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miércoles, 21 de febrero de 2018

13. LA CORONA

Resultado de imagen de coronación de espinas

Un purgatorio en vida
El pecado es desobediencia y orgullo. Y el pecado causó un daño tremendo, y había que repararlo.

No había otra opción que desandar lo andado. Había que hacer algo. Lo tendría que hacer el hombre, sino en esta vida, en la otra.

Y Dios se  hizo hombre para cargar con la culpa: para humillarse en nuestro lugar.

Tanto nos ama Dios que admitió el canje de su Hijo Único para que se humillase al máximo.

El rey Davíd había profetizado los sufrimientos que padecería otro Rey. Y es que la pasión del Señor no fue ningún accidente.

El Señor sufrió porque quiso. En el doble sentido que tiene este verbo en español: de querer y de amar.

El Señor sufrió libremente, podría haberlo haber evitado. Y sufrió porque nos amó hasta el extremo.

La corona de espinas
La coronación de espinas se hizo en el patio del cuerpo de guardia.

Jesús, rodeado de una cohorte, mil soldados romanos, que con sus risotadas y burlas excitaban a los verdugos, como los aplausos del público excitan a los cómicos.

En medio del patio pusieron un banquillo muy bajo.

Arrastraron al Señor a este asiento, y le pusieron la corona de espinas alrededor de la cabeza.

Estaba hecha de tres varas de espino bien trenzadas, y la mayor parte de las puntas eran torcidas a propósito para adentro.

Habiéndosela atado, le pusieron una caña en la mano; todo esto lo hicieron con una gravedad irrisoria, como si realmente lo coronasen rey.

Le quitaron la caña de las manos, y le pegaron con tanta fuerza en la corona de espinas, que los ojos del Salvador se inundaron de sangre.

Sus verdugos arrodillándose delante de Él le hicieron burla, le escupieron a la cara, y le abofetearon, gritándole:

«¡Salve, Rey de los judíos!»
 El Salvador sufría una sed horrible, su sangre, que corría de su cabeza, refrescaba su boca ardiente y entreabierta. Este era su alivio.

Jesús fue así maltratado por espacio de media hora en medio de la risa, de los gritos y de los aplausos de los soldados formados alrededor del Pretorio, como si contemplaran un espectáculo de circo.

Pero el payaso era el mismo Dios. Y sin embargo parecía un hombre, ensangrentado y machado.

¡Ecce Homo!
¡He aquí al hombre!  El hombre de todos los tiempos, que ha sido maltratado. Y Jesús con su humillación iba a reparar todas esas humillaciones, que han recibido los hombres.

Jesús, cubierto con la capa roja, la corona de espinas sobre la cabeza, y el cetro de cañas en las manos atadas, fue conducido al palacio de Pilatos.

Cuando llegó delante del gobernador no pudo menos que sentir horror y compasión, mientras el pueblo y los sacerdotes le insultaban y le hacían burla.

Jesús subió los escalones. Tocaron la trompeta para anunciar que el gobernador quería hablar.

Pilatos se dirigió a los príncipes de los sacerdotes y a todos los que estaban allí, y les dijo:

–«Os lo presento otra vez para que sepáis que no hallo en Él ningún crimen».

Jesús fue conducido cerca de Pilatos, así que todo el pueblo podía verlo bien, porque estaban en un lugar elevado.

Era un espectáculo lastimoso. La aparición del Hijo de Dios ensangrentado.

Con la corona de espinas, bajando sus ojos sobre el pueblo.

Y  mientras Pilato, señalándole, gritaba a los judíos:

«¡Ecce Homo!».

Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos, llenos de furia, gritaban:

–«¡Que muera! ¡Que sea crucificado!».

–«¿No basta ya?», dijo Pilato. «Ha sido tratado de manera que no le quedará gana de ser Rey».

Pero gritaron cada vez más: «¡Que muera! ¡Que sea crucificado!».

Pilatos mandó tocar la trompeta, y dijo: «Entonces, tomadlo y crucificadlo, pues no hallo en Él ningún crimen».

Algunos de los sacerdotes gritaron: «¡Tenemos una ley por la cual debe morir, pues se ha llamado Hijo de Dios!».

Hijo de Dios
Estas palabras, se ha llamado Hijo de Dios, despertaron los temores supersticiosos de Pilatos; hizo conducir a Jesús aparte, y le preguntó de dónde era.

Jesús no respondió, y Pilatos le dijo: «¿No me respondes? ¿No sabes que puedo crucificarte o ponerte en libertad?».

Y Jesús respondió: «No tendrías tú ese poder sobre mí, si no lo hubieses recibido de arriba; por eso el que me ha entregado en tus manos ha cometido un gran pecado".

Pilatos, en medio de su incertidumbre, quiso obtener del Salvador una respuesta que lo sacara de este estado: volvió al Pretorio, y  estuvo a solas con Él.

«¿Será posible que sea un Dios? se decía a sí mismo, mirando a Jesús ensangrentado y desfigurado.

Después le pidió que le dijera si era Dios, si era el Rey prometido a los judíos.

Jesús le habló con gravedad. Y Pilato, medio atemorizado y medio irritado de las palabras de Jesús, volvió al balcón, y dijo otra vez que quería liberarlo.

Entonces gritaron: «¡Si lo liberas, no eres amigo del César!».

Por todas partes se oía gritar: «¡Que sea crucificado!»

Pilato vio que sus esfuerzos eran inútiles
El tumulto, los gritos, y la agitación era tan grande que podía temerse una insurrección.

Pilato mandó que le trajesen agua; un criado se la echó sobre las manos, y  el Gobernador gritó:

«Yo soy inocente de la sangre de este Justo; vosotros responderéis por ella».

Entonces se levantó un grito unánime de todo el pueblo, que se componía de gentes de toda la Palestina: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes!».

Jesús condenado a muerte
Cuando los judíos pronunciaron la maldición sobre ellos y sobre sus hijos.

Y desearon que la sangre redentora de Jesús, que pide misericordia para nosotros, pidiera venganza contra ellos,

entonces  Pilato mandó traer sus vestidos de ceremonia.

Y rodeado de soldados, precedido de oficiales del tribunal y llevando delante un hombre que tocaba la trompeta.

Así fue desde su palacio hasta la plaza, donde había un sitio elevado para pronunciar los juicios.

Este tribunal se llamaba Gabbata: era una elevación redonda, donde se subía por escalones.

Los dos ladrones también fueron conducidos al tribunal, y el Salvador, con su capa roja y su corona de espinas, fue colocado en medio de ellos.

 Cuando Pilatos se sentó, dijo a los judíos: «Ved aquí a vuestro Rey!».

Y ellos respondieron: «¡Crucificadlo!».

–«¿Queréis que crucifique a vuestro Rey?», volvió a decir Pilatos.

«¡No tenemos más Rey que César!» gritaron los príncipes de los sacerdotes.

Pilatos no dijo nada más, y comenzó a pronunciar el juicio.

La sentencia
Los príncipes de los sacerdotes habían diferido la ejecución de los dos ladrones, ya anteriormente condenados.

Porque querían hacer una afrenta más a Jesús, asociándolo en su suplicio a dos malhechores de la última clase.

Pilatos comenzó con un largo preámbulo, en el que daba los títulos más elevados al emperador Tiberio.

Después expuso la acusación intentada contra Jesús, que los príncipes de los sacerdotes habían condenado a muerte, por haber agitado la paz pública y violado su ley, haciéndose llamar Hijo de dios y Rey de los judíos, habiendo el pueblo pedido su muerte por voz unánime.

Una sentencia conforme a la justicia
El miserable añadió que encontraba esa sentencia conforme a la justicia, él, que no había cesado de proclamar la inocencia de Jesús, y al acabar dijo:

«Condeno a Jesús de Nazareth, Rey de los judíos, a ser crucificado»; y mandó traer la cruz.

Los dos ladrones estaban a derecha y a izquierda de Jesús: tenían las manos atadas y una cadena al cuello.

Uno de los dos, muy grosero, se unió a los alguaciles para maldecir e insultar a Jesús, que miraba a sus dos compañeros con cariño, y ofrecía sus tormentos por la salvación de ellos.

Los alguaciles juntaban los instrumentos del suplicio, y lo preparaban todo para esta terrible y dolorosa marcha.

Anás y Caifás que habían acabado sus discusiones con Pilatos. Llevaban la copia de la sentencia, y se dirigían con precipitación al templo temiendo llegar tarde.

Nuestra sentencia
A todo hombre le llegará la sentencia por los hechos de su vida. Todo será juzgado según justicia. Y llegará la sentencia.

Hay personas que se plantean que para qué está el Purgatorio.

Y olvidan que muchas veces han condenado a muerte a la Verdad, y más tarde se han arrepentido con sus obras.

Otros, en esta vida, se arrepienten solo de palabra.

Y la misericordia de Dios no quiere condenar a los que tanto ama, si existe alguna posibilidad de que quieran cambiar.
Si queda un resquicio Jesús los absolverá con tal de que sea posible su rectificación total en la otra vida. Y para eso está el Purgatorio.

viernes, 21 de octubre de 2011

LA PRINCESA PROMETIDA Y EL VERDADERO AMOR


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«La Princesa prometida» es una película que se puso de moda hace unos años. Y las cosas que llaman la atención del gran público algo tienen que son capaces de tocar el corazón.

Normalmente muchas novelas, muchos argumentos que atraen al ser humano están conectados con el amor. Aunque la trama sea de acción suele tener su toque de romanticismo.

Los intereses del ser humano van por ahí. A todos nos gusta amar y ser amados.

Pues con la predicación del Señor sucedía una cosa parecida. Mucho quedaba enganchados porque las cosas de las que hablaba iban al corazón.

Mucha gente se admiraba de oír a Jesús. Pero no todo el mundo lo escuchaba con gusto.

Había gente que iba a cazarle para poder desacreditarlo en público. Y es que el éxito del Señor aunque era muy grande, no era generalizado. Algunos no podían verle.

QUERIAN CAZARLE

Como Jesús había hecho callar a uno de la secta de los saduceos, otro grupo enemigo del Señor se puso de acuerdo para ponerle en un aprieto.

El que le preguntó esta vez fue un doctor en teología de la secta de los fariseos, que quiso poner a prueba los conocimientos de Jesús.

Es como si quisiera desacreditarlo haciendo ver que no tenía una preparación suficiente para predicar.

Como si el Señor se inventara cosas. Dijera originalidades, pero que no estuviesen lo suficientemente fundadas.

–Maestro –le dijo–, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? (Mt 22,36).

La verdad es que la pregunta es bastante buena. La intención era mala, pero el que la formulaba como era una persona instruida nos hizo un gran favor.

SACAR BIEN DEL MAL

Esto sucede con frecuencia que Dios saca bien del mal. El Señor aprovecha la propia malicia de su enemigo para derribarle, como se hace las artes marciales.

Pero a Jesús no solo le interesa vencer, quiere convertir. Por eso no hiere, sino que enseña con mansedumbre. Son los demás los que se desacreditan sino no son buenos.

El que preguntaba no estaba mal informado, sino que era una persona instruida. Y esto es otra enseñanza: hay que seguir la verdad venga de quien venga.

LA VERDAD VENGA DE QUIEN VENGA

Más vale trasmitir la verdad siendo malo. Que ser bondadoso y sembrar el error. La buena voluntad no es suficiente para hacer el bien.

Una bellísima persona no cura si no tiene ni idea de medicina. Desgraciadamente la verdad y el bien a veces no están unidos en la misma persona.

Esta vez aunque había malicia también sabiduría. Por eso la pregunta fue muy oportuna.

LO PRINCIPAL

¿Qué es lo principal en nuestra vida?

Hay gente llamada buena que desgraciadamente no lo sabe. Viven como si no supieran qué es lo más importante en su vida.

Mucha gente te dice: –Mire usted, lo más importante es la salud.

O también te dicen los políticos: –Lo más importante es la economía.

No es que estas dos cosas sean malas. Pero Jesús no responde así.

A veces he preguntado a algún cristiano instruido: –¿Qué es lo que piensas tú que es lo más importante?

Y me dicen: –Pienso que lo más importante es el amor.

EL AMOR

Desde luego la respuesta no es mala, antes hablábamos del éxito que tuvo la película de «La Princesa prometida», pero Jesús no dijo eso.

En nuestros días no hay palabra tan desacreditada que la llamada «amor». Amor es una palabra que de tanto manosearla significa de todo.

Como decía el título de un programa de televisión: «No le llames amor cuando quieres decir sexo».

Esto me recuerda a lo que cuenta un conocido novelista inglés que escribió las Cartas de un diablo a su sobrino.

Trata de un demonio inexperto que recibe instrucciones de su tío para que tenga éxito al tentar a su primer «paciente».

El sobrino sigue al pie de la letra los consejos, pero inesperadamente el hombre al que tenía que tentar se convierte.

Entonces escribe una carta lacrimógena informándole a su tío de esta desgracia.

Y el tío le contesta quitándole importancia a ese desagradable suceso, y le dice:

–Mira, ahora que cree en Dios, consigue que se haga una idea falsa de Dios.

Pues esto es lo que pasa con el amor. No podemos decir que el amor no es importante. Porque Dios es Amor. Pero también se utiliza la palabra amor para hablar de satisfacciones egoístas.

CONFUNDIR EL AMOR

Se confunde el amor con el sentimiento: te quiero para algunos es «me apeteces», «me gustas».

O incluso se llega a confundir el amor con su contrario: «me satisfaces». Como si el amor fuera buscarse a sí mismo y no el bien del otro.

Y el colmo es llamarle amor a la fornicación.

También la palabra amor significa cosas buena, y muy buenas. Pero el Señor no contesta que lo principal es eso, sino que especifica más, para que la cosa quede clara.

Dice: –“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero (Mt 22,37-38).


PRIMERO, DIOS

Jesús habla claro. Este es nuestro primer objetivo. No podemos llegar a la felicidad si no buscamos amar a Dios sobre todas las cosas.

Da pena ver a personas que no son malas pero que tienen a Dios en un segundo plano.

Personas con buenos sentimientos, que se esfuerzan en trabajar bien…

Pero que si no cambian, más tarde o más temprano se darán cuenta que las cosas humanas no merecen la pena si se las aparta de lo esencial.

La vida está llena de fracasados que pusieron sus enteras esperanzas en un hombre, en el trabajo, o en el dinero.

Pues lo mismo que hay crisis económicas también hay crisis afectivas, y crisis anímicas. Todo lo humano se tambalea en un momento.

Genios como Napoleón que pretendían con su inteligencia y su poder engrandecer su país. Terminan su vida desterrados, humillados, e incluso con las fronteras territoriales de su patria más empequeñecidas.

Eso hablando de grandes personalidades de la historia. También hay pequeños grandes hombres que terminan sus días en buenos geriátricos, siendo visitados por sus hijos cuando pueden.

¡Qué solos acaban los que no han puesto a Dios lo primero en su vida!

Jesús es el Amigo que no cambia de parecer con el tiempo, que siempre está a nuestro lado. Lo demás pasará. Es ley de vida.

Lo que ocurre es que a Dios no lo vemos con los ojos de la cara. Ni tampoco lo sentimos con los sentidos exteriores.

Por eso el Señor también le dice al fariseo:

–Este mandamiento es el primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,38-39).

Efectivamente no se puede pretender querer a Dios sin amar a las personas que tenemos a nuestro lado. El segundo mandamiento está unido al primero.

A Dios no lo vemos pero a nuestro próximo sí. E incluso lo oímos roncar.

El Señor no tenía que mandar que los israelitas se quisieran a sí mismos, a sus novias, y a sus familiares. Para eso el ser humano no necesita mucha virtud: basta dejarse llevar por la naturaleza.

En el libro del Éxodo (cf. 22,20-26: Primera lectura de la Misa) Dios hablaba para proteger a los débiles y a los que nos resultan extraños.

Porque el amor verdadero no hace distingos entre personas, ni circunstancias: quiere con sentimientos y también cuando no se tiene el sentimiento.
Porque el motivo por el que tenemos que querer a los demás no es porque ellos sean buenos, sino porque nosotros somos buenos.

EL SEGUNDO MANDAMIENTO

Añade San Agustín que estando el segundo mandamiento por debajo del primero –como es lógico– sin embargo en la práctica, en el día a día, el segundo mandamiento tiene que ser el primero.

No podemos subir al escalón más elevado, sin pasar antes por el más bajo. Si no queremos a los demás, es falso nuestro Amor a Dios.

Pero no hay que desanimarse porque una cosa ayuda a la otra. La oración y los sacramentos nos acercan a Dios indudablemente pero también nos ayudan a querer a los demás.

El Amor con mayúscula nos llena de felicidad, por eso san Pablo habla de «la alegría del Espíritu Santo» (1 T 1,7: Segunda lectura). Porque precisamente el Espíritu Santo es el Amor de Dios en Persona.

Y es que el amor, la entrega, es lo que da la verdadera alegría.

Dios es el Amor por excelencia. Dios es la entrega absoluta. Cuando el Señor manda que amemos nos dice algo que Él ya hace, porque está en su Ser.

Un amigo quiso escribir un libro de poemas, y le aconsejaron que lo titulase «Amor verdadero» como tantas veces se repetía en la película de la que hablábamos antes.

AMOR VERDADERO
Pero el libro de mi amigo no terminó llamándose así sino que se tituló «A palo seco».

Porque en esta tierra en la que vivimos ahora, en muchas ocasiones en amor hay que ejercitarlo a contra pelo, sin buscar nada a cambio.

Esto lo que practicó con su vida la Mujer mejor que ha existido.

María consiguió cumplir esos dos mandamientos que se reducen a uno, y que hacen realidad el verdadero Amor. Por eso ella es la auténtica Princesa prometida.

XXX DOMINGO A

sábado, 23 de julio de 2011

LA PALABRA

San Mateo nos cuenta como un día el Señor salió de su casa –entonces vivía en Cafarnaúm–, se sentó junto al lago y se puso a contar anécdotas. Así les habló mucho rato, en parábolas (cf. Mt 13,1-23).
Como a los que hablaba eran pescadores y agricultores las anécdotas eran de ese estilo:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron…»
(Mt 13,1ss).

Seguramente si Jesús tuviera que hablarnos a nosotros, trataría de cosas cercanas, como es lógico, no iba a hablarnos de teorías.Las personas que vivimos en un Colegio Mayor tenemos nuestra vida, con los problemas pequeños, y a veces no tan pequeños.Ayer llevaron a enterrar a un residente del Colegio Mayor donde vivo. Era de la primera planta. De la habitación número cuatro.

Todo el mundo le llamaba Gusgús. Y de una parada cardio-respiratoria no se recuperó.Lo trágico es que el compañero de habitación no se dio cuenta, sino otro, que en ese momento fue a verle.Son cosas que suceden en los Colegios Mayores: siempre hay movidas.Por eso si el Señor tuviera que hablarnos a nosotros no diría nada del sembrador, sino del Colegio. Sin embargo las parábolas del Señor tienen tanta fuerza que todavía sirven, aunque nosotros seamos urbanos.

LA PALABRA DE DIOS
El Evangelio de la Misa de este domingo habla de la Palabra de Dios que cae en nuestro corazón.Este año, el Señor ha sembrado su palabra en todos nosotros. Y lo que sucede es que hay gente que oye con gusto las cosas de Dios, pero viene el Maligno, y hace que lo que el Señor sembró desaparezca.

Sigue diciendo Jesús: Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta en seguida con alegría.Pero al ser superficial, y no tener raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad, o persecución, motivada por creer en Dios, entonces aquel que escuchaba con alegría, sucumbe (cf. Mt 13,1-23).Lo que vemos por experiencia es que lo peor no es un gran pecador que ha cometido grandes crímenes.

Lo peor es intentar hacer compatible el amor de Dios con las cosas del Maligno.Lo que sucede entonces es que el Demonio llega y arrebata lo que se ha sembrado.Para algunas personas las cosas de Dios son sólo cosas bonitas. «Palabras, palabras, palabras», así dice la letra de una canción italiana.

PAROLE, PAROLE, PAROLE
En esa canción italiana se oye una voz masculina que de forma cálida va diciendo en francés cosas bonitas y afectuosas.Mientras que la cantante italiana va repitiendo:

«Parole, parole, parole».El argumento de la canción viene a decir que muchas veces las palabras de amor, no valen nada.Como decía aquella protagonista del papel cuché:

«El amor es eterno mientras dura».Para algunas personas las palabras de amor, sólo significan sonidos de poco valor.Sin embargo hay otras palabras que se clavan como puñales, para bien o para mal.Unas son las palabras de amor sinceras y bellas, y otras son flechas envenenadas. Hay palabras malvadas y palabras sinceras.Pero de Dios sólo nos pueden venir palabras sinceras y buenas, porque Él es bueno.Hace unos días un alemán me decía que hay una expresión de san Josemaría que le resultaba magistral: que a veces hay que «herir para sanar».

HERIR PARA SANAR
Pues si la Palabra de Dios nos hiere es porque estamos enfermos, y Ella nos pueden sanar (cfr. Primera lectura de la Misa: Is 55,10-11).Dice Isaias: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra […] y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,10-11).

Por eso cuando la palabra de Dios cae en buena tierra siempre da fruto (cfr. Respuesta del Salmo de la Misa: Lc 8,8).Ojalá en nuestro caso se pudiera decir también: «La semilla cayó en tierra buena y dio fruto».Por eso todo lo que el Señor ha sembrado en este curso que acaba tiene que fructificar. Las cosas que te ha ido sugiriendo a través de la conciencia.Precisamente nuestra maduración, no se dará sin las dificultades.
La semilla para dar fruto tiene que morir.La palabra de Dios no se siembra sin esfuerzo, ni da fruto sin sufrimiento. San Pablo habla de dolores de parto, hasta que nos transformemos, hasta que nos convirtamos en otra criatura (cfr. Segunda Lectura de la Misa: Rom 8,18-23).Me acuerdo de lo que en una ocasión me dijo un sacerdote experimentado: «Casi siempre nos ayudan más los fracasos que los éxitos»

Esto es así, con frecuencia nos maduran más las contrariedades. Y en nuestra vida siempre habrá agobios y contrariedades.

Nada más que hay que ver el libro de intenciones de la Misa en un Colegio Mayor.

El otro día me preguntaba un chico: –¿Son distintas las peticiones que se hacen en un Colegio Mayor femenino que en un masculino?

–Pues sí, en un colegio femenino la gente cuenta su vida. En el de chicos sólo se hacen peticiones concretas. Si Gusgús hubiera vivido en el Colegio femenino hubieran rellenado varias páginas. En cambio del fallecimiento de Gusgús me enteré en la comida.

De todas formas hay excepciones. Por ejemplo, un colega mío que estuvo trabajando en un colegio de enseñanza media, recibió el mail del director del centro educativo que te voy a leer:

«En el oratorio del Colegio –escribe el director– tenemos un dietario donde los niños van escribiendo, día a día, las intenciones por las que aplicar la Santa Misa. Le adjunto el texto de hoy, que no tiene desperdicio. El chico es de 2º de ESO y lleva todo el día llorando como una Magdalena:

»Por mi perro, porque lo quiero, y que Dios lo tenga con él y lo quiera y cuide mejor que yo.


»Por mi perro y los ratos felices que me hecho pasar, las veces que se ha escapado y lo he reñido, los malos ratos con él, que han sido pocos.

»Por mi perro, que se llamaba Patán y lo quería y lo seguiré queriendo hasta el final de mi vida.

»Te quiero, Patán, no te olvidaré jamás.

»Eres un gran perro, el mejor que se pueda desear, y que lo pase bien al lado de Dios porque se lo merece.

»Adiós. Te quiero».


No me voy a tomar a broma la tragedia de un chaval de catorce años que acaba de perder a uno de sus mejores amigos.

No me voy a tomar eso a broma como me tomé la muerte de Gusgús, que seguramente ya habréis adivinado que se trataba del pez que tenía el residente de la habitación número cuatro.

Me pidió consejo cómo enterrarlo porque lo iban a hacer con solemnidad, como aparecerá en Tuenti.

Le dije que para honras fúnebres de un pez lo mejor sería llevarle en una funda de gafas, porque son como un ataúd en pequeñito.

Y así lo llevaron hasta el Triunfo, pero no para enterrarlo sino para echarlo en una de las más conocidas fuentes de Granada.

MORIR PARA DAR FRUTO

Para que la palabra de Dios de fruto tiene que morir. Y estamos en una sociedad sentimental, en la que no se entiende el por qué de la cruz. No se entiende el valor del sacrificio.

Y para que la palabra de fruto, también la tierra tiene que ser buena. Esta es nuestra misión: conseguir que nuestro corazón este preparado (cfr Evangelio de la Misa: 13,1-23).

La tierra de nuestro corazón puede estar llena de piedras que hacen que no arraigue la palabra de Dios cuando hay dificultades. Pero las verdaderas dificultades están dentro, no fuera de nosotros.

También están las zarzas de las preocupaciones excesivas por lo material, que ahogan la voz de Dios.

Y también está la superficialidad, porque nuestro corazón se ha convertido en un lugar de paso, un camino que transita cualquier idea. La palabra de Dios no arraiga en un alma de portera.

Todo esto que nos cuenta nuestro Señor en el Evangelio puede resultar interesante, pero sonarnos como palabras bonitas: parole, parole, parole, que dice la canción.

Pero no olvidemos que son palabras de honor, puesto que nuestro señor murió por mantenerlas. Así fue, la Palabra de Dios murió crucificada. Pero resucitó. La semilla tuvo que morir para dar fruto.

De hecho esto se repite todos los días: Jesús muere, y resucita en la Santa Misa. Jesús mismo es la Palabra de Dios que se hace trigo, pan, para que nosotros podamos recibirle.

Lo que hemos hablado no son cosas teóricas. Recibimos la Palabra de Dios cuando comulgamos.

RECIBIR LA PALABRA DE DIOS

Por desgracia el Señor viene a nosotros, pero después de la Misa la gente sale, y parece que aquello no arraiga.

Es como si se sembrara al borde del camino, y enseguida desaparece. Una persona que no da gracias después de la Misa, aunque comulgue a menudo la semilla no crece porque carece de la tierra de nuestro tiempo.

Por superficialidad otras cosas parecen más urgentes o necesarias, y las preocupaciones de la vida la ahogan la Palabra de Dios.

Vamos a terminar haciendo este propósito: quedarnos siempre haciendo los diez minutos de acción de gracias.

Por eso le decimos a Jesús: yo quisiera, Señor, recibiros como te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

domingo, 30 de noviembre de 2008

AMOR DE DIOS


Dentro de pocas semanas volveremos a celebrar la primera manifestación del amor de Dios a los hombres.

Dios hecho hombre, Dios encarnado en una naturaleza humana, en un recién nacido.

Es la gran novedad de la fe cristiana: Un Dios que resulta cercanísimo, que se hace uno de nosotros.

Yo creo que, si nos preguntaran por una persona de nuestro tiempo que se ha distinguido por su amor a los demás, casi todos estaríamos de acuerdo en señalar a la Madre Teresa de Calcuta.

La explicación es sencilla: se entiende muy bien que es una gran muestra de amor hacerse pobre con los pobres, enfermo con los enfermos.

Consuela mucha que cuando estamos necesitados de algo, encontremos a una persona que nos comprenda.

Pues Dios hace eso con nosotros: se ha hecho hombre con los hombres para salvar a todos los hombres.

Más: se ha hecho pecador con los pecadores, para salvarnos a los pecadores.

Y lo hizo gratis: ésta es la garantía de calidad de su amor.

Dios no tenía porqué hacer lo que hizo. No tenía porqué padecer frío en la noche de Belén,

ni sufrir tanto en la Cruz, ni ser objeto de burlas, de insultos...

Experimentó la indiferencia del corazón humano desde su Nacimiento.

Ni siquiera tuvo lugar donde nacer que podría esperar cualquier persona.

Y todo eso, y mucho más, por ti y por mí.

Siempre se ha dicho que el amor es atrevido, que hace locuras y lleva a término acciones que escapan a la razón.

Por eso, muchas veces, los pequeños humanitos que poblamos la tierra no terminamos de entender al Señor.

Precisamente porque es Amor.

Al leer la historia Sagrada, la historia de la Salvación, parece como si Dios no supiera vivir sin el hombre.

Esta lógica divina es incomprensible a los ojos humanos.

–¿Por qué, Señor, nos quieres tanto?

Pues no tiene explicación. Pero es que, en las cosas del amor, lo menos apropiado es preguntar por qué.

Ocurre más o menos algo parecido con los equipos de fútbol:

–¿Tú por qué eres del Madrid?

–Porque en mi familia todos son del Madrid y por seguir la tradición.


–¿Y tú, por qué eres del Barça?

–Porque en mi familia son todos del Madrid y para llevar la contraria.

Y luego resulta que un jugador que es el ídolo, se cambia de equipo y pasa a ser lo peor de lo peor.

Realmente no tiene ninguna lógica.

Dios se ha enamorado de sus criaturas.

No somos capaces de darnos cuenta de lo que esto supone.

-Señor, que me dé cuenta un poquito de cómo me quieres.

Y que ese poquito me sirva para corresponder con más generosidad.

Él no se cansa de amarnos, entre otras cosas, porque nunca da marcha atrás.

Los dones de Dios son irrevocables (Rom 11,29).

Dios nos ama con un corazón apasionado. Y con un corazón que perdona y olvida las ofensas.

Por eso, reestableció los lazos entre la tierra y el Cielo, para que los hombres volviéramos a Él.

Así rezamos en la Plegaria Eucarística IV:

Y cuando por desobediencia perdió tu amistad no lo abandonaste al poder de la muerte,
sino que compadecido, tendiste la mano a todos para que te encuentre el que te busca.

Nosotros tuvimos la culpa de todo, pero parece que a Dios eso le da igual.

Si Tú, Señor, llevas la cuenta de nuestros delitos, quien podrá resistir. (Salmo nº 130,3)

Es que el Amor puede con todo, lo aguanta todo.

Yo querría que, en este rato de oración disfrutemos del Amor de Dios por cada uno de nosotros.
Y volvamos a descubrir que es un Amor incondicional.

Podría sucedernos que olvidáramos a Dios, no un momento del día, sino muchos días de nuestra vida.

Podría suceder que rechazáramos la gracia de Dios y le diéramos totalmente la espalda..., cosa que nunca deseamos.

Y pedimos ahora al Señor que no nos suceda eso a ninguno de los que estamos aquí.

Pues aún así, podríamos estar seguros de que Dios no frunciría el cejo de su mirada.

Esto es un misterio porque a Dios sí le duelen nuestras ofensas, nuestros desplantes, nuestra falta de generosidad.

Tiene un Corazón infinitamente grande, Dios es Amor y todo lo que suene a desamor le duele.

Pero es que por encima de todos nuestros errores está su amor incondicional.

Mis delicias son estar con los hijos de los hombres.

Y por eso, superando toda lógica se hace hombre.

-Tú, Señor, que no necesitas de nadie, te lo pasas en grande con nosotros.

Dios es Amor infinito.

Cuando San Pablo, en su epístola a los Corintios, compone el Himno a la caridad, lo hace movido por el Espíritu Santo.

Y no hace más que describir cómo nos quiere Dios a cada uno de nosotros.

La caridad es paciente, la caridad soporta todo, no se irrita, no se inquieta...

Todo lo aguanta, todo lo espera...

De lo contrario, ¿cómo íbamos a volver a la casa del Padre después de cometer una ofensa contra Él?

El corazón de Padre puede más que todos los pecados juntos.

Podemos rezar con el salmista:

El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres (Salmo 125).

Dios siempre se vuelca con nosotros de una manera desmedida.

Y saber esto nos colma de gozo y de paz. A la vez que de cierta vergüenza por lo poco que hacemos.

Y un aldabonazo en el alma para que reaccionemos a ese amor.

El Amor apasionado es la base de la virtud sobrenatural de la Caridad.

Y así es el amor de Dios: un Amor apasionado por cada uno de nosotros.

Ante este derroche de amor divino, ¿qué podemos hacer para corresponder mejor cada día?

Si Dios nos ama apasionadamente ¿cómo no vamos a quererle nosotros con pasión?

La caridad sin pasión amorosa, ni es efectiva ni activa. Sencillamente no es posible para los hombres.

Los Ángeles sí que aman así, espiritualmente, pero los hombres necesitamos la pasión.

Por eso Dios nos ha llamado cerca de Sí: porque nos ha concedido un gran capacidad para querer.

Quizá vivimos con el corazón encogido, con cierto miedo a poner el corazón en Dios y en las cosas de Dios.

Con temor a que el corazón se apasione y se desboque con Nuestro Señor.

Pues te voy a dar un consejo: no lo frenes. Ama a Cristo sin miedo.

-Señor, que perdamos el miedo a decirte que te amamos, que nos vamos contigo al fin del mundo.

Dejemos que el corazón se desmelene con el Señor y dirijamos actos de amor que nos pondrían rojos si los dijéramos en voz alta.

Esos son los mejores.

¿Si no, cómo vamos a corresponder al amor apasionado de Dios?

Sin miedos ni temores. Con un corazón bien enamorado.

Bien sabemos que amar así a Dios se traduce en amar así al prójimo.

Nos entregamos a Dios por medio de un amor apasionado al mundo y al prójimo.

Por eso entre los hombres, no es posible la caridad que no sea cariño.

Así debe ser nuestro amor a Dios: a través del cariño a los demás. Es a ellos a quienes podemos demostrar cuánto queremos a Dios.

Los santos tienen en común que han sido enamorados de Dios.

Y sin ninguna incompatibilidad, personas volcadas en su amor al prójimo.

Acudamos a Nuestra Señora, la Madre del Amor Hermoso, para que nos enseñe a poner el corazón en Dios, y por Él, en los demás.

martes, 28 de octubre de 2008

UNA HISTORIA DE AMOR POR ENTREGAS

Jesús nos aconseja que cuando fuéramos a un banquete, nos pongamos en el último puesto.

Todo el que se comporte así le irá muy bien, porque «el que se humilla será enaltecido» (Lc 14, 1. 7-11: Evangelio de la Misa).

San Pablo nos dice que para él morir es una ganancia. Cosa curiosa porque la muerte es el mayor abajamiento. Es abajarse tanto que uno desaparece.

Me contaban de un cura amigo que, cuando le dijeron que tenía una enfermedad que acabaría con su vida, respondió: –Puedo responder como el Apóstol que para mí morir es una ganancia.

Todo esto es un poco contradictorio. Que el morir sea una ganancia suena a cosa extraña.

La única explicación, el único motivo que puede haber detrás de las palabras de San Pablo, y de la actitud de este sacerdote, es el amor.

Buscar desaparecer, querer morir sólo es propio del amor a Dios o del amor a uno mismo.

Muchos suicidios se producen porque uno se quiere tanto, que uno no soporta más la situación en la que se encuentra y se quita la vida.

Cuando se ama mucho y con intensidad, uno es capaz, no sólo de entregarlo todo sino de entregarse a sí mismo para amar o para hacer una locura.

Dios es Amor. Se ha abajado tanto que ha desaparecido como Señor que es del mundo y de todo el universo. Y, además, de forma voluntaria.

Se encarnó en Belén. Estuvo en el silencio de Nazaret y luego murió de aquella manera en el Calvario. Nació para morir. Y todo por Amor.

Así es Jesús. Él mismo nos dice: «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29: Aleluya).

«De corazón», o sea de verdad. Se abajó del todo porque nos quiere infinitamente.

Su vida sobre la tierra fue humillarse cada vez más. Esa es la manera que tiene de decirnos que nos ama: con su Encarnación y su Pasión.

Así nos quiere Dios. No nos entrega cosas que aprecia, o que le sobran. Se nos da Él mismo, nos entrega a su único Hijo.

Una característica del amor, y más del Amor de Dios, es que sorprende siempre. El que ama sorprende al amado con cosas grandes o pequeñas.

Nadie se esperaba que Dios se fuera a encarnar. Ni siquiera el diablo. Todas sus tentaciones sobre Jesús se encaminan a descubrir quién es.

No se aclara. Era imposible imaginar la Encarnación y la Pasión.

¿Cómo va a ocurrir que Dios nazca, que se haga un Niño, débil y dependiente? ¿Cómo va a ser que Dios muera y además de esa forma?

Todo esto no se lo imaginaba ni la mente más preclara. La astucia no le sirvió a Satanás para descubrirlo, porque a Dios no se llega sólo con la inteligencia sino, y fundamentalmente, por el amor.

Con la humillación, con el abajamiento es como el amor triunfa. Por eso el Amor de Dios triunfó. El odio, Satanás, perdió.

Ante ese amor que el Señor nos tiene y que nos lo ha mostrado como por entregas, nuestra respuesta debe ser la de fiarnos ciegamente de Él.

Pero es que su entrega va más allá de la muerte en la cruz. Lo tenemos aquí en la Eucaristía, dentro de las especies del pan.

¿Quién se podía imaginar esta locura? Nadie. Porque tampoco podemos imaginarnos el Amor que Dios nos tiene.

«Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario…

—Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz.
Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa! (“Nuestra” Misa, Jesús…)
» (Camino, n. 533).

¿Con qué fe nos acercamos a comulgar? ¿Cómo asistimos a Misa? ¿Qué atención ponemos? ¿Nos parece larga o pesada?

¿Con qué confianza nos acercamos al misterio de su Amor por los hombres?

Que bien supo responder la Virgen al Amor de Dios: en Belén, al pie de la cruz y en la Eucaristía. Con qué fe estuvo con Él en cada uno de esos momentos.

¿Te imaginas su recogimiento, su devoción y su humildad en Misa?

Después de comulgar nada la distraería de Dios, para Él toda sus atenciones.

Que nuestra Madre nos ayude a asistir a este misterio de nuestra fe.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías