miércoles, 10 de octubre de 2007

LA PREDICACIÓN FUENTE DE SANTIDAD PARA EL SACERDOTE

Ahora mismo nuestro Señor aquí en el Sagrario está callado, podíamos decir en frase de San Juan de la Cruz, que Dios se ha quedado mudo. Pues lo que tenía que decir ya lo ha dicho.

Efectivamente, nuestro Señor, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Logos, la Palabra de Dios, se hizo hombre para enseñarnos.

Vino a la tierra para predicar, y eso han hecho los santos: Ay de mí si yo no predicase la buena noticia de Jesucristo.

¿Cómo era la predicación de nuestro Señor? ¿Cómo se preparaba? ¿Cuál era su técnica humana?
El Santo Evangelio, en el capitulo VI de San Lucas nos cuenta como el Señor la noche antes de una gran predicación: “salió al monte a orar, y pasó toda la noche en oración”.

Y después su predicación tocaba todos los resortes: era muy animante, pero a la vez exigía mucho; poética y a la vez salpicada de sucesos prosaicos; por momentos era agresiva, santamente agresiva: hipócritas, sepulcros blanqueados llama a algunos para que se conviertan.

A la vez era una predicación cargada de doctrina, que se adaptaba a la gente poco instruida.

Era una predicación muy práctica. No era una predicación llena de erudición, no estaba cargada de citas, sino de vida.

Lo que el Señor buscaba era la conversión de los oyentes: por eso humanamente necesitaba prepararla en la oración.

Nuestro Señor tocaba todas las teclas al predicar.

Y eso han hecho los santos: esto es lo que nos ha enseñado a hacer por ejemplo San Josemaría.

Uno de los grandes predicadores de nuestro Siglo de Oro decía de su maestro, que fue un gran santo:

“Iba sacando de lo que decía algunos breves avisos y sentencias para diversos propósitos: o para esfuerzo de los tentados, o para consuelo de los tristes, o para confusión de los soberbios, o para personas de diversos estados;

de modo que de un camino hacía muchos mandados [...] por esta razón yo [comparaba su predicación] con esta invención que agora la malicia humana ha inventado, encerrado muchas pelotillas en los arcabuces para hace más mal [más daño]”

Es el invento de la metralla, y seguía diciendo:

“Pero este siervo de Dios buscaba esta invención para más aprovechar”.

Vamos a pedirle al Señor que nuestra predicación también sea así, “hiriente”con la metralla del Amor de Dios.

Que hiera porque esté llena de unción.

Me decía un sacerdote mayor que en la actualidad ha visto pocos clérigos que prediquen con unción.

Pues para todos los curas le pedimos al Espíritu Santo que nos llene de unción:

–Úntanos con tu mantequilla , o mejor con el aceite del Amor de Dios, para que nos parezcamos a Nuestro Señor a la hora de predicar.

Don Santos Moro, el Santo Obispo de Ávila decía de San Josemaría:
–Don Josemaría, cuando habla siempre hiere; unas veces con espada toledana, y otras con bomba de mano.

Esto es lo que pedimos ahora:
–Señor que nuestra predicación hiera, convierta, sea carga de profundidad en el egoísmo y en la tibieza de los que nos escuchan.

A veces de una forma, a veces de otra: con espada tajante en algunas ocasiones, y otras con pequeña metralla.

Hace unos años un sacerdote decía:
La predicación tiene que ser exigente. No porque sí..., sino porque se habla de Dios, y del Amor, y de santidad, poniendo las palabras que sean adecuadas...

Una persona torpona defiende con vigor sus intereses... ¿Cómo no vamos a hablar nosotros con vigor..

El sacerdote del que hablé antes me decía que en la actualidad hay pocos clérigos que tengan unción porque sus prédicas parecen lecciones sobre un determinado tema.

Ahora le pido al Señor en nombre vuestro que nuestra predicación sean ratos de oración, no clases ni pláticas, más o menos eruditas.

Por otra parte esto es lo que sucedía también en el siglo XVI. San Juan de Ávila se queja de algunos clérigos cultos:

“que no hacen sino hablar. ¿Pensáis que no hay más sino leer en los libros y venir luego a vomitar lo que habéis leído?...

Mira[d] no os engañéis que [la predicación] no es una lección”.

–Para que nuestra predicación hiera, sea exigente, convierta, te necesitamos a Ti, Señor: Tu Palabra –y no la nuestra– es tan penetrante como una espada.

Esto es lo que han hecho los santos para predicar con eficacia: rezar, rezar, rezar.

Esto es lo que hacía ese gran predicador quizá el mejor de nuestro Siglo de Oro, patrono del clero secular español.

Y eso es lo que hacía también un pobre párroco de aldea, que según testigos, al principio predicaba fatal.

Pero el iba al sagrario y le pedía al Señor que le inspirara lo que tenía que decir a aquellos labradores; porque Jesús tenía mucha experiencia hablando a ese tipo de gente humilde.

El Cura de Ars se preparaba sus sermones mirando al sagrario, y suplicándole la Señor que le ayudase, a él que contaba con tan pocas luces.

Los santos son tan distintos... San Juan de Ávila, un grandísimo predicador, y San Juan Bautista María, un predicador de pueblo.

Los santos son tan distintos como somos nosotros, los que estamos aquí junto al Señor, importunándole para que nos de su Espíritu, su fuerza, su dinamita, al predicar.

Y nosotros todos tan distintos nos tenemos que parecer a nuestro Señor en lo esencial.

Que el Amor de Dios, en que hemos de esta inmersos se transparente en cada una de nuestra palabras, eso es lo que pedimos ahora:

–Señor no queremos sobresalir por nuestra erudición, no pretendemos que nos admiren sino que te quieran a Ti.

De San Josemaría, el obispo D. Pedro Cantero, decía que “todo el caudal espiritual que anidaba en su alma se manifestaba en su predicación”.

Como si el alma de San Josemaría fuese un gran pantano que abriese las compuertas, como una presa que inunda todo.

Si uno almacena agua, saca agua. Lo que se siembra eso se recoge, lo que uno prepara eso saca...

Como aquel lema de unos congelados: “Congelados Gabrielitos. Porque lo bueno sale bien”.

Si al preparar la homilía hacemos oración saldrá eso, sino saldrá otra cosa.

Y no quiere decir esto que nuestras ratos de oración sean “tiempo dedicado a preparar homilías”, porque nos empobreceríamos, sino al revés...

Si nuestro tiempo de preparación es también tiempo de pedir luces... afectos, entonces estaremos enriqueciendo esa preparación.

Volcar en las almas el tesoro de una vida centrada en Dios, este es el secreto.

Una vez, siendo un cura joven, le pregunté a un cura experimentado (más o menos de broma) “qué como se hacía llorar a la gente en la predicación”.

Porque hacer reír es fácil, pero hacer llorar...

–Mira si quieres que la gente llore, llora tu mismo, me aconsejó.

Cuantas veces tendremos que llorar nosotros mismos, “predicar para nosotros mismos”:

sacar en la predicación cosas de nuestra vida interior, como hacía San Josemaría: “Señor, que vea…

En título de esta meditación diría así: “la predicación, fuente de santidad”.

Es como si digiéranos que la predicación nos tiene que hacer santos.

Se podría pensar lo contrario, que es precisamente “la santidad el motor de la predicación: una persona santa, predica bien aunque sea tartamudo”.

Pero no hay que esperar a ser santos para predicar bien.

Precisamente nos hacemos santos buscando la perfección en nuestro trabajo. “Nos hacemos santos predicando bien”.

Por último un consejo, ir a predicar estando templado.

En las actas del proceso de canonización de un gran predicador del siglo de oro se dice que “su principal cuidado era ir al púlpito templado

Ir templado, es un termino que se utilizaba en cetrería, es ir con ganas, con hambre de convertir a la gente que nos escucha.

No sólo ir a entretener o a enseñar: ir a convertir.

Y seguían diciendo las actas del proceso de ese gran predicador:

con la cual palabra –ir templado–
quería significar que, como los que cazan con aves procuran que el azor o el halcón, con el que han de cazar vaya «templado»,

esto es, vaya con hambre, porque ésta le hace ir más ligero tras la caza,

así él trabajaba para ir al púlpito[...] con una muy viva hambre de ganar almas
”.

Ahora se lo podemos decir a la María lo que la madre de un sacerdote le pidió a la Virgen de las Nieves con su hijo pequeño en brazos, que un día sería sacerdote:

¡ Madre que mi hijo se parezca al tuyo!
Pues nosotros podemos decirle ahora “que siendo fieles a nuestro trabajo sacerdotal, nos santifiquemos en nuestra predicación, y busquemos ganar almas para Cristo”.


Lubrín, 18 agosto 2006

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