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martes, 15 de julio de 2008

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES (Piedad para aprovechar la formación)

El Señor a veces utiliza medios audiovisuales para hacer más gráfica su enseñanza.

Esto sucedió un día cuando iba andando a Jerusalén y se encontró con una higuera.

La maldijo porque no tenía fruto. Tampoco había muchas posibilidades de que los tuviera.

A los apóstoles tampoco les causó mucha extrañeza que la maldijera.

Sí que se sorprendieron cuando, a la vuelta, vieron que la higuera se había secado de raíz (Mc 11, 11-6: Evangelio del día).

Curioso y anecdótico: Jesús quiere que se les quede grabada esa escena para que se les fijara la fuerza que tiene la fe.

Es como si les dijera: Vosotros podéis hacer esto y cosas mayores si tenéis fe: lo que habéis visto de la higuera es poco.

San Josemaría, al hablar de este pasaje de la vida del Señor, decía que se sentía urgido a aprovechar el tiempo.

Jesús, en aquella ocasión, fue a buscar y no encontró. Solo había apariencia de fecundidad.

«Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure» (Jn 15, 16: Aleluya de la Misa).

Estamos en la Iglesia con una vocación específica y, por el hecho de estar, podemos tener cierta apariencia de fruto.

¿Qué es lo que Jesús encuentra ahora en nosotros? ¿hojas? ¿apariencias cristianas? Quizá tenemos imagen de que somos cristianos.

Pero lo nuestro es aprovechar el tiempo y no sólo quedarnos en la apariencia externa.

Podemos pensar que con los agobios que tenemos, con la cantidad de trabajo acumulado y retrasado, con la cantidad de personas que hemos de ver, en nuestro caso no se puede hablar de perder el tiempo.

Puede ser así, pero no siempre. Una de las enseñanzas que repitió San Josemaría fue que no solo hay que tener ilusión para hacer el bien, sino que hay que aprender a hacerlo.

Antes de entregarnos a Dios, quizá teníamos buenas disposiciones. Lo que ha hecho la formación es orientar esas inmensas ganas de hacer el bien.

Hay que aprender a hacer el bien, y en concreto, hemos de aprender a aprovechar el tiempo.

Hojas ya tenemos. Hace falta fruto.
Para acercarnos al Señor nos sirve el trabajo y las cosas que hacemos.

¿Qué nos separa en la práctica de Jesús?: el cansancio, el verano, el carácter de una persona, el encargo que nos dan, etc.

Le sacamos provecho a la mayoría de las cosas, pero puede ser que haya otras que desaprovechemos. Eso hace que nuestro fruto sobrenatural sea raquítico.

En todo esto hay un peligro que disfraza las cosas.

Así como las hojas de la higuera despistaban, la mucha actividad (que en sí es buena) puede confundir. La actividad puede enmascarar enfermedades del alma.

El activismo sobre todo cubre la pereza. Es difícil detectar la falta de amor, la falta de diligencia de una persona activa.

Hemos de pedirle ayuda al Espíritu Santo:
Danos el don de sabiduría que nos hace conocer a Dios y gustar de Dios.

Nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad las situaciones y cosas de esta vida.

La sabiduría, este sapere, nos hace ver lo que es importante. Porque hay personas buenas, pero despistadas, que tienen una pereza activa.

Hacen muchas cosas aparentes, pero no le dan verdadero gusto a Dios.

En ese viaje a Jerusalén, nos cuenta San Marcos que Jesús «entró en el templo y se puso a echar a los que traficaban allí, volcando las mesas de los cambistas y los puestos que vendían palomas» (Evangelio del día).

Echó por tierra toda la actividad que se había creado en la casa de su Padre. «Y no permitía a nadie transportar objetos por el templo» dice el texto sagrado.

Eso no le daba gusto al Señor. Era algo que les separaba de Dios.

A Jesús –que está esperando, con hambre y sed, nuestro amor– le damos actividades.

La sabiduría nos quita los agobios para ver lo importante: el amor a Dios y a los demás.

San Pedro, el primer Papa, escribió para que no nos despistáramos:

«Sed pues, moderados y sobrios, para poder orar. Ante todo mantened en tensión el amor mutuo, porque el amor cubre la multitud de los pecados» (1 Petr 4, 7-13: Primera lectura de la Misa).

Moderados y sobrios también en nuestra actividad, porque sino no le dejaremos espacio a Dios.

No se trata de organizar mucho o poco. De hacer ruido. De triunfar o fracasar humanamente. De escribir mucho o poco.

Lo que nos pide el Señor es el fruto del amor: ese que se consigue haciendo su voluntad.

Nos pide lo único necesario que le dijo Jesús a Marta la administradora.

Aprovechar lo que tenemos: el tiempo, los encargos que nos confían, el papeleo, el insomnio. Todo para que Dios sea glorificado (Cfr 1 Petr 4, 7-13).

Señor danos la gracia de unirnos a Ti con lo que hacemos.

Todo nos tiene que servir para rezar más. Convertirlo todo en oración.
Eso no se da por supuesto.

Aprovechamiento de lo que tenemos, sobre todo de los medios de formación que el Señor confió a San Josemaría para que fuéramos santos.

En esta meditación nos fijaremos solo en uno. Y podemos decir que lo importante no es tenerlo sino aprovecharlo: las charlas semanales de formación.

Don Álvaro decía que le servían muchísimo. Que todas las semanas le ayudaba.

Hay calidad en estas charlas si luchamos en lo que nos dicen.

El secreto es examinarse en esos puntos de los que nos hablan: así nos llenaremos de frutos sobrenaturales o de aburrimiento, dependiendo de nosotros.

Tenemos un medio importante para hacer el bien. No es una charlita piadosa y moralizante, sino que es un modo de descubrir el querer de Dios en cosas menudas.

Queremos que en la Iglesia haya una explosión de santidad. Pues tiene que darse en un salto de calidad en los medios de formación.

Calidad y profesionalidad al recibirlo y al darlo. Para presentar bien la doctrina de Jesús. Y sobre todo preparación sobrenatural.

A la Virgen, Madre de la Iglesia que además de esclava del Señor fue asiento de la sabiduría.

A Ella le pedimos: ¡Esclava y Señora de la sabiduría que gustemos las cosas de Dios para poder agradarle con muchos frutos y poco ruido!

sábado, 5 de julio de 2008

EL TROZO DE MÁRMOL (Formación)

–«Señor, ensancha mi corazón oprimido y sácame de mis tribulaciones» (Sal 24, 17)

Dios está empeñado en que le amemos. Para eso, nos trabaja por dentro, para que ensanchemos el corazón y quitemos lo que estorba, todo lo que no sea Él.

Es curioso ver como una obra de arte sale de un trozo de mármol.

Tan como curioso como ver que, de Pedro, un pescador de un lago de pueblo, pudo salir una obra de arte de las manos de Dios.

Y es explicable porque el Señor es un artista que saca de donde los demás no ven.

De Miguel Ángel cuentan que, al mirar el bloque de mármol, veía la escultura: estaba allí dentro y la tenía que sacar.

Una persona que es realista, cuando ve un trozo de mármol no ve más que eso: solo mármol. Quizá por eso, los genios son siempre positivos.

Los que no son artistas no ven nada, porque no tiene en su cabeza la idea. Les falta lo que quieren sacar de la piedra.

Dios sí tiene la idea: Cristo, el logos del Padre. Y teniendo lo que quiere, es capaz de sacar de un pedrusco una imagen de Cristo.

–Señor, trabaja mi corazón y saca todo lo que estorbe, hasta que me parezca a ti.

El mármol es mármol, pero puesto en manos de un artista ya es distinto.

En la labor de formación, es importante no desaprovechar la materia humana. Todos podemos servir.

Hasta un ladrón y un asesino agonizante puede, en tres o cuatro horas, convertirse en verdadera imagen de Cristo:

transformarse rápidamente gracias a la cruz y a la contemplación de la Humanidad del Señor.

Parecerse a Jesús es una cosa difícil. Lo mismo que es difícil hacer una obra de arte, porque con un martillazo mal dado uno se puede llevar un dedo.

El autor de nuestra santificación, el Espíritu Santo, quiere transformarnos a cada uno, convertirnos.

–«Si no sois mejores que los escribas y fariseos –nos dice Jesús– no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5 20–26)

Muchos años antes, por boca del profeta, Dios dejó muy claro lo que quería:

«Por mi vida –dice el Señor–, no me complazco en la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta y viva» (Ez 33, 11).

Quiere que cambiemos. Para eso, cuenta con una materia que no es inerte como lo es una trozo de mármol. Nosotros tenemos vida y somos libres.

El Señor no puede hacernos santos sin nuestra colaboración. Y nuestra colaboración depende de nosotros.

Dios necesita que nos dejemos labrar, quitar lo que estorba para sacar su imagen.

Para poder hacer algo nos dice con el profeta Ezequiel: «Quitad de encima vuestros delitos» (Ez 18, 31).

Nos tenemos que dejar formar. No tenemos excusas: ni nuestro temperamento, ni las dificultades del ambiente, ni las personas con las que vivo.

Tampoco esto de la formación depende de que seamos unos voluntas luchadores, porque la obra de nuestra santificación no es nuestra.

Si no somos santos no es por culpa de Dios. Su manera de hacer no es mala. Lo que no funciona somos nosotros (cfr. Ez 18, 21–28).

Se trata de dejarle hacer. No es tanto hago, yo hago, sino hágase en mí.

Contar más con Dios. Hasta que no aprendamos esta lección nuestro parecido con Jesucristo no dejará de ser un boceto.

Pensándolo bien, tenemos muchas oportunidades para formarnos. Somos unos privilegiados por la calidad de la formación que recibimos, y por la forma en la que se nos da.

No solo en determinadas temporadas, nos estamos formando continuamente.

Unas veces con los martillazos que el Señor nos da. Otras, descansando de los golpes en el tiempo de verano, cuando parece que el Señor nos acaricia con la lija. Todo esto es necesario.

Quizá con la lija notamos más la mano de Dios, pero los golpes aceleran el proceso. ¡Todo es bueno! Recibimos una formación de calidad y cantidad.

–Señor, que espere en ti, en tu palabra, en tu acción santificadora.

Dios nos ha colocado en su taller, en un rincón de la casa de José, donde se fabrican santos.
Precisamente la fundamental de nuestras obligaciones como discípulos de Cristo hace referencia a que nos dejemos formar.

Estamos en un taller, en una escuela. Y, precisamente un buen artista se diferencia de otro en que cuida lo pequeño.

Hay muchas imitaciones de la Pietà. Todas se parecen, pero ninguna la supera.

También nosotros podríamos decir que más o menos nos parecemos a nuestro Señor, pero nos faltan algunos detalles para estar acabado.

Hacemos oración como Jesús, pero quizá no acabamos de completar lo pequeño.

Dimos un paso de gigante y pasamos de hacer poco tiempo de oración a hacer una hora. Quizá eso lo conseguimos en un año.

Ahora la cosa no es tan difícil, requiere un toque maestro, pequeño, que nos viene de la mano de la formación.

Lo mismo sucede con la mortificación.

Está claro que tenemos un cierto aire que nos asemeja al Señor, pero todavía nos falta un poquito: el dominio de nosotros mismos. Nuestro carácter puede cambiar.

La imagen de Cristo se intuye en nosotros, pero no está del todo clara.

–Señor, haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo.

Los grandes rasgos se adquieren en los primeros años. Lo que marca la diferencia se hace cada día.

Jesús les pide a los suyos que afinen. No basta solo con no matar, sino que no deben ni siquiera pelearse con su hermano:

«si uno llama a su hermano imbécil tendrá que comparecer ante el Sanedrín».

La formación nos hace afinar. Si nos dejamos, el Señor va dando retoques pequeños pero esenciales.

Y esas cinceladas hacen que algo que es vulgar se convierta en una obra maestra.

Por eso nuestra actitud fundamental debe ser la docilidad, dejarse llevar, conducir. Y esa acción santificadora nos llega de fuera.

Dejarse decir las cosas, gustar la corrección. Nos tiene que agradar desde un punto de vista humano y sobrenatural.

El que huye de la corrección, huye de la sabiduría.

–Señor que recapacite, que me deje golpear.

Los más humildes se consideran unos soberbios.

Y los más sabios –en la sabiduría de Dios–son como esos científicos que escuchan las genialidades de los de 1º de carrera.

En ocasiones los que mucho corrigen quizá se dejan corregir poco, porque la actitud que los domina es la de lo sé todo.

Solo un ignorante puede pensar que lo sabe todo.

–Señor, que no me crea en posesión de toda tu verdad, y que me deje corregir.

Si no somos santos es porque no escuchamos lo suficiente.

Algunos comentan que la pietá es una de la esculturas más logradas de la Virgen: por la finura de su cara, la delicadeza de sus manos, los pliegues del manto…

Nuestra Madre se dejó hacer, por eso salió lo que salió. Por su fiat le llaman la bienaventurada.

domingo, 18 de mayo de 2008

EL GPS

El Señor nos ha creado para llevarnos al Cielo. Y como está empeñado en que lleguemos, hará todo lo posible por conducirnos hasta allí.

Somos sus hijos (cfr. Salmo 2, 6), por eso tiene tanto interés en que lleguemos.

Cuando Dios nos creó, lo hizo metiéndonos dentro una especie de gps, como los que traen de fábrica los coches de hoy en día.

Cuando nacemos, venimos con la conciencia incorporada. Ese es nuestro dispositivo gps.

A través de la conciencia, Dios nos habla para decirnos qué hacer y conducirnos al Cielo.

Hoy es fácil llegar a cualquier sitio. Incluso si está lejos, en otro país, eso no es problema.

Tú le dices al gps la calle donde quieres ir, y él solo te lleva. Te va indicando todo el tiempo por donde tirar:

—Dentro de 200 metros gire a la derecha. Siga recto. Después de 50 metros, gire a la izquierda.

El otro día fui con un amigo a Málaga. Lo primero que hicimos fue poner la dirección donde íbamos: calle Las Palmeras del Limonar, y salimos.

Es una maravilla cómo te va llevando. Después de hora y media de viaje, cuando llegamos, nos dijo el chisme:

Ha llegado a su destino. Miramos el gps y, efectivamente, ponía Las Palmeras del Limonar número 12.

Pero, sorprendentemente, mi amigo, que ya había estado en el sitio a donde íbamos (hay que decir que es un pelín despistado, por eso fuimos con el gps), dijo:

–Ay va, que raro, aquí no es. Esto es un local social y nosotros vamos a un chalet particular. Ésta no es la casa.

¡Qué curioso, dijimos, si el gps nunca falla!

Llamamos por teléfono a nuestro destino y preguntamos como ir.

Efectivamente, el gps nunca se equivoca porque funciona por satélite. Lo que estaba equivocado era la información que tenía en su memoria.

Nos decía que estábamos en la calle Las Palmeras del Limonar y, sin embargo, nos había llevado a otra calle llamada Palmeras.

El que hizo el mapa del gps se había confundido al meter la información.

Al final, pudimos llegar a nuestro destino cambiando el nombre de las calles.

Dice el refrán que todos los caminos llegan a Roma, y puede ser cierto. Pero no todos los caminos llegan al cielo.

Para que nos conduzca hasta allí, nuestro gps, la conciencia, tiene que tener en su memoria los datos correctos, sino es imposible.

Esa información nos llega a través de Cristo. Él mismo se lo dijo al Apóstol Tomás:

«Yo soy el camino (...) Nadie viene al Padre sino por mí» (cfr. Jn 14, 1-6). La enseñanzas de Jesús son los datos correcto que tenemos que tener metido en nuestra alma.

Es la información que debemos incorporar a nuestras coordenadas. Porque, aunque uno tenga muy buena voluntad, eso no basta para llegar al sitio correcto.

Hay personas buenas que no llegan donde quieren. Y, después de viajar creyendo que van bien, se encuentran con la sorpresa de que han llegado a otro sitio, como nos pasó a mi amigo y mí.

Eso fue justo lo que les sucedió a algunos judíos de los tiempos de San Pablo.

El Apóstol dijo que habían confundido las profecías que se leían los sábados (cfr. Hch. 13, 26-33) y terminaron matando a Jesús, lo borraron de su conciencia.

Pero, la muerte del Señor no acabó con los planes de Dios, porque «Dios lo resucitó al tercer día de entre los muertos»

Como el Señor está empeñado en que nos salvemos lo va a intentar una y otra vez, sin cansarse.

Lo increíble del gps es que, si te equivocas por un despiste, y si es correcta la información que tiene, te vuelve a marcar una ruta nueva para que llegues a tu destino. Pues lo mismo hace Dios.

Aunque nos salgamos del camino una y mil veces, el Señor intenta reconducirnos otras tantas. Y, en ocasiones, por sitios que somos incapaces de imaginar.

En aquel viaje a Málaga, a la vuelta, saliendo de la ciudad, el dispositivo gps nos llevó por una calle tan estrecha que apenas cabía el coche.

Parecía que se había equivocado y que nos estaba llevando al huerto. Pero nos fiamos, por aquello de que los satélites no se equivocan, y efectivamente llegamos a la autovía que nos condujo directos a Granada.

Así hace Dios. Nos lleva en ocasiones por sitios estrechos, incómodos, que parece que no van a ningún lado, y luego resulta que es el mejor de los caminos.

De todas maneras, algunos piensan que la técnica tiene sus limitaciones. No así Dios, que nos ha dejado a su Madre para que este camino de la vida sea siempre seguro.

Por eso, le decimos ahora: Madre nuestra, Consérvanos el camino seguro: g–p–s.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías