domingo, 5 de julio de 2020

ACTIVAR EL MODO DE VUELO


Nos cuenta el apóstol San Mateo en ese Folleto que escribió bajo la inspiración de Dios, cuáles fueron una de las últimas palabras del Señor en esta tierra:

«Id y hacer discípulos a todas las gentes (…) enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20).

Tenían que enseñar lo que habían vivido junto al Maestro: un espíritu. Sobre todo, tenían que anunciar a una persona maravillosa, que los quería más que nadie.

Ellos eran unos pescadores, malos instrumentos, ni siquiera unos rabinos instruidos.

Eran gente sencilla que con la fuerza de su vida enseñaba que la verdad, que había traído el Señor, iba a llenar el mundo de libertad y de felicidad.

Todos los apóstoles eran gente normalita, hablando desde el punto de vista de la formación. No así San Pablo que era una persona muy ilustrada en las Escrituras.

Aunque no conoció personalmente a Jesús, humana y sobrenaturalmente fue una persona revolucionaria. Dicen que San Pablo no era muy alto, pero por dentro era un gigante.

El Señor se sirvió de un instrumento muy bueno en aquellos momentos tan importantes para la Iglesia naciente.

San Josemaría tuvo una vida interior arraigada en la verdad, no en la sensiblería. Los sentimientos fluctúan y pasan rápido.

–Señor que vivamos seguros, con una piedad llena de doctrina (cfr. Sal 121).

Lo que queda firme en el hombre es lo que procede de la inteligencia iluminada por la fe.

El trato con Dios de San Josemaría no era frío y calculador.
Al final de su vida acuñó el tipo de piedad doctrinal. No una piedad mentirosa: Fe de niños y doctrina de teólogos, decía.

–Señor, enséñanos a quererte.

Hoy es muy necesario todo esto. Es muy necesaria la doctrina, si no se acaba como tanta gente buena que está desorientada por la ignorancia.

–Señor instrúyenos en tus caminos, enséñanos tus sendas (cfr Is 2, 1-5).

Hemos de transmitir todo esto a los que vengan detrás.

El ambiente que se respiraba alrededor de San Josemaría era de mentalidad abierta universitaria: se hablaba de libros, de publicaciones, de trabajos de la inteligencia.

Todos tenemos que dedicarnos a esto porque el estudio es una norma de siempre.
De lo contrario nos empobreceríamos, nos quedaríamos enanos, gente acomplejada.
Estaríamos como en un campo de barbecho, donde no se cultiva.

–Señor que nuestro amor a ti no se quede enano por falta de estudio.

El estudio y la doctrina nos abre la mente para amar mejor.

La oración del gitano: no me des Señor, Tú ponme donde haya.
Hemos de poner los medios humanos para que el Señor nos haga santos canonizables, y un medio es el estudio.


Hasta el día 25 de junio del 75, San Josemaría dedicó un tiempo a su formación. Y humanamente podríamos decir que no lo necesitaba. Nosotros sí.

–Señor, ayúdanos a no ser perezosos porque muchos de nuestros aciertos con las almas depende de esto.

Esto se nota a la vuelta de los años. Las personas que habitualmente no estudian se vuelven rígidas. Cada año que pasa están más ancladas en su propia experiencia.

Los que no estudian suelen ser muy tajantes. Los sabios, con sabiduría humana suelen ser muy modestos. La ignorancia se tira de la moto con gran facilidad.

Nosotros no estudiamos los manuales para lucirnos, sino para que nuestra oración sea más viva, para encontrar argumentos como San Pablo.

Precisamente, uno de los grandes peligros de nuestro tiempo es el dejarse llevar por el bamboleo del corazón.

En ocasiones el corazón está despierto. Se encuentra fuerte, con toda su pasión arrolladora.

Y en esos momentos resulta muy sencillo amar a Dios, anclarnos a Él, decirle que no le dejaremos jamás…

Es la hora del corazón que nos proporciona consuelos y nos entusiasma… nos lleva a hacer locuras de amor, como le sucedía a los santos.

Pero también sabemos que los santos se pasaron buena parte de su vida a contrapelo, sin sentir nada, sin notar nada.

Como San Josemaría que en la legación de Honduras pasó por la noche oscura… Y sin embargo ¡qué meditaciones dirigió durante aquellos meses!

¿Cómo se puede entender este contraste?

Sabemos que no hay amor sin conocimiento.

Igual que no podemos querer nada que no conozcamos, y por eso no podemos amar al Señor si no le conocemos bien.

Es cierto que el corazón nos puede ayudar en esta tarea de amor y conocimiento.

Un corazón enamorado tiene más facilidad para entender lo que tiene delante.

Cuando el corazón está activo, resulta gustoso manifestar el cariño.

Y entonces puede haber ganas de estar con el Señor, de pasarnos un rato delante del Sagrario. Y así le conocemos y le queremos más.

Pero muchas otras veces, el corazón parece que no responde. Parece que está fuera de cobertura en ese momento.

¿Qué pasa entonces? ¿Nos venimos abajo?

Los sentimientos no nos acompañan, perdemos el gusto por las cosas de Dios, el Señor no nos da golosinas.

Quizá es que nuestro corazón está fuera de cobertura. Pero no quiere decir eso nada malo. En algunas ocasiones quiere decir que avanzamos mucho en el amor.
Los grandes místicos hablaban de las arideces, de las noches, de que hay que bajar para subir.
Esto es lo que pasa también con los teléfonos móviles. Que cuando uno tiene que ir en avión, le obligan a activarlo a modo de vuelo.
Así ocurre a veces en el alma, que nuestro corazón no tiene cobertura, porque está activado el modo de vuelo: el Señor quiere que avancemos rápido, no es sólo andar, sino volar.
Entonces, cuando el corazón está sin cobertura, es porque ha llegado la hora de la cabeza.

Y es que el estudio nos lleva a conocer al Señor, a amarle con más altura, como por encima de las nubes.

Acudir a las ideas madre, a las verdades eternas, pensar sobre la realidad de Dios… todo eso nos eleva hasta el amor a Dios.

Nuestra entrega y nuestro cariño al Señor se hacen fuertes.

Si el estudio acompaña nuestra piedad, el bamboleo del corazón no significará nada.

Seguiremos amando al Señor aunque no sintamos nada. Aunque el corazón esté apagado o fuera de cobertura, sin embargo nuestro amor va volando.

Entonces sabremos que nos ama, le conoceremos cada vez mejor, nos adentraremos en su misterio trinitario…

A veces puedes escuchar a uno con el que estás hablando de Dios:

–A mí esto no me dice nada, me deja indiferente…

Quizá a esa persona le pesa demasiado el corazón y muy poco la cabeza.

Porque la verdad de Dios no es lo que a ti de diga o te deje de decir. Él no depende de los vaivenes de tu corazón.

Lo único decisivo es que Dios es Dios, al margen de lo que tú hagas.

Que Dios te ama, aunque no sientas nada, aunque estés frío, a palo seco. Por eso necesitamos el estudio.

Necesitamos amar al Señor con la cabeza, sacar de ahí formulaciones de mejora, propósitos…

El estudio nos lleva a querer al Señor, sin hacer depender nuestro amor a Él de los estados de ánimo, de las ganas, o de que las cosas nos vayan bien…

San Josemaría decía que debíamos amar a Dios y a los demás con cabeza y corazón…

No sólo con una de las dos, sino con los dos. Así se logra un equilibrio perfecto…

Si vivimos así, nada ni nadie podrá arrebatarnos el amor a Dios.

Ahora que todo es tan pasajero, tan sentimental, tan dependiente de lo externo.

Si dedicamos un rato diario al estudio nos convertiremos en personas firmes, en apoyo para los demás.

Estudiamos para ir por el mundo sembrando la alegría cristiana:

«Id y hacer discípulos a todas las gentes (…) enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado».
Pensemos en María. Todo lo bueno que tienen las demás nos recuerda a Ella.

No era una ignorante, Jesús aprendió mucho de la Virgen.

Cómo estudiaría la Sagrada Escritura, como haría la oración litúrgica con los salmos. Con razón Jesús los sabía tan bien.

Una mujer increíble, discreta, pero muy cultivada: una inteligencia muy clara, que cultivó para amar más a Dios.

sábado, 27 de junio de 2020

UN PROYECTO COMÚN


El próximo día 29 celebraremos la fiesta De San Pedro y San Pablo (cfr. Mt 16, 13-19: Evangelio de la Misa del día).

La verdad, es que los dos Apóstoles eran muy distintos.

Tenían diferencias por nacimiento (San Pablo no era de Palestina), por culturas, incluso también las profesiones no se parecían en nada: Pedro era pescador, y Pablo, parece ser que trabajaba en un negocio de tiendas de campaña.

Muchas cosas los separaban en lo humano, y también en los espiritual: Pedro había vivido con el Señor, y Pablo había sido enemigo declarado de los cristianos.

Pablo era un experto en la Escritura, y Simón tenía una cultura teológica elemental.

La manera de actuar en el apostolado también era distinta. Por lo que sabemos San Pablo viajó y escribió mucho más que San Pedro.

Todo esto es complementario, porque tenían un proyecto común.

Aunque eran muy diferentes, los dos fueron a lo mismo: «plantaron la Iglesia con su sangre» (Antífona de entrada de la Misa).

«Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó» (Prefacio de la Misa).

Los dos dedicaron su vida al mismo proyecto: guardar la fe. Y por eso sufrieron cárcel y persecuciones.

A Pedro se le podrían aplicar íntegramente las palabras que dijo San Pablo poco antes de morir: «he peleado buena batalla, he acabado mi carrera, he guardado la fe» (2 Tim 4, 6-8: Segunda Lectura de la Misa).

Participaban de la misma empresa aunque tuviesen puntos de vista diferentes. Mejor: así se adaptaban a todas las sensibilidades.

Los dos estaban en la tierra para lo mismo: salvar almas. Pero de distinta forma: Pedro «fundó la primitiva iglesia con el pueblo de Israel, Pablo la extendió a todas las gentes» (Prefacio de la Misa).

–Señor, haz que nosotros también actúemos con un solo corazón y una sola alma (cfr. Oración depués de la comunión).

Hoy le damos gracias a Dios por haber hecho a los santos tan diferentes y tan amigos.

Porque no se fijaban en lo que les separaba sino en lo que les unía: la amistad con el Señor.

En el carácter no parece que tengan mucho que ver el Santo Cura de Ars y el Fundador del Opus Dei. Son lo menos parecido que puedes encontrar. Uno era descuidado para algunas cosas materiales, el otro muy práctico.

Y sin embargo, San Josemaría escogió al Santo párroco como uno de los intercesores de la Obra.

Siendo distintos quieren lo mismo: salvar almas, como San Pedro y San Pablo.

Hay santos que se han pasado la vida en un mismo sitio, como San Alejo debajo de una escalera?

Otros, en cambio, han dormido en cama y han viajado por todo el mundo, como Juan Pablo II. Pero, sin embargo, Benedicto XVI viaja mucho menos. Pero al final todos pretenden lo mismo.

Al comenzar hoy el año de San Pablo, hacemos el propósito de aprender a hacer apostolado en nuestro ambiente, cada uno a su manera de ser. Sin miedos.

En la Iglesia hay maneras muy distintas de actuar. Lo importante no son las diferencias, sino tener un mismo proyecto común.

Estos días lo estamos viviendo con la Eurocopa de fútbol. Jugadores que durante el año están en equipos distintos.

Incluso que son eternos rivales, pero que tienen ahora un proyecto único: ganar la Eurocopa para su país.

Nuestro proyecto común es llevar almas al Cielo.

La manera, quizá, más frecuente de hacerlo es hablando de Dios de tú a tú, a través de la amistad:

este es el mejor regalo que le podemos hacer a las personas que queremos.

Para eso hemos nacido, para ser santos y hacer apostolado.

-Señor, concédenos seguir en todo las enseñanzas y el ejemplo de estos dos Apóstoles (cfr. Oración colecta Misa del día).

Si somos amigos de Dios –eso es lo que nos une a todos en la Iglesia–, entonces daremos la cara por Él, cada uno a su estilo.

Dar la cara. San Pedro y San Pablo murieron por el Señor y por su Iglesia. A uno lo crucificaron, y al otro le cortaron la cabeza.

A Juan Pablo II no había más que verlo por la televisión, lo gastado que estaba.

Nosotros ¿qué estamos dispuestos a hacer? ¿Hablamos con frecuencia de Dios? ¿Estamos dispuestos a quedar mal, a cansarnos hasta físicamente?

Cuando San Josemaría montó la residencia de Ferraz, aquello costó mucho.

«El primero en sucumbir al cansancio fue Ricardo, el director. Tuvo que guardar cama en el mes de agosto.

Don Josemaría, más curtido y resistente —también más agotado—, arrastró como pudo su cansancio hasta septiembre, en que se fue a hacer un retiro espiritual en los Redentoristas de la calle Manuel Silvela.

Meses antes, don Francisco Morán, notando su agotamiento, le ofreció unos días de descanso en una finca de su propiedad, en Salamanca. No pudo aceptar don Josemaría
» (Vázquez de Prada, Vol I, p. 551).

Estaba tan cansado que él mismo comentaba: «me echaría ahora en cualquier sitio, aunque fuera en medio de la calle, igual que un golfo, para no levantarme en quince días» (Ibidem).

–Regina Apostolorum. ¡Reina de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo ayudádnos en nuestro proyecto común!

sábado, 20 de junio de 2020

EL CUCHICHEO DE LA GENTE


Todos los que han querido hacer el bien se han encontrado con dificultades.

Se las encontró Jesús y Él mismo nos adelantó que nosotros también las tendríamos.

De hecho, es fácil encontrarlas. Basta que alguien empiece a ir a Misa a diario o a hablar de Dios, para que le señalen o sea tema de conversación entre algunas personas.

Por algo, el profeta Jeremías habla, de forma gráfica, del «cuchicheo de la gente» (Primera lectura de la Misa: cfr. 20,10-13).

Se refiere a la crítica clásica, la de toda la vida. La que, como a veces se dice, parece ser el deporte nacional.

-Señor, por Ti aguantamos comentarios que duelen. Por seguirte hay quienes nos miran como si fuéramos extraños (cfr Salmo responsorial).

Y es que, como dice el dicho cuando el carro anda levanta polvo.

En la actualidad el bien no es aplaudido, es cierto. Incluso, en ocasiones, es perseguido. Pero esto ha ocurrido siempre.

Hoy, parece que lo que tiene más gancho, lo popular, lo que queda bien ante la gente y ante el mundo es ir en contra del sistema, también de Dios, claro.

Por eso es importante que, delante del Señor pensemos: yo ¿estoy dispuesta a ser distinto, a dar el cante? Porque, cuando se intenta vivir como un buen cristiano, se nota.

Me contaba un amigo cura que, yendo por la calle vestido como sacerdote, se cruzó con una chica que iba con pinta estrafalaria. Y en el momento justo de cruzarse, ella dijo: –vaya pinta.

Y a este sacerdote le salió de dentro contestar: –la que te adorna.

Las maneras de vivir se notan. Las personas tienen una fama por su manera de comportarse.

Es algo que todo el mundo sabe aunque no se diga nada. Se sabe y ya está.

A veces, hacer la voluntad de Dios depierta antipatías o comentarios despectivos.

Por eso, hay cosas que oyes en un ambiente cristiano y que, luego, son lo contrario de lo que la gente hace o piensa.

De todas formas, nuestro Señor nos dice a los cristianos, que tampoco es para tanto: «que no tengamos miedo» a los que nos quieran hacer daño (cfr. Evangelio de la Misa: Mt 10, 26-33).

No debemos temer porque Dios nos protege. Sería como si el hijo del Jefe de policía tuviera miedo a que le atracasen por la calle, yendo, como va, con un guardaespaldas a cada lado.

La razón que nos da Jesús es que el Señor cuida de nosotros: estamos en buenas manos, en manos de nuestro Padre.

Señor, Tú nos proteges. Nadie puede nada contra nosotros (cfr Primera lectura).

Sería ridículo que tuviéramos miedo, porque nos cuida Dios, es el Creador del mundo.

No hay nada que suceda sin su permiso, ni siquiera el movimiento de una diminuta hoja de olivo.

A pesar de que sepamos esto, nos comportamos como si Dios no existiera o nos avergonzamos en ocasiones de dar la cara por Él.

Por esa razón, nos da cosa romper con determinadas amistades o con ciertos ambientes y costumbres poco cristianas, porque tenemos miedo a quedarnos solos.

A veces vivimos sin abandonarnos totalmente en las manos de Dios. Eso nos da miedo.

Desgraciadamente, cuando la familia de un paciente le pregunta a un médico sobre su estado de salud, y el doctor responde que estamos en manos de Dios, parece que las cosas están muy mal para el enfermo, que la medicina ya no puede hacer nada.

¡Qué tranquilidad nos debería dar pensar que «hasta los cabellos de nuestra cabeza» los tenemos contados!

Y también que, como dice el salmo, el «Señor escucha» a los necesitados (cfr. Responsorial: Sal 68). Porque Dios está siempre dispuesto a ayudarnos.

–Señor, gracias por estar como las madres, atento siempre, a la escucha.

Así está Dios, sabe que tarde o temprano vamos a necesitarle.

Las dificultades están ahí. Si uno quiere hacer el bien casi siempre se las encuentra.

Esos obstáculos no los pone el Señor, sino el pecado, como nos dice San Pablo.

Pero, también nos dice, que es mucho mayor el poder de la gracia que el daño que puede ocasionar el pecado (cfr. Segunda lectura: Rom 5,12–15).

Por eso, si somos inteligentes el miedo al que dirán no nos ha de mover. Lo que en realidad ha de preocuparnos es lo que puede dañar el alma: el cáncer que nos hace malos.

Jesús nos habla muy claro: «lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea» (Mt 10, Evangelio).

En definitiva, que no nos cortemos un pelo para hablar de Dios, ni de comportarnos como Él quiere.

El Papa para preparar el Encuentro Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Sydney, nos decía que debemos reflexionar:

«sobre el Espíritu de fortaleza y testimonio que nos da el valor de vivir el Evangelio y la audacia de proclamarlo» (Mensaje para la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, Lorenzano, 20–VII–2007).

Y San Josemaría escribió unas palabras que nos pueden ayudar ahora:
«En estos momentos de violencia, de sexualidad brutal, salvaje, hemos de ser rebeldes. Tú y yo somos rebeldes: no nos da la gana dejarnos llevar por la corriente, y ser unas bestias. Queremos portarnos como hijos de Dios, como hombres o mujeres que tratan a su Padre, que está en los Cielos y quiere estar muy cerca –¡dentro!– de cada uno de nosotros (Forja, n. 15).

Jesús volvió a Nazaret durante su vida pública. Y San Lucas nos cuenta que, en una ocasión, quisieron matarlo después de lo que les dijo (cfr. Lc 4, 16–30).

Podemos imaginar como mirarían a la Virgen cuando Jesús se fue de allí. Lo que dirían de Ella por ser su Madre.

–Madre nuestra, ayúdanos a ser fieles a pesar de lo que cuchichee la gente.

sábado, 30 de mayo de 2020

BORRACHOS SIN FRONTERA






Hace años se reunieron en Granada miles de personas para celebrar la llegada de la primavera haciendo un macrobotellón.

Había gente de muchos sitios. Además de los universitarios de la ciudad, también vinieron de otras provincias.

Durante toda la tarde se vio un río de gente que iba con la clásica bolsa de plástico con todo lo necesario. El ambiente era de ilusión, de alegría por la que se iba a armar.

El día de Pentecostés también se reunieron miles de personas en Jerusalén para celebrar la fiesta de la cosecha, que se tenía cincuenta días después de la Pascua.

En griego la fiesta de la cosecha se traduce con la palabra Pentecostés, porque se celebraba 50 días después de la Pascua.

Venían de Libia, Cirene, de la actual Irak. Casi todos eran judíos nacidos y educados en países extranjeros, por eso hablaban lenguas distintas. Aquello no dejaba de ser un espectáculo curioso.

En ese día los discípulos del Señor estaban reunidos en un mismo lugar, unidos por el miedo que es lo más penoso que puede unir. Y, de repente, llegó el Amor de Dios (cfr. Hch 2, 1-11).

«Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar» (Hch 2, 4). Se llenaron del Espíritu Santo, que produce los efectos del vino y empezaron a hablar.

De esta manera pasaron aquellos primeros cristianos del miedo y de la tristeza a la ilusión, a la ilusión de la juventud, y así nació la Iglesia (cfr. Prefacio de la Misa de Pentecostés).

En cambio, en el botellón de Granada algunos pasaron del punto al coma, del puntillo al coma etílico.

Hay un filósofo español que ha escrito un libro que se titula: «Breve tratado sobre la ilusión».

En castellano la palabra «ilusión» tiene varios significados. Se habla de un «iluso» cuando una persona tiene ideas que no están fundadas en la realidad.

Pero también el término «ilusión» tiene una carga positiva, por eso hay cosas que llamamos «ilusionantes». Es la ilusión tan propia de los niños, los locos y los borrachos.

Precisamente uno de los efectos del alcohol es transformar la realidad y hacerte más expansivo.

Me contaron que algunos locutores de radio, antes de salir en antena se toman un copazo, para tener así más facilidad de palabra.

¡Cómo cambia la cosa cuando se tiene el cuerpo entonado!

Pues el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es como el vino que enardece, ilusiona y nos hace hablar con el lenguaje que la gente entiende, el lenguaje del corazón.

Por eso le decimos con la Iglesia:

–Ven Espíritu divino (…) riega la tierra en sequía.

–Entra en el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos (…). Infunde calor de vida en el hielo

(Cf. Secuencia de la Misa de Pentecostés).

Los Apóstoles «se llenaron del Espíritu Santo y hablaron de las maravillas de Dios», nos dice el Libro de los Hechos.
Aquel día, los Apóstoles no se cortaron un pelo. De hecho la gente que les escuchó estaba asombrada y perpleja. Tanto que se decían unos a otros: –«¿Qué puede ser esto?». Y otros se burlaban diciendo: –«Están bebidos» (cfr. Hch 2, 12–13)

Dicen, y es muy probable, que la cerveza la inventaron los monjes. Por algo sería...

Los Apóstoles estaban llenos del Espíritu Santo y, por eso no les paró nadie.

San Pedro gritaría las maravillas de Dios en el idioma de la Capadocia. También Santo Tomás se pondría a hablar con fluidez la lengua de los Partos, y San Mateo anunciaría el Evangelio como los Bereberes del norte de África. Unieron a todos los que estaban allí hablando del Amor de Dios en distintos idiomas.

Todos recordamos como la civilización antigua creó una torre que acabó separando a los hombres de Dios, y a los hombres entre sí, porque no hablaban el mismo lenguaje.

Eso fue Babel, el orgullo que condujo a la separación. Es lo contrario de Pentecostés. Porque el Amor de Dios no tiene barreras. Nos lleva a hablar en el lenguaje que todo el mundo entiende: el lenguaje del afecto.

Pero el lenguaje es un vehículo, lo importante es el contenido. El mensaje que nosotros tenemos que transmitir es que tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo. Esta es la maravilla de Dios (cfr. Hch 2, 11).

El diablo no quiere que la gente sepa esto. Nos tienta para que no hablemos de Dios. Nos mete la idea de que si hablamos, entonces los demás nos mirarán como si fuéramos personas raras.

Nos mete miedo y vergüenza: ¿qué van a decir si invito a esta amiga para que vaya a Misa conmigo? o ¿qué pensará si le digo que haga un rato de oración o que se confiese...?

El tentador nos quiere convencer de que si hacemos como apostolado vamos a perder puntos delante de los demás.

Pues quédate sin puntos como le sucede a los que conducen borrachos. Quédate sin puntos, pero tú conduce a la gente al cielo.

–Ven, Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles (Aleluya de la Misa de Pentecostés).

María es su Esposa. Está llena del Espíritu Santo. Ella nos lleva al Señor casi sin darnos cuenta.

Con Ella el amor a Dios entra solo como el buen vino, y va directo al corazón.

sábado, 23 de mayo de 2020

NUEVA NORMALIDAD




Últimas conversaciones

Todos los que hemos sufrido en estos días, queremos volver a nuestra vida normal. Y la cosa se ha organizado por fases hasta que lleguemos a una situación sin excesivos riesgos, que llaman “nueva normalidad”, pero que en realidad lo que querríamos es volver es a la vida de antes, no otra distinta y nueva.

Los apóstoles después de la pasión, una vez que resucitó el Señor, se dieron cuenta que a partir de entonces su vida no iba a ser igual que antes: Jesús había preparado unas fases de desescalada hasta el momento de marcharse. Fue entonces cuando inaguró una nueva normalidad en la vida de sus amigos. Todos hubieran preferido que la cosa volviera a ser como antes, pero no fue así.

Jesús, después de su resurrección, estuvo preparando a sus apóstoles para la tarea que debían realizar en esa nueva normalidad. Por espacio de cuarenta días fue visto por ellos y les habló de las cosas concernientes al reino de Dios (Act 1, 3).

No sería ya el tiempo de concederles gracias especiales sino de dar indicaciones para el gobierno y desarrollo de la Iglesia.

Algo similar ocurre en la época que nos ha tocado vivir. Ciertamente se da algún milagro, pero no suele ser una realidad tan corriente, como sucedió durante la vida pública de Jesús.

También hoy los milagros son excepcionales. El Señor nos escucha pero no hace milagrerías, sino que nos ayuda en la vida corriente para hacer mejor nuestras obligaciones.

Ahora el Señor nos pide la misión de llevar a cabo su Iglesia en este tiempo. Somos nosotros los continuadores de aquellos que escuchaban hablar a Jesús después de la resurrección.

En Israel, la cuarentena tiene un cierto simbolismo. Moisés había ayunado unos días antes de promulgar la ley; Elías ayunó cuarenta días antes de la restauración de la ley; y ahora, al cabo de cuarenta días de haber resucitado, el Señor dejó asentada la nueva ley del evangelio.

Y aquellos cuarenta días fueron de trato de Jesús con los apóstoles. El Señor les habló de lo divino y de lo humano: como ocurre en nuestra oración. La conversación con Él en esos ratos, nos ayuda a asentar la ley del evangelio en nuestra vida. Aunque no sea de modo milagroso sino a través de los muchos argumentos que el Señor nos inspira.

Además san Josemaría, al hablar de las tertulias, esas conversaciones familiares, en las que trataban de temas de la vida corriente, y que él aprovechaba para sacar punta espiritual de esos asuntos, él decía que se parecían a estas últimas conversaciones de Jesús con sus amigos.

Por eso para san Josemaría, el santo de lo ordinario, las charlas de familia eran como ratos de meditación. Y los que tuvimos la oportunidad de asistir a esas tertulias nos dábamos cuenta de que estaba haciendo oración mientras hablaba con nosotros.

En realidad todo se puede convertir en trato con Dios, pero especialmente esos momentos de vida de familia. En los que evitamos las discusiones, somos respetuosos con los demás e intentamos ser simpáticos. Y por supuesto, al sentir muy cerca al Señor, hablamos en su presencia. Y así, aunque tratemos de temas intrascendentes,  se notará que Jesús está en medio de nosotros.

Último gesto

Cuando esos cuarenta días tocaban a su fin, Jesús los condujo cerca de Betania (Lc 50), que era donde tendría lugar la despedida; no en Galilea, sino en Judea, pues allí había sufrido y allí también  tendría lugar su ascensión a la casa del Padre.

Y en el momento de su acenso, Jesús los bendijo. Aquel gesto de las manos sería el último recuerdo que conservarían los apóstoles. Sus manos, con las heridas de los clavos, se elevaron primero hacia el cielo y luego bajaron a la tierra, como si quisiera hacer descender bendiciones sobre los hombres.

Parecía como si esas manos traspasadas por los clavos distribuyeran mejor las bendiciones. En nuestro caso también la cruz que soportamos por los demás hace que haya a nuestro alrededor más gracia. Así nuestras heridas, elevadas al cielo mediante la oración, suben hacia Dios y el Señor las convierte en gracia.

En nuestra vida actual tenemos enfermedades y también heridas en el alma. Pero no deben hacernos avinagrar nuestro carácter,  porque nada nos puede hacer malos si nosotros no queremos. Al contrario, esas heridas del alma o del cuerpo podemos mostrarlas en nuestra oración para ayudar a las personas que lo necesitan. Sobre todo si esas personas han sido las causantes de ese mal. Pues la oración por los que se consideran nuestros enemigos es la más eficaz delante de nuestro Padre Dios.

Nosotros –como decía san Josemaría– al ir tras los pasos del Señor, notamos que Dios nos bendice con la cruz (cfr. Amigos de Dios, 132).

Precisamente en el Levítico, después de hacer una profecía sobre el Mesías se hablaba de la bendición del sumo sacerdote. Todos las Sagradas Escrituras hablan de Él, por eso desconocer las Escrituras es desconocer a Jesús.

Ahora ocurre que una vez que ha mostrado  que todas las profecías se habían cumplido en Él, se dispuso a bendecir antes de entrar en el santuario del cielo. Las manos heridas que sostienen el centro del universo dieron la bendición final

Mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo... (Lc 24, 51).

Y se sentó a la diestra de Dios (Mc 16, 19).

Y ellos, habiéndole adorado, se volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban de continuo en el templo, alabando y bendiciendo a Dios (Lc 24, 52-53)

En su despedida de este mundo también estuvo presente  la cruz, como sucedía en cada detalle, por pequeño que fuera, de su vida. Por eso la ascensión se realizó en el monte de los olivos, a cuyo pie se encuentra Betania.

Llevó a sus apóstoles a través de ese pueblo, lo que quiere decir que tuvieron que pasar por Getsemaní y por el mismo sitio en que Jesús había llorado a ver a Jerusalén.

Y no desde un trono, sino desde un monte situado por encima del huerto de retorcidos olivos teñidos con su sangre, Jesús realizó la última manifestación de su poder.

Su corazón no estaba amargado por la cruz, puesto que la ascensión era el fruto de aquella crucifixión. Como Él mismo había declarado, era necesario que padeciera para poder entrar en su gloria.

No dejó de ser Hombre

Todos los misterios de la vida del Señor están conectados pero hay una relación muy especial entre el primero y el último, entre la encarnación y la ascensión. Pues al asumir la naturaleza humana se hizo posible que Jesús sufriera y nos salvara. Y al revés, en la ascensión se glorificó a la naturaleza humana que había sido humillada hasta la muerte.

Gloria y cruz están muy relacionadas hasta llegar a ser la misma cosa, según nos dice san Juan, al hablar de la muerte con la que iba a ser glorificado Jesús. También en nuestra vida los sufrimientos pueden convertirse en condecoraciones si los padecemos por amor de Dios. Nuestros momentos de gloria no son los que hemos obtenido un éxito humano, sino cuando en el día a día convertimos los pequeños fracasos en oración.

Pues, en la Ascensión Jesús no abandonó la carne; y de esa forma sería el modelo a seguir, por otros hombres para llegar a la gloria, por medio de la participación en su vida.

Así dice san León Magno que con la Ascensión, nuestra naturaleza fue elevada por encima de todas las categorías de ángeles hasta compartir el trono de Dios (cfr. Sermón sobre la Ascensión del Señor 2,1-4). Seguramente esto humilló mucho a los ángeles soberbios. Su envidia sería muy grande porque un Hijo del hombre, inferior a ellos en naturaleza, ocupo el trono del Hijo de Dios.

Igual ocurre en esta vida, los más cercanos al Señor no son siempre los más inteligentes, los que ocupan cargos importantes, sino los más humildes. La humildad es el trampolín de Dios para llegar alto. A veces en esta vida y, siempre, en la otra. Así el primer Papa no fue un teólogo sabio sino el jefe de una cooperativa de Pesca, de un lugar desconocido, de un país sin excesiva importancia.

Por eso, meditar la Ascensión, puede servir para que nuestras mentes y corazones tengan perspectiva de eternidad; para que busquemos las cosas de allá arriba, donde está nuestro Señor. Pero sin olvidar que las cosas terrenas son muy importantes, porque con ellas podemos obtener méritos para ganarnos la gloria.

De todas formas, resultaba muy difícil creer que Él, el Varón de dolores, familiarizado con la angustia, fuese el amado Hijo en quien el Padre se complacía. Era difícil creer que, quien no había bajado de la cruz, pudiera subir ahora al cielo. Pero la ascensión disipaba todas estas dudas porque introdujo su naturaleza humana en una comunión íntima con Dios.

Igual nos puede suceder a nosotros: es difícil creer que una persona que ha perdido su trabajo y tiene que hacer cola en Cáritas es un hombre amado por Dios. Nos resulta muy costoso pensar que una persona aquejada por la Covid-19 haya sido un agraciado del cielo.

En el caso de Jesús se burlaron de Él cuando los soldados le vendaron los ojos y le pedían que adivinara quién le golpeaba. Se mofaron de Él al ponerle un vestido real y por cetro una caña. Finalmente se burlaron de Él como sacerdote al desafiarle a que bajase de la cruz. Por eso, con la Ascensión se le aclamará según las humillaciones que había recibido como Profeta, como rey y como sacerdote.

También en nuestra vida hay quien se burla de nosotros cuando hablamos de Dios, o cuando hieren nuestra fama, o cuando se ríen porque rezamos. Pero por la pasión del Señor y la Ascensión formamos un pueblo de sacerdotes, de reyes y de profetas. Y lo mostramos al rezar, al trabajar y a hablar de Dios.

Otro motivo de la ascensión era que Jesús pudiera abogar en el cielo ante su Padre con una naturaleza humana común al resto de los hombres. Ahora podía, mostrar las llagas no sólo como insignias de victoria, sino también de petición por nosotros. Jesús elevó al Padre nuestras necesidades. Sería nuestro abogado delante de Él.

Por eso dice la Carta a los Hebreos: Ya que tenemos un Sumo Sacerdote que ha entrado en los cielos Jesús, el Hijo de Dios... Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado (4, 14-15).

Jesús, ya que eres humano como nosotros y además eres poderosísimo en cuanto Dios: ayúdanos a ser tan humanos como Tú, para llegar al cielo: eso si que sería una nueva normalidad.


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