María, el receptáculo donde el Señor se protegía. María lleva a Dios mismo. No como el pueblo hebreo en el desierto, que en el Arca llevaban algunos objetos que tenían relación con Yahvé: las tablas de la Ley, la vara de Aarón que floreció, y el Maná. Pero en el cuerpo de María, nueva Arca de la Alianza, iba nada menos que el Autor de la Ley, el verdadero retoño de Jesé, el Pan bajado del cielo.
 Y María en ese viaje es lógico que fuese acompañada de José, que no querría dejarla viajar sola.
 Lo que llama la atención es que la Virgen no recibiera ninguna indicación expresa, para que fuese a echarle una mano a su parienta. Que se sepa, el Ángel no le dijo que fuese a visitarla, simplemente le expuso lo que pasaba. Pues también sucede algo similar en nuestra vida: mandatos explícitos de Dios, para ayudar a otras personas, vamos a recibir pocos. Por eso hay que saber descubrirlos.

De forma espontánea
 Al estar cerca de Dios sin darnos cuenta nos entran ganas de hacer favores a los demás. Es una cosa «espontánea». La gente que vive muy bien la caridad hace las cosas de forma natural. Y cuando falla la espontaneidad para servir, es que quizá no tenemos cariño por esa persona.
 Quizá nos falta el cariño suficiente como para vencer la fuerza de gravitación de nuestro yo. El yo tira mucho… Pero en la atmósfera del yo no respiramos bien, porque hay mucho mono-óxido. Nosotros estamos pensados para relacionarnos, para el estéreo, no para el mono. Nuestra cultura, la del ser humano es la del regalo. Esto  lo saben bien los centros comerciales. Amar es regalar. Nos gusta dar sin recibir nada a cambio. Lo otro sería compraventa. Pero con el pecado vino el «interés». Por interés te quiero Andrés… dice el refrán.
 –«Voy a visitar a mi prima porque su marido está muy bien relacionado en Jerusalén, y seguro que nos podemos quedar en el apartamento suyo durante la fiesta de la Pascua».
 Desde luego esto no es lo que pensó la Virgen al ir a ver a su pariente Isabel. Aquél viaje le salió de forma natural.
  
Necesitaba compartir su intimidad
Llevaba a Dios dentro y tenía que comunicar aquello. Como escribió el poeta sevillano:
«Poned atención: / un corazón solitario / no es un corazón».
 Un corazón solitario no es un corazón. Incluso Dios que es uno, también es trino. Dios no es un ser solitario, es una familia.Y nosotros tampoco estamos pensados para vivir solos. Si alguna vez pensásemos que estamos solos, no sería verdad: tenemos al Señor. Estamos pensados para compartir nuestra intimidad. Incluso las personas tímidas, que tienen dificultades para abrirse.
 Puede ser que los tímidos muestran mucha reserva, porque son sensibles en exceso. Y quizá susceptibles, y si no se corrigen pueden caer fácilmente en el rencor.
Pero incluso las personas tímidas necesitan hablar. Nadie habla más que una tímida, son cotorras auténticas, si tienen confianza.
Y si no encuentran a nadie con quien abrir su corazón, tiene un diario para vaciar su alma, y sentirse escuchadas.
María necesitaba desahogarse con su prima, su corazón se expansiona. Comunica su vida interior a quien tenía que hacerlo. —«Mi alma glorifica al Señor». Mi alma se engrandece ante Dios.
Esta experiencia también la hemos tenido nosotros cuando el Señor nos ha concedido algo importante. Parece que se dilata nuestra alma. Cuando notamos lo que Dios ha hecho en nosotros. Así es la oración que conservamos de la Virgen, una oración exultante. Y eso que solo conservamos la letra. «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador».  Santa Isabel le da su orientación. Le dice: «Bienaventurada tú que has creído». Como si le dijera: Tu felicidad te llega por la fe. Cuantas veces nos han dado este consejo en la dirección espiritual: –Con la fe seguirás estando contento. Confía en el Señor, El nunca te defraudará.

Dios gobierna tu vida
Una chica del siglo veinte oyó como el Señor le decía que estuviese tranquila porque: ¡tu mejor Amigo dirige tu vida!  Esta es nuestra seguridad, la fuente de nuestra alegría: es el Señor el que gobierna cada momento de nuestra historia. Nada se le escapa. Y para remachar la idea el Señor añadió a aquella chica: –¿Entiendes que Yo intervengo en todo cuanto te pasa?  También a nosotros, cuando lleguemos al cielo, Santa Isabel nos dirá: –¡Cuánto te pareces a tu Madre! Bienaventurado tú que has creído.
 Y en días de retiro nuestra oración también tiene que ser exultante. Porque así le gusta a María: «Glorifica mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la inutilidad de su esclava.
 «Por eso me llamarán dichosa todas las generaciones. Porque Dios, que todo lo puede, ha hecho en mí cosas grandes, su nombre es santo» (Lc 1, 46-49).
 Dios se ha fijado en nuestra «inutilidad», no en nuestra perfección. Por eso la gente pensará al verte: –Ahí va esa inútil, que tiene tanta suerte.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías