viernes, 11 de septiembre de 2020

EXALTACIÓN DE LA GUILLOTINA


Hay pensamientos que por sí solos nos llenan de repugnancia.

Pues algo parecido les podía pasar a algunos cristianos de la primera hora: sentirían desosiego cada vez que nombraban el suplicio de la cruz. Porque el Señor murió injustamente en él. 

Ya sabemos que la Cruz no gusta, no es agradable. Produce rechazo. Cuántas veces nosotros mismos no queremos llevarla encima porque nos resulta incómoda. 

Siempre me ha llamado la atención el valor de los participantes en las paraolimpiadas. Son personas que padecen alguna limitación física, pero llevan su cruz con buen humor… Y participan en las competiciones deportivas con la ilusión de ganar medallas y mostrar la alegría de vivir, a pesar de tener ciertas deficiencias físicas. 

Los santos como San Pablo no rechazan hablar de los padecimientos del Señor: los ven como un motivo de gloria (cfr. Segunda lectura de la Misa: Flp 2,6-11). 

Dice el refrán que es de mal gusto nombrar la soga en casa del ahorcado. Sin embargo los cristianos veneramos la cruz. Hablamos de ella, la llevamos con nosotros… Y no nos da miedo mostrarla, aunque conlleve la muerte… 
Durante la guerra civil, al sacerdote que atendía la antigua ermita de Torreciudad le pararon un día los enemigos de Dios. Él no iba vestido de sacerdote y le preguntaron por su identidad. Y él, sin dudarlo ni un instante, sacó su D.N.I.: un crucifijo. No tardaron en acabar con su vida. 

Si Jesús hubiera muerto en la revolución francesa, hoy hablaríamos de la Santa Guillotina. Porque el patíbulo de la cruz, fue el trono desde donde el Señor nos manifestó que nos quería hasta ese extremo horrible. No porque sea una cosa agradable, sino porque fue el arma que utilizó para ganar nuestro amor.

Hace unos días leí una breve historia que nos habla de cómo el Señor nos roba el corazón con la cruz. En una residencia de ancianos, se encuentra Carmen, una mujer que sufre una tremenda distrofia. Sus dolores no son comparables con ningún otro de las personas allí ingresadas.  Camina en silla de ruedas y precisa de ayuda para prácticamente todas las habilidades comunes. Sin embargo, en su interior no sufre ninguna dolencia. La paz que irradia es el reflejo de lo que su alma siente. Apenas puede hablar, pero lo intenta y derrama hasta la última brisa de aliento por decirte una sola palabra.  Apenas puede escribir, pero traza sobre su cuaderno, historias de amor que su corazón le cuenta. No viste ropas fastuosas; su único y más sublime abalorio es una cruz en su cuello. Él, Jesús, es su vestuario y su único equipaje. Todas las noches se acostaba un poco más tarde que las demás, porque rezaba sus oraciones antes de de dormir. Un día se puso de rodillas y ya no se pudo levantar. Uno de los médicos de la residencia le preguntó con sincero interés qué había sucedido exactamente. - Pero ¿se ha caído o se puso de rodillas y luego no se podía levantar? Carmen no se había caído. Había clavado sus rodillas en el suelo para implorar al Dios de la vida y pedirle clemencia, igual que aquella noche, en que el Señor, en el Huerto de los Olivos, pidió al Padre que apartase de allí el Cáliz de Salvación. Señor, que cada pequeña o gran Cruz que encuentre en mi camino me sirva para unirme más a Ti, nunca para separarme o enfadarme Contigo. Después de la oración en el Huerto, Jesús fue levantado por encima de la tierra, suspendido en un madero, y gracias a eso, nosotros tenemos la vida eterna (cfr. Evangelio: Jn 3,13-17).

Por eso la Iglesia exalta la Cruz de Cristo, la levanta como un estandarte. Porque los que la miren con ojos agradecidos serán salvados (cfr. Primera lectura: Nm 21,4b-9).

Los primeros cristianos hablaban de «padecer con Cristo». La Cruz se veía como una espada que se le arrebataba al Maligno: el Señor utiliza el arma del enemigo – el dolor – para vencerle. Y así nosotros. Si padecemos juntamente con el Señor, también con él ayudaremos a la salvación del mundo. Pero para eso, hemos de tomar la Cruz voluntariamente. 

Cuando Juan Pablo II estaba exprimiendo sus últimas semanas de vida, se conoció parte de su Testamento. Un Testamento que comenzó a escribir al poco tiempo de ser elegido Papa y que de vez en cuando actualizaba. Algunos periodistas, muy mal informados y con un desconocimiento grande sobre el latín, leyeron aquellas palabras de Zacarías: nunc dimittis… E interpretaron erróneamente que el Papa estaba pidiendo la dimisión, cosa que algunos esperaban con demasiadas ansias. 
Sin embargo, en el Testamento de Juan Pablo II hay unas palabras más interesantes que aquellas del nunc dimittis, Y son las primeras palabras de su Testamento:Deseo seguirlo”. 

Desear seguir al Señor es tomar su Cruz. Quien quiera ser mi discípulo que cargue con su cruz y me siga… Gereon Goldmann fue un franciscano que vivió la II guerra mundial como seminarista. Por ser alemán tuvo que formar parte del ejército de su país. Todo el período bélico, lo dedicó a intentar salvar a todo el mundo que pudo, también espiritualmente. Por ejemplo, consiguió un permiso para poder llevar al Santísimo Sacramento y dar la comunión a los moribundos de la guerra. En su libro de memorias, cuenta que en una ocasión entraron en un pueblo que iba a ser escenario de una fuerte batalla. Muchos de los habitantes abandonaron sus casas y marcharon lejos de allí. Gereon se acercó a la iglesia y vio al párroco en pie, leyendo su breviario como si nada le importase. Se acercó a él y le aconsejó que se marchara de allí cuanto antes. El anciano sacerdote no le contestó nada. Solamente volvió la cabeza y siguió rezando sus oraciones. Gereon volvió a insistir y al ver que no respondía se le ocurrió decir que al menos salvase su vida por el bien de sus feligreses. Que huyera a las montañas y que al terminar la guerra regresara a su pueblo. Durante unos instantes, el sacerdote le miró disgustado. Le tomó del brazo y le condujo a su dormitorio a través de la rectoría. Junto a la cama, se encontraba la quinta estación del Vía Crucis, que había salvado de la iglesia dañada. Y señalándola con el dedo, el sacerdote le dijo a Gereon: Simón no tuvo permiso para huir, sino que se vio obligado a subir al Calvario, hasta el lugar de la Crucifixión. Hoy, Simón soy yo”. (Un seminarista en las SS, p. 100s).

Nosotros queremos agarrarnos a la Cruz voluntariamente. Allí está el Señor con los brazos abiertos. Dispuesto a acogernos, a darnos un abrazo cariñoso, de amor infinito… Que no le abandonemos, como hicieron la mayoría de los apóstoles en la hora difícil. Que no seamos de los soldados romanos, de los judíos que días antes lo aclamaban como rey… Virgen Dolorosa, al pie de la Cruz. Ella tampoco tuvo miedo, se abrazó a ella…

Uno de esos pensamientos sería, por ejemplo, el que alguien pueda exaltar la horca o la guillotina. 

viernes, 4 de septiembre de 2020

¿CANTAR LAS CUARENTA?

El cariño lleva a las madres a corregir continuamente a sus hijos: -¡suelta ese cuchillo!; No pegues a tu hermana; ¿Todavía no te has comido la sopa?...Cansarse de corregir es cansarse de querer. A la gente que no se quiere le importa poco la vida del otro. Jesús quería mucho a los Apóstoles. Por eso les corrige, y no se cansa de hacerlo. 

En el Evangelio vemos como el Señor no sólo corrige, sino que también enseña a hacerlo: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas (…). Si te hace caso, has salvado a tu hermano» (Evangelio de la Misa: Mt 18,15-20). 

Corregir sí, pero con delicadeza. No se trata de machacar a alguien sino de ayudarle. Mientras preparo la meditación escucho una discusión en la calle entre dos conductores. Un hombre y una mujer. Se ve que ella había hecho alguna maniobra extraña. El conductor empezó a gritar: ¿Para eso tienes carnet? Mejor que te quedes en casa, gorda. 

Hay que corregir, pero con cariño. El que ama la corrección ama la sabiduría. La persona inteligente es la que admite las correcciones. Equivocarse es humano. Aceptar las correcciones también lo es. Me contaba un amigo que este verano estuvo en casa de un primo al que le gustan mucho los pájaros. Y le gustan tanto que tiene uno en el patio interior de su casa. Un cernícalo. Es, como un halcón, como un águila en pequeño para los que no tenemos ni idea. Contaba mi amigo que el pájaro se portaba tan bien y era tan bueno, que se encariñó con él. Le cogió tanto aprecio que le empezó a hablar y a corregir las cosas malas que hacía: –Mira esto no te lo comas porque te va a sentar mal, tiene muchos huesos. Pero ¡qué haces bebiendo esa cochinada! le decía. 

Quien bien te quiere te hará llorar, dice el refrán. Dios quiere que mejoremos, pero quiere que mejoremos mucho. Quiere que seamos santos. Por eso, no se cansa de corregirnos y de decirnos cosas. El Señor no entiende cómo no se corrige al que actúa mal (Ez 33,7-9: Primera lectura de la Misa). –«Ojalá escuchéis la voz de Dios» dice el salmo responsorial de la Misa (Sal, 94). -Ojalá, Señor, que escuchemos tu voz cuando nos corrijas. Y la voz de Dios nos llega por muchos sitios. Nos llega cuando las personas que nos ayudan a tratarle, nos dicen lo que hacemos mal. También nos llega por la oración. No es fácil aceptar que otra persona te diga lo que haces mal. Es distinto que alguien te lo diga a decírselo uno mismo. –Mire, yo es que soy muy orgullosa, decía una. Me pico enseguida. Me caliento la cabeza, sobre todo cuando me llevan la contraria. Eso no lo soporto. Le doy vueltas y vueltas, y me enfado mucho por tonterías. –Lo que tienes que hacer para combatir el orgullo y no enfadarte tanto... le quisieron aconsejar. Pero no le dejó terminar: Pues yo creo que tampoco es para tanto. A todo el mundo le pasa lo mismo. ¡No se porqué se pone usted así! ¿Lo de que soy orgullosa... lo dice por algo en concreto? -Señor que no nos enfademos cuando alguien nos diga las cosas que hacemos mal. 

Mejorar cuesta. Hay que dejarse decir las cosas. Hay que querer cambiar: dejar de hacer algunas cosas y ponerse a hacer otras. Mejorar cuesta. A veces, las cosas que nos dicen duelen. Escuecen, como escuece una herida a la que se le echa agua oxigenada para curarla. Se trata de no justificarse cuando nos digan las cosas. Es importante que nos demos a conocer: me pasa que soy mi perezosa o muy caprichosa, etc, para que nos ayuden, corrigiéndonos si hace falta. Si no, terminaremos intentando solucionarlo nosotros hablando con nosotros mismos. Y así no se resuelve nada porque no sabemos como actuar ante un problema o unas circunstancias nuevas para nosotros. 

El amigo este del verano contaba con gracia que lo malo no es hablar con un pájaro. Lo malo es cuando crees que te responde. Es entonces, decía, cuando te das cuenta de que algo extraño te está pasando. Los amigos se corrigen. La gente que está sola, que no tiene amigos, no recibe nunca ninguna corrección. Y habrá que corregir a la gente que queremos porque el sitio a donde va los viernes por la noche no le hace bien; o que no puede seguir haciendo el vago en los estudios; o que su manera de vestir es como demasié.

Los cristianos debemos decir las cosas como las madres, no porque nos guste cantar las cuarenta, sino porque queremos a los demás. San Pablo lo dice muy claramente: «a nadie les debáis nada más que amor» (Rm 13, 8-10: Segunda lectura). Dice el poeta: Me duele el corazón cuando tu sufres pero no puedo dejar de corregirte La indiferencia juzga y no comprende. Un padre comprende, exige: por eso no puedo dejar de corregirte. Le pedimos ayuda a la Virgen para que nos ayude a aceptar las correcciones que nos hagan.

viernes, 28 de agosto de 2020

LÓGICA DIFUSA


Pedro no acepta que Jesús tenga que sufrir y morir (cfr. Evangelio de la Misa Mt 16, 21-27). Cuando el Señor les explica que va a tener que padecer mucho, Pedro le responde: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Hoy también el sufrimiento es la asignatura pendiente del Estado del bienestar. Este nuevo mesianismo tampoco entiende el valor de la cruz. Una señora, que sí entiende el valor de la cruz, me pedía que rezase para que su padre mejorara de una enfermedad. Está internado en el hospital. Aunque está muy mal, pedía que por lo menos se recuperara para la boda de su hija. Sería, decía con razón, una boda un poco triste si él no estuviera–Señor, te pedimos ahora en nuestra oración, que, si es tu voluntad, se mejore esta persona y salga todo bien. La cruz aparece. No todo sale como lo hemos previsto o nos gustaría. Mucha gente se enfada con Dios porque permite el sufrimiento: no entienden el valor de la contrariedad. Y el sufrimiento aparece, tarde o temprano, y a veces cuando menos te lo esperas. Hace pocos meses, yendo a celebrar Misa temprano, me paró una mujer por la calle. Me suelo cruzar con ella a menudo, pero nunca habíamos hablado antes. Empezó a contarme todas las desgracias que le habían sucedido en las últimas semanas. Necesitaba desahogarse. A su marido le habían diagnosticado una enfermedad grave. Su hijo había tenido un accidente de moto y se había quedado parapléjico. Otro de sus hijos se había escapado del hospital donde se estaba rehabilitando por el alcohol. Y, para colmo de males, tres días antes se le había caído en el brazo izquierdo, que tenía vendado, una sartén con aceite hirviendo. Cuando terminó, le dije que rezaría por ella y por los suyos. También me vino a la cabeza un consejo que le di: que fuera a una iglesia, se pusiera cerca del sagrario y que se quedara allí, quieta, con Dios, cerca de Él. Indudablemente muchas cosas no salen como Dios querría, pero todas (también las que Él no desea) sabe utilizarlas para el bien. La sabiduría de Dios convierte las situaciones malas en buenas. Y si no que se lo digan a San Pablo. Cuando mataron a pedradas a San Esteban, él estaba allí bendiciendo ese asesinato. ¿Quién iba a decir que el perseguidor de los cristianos iba a convertirse en Apóstol? No debemos inquietarnos ante el mal, el dolor o las cosas que no salen. Si nos ponemos en las manos de Dios todo se arregla. Ya se ve que su lógica es distinta a la nuestra. A la vuelta de las vacaciones, me volví a encontrar con la señora de las desgracias. Tenía otra cara. Ya no lo veía todo tan negro. Algunas cosas habían mejorado. Su marido estaba mejor, y su hijo alcohólico volvió al hospital. Al final me dio las gracias por el consejo de buscar al Señor en el sagrario y estar con Él. Le sirvió y lo sigue haciendo. Dios entiende que nuestra primera reacción ante el sufrimiento sea de rechazo, y que, incluso que nos quejemos un poquito. Hay profetas que se han quejado mucho. Por ejemplo Jeremías, refiriéndose a Dios dijo: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre» (cfr. 20,7-9: Primera lectura). Y esto nos consuela, porque los santos tenían defectos, como nosotros. San Josemaría, cuando moría una persona joven que podía trabajar muchos años más en servicio de Dios, se quejaba por dentro en su oración. Luego rectificaba y le decía a Dios unas palabras muy bonitas que podemos repetir ahora: –Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada, la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amén. Amén. Es curioso, cualquier situación, por dura que sea, se hace más llevadera cuando nos ponemos a hacer oración. Algo ocurre cuando estamos delante de Dios. La oración nos hace digerir lo que más nos duele, aunque no lo entendamos. Ya se ve que en la tierra nuestra lógica siempre será un tanto difusa: por eso San Pablo nos dice que tenemos que renovar nuestra mente (cfr. Rom 12, 1-2: Segunda lectura). San Agustín cuenta en su libro de Las Confesiones la muerte de su madre. Es un testimonio impresionante, que nos enseña como algo tan terrible a los ojos humanos como es la muerte, las personas santas la acogen con ánimo positivo. Unos días antes de que cayera enferma, estaban los dos solos, madre e hijo, hablando apoyados en una ventana que daba a un jardín interior. Surgió de manera espontánea el tema de la vida eterna. Santa Mónica dijo: –«una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces (…) ¿Qué hago ya en este mundo? »Al cabo de cinco días, cuenta San Agustín, cayó en cama con fiebre (…). Viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo: –Enterrad aquí a vuestra madre. »Yo callaba y contenía mis lágrimas (…). La Santa les dijo a él y a su otro hijo: –(…) lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor en cualquier lugar donde estéis». Nueve días después moría con solo 56 años (cfr. Confesiones, lib. 9, 10-11: CSEL 33, 215-219). Las personas que están cerca de Dios, piensan distinto cuando se presenta el sufrimiento. Cada día necesitamos un plan renove de nuestra alma. Hemos de hacer como los santos, que aunque no siempre acertaban, hablaban frecuentemente con Dios. Y el Señor les ayudaba a rectificar. María meditaba en su corazón las cosas que no entendía, y así se iba haciendo al querer de Dios, que, como es bueno, siempre acierta.

viernes, 7 de agosto de 2020

TACONES LEJANOS

 

Dice la Escritura que Jesús se levantaba temprano para hacer oración.

Lo hacía así para encontrar un poco de calma, porque Dios habla bajito y hace falta silencio para escucharle.En este curso de retiro, el Señor quiere hablar contigo. Te quiere ayudar. Jesús ¿por qué a veces te vemos como alguien lejano y frío? Enséñanos a orar para conocerte más. Se cumplen todas las condiciones. Estamos en un sitio tranquilo y en un ambiente más silencioso. Cuentan que estaban en Torreciudad un grupo de chicas haciendo un rato de oración en la Capilla del Santísimo. Allí hay un crucifijo de gran tamaño, de bronce dorado, con una expresión de serenidad y viveza tan grande que parece que habla al que mira. Allí estaban estas chicas rezando en silencio, mientras que se oía a lo lejos el ruido que producían unas señoras que visitaban el Santuario: con el típico sonido que hacen los tacones lejanos. Hasta que ese grupo de mayores decidió inspeccionar la Capilla del Santísimo, donde las chicas empezaban a ponerse nerviosas por el trasiego de las señoras. Iban entrando a la Capilla, mientras abrían la puerta y cuchicheaban. Y una de ellas, que parecía ser la más enterada, refiriéndose al crucifijo dijo a media voz, pero perceptible a todo el mundo, no sólo a la persona que le estaba enseñando, dijo:   –Mira, ese es el Cristo que dicen que habla... Y en aquel momento, una de las chicas que había oído lo del «Cristo que dicen que habla», replicó con gracia: –Señora, habla si ustedes le dejan. –Señor que te dejemos hablar. Que no nos impacientemos porque al principio no te oigamos, que no dejemos de intentarlo. –Enséñanos a hacer oración, le decimos como los apóstoles. Enséñanos. Ahora, Jesús te oye y te ve. Aunque tú no le veas, Él te ve. Aunque parezca que no le oyes, Él te oye. Porque Jesús se mueve, actúa, habla, mira, siente… Es bueno que sepas que lo que te preocupa y alegra Dios lo sabe: una amiga, un pariente, tus ganas de hacer bien las cosas, lo que te agobia y entristece, tus proyectos, tus cansancios. A Jesús le interesa mucho que le cuentes tú vida: padres, hermanos, amigos, estudio, deporte, aficiones, enfados, etc. De esa conversación salen cosas interesantes. Verás todo como lo ve Él. En esos ratos sale de todo, como en una conversación de teléfono. ¿Quieres ponerte a hacer oración? Cuéntale todo eso como si se lo contaras a tu mejor amiga. Que hables con Dios de Tú a tú, con tus propias palabras: Jesús, te ofrezco este rato de oración…; ayúdame a sonreír en casa que hoy estoy cansada…; intentaré no enfadarme con el pesado de mi hermano…; dame fuerzas para no ver esta que te ofende porque me lleva a tener pensamientos que no te gustan… Si hablas así, al final conseguirás oírle. Me contaba una persona que, en su oración, le contaba unos rollos increíbles al Señor. Pero, que la cosa iba mejor porque estaba empezando a hablar menos y a escuchar más.Debemos esforzarnos por ir a la oración sin tacones, recogidos. Sin ruido interior. Tranquilas. Sin música de fondo. Mirarle y leer algo que nos ayude a imaginarnos a Jesús, a darnos cuenta de que está aquí. Después de cada rato de oración, deberías poder responder a estas preguntas: ¿qué le has dicho a Dios? ¿y qué te ha dicho? –Señor, enséñanos a hacer oración. Entonces, en la oración, se produce un gran milagro diario: Jesús y la Virgen consiguen que cambiemos de manera de pensar. Entramos muy enfadados con una persona y salimos solo enfadadillos. Empezamos agobiados con algo, un examen, una preocupación, y salimos más seguros. Así actúa Dios en el alma de quien hace oración de modo habitual. Solemos pensar que la culpa de todo la tienen los demás (padres, profesores, compañeros). En la oración, el Señor, hará que te preguntes: ¿y tú qué puedes hacer para que tus padres estén contentos? ¿No podrías tener más paciencia con esa amiga y perdonarla? ¿Por qué no me ofreces una hora de estudio pidiendo por el Papa? Al demonio le da pánico que te pongas todos los días en silencio delante de Dios, porque sabe que la oración te hará santa. Por eso, intenta que no la hagas, que te excuses: estoy muy ocupada, ya la haré después, cuando acabe de ver el tuenti. La gran tentación del diablo es esta: no hables con Dios, porque siempre te pedirá cosas: que ayudes en casa, que sonrías, que estudies más, etc. Te va a complicar la vida. Como sabes, toda tentación es una mentira, un engaño, una verdad a medias. Sí, Dios pide cosas pero para hacernos felices. –Señor ¿por qué me pides que sea menos perezosa, mentirosa, amable con las demás, trabajadora, generosa con mi tiempo…? ¿Por qué? ¿No será porque si te digo que sí seré más feliz? Sí. Es más feliz el generoso que el egoísta, el sincero que el mentiroso, el humilde que el soberbio,  la cristiana que la frivola etc. Hace poco leí una entrevista a una mujer conocida que estuvo seis años secuestrada. Ella misma cuenta su cambio interior fruto de la oración, de haberse dado cuenta de que el Señor estaba su lado, de que no estaba sola. Te leo sus palabras: Estar secuestrada te coloca en una situación de constante humillación. Uno es víctima de la arbitrariedad más absoluta, uno conoce lo más vil del alma humana. Llegados hasta aquí, uno tiene dos caminos. O dejarse afear, volviéndose agrio, gruñón, vengativo, dejando que el corazón se llene de resentimiento. O elegir el otro camino, aquel que Jesús nos ha mostrado. Él nos pide: bendice a tu enemigo. Cada vez que leía la Biblia, sentía que esas palabras se dirigían a mí, como si estuviera delante de mí, sabía qué tenía que decirme. Y esto me llegó directo al corazón. Sé, siento que se ha producido una transformación en mí y esta transformación la debo a este contacto, a esta capacidad de escucha de aquello que Dios quiere para mí.Ahora estamos haciendo oración. Como te habrás dado cuenta de vez en cuando, me estoy dirigiendo al sagrario para hablarle. Es bueno que se produzca ese diálogo directo: –Señor, ¿estás contento conmigo? ¿En qué quieres que mejore? La Virgen nos da un consejo: «haced lo que Él os diga». Ayúdanos Madre nuestra a escucharle, y, sobre todo, a no dejar nunca la oración.

viernes, 31 de julio de 2020

LUCHA INTERIOR: DERROCAR AL TIRANO


San Mateo pone en boca del Señor aquella frase lapidaria: «Regnum caelorum vim patitur, et violenti rapiunt illud» (Mt 11, 12).

San Josemaría, en una de sus homilías titulada La lucha interior, traduce este violenti rapiunt de forma muy interesante.

Textualmente la expresión griega se podría traducir como así: los salteadores lo arrebatarán.

San Josemaría al traducirlo al castellano dice: «el Reino de los Cielos se alcanza a viva fuerza, y los que la hacen son los que lo arrebatan» (n. 82).

Esto es lo que vamos a pedirle al Señor, que nosotros hagamos fuerza.
–Porque Tú eres Señor nuestra fortaleza.
Te pedimos que nos ayudes a vencer al Filisteo que tenemos en nuestro interior. 
Y la respuesta del Señor no se hará esperar:: –«No temas, yo mismo te auxilio» (Is 41, 13-20). Yo, el Señor, tu Dios, no te abandonaré.

Pero nuestros enemigos no están fuera, sino que están dentro de nosotros. En nuestro interior es donde se pelean las batallas. El resultado sale fuera después.

Una vez que le preguntaron al Cardenal Ratzinguer, si la Iglesia estaba retrocediendo en Occidente. Y si Cristo realmente estaba triunfando en el mundo.

Es sorprendente como no le dio ninguna importancia práctica al aparente fracaso. Por la sencilla razón de que el Papa está lleno de Dios.

Respondió que, en la sociedad, la figura de Jesús puede estar más o menos de moda. Por ejemplo hay tierras donde han vivido personas muy santas, y que actualmente está despobladas de cristianos.

Pero decía el Papa que esto es un hecho secundario. Lo importante es que la evangelización se está haciendo en cada hombre, en cada uno de nosotros, desde que nacemos hasta que morimos.

La Redención o el fracaso de Cristo es una cosa personal. Se realiza en cada individuo. La Redención se está haciendo ahora mismo en ti y en mí. Esta es la verdadera historia de la Iglesia.

Ahora se busca a toda costa la paz. Y nos da pena que países enteros estén gobernados por tiranos que los empobrecen. Y nosotros también podemos estar gobernados por un tirano perezoso que nos avasalla.

¡Qué pena si estuviéramos flacos y pobres en una tierra tan rica, como lo es nuestra alma!

Ese tirano no se irá sin la violencia de que nos habla el Señor: violenti rapiunt. El tirano interior, nuestro Filisteo, no se irá sin esa tensión buena.

David venció a Goliat, con unas cuentas piedras, pero se las lanzó con honda. Hoy en día hay que explicar lo que es una honda, porque la mayoría de la gente pesaría que es una moto.

Pues una honda es una tira de cuero o trenza de lana, o de otro material semejante, que sirve para tirar piedras con violencia. Y lo mismo que el tirachinas, la honda dispara cuando está en tensión.

Necesitamos esa tensión buena para derrocar a nuestro enemigo interior. Entonces sí que tendremos buen gobierno y paz.

Pero esa victoria sobre nosotros mismos, no la conseguiremos con nuestras fuerzas. David así lo decía.

Fue el Señor, el que consiguió la victoria para Israel, un pueblo pequeño pero invencible, como su mismo nombre significa. Invencible porque el Señor pelea en su favor.

El Señor era el auténtico pastor para su pueblo. Y por eso le decimos ahora: –Señor, gobiérnanos tú. (cfr Sal 144).

Para que el Dios de los ejércitos gane nuestras batallas interiores, y obtenga la paz, nosotros tenemos que colaborar tensando nuestro arco.

Por eso decía San Josemaría: «No olvidéis que la paz verdadera se obtiene a través de la lucha interior, no solo cada día, sino en cada segundo».

En una ocasión estaba San Josemaría de tertulia con un grupo de hijos suyos. Alguien trajó unos bombones. Ofreció a todos tomaron uno, menos San Josemaría. Y cómo le insistieron varias veces para que tomase, les dijo:
–Había ofrecido al Señor ese pequeño vencimiento... Si tomo no pasa nada. Pero si no tomo ¡qué gran victoria!
Efectivamente nuestras batallas normalmente serán pequeñas.

Se cuenta del fundador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, don José María Albareda, que estuvo trabajando en una nación africana, en medio de un gran parque lleno de leones y otras fieras.

Vivía en una casa muy sencilla que, como toda protección, tenía mosquiteras en las ventanas.

Y en una carta que escribió a San Josemaría contaba: aquí, como en la vida interior, lo malo no son los leones sino los mosquitos...

Pero nuestras victorias –normalmente pequeñas– son del Señor, porque nuestra lucha no es una lucha a brazo partido. No es una cuestión de puños, no es una batalla voluntarista. Es una lucha por amor, donde lo importante es lo que hace Dios. No dejemos de pedirlo. Ese es el gran palo para nuestra suficiencia, el palo que llevaba David frente a Goliat.

Podremos ser grandes trabajadores porque tengamos condiciones humanas, pero no podremos ser santos si vamos solos. Para vencer necesitamos a Dios:
–Señor, pelea Tú nuestras batallas.
Él está cerca de nosotros, con nosotros y no nos dejará.
–Tú estás siempre cerca (cfr. Sal 118).

Ese es el secreto de nuestra victoria: que, de verdad, Dios sea nuestra fortaleza.

El Reino de los cielos padece violencia, decía el Señor. Pero es una lucha contra nosotros mismos, para conseguir nuestro objetivo: ser otros Cristos.

Por eso decía San Josemaría: «Se opondrán a tus hambres de santidad, hijo mío, en primer lugar, la pereza, que es el primer frente en el que hay que luchar».

La pereza que se disfraza de verano, o va vestida de más tarde. Hay que llamarla por su nombre: lo que yo tengo es pereza.

Porque, una vez descubierta, podemos hacerle violencia para que se vaya.

Después, debemos luchar contra «la rebeldía, el no querer llevar sobre los hombros el yugo suave de Cristo».

No quiero esto, nos dice nuestro orgullo, no quiero someterme, entrar por el aro de la voluntad de otro.

También aparece la sensualidad viscosa con su gelatina de molusco que se pega con solo rozarla. Aunque brille no deja de ser en realidad baba de animal.

Y seguía diciendo San Josemaría: «En todo momento –más solapadamente, conforme pasan los años– la soberbia».

En los países vecinos, lo mismo que en los pueblos cercanos sueles existir ciertas rivalidades. En una ocasión hoy que un chileno definía la soberbia como ese pequeño argentino que todos llevamos dentro.

Tienen fama los de buenos Buenos Aires, de sentirse gallitos, orgullosos de su ciudad. Por eso los porteños de Buenos Aires, al oir el dicho de que la soberbia es ese pequeño argentino que todos llevamos dentro, ellos responden:
–¿Y por qué pequeño?
Nosotros, ahora en serio, decimos: –Señor, hazme como un niño delante de Ti.
–Para que, con mis caídas y debilidades de antihéroe le dé un buen palo a la soberbia del pensar que todo lo hago bien.

A pesar de nuestra poquedad, el Señor se sirve de nuestra lucha interior y exterior para hacer feliz a la gente.

Me escribía un sacerdote que vive en Rusia, desde hace un año, que fue a ese País, procedente de Finlandia.
«desde Helsinki llegó Lenin, para destrozar este país con sus torpes ideas de lucha de clases, y desde Helsinki llegamos nosotros ahora, con menos ruido, pero con mucha más ilusión, para “vengarnos” de todos esos males»

Y sigue: «nuestra “venganza” será querer mucho a esta tierra, a todos, y ayudarles a encontrar a Dios en medio de esa vida ordinaria que para muchos ha sido y sigue siendo muy dura».
Nuestra lucha en primer lugar tiene que servir para esto. Para ayudar a que los que nos rodean conozcan al Señor.

En el caso de un cura está claro. Tenemos que luchar por predicar a Cristo cada vez mejor.

Cuentan del cura de Ars, que al principio de ordenarse, y llegar a su parroquia no predicaba bien, fue ganando con el tiempo.
«¿Por qué grita usted tanto cuando predica? —le preguntaba una señorita de Ars, inquieta por el esfuerzo que hacía desde el púlpito—. Debe usted cuidarse un poco».
«Señor Cura, le decía otra persona, ¿cómo es que cuando reza habla tan bajo y tan fuerte cuando predica?
—Es que cuando predico, replicaba el santo varón, hablo con sordos, a gente dormida, pero cuando rezo, hablo con Dios, que no está sordo».

A nadie sorprenderá que, después de tal tensión, le fallase a veces la memoria. «En el púlpito —decía uno de Ars—, se perdía y se veía obligado a bajar sin haber terminado» El domingo siguiente, –cuenta uno de sus biógrafos– el Rdo. Vianney volvía a subir al púlpito. Sin embargo, teniendo en cuenta su fracaso, que hubiera podido aminorar su autoridad de párroco, oraba y encargaba oraciones a los demás.

Y termina diciendo el biógrafo: «La lucha está comenzada, y el Cura de Ars resuelto, con la ayuda de Dios, a no deponer las armas, sino después de una completa victoria».

Esa era la actitud, de este cura de parroquia, que para ganar las almas para Cristo contaba con pocos medios.

De San Josemaría ha escrito D. Javier Echevarría que le decía: «cuando prediques, no hables para los demáshaz tu oración en alto y aplica a tu vida lo que digas;
así será una oración más viva, que te servirá para concretar puntos en tu lucha personal
y, con la gracia de Dios, entrará más en la vida de las otras almas, porque responderá a algo que lleves dentro
y reflejará una lucha para tener un trato real, no teórico, con Dios Nuestro Señor. (Javier ECHEVARRÍA: Memorias del Beato Josemaría, pp. 195-196).

Para tener un trato real con el Señor, habría que preguntarle a su Madre. Ella en su corazón nunca tuvo a un tirano que mandaba, sino a una esclava que servía.
–Ayúdanos, Madre nuestra, a luchar por amor.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías