domingo, 10 de febrero de 2019

SANTA MISA



Lo más importante

Pregunté a una persona para que adivinase el tema de la meditación. Y como pista le dije que era el tema más importante.

Enseguida me respondió:
–La fraternidad
–Más importante
–La filiación divina.
–Más importante
–La unidad de la Iglesia...

La filiación divina, la fraternidad y la unidad de la Iglesia tienen fundamento en la acción más importante que puede hacer un hombre: asistir o celebrar el Sacrificio del Altar. Es lo que nos convierte en el mismo Cristo, lo que nos hace ser uno, por la común-unión.

Qué importante es la Misa para la labor apostólica con la gente joven. Es el momento más importante de formación. Lo sabemos por experiencia: cuando una persona asiste un día y otro día, un mes y después otro mes, se da el cambio.

De forma silenciosa el Señor va transformando el alma de las personas que se le acercan tan de cerca. Eso es lo que nos ocurrió a muchos de nosotros. Cuando pasaron los meses y miramos para atrás nos dimos cuenta del cambio tan grande.

Los sacerdotes hemos visto conversiones en gente que ha empezado a asistir regularmente. Se da el cambiazo, por eso es el momento más importante de la formación.

Así como para una persona joven la Misa es una fuente de conversión rápida, para la gente mayor existe un problema: somos humanos y el ser humano se acostumbra a todo.

El ser humano se acostumbra a vivir con poquísima comida en un campo de concentración. Y se acostumbra no sólo a lo malo. También a lo bueno: puede vivir en un palacio y parecerle lo más normal del mundo. Uno puede vivir cerca de una estación o cerca de un aeropuerto, y se acostumbra, y no impedirle dormir el ruido que hacen los trenes  o los aviones. Porque el ser humano tiene esa capacidad acomodaticia.

Por eso podemos acostumbrarnos a lo más importante de nuestra vida y de nuestro día. Y ponernos de mal humor si un sacerdote se retrasa dos o tres minutos.

Todos podíamos hablar de cosas maravillosas sobre la Santa Misa. Por que en verdad la Santa Misa es lo más grande que nosotros podemos hacer en este vida.

Tiene más  valor que todos los santos juntos, incluida la Santísima Virgen. Hemos asistido esta mañana a este prodigio y sin embargo, aquí estamos.

El ser humano tiene una capacidad increíble para acostumbrarse a todo. Hacer costumbre: eso es una cosa positiva si se trata de construir hábitos buenos.

Pero también la costumbre puede quitarle importancia a las  cosas, simplemente porque las repetimos. La costumbre nos acostumbra.

Le decimos ahora al Señor:
–Que no me acostumbre jamás a tratarte

El secreto oculto del Evangelio

Nos dice el Papa Benedicto en la carta Deus cáritas est que el Evangelio no es original porque transmita nuevas ideas.

Lo curioso es que lo importante del Evangelio no es el ideario. De forma sencilla lo dice el Papa:

«La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas».

Y es que el santo no es el que sabe los criterios evangélicos, ni siquiera el que los llevara a la práctica.

El Señor no quiere hacernos unos teóricos, ni tampoco quiere hacernos unos prácticos. Lo que pretende es que descubramos la figura del Salvador, y tengamos amistad con él.

El Papa va más allá: Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios.

Dios que actúa en la historia de la humanidad de forma desconcertante.

Lo que pretende es salvar al hombre y lo hace según su lógica original.

La lógica de Dios es el don, el regalo, la gracia, la gracia, el amor: se puede decir de muchas formas pero la realidad es una.

El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. Dios no necesita nada de nosotros, nos quiere porque Él es bueno, no porque nosotros seamos buenos.

Estamos en una sociedad comercial, donde se puede meter el interés hasta en el apostolado. Por eso cuando la gente ve que se la quiere para obtener un fin, en seguida da la estampida.

Sin embargo el amor no es así, no busca el interés personal. Y el amor, en su forma más radical, lo realiza Dios muriendo en una cruz.

Es aquí, en la cruz –dice el Papa– donde puede contemplarse esta verdad, que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8).

Pero eso no ocurrió una vez, y ya está. Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía

Esto es la Misa: el amor de Dios que llega  extremo de aniquilarse por nosotros: la kénosis. Dios que se enfrenta consigo mismo, que se pone entre las cuerdas, por nuestro amor.

Y la Misa, como todas las cosas en la que participamos los hombres, podemos convertirla en una rutina: puede formar parte de nuestra rutina diaria, de nuestro plan de vida.

Y aunque haya rutinas buenas, también es verdad que no es sólo una cosa que hacemos nosotros.

La Misa es un rito, pero es mucho más. El Papa nos habla de la “mística” de la Eucaristía: la base de este sacramento es el abajarse de Dios hacia nosotros.
           
El mandamiento del amor, que hace Jesús el Jueves santo, sólo se puede entender a partir de la Eucaristía .

El Señor nos manda que amemos, y esto parece una cosa extraña: ¿se puede mandar amar?

Benedicto XVI remacha que Dios puede mandarnos que queramos porque nos no da:
el amor puede ser «mandado» porque antes es dado.

En el ámbito de la Última Cena, en la que el Señor anticipó su entrega, es cuando Él nos manda que nos queramos.

Y luego envía a sus discípulos a eso: a que vayamos y demos fruto de Amor de Dios y al próximo.

Precisamente se llama Santa Misa dice el Catecismo «porque la liturgia en la que se realiza el misterio de la salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana» (n.1332).

Los Santos —pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta dice el Papa— han adquirido su capacidad de amar al prójimo gracias a su encuentro con el Señor en la Eucaristía.

Asombro ante el Misterio

Como contrasta todo esto con la imagen que dan –no los santos– sino algunos buenos cristianos:

La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto (Camino, n. 529). 

530* ¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar?

Estos puntos 529 y 530 de Camino recogen convicciones muy profundas de Josemaría.

Indudablemente esto que escribió era fruto de  su experiencia y de su estudio.

Por eso, la pausa al celebrar la Misa, y la actitud de oración y de adoración en el Sacrificio del Altar fue  para San Josemaría un asunto vital.

En la tarde del día 21 de octubre de1938, estando en Burgos, fue con tres o cuatro miembros del Opus Dei a visitar la Cartuja de Miraflores.

Al volver, hicieron juntos un rato de lectura espiritual, además les dio una meditación y después tuvieron un rato de tertulia.

Lo que ahora nos interesa es aquella lectura que hicieron, que porque tiene relación con el punto de Camino que acabamos de leer: el 530.

Leyeron unas páginas de un libro que San Josemaría conocía muy bien, y que estaba manejando aquellos días.

Me refiero a la célebre Instrucción de sacerdotes, del cartujo del siglo XVI Antonio de Molina.

Eran los capítulos dedicados a la pausa y gravedad con que se ha de celebrar la Santa Misa, sin apresuramiento.

 «El libro y el tema –escribe Eduardo Alastrué en el Diario de ese día–, muy interesante: duración de la misa.

El autor desmenuza admirablemente la cuestión y quedamos perfectamente enterados, mejor dicho, confirmados en nuestra opinión de que el barullo, la prisa, el decir y hacer todo a medias, si son en las cosas corrientes un gran defecto, en el Santo Sacrificio son intolerables»

Las páginas del monje cartujo son, en efecto, piadosas, rigurosas y profundas. Así comienza el cap. 12:

«Es tan extremado y universal el abuso que hay en este tiempo acerca de decir la Misa acelerada y atropelladamente, que a los que lo miran con ánimos píos y religiosos les lastima mucho y quebranta el corazón».

Lo que el P. Molina veía como algo tan «universal» en el siglo XVII, era igualmente una cuestión pastoral en la época de San Josemaría.

Y así lo reflejó en este punto 530, escrito por aquellos días.

A Eduardo Alastrué, que participaba esos días en la Santa Misa que celebraba el Beato Josemaría, le impresionó, sin duda, esta lectura por lo que vivía a diario en aquellas celebraciones.

Al día siguiente, al anotar la actividad en el Diario del pequeño grupo, que acompañaba a San Josemaría, escribe: «Una meditación paseando, la Misa –de las que hubieran satisfecho al P. Molina– y el desayuno en las Teresianas...» (Diario de Burgos, 22-X-1938; Eduardo Alastrué).
           
Y es que como decía el Sto. Cura de Ars: «todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios» (Nodet, p.107).

La santa Misa, Obra de Dios, trabajo de Dios, así lo entendió San Josemaría, un trabajo que le rendía, pero que le era muy grato. Por eso escribió:

Es tanto el Amor de Dios por sus criaturas, y habría de ser tanta nuestra correspondencia que, al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes. FORJA 436.

A esa actitud de amor de los santos se contrapone nuestra rutina y nuestra acostumbramiento, en definitiva nuestra tibieza.

El Santo Cura de Ars, que tantos sacerdotes confesó, aseguraba que la tibieza en el sacerdocio se deba a no dar importancia a las distracciones durante la Santa Misa.

Las distracciones, que no deben asustarnos, sino corregirlas sin perder la paz: somos niños débiles delante de Dios.

San José, modelo de persona atenta, siempre con el alma a la escucha de la voluntad de Dios le decimos:

–¡Qué hombre tan afortunado fuiste!

–Te fue concedido no sólo ver y oír a Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también te fue concedido abrazarlo, besarlo, vestirlo, y cuidar de Él.

–Ruega por nosotros afortunado José, para que tratemos a Jesús en la Santa Misa con el cariño con el que asistía la Virgen.





sábado, 26 de enero de 2019

PODER VERSUS SERVICIO


 
La soberbia de la vida
Poder versus servicio
Llamar servicio al poder


LA SOBERBIA DE LA VIDA

Entibia el Amor

Al meditar sobre las tentaciones de Jesús y las nuestras, podríamos considerar que la peor de ellas, es la que va dirigida a entibiar el Amor. Sería la tentación contra la Caridad,  a la que san Juan  llama  soberbia de la vida.

La otras tentaciones importantes, como la concupiscencia de la carne, y la de los ojos, también nos conducen al lado oscuro, pero lo peor es la soberbia, el pecado propio de Satán –príncipe de los diablos–, que sumerge al hombre en abismos de sombra.

Un santo moderno calificaba a esa fuerza  como la más “deletérea”, la que más nos destruye interiormente y hace pedazos la unidad con otros.

Lo que separa

Precisamente la palabra “diablo”, significa lo que separa, y por eso el pecado de soberbia es “lo que desune” por que es consecuencia de la acción propia de los demonios.

Es la cáritas la que construye “puentes” entre los hombres, mientras que la soberbia, al querer elevarse por encima de los demás, construye muros de separación.

Ciertamente es así. Una poeta española contemporánea dice que si el diablo se hubiera enamorado no habrían existido las guerras, porque el amor lo perdona todo (cfr. Gloria Fuertes en La poesía no es un cuento).

Rodearse de súbditos
Satán carece de amor a los demás y se “rodea” de una corte de súbditos, no tiene amistades.

Codicia el poder y no lo delega en los demás, que para él son esclavos a los que “utiliza” como marionetas; se sirve de ellos, “no  sirve” a ellos.

Y a los que el Demonio “utiliza”  como aliados, no es que sean sus amigos, sino que están unidos por el odio, la envidia hacia Dios y a otras personas.

Por eso el ambiente donde “conviven” esos seres desgraciados es tétrico, están solos porque detestan la compañía, porque desconfían de todos, por eso alguien ha dicho que  “el infierno son los otros”.



PODER VERSUS SERVICIO

Competidores

Para los soberbios los demás son vistos como “instrumentos”, no son queridos por si mismos. Son considerados  competidores, que podría quitarles cuotas de poder; y por eso las cualidades ajenas entristecen, pues podrían conseguir que “los otros” subieran, por delante, en el escalafón.

Satanás, sembró en los primeros hombres, la semilla de su soberbia, queriendo que aspiraran a ser dioses, pero sin contar con Dios.

Cada uno a lo suyo

Y el Demonio, en forma de astuta serpiente, les incitó a desobedecer, a desoír la voz del Creador, y consiguió que utilizasen la libertad para querer ser “dueños” de su destino con el “poder”que habían recibido de Dios. El Diablo le engañó, haciéndole pensar: –Que ellos no necesitaban de Dios.  

No es nada nuevo, en la actualidad muchos viven como si Dios no existiera

De alguna forma los pecados más importantes tienen en común la codicia de poseer el poder. La Serpiente introdujo en Adán y Eva la sospecha. Juan Pablo II define a Satanás, como el maléfico genio de la sospecha.

El Diablo les insinuó algo así como que Dios no quería darle el don principal. Entonces les animó a tomar de esa fruta sabrosa, que es poder, el que no lo tiene lo persigue con avidez, y el que lo tiene no desea dejarlo.

Serviré

La codicia del poder se contrapone al servicio  a los demás. Satán también tentó a Jesús con “el poder”, pues se convenció –como dicen los Padres de la Iglesia– que no era Dios.

Pero lo que sabía es que era el Mesías y le propuso, que le adorase, porque si lo convertía en su dios, entonces le daría el gobierno sobre los pueblos de la tierra, porque después de ser desalojado del cielo, este era su reino, aquí dominaba él.

LLAMAR SERVICIO AL PODER

Ocultar la codicia

Esa tentación de detentar el poder es tan fuerte que “el que manda”, a veces, quiere “encubrirse” diciendo que el gobierno es un servicio.

Es tan fuerte el deseo de poder que los legisladores de los distintos países han creado “contrapesos”, para que no se dé la tiranía.

Por desgracia también en la actualidad estamos contemplando gobiernos corruptos que intentan perpetuarse en el poder.

Perpetuarse en el cargo

Es una tentación, que las legislaciones tratan de solucionar con la limitación del tiempo de los mandatos, porque los dictadores lo que persiguen es mantenerse en el cargo.

Es corriente que el poderoso que se perpetua en el tiempo, se rodee de personas que le aseguren en su sillón de mando.

Las camarilla de los gobernantes suelen estar compuesta de subalternos de perfil bajo, o de tecnócratas; pues suele ocurrir que el gobernante no quiere personas que le hagan sombra, sino que le obedezcan con sumisión.

Incluso busca a familiares, mujer e hijos para que les sea más fácil perpetuarse en el gobierno.

El que quiera ser grande

Pero entre los seguidores de Cristo no debe ocurrir así, y menos en el gobierno de la Iglesia.

La codicia por el poder no es cristiana, lo que Jesús enseñó es justamente lo contrario. El que quiera ser grande que ocupe el puesto de menos rango, que se haga el siervo de todos, que no busque mandar.

Teresa de Jesús con mucho tino decía que a los que los desean  gobernar en la Iglesia no están capacitados para ello. Ya el buscar el mando les corrompe en su vida cristiana.

Efectivamente algunos eclesiásticos pueden buscar mandar para intentar arreglar los asuntos que marchan mal.

Pero pensar eso es una ingenuidad, porque el que puede enderezar las cosas es Dios, y no utilizó para poner las bases de su Iglesia a sabios atenienses sino sino a pescadores de Galilea, así se ve más claro que la Iglesia la gobierna Él, mediante su Amor.

Que se representa como paloma, en el transparente de la Basílica de San Pedro, o está en María, su Esposa, Madre de la Iglesia, que se da a ella misma el título de Esclava del Señor, porque lo era.


sábado, 19 de enero de 2019

EL HORMIGÓN ARMADO



 LA UNIDAD PROCEDE DE DIOS 

Zancadillas, puñaladas por las espalda, palos en las rueda, críticas, comentarios con segundas intenciones, desaires, malas caras...

Alguno habrá pensado que estoy hablando de su departamento en la Universidad, de la oficina en la que trabaja, o de su partido político.

No sé que veracidad histórica tendrá la anécdota atribuida a Winston Churchill, cuando enseñaba el parlamento a uno de sus hijos. Le mostró la bancada del gobierno y el chico dijo que entonces “en frente” se sentaban sus “enemigos”, y con sorna británica le contestó el primer ministro que no “exactamente”. Los de enfrente eran los de la oposición, sus enemigos se sentaban detrás de él, eran los de su propio partido.

Así es la vida. Estamos viendo continuas disensiones, rupturas matrimoniales, terapias de pareja, faltas de entendimiento entre marido y mujer, o entre los cuñados y la familia política, quebraderos de cabeza por las herencias, en fin, un largo etc.

Jesús no querría que en su Iglesia sucediera algo así. Y esa unión entre sus discípulos sería visto como un milagro, una señal. Como decían de los primeros: –Mirad como se aman.

Por eso en su oración de la Última Cena pide por la unidad de los cristianos.

La mirada de Jesús no solo se dirige a los que estaban allí, sino a a todos los que crean en mí (Jn 17, 20), según mencionó expresamente.

En la larga oración de la Última Cena pediría por la unidad en cuatro ocasiones, en una de ellas dice: Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros (Jn 17, 11).

Según los filósofos la unidad –en cierta forma– es algo que no se puede “definir”, por tratarse de una “idea primaria”. Se podría “describir”, abordar desde diversos ángulos, pero no otra cosa.

Hace unos meses que oficié la boda de un amigo ingeniero de caminos. Y al empezar la homilía pedí perdón a los asistentes, pues lo más poético que se me ocurría era comparar al matrimonio con el hormigón armado.

Como sabéis por Wikipedia el hormigón es un elemento estructural que resiste mal la tracción. 

El hormigón resiste mal la tensión. Cuando se le estirara se vuelve muy vulnerable. Y esto es lo que nos sucede a los varones, que parecemos fuertes pero con frecuencia nos venimos abajo. Por eso necesita a “la Acero”.

San Pablo si hubiera escrito su famosa carta a un ingeniero diría que el hormigón “enamorado” no acaba nunca (cfr. Ef  2a. 25-32).

Pues la unidad de los cristianos nos la concede el Amor de Dios, nada menos que el Espíritu Santo. Y Jesús nos conseguiría ese Regalo con su sacrificio en la Cruz.

Recuerdo que cuando mi madre se iba de casa por las tardes, estábamos esperándola, para acusar al hermano que se había peleado con nosotros.

Unas veces era porque “la mayor es la peor”, otras veces porque utilizábamos algo que “papá ha dicho que es de todos”, y alguno se lo quería apropiar como suyo.

Ahora, en estos tiempos, los hermanos además de por el sitio, se suelen pelear por el mando; me refiero al del televisor, o porque “ya va siendo hora de que me dejes la play”.

Así que lo primero que mi madre se decía nada más volver: –Mira, que no me puedo ir de casa...

Pero Jesús siempre estará con nosotros en la Eucaristía, que es el memorial de su muerte y su resurrección. Por eso la Comunión entre los cristianos de todos los tiempos está asegurada.

PEDIR LA UNIDAD 

Aunque más que teorizar sobre la unidad, lo que nos interesa a los cristianos es pedirla y esto es lo que hacemos ahora, como nuestro Señor entonces: Que sean uno, como nosotros somos uno; para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado (Jn 17, 21).

Por eso resultaría contradictorio con la Caridad, que los cristianos promoviéramos discordias. Y más si esas disensiones se dieran entre los mismos seguidores del Señor.

Y el colmo del absurdo sería que la desunión se diera entre nosotros “por motivos religiosos”.

Lo penoso es que esto ha sucedido en la historia. Los cristianos nos hemos enfrentado, y estuvimos enredados en discusiones bizantinas, y disputas teológicas que se hubieran evitado, con una buena dosis de tacto y menos orgullo.

Es cierto podrían haber hecho las cosas mejor, pero no obstante  tiene arreglo...

Lo que sucede es que la división “visible” de la Iglesia daña seriamente a la credibilidad del mensaje.

Por eso es triste, también, que personas entregadas a Dios no se hablen, ni  se saludan, solo se “aguanten”.

Qué poca autenticidad demostraríamos si nos portásemos así con los que tenemos cerca. Es que habríamos perdido la cabeza o la visión sobrenatural...

La pregunta sería: ¿Cómo pueden hablar del amor de Dios, gente que no se quieren? Comportándose así ellos mismos se desautorizan.

Es cierto que, en el caso de los apóstoles, tenían una especial responsabilidad de conservar la unidad de espíritu, transmitirla, y defenderla.

En la carta a los Filipenses (2, 1-4) san Pablo escribe: Si queréis darme el consuelo de Cristo... dadme esta gran alegría: manteneos unidos y concordes.

Seguro que san Pablo rezaría para que todos los cristianos se llevasen bien, porque  en sus cartas manifestaba fortaleza y cariño. Lo que nos hace pensar que los primeros seguidores de Jesús tenían las mismas dificultades que nosotros...

O incluso mayores, porque no he leído ninguna carta pastoral de un obispo reciente que escriba con tanta claridad y dureza como lo hacía san Pablo.

Seguramente hoy no hace falta porque es más difícil desviarse de la doctrina de Jesucristo, que en los primeros tiempos. Aunque la santidad siempre será tan difícil y tan asequible como entonces.

ESFUERZOS POR LA UNIDAD VISIBLE

Pero además de rezar, los últimos romanos pontífices van poniendo medios que facilitan la unidad visible.

Efectivamente, la Iglesia es el mismo Cuerpo de Cristo, Él es nuestra Cabeza, no es ninguna metáfora, o somos de Jesús o estamos contra Jesús.

Es cierto que hay mucha gente buena que “de hecho” pertenece al número de los que se salvan. Pero no es menos importante que también lo tendría que ser  “de derecho”.

Es una pena que los hermanos estén desunidos, y más penoso que estén separados los que viven con nosotros.

Si nos preocupamos de los cercanos, de los que vemos todos los días en el desayuno, en el trabajo, o en el gimnasio, estamos haciendo una buena labor de “ecumenismo”.

Tendrían que decir como de los primeros cristianos, que eran considerados como una “secta”, pero que no podían disimular su unidad visible: mirad como se aman.

El cariño que vemos en las instituciones de la Iglesia, en las parroquias, en las Curias tendría que ser una cosa tangible.

No tendría sentido que se predicara la unidad y nos enteráramos de que los sacerdotes nos criticamos entre nosotros.

O que los obispos luchasen por el poder dentro de las conferencias episcopales, como nos cuenta el evangelio que de alguna manera similar hacían los apóstoles antes de su conversión.

Cuando un compañero habla bien de un compañero, cuando un eclesiástico habla bien de otro eclesiástico, cuando los laicos hablan bien de sus hermanos sacerdotes, estamos realmente haciendo visible la unidad.

Ahora en la política se habla de “coser  partidos”, de integrar, porque en las sociedades humanas no siempre se vive la unidad.

Los cristianos creemos en la “comunión de los santos”, la unión de todos los miembros de la Iglesia. Estamos comunicados gracias a la común-unión con el Señor. Por eso al recibir a Jesús en la Eucaristía estamos fomentando la unión con todos, y se nota.

Cuando Jesús pidió en su oración la unidad de los cristianos, parece que lo hace para que al ver ese “espectáculo” el mundo crea.

Es como si explicase que la unidad fuera un “asunto milagroso”. Nada más que hay que observar a nuestro alrededor: vemos continuos roces, peleas, discusiones, malestar.

Ocurre en el trabajo, en la vida pública,  desgraciadamente también en el día a día de las familias.

La petición que hace Jesús es para por el para que el mundo crea, para que se reconozca que Él ha sido enviado por el Padre.

San Pablo escribe a los de Éfeso (4, 6) que el cariño fraterno no es solo una cosa humana. Como hemos repetido, la Eucaristía contribuye a esa fraternidad especial.

Si somos almas eucarísticas viviremos la unidad entre los distintos miembros de la Iglesia, porque ese Pan del cielo fortalece a todo  Cuerpo, lo mismo que el alimento da la fuerza corporal.

Precisamente en el Capítulo 10 de la Carta a los Corintios se habla de un solo Pan, de un solo Cuerpo del que nosotros somos sus distintos miembros, por eso una característica de la unidad es la pluralidad, no la uniformidad, porque en la Iglesia de Cristo  hay diversidad de funciones.

Jesús habla de la unidad como una condición de eficacia: para que el mundo crea. Y esto no representa un aspecto pragmático, sino sobrenatural.

Este tipo unidad en la diversidad ha de aparecer como algo que no existe en ninguna otra parte en el mundo; como “algo inexplicable” y que, por eso, deja ver la acción de una “fuerza” que nos es humana.

Jesús pidió por una unión que sólo es posible contando con nuestro Creador y que por ser especial, muestra  la presencia del mismo Dios.

Por eso,  el esfuerzo por una unidad visible de los cristianos siguen siendo una tarea urgente para todos los tiempo y todos los lugares. No basta la unidad invisible.

La unidad de la Iglesia se basa, precisamente, en la fe de Pedro, la que profesó en nombre de los Doce en la sinagoga de Cafarnaún.

Fue el momento en el que muchos discípulos abandonaron al Señor porque Jesús explicó, de forma inequívoca, que se nos entregaría como alimento, y a la mayoría les pareció muy duro este misterio.

Por eso no olvidemos que no es una casualidad que la fe de Pedro tuvo que ver con la Eucaristía.

Fue entonces cuando Simón dijo claramente: Nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo, consagrado por Dios (Jn 6, 69).

Ya se ve que el Papa –desde el primero hasta el último– es garantía de esta unidad sobrenatural. Es la suerte que tenemos los Católicos Romanos, contar con sus enseñanzas y su gobierno. 


sábado, 12 de enero de 2019

16. EL DIÁLOGO


La oración de Jesús y de los santos
Un ligero susurro
Arma poderosa

LA ORACIÓN DE JESÚS Y DE LOS SANTOS

El Enemigo del Hombre, tienta al Señor en un momento de oración. Era la oración del Hombre perfecto, por eso intervienen también los sentidos. Los ángeles no pueden rezar con
el cuerpo, son seres espirituales, pero el hombre se dirige a Dios con una mirada, con una postura, con una sonrisa, con lágrimas...

El Enemigo, en persona, se presenta en el desierto, ante Jesús, como ya hizo con el primer hombre en un jardín, tentándole en su punto más débil. Pero el Mesías resistió con la oración, con la fortaleza de Dios.

Ya volverá Satán, en el momento de las tinieblas, para vengarse de Jesús por no haber querido adorarle, sino adaptarse a la voluntad de su Padre.

Y cómo obedecer a Dios puede resultar costoso para un hombre, nuestro Creador nos regala el arma de la oración. Con ella nos unimos a nuestro Padre: somos capaces de decir, fiat, hágase. Así hizo la Virgen, ante un Ángel, porque Ella es la Eva, que comenzará una nueva historia.

Así dijo Jesús, el nuevo Adán, en el Huerto de los olivos, también junto a los árboles. Oraba: Pater mi (Mt 26, 39) Abba, Pater, fiat... Padre, si es tu voluntad... hágase (Mc 14, 36).

No es de extrañar que los hombres santos se quejaran al hablar con Dios. Por eso nuestra oración puede ser, a veces de queja, como la que salió de Elías a la sombra del árbol: Basta, Señor. Lleva ya mi alma; porque no soy mejor que mis padres (1 R, 19, 4).

En el caso del Mayor de los Profetas, después de un día de triunfo, le siguió otro de depresión. Se encontraba tan deprimido que se sintió aburrido de su vocación y de su misma vida.

Llega al monte Horeb, y allí oye en su corazón que Dios le pregunta: ¿Qué haces aquí, Elías? (1 R 19, 9).

Y él contesta: He sentido vivo celo por Yahveh… porque los hijos de Israel han roto la alianza... han matado a tus profetas, de los que solo he quedado yo... y me buscan para quitarme la vida (1 R 19, 10).

Y el mismo Dios no respondió directamente a la oración del Profeta, sino que le envió señales externas.

Elías sintió un huracán que agitaba los montes; pero no estaba Yahveh en el huracán. Y, después, sintió un terremoto, pero no estaba Yahveh en el terremoto. Más tarde vino un fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Tras el fuego vino un ligero susurro.

Cuando lo oyó Elías, se cubrió con el manto y, saliendo, se puso en pie a la entrada de la cueva. Y entonces el mismo Dios le dijo lo que tenía que hacer.

Y, en esa conversación, Dios le hizo ver que sus puntos de vista eran equivocados. Había mucho de personal y, por tanto, de falso en su visión de las cosas ¡Y eso que fue el más favorecido de los profetas! (cfr. capítulo correspondiente sobre la figura de Elías y Juan el Bautista en la obra de Ronald Knox, Ejercicios para sacerdotes, Madrid 1957).

Jesús dijo que Juan el Bautista era el nuevo Elías (cfr, Mt 11, 14). También Juan, lo mismo que Elías, pensaba que el pueblo de Israel tenía una gran importancia. Fue enviado para predicar la conversión de ese pueblo, diciendo que el Reino de Dios estaba cerca.

La misión de Juan el Bautista tuvo un clamoroso éxito mediático. Miles de personas le siguieron al desierto. Pero se equivocó al creer que ese Reino iba a ser el triunfo visible de los judíos sobre todos sus enemigos.

Él pensaba que para la conversión de la nación judía era de suma importancia que el cambio se produjera también en los gobernantes, porque eran los más influyentes políticamente hablando. Para eso, era muy importante que el rey Herodes se convirtiera.

Y precisamente el que tenía que trabajar en su conversión era él, que era aclamado por todo el mundo como profeta. Y, precisamente por eso, tenía una autoridad moral fuera de lo común. Lo intentó. La realidad es que Juan el Bautista acabó encerrado en un calabozo.

No es extraño que Juan se desconcertara, y que mandase preguntar al Señor qué significaba todo lo que estaba ocurriendo. Por eso pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? (Mt 11, 3).

Igual tendríamos que hacer nosotros si estamos desconcertados: ir al Señor y preguntarle en la oración.

Y al pueblo judío, que el Bautista pensaba que triunfaría en el mundo, le ocurrió que lo invadieron sus enemigos. Cuarenta años después, vino Vespasiano, gobernador de Siria, y los 
arrasó.

Lo mismo que ocurrió en la época de Elías, en que también el pueblo de Israel fue conquistado por la autoridad siria.

Pero, aunque lo que pensaba Juan el Bautista fracasó, Dios preparaba entre el pueblo de Israel un pequeño grupo fiel, que había de formar el núcleo de la Iglesia Universal.

Lo que la historia de estos santos nos enseña es que es muy difícil saber lo que nos conviene. Esta es la tragedia de nuestra oración.

UN LIGERO SUSURRO

No es que Dios no quiera hacernos caso, sino que, a veces, pedimos cosas que no son buenas o que, siendo buenas, no nos hacen bien.

Porque todo lo que oramos el Señor lo utiliza y, a veces, para sacar adelante otras cosas completamente diferentes de las que nosotros nos habíamos propuesto.

Por eso, lo importante de la oración no es intentar doblegar la voluntad de Dios a la nuestra, sino la nuestra a la de Dios. Hay gente que ve la oración como una cosa mágica. Dicen unas palabras y quieren que los suspensos se convierten en aprobados, los malos ratos en buenos.

Quieren coger su varita mágica, y que el sapo gelatinoso y verde se convierta en príncipe azul. Por eso, antes en los libros de texto, algunos ponían:

–Virgen santa, Virgen pura haz que yo apruebe esta asignatura.

–Santo Tomás… que apruebe las demás.

Pero la oración no es un abracadabra, no es una fórmula infalible que se dice para transformar la realidad. No, a la oración vamos a conocer los planes de Dios y que Él nos dé las fuerzas para llevarlos a cabo.

Por eso le damos gracias por las inspiraciones que nos hacen conocer su voluntad, y los propósitos que nos ayudan a realizarla.

Y, de vez en cuando, también nos da afectos, que son los caramelos que el Señor nos regala para hacernos más fácil la cosa.

Señor, que mi voluntad se ablande para que acepte lo que Tú quieres.

Estando Elías en la oración, en el monte Horeb, exteriormente hubo cambios en la naturaleza.

También nos pasa a nosotros que hay como un desfile de cosas, pero suceden en nuestro interior.

En el caso Elías, fue un desfile de los elementos de la Naturaleza. Y todos tienen su significado. Esas fuerzas naturales –el huracán, el terremoto, el fuego– significan algo.

Representan las distintas emociones que se agitaban en el corazón del profeta cuando luchaba en su oración.

Lleno del celo por Dios, Elías pretendía forzar las puertas del cielo con una oración apasionada. Apasionada como los elementos más fuertes de la Naturaleza.

Pero el Señor no está ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego. Su voz se deja oír en aquel ligero susurro. La voluntad de Dios se descubre, muchas veces, de esa manera, sin violencia. Así actúa frecuentemente con las personas muy santas, exigiéndole mucha fe; ese fue el caso de la Madre del Mesías.

Nuestra Madre, María, estaba acostumbrada a escuchar los susurros de Dios, porque nuestro Señor habla bajito. Ella es la Mujer del silencio y de la escucha.

A ella le pedimos que nuestras quejas se conviertan en la oración confiada de un niño.

Y como en el caso de Elías nos dice come, que el camino es superior a tus fuerzas (1 R 19, 7).

Precisamente en los momentos de oración después de comulgar –en los que tenemos al Señor dentro– ahí vamos a recibir hoy la fuerza.
El Señor una vez más nos dice: Yo soy el pan de vida (Jn 6,35).

ARMA PODEROSA

Queremos contemplar la luz de tu rostro. Tu rostro, Señor, es lo que busco; no me ocultes tu rostro (Sal 27, 8-9).

Sobre la contemplación del Señor quien más sabe, sin ninguna duda, es su Madre, María. La Virgen es nuestro mejor modelo.

Por eso le pedimos también ayuda a Ella:
–Madre mía, ayúdanos a mirar la vida de Jesús con tus ojos.

Nadie como María se ha dedicado tanto tiempo a contemplar a Jesús. Desde la Encarnación comenzó a imaginárselo, durante los nueve meses de espera, a pensar cómo iba a ser el rostro de ese Niño tan especial.

Cuando finalmente nació en Belén lo pudo examinar, como hacen las madres, sin prisas, con tranquilidad, mientras lo envolvía en pañales y lo acostaba en el pesebre que hacía de cuna.

Desde que nació Jesús, los ojos de María no hicieron otra cosa que mirarle, se le iban siempre hacia Él. Durante los años que vivió en la tierra lo miró de muchas maneras, dependiendo del momento.

Lo miró con una mirada interrogativa al preguntarle por qué les había hecho sufrir a su padre y a ella, cuando desapareció durante tres días sin decir nada.

Lo miró con ojos penetrantes, profundos, capaz de leer los sentimientos de Jesús, durante la celebración de la boda en Caná.

Con una mirada dolorosa, sobre todo en el Calvario al ver a su Hijo clavado en una Cruz.

Y en el día de Pascua sus ojos se volverán radiantes, al ver el cuerpo glorioso de su Hijo.

Madre nuestra, enséñanos a mirar al Señor.

Ella vivió con los ojos puestos en Jesús. Sus recuerdos se alimentaban de su imagen física y de las palabras que salieron de su boca, por eso dice la Escritura que conservaba todas estas cosas en su corazón (1 Lc 2, 51).

Los recuerdos se le agolpaban en su interior. Le acompañaron durante toda su vida y los repasaba mentalmente, se entretenía mucho meditando.

El rosario es como inscribirse en la Escuela de María. Es como ver a Jesús con los ojos de ella. Por eso el rosario no es un conjunto de cuentas, sino de meditaciones.

La Virgen contemplando muchas veces estos misterios, y ahora desde el cielo, cada uno de esos pasos del Evangelio, siguen siendo el motivo de alegría.

Ella como la primera discípula de Jesús tiene un empeño grande en presentarnos el rostro del Maestro.

Hace lo mismo que hizo en el Portal de Belén, cuando con su mirada indicaba a los pastores y los Reyes de Oriente dónde estaba el Niño. Visto así ¡qué distinto se nos presenta rezar el rosario…!

Por eso san Josemaría recomendaba que, cuando lo rezáramos, hiciésemos un parón de unos segundos antes de rezar las avemarías. Para que fuese más fácil contemplar la escena. Y así seguir meditándolo mientras desgranamos las avemarías.

Rezar el rosario sin contemplaciones, es hacerlo deprisa, queriendo quitárselo de encima.

Se convertiría, como dijo el Papa Pablo VI, en un cuerpo sin alma. Por eso Jesús mismo nos advirtió: Cuando recéis no digáis palabras inútiles, como los paganos, que se figuran van a ser oídos por su abundancia de palabras (Mt 6, 7).

–Madre nuestra, danos la gracia de aprovechar bien tu escuela.

Debemos poner esfuerzo porque el rosario, por su naturaleza, tiene un ritmo pausado y tranquilo que ayuda a la contemplación o a la dormición dependiendo del amor que pongamos.

En una conocida visión que tuvo san Bernardo mientras rezaba junto a otros en el coro, observó al lado de cada monje un ángel que escribía.

Unos ángeles escribían con oro, otros lo hacían con plata, otros con tinta, otros con agua y otros estaban al lado del monje correspondiente sin escribir nada.

El Señor le hizo entender que las oraciones escritas con oro eran las rezadas con el fervor del amor. Las de plata las que se hacían con devoción. Las de tinta eran las oraciones que el monje rezaba con empeño en las palabras pero sin devoción, y las de agua eran las que se rezaban sin atención.

Los ángeles que no escribían nada eran los de los monjes que voluntariamente se distraían.

Podemos pensar que un ángel anota en un libro nuestros rosarios...

Vamos a terminar:

–Madre nuestra, ayúdanos a ser buenos alumnos de tu escuela. Empuñando el arma, con la que el Papa quiso que los cristianos venciéramos en la más alta ocasión que vieron los
siglos pasados...

María, tú eres el Auxilio de los cristianos en la lucha contra el lado oscuro:

Ruega por nosotros ¡ahora! Y cuando debamos comenzar a ser eternos...

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías