miércoles, 25 de noviembre de 2020

LA PARADA DEL BUS



La palabra adviento significa «venida». Y la Iglesia quiere que durante este tiempo nos preparemos especialmente para la llegada del Señor.

Ahora le decimos como le han pedido los cristianos de todos los tiempos:

–Ven Señor, no tardes.

Al principio se le decía en arameo: –Maran atha! (1 Cor 16, 22)

Estos días de adviento podemos repetírselo al Señor en nuestro interior, porque Él conoce el idioma de nuestros pensamientos:
–¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22, 21)

San Pablo escribió a los de Corinto que los cristianos aguardamos, esperamos, que el Señor regrese la segunda vez (Segunda lectura de la Misa:1 Co 1, 3-9).

Corinto era una ciudad costera, que podía calificarse de frívola. Allí muchos marineros, comerciantes, militares, y extranjeros, contraían la «enfermedad corintia». Lo que hoy sería el sida era propagado por todo el mediterráneo.

La ciudad estaba consagrada a la diosa Afrodita. Aquellos hombres tenían como emblema la imagen de Lais: una celebre prostituta, que en el cementerio de Corinto, se veía en figura de loba destrozando a su víctima con las garras.

Por eso se ha escrito: «Las bestias más salvajes de la naturaleza humana fueron creadas en aquella repugnante mezcla de lujuria y crueldad» (Nietzsche).

Y san Pablo se entera de que algunos cristianos de esa ciudad no creían en la vida eterna. Por eso les escribe hablando de la Resurrección de Jesús, y de la nuestra, que tendrá lugar «el día del Señor».

En un ambiente tan superficial cabía el peligro de no pensar nada más que en lo que tenían entre manos. San Pablo les anima a levantar la vista, y que pensasen que el Señor vive, y volverá.

Desde luego no sabemos cuando vendrá Jesús y por eso tiene interés para nosotros seguir el consejo del Señor: «velad» (Evangelio de la Misa: Mc 13, 37).

Estar alerta, así se puede condensar la actitud del cristiano en esta tierra. Por eso cantaba el poeta:

Yo amo a Jesús que nos dijo: Cielo y tierra pasarán. Cuando Cielo y tierra pasen mi palabra quedará.
Y sigue diciendo:

Todas tus palabras fueron una palabra: Velad

Con ese concepto se resume nuestro modo de estar en este mundo. Por eso nuestra vida en la tierra se podría comparar a una parada de autobús. Todos estamos esperando alguna línea.

Sería como para preguntarle a la persona del al lado: –¿Tú qué número esperas?

La mayoría de la gente está en la parada esperando al 13, que es el que lleva al cementerio. Es una pena tener esa aspiración.

Los cristianos esperamos al que nos lleva al aeropuerto. Jesús que llega desde el Cielo.

Hace muchos siglos un profeta entusiasta decía: –«Ojalá rasgases el cielo y bajases» (cfr. Primera Lectura: Is 63, 19b)

La Iglesia en este tiempo de adviento lo repite hasta en latín una y otra vez con otras palabras del profeta:

–«Rorate Coeli desuper et nubes pluant Iustum», que se rasgue el Cielo y desde las nubes descienda el Señor.

Esto que pidieron los profetas ocurrió hace más de dos mil años, en una pequeña localidad de Palestina.

Y de esta la primera venida del Señor que ocurrió en Belén, poca gente se dio cuenta. Los hombres no lo reconocieron. Y eso que lo estaban esperando durante siglos.

Ahora aguardamos la segunda llegada. Pero hay una diferencia.

Y es que a los santos le da un poco igual la fecha de esa segunda venida, porque no tienen curiosidad sino amor.

La primera llegada de Jesús no la vimos nosotros, y quizá tampoco la gloriosa nos tocará.

Es el corazón el que descubre, que no sólo hay dos venidas: hay llegadas diarias del Señor, y esas son las que tenemos que esperar. Vigilar que no se nos escapen.

Ahora mismo el Señor ha llegado: estamos conversando con Él en nuestra oración.

En realidad en arameo Maran atha! (1 Cor 16, 22) significa «ven, Señor», pero también «el Señor ha venido».

Efectivamente el Señor ha venido, y está con nosotros.

Sobre todo llega en la Santa Misa: allí se hace presente con su cuerpo. Y se queda en el sagrario para que vayamos a hacerle visitas por las tardes.

Nos puede ayudar a prepararnos para la Comunión decirle: –Ven, Señor.

Para un pueblo seminómada como el judío que el Señor venga a poner «su tienda» entre nosotros significaba una cercanía muy grande.

Y es cierto, Dios ha puesto «su tabernáculo» en nuestra tierra para habitar junto a nosotros. El Señor nos espera en el sagrario: esa es la tienda donde está provisionalmente antes de que nos veamos en el Cielo.

Ir al Cielo esta es meta de nuestra vida.

Pero si queremos subirnos al bus de Dios, que nos llevará a su Casa, necesitamos comprar el billete.

El billete nos lo va a regalar nuestro Padre del Cielo, con un poco de gracia.

Nos lo regala en la oración, en la Misa, en la Confesión, y en otras de sus venidas frecuentes.

A mucha gente hay que preguntarle ahora que estamos en la parada:

–¿Tú esperas el mismo bus que yo?

Hemos de preocuparnos por los que tenemos al lado. Queremos pasar la eternidad junto con ellos. Por eso hay que ayudarles a que levante su pensamiento al Cielo, como hizo San Pablo con los de Corinto.

Una chica rusa escribió un libro que te recomiendo. Se titulaba: «Hablar de Dios resulta peligroso». Ella se convirtió mientras hacia yoga. Leía pensamientos celebres, y un día fue repitiendo el Padre nuestro, sintió un golpe interior muy fuerte.

Ella había vivido durante años «a la corintia», y mientras hacía barbaridades nadie le dijo nada. Una vez que cambió de vida empezó a hablar de Dios a la gente que tenía a su lado. A algunos le sentó mal, pero a la mayoría no. Y gracias a personas como ella Rusia ha cambiado.

Para está chica hablar de Dios resultaba peligroso. Pero fue una aventura apasionante.

El amor no tiene en cuenta «el que dirán». Por eso si queremos salir de la tibieza hemos de pedir: –Ven, Señor, a mis labios.

–Sácame de la tibieza, que se manifiesta en la vergüenza de hablar de Ti.

Cuenta Dante en su «Divina Comedia» que en el Purgatorio están los «neutrales», los que nunca han sido criticados por nadie. Porque si uno intenta a ayudar a alguien pasa que recibe críticas.

Nos tiene que dar pena que haya gente que espera un autobús, que le lleva a un sitio donde no va a ser feliz.

El Señor murió para que todos tuviéramos la posibilidad de ir al Cielo, y nosotros vivimos para ayudarle a que esa posibilidad se haga efectiva.

–Ven, Señor, que hay gente muy buena que no te conoce todavía. Y nosotros no hablamos de ti porque nos da corte. –¡Ven, Señor, Jesús, acompañado de tu madre!

jueves, 19 de noviembre de 2020

EL GRAN DIVORCIO


El año litúrgico acaba con la fiesta de Cristo Rey. Porque Jesús es el Señor de la Historia.

Por eso hoy le decimos a Dios:

Haz que toda la creación, liberada del pecado, sirva a tu majestad (oración colecta).

Efectivamente, todo sirve a Dios, no sólo las cosas que llamamos buenas. Incluso los personajes más siniestros acaban sirviendo para que el Señor realice el bien.

Por eso Teresa de Jesús cantaba:

Nada te turbe
nada te espante
todo se pasa
Dios no se muda...

Un amigo Libanés me contaba la historia de un rey que pidió a uno de sus consejeros un lema para su escudo.

Al poco tiempo, este monarca tuvo que huir asediado por sus enemigos. Y el consejero le dijo que ahora necesitaría de su lema. Estaba escrito en su escudo de armas y decía: pasará.

Años después volvió el rey a su país con gran jubilo y gloria. Y el consejero entonces le dijo: –Majestad, no olvide que esto también pasará.

Todo pasa, pero Dios no, y todo lo utiliza para hacernos mejores.

Decía San Pablo que para los que aman a Dios todas las cosas sirven para el bien.

Porque Dios tiene todo amarrado. Es el Rey de la Historia humana: de la historia de las naciones, y también de nuestra pequeña historia personal.

Tu, Señor, me guías por el sendero justo (cfr. Salmo Responsorial: 22).

Dios tiene presente todo lo que ocurre en el mundo. No se le escapa nada.

Además nada puede vencerle. El mal no podrá triunfar, aunque a veces dé la impresión de que esté acabando con el bien.

Esto sucedía en La historia interminable, en la que parecía que la nada acabaría invadiendo el Reino de Fantasía, gobernado por la Emperatriz infantil.

Pero el pecado, el mal, la nada, no tienen la última palabra. Incluso el Diablo, esa criatura maléfica por cuya causa entró el pecado en el mundo, es utilizado por Dios: es un instrumento de Dios, aunque le pese.

Lo mismo que un agricultor se sirve del abono, Dios se sirve del excremento de Satanás, que es el dolor, la mentira, el pecado, para que sus hijos maduren.

El Diablo no es el que tiene la última palabra. Aunque parezca que Dios está vencido y que el enemigo ha obtenido la victoria, el Señor nunca pierde.

Y cuando parece que pierde, es cuando más gana.

A veces Satanás se lleva su trofeo –en el caso de Troya, los vencedores se llevaron la escultura de un caballo– pero precisamente eso es lo que hace que el enemigo sea derrotado.

En la verdadera historia humana Satanás pensó que había derrotado al mejor de los hombres, interviniendo para que lo condenaran a morir crucificado.

Al mismo que proclamaban como Rey de los judíos, el Demonio consiguió que lo coronaran de espinas.
Y que en lugar de sentarle en un trono, le tumbaran y clavasen en un patíbulo de condenado.

El Demonio pensó que ése sería el trofeo de su victoria, y precisamente fue la señal de su derrota más apabullante.

Jesús era Hombre, pero también Dios; y su sacrificio sirvió para reconciliar al hombre consigo mismo y con Dios.

El sacrificio de Jesús en la cruz fue utilizado por Dios.

Y eso lo renovamos hoy en la santa Misa. Por eso le decimos en el ofertorio:

Al ofrecerte el sacrificio de la reconciliación humana, te rogamos, Señor, que Jesucristo, tu Hijo, conceda a todos los pueblos los bienes de la unidad y la paz.

Y en el prefacio decimos que Jesús «es la víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz»

Porque el Señor actúa en silencio, como hacían los soldados griegos mientras dormían los troyanos.

Que Dios haga las cosas sin ruido no quiere decir que no se entere de lo que esté pasando. Sino que todo lo gobierna con sabiduría y misericordia, como debe hacer un padre con sus hijos.

Así gobierna el Señor la historia de los hombres. Y hoy nos fijamos en el final: Jesús reinará.

El género humano empezó con un hombre que quería ser Dios. Y la historia terminará con la llegada de un Dios que ha querido hacerse Hombre.

Será la Segunda venida de Cristo, que no se sabe cuando sucederá. Lo que sí se sabe es que lo hará como Señor. Y, entonces, pondrá todo en su sitio.

Por eso nos dice San Pablo: «si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida» (1Cor 15,20-26ª.28: Segunda lectura de la Misa).

Cristo vendrá como Dios, como Señor, como el Pastor de su Pueblo. Todas son ovejas suyas. Las que se portan bien y las que se portan mal.

Nosotros mismos hay veces que somos como la oveja negra; y otras, de las que son dóciles al pastor.

David, en el Salmo 22, dice que verdaderamente el Señor es el pastor de cada uno de nosotros (cfr. Responsorial de la Misa).

Este profeta que, además era rey de Israel, en su juventud se había dedicado a cuidar un rebaño y describe a Dios así.

Y otro profeta, Ezequiel, nos habla de que el Señor juzgará a sus ovejas (Primera lectura de la Misa: 34,11-12.15-17). Porque
nos ha hecho libres: nadie nos obliga a hacer el bien.

Y si hacemos el mal también es porque nosotros queremos.

La primera oveja del rebaño, Adán, quiso ser como Dios. Quiso sustituirle.

Nosotros también tenemos esa tendencia y, a veces, ignoramos al pastor y no contamos con Él; incluso le desobedecemos.

En este aspecto, el Señor es claro, como se lee en el Evangelio (de la Misa: Mt 25,31-46): «Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros». Jesús nos habla de una separación.

Separará lo bueno de lo malo. No quedará mezclado, como está ahora.

Pero no pensemos en los buenos y en los malos, como si los malos fueran los otros.

Porque la línea divisoria entre el bien y el mal no está en ningún meridiano o paralelo, la línea divisoria está en nuestro corazón.

Cuando nuestro Rey venga, todo se aclarará, y pondrá orden en este inmenso rebaño de la humanidad.

Todo esto me recuerda a un libro que escribió un autor inglés que llevaba por título «El matrimonio entre el cielo y el infierno», en el que hablaba de que al final habrá una alianza entre Satán y Miguel, entre las cabras y las ovejas.

Y a este libro le respondió otro autor con una novela titulada «El gran divorcio». La titula así porque no puede haber ningún tipo de matrimonio entre el bien y el mal.

No se arregla el error de una suma, pasándolo por alto y siguiendo sumando: hay que rectificar el fallo, ir donde está el error y corregirlo, si no, el resultado es falso.

El mal ha de ser corregido, y es bueno que lo hagamos ahora que tenemos –¡cosa curiosa!– tiempo.

El amigo libanés del que hablé antes me contó otra historia.

La de un hombre que entró en el despacho que Dios tiene en el cielo. Y sobre la mesa vio unas gafas: las gafas de Dios.

Y este hombre no resistió la tentación de ponérselas, pensando que Dios no le veía en ese momento, porque estaría atendiendo otros asuntos.

Y al ponerse las gafas vio toda la malicia de los hombres: asesinatos, crímenes... un cúmulo inmenso de barbaridades.

Pero el Señor sí lo vio y le dijo: –¿Qué haces poniéndote mis gafas?

El hombre respondió con una pregunta, como suele hacer un hijo con su padre:

Señor, ¿cómo aguantas tanta malicia?

Y Dios le respondió: –No debiste mirar, porque si quieres ver con mis gafas tienes que tener también mi corazón.

Efectivamente, el Señor ve la malicia del corazón del hombre, de todos los hombres que hemos existido. Y utiliza su misericordia para vencer el mal.

El mal ha de ser vencido y es el bien el que lo derrota.

«Jesús Nazareno, Rey». Eso es lo que leían los que contemplaban al Señor crucificado. La prueba más grande de la misericordia de Dios. Un Dios que es capaz de hacerse hombre y morir.

Todos veían a un hombre derrotado, menos la Virgen, que veía con las gafas de Dios, porque tenía también su corazón.

domingo, 8 de noviembre de 2020

AMA



El libro de los Proverbios alaba a una mujer que trabaja con profesionalidad, que actúa con previsión.

Una mujer así «vale mucho más que las perlas», dice el texto (Primera lectura: 31,10-13.19-20.30-31).

No hace falta trabajar en una multinacional para ser la mujer ideal. San Josemaría decía que una persona que es ama de casa sabe de muchas cosas.

Sabe de electrónica, porque tiene que entender los electrodomésticos modernos, que no son nada sencillos. Incluso, y esto no lo decía San Josemaría porque entonces no era tan necesario, saben de informática: manejar un ordenador, buscar cosas que le interesan en Internet, comprar on line.

Sabe de psicología, porque trata al marido o a los niños dependiendo del día que tengan, porque los ve venir. Cuántas veces, con sólo mirar a la cara a un hijo le ha dicho: –a ti te pasa algo... y siempre aciertan.

Sabe también de números, porque como no puede estirar el brazo más que la manga, tiene cuidado de los gastos. Sobre todo ahora que todo se ha puesto económicamente más difícil y hay que hacer equilibrios para llegar a fin de mes. 

Una mujer que lleva bien su casa vale mucho, es un tesoro. No solo lo puede ser una que tiene un trabajo de traje de chaqueta, o sea de bombo y platillo. Todos los trabajos honrados, si se hacen bien, cara a Dios, valen muchísimo. Aunque aparentemente sea un trabajo escondido, sin brillo... como los cimientos de un edificio, que lo sostienen, pero que nadie los admira.

Y es que todos los trabajos honrados, si se hacen bien, cara a Dios, valen muchísimo. Independientemente de la admiración que levanten entre los hombres. Todo depende del amor al Señor que se ponga.

Entonces da igual ser el rector de una universidad, un ministro o un premio nobel que un ama de casa, un campesino o un enfermo, que también es un trabajo.

Porque nuestra vida corriente tiene mucha trascendencia: no da igual hacer una cosa o no hacerla. No da igual una chapuza que una obra bien acabada. Todo lo que hacemos tiene consecuencias buenas o malas.

Me contaban ayer de la concejala de obras públicas de un pueblo de la vega de Granada. Lleva en el cargo más de 25 años. Ha pasado por ayuntamientos de todos los colores. Y sigue ahí, precisamente por su honradez.

Como comprenderás, no se trata sólo de no hacer cosas malas, sino de trabajar bien. Cuando uno trabaja bien, los demás lo notan y, como el bien es difusivo, eso se pega.

Es más fácil fiarse de una persona que trabaja con seriedad, cuidando las cosas, porque todo lo que diga será tenido en cuenta.

En cambio los superficiales que no son capaces de profundizar en las cosas, no tiene mucho peso entre sus compañeros, porque lo que dicen también será entendido como superficial.

Trabajar bien no sólo lo valora Dios, también lo valoran los demás.

El Señor, en el Evangelio, habla de la fidelidad en lo poco, en lo cotidiano, en lo que podemos hacer, no en lo imaginario (cfr. Mt 25,14-30).

Hay personas que están llenas de proyectos. Y tienen tantos que al final no hacen ninguno. Parece que viven de ilusiones. Teorizan mucho y hacen poco.

Les pasa como a la del cuento de la lechera. Que iba soñando con las cosas que haría y, en uno de sus alegres saltos, el cántaro se estrelló contra el suelo.

El cuento termina diciendo: no anheles impaciente el bien futuro: mira que ni el presente está seguro.

Una de las acusaciones que se ha hecho a los cristianos, y a veces con razón, es que miramos demasiado a la otra vida y demasiado poco a este. A eso se refería Marx cuando decía  que la religión es el opio del pueblo.

Es bueno tener en la cabeza el premio futuro. Pero eso nos tiene que llevar a poner más cuidado en lo que hacemos.

Si somos buenos en la vida diaria, Dios nos promete el Cielo. Por eso, no hay que esperar cosas extraordinarias, que nos apartarían de lo verdaderamente importante.

–Señor que aprovechemos lo cotidiano para quererte.

Algunos cristianos de Tesalónica, pensando que el Señor iba a volver pronto, descuidaban el día a día. Y San Pablo les dice que la llegada del Señor no se sabe cuando será (1Ts 5,14-30: Segunda lectura de la Misa).

Sería como dejar de trabajar con la esperanza de que, dentro de unos meses, nos tocara el gordo de Navidad.

Cada día que pasara sería peor. Y cada gordo que perdiéramos, la ruina. Gastaríamos dinero sin estar cuidando lo importante: el trabajo.

La venida del Señor no sabemos cuando será, pero lo que sí sabemos es que hay que darle valor al presente. Porque «el ahora» es lo que nos une a la eternidad.

–Señor, por ti madrugo. Tú eres mi Dios en todos los momentos del día.

Cada cosa que hacemos tiene un valor eterno. Si se hacen por amor a Dios, el amor les da esa eternidad.

Es el mismo valor que le da una madre a la mesa preparada con cuidado por una de sus hijas. Así ve el Señor nuestro trabajo bien hecho, porque nos acerca más a Él.

Los caminos que Dios ha preparado para alcanzar la meta son: la puntualidad en el estudio, atender en clase (sobre todo en la asignatura que menos gusta), no ser desagradable con los demás, hacer favores, limpiarse los zapatos, hacerse bien la cama, etc.

–Señor, quiero agradarte con mi vida ordinaria (cfr. Salmo responsorial).

La Virgen no hizo milagros, pero le alegraba el día a Dios cuando era fiel al echarle sal al arroz y darle de comer a las gallinas.

Ella, en la vida corriente, estaba unida al Señor. Su único miedo era que algo le separara de Él: éste es el verdadero temor de Dios, de qu nos habla el salmo (127: Responsorial). María no cayó en el error de separar a Dios de la vida diaria.

Cuando estudiaba en la universidad, un profesor preguntó a las chicas que estaban en clase sobre el significado del titulo de una revista, «Ama», que por entonces leían muchas españolas:

–«Ama», ¿viene de amar o de ama de casa?

No supieron responderle... Y en el fondo daba igual. Porque la verdadera ama de casa es una persona que sabe amar... porque sabe estar en lo menudo.

Por eso la Virgen cuando estaba en los detalles era el «ama». Y no es de extrañar que cuando el Señor inspiró el libro de los Proverbios, donde se habla de la mujer 10, pensara en su Madre.

sábado, 7 de noviembre de 2020

TEMPLOS DE DIOS



«¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?», nos dice San Pablo en la Primera lectura (1Cor 3,9c-11.16-17). Somos «templos de Dios».

Un templo es un lugar donde vive Dios. Es como un estuche que guarda una joya preciosa. Las personas que están en gracia tienen a la Santísima Trinidad dentro (cfr. 2Cro 7,16: Aleluya de la Misa).


El mismo Jesús, cuando está hablando con los fariseos, se refiere a su cuerpo como si fuera un templo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (cfr. Jn 2,13-22: Evangelio de la Misa).

Él es el templo por excelencia. Su Cuerpo físico es el nuevo Templo de Dios

Todo el mundo entiende que, algo tan grandioso como una catedral o un sitio donde vive el Señor no puede estar sucio y descuidado.

Por lo mismo, nuestra alma debe estar limpísima, porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habitan en ella.

Esto lo comprenden muy bien las niñas que van a hacer la Primera Comunión. Si se les explica que para recibir a Jesús tienen que tener el alma tan blanca como su traje de comunión, se esfuerzan en descubrir las cosas malas que tienen para pedir perdón a Dios.

Si se lo explicas bien, se empeñan en hacer cada vez mejor el examen de conciencia. Mucho le ayudan sus madres, porque ellas son las que las ven moverse por la casa y se saben de memoria sus fallos y porque, además, los sufren.

Nosotros tenemos la ayuda nada menos que de Dios, que a la vez es la víctima de nuestros pecados. Él ve todo lo que no funciona.

–Señor que vea todos mis pecados.

Él es muy sensible al pecado, a la suciedad que siempre deja cualquier pecado, y más si es mortal.

Jesús, cuando entró en el Templo de Jerusalén y se encontró con los bueyes, ovejas y palomas, dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre» (Jn 2,16).

–Echa de mi alma todo lo que te estorbe.

Conoce hasta la última mota de polvo que pueda tener nuestra alma. Sabe nuestros más ocultos pensamientos. Es el único que sabe lo que tenemos en el corazón.

Recuerdo que una profesora me contaba una pequeña anécdota. Una niña pequeña fue a preguntarle lo que significaba la palabra crítica. Ella, como buena pedagoga, se lo explicó con un ejemplo:

–Mira la crítica es cuando una niña piensa de otra: «ésta es más pesada que una vaca en brazos».

Y la niña, que se vio totalmente identificada, dijo: –y usted eso ¿cómo lo ha sabido?

Como Dios sabe todo lo nuestro, es bueno pedirle ayuda, luces, antes de hacer nuestro examen de conciencia.

Hemos de pedir ayuda al Espíritu Santo para descubrir los últimos rincones del alma.

Hablando con la gente, muchos te dicen que siempre se confiesan de lo mismo.

En parte es normal que nos confesemos de lo mismo, porque uno es tan miserable que siempre tiene las mismas faltas, ni siquiera somos originales en eso.

Siempre me acordaré de una anécdota que me hizo mucha gracia. Un día le preguntó una madre a su hijo de qué se confesaba, y éste, sin pelos en la lengua le respondió:

–Yo siempre me confieso de lo mismo: de que tiro barro a los autobuses y de que no creo en el Espíritu Santo.

Pero, a veces puede ser que no veamos más cosas porque hacemos rápido el examen de conciencia, sin pedirle ayuda a Dios o, si podemos, a las personas que nos pueden enseñar.

Un día, llevaba un rato largo en el confesionario sin que pasara nadie. Me extrañó porque con las pequeñas suele haber bastante flujo.

Abrí un poco la puerta para ver qué ocurría porque se oía un ligero cuchicheo. Me encontré de frente a una que me dijo con mucha educación:

–Perdone, sentimos tardar tanto en pasar, pero es que nuestra amiga (y señaló a una niña que estaba con otra en uno de los bancos) no sabe confesarse y le estamos enseñando. Así que no te vayas que ahora mismo pasa.

O de aquel famoso escritor inglés, muy inteligente pero despistado, que, cuando iba a confesarse, su mujer le tenía que ayudar a hacer el examen, como si fuera un niño pequeño, porque se quedaba ensimismado pensando en la maldad del pecado y sus consecuencia tremendas, del mal que le hacía la criatura al Creador, y de ahí no conseguía salir.

–Señor, Tú que lo sabes todo, ayúdanos a hacer bien nuestro examen de conciencia, a descubrir lo que hacemos mal, también los más ocultos pensamientos.

De esta manera el Señor estará muy a gusto en nuestras almas. Realmente seremos buenos Templos de Dios.

Con motivo de los 50 años de sacerdocio de un obispo, se celebró una Misa en una de las basílicas romanas más bonitas y antiguas.

Se trata de un templo precioso. Tiene un artesonado que es una maravilla, columnas centenarias, un baldaquino que señala con claridad el lugar del altar… Son bonitas hasta las rejas de las capillas laterales.

Como es antigua, tiene casi dos mil años, mucha gente la visita. Por eso, antes de celebrar ese aniversario tan importante, se quiso dar una buena limpia al templo.

Para eso fue un equipo preparado de personas, profesionales que la empezaron a limpiar a conciencia.

Sacaron todo lo necesario para su trabajo, y allí empezó a correr el agua con jabón y productos de limpieza. Parecía que cobraba vida el salmo 45 cuando dice que «el correr de las acequías alegra la ciudad de Dios» (Salmo responsorial y cfr. Ez 47, 1-2. 8-9.12).

Al ver el empeño con que trabajaban, uno de los que estaban por allí, al ver que estaban limpiando incluso los bancos por debajo, comentó sin mala intención que tampoco hacia falta tanto, que eso no lo iba a ver nadie.

Y la persona que estaba allí dale que te pego, frotando, le respondió: –Es verdad, esto no lo ve nadie, pero quien sí lo ve es Dios.

Nuestra Madre nos ayudará a descubrir las cosas que no van.

Ella, que es la Inmaculada, nos dará luces para limpiar bien nuestra alma cada vez que nos confesemos.

viernes, 30 de octubre de 2020

¿CUÁNTO TIEMPO TENEMOS?



La vida eterna se ha comparado muchas veces a un banquete. 

Esto me recuerda lo que me contaron de un niño gallego que tiene siempre un apetito devorador. Le viene de familia. El padre de Pepe –que así se llama este chico– le dijo un día a su hijo, en una de las ocasiones que lo llevó a un hotel: –Mañana desayunaremos de bufet–¿Y qué es eso del bufet? Le respondió el niño. 

Esa pregunta es parecida a la que nosotros podemos hacer: –¿Y qué será la vida eterna? Pues el Señor la compara con un banquete, porque la satisfacción que da la buena mesa todo el mundo la entiende. 

Cada vez se valoran más los buenos cocineros. Es una imagen muy gráfica. Un banquete es algo agradable. Allí se reúnen las amistades y en torno a una mesa se celebran las fiestas familiares: cumpleaños, aniversarios, cenas de Navidad, etc. 

Cuando vas a un banquete disfrutas de la comida y de la compañía. Pues el Cielo es algo así. Es un disfrute continuo en compañía de otra gente agradable. 

Hay una película que se titula El festín de Babette y que nos sirve para explicar esto. Cuenta la historia de una brillante cocinera francesa que se llama Babette. Exiliada de París, va a parar a un pueblecito de Dinamarca. La acogen como empleada del hogar dos hermanas mayores y solteras. 

La película da un giro brusco cuando de golpe y porrazo a Babette le toca la lotería. Ella, con todo ese dinero, lo que hace es gastárselo en montar un superbanquete para las amistades de las dos hermanas. 

Más que una comida, aquello es un festín. Hace traer auténticas exquisiteces de la cocina francesa, y pone un empeño también grande en el servicio. Todo esto hará que aquella velada sea inolvidable para los que tienen oportunidad de asistir. 

Cuando ves el anuncio de la película, la verdad es que te entra por los ojos. Es una mesa llena de platos suculentos, de salsas de colores vivos, dulces de todos los tamaños y figuras, vinos oscuros y con cuerpo, etc. Todo en bandejas elegantes, cubiertos limpísimos, y un mantel que hace como fondo de algo que te parece irreal pero que es verdad porque lo podrías tocar y comer.

Ver aquello te hace feliz y, comerlo, ni te digo. Lo mejor de la película es el final. Una vez que ha terminado todo, una de las hermanas le dice: –Pero Babette, ahora eres pobre. Y ella contesta, mirándole fijamente a los ojos: –Un artista nunca es pobre

La riqueza de un artista es poner a disposición de los demás su arte y su buen hacer. Así hará Dios para los que vayamos al Cielo (porque yo pienso ir a esa cena). Pondrá a nuestra disposición todo su arte. Aquello va a ser increíble. 

Y para ganarnos la felicidad del Cielo el Señor nos concede un tiempo de prueba en esta tierra. Lo importante en este mundo no es que uno sea inteligente, guapo, rico, etc. 

Lo importante es que aprovechemos bien esas cualidades para ganarnos un puesto en ese festín de Babette. 

El Señor, en el Evangelio (de la Misa: Jn 14, 1-6), nos dice que la felicidad que disfrutarán los que vayan al Paraíso será variada. Es como si nuestro Padre Dios hubiera preparado un bufet para nosotros, con la posibilidad de elegir lo que más nos guste. 

No se si recordarás la escena de otra película en la que la protagonista es una madre que saca a sus hijos adelante a base de ganar concursos de poesía y narración. Pues, hay un premio que le toca que consiste en poder meter todo lo que quiera en un carro de la compra en un determinado tiempo. 

Ella, compinchada con los del supermercado, que le tienen mucho aprecio, preparan el carro de la compra para que quepan muchas cosas. Y le ponen como unas planchas que sobresalen hacia arriba, y así lo hacen más alto y cabe más. Le dan la salida, empieza a correr el tiempo y ella va corriendo, casi derrapando, cogiendo todo lo bueno: caviar ruso, carne cara que nunca han comido, salsas raras… 

La escena siguiente es la familia alrededor de la mesa de la cocina disfrutando de todos los tesoros que han conseguido y chupándose los dedos. 

Aquí en esta tierra todo el mundo busca la felicidad. Esto es lo que tenemos en común todos lo hombres. Porque nuestra voluntad tiene un apetito devorador, igual que el de Pepe, el chico del principio, para las comidas. 

Los cristianos sabemos cuál es la forma de alcanzar la felicidad. El refrán dice que todos los caminos llevan a Roma. Pero en esto no se cumple el dicho. Indudablemente el alcohol, el sexo, las drogas dan una cierta felicidad, por eso hay gente que paga. 

Pero la felicidad que proporcionan esas cosas es pequeña, y muchas veces dejan el corazón lleno de amargura. 

En la Antigua Roma, los emperadores montaban fiestas por todo lo alto. Algunas incluso en balsas flotantes en un lago. Allí comían y bebían en abundancia hasta que se emborrachaban y terminaba aquello que mejor es no pensarlo. Hay banquetes y banquetes. Unos dan la felicidad y otros no. 

Hay felicidades que te hacen feliz y otras te amargan la vida terrena y la eterna. Contaba un conocido que vivió en Finlandia que, en aquellos países, hay gente que no trata mucho a Dios. 

Y muchos se dejan llevar por los placeres de esta vida. Y decía este conocido que es llamativo la cantidad de suicidios que hay. 

Algunos aprovechaban el trayecto que hace un barco para cruzar el mar Báltico para tirarse al mar y morir ahogados. Y era tanta la cantidad de personas que lo hacían, que los barcos tuvieron que poner redes a los lados para que no siguiera tirándose gente por ahí, acabando con una vida que no les llenaba en absoluto. 

Para llegar a la felicidad plena sólo hay un camino: Jesucristo. Lo importante cuando uno se muere es si ha aprovechado su vida en la tierra para llegar a la meta. 

Cuando el padre de Pepe le explicó lo que era un bufet, el niño esperó unos segundos y, con los ojos muy abiertos, preguntó: –¿Y cuanto tiempo tenemos? –Madre nuestra: tú que estuviste en el banquete de Caná, haz que lleguemos al bufet del Cielo.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías