lunes, 1 de octubre de 2007

HUMILDAD

–Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón .


Jesús nos pide que aprendamos de Él. Necesitamos ser alumnos suyos. Gente que se alimenta –de ahí viene alumno etimológicamente– alimentados no por cosas que pensamos, leemos, o escuchamos: tenemos que alimentarnos con su trato.


Decía el filósofo de Córdoba: «lento es enseñar con teorías, pero suave y eficaz con el ejemplo ».

Por eso dice Jesús que aprendamos de Él. Su vida es una enseñanza para nosotros.

Y también nuestra vida tiene que ser un reflejo de Jesucristo. Sobre todo nuestra vida. Aprended de mi vida, es lo que deberíamos ir diciendo con nuestra conducta, porque debemos de ser otros Cristos.
¡Qué tristeza si lleváramos una vida de la inteligencia y otra vida de la acción! ¡Qué triste si tuvieran que decir: aprended de lo que dicen, pero no de lo que hacen!

Sobre todo hemos de aprender de la vida del Señor. No de teorías cristianas, o planteamientos cristianos.

Como en alguna ocasión ha comentado San Josemaría que no hemos de vivir nosotros la pobreza –en este caso, la humildad o la mansedumbre– porque hayamos hecho de esas virtudes «un programa de vida », sino porque las vivió nuestro Señor.

Aprender del Señor que se abajó, se humilló: siendo rico se hizo pobre, teniendo todo el poder y la gloria, se hizo siervo y sufrió la deshonra. Vino por la puerta de la humildad, de la bajeza, de la humillación.

Es difícil que nosotros, con la inteligencia, pensemos que somos dioses, hechos para que nos den gloria.


Es difícil que lleguemos a tener una soberbia intelectual que llegará a ensombrecer la humildad de la fe.

Pero es más fácil que en nuestro caso las faltas de humildad nos lleguen por la vía de los hecho.

–Aprended de mí, dice el Señor, que soy manso y humilde de corazón.

Efectivamente estas dos virtudes están unidas, y también están conectadas la dureza con la soberbia.

Hemos de aprender del Señor la mansedumbre de corazón, y si a veces nos enfadamos, confesarnos.

Acordémonos del propósito que hizo un obispo santo al llegar de uno de sus viajes: « no enfadarse nunca» .

En Andalucía se confunde la ira con la soberbia: he sido soberbio y me he « inritado» .


Decía San Josemaría: « A mí, estos últimos tiempos, de los actos de piedad, el que más me gusta es el acto de contrición...
y ahora mismo, mientras estoy hablando con vosotras estoy haciendo uno por dentro.

Sí, porque hoy me he enfadado ¡tres veces! Una, porque ante ciertas cosas tengo, no el derecho, sino el deber de enfadarme.

Y las otras dos... (se echa a reír y les hace reír a ellas) ¡porque yo también me enfado! ¿o qué os creíais? » (Cf. P. Urbano, El hombre de Villa Tevere, Madrid 1997, p. 170)

San Josemaría era Fundador y, en algunas ocasiones, tenía el deber de enfadarse. Nosotros, que no somos ni cofundadores ya, tenemos el deber contrario, y así nos lo dicen.

Y eso es más importante que trasmitamos ese aire, ese espíritu de paz y de amabilidad: « la humildad del corazón» .

¡Cuánto hemos de aprender de Jesús, manso y humilde de corazón. Le decimos: –haz que mi corazón sea semejante al tuyo.

Llegaremos a la perfección del Amor sabiendo vivirla humildad en la vida corriente: sabiéndonos adaptar a las preferencias de los demás.

A un sacerdote le comenté lo que decían de una persona, « que era muy independiente» , y me dijo: –mira, todos somos muy independientes.

Ésta es la realidad, tenemos la tendencia a ser «señores» de nuestra parcela, aunque sea modesta.

Sin embargo la humildad nos lleva a complacer a los demás.


En la única oración que conservamos de la vida de la Virgen, por encima de otras cosas: María canta –no sólo reza– una oración en la que resplandece una virtud bastante original.

Hace unos años me encontré una estampa plastificada de la Emperatriz de América y Virgen de Guadalupe, que traía en la parte de atrás, precisamente esta oración en castellano, y le habían puesto de título: «La Magnífica ».

Seguramente la persona que hizo esa estampa no sabía mucho latín y tenía mucho cariño a la Virgen. Y pensaría que el « Magnificat» significa que la Virgen de Guadalupe es « la Magnífica» .

Y tiene razón: el alma de la Virgen se engrandece, se ensancha, se expansiona, se magnifica ante el Señor:

« Porque ha hecho en mí cosas enormes... porque ha mirado la bajeza, la humildad, la humillación de su esclava. Por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones ».

Porque el Señor se ha fijado en mi humildad, por eso me llamarán la Magnífica.


La virtud de la humildad, es un poco rara, desconocida para los paganos. Se trataba de reconocer la bajeza de nuestro yo: humildad viene de humus, tierra: nuestro yo, hecho de tierra, cuando no de basura.

Ésa es la verdad. Pero la virtud está en reconocerlo. Y ser lo suficientemente sobrenaturales para saber que con nuestra tierra, con nuestra basura, el Señor hace maravillas: primero, que es el Señor el que las hace, y segundo, que las hace contando precisamente con nuestra humillación.
La verdad es que esto es para reírse o enfadarse.

Ante estas cosas hay gente que se enfada; ante sus caídas, ante sus humillaciones, ante sus limitaciones, ante las veces que uno queda mal, si uno no es humilde, es lógico que pille un rebote.


Está claro que la humildad es la verdad, pero no pensemos que es una virtud intelectual: porque uno puede ver clarísimamente las cosas, y sin embargo estar enfadado, molesto, serio por una humillación: señal clara de que tenemos un «yo » bastante bien alimentado.

Y en las cosas de Dios dos personas ya son muchas: o Dios o nosotros.

Pero más tarde o más temprano uno tiene que crecer y el otro tiene que menguar. Y eso no es una cosa de dar vueltas a la cabeza, sino de hechos:

«No eres humilde cuando te humillas –decía San Josemaría: cuando tú te humillas– sino cuando te humillan y lo llevas por Cristo» (Camino 594).

Y hay muchas formas de llevar una humillación.

Hace poco que una persona me comentaba una oración de la Madre Teresa de Calcuta: « Del deseo de querer ser consultado, líbrame, Señor ».

Y Tomás Moro en la cárcel compuso otra « oración para pedir el buen humor» , en la que habla de «eso tan molesto », que nos pone tristes, como es el yo.

Esto de la humildad es complicado de vivir. Pidamos: –haz que mi corazón sea semejante al tuyo, al de María y al de José.

María, que es la Reina, a fuerza de ser esclava, « dependiente» , servidora, y José que sólo intentaba complacer a Dios, a sus dos súbditos, que al contrario más que subordinados eran los objetos de sus servicios.


Necesitamos aprender: –Jesús, María y José, enseñadnos los tres.

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