domingo, 9 de diciembre de 2018

12. DESEO DE SER GRANDE


Esencia de hombre
Deseo de ser grande
Hacerse pequeño

ESENCIA DE HOMBRE

En una ocasión una niña me dejó un cuento que ella misma había escrito. Relataba la historia de una hechicera, llamada Micaela, que buscaba una perla muy costosa para poder venderla y conseguir con ese dinero una varita mágica –nada menos que la número 4000– con la que podría dominar el mundo.

Y es que la magia se ha puesto de moda, con los libros de Harry Potter. Quizá lo que atrae a la imaginación de los niños es tener poderes. Eso que con ingenuidad desean los pequeños, de alguna manera, le propone Satanás al Mesías: tener el Poder con mayúsculas. Porque teniéndolo le llegaría todo lo demás.

Como ángel que es, Satanás, conoce la naturaleza humana, y promete al Mesías que le ayudaría a dominar a todos los pueblos del mundo, con la condición de que le adore.

La negativa de Jesús es fuerte y el demonio se va (cfr. Lc 4,13). Esto es lo que sucede también con nuestras tentaciones: si le plantamos cara, el demonio huye. No quiere decir que no vaya a volver, pero en ese momento se va con el rabo entre las patas.

Ante el corte que le dio Jesús, se desconoce si Satanás comentó algo. Desde luego la Sagrada Escritura no lo ha recogido. Aunque, por lo que hizo más tarde, podríamos concluir que pensaría: –Ya te arrepentirás, ya te arrepentirás...

Lo mismo podría pasar cuando se nos presenta una tentación y la cortamos diciendo: –No me quiero enfadar... No quiero mirar... No quiero pasar por tu aro. Entonces el Maligno nos insinúa: –Ya te arrepentirás... Has perdido una ocasión única.

En el caso de Jesús, Satanás pensaría:
Por no hacerme caso voy a conseguir que te destruyan... Conozco perfectamente vuestros puntos débiles... Conozco la esencia del hombre, y así que te aniquilaré.

DESEO DE SER GRANDE

Precisamente Sigmund Freud, el famoso psiquiatra del siglo XX, decía que uno de los dos motivos por el que el ser humano actúa es por el deseo de ser importante (cit. por Carnegie, Ibidem).

Pero, quizá en nuestro caso, no es un deseo de ser grande ante el mundo sino ante nosotros mismos.

También el ser estimados y valorados por la gente de nuestro entorno, del trabajo, nos llena de satisfacción. Lo mismo que cuando pasamos a ocupar un cargo de cierta responsabilidad y cuentan con nuestra opinión. Y al contrario sucede cuando ya no nos estiman y pasan de nosotros.

Pues miremos a Jesús y observemos lo que dice: la estima de los demás es una cosa buena, tener influencia y buscar el liderazgo es muy humano, pero... perseguirlo a toda costa no.

Seguramente en nuestra vida nos hemos encontrado con personas que pretenden caerle bien a todo el mundo. Tienen temor a desagradar y por eso te dicen lo que quieres oír. Utilizan su empatía para causar siempre buena impresión en los otros.

Desde luego a nadie le amarga un dulce. Preferible es un halago que una contestación fría y distante. Lo peligroso es que por no desagradar a alguien se acabe faltando a la verdad, que por buscar el aprecio de los demás, pactemos con la mentira. Que intentemos a toda costa salir siempre a flote de todas las situaciones, aunque sea a costa de Dios.

Quizá se podría decir que –al estar hechos a imagen y semejanza del Creador– en nuestro corazón hay una semilla divina que nos lleva a aspirar a cosas grandes.

Pero en el soberbio esa semilla se malicia, se estropea. El orgullo, introducido por Satanás, hace que se corrompa ese germen de Dios.

HACERSE PEQUEÑO

Contra esa aspiración de ser importante, que se vuelve enfermiza, hay un antídoto: el Amor con mayúsculas.

Esta es la medicina para curar la herida del orgullo: hacerse como un niño que se deja llevar por su Padre.

San Josemaría en el prólogo de uno de sus libros, en el que nos habla de los misterios de la vida de Jesús, nos da la pista para seguir al Maestro:
si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.
Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños..., rezar como rezan los niños” (Santo Rosario).

Amar, abandonarse, rezar como un niño. Y el Amor de Jesús, su abandono, el amor y su oración en un momento en que las sombras del maligno están presentes. En el huerto de los olivos Jesús en su oración no deja de repetir una y otra vez: Abba, Papaito... (Mc 26, 39).

Jesús como buen hijo, quería cumplir la costosa voluntad de su Padre. Porque la obediencia es la virtud de un buen hijo (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2226).

Por eso, el Hijo de Dios vivo asumió la muerte “en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre” (Ibidem, n. 1009).

Y la soberbia, en cambio, lleva a querer hacer nuestra voluntad, por encima de la de Dios.

Lo contrario del Amor es el egoísmo, que nos coloca en el centro y pretende que Dios y los demás seres giren en nuestro entorno, como si todos ellos fuesen una especie de planetas que deben ser iluminados por nosotros.

Así, todos serían considerados como servidores nuestros. Y como venimos repitiendo, Dios sería el más importante. Por eso hay quienes se enfadan cuando rezan y no salen las cosas: piensan que su Padre del cielo no les ha hecho caso. Es el orgullo el que lleva a querer ser grande de una forma desmedida.

Y el pecado como escribió san Agustín es precisamente “amor de sí hasta desprecio de Dios”. Y concreta el catecismo: “es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1850).

Por eso en nuestra oración podemos decirle al Señor: –Si tú lo quieres, yo también lo quiero.

El respeto filial se expresa en la docilidad y la obediencia verdaderas” (cfr. Ibidem, n. 2216). Solo así se explica que el cumplimiento tan costoso de la voluntad de su Padre fue su máxima expresión de amor por Él.

En el huerto, vemos a Jesús, llorando como un niño, desprendido de su poder humano, pero orando...

Sus horas de oración, antes de padecer, le sirvieron para adaptarse al querer de su Padre, que humanamente tanto le costaba, cuando el poder de las tinieblas se hace muy patente en su alma humana.

La grandeza humana, que le correspondía como Mesías, iba a ser pisoteada hasta extremos nunca vistos. Para eso hacía oración.

Para eso hacemos oración los cristianos cuando nos cuesta cumplir lo que Dios nos pide. Le decimos igual que Jesús:

Si fuese posible, aparta de mí este cáliz de dolor, pero de todas formas hágase Tu voluntad.

Jesús asumió la humillación que tendríamos que haber recibido nosotros y obedeció al querer de su Padre; nos muestra así el amor que Dios nos tiene, que no solo se compadece, sino que va más allá: su amor se hace misericordia, y por eso es capaz de llevar nuestra miseria. Dios, que se hace Hombre,
para padecer en nuestro lugar.

Aunque ver a Jesús, enclavado en un madero, sea lo más opuesto a un triunfo humano, sin embargo es allí donde recibió su glorificación.

Porque Jesús reinó en la cruz con la mayor muestra del Amor, gracias a la obediencia a la voluntad de su Padre.

Es la obediencia al Amor de Dios la que hace de medicina que sana nuestro orgullo. Y obediencia viene de audiencia. Escuchar. Ponerse en el lugar del otro. Jesús, al morir en la cruz, no solo escuchó a su Padre, sino que refleja su amor. Por eso cuando a nosotros nos cuesta cumplir la voluntad de Dios hemos de mirar al crucifijo.

sábado, 1 de diciembre de 2018

11. LA ERÓTICA DEL PODER


La erótica de poder
El Señor de los anillos
Las dos torres


LA ERÓTICA DEL PODER

Satanás en su intento de ser como Dios pretende dominarlo todo, pero en lugar de gobernar con la verdad, lo hace con el engaño que oculta su codicia posesiva.

Es mentiroso y promete cosas que no puede dar. Promete la felicidad, pero solo sabe imitarla con algún sucedáneo que produce placer. Y, a veces, los placeres que propone son artificiales, porque lo natural proviene de Dios.

Como vimos anteriormente, promete el amor pero lo que da es sexo egoísta. Ya dijimos que la sexualidad es un bien, pero el quiere que la separemos de la realidad del amor verdadero, que no la veamos en su conjunto. Y así actúa también en otras cuestiones, intentando engañarnos con verdades a medias.

Ya el primer Adán, engañado por el diablo, tomó la apetecible fruta. Pensó que comiendo de ella sería como Dios. Ahora Jesús, el nuevo Adán, es tentado con el poder. Se le insinúa que así sería igual a Dios, que dispone de todo, domina en todo...

Pero Satanás le quiere hacer ver que en la Tierra, quien gobierna es él; presentándose como el verdadero rey de este mundo, que dejó el Cielo para poseer la Tierra. Y si alguien quiere hacer algo que valga la pena tiene que ser práctico y ponerse a sus órdenes.

En la última tentación Satanás ya no cita la Sagrada Escritura, sino que se quita definitivamente la careta: quiere ponerse en el lugar de Dios, y que Jesús no haga la voluntad de su Padre, sino lo que él le dice. Y le hace la propuesta más ventajosa que podría satisfacer la codicia del Mesías: Le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras (Mt 4, 1-11).

Como si le dijese: –Si me pones en el centro de tu vida haré que seas Rey de reyes.

Así Satanás intenta descubrirle a Jesús la erótica del poder. Pero el verdadero amor no consiste en apropiarse, codiciosamente, de los demás, sino más bien al contrario hacer partícipes a los demás de nuestros bienes.

Es difícil que una persona que mande quiera dejar el poder. Por eso en muchas constituciones nacionales hay límites de mandatos y contrapesos, como la llamada división de poderes, para evitar que una persona se apegue al cargo o que actúe dictatorialmente.

Incluso en las empresas hay personas acaparadoras que intentan controlarlo todo y, muchas veces sin proponérselo, quieren hacerse imprescindibles. Es fácil que en algunos ámbitos los que gobiernan quieran, no solo permanecer en su sillón de mando, sino tomar todas las decisiones importantes.

En una dedicatoria, el autor de un libro sobre cuestiones de gobierno, decía: Para mis colegas, que tienen el poder y lo transmiten.

Un mal gobernante cuando tiene el poder, no quiere entregarlo a nadie: pues existe una tentación permanente de tiranía en la naturaleza humana. Después de la caída original hay una ruptura entre nosotros y los demás.

El enemigo ha introducido la sospecha con respecto a los otros. Es muy de Satanás, pensar que si los demás tienen el poder, lo utilizarán en su contra. Por eso el demonio no tiene colaboradores, tiene esclavos.

La cultura del mal piensa: “lo bueno para los demás es malo para mí”. De ahí nace la envidia por el bien ajeno. Los demás son vistos como competidores.

Sin embargo la cultura del amor, la cultura de la entrega, es totalmente opuesta. Dios entrega el poder a las criaturas, no tiene ningún miedo a dar. Porque el bien de los demás es también el bien de Dios.

Por eso, en el gobierno, una característica del buen hacer es delegar. Para un cristiano, mandar no consiste en apropiarse de la voluntad de los demás. Porque el que ama no busca apropiarse sino dar. Y el gobierno tiene que ver mucho con el amor. Gobernar bien es delegar, compartir el poder.

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

Satán imita a Dios, y le ofrece a Jesús su poder para que él gobierne en los pueblos de la Tierra. Es gracioso escuchar a Satanás que va a dar algo. Se ve que es un mentiroso pues lo que persigue es poseer. Y para eso tantas veces emplea el anzuelo del poder.

Pretendía que Jesús fuera su títere, porque era un hombre importante, al que promete que ayudaría, claro, pero a cambio de que le adorase, que en la práctica le pusiera por encima de todas las cosas: ocupando así Satán el lugar de Dios.

Y Jesús no dialoga, como siempre le corta en seco, le cierra de un portazo su alma humana. O mejor dicho, se la abre un poco, lo imprescindible para espantarle, diciéndole: Apártate Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto (Mt 4, 10).

Pues Dios no busca nada a cambio, es generoso. No quiere títeres, sino hijos libres. Porque la libertad es el don más grande que ha dado a los hombres en el terreno de lo humano, y el enemigo lo sabe y la quiere arrebatar.

Satanás no tiene hijos, tiene siervos, a los que pervierte haciéndoles probar la erótica del poder y así hacerlos dependientes de esa droga, que es un sucedáneo del amor.

El amor verdadero comparte; en cambio, el poder corrupto es instrumento de posesión. Porque el Señor oscuro lo que pretende es que todo dependa de su voluntad, no comparte sino que controla.

Satán no es un altruista sino un Genio Maléfico que busca tenernos bajo su influencia.

La soberbia de la vida es querer gobernar a todo el mundo. Como aquello que decía la novela:

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”. Precisamente lo que ofrece Satán a Jesús es como ese “anillo único”, para que con él posea todos los reinos de la Tierra.

El demonio, al desconocer que Jesús era Dios, ignoraba que ya poseía ese “poder”. Y el Mesías, al ser crucificado voluntariamente en el monte Calvario, podría decirse que su “anillo” lo destruye en el “monte del Destino”, donde es conducido, siguiendo el símil de la novela de Tolkien.

Jesús, por Amor, no utiliza su poder. Y así despoja a Satanás del arma con el que tenía esclavizado a los hombres, por amor propio exorbitado, por soberbia.

San Agustín dice, en su magistral obra, que dos amores levantaron dos ciudades. Siguiendo esa comparación podríamos decir que esos mismos “poderes” levantaron dos torres.

LAS DOS TORRES

El Amor lleva a no utilizar el poder en beneficio propio. La soberbia, en cambio, lleva a servirse de los demás como si fuesen marionetas, y lleva a la búsqueda del poder a toda costa, a querer ser Dios.

El enemigo del hombre pretende hacernos creer que si le adoramos, si le obedecemos, entonces nos hará poseer los reinos de la tierra. En el siglo XX dos ideologías en clara oposición al Cristianismo quisieron colocar al hombre en el lugar de Dios.

Lo mismo que en la antigüedad los hombres quisieron hacer una torre que desafiara el cielo, haciendo ver la potencia que poseía el hombre. También en el siglo XX el marxismo quiso construir el paraíso en la tierra de espaldas a Dios. Y el reino de la mentira dominó durante décadas en los países comunistas del telón de acero, exterminando a millones de personas con sus purgas y su revolución cultural.

Casi al mismo tiempo el poder nazi quiso construir un imperio en el que la raza aria construiría al hombre nuevo, al súper hombre, pues a Dios se le daba por muerto.

En la antigüedad san Juan nos habla del Imperio Romano que era representado como el Anticristo. En el siglo pasado las dos torres del marxismo y del nazismo quisieron acabar con todo vestigio de Dios.

Especialmente los nazis quisieron exterminar al Pueblo judío, heredero de la promesa de Dios. La sola supervivencia de ese pueblo parece que es un auténtico milagro histórico. No hay otra nación como Israel. Nadie puede acabar con ella, porque el Señor la protege. Su mismo nombre significa “invencible”.

Pero Hitler, de forma sorprendente, diabólica, logró embaucar a la mayoría de la población de uno de los países más cultos de Europa.

Con un fenómeno, que podríamos designar de soberbia colectiva, Alemania se lanzó a dominar al mundo, queriendo eliminar todos los obstáculos que le surgieran al paso, aunque eso llevará al extermino de poblaciones enteras. Fiándose en el poderío de su raza quería inaugurar un tiempo en la historia donde gobernara el nuevo hombre.

El entonces cardenal Ratzinger, luego papa Benedicto XVI, que tuvo vivencias negativas del nazismo, en conversaciones con Peter Seewald, tituladas “Dios y Mundo”, señala que Hitler estaba inmerso en lo satánico y que se conocían informes fiables, de testigos oculares, que demostraban que
Hitler mantenía una especie de encuentros demoníacos que le hacían decir temblando “Él ha estado de nuevo aquí”. Se refería a Lucifer.

Por lo que se cuenta en el libro citado arriba: Hermann Rauschning, escritor y amigo cercano de Hitler, afirmó haber visto al Führer en su cuarto, jadeando, sudando copiosamente, mientras repetía palabras desconocidas y frases indescifrables. Hitler, balbuceando, decía “El hombre nuevo
está con nosotros, existe. Allí, allí en el rincón, allí está”.

Efectivamente, Satán se sirve de instrumentos para instaurar su reino. No olvidemos que imita a Dios en todo lo que hace: y sustituye la cruz por la esvástica, o por otros signos.

Su reino es temporal, su poder tiene fecha de caducidad, como el gobierno del Fürher. O como el imperio Romano, o el dominio de Napoleón. Porque solo el reino de Dios es eterno. Suyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Porque el Amor no pasa nunca.

Satanás, en cambio, quiere tener el poder de Dios pero sin Amor. Lo suyo es el egoísmo. Promete todo a cambio de estar él en el centro: –Si me adoras te daré el poder sobre los reinos.

domingo, 25 de noviembre de 2018

10. EL RETORNO DEL REY


IV. TENTACIÓN CONTRA EL AMOR

De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.
Entonces le respondió Jesús: Apártate Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto.
Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían (Mt 4, 1-11).

La soberbia de la vida se transforma en poder; mientras que el amor se convierte en servicio.

En el Reino del Amor no ha de ser así: el que quiera ser grande tiene que ser el servidor de todos (cfr. Mt 20, 26-27).

La semilla de Dios
La yerba de Satán
El retorno del Rey

LA SEMILLA DE DIOS

Satanás es un pobrecito que no sabe amar. Pero el caso es que el amor es una semilla de Dios y al ser el diablo una criatura, en su interior también tiene el amor, no puede ser de otra forma, él tiene amor pero amor propio. El amor se lo refiere a sí mismo. 

Si nos dijeran cuál es la esencia del amor, en qué consiste, seguramente los filósofos dirían que el amor es esencialmente un regalo. Amar es regalar, como decía la publicidad de unos grandes almacenes. El que ama regala porque el amor consiste en eso.

En principio no hay interés en los regalos que hacemos. No se regala para que nos regalen a nosotros, eso sería comercio. Yo te doy para que tú me des.

Como saben los teólogos, Dios es Amor: un Padre que da todo a su Hijo. Todo, absolutamente todo, y se queda sin nada. Evidentemente, menos su Personalidad de Padre, eso no se lo puede entregar. Pero todo su Ser de Dios lo entrega a su Hijo.

Y el Hijo recibe todo ese regalo, y se lo devuelve dándolo absolutamente todo, y solo se queda con su Persona de Hijo. Y esa entrega de ambos es tan grande que es Dios mismo, que no es Padre ni Hijo, sino el Amor de ambos y como tiene Personalidad distinta le llamamos Espíritu Santo.

El hombre, hecho a semejanza de Dios, está creado para amar y, sin embargo, por el pecado introducido por Satanás, nace con esa inclinación a amarse a sí mismo antes que a los demás. Incluso se nota en los niños que les sale espontáneamente el egoísmo: quieren todo para ellos, y no les sale, de forma natural, decir gracias.

Por esa razón el ser humano tiene que ser educado en la generosidad, porque por el pecado original, lo natural en él es el egoísmo, el amor propio.

LA YERBA DE SATÁN

Desde muy pequeños nos viene ya la tentación de mandar. Nos convertimos en mandones desde la infancia.

Queremos que se haga nuestra voluntad en los juegos, que nos compren lo que nos apetece y en el momento. E incluso cuando rezamos se nos viene la tentación de pedir: Señor, que se haga nuestra voluntad y no la tuya.

Nuestra codicia nos lleva a desear contentarnos en primer lugar a nosotros, sin importarnos desobedecer, para hacer nuestro gusto.

Todo lo que intenta el Demonio es que desobedezcamos a Dios, porque por su voluntad nos llega todo lo bueno.

La misión que tenemos que realizar aquí en la tierra la realizamos siguiendo los consejos de nuestro Padre Dios, que quiere nuestra felicidad. Que seamos dichosos como Él es.

Satanás consiguió que Adán desobedeciera porque, al ser el primero de la estirpe de los hombres, todos los demás seres humanos procederían de un padre desobediente y heredarían
su misma condición; Dios había concedido al hombre el poder de dar la vida a sus semejantes, que nacerían a su imagen.

Pero, al mismo tiempo que el primer hombre desobedeció, Dios le prometió un Redentor que lo liberaría de la esclavitud a la que se vio sometido por Satanás (cfr. Gn, 3, 15). Y el egoísmo fue una de las secuelas de ese primer pecado. Así es el reino del Demonio, es un reino donde el Amor de Dios da paso a la esclavitud que produce el amor propio desorbitado.

Precisamente la misión de Jesús era devolver al hombre a su estado original. Y por supuesto, Satán, como es tan egoísta, no esperaba que la solución de Dios pasará por Su entrega total, porque el enemigo tiene mucha experiencia, pero no posee el verdadero Amor.

Como dicen algunos Padres, Satán no tenía la certeza de que Jesús fuese Dios; por eso –pensando que solo era Hombre– intentó por todos los medios desviarlo de su misión, y cuando no pudo, intrigó para eliminarlo. Sin sospechar que, precisamente, la aceptación de la muerte por parte de Jesús iba a
ser el acto de obediencia que reconciliaría al hombre con su Creador.

El Mesías era el heredero del Rey David, por eso algunos evangelistas incorporan las genealogías en su escritos, para demostrar que Jesús, provenía de la familia real, por línea
directa (cfr. Mt 1, 17; Lc 3, 23-38).

Todos esperaban que su mandato fuese tan próspero como el de su antepasado e incluso más (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, La infancia de Jesús, p. 37 ss).

Pero en tiempos de Jesús el reino de Israel había caído en manos extranjeras, Herodes no era judío sino idumeo. (cfr. Ibidem, p. 38) y como sabemos buscó al Niño para matarlo, al enterarse de que había nacido en Belén (Mt 2, 13).

Y Jesús aparecerá en su vida pública, dispuesto a cumplir las promesas que Dios había hecho a su Pueblo.

EL RETORNO DEL REY

Satanás quería desviar al Mesías de su misión. Que pusiese su interés particular por delante de Dios. Como también sucede en la política: hay personas que, por encima de los intereses generales, ponen su realización personal.

Para algunos lo fundamental es llegar al poder. Pretenden, sin duda, servir a los demás, pero su objetivo es mandar. Y para llegar a esa meta vale todo, porque lo importante es llegar al gobierno. Y una vez instalados allí –piensan– podrán hacer el bien. Satanás se dio cuenta de que Jesús es el Mesías, el heredero de David, llamado para reinar.

Sabía el demonio que Jesús es una persona inteligente, que no solo conocía las Escrituras sino que además las practicaba, porque vivía virtuosamente.

Para Satanás ha llegado ya el momento de quitarse la careta, y lo hace en la tercera tentación. Le va a insinuar que con el poder llegará muy lejos: y le muestra lo majestuoso que es.

Ya el diablo tentó al primer Adán con la codicia, que es la raíz de todos los males (1 Tm 6, 10)... Y el deseo de poder es lo peor de la codicia. Ahora, ante Jesús, su tentación se presenta como nueva pero suena a vieja.

Es como si Satanás le dijera a Jesús: –Toma de la fruta del poder, es apetitosa, se puede hacer mucho bien con ella. No solo conocerás a los hombres, sino que llevarás a cabo grandes empresas. Tú estás llamado a gobernar, dominarás la tierra. Pero para eso tienes que postrarte ante mí. Yo soy aquí
el que mando. Tienes que dejarte llevar por mí.

El diablo no solo le promete su ayuda para gobernar Israel, sino todos los reinos de la tierra.

El monte es un lugar de oración y Satán lleva allí a Jesús para hacerle su propuesta. El demonio pretende ponerse en lugar de Dios y lo imita hasta en esas cosas externas: lo traslada al lugar donde tradicionalmente en Israel se solía hablar con Yahveh.

Jesús es el heredero del Rey auténtico de Israel. Y la virtud peculiar de un gobernante es la prudencia que lleva al hombre a actuar de forma justa, como afirman los clásicos; lo mismo que decir, de forma “adecuada a la realidad”.

El que manda ha de tener en cuenta la verdad. Pero lo que de verdad ha de presidir las decisiones de un gobernante es el bien. Por eso el amor es la finalidad de todas las decisiones de un hombre prudente.

Todo se ha de hacer por amor. Pero también con amor, porque las formas son muy importantes. No solo el fin ha de ser bueno también los medios que se emplean.

En la liturgia de la Misa hay una oración en la que se dice que los cristianos debemos hacer las cosas por Cristo, y con Él. Que es como decir que hemos de hacer las cosas por Amor y con Amor. Porque Jesús es Dios y lo que caracteriza a Dios, su esencia, es ser Amor. Por eso es lógico que se nos recuerde que hagamos las cosas con Amor... Con Él, y no solo por Él.

Pero en esa oración se dice que también debemos hacer las cosas en Cristo. Porque el cristiano tiene que ser el mismo Cristo: hacer las cosas en Él, porque no somos hijos de Dios por nuestra cuenta, sino en cuanto conectados a Él, que es el Hijo con mayúsculas.

Todo ha de realizarse por Él, con Él y en Él. Todo se ha de realizar en Verdad, pero también por Amor, con Amor, y uniéndonos al Amor de Dios.

Por eso el gobierno en la Iglesia no se ha de ver en clave de poder. Indudablemente la virtud del gobernante es la prudencia, que no es solo una cuestión teórica, sino muy práctica.

La verdad no está solo para ser conocida, sino para ser llevada a la práctica. No conviene que seamos unos intelectuales que solo se quedan prendados por la belleza de la sabiduría. El esplendor de la verdad no debe paralizarnos, sino que nos debe llevar a actuar. Nos gusta conocer las cosas de Dios. Pero lo importante es llevarlas a la práctica.

Cuando vivía en Roma, me encontré escritas, en una vidriera, unas palabras que san Pablo escribe a los efesios (4, 15). La frase, centrada en un ventanal, decía: Veritatem facientes in Caritate. Que podríamos traducir como: llevando a la práctica la Verdad por medio del Amor. Y al pasar los años, he pensado que la cita de esa carta del Apóstol podría resumir la forma de gobernar en la Iglesia.

sábado, 17 de noviembre de 2018

9. EL SALTO


¿Fracasos?
¿Por qué no actúa Dios?
Abandono audaz

¿FRACASOS?

Como es lógico, en nuestra propia vida espiritual deseamos que los resultados sean positivos, que todo salga lo mejor posible, que haya fruto. Pero los resultados no pueden hacernos olvidar que en primer lugar está la búsqueda de Dios, no nuestra realización personal.

Si el éxito en la vida interior se viese como parte de la realización de nuestro “ego”, el batacazo sería grande. Ninguna parcela de nuestra vida debe de estar por encima de Dios y menos el terreno espiritual.

Porque el triunfo interior –por alcanzar cualquier virtud– debe ser una fuente para acercarnos más a Dios. Sin Él no podemos nada, y menos en las batallas espirituales. Y para descubrir quién ocupa el centro en nuestra vida, si es Dios o nuestro yo, basta con experimentar un fracaso en la lucha por mejorar. Los bajones ante nuestros fracasos suelen indicar que hemos contado mucho con nuestras fuerzas y poco con la gracia de Dios, y por eso se nos hace difícil asimilar la propia humillación.

Si ya es penoso que las cosas buenas de la vida nos oculten a Dios, todavía es más absurdo, que lo que nos separe de él sea la religiosidad. Incluso la teología podría separarnos de Dios si esa ciencia la tomásemos como un trampolín para nuestro éxito personal.

Es conocida la historia, que relata un autor irlandés, de un diablo inexperto que se inicia en su trabajo tentando a un ser humano. Pero el diablo novato fracasa en su intento; tanto es así, que aquel hombre tiene una conversión espiritual; entonces el diablo inexperto escribe una carta lacrimógena a su infernal tío, contándole el caso.

Y el diablo mayor le contesta, animándole: –No te preocupes, tiene arreglo. Ahora que cree en Dios, intenta que se haga una idea falsa de Dios.

Podríamos decir que lo que busca el demonio, es que ya que el hombre tiene la Palabra de Dios, que la lea de tal forma que su lectura le impida ver a Dios. Por eso, no es extraño que el mismo diablo cite la Sagrada Escritura para hacer caer al mismo Jesús en la trampa. En este caso es el Salmo 91, que habla de la protección que Dios ofrece al hombre fiel. Satanás, utiliza la Biblia porque a las personas espirituales las tienta a través de las cosas espirituales.

El diablo muestra ser un gran conocedor de las Escrituras. Y es así. Satanás tiene una inteligencia privilegiada y una gran fe en Dios, pero desconoce la humildad y el amor.

Precisamente, la segunda tentación aparece como un debate entre dos expertos, porque los dos lo eran. Esto es un aviso para nosotros: lo importante no es tener un conocimiento profundo de los libros sagrados, sino que nos sirvan para nuestra salvación y la de los demás. Que el Señor no tenga que reprocharnos que sabemos mucho y no actuamos según nuestras creencias, como dijo a los que escuchaban a los doctores de la ley: haced lo que dicen, pero no lo que hacen (cfr. Mt 23, 3).

¿POR QUÉ NO ACTÚA DIOS?

La soberbia, el orgullo, hace que desconozcamos lo importante. Podríamos tener un conocimiento profundo de cosas accidentales, pero ignorar lo que más nos interesa. La verdad siempre nos lleva a la humildad: nuestro lugar en el mundo no está por delante de Dios.

Conviene repetir que la soberbia, planta que cultiva Satanás en nuestro corazón, nos hace pensar que Dios no quiere actuar en nuestras vidas, o es indiferente a nuestros problemas, o es que quizá no existe.

Ya lo hemos dicho, para algunos la mejor posición con respecto a la existencia de Dios, no es negarla –pues declararse ateo puede resultar demasiado fuerte– pero tampoco aseguran lo contrario, sino que se quedan en un punto medio, son agnósticos. No tienen certeza pero tampoco lo niegan.

En ese caso, los hechos que aparecen en la Biblia en los que Dios interviene no serían reales, sino fabricados por el deseo que tiene el hombre de que Dios exista, para que le garantice que todo va a salir bien. En ese caso el deseo de Dios se convierte en el deseo de éxito. Por eso, si la comunicación con Dios no fuese posible, tendríamos que confiar solo en nosotros y en lo que se puede alcanzar con el dinero.

En la discusión teológica de la segunda tentación, Satanás insinúa que en el caso de que Jesús sea el Hijo de Dios, le corresponde el éxito humano. Así que lo mejor sería, hacer una demostración arrojándose al vacío desde lo alto del lugar sagrado, porque sin duda Dios lo librará, ya que está llamado a triunfar.

Satanás pretende insuflarnos optimismo, para que si las cosas no salen según las hemos pensado, nos venga el bajón, y desconfiemos de que quiere nuestro bien. Pero el cristiano no tiene por qué ser un pesimista, ni tampoco un sembrador de “buenismo” bobalicón.

Las palabras ‘optimismo’ y ‘pesimismo’ que usamos ahora —decimos que una persona es optimista para decir que está de buen humor o que tiende a ver el lado bueno de las cosas— fueron inventadas en broma para herir de un lado la doctrina de Leibniz, optimista, y las ideas...de Voltaire, pesimistas”.
(Martín Hadis, Borges, profesor, Barcelona 2002).

Por eso el primer argentino ha dicho: “es útil no confundir optimismo con esperanza. El optimismo es una actitud psicológica frente a la vida. La esperanza va más allá. Es el ancla que uno lanza al futuro y que le permite tirar de la soga para llegar a lo que anhela... Además, la esperanza es teologal: está Dios de por medio” (Sergio Rubin/Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco, Barcelona 2013, cap.15).

Y en el escudo del primer Papa Santo del siglo XX se puede ver un ancla. Él explicaba el motivo por el que la había puesto: “recuerda la Esperanza ‘que tenemos como ancla segura y firme para el alma’ (Hb 6, 19). La esperanza, no en los hombres, que solo es ocasión de calamidad y desengaños; la esperanza en Cristo”. (Monseñor Sarto, 15 de marzo de 1885, cit. en José María Javierre: Pio X, Barcelona 1952, p. 114).

Así se entiende que en la tumba de los primeros cristianos aparece en muchas ocasiones la imagen del ancla, que se consideraba un símbolo de firmeza.

En medio de la movilidad del mar, ella es la que asegura. En el cristianismo primitivo el ancla se convirtió en símbolo de Cristo, en quien ponemos nuestra esperanza.

Por todo esto en la segunda tentación el diablo quiere que Jesús ponga a prueba a su Padre Dios exigiéndole un triunfo innecesario, que haría que todo los presentes en el templo de Jerusalén queden admirados ante un hombre que baja espectacularmente desde el pináculo del templo (cfr. Mt 4, 5-6).

La respuesta de Jesús de nuevo está tomada del Deuteronomio (6, 16): ¡No tentaréis al Señor, vuestro Dios! Estas palabras de Jesús se refieren a la rebelión de los israelitas contra Moisés en el desierto cuando corrían peligro de morir de sed.

En realidad no solo era una rebelión contra el Jefe del Pueblo, sino que una rebelión contra el mismo Dios, que lo había nombrado. Exigían a Yahveh que demostrara que era Dios y por eso en la Biblia se describe el suceso con estas palabras: Tentaron al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio
de nosotros? (Ex 17, 7).

Aquellos, al dudar de Dios, pretenden someterle a una una prueba. Como diciendo: si no vemos no creemos. También a nosotros podría pasarnos si solo reconoceríamos como real lo que pudiéramos experimentar. Entonces si no sintiéramos la presencia del Señor sería como si Él no existiese. Y así, desconfiando, no podríamos conocerle ni quererle.

Quien pensase de este modo, se convertiría a sí mismo en Dios.

En esta vida caben dos opciones: o nos fiamos del amor que Dios nos tiene o nos fiamos de nuestro amor propio, de nuestro propio criterio. Más tarde o más temprano tendremos que decidir de quién fiarnos.

ABANDONO AUDAZ

La escena de la segunda tentación tuvo como escenario el lugar más elevado del templo, y eso nos lleva a pensar en la cruz, cuando Jesús fue elevado sobre la tierra (Jn 12, 32).

En la segunda tentación, Cristo no se arroja desde lo más alto del templo, como quería el diablo. No salta al abismo desde allí.

Pero desde la cruz, sí que lo hace. Desde el madero, Jesús desciende al abismo de la muerte. Siente en lo humano el desamparo propio de los indefensos, y se atreve a dar ese salto como prueba de la confianza que tiene en su Padre. Y así, demuestra también el amor que tiene por los hombres.

Jesús sabía que en la cruz, dando el salto del abandono, solo podía caer en las manos bondadosas del Padre. Este es el verdadero sentido del Salmo 91, que Satán citó torcidamente.

La verdad es que quien sigue la voluntad de Dios, a pesar de todos los horrores que le ocurran, nunca perderá una última protección.

El fundamento del mundo es el amor, y el cristiano sabe que cuando ningún hombre pueda o quiera ayudarle, él puede seguir adelante poniendo su confianza en Aquel que le ama.

Quizá, una de las cosas más difíciles de la vida espiritual, es el abandono, una confianza absoluta en Dios, aunque uno vea lo contrario a lo que nos pide. Fiarse, aunque no se entienda.

Cuentan que un alpinista ilusionado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía después de años de preparación. Pero quería la gloria para él solo, por lo tanto subió sin compañeros.

Su afán por subir, lo llevó a continuar cuando ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.

Subiendo por un acantilado, a solo unos pocos metros de la cima, se resbaló y cayó por el aire en medio de la oscuridad... Pasaron por su cabeza todos los momentos buenos y malos de su vida. De repente, sintió el tirón de la cuerda en su cintura que le sujetaba. En ese momento, suspendido en el aire, gritó:
–¡Ayúdame Dios Mío!
Y una voz le contestó desde el cielo: –¿Qué quieres hijo mío?
–Sálvame.
–¿Realmente crees que yo te pueda ayudar?
–Por supuesto, Señor.
–Entonces, corta la cuerda que te sostiene.

Aquel alpinista, aterrorizado, se agarró todavía más fuertemente a la cuerda. Al día siguiente, el equipo de rescate encontró al alpinista muerto, agarrado fuertemente con las manos a la soga... ¡a tan solo dos metros del suelo...!

viernes, 9 de noviembre de 2018

8. EL ÉXITO


III. TENTACIÓN CONTRA LA ESPERANZA



Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo.
Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles, para que  te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
Y le respondió Jesús: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios (Mt 4, 5-7).

La concupiscencia de los ojos (1Jn 2, 16), el deseo de éxito, o todo lo que se puede comprar con el dinero: poner nuestra esperanza en las cosas de la tierra.


Ocupar el sitio de Dios 
Someter a Dios a un examen
Confiar en Dios o en nosotros mismos



OCUPAR EL SITIO DE DIOS


El corazón humano en esta tierra tiene unas ganas enormes de triunfar. San Juan llama a este deseo concupiscencia de los ojos, como si el hombre quisiera deslumbrarse por los focos del éxito.

Si le preguntas a las niñas, muchas te dirán que quieren ser famosas, y los niños, jugadores de un gran equipo de fútbol, que la camiseta con su nombre y número la lleve mucha gente en todo el planeta.

Las chicas quisieran tener una estrella en una avenida de Hollywood como las grandes actrices, y ellos desearían triunfar en una sola operación de bolsa, forrarse, y tener de novia a una supermodelo.

Los adultos, dependiendo, desean que les toque la lotería, o ganar unas oposiciones, disfrutar de una buena jubilación, tener una buena calidad de vida. Podíamos decir que es la aspiración del éxito a la medida de un pequeño burgués.

El diablo sabe de esa ansia que tiene el hombre por triunfar y lo quiere utilizar para conseguir su objetivo. Lo que busca con las tentaciones es que nosotros queramos ocupar el sitio de Dios. Eso es lo que el enemigo quiso: hacerse el amo.

Nos tienta para que nosotros nos parezcamos a él, seamos de su bando. Ocupar la silla de Dios. En la segunda tentación de Satanás a Jesús, se observa que lo que pretende el enemigo es, que el Mesías desee ocupar el sitio de Dios. Porque bien sabe el demonio que el hombre tiene muy arraigado el deseo de triunfar. Por eso el profesor John Dewey, uno de los más afamados filósofos que ha tenido los Estados Unidos, decía que el impulso más profundo de la naturaleza humana es “el deseo de ser importante” (cit. en la famosa obra de Dale Car- negie, Cómo ganar amigos e influir en las personas, edición de 1981, cap. 2).

Y ya que el ser humano tiene muy arraigado ese deseo de triunfar, lo que busca el demonio es que en vez de servir a Dios, nos “sirvamos de Dios” para conseguir todo. Como si Dios fuese un anillo de poder. Quiere el enemigo de nuestra alma que tomemos a Dios como un instrumento al servicio de nuestros fines. Así rebajamos a nuestro creador, tratándolo como un sirviente: algunas veces Dios sería tratado como un Servidor importante, pero no dejaría de ser un Criado al que utilizamos para nuestros fines.

En la segunda tentación, el diablo, que es bastante listo, no va de frente. Y viendo que Jesús es una persona virtuosa, utiliza la misma palabra de Dios, pero desvirtuándola.

Lo que busca es que el hombre desconfíe de Dios. Y para que el hombre pierda la esperanza en Dios tiene que empezar con una premisa. Lo que busca es que pongamos a prueba a Dios. ¿Dios te quiere o no te quiere? ¿Dios falla o no falla? ¿Dios está contigo o no está contigo? Venga, comprueba si Dios es fiable.

Pero Satanás no es tan burdo, lo que nos insinuará es:
–Seguro que Dios te hará triunfar. Humanamente, seguro que si estás con Dios te irá siempre bien. Incluso si te arrojaras desde un quinto piso Dios es tan bueno contigo que te salvaría.

Pero el demonio no es tonto y sabe que Dios respeta la ley de la gravedad, y si uno se tira de un quinto piso, el tortazo sería morrocotudo. Así, uno no se fía, ni de su padre. Para ser ángel tiene muy mala idea.

Algunos cristianos se sienten sin esperanza, porque después de años no consiguen tener éxito en los planes que se habían hecho.

Otros dejan de confiar en Dios porque en su familia ha sucedido una desgracia. Y puede que desde el fallecimiento de uno de sus parientes dejen de tener relación con Dios, porque no le perdonan que se los haya llevado de su lado.

Otros no entienden cómo les puede ir mal la situación profesional, con lo eficaz que podría ser su vida si tuviera un trabajo mejor.

Todas estas personas tienen en común una cosa: piensan que Dios les ha defraudado. Y algunos más descreídos pueden llegar a plantearse la existencia de un Dios que no debe ser ni tan bueno ni tan poderoso cuando no hace nada por ayudarles.

Uno puede preguntarse por qué ocurre eso. Por qué hay gente que con el tiempo ha perdido la esperanza. Ya no confía en Dios como al principio. Las cosas no salen como había previsto en su juventud. Sin duda, han caído en las redes de Satanás.

El éxito humano, el dinero y nuestro ego son cosas buenas. Lo que hace el diablo, es intentar anteponerlas a Dios. Primero soy yo que Dios, primero mi “realización personal” que Dios, primero el dinero y después Dios.

SOMETER A DIOS A UN EXAMEN

En la segunda tentación que nos narra el Evangelio, el demonio lleva a Jesús a un lugar sagrado, nada menos que al templo. Y desde allí le dice que se tire porque es bueno confiar en Dios, que sin duda le librará de una muerte segura.

La tentación de Satanás es bastante inteligente. Jesús, era un hombre que confiaba en su Padre Dios, luego la tentación tiene que ir por ahí. El anzuelo tiene siempre que llevar una cosa buena para ser picado. A algunas personas el demonio les tienta con el dinero, a otros con el éxito humano, y a otros con el éxito espiritual. Cosas todas buenas.

La idea siempre es la misma, que el hombre se estrelle por haber confiado en Dios. A ver si Dios falla al hombre. Y si vemos que nos falla desconfiaremos de Él. Para que no te fíes ni de tu padre...

Para que se estrelle y desconfíe de Dios, el hombre tiene que empezar sometiendo a Dios a una prueba. El comienzo de la falta de fe es que yo me coloco por encima de Dios para hacerle un examen. Me pongo en el lugar de Dios y le digo que Él tiene que hacer algo.

Pero Jesús no dialoga con la tentación, ni se traga el anzuelo. En cambio, mucha gente buena se viene abajo cuando la vida profesional no marcha, cuando tiene un problema familiar.

Satanás quiere que el hombre someta a Dios a una prueba, porque eso ya es empezar a desconfiar, y si las cosas no salen al gusto del hombre, entonces se confirmará la sospecha que el demonio introdujo. Y al ver que Dios le falla, el hombre pondrá todas sus esperanzas en las cosas de la tierra.

Tírate, que Dios te librará. El hecho de tirarse es ya una locura, un suicidio. Y eso, fue precisamente lo que el demonio insinuó a Jesús. Y era esa una prueba límite porque veía que el Señor era una persona importante. Quería que pusiera a prueba a Dios en una cosa grande.

Con nosotros las pruebas son a otro nivel. Nos podría decir:
–Confía en que Dios te aprobará sin estudiar. Confía que siempre tendrás éxito en la vida. Si Dios te quiere, todo tiene que irte bien.

Lo hace para que piquemos el anzuelo. Y cuando la cosa salga mal nos insinuaría: –Pierde la esperanza en Dios: cuando las cosas te salen mal, eso es porque Dios no te quiere.

A otros menos espirituales dice: Ves que rezando no salen las cosas, es porque quizá Dios no exista. Y si Dios quizá no existe entonces tú en la práctica vete a por las cosas materiales.


CONFIAR EN DIOS O EN NOSOTROS MISMOS

Está claro, en nuestra vida hay dos caminos: confiar en Dios, que puede considerarse un riesgo porque no se le ve, o buscar la seguridad en las cosas humanas, que siempre se pueden tocar. En este caso el dinero es la representación de lo tangible. Como Dios no es visible, existe la tentación de buscar apasionadamente lo que reluce. Esa actitud que –hemos repetido– san Juan llama concupiscencia de los ojos.

Pues, algunas de esas personas que buscan el éxito en primer lugar, teóricamente no se declaran ateos, sino agnósticos, como diciendo que a lo mejor Dios existe, pero no se puede demostrar experimentalmente, por eso piensan que más realista es poner la esperanza en el dinero.


John Henry Newman, de familia de banqueros, conversaba en una ocasión con un importante hombre de negocios de la City de Londres, que ya había tomado su opción en la vida de amar al dinero sobre todas las cosas, por eso era un hombre que presumía de sus riquezas y se mostraba partidario del agnosticismo. Si uno no está seguro de la existencia de Dios hay que agarrarse a las riquezas materiales.

En un momento de la conversación Newman escribió en un papel la palabra Dios y sacó de su bolsillo una moneda. La puso sobre la palabra, tapándola, y preguntó:

–¿Ve lo que he escrito?
–No. Solo veo una moneda
–Efectivamente, porque el dinero le ciega, e impide que vea a Dios.

Según nos cuenta Newman, el banquero había tomado la decisión de buscar en primer lugar las cosas tangibles y eso le impedía ver lo importante. Lo mismo que aquel chico ingenuo –del que nos habla el Evangelio– que pidió a su padre el dinero de la herencia. Efectivamente, Jesús contaba la historia de un hijo pródigo que abandona la casa de su padre para gastar su fortuna divirtiéndose con extranjeras, viviendo lujuriosamente en un país lejano (cfr. Lc 15, 11-32).

La tentación de Satanás se repite desde el inicio diciendo algo así: Tu padre no quiere tu felicidad, búscala por tu cuenta.

Es como si nos dijera: –Sal a ver mundo... y llénate los ojos de las cosas bellas que hay. Porque Satanás nos sugiere que nos estamos perdiendo cosas que nuestro Padre no quiere enseñarnos.

Esta tentación se repite una y otra vez de distinta forma. El enemigo quiere que desconfiemos de Dios. Es como si di- jera: –Tu Padre no es posible que se haga cargo de lo que tú sientes. Él vive en su mundo, tú en el tuyo, móntatelo por tu cuenta.

Se vuelve a repetir la insinuación de la Serpiente antigua, que quiere que sospechemos de Dios y que deseemos ser dioses sin contar con Él. Como ocurrió en la primera tentación de la historia de los hombres (cfr. Gn 3, 1-20)

En un primer término, haciéndonos creer que la comunicación con Dios no es posible, como paso previo para que perdamos la confianza en Él. Y efectivamente es difícil encontrarnos con Dios si lo tapamos con nuestras ambiciones, a las que hemos convertido en ídolos.

En realidad, muchas veces hemos ocultado a Dios con nuestra preocupación por el dinero o por el éxito. Pero Él emplea siempre medios para que le podamos reconocer. Él nos habla si nosotros queremos escucharle. No es una casualidad que la Biblia sea el libro más editado de la historia universal. Dios se empeña en ser reconocido por los hombres que tienen buena voluntad.


El diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo.

Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles, para que  te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra (Mt 4, 5-6).

Y la respuesta de Jesús es tajante. No dialogó. Es un dardo al centro de la tentación. El Señor dice algo así como:
–No quiero colocarme en el lugar que corresponde a mi Padre; no quiero ponerle en un compromiso; no quiero someterle a una prueba. Está escrito: no tentarás al Señor tu Dios.

Aunque lo que te ocurra parezca una cosa trágica: Dios, de los males saca bienes. Confía en él como un hijo pequeño confía en su padre.

El enemigo intenta que los amigos de Dios fracasen en sus buenos proyectos. El Señor permite nuestros fracasos, para dar luego un giro inesperado: del mal saca bien.

El fracaso humano más estrepitoso de Jesús, su muerte en una cruz, ha sido lo que le ha llevado a su gloria más grande. Nadie como él ha influido tanto en la historia de la humanidad. También nuestros fracasos pueden significar avances enormes. Los grandes personajes de la historia fracasaron muchas veces, y a algunos el triunfo les vino después de muertos: eso le sucedió a Isabel I de Castilla o al mismísimo Ximénez de Cisneros, que aunque murieron con la sensación de que su obra había fracasado, no fue así, sino muy al contrario. Porque la estela de esos dos buenos gobernantes trascendió  a su tiempo y dio fruto más tarde. Dios no pierde batallas, si esperamos en Él.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías