jueves, 29 de enero de 2009

UNA PANDA DE AMIGOS

El Evangelio nos cuenta como los apóstoles fueron conociendo a Jesús. Y fue de la manera más natural. 

Se fueron presentando unos a otros, hasta que formaron la clásica panda de amigos.

«Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y siguieron a Jesús. 

»Encontró primero a su hermano Simón (...) y lo llevó a Jesús» (Jn 1,40-42).

Después el Señor encontró a Felipe, y, Felipe le llevó a Natanael (cfr. Jn 1,43-46). Así, hasta que se formó el grupo entero. Aquello fue el inicio de una gran amistad, de un grupo muy unido. 

Unos que llaman a otros, y todos siguen a Jesús. Ven y sígueme, esa es la clave.

LA LEY DE LA AMISTAD

«Un trozo de hierro se afila con otro hierro; y a un amigo también se le da forma con otro amigo» (Prv 27, 17).

Esto dice precisamente el libro de los Proverbios cuando trata el tema de la amistad. 

Literalmente, el dice: «El hierro se afila con otro hierro y el amigo afila la cara del amigo». Es el modo hebreo de decir las cosas. 

Los amigos se influyen mutuamente. Es la ley de la amistad. Y se influyen tanto que acaban pareciéndose uno al otro.

Del mismo modo que una pieza de hierro vuelve a otra de una forma determinada si la rozamos contra ella. 

La amistad engendra en nosotros una forma de ver las cosas, de pensar, de divertirse, de hablar, etc.

Las amigas muchas veces visten parecido o igual, porque comparten los mismos gustos.

Todo esto se nota. Las madres se dan cuenta muchas veces que los gestos, y la forma de pensar de los amigos nos acaban influyendo. Por eso se preocupan de saber con quien vamos y salimos.

Que los amigos se influyen es algo evidente. Y ocurre, no porque se lo propongan, sino por el contacto diario.

EL LIDER DEL GRUPO

Entre las amistades suele haber algunos que destacan más. Muchas veces el motivo es porque tienen más personalidad que el resto. Llevan la voz cantante. 

Jesús es perfecto hombre. Él es el Maestro. Su personalidad es tan fuerte que no deja indiferente a nadie que se acerca a él.

Cuando dice su nombre en el Huerto Olivos cayeron a tierra los que iban a apresarle. El Señor no pasa desapercibido. Sus enemigos quieren acabar con él porque está influyendo sobre las personas.

Los Apóstoles fueron cambiando poco a poco con el pasar de los días. Se fueron transformando casi sin darse cuenta.

San Juan que, como su hermano, era de carácter fuerte, se volvió suave.

Pedro que fue cobarde, terminó dando su vida por él. Y así todos. Todos menos Judas, que en el fondo no era amigo de Jesús.

El Señor influye tanto que nos cambia la vida. A san Pablo le ocurrió eso, por eso decía «Vivo pero no soy yo, sino Cristo el que vive en mí» (Gal 2,20). Lo que le impulsaba era Espíritu de Jesús resucitado. 

Su actividad ya no se movía por el «haré esto» o «no lo haré», sino que el Espíritu de Dios le hacía decir «Abba Padre». Lo mismo les sucede a los santos. Se mueven por una fuerza interior que les lleva a superar las dificultades.

El trato con Jesús les hacía tener en cuenta, no solo lo material sino también lo espiritual.

A ESE GRUPO PERTENECEMOS

Los santos se han rodeado de amigos. Formaban grupos de gente que tenían verdadera amistad. Y como estaban tan cerca de Dios han sido la pieza que les unía a Jesús.

San Josemaría empezó con tres. El grupo inicial lo formaban Pepe Romeo, don Norberto Rodríguez e Isidoro Zorzano, que eran, a su vez, continuadores de los asistentes al Sotanillo (cfr. Vázquez de Prada, Tomo I, p. 446).

Curiosamente las primeras vocaciones aparecían cuando se presentaba la fiesta de unos de los apóstoles. 

«Para la historia de la Obra de Dios —escribía en una catalina del 8-V-1931—, es muy interesante anotar estas coincidencias: El 24 de agosto, día de S. Bartolomé, fue la vocación de Isidoro. El 25 de abril, día de S. Marcos, hablé con otro [...]. El día de S. Felipe y Santiago (1-V-31), tuve ocasión —sin buscarla— de hablar a dos. Uno de ellos, con quien me entrevisté de largo, quiere ser de la Obra» (p. 448).

Esa amistad con San Josemaría les llevaba a seguir al Señor. Por eso escribe de los que llegaban: «Ninguno dudó; conocer a Cristo y seguirle fue uno. Que perseveren, Jesús: y que envíes más apóstoles a tu Obra» (p. 449).

Esa era siempre su actitud. Dirigir cada persona al Señor. El escultor Jenaro Lázaro, que los domingos por la tarde, a la salida del Hospital General, se quedaba charlando un rato con don Josemaría, refiere sus recuerdos: «Estas conversaciones, me produjeron una impresión imborrable: era un hombre de Dios, que arrastraba hacia El a las personas que trataba» (p. 452).

LA LLAVE QUE ABRE CUALQUIER ALMA

A veces en el apostolado vamos probando cosas que vemos que no sirven porque la gente no avanza. 

Hay unas palabras que le dice Don Jose María Samoano a María Ignacia Escobar, la primera vocación a la Obra, que dejan claro el camino que hay que seguir. Le aclaraba que para construir bien el Opus Dei era preciso echar sólidos cimientos de santidad: «No queremos número, eso... ¡nunca!, le decía el capellán. Almas santas... almas de íntima unión con Jesús... almas abrasadas en el fuego del amor Divino ¡almas grandes! ¿Me entiende?» (445)

Jesús es la llave que encaja perfectamente en la cerradura de cualquier alma. A veces uno va con un manojo de llaves y va probando hasta que encuentra la adecuada.

El Señor es como una llave maestra que abre la puerta del mundo sobrenatural.

COMUNIÓN, CONFESIÓN Y ORACIÓN

Nuestro apostolado debe consistir en llevar a nuestros amigos a Jesús. Y el Señor influye a través de la gracia, con los sacramentos y en la oración.

Debemos presentarlos, porque, aunque lo conocen de oídas, no lo tratan personalmente.

Comunión, confesión y oración. De esa manera el Señor va influyendo en nosotros casi sin darnos cuenta.

Él es siempre eficaz, porque Jesús no cambia, actúa siempre, es el mismo ayer, hoy y siempre. Entonces nuestros amigos serán santos. 

Nosotros hemos cambiado mucho, y más que nos queda. Si hacemos la cuenta, yendo a Misa a diario durante 10 años hemos recibido al Señor unas 3.000 veces. Y son muchas las horas que nos hemos pasado delante del Sagrario. Y cientos las confesiones.

A pesar de que nuestros defectos y pecados, Jesús es el que nos ha transformado y nos seguirá cambiando.

La Virgen, cuando está en la cruz no está sola. Está con su grupo de amigas. Allí están todas con Jesús. Que nosotros sepamos también hacer lo mismo.


LA SANTA MISA



Hay unas palabras del Deuteronomio que nos pueden servir para introducir esta meditación.

Dice el texto del Antiguo Testamento: «¿Qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros nuestro Dios?» (Dt 4, 7).

Es como una explosión de júbilo, de alegría, ante la cercanía del Señor.

A nosotros nos pasa lo mismo, porque lo comprobamos todos los días. Estás tan cerca, Señor, que incluso te podemos tocar y comulgar.

EL HOMBRE, ANIMAL DE COSTUMBRES

Sin embargo los hombres nos acostumbramos a todo. También a esa cercanía.

El ser humano tiene una capacidad increíble para que le parezcan normales las cosas que le pasan.

Y se acostumbra al ruido de los aviones, si vive cerca de un aeropuerto, o a vivir con muy poco como sucedía en los campos de concentración.

También se habitúa a lo bueno. Puede vivir en un palacio y parecerle lo más normal del mundo.

Por eso, algo tan grande como la santa misa puede pasarnos sin pena ni gloria ante nuestros ojos todos los días. Somos así, nos acostumbrarnos a lo más grande e importante de nuestra vida.

Por eso, las palabras del Deuteronomio hacen que nos demos cuenta de la grandeza de esos momentos: «¿Qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros nuestro Dios?».

Y, sin embargo, hemos asistido esta mañana a este prodigio y aquí estamos, como si nada. Cuando es un milagro que hace Dios a través del sacerdote.

«Una característica del varón apostólico, decía San Josemaría, es amar la Misa» (Camino, 528).

Es el momento más sublime de la formación de una persona. Gran parte de nuestra vida consiste en aprender a vivir bien la Misa.

Te leo unas palabras del Papa: Debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena! (Benedicto XVI, JMJ, Colonia).

DESPACIO, SIN PRISAS.

En una misa puede haber, por nuestra parte, mucho amor o mucha tibieza.

Sí, mucha tibieza. Aunque asistamos –o celebremos, que también a los curas se nos puede meter– todos los días.

La santa misa es algo que tiene más valor que todos los santos juntos, incluida la Santísima Virgen. іPodemos hacer tanto bien en sólo media hora!

-Señor, ayúdanos a ser más piadoso.

Y, a veces, nos entran las prisas si el cura se retrasa dos o tres minutos, o si utiliza el canon largo.

¿No es raro, dice un punto de Camino, que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa) (...) para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar?

–Señor, perdona porque a veces nos entra la prisa.

LAS LUCHAS DE UN SANTO

Pedro Rocamora, un estudiante de Derecho que a veces ayudaba a misa a San Josemaría, comenta que, cuando celebraba, se notaba que «cada palabra tenía un sentido profundo y un acento entrañable. Saboreaba los conceptos».

Decía que se concentraba tanto que se notaba que estaba con el Señor allí presente, ajeno a lo que sucedía a su alrededor.

Al regresar a la sacristía, a los monaguillos se les saltaban las lágrimas al aflojarse la tensión con que habían seguido la misa.

A uno de ellos le llamaba la atención «la manera tan exquisita» con que seguía la liturgia. Se le veía —dice— «muy concentrado, como ensimismado, sobre todo en el Canon». «Rezaba muy bien, se le entendía en latín desde el último rincón de la capilla, que era bastante grande» (Vázquez de Prada, Tomo I, pp. 275 y 276).

Pasados los años, cuando cumplió cerca de los 70, le empezaron a aparecer unas fuertes cataratas. Perdió la visión casi de un día para otro, y le costaba mucho leer, pero continuó celebrando la Misa.

Las cataratas fueron acentuándose, y le buscaron un misal con las letras más grandes.

La persona que le ayudaba normalmente cuenta como, el día del Corpus Christi, le sugirió decir la misa del común de la Virgen, que se sabía de memoria, pero no quiso y contestó: pon la Misa del Corpus Christi, ¡y ayúdame a ser más piadoso!

ALIMENTAR LA HOGUERA

El demonio cuenta con esta rutina. Muchas veces no le hace falta ni siquiera tentarnos, simplemente espera a que se apague la fe y que entre la rutina.

Por eso hemos de avivarla, empeñarnos en vivir bien la misa. Alimentar la hoguera para que no se apague.

Estos días de epidemia de gripe, se oye hablar mucho de los antibióticos.

Yo de esto no entiendo mucho pero, por lo que dicen, es mejor no abusar de ellos porque los virus se pueden inmunizar.

Puede llegar un momento en que no hagan efecto, aunque sean muy potentes.

Con la misa pasa algo parecido.

Si asistimos con rutina, sin pensar demasiado en lo que estamos haciendo, nos hacemos inmunes al Amor de Dios.

–Señor que no nos acostumbremos jamás.

Para eso, intentar darle sentido a las palabras que escuchemos o pronunciemos.

O poner esfuerzo en pronunciar alto y claro, al ritmo de los que asisten con nosotros.

Las misas a las que asistiría la Virgen eran lo más antirrutina que puede existir. El amor no admite ni siquiera un gramo.

LA FAMILIA DE DIOS


La Santísima Trinidad es una Familia compuesta por Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Por eso las cosas que salen de sus manos tienen también ese aire de familia. 

La Iglesia es una familia, con un Padre, el Papa, al que queremos todos. No es una asociación humana a la que te apuntas, como puede ser un equipo de fútbol o un grupo amigos del Trevenque.

LA ESPOSA

La Iglesia es la Esposa de Cristo. Jesús ama a la Iglesia como un hombre ama a una mujer.

Este Amor de Dios se manifiesta en forma de Alianza. Así es como se inician las familias, con la bodas, con la alianza.

Dios estableció una alianza con el pueblo de Israel, y la restableció con el Nuevo Pueblo de que es la Iglesia.

«Vosotros, los maridos, dice San Pablo, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25).

EL ESPOSO

Dios Padre ha puesto todas las cosas bajo los pies de Cristo y le ha constituido cabeza de toda la Iglesia, que es su cuerpo (Ef 1,22-23).

La Iglesia la ha querido el Señor. Ha eligido unas personas y les ha dado un estilo de vida, unos medios, los sacramentos, un gobierno, etc.

La gente que dice Jesucristo sí y la Iglesia no, es lo mismo que si dijeran que Jesús no es Dios.

Sería tenerlo únicamente como buena persona, como alguien que hizo grandes cosas y ya está. Nos uniríamos a Jesús como hombre no como Dios.

–Señor nosotros te queremos también como Dios, por eso amamos tu Iglesia.

Lumen Gentium. Ese es el nombre que lleva el documento del Concilio Vaticano II que habla de Cristo para tratar de la Iglesia.

La Iglesia no tiene luz propia. Su luz es Cristo. Es como la luna, que refleja la luz del sol.

–Señor cuando digo amo a la Iglesia te amo a ti.

La Iglesia es Cristo y sus miembros. Él es la cabeza del cuerpo.

LOS NIÑOS

Nosotros queremos amar la Iglesia como buenos hijos de esta familia. Gastar toda nuestra vida en su servicio.

Eso es lo que han hecho los mártires y los santos. Han entregado su vida del todo, poco a poco o en un instante.

Es una familia muy variada, con personas distintas y maneras de ser. Los hay con rasgos europeo, orientales. Más blancos, con más color. Pelirrojos, castaños, etc. 

Cuando vas a Roma, llama la atención comprobar esto. Te hace gracia ver en la Basílica de San Pedro a los chinitos adorando la Eucaristía, con una reverencia profunda.

O africanos participando de la Santa Misa, también a su manera: bailando casi constantemente con un ritmo envidiable.

LA CASA

La Iglesia es el lugar que Dios ha querido para que nos encontremos con él y con los demás.

Nos une la misma fe, el mismo afán por amar a Señor y al prójimo. Las mismas costumbres.

Es ahí desarrollamos nuestra vida cristiana. Lo mismo que un niño crece, se forma dentro de una familia. Cuando algien no ha crecido dentro de una familia se nota.

Es en la Iglesia donde recibimos los sacramentos: donde nacemos, crecemos, nos curamos de las heridas, donde nos alimentamos.

Por eso decimos, con toda la razón del mundo que la Iglesia es nuestra madre. No es una metáfora.

FAMILIA EN TODO EL MUNDO

En cualquier iglesia del mundo notamos la ayuda y el aliento de un montón de gente que piensa y siente como nosotros.

Me contaba un estudiante que se fue de Erasmus a un país donde había pocas iglesias. En un principio se encontraba totalmente perdido.

El idioma le era extraño y apenas se podía entender con la gente. El clima no se parecía nada al de aquí: le faltaba el sol.

La comida era totalmente distinta y le producía problemas digestivos. Pero entró en una iglesia católica y, de repente encontró algo familiar.

No sabía si era el olor a la cera de las velas, las viejas rezando, las vidrieras o las imágenes de la Virgen.

Pero, según afirma, se sintió como en casa. ¡Qué bueno eres, Señor, que quieres que nos sintamos en casa en cualquier parte del mundo!

HACER FAMILIA

San Pablo, como dice el Papa Benedicto XVI, se entregó al Evangelio «¡las veinticuatro horas!». De ahí su solicitud por todas las iglesias y por todas las almas.

Nosotros debemos rezar todos los días por la Iglesia Lo hacemos cuando asistimos a Misa. Pedimos a Dios por la «Iglesia santa y católica para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad», por el Papa, los obispos.

Salen los nombres de los Apóstoles, de hermanos y hermanas nuestras que han dado su vida en el martirio. Y todos los santos a los que les pedimos ayuda para ser fieles.

Pedimos por los vivos y los difuntos, por los que están asistiendo en ese momento. Y, como cualquier familia, tiene gente en la tierra y otros que ya han dado el salto.

Formamos un solo corazón y una sola alma, como en los primeros cristianismo, que los paganos se admiraban y exclamaban mirando a los cristianos: mirad como se aman.

Pedimos para que todos estemos muy unidos. Los santos han sido siempre muy sensibles a esto, a la unidad de la Iglesia.

Una mañana de 1970, la persona que ayudaba habitualmente a San Josemaría a Misa le notó un poco disgustado y apenado.

Iba a celebrar misa y, antes de entrar en el oratorio, suspiró con fuerza, arrojando de su pecho la carga que le abrumaba:

¡Dios mío!

–«¿Le pasa algo, Padre?», preguntó el que le ayudaba.

–Me pasa..., que me duele la Iglesia.

Le dolían las dificultades de todo tipo que pasaban los cristianos en todo el mundo. Dificultades materiales y de todo tipo.

–Señor, querríamos tener esa misma sensibilidad.

No nos puede ser indiferente la situación de nuestros hermanos de todo el mundo. Esto es lo que significa tener el corazón católico.

Qué alegría, dice san Josemaría,
poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia santa (Camino, 518).

-Sancta Maria, Mater Ecclesiae, ora pro nobis.


domingo, 25 de enero de 2009

TRATÁDMELO BIEN


Hace cinco años salió un documento sobre el Sacramento de la Eucaristía: Redemptionis Sacramentum se titulaba. 

Recoge indicaciones de lo que se debe hacer o evitar para tratar bien al Señor.

Es algo normal. Cuando se va a estar con alguien importante se prepara todo. Hay un protocolo. 

Se sabe de antemano lo que se debe hacer: cómo se saluda a unos y a otros, quién se sienta con quién, el vestido que hay que llevar, si es oscuro o más claro, el regalo que se puede hacer, etc.

Pues con el Señor lo mismo o mejor si cabe.

CELOSOS DE DIOS

La gente que quiere a Dios le trata bien. Tiene deseos de cuidarle mucho. Todo lo que hace le parece poco.

El salmo 69, 10 dice: «El celo de tu casa me consume», «Zelus domus tuae comedet me». San Juan en su Evangelio le aplica este salmo a Jesús.

Se podría decir lo mismo de los santos. Y nosotros podemos repetírselo al Señor ahora: —Señor, el amor por la Eucaristía me hace mejor.

Hay un momento de la vida de Jesús en el que, los discípulos, al verle actuar se acordaron justamente de estas palabras: «El celo de tu casa me consume» (cfr. Jn 2,17). 

AGRADAR A DIOS.

Esto tiene su contexto. Todo israelita tenía que ofrecer como sacrificio en la fiesta de la Pascua un buey o una oveja, si era rico; o dos tórtolas o dos pichones si era pobre: según el Lev 5,7.

Hoy nosotros venimos a rezar, a estar con él. Para eso hace falta centrarse en él.

Lo judíos lo hacían porque lo mandaba la Ley. Los buenos israelitas iban para agradar a Dios aunque también lo hacían por obligación. No cumplían simplemente sino que le querían con sus ofrendas. San José y la Virgen fueron en su día.

Además de los sacrificios de animales, los judíos debían pagar cada año medio siclo, si había cumplido los 20 años. Ese dinero equivalía al jornal de un obrero. 

EL MERCADILLO DEL PUEBLO

El siclo era una moneda especial, llamada también moneda del Templo (Ex 30, 13).

Las demás monedas en uso (denario, dracmas, etc.) por llevar impresa la efigie de autoridades paganas, eran consideradas impuras.

De forma práctica, para facilitar el cumplimiento de los mandatos de Dios, en los atrios del Templo se había montado un servicio de venta. 

En principio pudo ser conveniente. Servía para cambiar las monedas, y para comprar los animales. 

Con el paso del tiempo degeneró. A la gente poco a poco le pareció normal ese modo de proceder.

No es que la compra y la venta se hiciese dentro del Templo, se hacía en el atrio. Lo que hoy podríamos decir en la explanada, o en lugar próximo al pórtico.
Allí se organizaba una buena. Se juntaban muchos. Voces, ruidos de animales, mugidos, gritos de precios, sonido de dinero, alguna que otra discusión, gente corriendo para sujetar una oveja que se les iba, insultos, saludos efusivos, etc. Parecía el mercadillo de un pueblo.

EL DISGUSTO DE JESÚS

La mansedumbre del Señor es proverbial, su paciencia supera a la de Job. 
No ha habido un hombre tan lento para la ira. Verdaderamente Jesús es paciente y misericordioso.

Al Señor se le acercan los niños sin miedo. Su presencia les da confianza por lo bueno que es.

Sin embargo, cuando entró aquel día en el Templo y vio el tinglao que habían montado, reaccionó como nunca lo había hecho. Hizo una cosa extraordinariamente llamativa.
San Juan, que fue testigo presencial, dice que se hizo «un látigo de cuerdas y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes; tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. 

»Y dijo a los que vendían palomas: –Quitad esto de aquí, no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre» (Jn 2,15-16). 

Entonces sus discípulos recordaron aquellas palabras: «El celo de tu casa me consume».

Aquel día Jesús se llevó un buen disgusto. Por eso, el Señor también nos dice a nosotros: —«No hagáis de la casa de mi Padre un mercadillo».

AFINAR CON EL SEÑOR

Con ese documento, Redemptionis Sacramentum, también la Iglesia nos da un toque de atención para tratar con más reverencia a Jesús Sacramentado.

Es curioso, pero sólo los santos aceptan poder mejorar en este aspecto. El amor al Señor les hace muy sensibles, y cualquier cosa relacionada con esto les produce gozo o sufrimiento.

Jesús premiará a esas mujeres de los pueblos que cuidan de las parroquias. 

San Josemaría hablaba de la importancia que el cristiano le tiene que dar a una simple inclinación de cabeza o a una mirada cariñosa a nuestra Madre.

También a poner unas flores, tener limpios los manteles, los lienzos, la plata. En esas cosas se demuestra la fe que tiene una persona. Tenemos que seguir poniendo empeño en cuidar mucho al Señor en la Eucaristía.

Pero no solo en lo material, también el comportamiento indica el valor de la Persona que tenemos delante, que es el mismo Dios.

Me decía una, no con tono de crítica, sino comentando un hecho: que al principio se había extrañado de que había mucho trasiego en el oratorio.

Y me comentaba que en un principio le chocó que mientras había gente que rezaba, otras hablaban o se decían cosas en voz baja. O que se oyeran voces en pasillos cercanos.

Incluso, decía, he visto que por un descuido se contesta al teléfono en el mismo oratorio: quizá es inevitable, pensaba.

Lo peor de todo es que, en el colegio, las más pequeñas, cuando ven eso, pueden pensar que es algo que se puede hacer. 

A todos nos ha podido pasar una cosa de estas. Y no por falta de fe, sino quizá por un exceso de familiaridad. 

«¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien! Decía, entre lágrimas, un anciano Prelado a los nuevos Sacerdotes que acaba de ordenar.

»–¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos!» (Camino, 531).

Estas palabras las decía San Josemaría en una meditación a sacerdotes en el año 1938: "¡Tratádmelo bien! ¡Que es hijo de buena Madre!"

Esto no sólo demuestra que tenemos vida interior, sino que también se da buen ejemplo a los demás, porque se fijan en cómo cuidamos al Señor.

Me contaba un matrimonio que todavía se acordaban del cariño que había puesto un sacerdote amigo al celebrar la Misa en un acto al que asistieron dos meses antes.

Otro ejemplo pequeño. Una alumna comentaba, como si no tuviera importancia, que ella se había decidido a darle más cosas al Señor al ver como el sacerdote de su colegio purificaba el cáliz después de la comunión.

El cuidado de Dios se nota.

REY DE REYES

Hay una anécdota de Carlos V, cuando llegó un embajador, mientras se encontraba en su oratorio privado. Por lo visto le avisaron que acababa de llegar el Embajador de Francia para entrevistarse con él. 

–Majestad está el Embajador
–Pues decirle que espere que ahora mismo estoy en audiencia con el Rey de Reyes

Desde luego hay cosas urgentes, muy urgentes, pero la mayoría quizá pueden esperar diez minutos, o un cuarto de hora.

Vamos ya a terminar pidiendo a la Virgen que la familiaridad con Jesús, nos haga como Ella: más delicados, más finos. Que le demos importancia a lo pequeño, una inclinación, una genuflexión, para no endurecer nuestro corazón

Que Ella no nos deje ir por el Sancta Sanctorum, con maneras de negociantes. Ni siquiera por el atrio.


martes, 20 de enero de 2009

METANOIA CON RECETA

Ver resumen
La cercanía de Dios nos pide siempre un nuevo cambio: todos somos pecadores.

Hace algún tipo vino una profesora de 3º de Primaria para ver si podíamos subir a la clase y explicarles que criticar no está bien. Yo pensé que aquello era un poco exagerado: ¡niñas de 6 años criticando! 

Aquello fue un espectáculo. Entre en la clase y, mientras les explicaba que ni siquiera se debe pensar mal de la gente, todas sonreían y me miraban fijamente. Era una situación un poco incómoda. Vete tú a saber lo que estaban pensando mientras.

A veces no resulta cómodo decir a una persona que tiene que cambiar. Por eso hay quien se resiste a hablar claro a los demás. Esto le sucedía al profeta Jonás, que pensaba que no le iban a hacer caso.

Decirle a una persona las cosas que hace mal, cuesta. A nadie le sienta bien que se lo digan. Es verdad que siempre hay que hacerlo con delicadeza, pero exigir cuesta, no está de moda. 

En el salmo le hemos dicho al Señor «enséñame tus caminos» y uno de esos caminos que tiene previsto es el de hablar claro a los demás (Sal 24, responsorial) 

–Enséñanos a corregir.

En el fondo, lo que nos pasa es que no queremos hacerlo porque vamos a caerle mal a una persona o a muchas. Sabemos que van a pensar de nosotros un poco regulín, por lo menos durante unos minutos.

Cuando una madre regaña a su niño, el niño pone cara de enfado y le dice: -ya no te quiero. A San Juan Bautista, hablar claro le costó, no solo la lengua sino la cabeza. 

Hubo un santo en Polonia, en el siglo XI, que se atrevió a corregir el comportamiento del mismísimo rey, por sus inmoralidades. Entonces el rey, molesto, ordenó matarlo. Como los que tenían que hacerlo se resistían a matar a una persona tan santa, el mismo rey Boleslao II subió al altar de la catedral de Cracovia y, mientras San Estanislao celebraba la Santa Misa, lo asesinó con sus propias manos.
Jonás acabó predicando la conversión en Nínive (la actual Bagdad). Él se resistía a ir para allá, y el Señor tuvo que llevarlo en el interior de una ballena, inventando así el primer submarino de la historia.

CONVERSIÓN EN MEDIO ORIENTE 

Era necesaria la conversión de los ninivitas. Tenían que cambiar la mala vida que llevaban. Y para eso un hombre debía decirlo, porque el Señor utiliza instrumentos (cfr. Jon 3,1-5.10: primera lectura de la Misa).

A veces, el Señor, se sirve incluso de los niños. Contaba una madre de familia con tres hijos que, en un reciente viaje en tren, la mayor, una niña rubia que no es más alta que una silla, se dirigió a una persona mayor que estaba leyendo una revista inconveniente y le dijo: ¿Usted no sabe que lo que mancha a un niño mancha a un viejo?

CONVERSIÓN EN OCCIDENTE

Ahora es necesario que se de un cambio en nuestra vida. Pero si vemos que no lo necesitamos –como le ocurría a los de Nínive– entonces es que nuestra conversión debe ser más urgente todavía.

Hay gente que se deja decir las cosas. Se nota que te escuchan cuando le estás diciendo algo que no va. Y, como son humildes, aunque les siente a cuerno quemado lo que le estás diciendo, te hacen caso.

Otros, en cambio, no se dejan decir nada. Les dices algo y entonces se enfadan, y te ponen en su lista negra. O piensan que esa es tu opinión y que, por su puesto, está equivocada porque hay gente que les conoce y nunca le han dicho eso.

Puede ser que Dios envíe a alguien para que nos diga: –No eres excesivamente malo, pero tampoco eres excesivamente bueno. Te estás volviendo tibio.

En realidad nos están diciendo que vamos bastante mal, porque a los tibios, dice San Juan, Dios los vomita de su boca.

Aunque seguramente nuestra vida no será así, porque vivimos como cristianos. Pero puede ser que nos de miedo corregir, meternos en la vida de los demás. 

Y nos puede dar miedo que nos señalen con el dedo y digan o piensen: -mira por ahí va la cristiana, la que no le gusta que hablemos de cosas frívolas...

PEQUEÑO JONÁS

Si huimos de colaborar en la conversión de los demás seríamos como Jonás. La palabra «metanoia», que significa conversión, puede sonarnos a griego, porque no queremos saber nada de las enfermedades ajenas. No queremos pensar en las cosas que las amigas hacen mal, no vaya a ser que las tengamos que corregir después de esta meditación.

El Señor, a los cristianos, nos ha puesto como médicos de urgencia: la gente que tenemos a nuestro alrededor necesita de nuestra ayuda. Y hay que darse prisa porque como dice San Pablo «la representación de este mundo se termina» (en segunda lectura de la Misa: 1Co 7,29-31).

LA RECETA

Es tan importante anunciar conversión que esto fue lo primero que hizo Jesús: iba predicando «convertíos y creed en el Evangelio».

Si queremos que la gente cambie de verdad hay que hablarles del Evangelio. Y el cristianismo se puede resumir en tres palabras: amistad con Jesucristo. Esto es lo importante porque no se puede conseguir metanoia sin receta.

Y como todas las medicinas, las madres las convierten en cosas apetitosas. La Virgen nos ayudará a que la gente cambie dándoles la amistad con Jesucristo.

lunes, 19 de enero de 2009

EL FOGONAZO (LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO)

San Pablo nos cuenta su conversión en la Primera lectura. Fue algo que ocurrió de repente, sin previo aviso (cfr. Hch 22, 3-16). Aquel episodio le marcó. A partir de aquel día, su vida fue un antes y un después.

UNA LUZ CEGADORA

Para renovar el DNI o el pasaporte es necesario, o por lo menos lo era antes, hacerse unas fotos de carnet. Hay ciudades que todavía conservan en las calles unos sitios donde se hacen esas fotos automáticamente. Es el conocido fotomatón.

Te metes dentro, te sientas en un taburete giratorio, te colocas como puedes, echas tus euros y esperas. Cuatro fogonazos de luz salen de la cámara que tienes enfrente y te dejan medio ciego.

Durante un rato ves como una mancha blanca. Pasados uno minutos recoges tus fotos y ya puedes renovar tu carnet de identidad.

San Pablo llevaba unos seis días de viaje. Iba convencido de que estaba haciendo lo que Dios quería. Cabalgaba seguro de sí mismo, hasta que se metió en la llanura de Damasco. De repente una luz intensa le tumbó y le cegó.

En medio de su intensa actividad apareció Jesús. Se cruzó en su camino y su gracia le tocó hasta físicamente.

Su conversión fue como un fogonazo de luz. Una luz que le dejó ciego durante tres días. Una luz intensa que le retrató, le hizo ver realmente quién era y el mal que estaba haciendo.

CONVERTIRSE EN UNA ESCALERA

Te voy a leer la conversión de un amigo. Te la leo porque el lugar donde sucedió fue un tanto curioso. Se convirtió en uno de los escalones de la escalera de su casa.

Creo, dice, que todavía sería capaz de señalar el sitio exacto de las escaleras donde una noche, a los diecisiete años, caí de rodillas y pronuncié un voto de celibato (...).

En aquella época (como les ocurre normalmente a muchas personas), comenzaba a hacer íntimas y sólidas amistades.

También comenzaba a darme cuenta de que en muchos casos, cuando abandonáramos el colegio, la separación acabaría con ellas.

Consciente por primera vez del ansia con que mi naturaleza buscaba la simpatía y el apoyo humanos, me pareció un deber evidente negarme a mí mismo esa simpatía y ese apoyo (...).

Necesitaba disponer de la capacidad de acompañar al Señor sin impedimentos.

Como le sucedió al Apóstol, parece que fue algo repentino. Tan de repente que le pilló en la escalera de su casa.

SAN PABLO NO ERA UN PINTAS.

Era un judío ejemplar. Sabía mucho de leyes religiosas. Había sido alumno de un famoso rabino de la época llamado Gamaliel. «
Aprendí, dice él mismo, hasta el último detalle de la ley de nuestros padres».

La gente lo respetaba, y le temía al mismo tiempo. Era más bien lanzado. Muy directo. Parece que estaba hecho para mandar y no para ser mandado. Tenía tanto celo que era conocido por su incansable actividad.

Un día, cuando ya se había convertido, dijo a los judíos: «
he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora». El Apóstol tenía buena fe. Era buena gente.

Los que más se convierten son los santos. Están rectificando todo el día, y varias veces en un mismo día. San Pablo pudo dar un giro a su vida porque quería a Dios.

UN INSTRUMENTO DEFECTUOSO

Era un buen fariseo, pero utilizaba toda su ciencia religiosa para obstaculizar el camino de la Iglesia.

La persiguió «
a muerte». Su apasionamiento y su intención, que él creía recta, le cegaban. Queriendo al Señor, ponía dificultades y luchaba a tope contra Él, sin saberlo.

Quería a Dios, pero a su manera. Estaba lleno de celo malo y, además, y eso era lo peor, estaba plenamente convencido de lo que hacía. Lo más fuerte es que se sabía instrumento del Señor.

¡Qué peligroso es actuar mal creyendo que se está haciendo bien!

DIOS, A VECES, NOS BLOQUEA

Cuando el Señor actúa, al principio puede haber un poco de desconcierto. Al Apóstol le ocurrió eso, se bloqueó, no sabía bien lo que estaba sucediendo, por eso pregunta: «
¿quién eres Señor?».

Es normal que, cuando nos corrijan o nos digan que no estamos haciendo las cosas como Dios quiere, nos desconcertemos, y surjan preguntas: ¿y esto porqué me lo dicen? ¿Y qué se supone que debo hacer?

A veces, cuando nos dicen cosas de fondo, no superficiales, podemos enfadarnos y reaccionar mal. Darle vueltas y justificarnos una y otra vez. La conversión es algo que nos deslumbra y no nos deja ver bien.

San Juan de Dios, combatió con los ejércitos de Carlos V. Por algunos errores que tuvo fue condenado a la horca y se salvó de puro milagro. Retomó su antiguo oficio de pastor y leñador. Luego fue albañil y finalmente librero. Tenía un puesto en la calle Elvira, en Granada.

El 20 de enero escucha la predicación de san Juan de Ávila en el campo de los Mártires, cerca de la Alhambra y se bloqueó. Se quedó tocadísimo. Aquellas palabras
se le fijaron en las entrañas, y se llenó de deseos de cambiar de vida.

Cuando nos hablan más claro de lo normal, se puede tambalear la opinión que tenemos de nosotros mismos y bloquearnos. Por eso el Señor nos pone al lado gente que nos lleva por el camino correcto.

EL BASTÓN DE CIEGO

San Pablo, como era buena persona, hizo lo que Jesús le dijo. Entró en Damasco con la ayuda de sus compañeros de viaje, y el Señor le envió a Ananías, que lo bautizó.

Si queremos, Dios nos da los medios para que nos convirtamos. Se sirve de personas o de cosas que nos pasan. El Señor nos pide que nos dejemos llevar de la mano como un niño, aunque no veamos claro el camino.

Lo mismo que un ciego se deja guiar por su bastón. San Pablo nunca se arrepintió de haberse convertido. Por eso decía: «
Sé de quién me he fiado» (Antífona Entrada).

-
Señor, concédenos en el día en el que celebramos su conversión caminar hacia ti, siguiendo su ejemplo (Oración Colecta).


RENOVAR EL DNI

Dios no se cansa de intentarlo una y otra vez, «
porque grande es su amor hacia nosotros» (Sal 116: Salmo Responsorial). Nos quiere cambiados para que vayamos por todo el mundo y prediquemos el Evangelio (cfr. Aleluya).

San Pablo recuperó la vista. Veía las cosas de distinta manera. Se había hecho como una nueva identidad. Es un ejemplo de hasta dónde puede llegar la fuerza de la gracia.

La gracia no solo cambia superficialmente a las personas.

Va a transformar directamente el carácter. Por eso, el sello personal de identificación a partir de ese momento no será ya Saulo sino Pablo.

Los sacerdotes, cuando nos ordenamos, nos pasa algo parecido. Te cambian el nombre, y pasas a ser don Santiago, don Francisco. También cambias la forma de vestir.

Ante esto, la familia se extraña al verte la primera vez y escuchar que los demás te tratan de don.

Luego ya se acostumbran. Y es que la transformación que produce el sacramento se nota hasta por fuera.

Seguir al Señor nos cambia. Y nos tiene que seguir cambiando en cosas profundas, no solo en lo superficial.

Gaudí, después de aceptar el proyecto de construir la iglesia de la Sagrada Familia en 1894, quiso prepararse para esa tarea siguiendo el consejo del Beato Fray Angélico:
quien desee pintar a Cristo sólo tiene un procedimiento: vivir con Cristo.

Su empeño por vivir así le hizo abandonar la buena vida, el vestir en plan snob, los restaurantes refinados y el afán de riqueza y de gloria. Poco a poco se fue transformando en el famoso arquitecto que recorría Barcelona a pie y vestido modestamente.

QUERER CAMBIAR

Para convertirse hay que querer. Jesús en el Evangelio lo dice muy claro: «
El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado» (Mc 16, 15-18: Evangelio de la Misa).

-
Enciende nuestro corazón de amor para querer cambiar.

Hay que estar dispuesto a dejar de vivir como viven todos, a actuar como lo hace todo el mundo. Hay que querer hacer el bien aunque sea incómodo y no estar pendientes de lo que piensen los demás, sino de lo que piense Dios.

-
Señor, que desde ahora, sea otro: que no sea yo, sino "aquel" que Tú deseas. Que no te niegue nada de lo que me pidas.

En toda conversión la Virgen está presente de alguna manera. Quiere, como cualquier madre, que salgamos bien en las fotos a pesar de los fogonazos.


viernes, 16 de enero de 2009

ENCUENTROS EN LA PRIMERA FASE

En la actualidad Dios sigue llamando, y lo hace como casi siempre: en el silencio y a través de otras personas que nos lo presentan.

He de reconocer que algunos de los que estamos aquí hemos sido llamados a la amistad con Dios de esas dos formas.

A veces nos gusta recordar cómo fueron los primero encuentros que tuvimos con el Señor.

Es bueno que nos sirvamos de la memoria para unirnos más a Él: al contemplar que nos iba persiguiendo, porque quería que fuésemos su amigo.

LA VOZ DE DIOS

Nos cuenta la Sagrada Escritura que un chico llamado Samuel aún no conocía cómo hablaba el Señor (cfr. 3,3b-10.19: primera lectura de la Misa).

Fue el sacerdote Elí quien entendió que Dios llamaba a aquel chico. Por eso le dio el consejo de que cuando oyese algo dijera: –«Habla, que tu siervo te escucha».

Y éste fue el inicio de la amistad del Señor con Samuel.

Y esa jaculatoria que han dicho los hombres desde entonces podemos utilizarla ahora: –Habla, Señor, que te escucho.

Esto lo han dicho los cristianos de todas las épocas, con distintos acentos, en distintos idiomas, o con palabras semejantes. San Josemaría le decía al Señor: – ¡Jesús, dime algo!

Eso lo decía ya, cuando tenía amistad con Dios. Porque en su adolescencia repetía:
Señor, que vea. Que es una forma de decir: –Habla, Señor, y muéstrame lo que quieres de mí.

Sin el dialogo con Dios es muy difícil descubrir lo que el Señor nos pide. Tantas veces los santos han dicho que hay que rezar más.

Son pocos los que rezan, y los que rezamos, rezamos poco, le dijo un diplomático al Papa Pablo VI, con palabras de un Santo.

Los que rezamos, rezamos poco. Nuestro propósito tiene que ser rezar más, rezar mejor.

Y la calidad de la oración se ve por los frutos.

La calidad de nuestra oración se ve por los frutos. Pero no hay que tener la ingenuidad del que quiere conseguir los frutos tirando de la planta para que crezca.

No queremos frutos para nuestra cuenta personal, sino porque nos interesan las personas.

No se trata sólo de conseguir que la gente rece algo. Eso está muy bien. Hay que procurar que dediquen un tiempo a hacer oración.

Y esto es así porque el Señor cuenta con nuestra colaboración.

DIOS HABLA TAMBIÉN A TRAVÉS DE SUS INTRUMENTOS

Con frecuencia el Señor se sirve de otras personas para que se conozca su voluntad.

Se sirve del Papa para señalarnos el camino. Para eso puso el Señor la Roca de Pedro.

No es extraño que a Benedicto XVI le hagan preguntas. En concreto, en abril del año pasado, los obispos norteamericanos le dijeron:

«Dé su parecer sobre la disminución de vocaciones, a pesar del crecimiento de la población católica»

Y el Papa le respondió:

«En el Evangelio, Jesús nos dice que se ha de orar para que el Señor de la mies envíe obreros; admite incluso que los obreros son pocos ante la abundancia de la mies (cf. Mt 9,37-38).

Parecerá extraño, pero yo pienso muchas veces que la oración –el
unum necessariumes el único aspecto de las vocaciones que resulta eficaz y que nosotros tendemos con frecuencia a olvidarlo o infravalorarlo.

No hablo solamente de la oración por las vocaciones.

La oración misma... es el medio principal por el que llegamos a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida.

En la medida en que enseñamos a los jóvenes a rezar, y a rezar bien, cooperamos a la llamada de Dios.

Los programas, los planes y los proyectos tienen su lugar, pero el discernimiento de una vocación es ante todo el fruto del diálogo íntimo entre el Señor y sus discípulos.

Los jóvenes, si saben rezar, pueden tener confianza de saber qué hacer ante la llamada de Dios.

Por eso –como decía San Josemaría– si no conseguimos de los jóvenes que sean almas de oración hemos perdido el tiempo.

Se trata de que los llevemos a Dios como hizo Juan el Bautista con los que él trataba.

De San Juan Bautista algunos podrían decir que era una persona radical y excéntrica, pero no pueden negar que era humilde.

No le interesa otra cosa que servir al Señor, ser su instrumento. No quería que se quedasen en él. Llevó a la gente a Dios.

El Evangelio nos relata el encuentro de Jesús con dos jóvenes discípulos del Bautista: eran Juan y Andrés.

Precisamente estos dos chicos fueron intermediarios para que otros conocieran a Jesús (cfr: Jn 1,35-42). Más tarde todos ellos serían amigos de Dios.

La humildad engendra humildad. Se ve perfectamente cuando lo que se persigue en el apostolado es que la gente busque a Dios, no nuestro triunfo.

Esto sucedería si no se reza: se acabaría confundiendo el servicio a Dios con servirnos a nosotros.

Si no se reza, se acaba confundiendo el seguir al Señor con cumplir una serie de actividades religiosas.

La primera verdad fundamental que hemos de enseñar es que la vida de oración –la oración contemplativa– no es fruto de una técnica, sino un don que recibimos.

La oración no es una técnica sino una gracia. Y resulta extraño que se pueda hacer compatible hacer oración con no estar en amistad con Dios.

El secreto consiste en tener la misma longitud de onda que tiene Dios: conseguir sintonizar. Eso es cuestión nuestra

CUESTIÓN DEL RECEPTOR

Ya se ve que Dios suele hablar bajito. Y sólo es posible escucharle si nuestro interior es un receptor que no está dañado, que puede conectar.

Juan Pablo II hablaba de «la teología del cuerpo». Y así es: nuestro cuerpo es un instrumento de alta tecnología espiritual, que si sufre alteraciones no podrá escuchar la voz de Dios.

Admiramos los grandes templos de Roma o Estambul, que han servido de encuentro con Dios.

Pero el templo más preciado por el Señor es nuestro cuerpo: allí puede habitar el Espíritu Santo, o puede ser un santuario vacio o profanado (cfr. 1 Co 6,13c-15ª.17-20: segunda lectura de la Misa).

Lo primero que hicimos nosotros fue comenzar con un tiempo dedicado a Dios, esto serán nuestros encuentros en primera fase. Luego tiene que venir la amistad.

La amistad es una cosa tangible. Indudablemente no somos santos.

Pero sí podemos tener intimidad con nuestro Señor. Para eso está el silencio interior.

Llamamos «oración» a ponernos en la presencia de Dios, con el deseo de entrar en la intimidad con El, en medio de la soledad y del silencio.

MAESTRA DEL SILENCIO Y DE LA ESCUCHA

María lo primero que hacía cuando llegaba a casa era encender la televisión, porque si no escuchaba ese ruido de fondo se sentía sola.

«Y cuando se subía al coche, lo primero que hacía era poner la radio. O mejor dicho estaba puesta ya: nada más darle al interruptor del coche se oía. Es que a ella le daba miedo la soledad».


Esta María, no era la Madre de Jesús: no sólo no le daba miedo el silencio, sino que era el vehículo que le llevaba a Dios.

Desde que tuvo uso de razón, María estuvo atenta a la voz de Dios. Y era tan fluido ese diálogo, que el mismo Señor quiso habitar materialmente en su cuerpo. Como en nuestro caso cuando recibimos la Comunión.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías