FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías

jueves 24 de diciembre de 2009

PLAN DE MEDITACIONES GENTE JOVEN


–PARA GENTE JOVEN 2009
(Los días marcados son los sábados)
VER PLAN 2008










- Enero
1: Puerta del Sol

- Febrero

- Marzo

-Abril

- Mayo
- Junio

- Septiembre

-Octubre

- Noviembre

miércoles 23 de diciembre de 2009

PLAN MEDITACIONES GENTE MAYOR


*PARA GENTE MAYOR 2009
(no se pone el día, se señalan solo los temas)
VER PLAN 2008









Enero
Retiro

Febrero
Retiro

Marzo
Retiro

Abril
Retiro

Mayo
Retiro

Junio


Julio

Retiro
Prudencia


viernes 6 de noviembre de 2009

EL JUEGO DIVINO DE LA ENTREGA


Un día, el Señor estaba en el Templo de Jerusalén, sentado. Como está ahora aquí con nosotros (cfr. Mc 12,38-44).

Jesús veía el trasiego de la gente que iba y venía.

En frente de Él estaba la hucha del templo, donde se echaba dinero para ayudar a los gastos.

Vio algunos judíos que eran buenos y que echaban bastante.

También apareció una señora que echó muy poco, según el cambio actual no llegaría a un euro.

El Señor también nos ve a nosotros, que venimos a entregar cosas. Unos, diez minutos de oración, otros la acción de gracias de la misa…

DOS VIUDAS

Entonces Jesús al ver lo que echaba la viuda, dijo una cosa desconcertante. La idea es: –Esta señora ha echado mucho más que los ricos.

Esto me recuerda a la historia de otra viuda. Un enviado de Dios llegó a un pueblo parecido a los que hay en la actual Etiopía (cfr. 1R 17,10–16).

Y se encontró con una mujer que tenía un hijo, y que se estaban muriendo de hambre. Solo disponía de lo necesario para hacer una sola comida.

Elías, el enviado de Dios, le dijo: –Dame algo de comer.

Y la señora viuda, un poco sorprendida, casi suspirando y con pena, le dijo algo así como: –Solo me queda para mi hijo y para mí… ¿cómo me pides esto?

Y Elías le dijo:

–Sí. Primero ponme para mí. Ya luego habrá para ti y para tu hijo.

LA VIUDA SE FIO

Se fió porque se lo pedía un enviado de Dios.

Y, después de darle de comer al profeta, sorprendida, vio como lo poco que tenía, no solo no se acabó, sino que tuvo para muchos días, mientras otros se morían de hambre.

Y es que, cuando el Señor quiere dar, lo primero que hace es pedir.

Así hace con nosotros. Lo mismo hizo con los santos.

A la Virgen, que quería que fuese su madre, lo primero que le pide es la maternidad.

A san Josemaría, que quería que fundara una familia sobrenatural de miles de personas, lo primero que le pidió fue precisamente que no formara una familia humana.

Y, cuando le dijo a su padre que había decido ser sacerdote, a su padre, que nunca le había visto llorar, le cayeron dos lagrimones, y dijo: piénsatelo bien. Es muy duro ser sacerdote. No tendrás una familia, no tendrás un hogar. Pero yo no me opondré.

Y, san Josemaría, decía años después: mi padre se equivocó.

También se equivocó la Virgen, porque pensaría que nunca nadie le llamaría madre. Y ha sido la mujer en la historia de la humanidad que más la han llamado así.

Es un consuelo saber que los santos se equivocan, porque a Dios no le podemos ganar en generosidad.

EL JUEGO DE DIOS

La técnica de Dios es esa: cuando quiere darnos, nos pide.

Hace como el padre que llega de viaje, y su hijo aparece en la puerta. Y, de sopetón, el niño le pregunta: –¿Que me has traído?

La madre, que lo ve, se sonríe y le dice:

–Niño, primero dale un beso a tu padre, ya te dará lo que sea cuando abra la maleta.

Al cabo del rato, como le ve impaciente, su padre le entrega el paquete de caramelos.

Y en un momento, cuando el niño tiene los caramelos en la mano, le dice su padre:

–Ahora son tuyos, ¿me los das?

El hijo piensa: ¡pero si son míos! Hay un momento de tensión. La sonrisa se convierte en tristeza, pero el cariño al padre hace que el niño se los de.

Entonces, su padre, coge los caramelos, se los devuelve, le da un beso… y también el camión cisterna que tenía escondido para dárselo.

Esto hace el Señor con nosotros: juega con sus hijos. Pero hay que entrar a su juego.

Porque Dios en esta vida juega con nosotros.

El juego entre los hombres mueve mucho dinero. No es solo una cosa ahora, siempre ha sido así.

Porque al hombre le gusta jugar. Lo hacemos desde pequeños y continuamos durante toda la vida.

Y Dios, que nos ha creado lo sabe y juega con nosotros.

Dice la Sagrada Escritura que el Señor juega con los que estamos en la tierra: ludens in orbe terrarum.

Pero para eso hay que atenerse a unas reglas. Si no hay reglas no hay juego.

Cuando uno juega con Dios, no se puede hacer lo que uno quiere. Tiene que saber cómo funciona.

Las reglas son los Diez Mandamientos. Si los cumples pasas a la siguiente ronda. Si no los cumples te descalificas.

Hubo un chico que cumplía los Mandamientos y fue a Jesús, y le preguntó qué hacer para conseguir la Vida Eterna.

Y el Señor le dijo lo que tenía que hacer, pero él no quiso hacerle caso y por eso se salió del juego de Dios, y se fue triste.

Esto es lo que siempre pasa. Que si uno se va del juego, deja de disfrutar
También uno sufre cuando no se cuenta con él para jugar porque no está dispuesto a dar más en el campo.

PERO EL SEÑOR NO JUEGA CONTRA NOSOTROS

El Señor no juega contra nosotros, sino que está en nuestro mismo equipo. Y, con un compañero, lo que hay que hacer es fiarse de Él.

Por eso, dile tú al Señor: –Me fío de Ti, porque Tú sabes más.

DOS VIUDAS Y UN PAPA

Esto me recuerda a un comentario que hizo el Papa Juan Pablo II, un año que estábamos con él durante una convivencia en Roma.

Era domingo de Resurrección y le cantamos una canción que había ganado el festival de San Remo, titulada Dare di piú, Dar más.
Después de escucharla, comentó: –Esto es lo que sucede. Que cuando damos, siempre encontramos más dentro de nosotros. El que da no pierde, porque cuando se da, siempre se encuentra más.

Esto es lo que sucede, que Dios se saca cosas de la manga.

Jugar con Dios, fiarse de Él parece que no vale la pena. Que los que apuestan por Él pierden.

Esa es la sensación que quiere darle Dios al enemigo. Eso sucede en algunas batallas, que el General manda retirada dando la impresión de que es débil.

Pero no, todo es un juego. Después se descubre que era una táctica para vencer al enemigo.

Precisamente, el enemigo, el demonio, nos tienta con lo contrario, que no nos fiemos de Dios. Nos dice: No des, guárdatelo para ti.

¡Ya me dirás tú, qué interés tiene el Señor en que le demos cosas! ¿Qué gana Dios con nuestras chucherías?

Lo que sí sabemos es que el demonio quiere que no seamos felices, porque odia a Dios, y contra él nada puede, pero sí contra nosotros que somos sus hijos.

El juego de Satanás es un timo. El de Dios es entregar para ganar.

El Señor nos dice: –Tú te llamarás vencedor porque te fías de mí.

Jesús se alegró porque la viuda había dado más que los otros.

ENTREGAR PARA GANAR

Hay un premio nobel de literatura que cuenta la historia de un mendigo. De forma poética dice:

Iba yo de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando, de pronto, Tu carroza de oro apareció a lo lejos, y yo me preguntaba maravillado:

–¿Quién será ese Rey de reyes?

La carroza se paró a mi lado. Mi corazón se llenó de gozo, y pensé: por fin mis días malos se habrán terminado.

Tú, bajaste sonriendo y extendiste la mano.

Qué ocurrencia la de tu realeza: ¡pedirle a un mendigo!

Entonces, de mi saquito de trigo, cogí un grano y te lo di.

¡Qué sorpresa, por la noche, cuando vacié mi saco: un granito de oro apareció en la miseria del montón!

¡Qué amargamente lloré por no haber tenido corazón para dárteme todo!

Y ESTO YA NO ES UN CUENTO INDIO

Dios, a los que quiere más, no les da más, sino que les pide más. Les pide todo, pero, para devolvérselo en oro.

Jesús se alegra porque la viuda del Evangelio dio más porque dio todo.

Ojalá todos fuéramos viudas en la generosidad.

sábado 31 de octubre de 2009

EL CONCIERTO (TODOS LOS SANTOS)

Hoy es la fiesta de todos los santos. Sobre todo es la fiesta de los que están en el cielo.

Pero que no vemos en las paredes de las iglesias, porque no han sido canonizados.

De estos habrá alguno de tu familia. Porque los santos son los que están en el cielo.

Alguna vez he preguntado a alguien:

–¿Tú, quieres ser santo?

Y sin ningún reparo me han contestado:

–Por supuesto que no.

NO QUIERO SER SANTO

Ellos no quieren irse a un convento, y estar toda su vida sin oír a El canto del loco.
Y ellas no quieren ser gente que todo le sale mal en la vida. Porque parece que las santas
o son viudas, o son monjas, o han muerto jóvenes por tener un cáncer.

En ese plan no quieren en la práctica apuntarse a la santidad. Porque piensan que las personas santas no han sido normales, sino gente que hacía cosas un poco raras.

Para ellos los santos jamás se hubieran presentado a Operación Triunfo.

Los santos, piensan algunos, eran más bien tímidos, y un pelín melancólicos. Siempre rezando oraciones…

En definitiva que no les gusta la marcha: nunca te los encontrarías en un concierto de La Oreja.

QUIERO SER NORMAL

Prefiero ser un cristiano normal, que toca la guitarra eléctrica, y está ahorrando para comprarse una batería.

En el cielo los santos interpretan una melodía.

Y más que cualquier instrumento, el Señor prefiere nuestra voz humana.

Ahora te puedes dirigir a Él. Lo mismo que conoce mi voz, conoce la tuya, y sabe lo que estás pensando en este momento.

Precisamente tu voz es la de uno de sus hijos. Dios te la ha regalado. Y con ella tenemos que presentarte para cantar tu melodía junto con otras personas.

Todas las voces son buenas para Dios, pero todas son distintas. Eso es lo bonito, cantar la misma canción cada uno con su voz peculiar.

No es lo mismo la voz de Pavarotti, que la de Plácido, o la de José Carreras. Una voz es más potente, la otra más dulce, otra más varonil. Todas tienen sus peculiaridades.

CADA UNO TIENE QUE SER SANTO A SU MANERA

Todavía recuerdo el concierto donde actuaron los tres tenores que antes hemos citado. Me parece que fue en el año 2000.

Aquello sonaba como los ángeles.

Ahora me hace recordar lo que dice uno de los salmos:

–Delante de los ángeles cantaré para ti, Dios mío.

Ojalá dentro de unos años nosotros cantemos la sinfonía de la santidad. La letra la sabemos. Sabemos lo que tenemos que hacer.

Porque el cielo puede compararse con un concierto en el que todos los que están allí interpretan una sinfonía con voces distintas.

¡Qué bien sonaban las voces conjuntadas de aquellos tres tenores! ¡Qué bien suenan las voces de todos los que están en el cielo!

Porque todos los que están en el cielo cantan una misma canción. Han tenido vidas distintas, pero les une la misma partitura.

Todos los que están en el cielo cantan una canción de amor.

También aquí en la tierra, casi todas las canciones que triunfan son canciones de amor. Nada más hay que mirar la lista de las canciones más oídas.

UNA CANCIÓN DE AMOR

Cada uno tiene su tono de voz, un tono de voz inconfundible, su potencia, su timbre.

Por eso, los santos son muy diferentes. Tuvieron una educación distinta, un carácter distinto… sus gustos y aficiones también lo eran. Unos eran del Madrid otros del Barcelona.

NO QUIERAS SER FERFECTO

Dile al Señor: –Hazme santa pero no perfecta.

Hablando con un chico joven, químico, me dijo que él pensaba que la santidad consistía en la perfección... Fue hace unos días, haciendo deporte.

Efectivamente algunos piensan eso. Y luchan por no tener fallos. Sufren por sus defectos.

Piensan que su vida es como una gimnasio donde hay que hacer ejercicio. Como si hubiera que hacer pesas.

Y alcanzar, con esos ejercicios, una meta egoísta.

Precisamente eso es la vigorexia, una enfermedad mental que, a los hombres, les hace estar obsesionado con tener músculo y estar en plena forma.

Si uno vive pensando en no tener fallos, acaba mal de la cabeza. Es lo que los siquiatras llaman el anancástico, el perfeccionista.

Los santos no vivían obsesionados con la perfección, porque eso les hubiera apartado de Dios y hubieran caído en enfermedades mentales.

En uno de estos libros de autoayuda encontré una frase que erróneamente se la atribuyen al Señor. Dice el escritor que Jesús le dijo a sus discípulos.

–Si queréis ser perfectos, nunca me entenderéis.

Evidentemente estas palabras nos la dijo el
Señor, pero la idea es muy aprovechable: Si queréis ser perfectos, nunca me entenderéis.

La voz humana es bonita, y tiene muchos registros, que la hacen muy buena para cantar. Pero no es perfecta.

Gracias a Dios los santos siempre han tenido defectos: murieron con ellos.

Antes hemos hablado de dos tenores españoles que son de los mejores del mundo.

Una historia que quizás pocos conocen, se refiere Plácido Domingo y José Carreras, que se enemistaron por cuestiones políticas desde 1984, y es una pena.

Por lo visto, como actúan en todo el mundo, lo que pusieron como condición en sus contratos que no cantarían nunca juntos.

Esto que pasa en la tierra, no ocurre en el cielo. ¡Qué pena que los cristianos, que queremos hacer el bien, acabemos peleados con otros que también lo quieren hacer!

Todos tenemos defectos, también los cantantes.

TENER DEFECTOS ES HUMANO

Porque lo bonito del timbre humano, del canto humano, no es que sea técnicamente perfecto sino que está lleno de calidez y de una imperfecta belleza.

Si uno quisiera hacer artificialmente una voz perfecta, le saldría una voz fría y poco humana: sería una voz enlatada.
Como la que se escucha en los contestadores automáticos. Que, precisamente por ser demasiado perfecta, te da una sensación rara. No es humana.

Las palabras exactas, textuales, que el Señor dirigió a sus discípulos es que fueran perfectos como su Padre celestial es perfecto.

No les animó a que no tuvieran fallos, como su Padre no los tiene, sino que les dijo: sed perfectos a la manera como mi Padre es perfecto.

En otro punto les aclara la manera cómo su Padre es perfecto: sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso.

SER SANTOS ES TENER EL CORAZÓN COMO DIOS

Dios es misericordioso. Él, que está aquí, carga con nuestra miseria. No todas las semanas sino todos los días.
Y esta es la perfección que nosotros hemos de conseguir.

Hacer como nuestro Padre del cielo, que no sólo hace cosas por los buenos sino por todo el mundo. También por los malos.

La razón es porque Él es bueno, porque es misericordioso.

Un santo es el que tiene corazón grande, no mezquino, pequeño.

Y un cristiano tiene que intentar ir por ese camino. Llevar la miseria de los demás, todos los días. Porque así se porta Dios.

No hacer acepción de personas. Este me cae bien, pues le hago caso. Aquella ha hablado mal de mí, la critico.

Los santos son las personas amables, cordiales, que no devuelven mal por mal.

Uno puede tratar bien de vez en cuando a los demás. Para hacer eso basta ser un poco buena persona.

Pero, para devolver bien por mal continuamente hace falta rezar.

En la vida la gente, a veces, rectifica. Antes contábamos la enemistad entre los dos tenores.

Resulta que, en 1987 a Carreras le apareció un enemigo más duro que Plácido Domingo. Le diagnosticaron leucemia. Su lucha contra el cáncer fue muy penosa.

Se sometió a varios tratamientos. Un transplante de médula ósea, un cambio de sangre que le obligaba a viajar una vez al mes a Estados Unidos.

Y, al final del tratamiento, se tuvo que operar sin anestesia porque, si se la ponían corría el riesgo de afectarle a las cuerdas vocales.
Y esto lo hizo porque, aunque fue una tortura lo aguantó porque arriesgarse a perder la voz, para él, José Carreras, hubiera supuesto enterrarlo en vida.

Como era lógico, en estas condiciones no podía trabajar, y a pesar de tener mucho dinero, el tratamiento y los viajes le dejaron casi sin nada.

Cuando ya no pudo pagar, se enteró de la existencia de una fundación, llamada Hermosa, que ayudaba económicamente a personas con esta enfermedad.

Gracias a esa fundación, José Carreras se curó y volvió a cantar.

Lo bonito es que, como agradecimiento, trató de asociarse a la fundación para poder ayudar también él.

Es una forma de rectificar. Porque un cristiano debe responder siempre con el bien, como hace Dios.

En el Silmallirion, una de las obras de Tolkien, que como sabes también es el autor del El Señor de los anillos, se nos relata la creación del mundo por parte de Dios, que allí le da el título del Único.

El Único, para crear al universo, se sirve de otras criaturas.

Y, Tolkien, compara la creación con un concierto en el que todos esos seres superiores intervienen con sus cantos.

Pero hay uno de esos valar, seres superiores, que mientras todos cantan, el quiere ir por libre, desafinando.

Pero Dios utiliza ese desafine para hacer una nueva sinfonía, que es mejor que la anterior, y en la que también intervienen el resto de los valar.

Esto es lo que ha pasado en la vida de José Carreras. Dios de males, saca bienes, si uno rectifica.

Lo que no sabes es que, José Carreras, al leer los estatutos de la fundación para hacerse socio, descubrió que su fundador, mayor colaborador y presidente, era su gran enemigo Plácido Domingo.

Más tarde, se enteró que Plácido Domingo había creado esta entidad para atenderlo a él, precisamente a él.

Y, se había mantenido en el anonimato para que no se sintiera humillado al aceptar la ayuda.

Uno de los momentos más emocionantes fue el encuentro de los dos tenores durante un concierto de Carreras en Madrid.

Entró Plácido Domingo mientras Carreras cantaba.

Lo vio entrar, dejó de cantar, interrumpió su actuación y puesto de rodillas le pidió disculpas, y le agradeció públicamente todo lo que había hecho por él.

Plácido Domingo le ayudó a levantarse, y con un fuerte abrazo sellaron el inicio de una gran amistad.

Pero, ser santo no solo es tener un acto heróico como este, una vez en la vida, sino hacer pequeños actos heróicos todos los días.

Ser santo es cargar con las miserias de los demás. Sus impaciencias, sus malas caras, su falta de puntualidad… Hacer todos los días una fundación hermosa para ellos y terminar dándonos un abrazo.

Esto es el cielo, incluso los enemigos se querrán.

Allí se dieron un abrazo San Esteban y San Pablo. Y San Esteban fue apedreado en la tierra gracias a San Pablo.

En una entrevista a Plácido Domingo, una periodista le preguntó porqué había creado la Fundación Hermosa.

Una Fundación que iba a beneficiar al único artista que podía hacerle competencia con su voz.

Su respuesta fue corta y definitiva: porque no se podía perder una voz como esa.

Tenemos que conseguir, que toda la gente que queremos, vayan al cielo, que sean santos.

Dios nos dice, ahora a mismo, a cada uno: No se puede perder una voz así, la tuya.

viernes 25 de septiembre de 2009

HARAMBEE

Dedicado a María Fernández Balsera

EL CIELO EN LA TIERRA

El Señor, a una persona muy santa del siglo pasado le dijo lo siguiente: difunde la alegría por donde quiera que pases.

Esto sería el cielo en la tierra. Que todos estuviéramos contento y unidos.
El marxismo intentó hacer un cielo en la tierra y no lo consiguió. Para eso construyeron muros, que aislaban los «paraíso comunistas» del resto del mundo.
Hace unos días llamé para felicitar a una sobrina. Y lo que pasa con estas, estaba en Berlín con unos amigos, y le dije:

-¡¡¡Qué estás en Berlín!!!!

-Sí es que hemos pillado uno de esos vuelos baratos. Respondió
-¿Oye? le dije, mándame un trozo de muro

-Sí, sí, te lo voy a mandar.

Yo pienso que habría bebido alguna cerveza, porque la vi más contenta que nunca. Por supuesto sin pasar del punto.

Después de una semana, me llegó una postal desde Alemania con un trocito de muro de Berlín.

Estaba metido en una cajita incrustada en la postal. La verdad es que los alemanes han hecho del muro una reliquia.

En la postal, me decía mi sobrina:

-Querido tío ahí tienes tu trocito de historia.

Lo comunistas quisieron aislar su mundo del de occidente. Aquello era como una cárcel: se podía entrar pero no salir. Muchos se pasaban a nuestra zona jugándose la vida. Muchos murieron.

Era el muro de la vergüenza, o también llamado Telón de acero. Dentro de los muros no te podías fiar de nadie, había escuchas telefónicos y, además tu propia familia y vecinos te podían delatar y condenarte por antirrevolucionario.

La gente estaba triste. Había museos sobre el ateísmo, en vez de religiosos. Querían inculcar a la gente desde pequeños que se podía vivir sin Dios. Fue un auténtico fracaso.

Ahora en Rusia y en los países satélites hay un florecimiento espiritual. Me decía un sacerdote rumano que, en su país, la religión está de moda. Y esto ocurre en muchos países del este.

Yo conservo la postal del muro de Berlín como una reliquia que me recuerda lo que le dijo el Señor a esa persona santa: difunde la alegría por donde quiera que pases.

Los cristianos conseguiríamos que el cielo se hiciera presente en la tierra si viviéramos como nuestro Señor. Pero hemos de empeñarnos todos a una.
Decía Juan Pablo II: construyamos puentes, no muros de separación.

TODOS A UNA
Porque la tendencia de la gente es la de ser exclusivistas. Separarnos de los demás e ir por libre está muy generalizado.

A veces, ni siquiera nos gusta el bien que hacen los demás, incluso lo criticamos.
Inconscientemente, algunos piensan que el bien no es bien si lo hace otro. Y el mal no es tan malo si lo hago yo.
–¡Cómo va a ser pecado esto si lo he hecho yo!

Criticamos el mal que hacen otros y justificamos el nuestro.
Una persona que trabaja en una ONG, me contaba el otro día que, estando en el norte del Congo, en una zona de pigmeos, fue a un dispensario médico.
Allí vio a una señora con su hijo recién nacido. Para tener un detalle con ella, le preguntó cómo se llamaba el niño.
La madre le respondió con un nombre en lingala, una de las lenguas del país.

Al oír el nombre, le preguntó: -Y eso ¿qué significa?

-Significa: “Siempre habrá alguien que te critique aunque hagas el bien”.

MIRAR O AYUDAR
En esta tierra todo lo que hacemos influye en las personas.

Y, lo que más desune, a veces, son los pensamientos y las críticas. Hay quienes van a un sitio y siempre ven lo negativo: las manchas.
En ocasiones hay personas que siempre ven pegas en lo que se les ocurre a los demás.
En vez de impulsar las opiniones de otros, ven siempre inconvenientes. Parecen jueces o fiscales, pero no madres. Así consiguen que nadie aporte nada.
Pero Jesús no vino a juzgar sino a ayudar. Y así también los cristianos.
Pero también hay otra forma de vivir, que es pasiva: mirar, sólo mirar, e ir a lo nuestro.

SI NO ES MI ENEMIGO ES MI AMIGO.
Es curioso, pero algunos suelen pensar que el que no es amigo es enemigo.
Para el Señor es al revés: si no es mi enemigo, tiene que ser mi amigo.

El Evangelio habla de un apóstol que se molestó porque uno, que no era discípulo del Jesús, hacía milagros (cfr. Evangelio de la Misa).
Eso también pasó siglos antes, cuando hubo quien se enfadó porque varias personas que no estaban con Moisés recibían dones especiales de Dios.
Y Moisés, con sentido común, se alegró que aquellos recibieran esas gracias del cielo.

Por eso dijo: Ojalá todo el mundo profetizara. No había que desconcertarse porque otros hicieran el bien (cfr. Primera Lectura de la Misa).

Nos parece que lo nuestro es lo mejor. Si lo propone otro, en cierta forma nos molesta, porque lo bueno es lo que se me ocurre a mí.
Al final, con esa actitud, en torno a nosotros creamos un muro. Quizá con nuestras reliquias podrán hacer postales.

Sin embargo, esta tarde el Señor nos dice: difunde la alegría por donde quiera que pases.

Porque, detrás de la alegría, está el pegamento más fuerte:

SUPERGLÚ
San Josemaría, estaba viendo una película de cine que protagonizaba Ingrid Berman.
Trataba de unas chicas que estaban en una ONG trabajando en una misión en un país pobre.

Como tenían bastantes dificultades, acabaron peleadas unas con otras.
En el intermedio, a los que tenía a su lado, san Josemaría comentó: -Eso les pasa porque no tienen al Señor en la Eucaristía.
Nosotros tenemos a Jesús aquí. Y donde está Él, está la alegría y la unidad.
Porque la Eucaristía es el Sacramento del Amor. Y la virtud cristiana de la Caridad, del cariño, es el mejor superglú.

Si tenemos dificultades unos con otros, tenemos que venir al sagrario. El Señor quita los muros, es un ingeniero que hace puentes que parecen imposibles.
Por eso Jesús, en un momento importante, en la Primera Misa, pidió que todos fuéramos uno.

La unidad de unos con otros se realiza en la Eucaristía, en la común-unión.

TODOS A UNA
Si queremos hacer el cielo en la tierra, hemos de vivir la caridad que es lo que une.

En Kenia hay una palabra que expresa justamente esto, significa Todos a una. En suagili es Harambee. En castellano diríamos Fuenteovejuna.

Un chico universitario cuenta su experiencia de un viaje a Kenia.

Un día fue con otros voluntarios a un hospital que tienen allí las monjas de la Madre Teresa de Calcuta.

Te leo sus impresiones. Al llegar al sitio noté un contraste fortísimo entre las hamacas llenas de niños enfermos y lloriqueando, con los limpísimos trajes blancos y azules de las Hermanas de la Caridad, que rebosaban alegría.
Yo me quedé bloqueado en mitad de la habitación. Nunca había visto nada igual.

Mis compañeros universitarios se pusieron en seguida a trabajar siguiendo las indicaciones de las hermanas.

Entonces, una monja me preguntó en inglés:

–¿Has venido a mirar, o quieres ayudar?

Sorprendido por la pregunta tan directa, le contesté muy cortado:

–A ayudar...
Entonces me dijo esta hermana de la caridad:

–¿Ves a ese niño de allí, el del fondo que llora?

Lloraba mucho, pero sin fuerza.

–¿Cuál? ¿ése? (le dije señalándolo).

–Sí. Pues tómalo con cuidado y tráelo. Lo bautizamos ayer.
Lo cogí y lo noté con bastante fiebre. El niño tendría un par de años.
Habría que ver la pinta que tendría este chico universitario cogiendo un niño africano, sin saber muy bien qué hacer con él.

Por eso la monja, que se dio cuenta, le dijo:

–Ahora dale todo el cariño que puedas...

–No entiendo... (le respondió).

(La verdad es que para un hombre es una situación un poco curiosa, porque no somos precisamente unos máquinas de la ternura).
Por eso, la hermana le volvió a repetir:

–Pues, que le des todo el cariño de que seas capaz… A tu manera...
(Y, sigue diciendo el chico):

-Entonces, me dejó con el niño.

Le canté, le besé... dejó de llorar, me sonrió, y se durmió...
Al cabo de un rato busqué llorando a la hermana:
–Hermana: no respira...

La monja certificó su muerte. Y me dijo:

–Ha muerto en tus brazos... Y tú le has adelantado quince minutos, con tu cariño, el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad.
Entonces entendí tantas cosas: el cielo, el amor de mis padres, el amor del Señor, los detalles de afecto de mis amigos...

Mi viaje a Kenya supuso un antes y un después en mi vida.
Ahora sé que todos tenemos "kenyas" a nuestro alrededor para tratar con cariño a los que están a nuestro lado.

Esto también nos lo dice el Señor a cada uno de los que estamos aquí.
La Virgen, que es la mejor alumna de Jesús, es lo que hizo durante toda su vida.
Y esto es lo que tenemos que hacer todos a una: Harambee.

lunes 14 de septiembre de 2009

ACONCAGUA

Dedicado a Javier Mazuecos

DE ALTO RIESGO

Tengo un amigo alpinista que entre otras cosas ha escalado varios seis miles. Normalmente esto no se puede hacer en la vida diaria, en la que se sube sólo en ascensores.

Pero el que quiera ser cristiano de verdad también tendrá una existencia emocionante, como la que tuvo San Pablo y los demás santos. Quizá se le acusará de llevar «una vida distinta a los demás», y para algunos resultará un personaje «incómodo» (Sb 2,17-20).

Esto ya lo decía el libro de la Sabiduría. Vivir como cristiano es atrayente aunque cueste. Por ser una aventura cuesta. Y para la gente que es floja resulta poco apetecible. Por eso nos critican. Querrían que fuéramos como ellos, comodones egoístas.

Como sabe mi amigo el alpinista, la montaña siempre ha tenido ejemplos de gente sacrificada. Nuestra meta, que es llegar a la amistad con Jesucristo, también cuesta esfuerzo.

Lo mismo que los Apóstoles, que su vida fue una novela de aventuras, nuestros nombres están escritos en el cielo. Están ahí. Pero al cielo, pero hay que llegar, y muchos no llegan.

Le pedimos ahora al Señor: ven siempre con nosotros y anímanos cuando nos cansemos.

Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo.

Se cuenta que un montañero se dirigía a un refugio en alta montaña. El camino se hacía duro, el aire frío le azotaba, pero el lugar era impresionante. El refugio, aunque aparentemente era rústico, resultaba muy acogedor.

Lo mismo pasa en nuestra vida. Aunque nos azoten las dificultades y parezca poco atrayente, si la vivimos como una aventura, seremos felices ya aquí.

En la montaña, aunque uno lo pueda pasar un poco mal, disfruta. Por eso decía san Josemaría, al hablar de nuestra vida aquí en este mundo, que el cielo es para los que han sabido ser felices en la tierra.

Vamos a pedirle al Señor: haznos felices, no a pesar de las dificultades, sino contando con ellas.

En el refugio donde llegó aquel montañero, en una de las paredes de piedra, estaba escrita esta leyenda grabada a fuego, sobre una tabla de madera: “Donde los demás abandonan, nosotros comenzamos”.

Y sobre la chimenea, otra frase escrita en inglés: “Mi puesto está en la cumbre”.

ESTÁ AHÍ

Mucha gente no entiende el porqué los cristianos llevamos una vida de sacrificio: nos levantamos puntualmente, hacemos oración aunque no tengamos ganas, dedicamos tiempo a los demás.

No nos engañamos con teorías, imaginándonos películas irreales. Los santos no han sido personas que han estado tumbados en un sofá pensando.

La aventura nuestra es ponernos a estudiar puntual, sonreír, ser simpáticos, ayudar a poner la mesa, hacerse bien la cama, tener ordenado el armario, hacer todos los días la oración, ir a Misa aunque sea costoso.

Nuestra aventura está ahí, a nuestro lado, no en la imaginación. Nos enfrentamos con lo de cada día, porque es lo que tenemos, lo otro es una fantasía.

Mallory es uno de los grandes hombres del alpinismo mundial. En repetidas ocasiones intentó la conquista del Everest.

Un día, un periodista le preguntó porqué arriesgaba su vida y sufría tanto por escalar una montaña.

–¿Por qué le importa tanto subir ese monte?

La respuesta ha pasado a la historia:

–Porque está ahí.

Probablemente el periodista siguió sin entender nada, pero Mallory había dado una respuesta bastante clara para un montañero. No tenía nada más que añadir.

Los cristianos tenemos motivos más poderosos para hacer de nuestra vida una aventura.

CUANDO NO VALE EL ARNÉS…

Una aventura en la que vamos siempre asegurados por Dios. Dice el Salmo que «el Señor sostiene mi vida» (cfr. 53: responsorial de la Misa). Si vamos sujetos a Él no tenemos porqué preocuparnos.

Necesitamos fiarnos del Señor, porque hay sucesos que no entendemos o cosas que no puede que no le veamos sentido, por ejemplo la mortificación.

Por eso lo más difícil en la vida espiritual es el abandono, una confianza absoluta en Dios, aunque uno vea lo contrario a lo que nos pide. Fiarse, aunque no se entienda.

Cuentan que un alpinista desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía después de años de preparación. Pero quería la gloria para el solo, por lo tanto subió sin compañeros.

Su afán por subir lo llevó a continuar cuando ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.

Subiendo por un acantilado, a solo unos pocos metros de la cima, se resbaló y cayó por el aire en medio de la oscuridad.

Pasaron por su cabeza todos los momentos buenos y malos de su vida.

De repente, sintió el tirón de la cuerda en su cintura que le sujetaba.
En ese momento, suspendido en el aire, gritó:

–¡Ayúdame Dios Mío!

Y una voz le contestó desde el cielo:

–¿Qué quieres hijo mío?

–Sálvame Dios mío.

–¿Realmente crees que yo te pueda ayudar?

–Por supuesto Señor.

–Entonces, corta la cuerda que te sostiene.

Aquel alpinista, aterrorizado, se agarró todavía más fuertemente a la cuerda
.

Al día siguiente, el equipo de rescate encontró al alpinista muerto, agarrado fuertemente con las manos a la soga... ¡a tan solo dos metros del suelo...!

EN LA ALTA MONTAÑA

En la alta montaña, como en la vida, es muy peligroso funcionar por libre. Nuestra vida es una aventura en la que nunca sobreviviremos solos. Siempre tendremos que contar con Dios y con los demás.

Hay que hacer caso, saber escuchar los consejos, cuando la tentación sería agarrarse fuertemente a nuestro criterio, ir por libre y hacer nuestra voluntad.

En una expedición la gente no hace lo que quiere, está a lo que los demás digan. Se deja ayudar y ayuda. También el Señor nos pide que ayudemos a los demás (cfr. Evangelio de la Misa: Mc 9, 30-37).

PELEAS POR EL MANDO

En algunas excursiones de medio pelo, hay gente se suele enfadar porque quieren que los demás sigan su ruta o su ritmo.

Pero Jesús enseña a sus discípulos que quien quiera ser grande ha de adaptarse a los otros. En la vida diaria esto es heroico: es como una pequeña esclavitud.

ADAPTARSE A OTROS

Uno de los Apóstoles, Santiago, nos habla de cómo tiene que ser el corazón del cristiano: sin el egoísmo de buscar nuestros intereses por encima de todo (cfr. 3,16-4,3).

Para los que no siguen a Jesucristo y pretenden dirigirse solos, cualquier medio es válido para hacer lo que ellos quieren.

Gente muy esforzada pero que hace lo que les da la gana. No se dejan guiar por Dios porque se creen unos expertos.

Los cristianos, sin embargo, lo tenemos más fácil porque Dios nos sostiene y nos ayuda con su palabra, siempre está a nuestro lado y nos dice ¿qué quieres hijo mío? ¿Qué necesitas? Nos trata como lo que somos: niños.

SIEMPRE INEXPERTOS

Algunos toman esta actitud cristiana de considerar superiores a los demás como una debilidad o como una rareza. Lo ideal para ellos es no depender de nadie, no tener limitaciones.

Por eso, piensan que lo emocionante es poder mandar, no que les manden, gobernar, imponer. Pero lo verdaderamente apasionante es escuchar y querer a los demás.

Porque al final nuestro Aconcagua consiste en escalar la montaña que subió el Señor al dar la vida por los demás.

Lo importante en esta vida es ser felices y eso solo se consigue amando y siendo amado. Los egoístas se quedan solos.

Muchos alpinistas, cuando llegan a la cumbre tienen la agradable sorpresa de encontrarse con el ser más querido, nuestra Madre, porque allí suelen poner una imagen suya. Ella preside muchas cumbres, como la cruz de nuestro Señor. Ha estado siempre con Él en los momentos difíciles. Su vida fue una aventura.

Por eso los alpinistas cristianos cuando llegan arriba, lo primero que hacen es rezar una Salve, es una costumbre muy antigua.

María, a ti suspiramos en este valle antes de subir a la montaña. Oh piadosa, oh dulce o siempre Virgen María

martes 8 de septiembre de 2009

¿POR QUÉ LA CRUZ? DOMINGO XXIV, CICLO B


Hay unas palabras del Señor que pueden parecer sorprendentes. Son estas: el que quiera venirse conmigo que tome su cruz y me siga.

Una de las cosas más difíciles, sobre todo en una adolescente, es aceptar serenamente lo que no se espera.

Hay un libro que lleva como subtitulo: Experiencias de amor y dolor vividas por una adolescente.
Trata de la historia de una chica llamada Alexia, que está en proceso de canonización. Una niña querida y admirada por infinidad de personas en el mundo entero.
A las 11.05 de la mañana del jueves 5 de diciembre de 1985, en plena Novena de la Inmaculada, se dormía en los brazos de la Virgen Alexia González Barros. Tenía 14 años. (cfr. Alexia, M Victoria Molins, p. 9)
LA ENFERMEDAD
Había tenido siempre buena salud. El dolor físico se introdujo en su vida de repente, sin pedir permiso.

Tenía un dolor fuerte en el cuello. El doctor que le atendió no se explicaba como había podido aguantar sin quejarse.
El médico le dijo que tenía que estar en cama, inmóvil, boca arriba. Cualquier movimiento mal hecho podía dejarla paralítica para siempre.
La operaron y, después de 42 días en el hospital salió muy contenta. Pero, poco después, empezó a moverse con torpeza. Le hicieron otras pruebas, y le diagnosticaron un tumor. Ahí comienza su verdadera historia, su experiencia de amor y de dolor (cfr. pp. 19-23).

Es una historia de alguien que sufre pero que no se siente solo, sino acompañado por Dios. Alexia encontró en Jesús la fuerza necesaria para santificarse con su enfermedad.

Señor tú eres mi fortaleza. Que nunca me encuentre solo.
Su historia es la actuación de Dios, a la que no estamos acostumbramos, sobre todo en un mundo como el nuestro donde se olvida tantas veces la acción extraordinaria del Señor (cfr. p. 19).

ALEXIA Y JESÚS
Una persona que la conocía escribe: Yo la conocí desde muy pequeña en el colegio… nunca dejó de hacer la visita al Señor de manos de su madre (p. 9). Allí, en la capilla del colegio, le había dicho al Señor muchas veces unas palabras que le han hecho famosa: Jesús, que yo haga siempre lo que tú quieras (p. 31). Se las podemos repetir ahora al Señor: Jesús, que yo haga siempre lo que tú quieras

Jesús maestro, así se llamaba su colegio. Y Jesús, maestro, le enseñó el camino de la cruz, el camino del amor. Ese camino no lo iba a recorrer sola, iban a ir juntos.

Necesitamos que el Señor nos enseña la ciencia de la cruz. A simple vista, sin fe, lo que le pasó a Alexia no se entiende, como tampoco se entiende la muerte de Jesús en la cruz.

Como, a veces, podemos no entender cosas que nos ocurran en nuestra vida y que nos hacen sufrir, pero con el Señor se llevan bien. El nos entiende porque quiso sufrir por nosotros.

INJURIAS AL REY

Dice el profeta refiriéndose a Jesús: «Ofrecí la espalda a los que me apaleaban» (Primera lectura de la misa: Is 50,5–9a). Isaías con estas y otras palabras, profetizó lo que tendría que sufrir el Señor.
Normalmente a un rey se le debe respetar. Es delito injuriarle. Los judíos pensaban que el Mesías, su futuro rey humano, iba a hacerse respetar por todos. Pero Jesús no venía a ser rey mediante la honra, sino la deshonra.
Es difícil entender los caminos de Dios. Para comprenderlos tenemos que pedirle que nos abra la inteligencia.

Señor, hazme entender tus caminos. Que yo haga siempre lo que tu quieras.
En el Evangelio vemos como San Pedro tenía una idea equivocada de Jesús Rey, por eso el Señor le corrige tajantemente (cfr. Mc 8,27–35).

La fe de Pedro todavía era imperfecta porque no había asimilado la cruz. Y, por eso, Jesús le aclara: «el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

EL PESO DE LA CRUZ
Estar con Jesús, dice san Josemaría, es, seguramente toparse con la cruz, porque el Señor quiso sufrir en ella.

Después de que le diagnosticaran el tumor, Dios le pidió a Alexia, además del dolor físico, también que sufriera la soledad y un ambiente hostil en el hospital.

Las enfermeras no le dieron mucho ánimo al enterarse de lo que tenía. A una de ellas le preguntó: ¿Mi enfermedad es grave? Sí, muy grave, le contestó.

¿Cree usted, siguió preguntando, que saldré de la anestesia? Esperemos que sí, le respondieron. Y ella pensó asustada: creí que me moría. (24)

Lo pasó mal aquella noche. Al pedir que le movieran las piernas le respondió: ¿qué pasa es que tú no puedes? Algunas ni siquiera se habían preocupado de enterarse de qué es lo que le pasaba, por eso no sabían que estaba paralítica (cfr. Pp. 23-25).
El tratamiento que le pusieron le hacía vomitar una vez cada 10 minutos, y así durante 24 horas. Como no podía moverse vomitaba boca arriba. Le ponían toallas para no mancharse, pero no había manera.
Con una serenidad que solo la da Dios, le decía a su madre: mamá, por favor, creo que me he manchado un poco por aquí.
A veces su madre la oía llorar bajito: ¿qué te pasa, mi vida? ¿Qué tienes? Mamá, respondía, soñé que andaba.
TODO UN CALVARIO

Cuando volvieron con la quimioterapia, se lo dijeron y parecía tranquila. Llegó la enfermera con el suero y se le llenaron los ojos de lágrimas. Su madre le dijo: llora, hija si quieres, te hará bien. No mamá para qué.

Pasó otras 24 horas vomitando, mareada y con un terrible malestar. Quedó agotada. En ella el cansancio era mayor porque su postura era muy forzada. Nunca se quedaba completamente cómoda. Al estar boca arriba no lograba vaciar el estómago y eso aumentaba considerablemente las molestias (cfr. 23-39).

LA IDEA QUE TENEMOS DE NUESTRA VIDA

Muchas veces pensamos que nuestra vida va bien cuando nos aprecian o nos halagan, cuando valoran lo que hacemos o nos salen las cosas como esperábamos.
La idea de nuestra vida es la del triunfo, el éxito. Y, si este no llega, entonces pensamos que hemos fracasado.

La vida de Alexia, con estos criterios es un fracaso. Morir a los 14 años y habiéndolo pasado muy mal.

Esto nos pasa porque nuestra fe es imperfecta. No entendemos la cruz, como San Pedro, y cuando viene nos entristecemos.

Jesús, auméntanos la fe para entender tu cruz.

FRANKESTEIN
La ingresaron en Pamplona. Allí, no se quejaba ni perdía el sentido del humor. Tenía una escayola y un halo metálico alrededor de la cabeza sujeto con 4 tornillos que, a través de la piel se apoyaban en el cráneo.
Así la fijación de las cervicales era perfecta. Era algo aparatoso pero no incómodo. Cuando pasó la familia a verla, en la UCI, a través de los cristales, su aspecto era impresionante.

Su hermano por poco se marea. El aparato, la entubación, los cables que vigilaban sus constantes le daban un aspecto alucinante. Se fue recuperando y empezó a comer.

Cada diez días le apretaban los tornillos de ese aparato para mantener la misma presión. Al verse así, con todo eso puesto, comentaba divertida: ¡la verdad es que con este aparato parezco Frankenstein! (cfr pp. 35–36).
LA DESPEDIDA
Antes de llevársela a Pamplona quiso despedirse de sus compañeras de clase. Realmente lo que quería era despedirse del colegio.
Hizo que compraran flores para la capilla y bombones para profesoras y compañeras. Fueron en coche hasta el patio y desde el patio, en silla de ruedas hasta la clase.

Las niñas pequeñas que estaban en el patio, jugando la miraban con curiosidad, pero a ella eso no le importaba porque estaba en su colegio, en el lugar donde había disfrutado tantos años.

Fue a su capilla para dejar a la Virgen un ramo de flores, e hizo la visita el Santísimo como tantas otras veces (cfr. p. 31).
¿POR QUÉ LA CRUZ?
Somos cristianos. Lo nuestro es seguir a Jesucristo. Hemos venido, como él, a salvar almas.
Y lo haremos muriendo en la cruz. Si queremos seguirle tenemos que llevarla detrás del maestro. Por eso, no es de Dios lo que nos separa de este camino.
Como en el caso de Jesús y de Alexia, la cruz en nuestra vida siempre tiene una explicación. Hay que acudir al Señor para que nos abra la inteligencia y nos haga ver su sentido.

Santiago dice que nuestra fe no puede ser teórica, sino que tiene que estar pegada a la realidad. Y la realidad es que la cruz se da en nuestra vida. Hay que utilizarla, como hizo Alexia.

Como esto es difícil de entender y de llevar a la práctica hemos de pedirlo. Los santos, ante las contrariedades, se ponían a rezar y experimentaban la ayuda del Señor. Por eso dice el salmista: «estando yo sin fuerza, me salvó» (Sal 114: responsorial).

DIOS AYUDA
Cuando iba ya por la cuarta operación, una monja, admirada de verla siempre contenta y sonriente, le dijo: que valiente eres, Alexia. Y ella le respondió: no, sencillamente es que Dios me ayuda. Y la religiosa visiblemente emocionada añadió: hija, que alegría oírte decir esto (cfr. pp 37–38).
Cuando le dijeron la primera vez lo que tenía, Alexia escuchó con serenidad. Al quedarse a solas con su madre, le dijo: Mamita, no me dejarás ni un momento, ¿verdad? Tengo miedo. (p. 20). La Virgen, como a Jesús, no la dejó nunca. La quería mucho, por eso mandaba comprar flores para ella cuando estaba ingresada en Pamplona todos los sábados. Allí vino a buscarla nuestra Madre, a la habitación 205, un 5 de diciembre, durante su novena.
La Virgen no nos dejará cuando caminemos con la cruz a cuestas. Ella es la madre del crucificado.