viernes, 30 de octubre de 2020

¿CUÁNTO TIEMPO TENEMOS?



La vida eterna se ha comparado muchas veces a un banquete. 

Esto me recuerda lo que me contaron de un niño gallego que tiene siempre un apetito devorador. Le viene de familia. El padre de Pepe –que así se llama este chico– le dijo un día a su hijo, en una de las ocasiones que lo llevó a un hotel: –Mañana desayunaremos de bufet–¿Y qué es eso del bufet? Le respondió el niño. 

Esa pregunta es parecida a la que nosotros podemos hacer: –¿Y qué será la vida eterna? Pues el Señor la compara con un banquete, porque la satisfacción que da la buena mesa todo el mundo la entiende. 

Cada vez se valoran más los buenos cocineros. Es una imagen muy gráfica. Un banquete es algo agradable. Allí se reúnen las amistades y en torno a una mesa se celebran las fiestas familiares: cumpleaños, aniversarios, cenas de Navidad, etc. 

Cuando vas a un banquete disfrutas de la comida y de la compañía. Pues el Cielo es algo así. Es un disfrute continuo en compañía de otra gente agradable. 

Hay una película que se titula El festín de Babette y que nos sirve para explicar esto. Cuenta la historia de una brillante cocinera francesa que se llama Babette. Exiliada de París, va a parar a un pueblecito de Dinamarca. La acogen como empleada del hogar dos hermanas mayores y solteras. 

La película da un giro brusco cuando de golpe y porrazo a Babette le toca la lotería. Ella, con todo ese dinero, lo que hace es gastárselo en montar un superbanquete para las amistades de las dos hermanas. 

Más que una comida, aquello es un festín. Hace traer auténticas exquisiteces de la cocina francesa, y pone un empeño también grande en el servicio. Todo esto hará que aquella velada sea inolvidable para los que tienen oportunidad de asistir. 

Cuando ves el anuncio de la película, la verdad es que te entra por los ojos. Es una mesa llena de platos suculentos, de salsas de colores vivos, dulces de todos los tamaños y figuras, vinos oscuros y con cuerpo, etc. Todo en bandejas elegantes, cubiertos limpísimos, y un mantel que hace como fondo de algo que te parece irreal pero que es verdad porque lo podrías tocar y comer.

Ver aquello te hace feliz y, comerlo, ni te digo. Lo mejor de la película es el final. Una vez que ha terminado todo, una de las hermanas le dice: –Pero Babette, ahora eres pobre. Y ella contesta, mirándole fijamente a los ojos: –Un artista nunca es pobre

La riqueza de un artista es poner a disposición de los demás su arte y su buen hacer. Así hará Dios para los que vayamos al Cielo (porque yo pienso ir a esa cena). Pondrá a nuestra disposición todo su arte. Aquello va a ser increíble. 

Y para ganarnos la felicidad del Cielo el Señor nos concede un tiempo de prueba en esta tierra. Lo importante en este mundo no es que uno sea inteligente, guapo, rico, etc. 

Lo importante es que aprovechemos bien esas cualidades para ganarnos un puesto en ese festín de Babette. 

El Señor, en el Evangelio (de la Misa: Jn 14, 1-6), nos dice que la felicidad que disfrutarán los que vayan al Paraíso será variada. Es como si nuestro Padre Dios hubiera preparado un bufet para nosotros, con la posibilidad de elegir lo que más nos guste. 

No se si recordarás la escena de otra película en la que la protagonista es una madre que saca a sus hijos adelante a base de ganar concursos de poesía y narración. Pues, hay un premio que le toca que consiste en poder meter todo lo que quiera en un carro de la compra en un determinado tiempo. 

Ella, compinchada con los del supermercado, que le tienen mucho aprecio, preparan el carro de la compra para que quepan muchas cosas. Y le ponen como unas planchas que sobresalen hacia arriba, y así lo hacen más alto y cabe más. Le dan la salida, empieza a correr el tiempo y ella va corriendo, casi derrapando, cogiendo todo lo bueno: caviar ruso, carne cara que nunca han comido, salsas raras… 

La escena siguiente es la familia alrededor de la mesa de la cocina disfrutando de todos los tesoros que han conseguido y chupándose los dedos. 

Aquí en esta tierra todo el mundo busca la felicidad. Esto es lo que tenemos en común todos lo hombres. Porque nuestra voluntad tiene un apetito devorador, igual que el de Pepe, el chico del principio, para las comidas. 

Los cristianos sabemos cuál es la forma de alcanzar la felicidad. El refrán dice que todos los caminos llevan a Roma. Pero en esto no se cumple el dicho. Indudablemente el alcohol, el sexo, las drogas dan una cierta felicidad, por eso hay gente que paga. 

Pero la felicidad que proporcionan esas cosas es pequeña, y muchas veces dejan el corazón lleno de amargura. 

En la Antigua Roma, los emperadores montaban fiestas por todo lo alto. Algunas incluso en balsas flotantes en un lago. Allí comían y bebían en abundancia hasta que se emborrachaban y terminaba aquello que mejor es no pensarlo. Hay banquetes y banquetes. Unos dan la felicidad y otros no. 

Hay felicidades que te hacen feliz y otras te amargan la vida terrena y la eterna. Contaba un conocido que vivió en Finlandia que, en aquellos países, hay gente que no trata mucho a Dios. 

Y muchos se dejan llevar por los placeres de esta vida. Y decía este conocido que es llamativo la cantidad de suicidios que hay. 

Algunos aprovechaban el trayecto que hace un barco para cruzar el mar Báltico para tirarse al mar y morir ahogados. Y era tanta la cantidad de personas que lo hacían, que los barcos tuvieron que poner redes a los lados para que no siguiera tirándose gente por ahí, acabando con una vida que no les llenaba en absoluto. 

Para llegar a la felicidad plena sólo hay un camino: Jesucristo. Lo importante cuando uno se muere es si ha aprovechado su vida en la tierra para llegar a la meta. 

Cuando el padre de Pepe le explicó lo que era un bufet, el niño esperó unos segundos y, con los ojos muy abiertos, preguntó: –¿Y cuanto tiempo tenemos? –Madre nuestra: tú que estuviste en el banquete de Caná, haz que lleguemos al bufet del Cielo.

lunes, 19 de octubre de 2020

LA PRINCESA PROMETIDA



Dios es el Amor por excelencia. Dios es la entrega absoluta. Si hay alguien que sabe querer de verdad, ese es Dios. Por eso es infinitamente misericordioso y nos perdona siempre.

Una persona decía con razón: -¡Es increíble que Dios cualquier pecado, por gordo que sea, te lo perdona en 26 segundos! (Tiene razón. Es lo que dura la absolución).

Cuando el Señor manda que amemos, nos dice algo que Él ya hace porque está en su ser. No tiene que proponérselo, le sale solo. Tiende a eso.

No es sólo que le guste que la gente se quiera. Es que es de las cosas que más le alegran, por eso nos lo pide una y otra vez.

El Señor no tenía que mandar a los israelitas que se quisieran a sí mismos, o a sus novias y a sus familiares.

Para eso, el ser humano no necesita mucha virtud: basta dejarse llevar por la naturaleza. 

Una madre no hace esfuerzos por querer a su recién nacido. No es un peso para ella. De hecho, lo lleva encima porque les pertenece.

Por eso, en el libro del Éxodo (22, 20-26: Primera lectura de la Misa) Dios habla para proteger a los débiles y a los que nos resultan extraños.

Porque si nos dejamos llevar por la naturaleza, a los enemigos los mataríamos, y a los que nos caen mal les negaríamos el saludo. 

Haríamos como Iñigo Montoya, el de la famosa película de la Princesa Prometida, que se pasa toda la peli buscando al que mató a su padre. 

Está todo el tiempo buscándole. Y cuando lo encuentra, le cambia la cara y empieza a repetir despacio, mirando fijamente a su enemigo como si estuviera loco: 

«Hola, soy Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir». Al final lo mata, claro. 

Jesús nos pide que queramos a nuestros enemigos, no que los matemos. 

-Que les veamos con tus ojos, que les queramos con tu voluntad, que les amemos con tu corazón.

Más que en “dar”, dice San Josemaría, la caridad está en “comprender”.

Quiere que amemos a todos y en todo momento (cfr. Evangelio de la Misa: Mt 22, 34-40). 

A los extranjeros antes que se nacionalicen, y a los novios cuando pasan a ser maridos calvos y con tripa. 

Hace unas semanas leí una entrevista a una mujer conocida que estuvo seis años secuestrada.

Ella misma cuenta sorprendida cómo fue capaz de llegar a querer a sus enemigos. Y pudo porque Dios le ayudó. Se lo pidió y le dio la gracia para hacerlo.

Te leo sus palabras: Estar secuestrada te coloca en una situación de constante humillación. Uno es víctima de la arbitrariedad más absoluta, uno conoce lo más vil del alma humana. 

Llegados hasta aquí, uno tiene dos caminos. O dejarse afear, volviéndose agrio, gruñón, vengativo, dejando que el corazón se llene de resentimiento. 

O elegir el otro camino, aquel que Jesús nos ha mostrado. Él nos pide: bendice a tu enemigo. 

Cada vez que leía la Biblia, sentía que esas palabras se dirigían a mí, como si estuviera delante de mí, sabía qué tenía que decirme. Y esto me llegó directo al corazón. 

Sé, siento, que se ha producido una transformación en mí y esta transformación la debo a este contacto, a esta capacidad de escucha de aquello que Dios quiere para mí.

Ahora estamos haciendo oración. Es bueno que se nos preguntemos ahora: –Señor, ¿trato bien a los demás? ¿En qué quieres que cambie?

El amor verdadero no hace distingos entre personas, ni circunstancias: quiere con sentimientos, pero también cuando el sentimiento no acompaña. 

Amar exige hacer cosas que cuestan. San Josemaría, que esto lo sabía, escribió: –si no sabes comprender, disculpar, perdonar– eres un egoísta (Forja, n. 954).

Si queremos a los demás no los criticaremos. —Por eso busca una excusa para tu prójimo... si tienes el deber de juzgar (Camino, n. 463).

Para hacer esto hay que querer a los demás como los quiere Dios.

—Señor llénanos de tu misericordia. Ayúdanos a querer a todos.

El Amor con mayúscula nos llena de felicidad, por eso San Pablo habla de «la alegría del Espíritu Santo» (1Tm 1,7: Segunda lectura). 

Porque precisamente el Espíritu Santo es el Amor de Dios en Persona. 

Es una alegría como la que tiene uno cuando ha pillado el puntillo. Eso fue lo que les pasó a los Apóstoles el día de Pentecostés.

Y es que el amor, la entrega, es lo que da la verdadera alegría.

Un amigo quiso escribir un libro de poemas, y le aconsejaron que lo titulase «Amor verdadero», como tantas veces se repetía en una película. Pero luego el libro terminó llamándose «A palo seco». 

Porque en esta tierra en la que vivimos ahora, en muchas ocasiones el amor hay que ejercitarlo a contrapelo, como muy bien sabía la Virgen, que es la auténtica Princesa prometida. 

martes, 13 de octubre de 2020

DIOS Y EL FÚTBOL



Esta meditación podría titularse "Dios y el fútbol": cada cosa en su sitio. Dice el Señor en el Evangelio (de la Misa: Mt 22, 15-21): «Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios» .

Además, si no se hace así, la cosa no funciona, porque ni el César es Dios, ni Dios es el César. Resumiendo mucho, podríamos decir que, cuando Jesús se refiere al César está hablando de las cosas materiales, y cuando habla de Dios, a las espirituales. 

Las dos realidades, la material y la espiritual, pertenecen a este mundo. De hecho, el hombre es alma y cuerpo, materia y espíritu, las dos cosas, no una sola. Somos hombres, no ángeles. 

Hay quienes defienden que el hombre es solo materia, y así pretenden quitarse a Dios de en medio. Pues vinieron las de Primero de la ESO, una detrás de otra, para preguntar dos cosas sobre el alma. Una, que desde cuándo tenemos alma. Y la otra que cuál es la prueba de que la tenemos, que cómo se sabe eso. Se fueron todas convencidas cuando se les dijo la verdad. Que el alma la crea Dios de la nada y la infunde en el cuerpo en el momento de la concepción. Y a la segunda que, aunque el alma no se vea como se puede ver una pelota de tenis dentro de una caja de zapatos, si el hombre puede rezar es porque tiene alma. 

Si puede tratar a Dios es porque su alma le mueve a hacerlo. Es verdad que hay gente que no reza, pero eso no es porque no tenga alma sino porque no la usa. 

En las realidades humanas no hay dogmas. Creer, lo que se dice creer, los cristianos tenemos que creer unas cuantas cosas: el Credo y poco más. 

Por eso, porque no hay dogmas, la política, como el fútbol o el mundo empresarial, hay muchas formas de llevarlas a cabo. No hay una sola forma de hacerlo. 

Lo que sí hay que conseguir es que esas actividades no estén separadas de Dios, porque lo espiritual es una parte importante en nuestra vida. No es algo que vaya por libre. Y el hecho de que el Señor esté presente en el mundo empresarial, en el mundo de la política o en el deporte depende, en gran medida, de los cristianos laicos que tienen que santificar esas realidades. -Señor ayúdales a que, con lo que hacen, te alaben. 

Recuerdo que hace años había un torero famoso que quería mucho al Señor. Le quería tanto que, cuando salía en hombros por la puerta grande de las plazas de toros, después de haber hecho una buena faena, mientras todos le aclamaban y gritaban su nombre, él iba diciéndole a Dios por dentro algo así como: -Todo esta gloria es para ti, Señor, todo para ti. Se lo ofrecía a Dios. Y Dios encantado, claro.

Ahora entendemos mejor las palabras del salmo: Aclamad la gloria y el poder del Señor. Sabemos como darle a Dios su gloria, como lo hacía este torero. Así, lo material queda empapado de lo espiritual, como una esponja queda empapada de agua. 

Así se hace presente el Señor en nuestra vida. Siguiendo ahora el ejemplo del fútbol, no se puede decir que haya remates de cabeza «cristianos» o saques de puerta propiamente «ateos», porque hay muchas formas en las que un seguidor de Cristo puede jugar al fútbol. 

Además, todos los jugadores han sido creados por Dios. En el libro de Isaías se puede leer cómo el mismo Señor elige a un rey que no era ni siquiera judío y había sido puesto por él (cfr. Primera lectura de la Misa: Isaías 45, 1. 4-6). 

Ciro se llamaba este rey, y no era del pueblo elegido. Además, no seguía la política del rey de Israel. Porque el Señor, que es Dios del universo, está por encima de esas decisiones humanas: verdaderamente Él gobierna a todos los pueblos (cfr. Salmo responsorial: 95). -Señor Tú eres rey y nos gobiernas a todos. 

Por eso en la política puede haber tantas soluciones válidas como personas, siempre que no se aparten de esa sana ecología que algunos llaman ley natural. 

De ahí que no puede haber un partido político que represente a los cristianos, porque en lo humano hay muchas opciones. 

Los cristianos no somos de carril único en estas materias. Cuando se ha intentado unir a Dios con un partido la cosa ha salido mal: Dios es de todos. «El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos» (Antífona de comunión). 

Es verdad que puede haber decisiones que se tomen y que vayan en contra de la racionalidad, o del sentido común.

Mucho ha hablado el Papa Benedicto sobre los delitos contra la vida humana, porque eso no son ya decisiones políticas simplemente. Por eso dice san Pablo que los cristianos brillamos «como lumbreras del mundo» (Aleluya de la Misa), porque hay que manifestar el esplendor de la verdad, y el Papa lo hace.

Siguiendo con el ejemplo de Dios y el fútbol, está claro: la Iglesia no hablará de fútbol, pero sí levantará su voz cuando en un estadio no se respete a los demás. Así damos a la UEFA lo que es de la UEFA y a Dios lo que es de Dios.

A la Virgen le pedimos que nos ayude a hacer presente a Dios en lo que hacemos, como hizo Ella en Nazaret.

sábado, 3 de octubre de 2020

KE KOU KE LE



El Señor quiere que demos fruto. Para eso nos ha puesto en la mejor de las viñas.

«Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure» (Aleluya de la Misa de hoy: Jn 15, 16). La primera viña de Dios fue el pueblo de Israel (cfr. Primera lectura: Is 5, 1-7). «La viña del Señor, dice el Salmo responsorial, es la casa de Israel» (Sal 79). No ha habido una nación como ésta en toda la historia de la Humanidad: tan mimada por Dios mismo.Dios trata a su pueblo como un jardinero que, con paciencia, va cuidado y podando un rosal. En el Evangelio Jesús nos habla de que Dios Padre envió a su Hijo a esta viña. Pero los viñadores del pueblo de Israel lo rechazaron «y lo mataron» (cfr. Mt 21, 33-43). Y ocurrió que a ese pueblo tan querido por el Señor, se le quitó «el reino de Dios», y se lo dio a otro pueblo que produciría fruto. Este nuevo pueblo, esta nueva viña de Dios, es la Iglesia, que ha dado muchos frutos de santidad. Esto es lo que verdaderamente debemos de «tener en cuenta» como decía San Pablo (cfr. Segunda lectura: Flp 4, 6-9). Nosotros pertenecemos a la Iglesia. Dar fruto es nuestra obligación. Porque el Señor nos ha enviado a cultivar su viña. Me gustó la historia que leí hace poco en un libro.  La de un chico llamado David que tenía un don especial para ponerse en la situación de los demás, para entenderlas. Él mismo contaba, hablando de uno de sus profesores, que se daba cuenta cómo aquel hombre lo pasaba realmente mal en clase. «Y entonces, decía este David, me acordé de que ese profesor nuestro tendría mujer, y seguramente hijosY pensé en ellos, en que probablemente le estarían esperando esa noche para cenar, y le llamarían de tú, y le darían un beso al llegar a casa. Tenían este padre grandote y cansado, digno de todo cariño, al que nosotros estábamos impacientando y despreciando con aquel barullo». Aquel chico tenía un sorprendente talento para comprender lo que sucedía en el interior de las personas, y eso le hacía ser muy sociable. Era de esa clase de gente con la que es agradable estar, porque hace que te sientas bien a su lado. Las personas como David tienen una valía especial, porque pueden influir muy positivamente en los demás. Todo el mundo acude a ellas cuando necesitan un consejo, unas palabras de consuelo o un rato de conversación. Y eso ¿cómo se consigue? Pues con cosas concretas, pequeñas pero que la gente nota: la forma de saludar, el tono de la voz amable y comrensivo, el modo de interesarse por un detalle personal, etc. En definitiva, cosas que hacen que el otro se sienta comprendido y valorado (cfr. Educar Los Sentimientos, Parte segunda: Motivar y motivarse. Capítulo 4: Reconocer los sentimientos de los demás. Alfonso Aguiló). Pues, el Señor quiere que tratemos así de los demás, que cuidemos así de su viña. Nos ha enviado para que otras personas también prueben la bondad de Dios. –Señor enséñanos a valorar esto. No podemos quedarnos satisfechos con la tranquilidad y la alegría que nos produce estar cerca de Dios. Es verdad, tenemos el mejor de los vinos. El cristiano es alguien que se encuentra bien en el mundo. Y, eso, se tiene que notar en nuestro trato con los demás. Tenemos que comercializar con nuestro vino. Tenemos que llegar hasta la China y exportar allí la doctrina de nuestro Señor. Ahora muchas casas comerciales han querido hacer negocio. Por ejemplo, la marca Coca-Cola ha sido traducida al mandarín: se pronuncia como «ke ko ke le» y significa «deliciosa felicidad». Ojalá los cristianos llevemos allí nuestro producto. Hay una película en la que el protagonista está tan desesperado que se encuentra a punto de suicidarse. Cuando ya se va a tirar por un puente, aparece un ángel muy simpático que le hace ver lo valiosa que ha sido su vida y lo mucho que ha influido para el bien de muchas personas. Para demostrarle esto, le concede el privilegio de ver lo que les hubiera pasado a algunas personas, si él no hubiera existido. No les podría haber ayudado como les ayudó. Por su vida, familias enteras salieron adelante. Y muchos tomaron el rumbo correcto que, sin su ejemplo y sus consejos, no hubieran acertado a elegir. Gracias al privilegio de ver todo eso, recupera la alegría y las ganas de vivir, y comprende todo lo que su vida puede seguir aportando a tantísima gente. La Virgen, fue verdadera israelita y primera cristiana. Gracias a Ella Jesús le dio una gran alegría a unos recién casados que se habían quedado sin vino. Adelantó los milagros porque era la Madre del dueño de la Viña. Gracias a Ella Caná de Galilea estuvo a punto de convertirse en Caná de la Frontera.

viernes, 25 de septiembre de 2020

SORDERA


Con frecuencia el pueblo elegido por Dios tenía debilidades, y el Señor le pedía que se convirtiera porque así salvaría su vida (cfr. Primera lectura de la Misa: Ez 1, 25-28).


Los buenos israelitas le daban gracias al Señor porque siempre tenía misericordia de ellos y les enseñaba el camino correcto.

«El Señor es bueno y es recto, decimos con el salmo, enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud» (Salmo responsorial: 24). Su misericordia es eterna.

San Pablo, que era judío, habla a los cristianos para que tengan los mismos sentimientos de Jesús: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (cfr. Segunda lectura: Flp 2, 1-11).
Y los sentimientos del corazón del Señor son de humildad: se sometió al querer de Dios Padre, haciéndose obediente hasta la muerte. Porque la obediencia es prueba de la humildad.

En nuestro caso, si queremos convertirnos y tener los sentimientos del Señor, hemos de hacer caso a Dios para volver al buen camino.

–Que te escuche y te haga caso, Señor.

Somos humanos y habitualmente nos molesta hacer la voluntad de otro. Y muchas veces lo que más nos molesta no es hacer una cosa concreta, sino que nos la mande alguien.

El Señor, que esto lo sabe, nos puso un ejemplo: «Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: –Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él le contestó: –No quiero» (Mt 21, 28-32: Evangelio de la Misa).
Como estamos inclinados al orgullo, hacemos más a gusto lo que no nos manda nadie. Y si tenemos que obedecer, nuestra primera reacción puede ser de rebeldía.

Pero, podemos rectificar tal y como nos dice el Evangelio. Hablando Jesús del hijo que se negó al principio a obedecer, sigue contando que «después recapacitó y fue». A Dios le agrada que recapacitemos.

–Señor ayúdanos a recapacitar, y a rectificar después.

Hay una escena típica. La hija que está tumbada en el sofá, repanchingada, viendo durante horas la televisión.

La madre que no da abasto: recoge los juguetes de la pequeña, saca la lavadora, coge el teléfono, abre la puerta, etc, mientras la mayor sigue tirada en el sofá como si fuera un cojín, ni se mueve.

La madre que se para, la mira y le dice: –no me ayudas nada. Estoy agotada y tú lo único que haces es ver la tele ¿no te da vergüenza?

Y la otra que contesta: –¡Hija, mamá, estoy agotada del colegio. Hoy en Educación física hemos corrido 15 minutos seguidos…!

Pero, como las niñas de mi colegio son buenas, muchas cuentan que, cuando están en la cama, con la luz apagada y escuchando solo el silencio, recapacitan un poco y siempre le dan la razón a su madre.

Lo malo, decía una, es que lo único que hago es recapacitar y ver la tele...

La conversión no puede darse sin la obediencia, que es una virtud que nos asemeja al Hijo de Dios hecho hombre.

El verbo obedecer no se lo inventaron las personas mayores para vivir mejor. Viene de otro verbo latino que significa oír. Obediencia procedería de audiencia.

–Señor enséñanos a oír tu voz.

Hay gente que es incapaz de escuchar nada. Nada que no sea ella misma.

Se cuenta de una escritora que iba paseando por la calle que se encuentra con una amiga. Se saludan y empiezan a hablar.

Durante más de media hora la escritora le habla de sí misma, sin parar ni un momento.

De pronto se para y le dice a su amiga: —Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora hablemos de ti. A ver, tú ¿qué opinas de mí?...

No deja de ser un cuento un poco exagerado, pero es verdad que hay gente que no escucha, porque no para de pensar en sus cosas.
Y es que escuchar es algo que no es fácil. Y obedecer, hacer lo que te dicen, menos todavía.

Contaba un profesor que se encontró a un antiguo alumno en una cafetería. Empezaron a hablar y el profesor se quedó alucinado de que le estuviera yendo tan bien en la Universidad, porque en el colegio había sido un desastre.

Se sorprendió tanto que le preguntó dirctamente a qué se debía ese cambio.

«Oye, tienes que explicarme qué ha pasado contigo para que hayas cambiado de esa manera. Me tienes asombrado.

Esta fue su explicación: «Mira. Fue un día concreto. A lo mejor te parece un poco raro, y quizá lo sea, pero fue un día concreto, un día por la mañana. »Llevaba unas semanas fatal. Mejor dicho, unos años. Llevaba años oyendo siempre lo mismo. De mis padres, de mis profesores, de todos. Siempre lo mismo. »Todo aquello me entraba por un oído y me salía inmediatamente por el otro. »Me parecía que era el rollo de siempre, y estaba cansado de escuchar todos los días los mismos consejos. »Me habían dicho ya mil veces lo mismo, y cuando veía que me venían con esas, desconectaba y ya está. »Tenía como echada una barrera mental sobre todas esas cosas, prefería no pensar, y todos esos sabios consejos me resbalaban por completo. »Bueno, lo que te decía, fue un día concreto, me acuerdo perfectamente.. »Estaba en plena época de exámenes (...). Tenía un sueño tremendo, y estaba tentado de volverme sin más de nuevo a dormir (...). »Si me volvía a la cama, iba a ser muy difícil que aprobara, y las cosas se iban a poner más feas que de costumbre. »Me había despertado temprano, y desde ese momento no había parado de darle vueltas en la cabeza a una idea: »Oye, (…) ¿qué es esto? ¿Voy a estar toda la vida así? ¿Cincuenta o sesenta años más así? Esto no funciona. »Debí tener un momento de especial lucidez, supongo, porque vi como algo angustioso continuar el resto de mi vida con el mismo plan que llevaba hasta entonces. »Desde entonces, tengo una idea bien clara: los buenos consejos te dan oportunidades de mejorar, pero nada más. »Si no los asumes, si no te los propones seriamente, como cosa tuya, no sirven de nada, por muy buenos que sean.
«Mis ovejas escuchan mi voz», dice el Señor (Aleluya de la Misa).

Escuchar la voz de Dios es fundamental. Escucharla y también seguirla, si no de poco sirve.

Algunas personas elegidas por Dios tuvieron debilidades, como es el caso del rey David.

Y hay gente que ha tenido experiencias como las tuvo este santo rey, que también fue pecador, pero se arrepintió luego.

Escuchó lo que le dijo el Señor a través de un profeta, rectificó su conducta y salió adelante.

Otras personas en cambio querían hacer cosas buenas por Dios, pero no escucharon la voz del Señor. Este fue el caso de otro rey de Israel, Salomón se llamaba.

Empezó muy bien y terminó muy mal. Justamente porque no quiso rectificar y hacer lo que Dios le pedía. El Señor no quería sus sacrificios sino su obediencia y no la tuvo.

La Virgen ha sido la persona que ha tenido el oído más fino: a Ella le pedimos nuestra conversión.

sábado, 19 de septiembre de 2020

LA PROPINA


Hace unos años leí un libro titulado «El español y los siete pecados capitales». Y decía que –en aquella época–, el pecado más común de los españoles era la envidia. 

Pienso que eso no será verdad, porque la envidia es muy mala. La envidia consiste en entristecerse por el bien que tienen los demás. Hace falta ser muy rastreros para no alegrarse de que los otros reciban cosas buenas. 

En el Evangelio, san Mateo nos cuenta una de las parábolas del Señor en la que Jesús habla de unos que protestan contra Dios porque es generoso con otros. Se enfadan porque Dios a otros les da más de lo que en realidad le correspondería. Está claro que el Señor a todos nos dará el jornal después de haber trabajado en esta vida. El Señor por colaborar con Él nos dará la vida eterna. Como se la dio a San Pablo, que tanto había trabajado en la viña del Señor. San Pablo llegó a decir que para él morir era una suerte. Pero que si para los cristianos era bueno que se quedase el aceptaba estar todo el tiempo que hiciera falta. San Pablo trabajo mucho en la expansión de la Iglesia. Años y años extendiendo el Evangelio. Sin embargo no todo el mundo ha hecho lo mismo. 

Ha habido santos a los que el Señor llamado a última hora, como al buen ladrón, que se convirtió en menos de un día. Estuvo poquísimo tiempo siguiendo al Señor: unos ciento ochenta minutos, aproximadamente. Y también es santo. 

El primero canonizado por la Iglesia, por El Cabeza de la Iglesia, por es el mismo Jesús, que fue quien le dijo: «hoy estarás conmigo en el Paraíso». Dimas que era el último se adelantó al mismísimo san Pedro, que debía ser de los primeros. Ya Jesús lo había dicho: –Mucho últimos serán primeros.

Y al explicación de todo esto nos la da Sagrada Escritura en el libro de Isaías: lo que quiere el Señor, lo que busca es que el malvado abandone su camino. La lógica de Dios es la del perdón. Y a nosotros perdonar determinadas cosas nos cuesta mucho. Ya se ve que los caminos de Dios son distintos a los nuestros. 

Nosotros algunas veces somos egoístas y envidiosos. El Señor siempre es un padre bueno. En la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid llamaba la atención los doscientos confesonarios situados en el Parque del Retiro, junto a la imagen del Ángel Caído. Allí junto a una de las pocas imágenes en dedicadas a Satanás la gente salía contentísima de los confesonarios. Es paradójica esa coincidencia: el monumento al que introdujo el pecado junto a la llamada Fiesta del Perdón. 

Por eso repetimos en el salmo que el Señor es misericordioso y está cerca de los que le invocan. El Señor es bueno con todos. No como nosotros, que a veces con algunas personas no nos portamos bien, porque nos desagradan. 

Y Jesús nos pide que seamos perfectos a la manera de nuestro Padre celestial. «Sed misericordioso como celestial es misericordioso». Dios carga con nuestra miseria. Es lo contrario a la envidia. No solo no se entristece con el bien que tienen los demás, sino que goza haciendo regalos a todo el mundo, incluso a los que son malos. 

Al hablar de algún monarca se dice que es «su graciosa majestad». Y no es que la reina de Inglaterra sea especialmente divertida, sino porque algunas cosas las concede, gratuitamente, graciosamente. Al no tener obligación de hacerlo: lo realiza movida por su generosidad. 

El Evangelio nos habla de un señor que da una propina generosa a algunos que trabajan para él (Mt 20,1-16). Pero los compañeros que no han recibido la gratificación se quejan de que sólo los que ganan menos han recibido un plus. Les parece injusto porque aquellos no han trabajado a jornada completa y acaban recibiendo lo mismo. 

Quizá muchos de nosotros hubiéramos dicho lo mismo que esos trabajadores del campo que protestaban. Y por eso el profeta Isaías dice que Dios tiene otra forma de pensar distinta a la nuestra (Primera lectura de la Misa: Is 55,6- 9): «mis planes no son vuestros planes». 

El caso es que Dios no da porque tenga obligación, sino porque le da la gana. En definitiva es porque nos quiere. Amar es regalar, tienen como lema algunos grandes almacenes. Y ojalá que nos regalaran algo cuando vamos, en vez de tener que pagar. 

Pero el Señor no nos incita a regalar, para sacar negocio. Nos invita a pensar en los demás. Así actuaron los santos (cfr. Segunda lectura: Flp.1,20c-24.27a). Nos imaginamos a la Virgen siempre dando, sin esperar nada: Ella si que es graciosa.

viernes, 11 de septiembre de 2020

EXALTACIÓN DE LA GUILLOTINA


Hay pensamientos que por sí solos nos llenan de repugnancia.

Pues algo parecido les podía pasar a algunos cristianos de la primera hora: sentirían desosiego cada vez que nombraban el suplicio de la cruz. Porque el Señor murió injustamente en él. 

Ya sabemos que la Cruz no gusta, no es agradable. Produce rechazo. Cuántas veces nosotros mismos no queremos llevarla encima porque nos resulta incómoda. 

Siempre me ha llamado la atención el valor de los participantes en las paraolimpiadas. Son personas que padecen alguna limitación física, pero llevan su cruz con buen humor… Y participan en las competiciones deportivas con la ilusión de ganar medallas y mostrar la alegría de vivir, a pesar de tener ciertas deficiencias físicas. 

Los santos como San Pablo no rechazan hablar de los padecimientos del Señor: los ven como un motivo de gloria (cfr. Segunda lectura de la Misa: Flp 2,6-11). 

Dice el refrán que es de mal gusto nombrar la soga en casa del ahorcado. Sin embargo los cristianos veneramos la cruz. Hablamos de ella, la llevamos con nosotros… Y no nos da miedo mostrarla, aunque conlleve la muerte… 
Durante la guerra civil, al sacerdote que atendía la antigua ermita de Torreciudad le pararon un día los enemigos de Dios. Él no iba vestido de sacerdote y le preguntaron por su identidad. Y él, sin dudarlo ni un instante, sacó su D.N.I.: un crucifijo. No tardaron en acabar con su vida. 

Si Jesús hubiera muerto en la revolución francesa, hoy hablaríamos de la Santa Guillotina. Porque el patíbulo de la cruz, fue el trono desde donde el Señor nos manifestó que nos quería hasta ese extremo horrible. No porque sea una cosa agradable, sino porque fue el arma que utilizó para ganar nuestro amor.

Hace unos días leí una breve historia que nos habla de cómo el Señor nos roba el corazón con la cruz. En una residencia de ancianos, se encuentra Carmen, una mujer que sufre una tremenda distrofia. Sus dolores no son comparables con ningún otro de las personas allí ingresadas.  Camina en silla de ruedas y precisa de ayuda para prácticamente todas las habilidades comunes. Sin embargo, en su interior no sufre ninguna dolencia. La paz que irradia es el reflejo de lo que su alma siente. Apenas puede hablar, pero lo intenta y derrama hasta la última brisa de aliento por decirte una sola palabra.  Apenas puede escribir, pero traza sobre su cuaderno, historias de amor que su corazón le cuenta. No viste ropas fastuosas; su único y más sublime abalorio es una cruz en su cuello. Él, Jesús, es su vestuario y su único equipaje. Todas las noches se acostaba un poco más tarde que las demás, porque rezaba sus oraciones antes de de dormir. Un día se puso de rodillas y ya no se pudo levantar. Uno de los médicos de la residencia le preguntó con sincero interés qué había sucedido exactamente. - Pero ¿se ha caído o se puso de rodillas y luego no se podía levantar? Carmen no se había caído. Había clavado sus rodillas en el suelo para implorar al Dios de la vida y pedirle clemencia, igual que aquella noche, en que el Señor, en el Huerto de los Olivos, pidió al Padre que apartase de allí el Cáliz de Salvación. Señor, que cada pequeña o gran Cruz que encuentre en mi camino me sirva para unirme más a Ti, nunca para separarme o enfadarme Contigo. Después de la oración en el Huerto, Jesús fue levantado por encima de la tierra, suspendido en un madero, y gracias a eso, nosotros tenemos la vida eterna (cfr. Evangelio: Jn 3,13-17).

Por eso la Iglesia exalta la Cruz de Cristo, la levanta como un estandarte. Porque los que la miren con ojos agradecidos serán salvados (cfr. Primera lectura: Nm 21,4b-9).

Los primeros cristianos hablaban de «padecer con Cristo». La Cruz se veía como una espada que se le arrebataba al Maligno: el Señor utiliza el arma del enemigo – el dolor – para vencerle. Y así nosotros. Si padecemos juntamente con el Señor, también con él ayudaremos a la salvación del mundo. Pero para eso, hemos de tomar la Cruz voluntariamente. 

Cuando Juan Pablo II estaba exprimiendo sus últimas semanas de vida, se conoció parte de su Testamento. Un Testamento que comenzó a escribir al poco tiempo de ser elegido Papa y que de vez en cuando actualizaba. Algunos periodistas, muy mal informados y con un desconocimiento grande sobre el latín, leyeron aquellas palabras de Zacarías: nunc dimittis… E interpretaron erróneamente que el Papa estaba pidiendo la dimisión, cosa que algunos esperaban con demasiadas ansias. 
Sin embargo, en el Testamento de Juan Pablo II hay unas palabras más interesantes que aquellas del nunc dimittis, Y son las primeras palabras de su Testamento:Deseo seguirlo”. 

Desear seguir al Señor es tomar su Cruz. Quien quiera ser mi discípulo que cargue con su cruz y me siga… Gereon Goldmann fue un franciscano que vivió la II guerra mundial como seminarista. Por ser alemán tuvo que formar parte del ejército de su país. Todo el período bélico, lo dedicó a intentar salvar a todo el mundo que pudo, también espiritualmente. Por ejemplo, consiguió un permiso para poder llevar al Santísimo Sacramento y dar la comunión a los moribundos de la guerra. En su libro de memorias, cuenta que en una ocasión entraron en un pueblo que iba a ser escenario de una fuerte batalla. Muchos de los habitantes abandonaron sus casas y marcharon lejos de allí. Gereon se acercó a la iglesia y vio al párroco en pie, leyendo su breviario como si nada le importase. Se acercó a él y le aconsejó que se marchara de allí cuanto antes. El anciano sacerdote no le contestó nada. Solamente volvió la cabeza y siguió rezando sus oraciones. Gereon volvió a insistir y al ver que no respondía se le ocurrió decir que al menos salvase su vida por el bien de sus feligreses. Que huyera a las montañas y que al terminar la guerra regresara a su pueblo. Durante unos instantes, el sacerdote le miró disgustado. Le tomó del brazo y le condujo a su dormitorio a través de la rectoría. Junto a la cama, se encontraba la quinta estación del Vía Crucis, que había salvado de la iglesia dañada. Y señalándola con el dedo, el sacerdote le dijo a Gereon: Simón no tuvo permiso para huir, sino que se vio obligado a subir al Calvario, hasta el lugar de la Crucifixión. Hoy, Simón soy yo”. (Un seminarista en las SS, p. 100s).

Nosotros queremos agarrarnos a la Cruz voluntariamente. Allí está el Señor con los brazos abiertos. Dispuesto a acogernos, a darnos un abrazo cariñoso, de amor infinito… Que no le abandonemos, como hicieron la mayoría de los apóstoles en la hora difícil. Que no seamos de los soldados romanos, de los judíos que días antes lo aclamaban como rey… Virgen Dolorosa, al pie de la Cruz. Ella tampoco tuvo miedo, se abrazó a ella…

Uno de esos pensamientos sería, por ejemplo, el que alguien pueda exaltar la horca o la guillotina. 

viernes, 4 de septiembre de 2020

¿CANTAR LAS CUARENTA?

El cariño lleva a las madres a corregir continuamente a sus hijos: -¡suelta ese cuchillo!; No pegues a tu hermana; ¿Todavía no te has comido la sopa?...Cansarse de corregir es cansarse de querer. A la gente que no se quiere le importa poco la vida del otro. Jesús quería mucho a los Apóstoles. Por eso les corrige, y no se cansa de hacerlo. 

En el Evangelio vemos como el Señor no sólo corrige, sino que también enseña a hacerlo: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas (…). Si te hace caso, has salvado a tu hermano» (Evangelio de la Misa: Mt 18,15-20). 

Corregir sí, pero con delicadeza. No se trata de machacar a alguien sino de ayudarle. Mientras preparo la meditación escucho una discusión en la calle entre dos conductores. Un hombre y una mujer. Se ve que ella había hecho alguna maniobra extraña. El conductor empezó a gritar: ¿Para eso tienes carnet? Mejor que te quedes en casa, gorda. 

Hay que corregir, pero con cariño. El que ama la corrección ama la sabiduría. La persona inteligente es la que admite las correcciones. Equivocarse es humano. Aceptar las correcciones también lo es. Me contaba un amigo que este verano estuvo en casa de un primo al que le gustan mucho los pájaros. Y le gustan tanto que tiene uno en el patio interior de su casa. Un cernícalo. Es, como un halcón, como un águila en pequeño para los que no tenemos ni idea. Contaba mi amigo que el pájaro se portaba tan bien y era tan bueno, que se encariñó con él. Le cogió tanto aprecio que le empezó a hablar y a corregir las cosas malas que hacía: –Mira esto no te lo comas porque te va a sentar mal, tiene muchos huesos. Pero ¡qué haces bebiendo esa cochinada! le decía. 

Quien bien te quiere te hará llorar, dice el refrán. Dios quiere que mejoremos, pero quiere que mejoremos mucho. Quiere que seamos santos. Por eso, no se cansa de corregirnos y de decirnos cosas. El Señor no entiende cómo no se corrige al que actúa mal (Ez 33,7-9: Primera lectura de la Misa). –«Ojalá escuchéis la voz de Dios» dice el salmo responsorial de la Misa (Sal, 94). -Ojalá, Señor, que escuchemos tu voz cuando nos corrijas. Y la voz de Dios nos llega por muchos sitios. Nos llega cuando las personas que nos ayudan a tratarle, nos dicen lo que hacemos mal. También nos llega por la oración. No es fácil aceptar que otra persona te diga lo que haces mal. Es distinto que alguien te lo diga a decírselo uno mismo. –Mire, yo es que soy muy orgullosa, decía una. Me pico enseguida. Me caliento la cabeza, sobre todo cuando me llevan la contraria. Eso no lo soporto. Le doy vueltas y vueltas, y me enfado mucho por tonterías. –Lo que tienes que hacer para combatir el orgullo y no enfadarte tanto... le quisieron aconsejar. Pero no le dejó terminar: Pues yo creo que tampoco es para tanto. A todo el mundo le pasa lo mismo. ¡No se porqué se pone usted así! ¿Lo de que soy orgullosa... lo dice por algo en concreto? -Señor que no nos enfademos cuando alguien nos diga las cosas que hacemos mal. 

Mejorar cuesta. Hay que dejarse decir las cosas. Hay que querer cambiar: dejar de hacer algunas cosas y ponerse a hacer otras. Mejorar cuesta. A veces, las cosas que nos dicen duelen. Escuecen, como escuece una herida a la que se le echa agua oxigenada para curarla. Se trata de no justificarse cuando nos digan las cosas. Es importante que nos demos a conocer: me pasa que soy mi perezosa o muy caprichosa, etc, para que nos ayuden, corrigiéndonos si hace falta. Si no, terminaremos intentando solucionarlo nosotros hablando con nosotros mismos. Y así no se resuelve nada porque no sabemos como actuar ante un problema o unas circunstancias nuevas para nosotros. 

El amigo este del verano contaba con gracia que lo malo no es hablar con un pájaro. Lo malo es cuando crees que te responde. Es entonces, decía, cuando te das cuenta de que algo extraño te está pasando. Los amigos se corrigen. La gente que está sola, que no tiene amigos, no recibe nunca ninguna corrección. Y habrá que corregir a la gente que queremos porque el sitio a donde va los viernes por la noche no le hace bien; o que no puede seguir haciendo el vago en los estudios; o que su manera de vestir es como demasié.

Los cristianos debemos decir las cosas como las madres, no porque nos guste cantar las cuarenta, sino porque queremos a los demás. San Pablo lo dice muy claramente: «a nadie les debáis nada más que amor» (Rm 13, 8-10: Segunda lectura). Dice el poeta: Me duele el corazón cuando tu sufres pero no puedo dejar de corregirte La indiferencia juzga y no comprende. Un padre comprende, exige: por eso no puedo dejar de corregirte. Le pedimos ayuda a la Virgen para que nos ayude a aceptar las correcciones que nos hagan.

viernes, 28 de agosto de 2020

LÓGICA DIFUSA


Pedro no acepta que Jesús tenga que sufrir y morir (cfr. Evangelio de la Misa Mt 16, 21-27). Cuando el Señor les explica que va a tener que padecer mucho, Pedro le responde: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Hoy también el sufrimiento es la asignatura pendiente del Estado del bienestar. Este nuevo mesianismo tampoco entiende el valor de la cruz. Una señora, que sí entiende el valor de la cruz, me pedía que rezase para que su padre mejorara de una enfermedad. Está internado en el hospital. Aunque está muy mal, pedía que por lo menos se recuperara para la boda de su hija. Sería, decía con razón, una boda un poco triste si él no estuviera–Señor, te pedimos ahora en nuestra oración, que, si es tu voluntad, se mejore esta persona y salga todo bien. La cruz aparece. No todo sale como lo hemos previsto o nos gustaría. Mucha gente se enfada con Dios porque permite el sufrimiento: no entienden el valor de la contrariedad. Y el sufrimiento aparece, tarde o temprano, y a veces cuando menos te lo esperas. Hace pocos meses, yendo a celebrar Misa temprano, me paró una mujer por la calle. Me suelo cruzar con ella a menudo, pero nunca habíamos hablado antes. Empezó a contarme todas las desgracias que le habían sucedido en las últimas semanas. Necesitaba desahogarse. A su marido le habían diagnosticado una enfermedad grave. Su hijo había tenido un accidente de moto y se había quedado parapléjico. Otro de sus hijos se había escapado del hospital donde se estaba rehabilitando por el alcohol. Y, para colmo de males, tres días antes se le había caído en el brazo izquierdo, que tenía vendado, una sartén con aceite hirviendo. Cuando terminó, le dije que rezaría por ella y por los suyos. También me vino a la cabeza un consejo que le di: que fuera a una iglesia, se pusiera cerca del sagrario y que se quedara allí, quieta, con Dios, cerca de Él. Indudablemente muchas cosas no salen como Dios querría, pero todas (también las que Él no desea) sabe utilizarlas para el bien. La sabiduría de Dios convierte las situaciones malas en buenas. Y si no que se lo digan a San Pablo. Cuando mataron a pedradas a San Esteban, él estaba allí bendiciendo ese asesinato. ¿Quién iba a decir que el perseguidor de los cristianos iba a convertirse en Apóstol? No debemos inquietarnos ante el mal, el dolor o las cosas que no salen. Si nos ponemos en las manos de Dios todo se arregla. Ya se ve que su lógica es distinta a la nuestra. A la vuelta de las vacaciones, me volví a encontrar con la señora de las desgracias. Tenía otra cara. Ya no lo veía todo tan negro. Algunas cosas habían mejorado. Su marido estaba mejor, y su hijo alcohólico volvió al hospital. Al final me dio las gracias por el consejo de buscar al Señor en el sagrario y estar con Él. Le sirvió y lo sigue haciendo. Dios entiende que nuestra primera reacción ante el sufrimiento sea de rechazo, y que, incluso que nos quejemos un poquito. Hay profetas que se han quejado mucho. Por ejemplo Jeremías, refiriéndose a Dios dijo: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre» (cfr. 20,7-9: Primera lectura). Y esto nos consuela, porque los santos tenían defectos, como nosotros. San Josemaría, cuando moría una persona joven que podía trabajar muchos años más en servicio de Dios, se quejaba por dentro en su oración. Luego rectificaba y le decía a Dios unas palabras muy bonitas que podemos repetir ahora: –Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada, la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amén. Amén. Es curioso, cualquier situación, por dura que sea, se hace más llevadera cuando nos ponemos a hacer oración. Algo ocurre cuando estamos delante de Dios. La oración nos hace digerir lo que más nos duele, aunque no lo entendamos. Ya se ve que en la tierra nuestra lógica siempre será un tanto difusa: por eso San Pablo nos dice que tenemos que renovar nuestra mente (cfr. Rom 12, 1-2: Segunda lectura). San Agustín cuenta en su libro de Las Confesiones la muerte de su madre. Es un testimonio impresionante, que nos enseña como algo tan terrible a los ojos humanos como es la muerte, las personas santas la acogen con ánimo positivo. Unos días antes de que cayera enferma, estaban los dos solos, madre e hijo, hablando apoyados en una ventana que daba a un jardín interior. Surgió de manera espontánea el tema de la vida eterna. Santa Mónica dijo: –«una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces (…) ¿Qué hago ya en este mundo? »Al cabo de cinco días, cuenta San Agustín, cayó en cama con fiebre (…). Viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo: –Enterrad aquí a vuestra madre. »Yo callaba y contenía mis lágrimas (…). La Santa les dijo a él y a su otro hijo: –(…) lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor en cualquier lugar donde estéis». Nueve días después moría con solo 56 años (cfr. Confesiones, lib. 9, 10-11: CSEL 33, 215-219). Las personas que están cerca de Dios, piensan distinto cuando se presenta el sufrimiento. Cada día necesitamos un plan renove de nuestra alma. Hemos de hacer como los santos, que aunque no siempre acertaban, hablaban frecuentemente con Dios. Y el Señor les ayudaba a rectificar. María meditaba en su corazón las cosas que no entendía, y así se iba haciendo al querer de Dios, que, como es bueno, siempre acierta.

viernes, 7 de agosto de 2020

TACONES LEJANOS

 

Dice la Escritura que Jesús se levantaba temprano para hacer oración.

Lo hacía así para encontrar un poco de calma, porque Dios habla bajito y hace falta silencio para escucharle.En este curso de retiro, el Señor quiere hablar contigo. Te quiere ayudar. Jesús ¿por qué a veces te vemos como alguien lejano y frío? Enséñanos a orar para conocerte más. Se cumplen todas las condiciones. Estamos en un sitio tranquilo y en un ambiente más silencioso. Cuentan que estaban en Torreciudad un grupo de chicas haciendo un rato de oración en la Capilla del Santísimo. Allí hay un crucifijo de gran tamaño, de bronce dorado, con una expresión de serenidad y viveza tan grande que parece que habla al que mira. Allí estaban estas chicas rezando en silencio, mientras que se oía a lo lejos el ruido que producían unas señoras que visitaban el Santuario: con el típico sonido que hacen los tacones lejanos. Hasta que ese grupo de mayores decidió inspeccionar la Capilla del Santísimo, donde las chicas empezaban a ponerse nerviosas por el trasiego de las señoras. Iban entrando a la Capilla, mientras abrían la puerta y cuchicheaban. Y una de ellas, que parecía ser la más enterada, refiriéndose al crucifijo dijo a media voz, pero perceptible a todo el mundo, no sólo a la persona que le estaba enseñando, dijo:   –Mira, ese es el Cristo que dicen que habla... Y en aquel momento, una de las chicas que había oído lo del «Cristo que dicen que habla», replicó con gracia: –Señora, habla si ustedes le dejan. –Señor que te dejemos hablar. Que no nos impacientemos porque al principio no te oigamos, que no dejemos de intentarlo. –Enséñanos a hacer oración, le decimos como los apóstoles. Enséñanos. Ahora, Jesús te oye y te ve. Aunque tú no le veas, Él te ve. Aunque parezca que no le oyes, Él te oye. Porque Jesús se mueve, actúa, habla, mira, siente… Es bueno que sepas que lo que te preocupa y alegra Dios lo sabe: una amiga, un pariente, tus ganas de hacer bien las cosas, lo que te agobia y entristece, tus proyectos, tus cansancios. A Jesús le interesa mucho que le cuentes tú vida: padres, hermanos, amigos, estudio, deporte, aficiones, enfados, etc. De esa conversación salen cosas interesantes. Verás todo como lo ve Él. En esos ratos sale de todo, como en una conversación de teléfono. ¿Quieres ponerte a hacer oración? Cuéntale todo eso como si se lo contaras a tu mejor amiga. Que hables con Dios de Tú a tú, con tus propias palabras: Jesús, te ofrezco este rato de oración…; ayúdame a sonreír en casa que hoy estoy cansada…; intentaré no enfadarme con el pesado de mi hermano…; dame fuerzas para no ver esta que te ofende porque me lleva a tener pensamientos que no te gustan… Si hablas así, al final conseguirás oírle. Me contaba una persona que, en su oración, le contaba unos rollos increíbles al Señor. Pero, que la cosa iba mejor porque estaba empezando a hablar menos y a escuchar más.Debemos esforzarnos por ir a la oración sin tacones, recogidos. Sin ruido interior. Tranquilas. Sin música de fondo. Mirarle y leer algo que nos ayude a imaginarnos a Jesús, a darnos cuenta de que está aquí. Después de cada rato de oración, deberías poder responder a estas preguntas: ¿qué le has dicho a Dios? ¿y qué te ha dicho? –Señor, enséñanos a hacer oración. Entonces, en la oración, se produce un gran milagro diario: Jesús y la Virgen consiguen que cambiemos de manera de pensar. Entramos muy enfadados con una persona y salimos solo enfadadillos. Empezamos agobiados con algo, un examen, una preocupación, y salimos más seguros. Así actúa Dios en el alma de quien hace oración de modo habitual. Solemos pensar que la culpa de todo la tienen los demás (padres, profesores, compañeros). En la oración, el Señor, hará que te preguntes: ¿y tú qué puedes hacer para que tus padres estén contentos? ¿No podrías tener más paciencia con esa amiga y perdonarla? ¿Por qué no me ofreces una hora de estudio pidiendo por el Papa? Al demonio le da pánico que te pongas todos los días en silencio delante de Dios, porque sabe que la oración te hará santa. Por eso, intenta que no la hagas, que te excuses: estoy muy ocupada, ya la haré después, cuando acabe de ver el tuenti. La gran tentación del diablo es esta: no hables con Dios, porque siempre te pedirá cosas: que ayudes en casa, que sonrías, que estudies más, etc. Te va a complicar la vida. Como sabes, toda tentación es una mentira, un engaño, una verdad a medias. Sí, Dios pide cosas pero para hacernos felices. –Señor ¿por qué me pides que sea menos perezosa, mentirosa, amable con las demás, trabajadora, generosa con mi tiempo…? ¿Por qué? ¿No será porque si te digo que sí seré más feliz? Sí. Es más feliz el generoso que el egoísta, el sincero que el mentiroso, el humilde que el soberbio,  la cristiana que la frivola etc. Hace poco leí una entrevista a una mujer conocida que estuvo seis años secuestrada. Ella misma cuenta su cambio interior fruto de la oración, de haberse dado cuenta de que el Señor estaba su lado, de que no estaba sola. Te leo sus palabras: Estar secuestrada te coloca en una situación de constante humillación. Uno es víctima de la arbitrariedad más absoluta, uno conoce lo más vil del alma humana. Llegados hasta aquí, uno tiene dos caminos. O dejarse afear, volviéndose agrio, gruñón, vengativo, dejando que el corazón se llene de resentimiento. O elegir el otro camino, aquel que Jesús nos ha mostrado. Él nos pide: bendice a tu enemigo. Cada vez que leía la Biblia, sentía que esas palabras se dirigían a mí, como si estuviera delante de mí, sabía qué tenía que decirme. Y esto me llegó directo al corazón. Sé, siento que se ha producido una transformación en mí y esta transformación la debo a este contacto, a esta capacidad de escucha de aquello que Dios quiere para mí.Ahora estamos haciendo oración. Como te habrás dado cuenta de vez en cuando, me estoy dirigiendo al sagrario para hablarle. Es bueno que se produzca ese diálogo directo: –Señor, ¿estás contento conmigo? ¿En qué quieres que mejore? La Virgen nos da un consejo: «haced lo que Él os diga». Ayúdanos Madre nuestra a escucharle, y, sobre todo, a no dejar nunca la oración.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías