viernes, 7 de agosto de 2020

TACONES LEJANOS

 

Dice la Escritura que Jesús se levantaba temprano para hacer oración.

Lo hacía así para encontrar un poco de calma, porque Dios habla bajito y hace falta silencio para escucharle.En este curso de retiro, el Señor quiere hablar contigo. Te quiere ayudar. Jesús ¿por qué a veces te vemos como alguien lejano y frío? Enséñanos a orar para conocerte más. Se cumplen todas las condiciones. Estamos en un sitio tranquilo y en un ambiente más silencioso. Cuentan que estaban en Torreciudad un grupo de chicas haciendo un rato de oración en la Capilla del Santísimo. Allí hay un crucifijo de gran tamaño, de bronce dorado, con una expresión de serenidad y viveza tan grande que parece que habla al que mira. Allí estaban estas chicas rezando en silencio, mientras que se oía a lo lejos el ruido que producían unas señoras que visitaban el Santuario: con el típico sonido que hacen los tacones lejanos. Hasta que ese grupo de mayores decidió inspeccionar la Capilla del Santísimo, donde las chicas empezaban a ponerse nerviosas por el trasiego de las señoras. Iban entrando a la Capilla, mientras abrían la puerta y cuchicheaban. Y una de ellas, que parecía ser la más enterada, refiriéndose al crucifijo dijo a media voz, pero perceptible a todo el mundo, no sólo a la persona que le estaba enseñando, dijo:   –Mira, ese es el Cristo que dicen que habla... Y en aquel momento, una de las chicas que había oído lo del «Cristo que dicen que habla», replicó con gracia: –Señora, habla si ustedes le dejan. –Señor que te dejemos hablar. Que no nos impacientemos porque al principio no te oigamos, que no dejemos de intentarlo. –Enséñanos a hacer oración, le decimos como los apóstoles. Enséñanos. Ahora, Jesús te oye y te ve. Aunque tú no le veas, Él te ve. Aunque parezca que no le oyes, Él te oye. Porque Jesús se mueve, actúa, habla, mira, siente… Es bueno que sepas que lo que te preocupa y alegra Dios lo sabe: una amiga, un pariente, tus ganas de hacer bien las cosas, lo que te agobia y entristece, tus proyectos, tus cansancios. A Jesús le interesa mucho que le cuentes tú vida: padres, hermanos, amigos, estudio, deporte, aficiones, enfados, etc. De esa conversación salen cosas interesantes. Verás todo como lo ve Él. En esos ratos sale de todo, como en una conversación de teléfono. ¿Quieres ponerte a hacer oración? Cuéntale todo eso como si se lo contaras a tu mejor amiga. Que hables con Dios de Tú a tú, con tus propias palabras: Jesús, te ofrezco este rato de oración…; ayúdame a sonreír en casa que hoy estoy cansada…; intentaré no enfadarme con el pesado de mi hermano…; dame fuerzas para no ver esta que te ofende porque me lleva a tener pensamientos que no te gustan… Si hablas así, al final conseguirás oírle. Me contaba una persona que, en su oración, le contaba unos rollos increíbles al Señor. Pero, que la cosa iba mejor porque estaba empezando a hablar menos y a escuchar más.Debemos esforzarnos por ir a la oración sin tacones, recogidos. Sin ruido interior. Tranquilas. Sin música de fondo. Mirarle y leer algo que nos ayude a imaginarnos a Jesús, a darnos cuenta de que está aquí. Después de cada rato de oración, deberías poder responder a estas preguntas: ¿qué le has dicho a Dios? ¿y qué te ha dicho? –Señor, enséñanos a hacer oración. Entonces, en la oración, se produce un gran milagro diario: Jesús y la Virgen consiguen que cambiemos de manera de pensar. Entramos muy enfadados con una persona y salimos solo enfadadillos. Empezamos agobiados con algo, un examen, una preocupación, y salimos más seguros. Así actúa Dios en el alma de quien hace oración de modo habitual. Solemos pensar que la culpa de todo la tienen los demás (padres, profesores, compañeros). En la oración, el Señor, hará que te preguntes: ¿y tú qué puedes hacer para que tus padres estén contentos? ¿No podrías tener más paciencia con esa amiga y perdonarla? ¿Por qué no me ofreces una hora de estudio pidiendo por el Papa? Al demonio le da pánico que te pongas todos los días en silencio delante de Dios, porque sabe que la oración te hará santa. Por eso, intenta que no la hagas, que te excuses: estoy muy ocupada, ya la haré después, cuando acabe de ver el tuenti. La gran tentación del diablo es esta: no hables con Dios, porque siempre te pedirá cosas: que ayudes en casa, que sonrías, que estudies más, etc. Te va a complicar la vida. Como sabes, toda tentación es una mentira, un engaño, una verdad a medias. Sí, Dios pide cosas pero para hacernos felices. –Señor ¿por qué me pides que sea menos perezosa, mentirosa, amable con las demás, trabajadora, generosa con mi tiempo…? ¿Por qué? ¿No será porque si te digo que sí seré más feliz? Sí. Es más feliz el generoso que el egoísta, el sincero que el mentiroso, el humilde que el soberbio,  la cristiana que la frivola etc. Hace poco leí una entrevista a una mujer conocida que estuvo seis años secuestrada. Ella misma cuenta su cambio interior fruto de la oración, de haberse dado cuenta de que el Señor estaba su lado, de que no estaba sola. Te leo sus palabras: Estar secuestrada te coloca en una situación de constante humillación. Uno es víctima de la arbitrariedad más absoluta, uno conoce lo más vil del alma humana. Llegados hasta aquí, uno tiene dos caminos. O dejarse afear, volviéndose agrio, gruñón, vengativo, dejando que el corazón se llene de resentimiento. O elegir el otro camino, aquel que Jesús nos ha mostrado. Él nos pide: bendice a tu enemigo. Cada vez que leía la Biblia, sentía que esas palabras se dirigían a mí, como si estuviera delante de mí, sabía qué tenía que decirme. Y esto me llegó directo al corazón. Sé, siento que se ha producido una transformación en mí y esta transformación la debo a este contacto, a esta capacidad de escucha de aquello que Dios quiere para mí.Ahora estamos haciendo oración. Como te habrás dado cuenta de vez en cuando, me estoy dirigiendo al sagrario para hablarle. Es bueno que se produzca ese diálogo directo: –Señor, ¿estás contento conmigo? ¿En qué quieres que mejore? La Virgen nos da un consejo: «haced lo que Él os diga». Ayúdanos Madre nuestra a escucharle, y, sobre todo, a no dejar nunca la oración.

viernes, 31 de julio de 2020

LUCHA INTERIOR: DERROCAR AL TIRANO


San Mateo pone en boca del Señor aquella frase lapidaria: «Regnum caelorum vim patitur, et violenti rapiunt illud» (Mt 11, 12).

San Josemaría, en una de sus homilías titulada La lucha interior, traduce este violenti rapiunt de forma muy interesante.

Textualmente la expresión griega se podría traducir como así: los salteadores lo arrebatarán.

San Josemaría al traducirlo al castellano dice: «el Reino de los Cielos se alcanza a viva fuerza, y los que la hacen son los que lo arrebatan» (n. 82).

Esto es lo que vamos a pedirle al Señor, que nosotros hagamos fuerza.
–Porque Tú eres Señor nuestra fortaleza.
Te pedimos que nos ayudes a vencer al Filisteo que tenemos en nuestro interior. 
Y la respuesta del Señor no se hará esperar:: –«No temas, yo mismo te auxilio» (Is 41, 13-20). Yo, el Señor, tu Dios, no te abandonaré.

Pero nuestros enemigos no están fuera, sino que están dentro de nosotros. En nuestro interior es donde se pelean las batallas. El resultado sale fuera después.

Una vez que le preguntaron al Cardenal Ratzinguer, si la Iglesia estaba retrocediendo en Occidente. Y si Cristo realmente estaba triunfando en el mundo.

Es sorprendente como no le dio ninguna importancia práctica al aparente fracaso. Por la sencilla razón de que el Papa está lleno de Dios.

Respondió que, en la sociedad, la figura de Jesús puede estar más o menos de moda. Por ejemplo hay tierras donde han vivido personas muy santas, y que actualmente está despobladas de cristianos.

Pero decía el Papa que esto es un hecho secundario. Lo importante es que la evangelización se está haciendo en cada hombre, en cada uno de nosotros, desde que nacemos hasta que morimos.

La Redención o el fracaso de Cristo es una cosa personal. Se realiza en cada individuo. La Redención se está haciendo ahora mismo en ti y en mí. Esta es la verdadera historia de la Iglesia.

Ahora se busca a toda costa la paz. Y nos da pena que países enteros estén gobernados por tiranos que los empobrecen. Y nosotros también podemos estar gobernados por un tirano perezoso que nos avasalla.

¡Qué pena si estuviéramos flacos y pobres en una tierra tan rica, como lo es nuestra alma!

Ese tirano no se irá sin la violencia de que nos habla el Señor: violenti rapiunt. El tirano interior, nuestro Filisteo, no se irá sin esa tensión buena.

David venció a Goliat, con unas cuentas piedras, pero se las lanzó con honda. Hoy en día hay que explicar lo que es una honda, porque la mayoría de la gente pesaría que es una moto.

Pues una honda es una tira de cuero o trenza de lana, o de otro material semejante, que sirve para tirar piedras con violencia. Y lo mismo que el tirachinas, la honda dispara cuando está en tensión.

Necesitamos esa tensión buena para derrocar a nuestro enemigo interior. Entonces sí que tendremos buen gobierno y paz.

Pero esa victoria sobre nosotros mismos, no la conseguiremos con nuestras fuerzas. David así lo decía.

Fue el Señor, el que consiguió la victoria para Israel, un pueblo pequeño pero invencible, como su mismo nombre significa. Invencible porque el Señor pelea en su favor.

El Señor era el auténtico pastor para su pueblo. Y por eso le decimos ahora: –Señor, gobiérnanos tú. (cfr Sal 144).

Para que el Dios de los ejércitos gane nuestras batallas interiores, y obtenga la paz, nosotros tenemos que colaborar tensando nuestro arco.

Por eso decía San Josemaría: «No olvidéis que la paz verdadera se obtiene a través de la lucha interior, no solo cada día, sino en cada segundo».

En una ocasión estaba San Josemaría de tertulia con un grupo de hijos suyos. Alguien trajó unos bombones. Ofreció a todos tomaron uno, menos San Josemaría. Y cómo le insistieron varias veces para que tomase, les dijo:
–Había ofrecido al Señor ese pequeño vencimiento... Si tomo no pasa nada. Pero si no tomo ¡qué gran victoria!
Efectivamente nuestras batallas normalmente serán pequeñas.

Se cuenta del fundador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, don José María Albareda, que estuvo trabajando en una nación africana, en medio de un gran parque lleno de leones y otras fieras.

Vivía en una casa muy sencilla que, como toda protección, tenía mosquiteras en las ventanas.

Y en una carta que escribió a San Josemaría contaba: aquí, como en la vida interior, lo malo no son los leones sino los mosquitos...

Pero nuestras victorias –normalmente pequeñas– son del Señor, porque nuestra lucha no es una lucha a brazo partido. No es una cuestión de puños, no es una batalla voluntarista. Es una lucha por amor, donde lo importante es lo que hace Dios. No dejemos de pedirlo. Ese es el gran palo para nuestra suficiencia, el palo que llevaba David frente a Goliat.

Podremos ser grandes trabajadores porque tengamos condiciones humanas, pero no podremos ser santos si vamos solos. Para vencer necesitamos a Dios:
–Señor, pelea Tú nuestras batallas.
Él está cerca de nosotros, con nosotros y no nos dejará.
–Tú estás siempre cerca (cfr. Sal 118).

Ese es el secreto de nuestra victoria: que, de verdad, Dios sea nuestra fortaleza.

El Reino de los cielos padece violencia, decía el Señor. Pero es una lucha contra nosotros mismos, para conseguir nuestro objetivo: ser otros Cristos.

Por eso decía San Josemaría: «Se opondrán a tus hambres de santidad, hijo mío, en primer lugar, la pereza, que es el primer frente en el que hay que luchar».

La pereza que se disfraza de verano, o va vestida de más tarde. Hay que llamarla por su nombre: lo que yo tengo es pereza.

Porque, una vez descubierta, podemos hacerle violencia para que se vaya.

Después, debemos luchar contra «la rebeldía, el no querer llevar sobre los hombros el yugo suave de Cristo».

No quiero esto, nos dice nuestro orgullo, no quiero someterme, entrar por el aro de la voluntad de otro.

También aparece la sensualidad viscosa con su gelatina de molusco que se pega con solo rozarla. Aunque brille no deja de ser en realidad baba de animal.

Y seguía diciendo San Josemaría: «En todo momento –más solapadamente, conforme pasan los años– la soberbia».

En los países vecinos, lo mismo que en los pueblos cercanos sueles existir ciertas rivalidades. En una ocasión hoy que un chileno definía la soberbia como ese pequeño argentino que todos llevamos dentro.

Tienen fama los de buenos Buenos Aires, de sentirse gallitos, orgullosos de su ciudad. Por eso los porteños de Buenos Aires, al oir el dicho de que la soberbia es ese pequeño argentino que todos llevamos dentro, ellos responden:
–¿Y por qué pequeño?
Nosotros, ahora en serio, decimos: –Señor, hazme como un niño delante de Ti.
–Para que, con mis caídas y debilidades de antihéroe le dé un buen palo a la soberbia del pensar que todo lo hago bien.

A pesar de nuestra poquedad, el Señor se sirve de nuestra lucha interior y exterior para hacer feliz a la gente.

Me escribía un sacerdote que vive en Rusia, desde hace un año, que fue a ese País, procedente de Finlandia.
«desde Helsinki llegó Lenin, para destrozar este país con sus torpes ideas de lucha de clases, y desde Helsinki llegamos nosotros ahora, con menos ruido, pero con mucha más ilusión, para “vengarnos” de todos esos males»

Y sigue: «nuestra “venganza” será querer mucho a esta tierra, a todos, y ayudarles a encontrar a Dios en medio de esa vida ordinaria que para muchos ha sido y sigue siendo muy dura».
Nuestra lucha en primer lugar tiene que servir para esto. Para ayudar a que los que nos rodean conozcan al Señor.

En el caso de un cura está claro. Tenemos que luchar por predicar a Cristo cada vez mejor.

Cuentan del cura de Ars, que al principio de ordenarse, y llegar a su parroquia no predicaba bien, fue ganando con el tiempo.
«¿Por qué grita usted tanto cuando predica? —le preguntaba una señorita de Ars, inquieta por el esfuerzo que hacía desde el púlpito—. Debe usted cuidarse un poco».
«Señor Cura, le decía otra persona, ¿cómo es que cuando reza habla tan bajo y tan fuerte cuando predica?
—Es que cuando predico, replicaba el santo varón, hablo con sordos, a gente dormida, pero cuando rezo, hablo con Dios, que no está sordo».

A nadie sorprenderá que, después de tal tensión, le fallase a veces la memoria. «En el púlpito —decía uno de Ars—, se perdía y se veía obligado a bajar sin haber terminado» El domingo siguiente, –cuenta uno de sus biógrafos– el Rdo. Vianney volvía a subir al púlpito. Sin embargo, teniendo en cuenta su fracaso, que hubiera podido aminorar su autoridad de párroco, oraba y encargaba oraciones a los demás.

Y termina diciendo el biógrafo: «La lucha está comenzada, y el Cura de Ars resuelto, con la ayuda de Dios, a no deponer las armas, sino después de una completa victoria».

Esa era la actitud, de este cura de parroquia, que para ganar las almas para Cristo contaba con pocos medios.

De San Josemaría ha escrito D. Javier Echevarría que le decía: «cuando prediques, no hables para los demáshaz tu oración en alto y aplica a tu vida lo que digas;
así será una oración más viva, que te servirá para concretar puntos en tu lucha personal
y, con la gracia de Dios, entrará más en la vida de las otras almas, porque responderá a algo que lleves dentro
y reflejará una lucha para tener un trato real, no teórico, con Dios Nuestro Señor. (Javier ECHEVARRÍA: Memorias del Beato Josemaría, pp. 195-196).

Para tener un trato real con el Señor, habría que preguntarle a su Madre. Ella en su corazón nunca tuvo a un tirano que mandaba, sino a una esclava que servía.
–Ayúdanos, Madre nuestra, a luchar por amor.

viernes, 24 de julio de 2020

LA PASARELA



Hace unos días pude ver una tormenta de verano. Es algo a lo que uno no termina de acostumbrarse. 

Rayos que parten el cielo con un resplandor. Truenos que hacen temblar la tierra. Y nubes negras que en poco tiempo descargan litros y litros de agua. 

Aunque lo hayas visto muchas veces, siempre te llama la atención, sobre todo si te empapas. 

Hoy es la solemnidad de Santiago Apóstol. 

Jesús les puso a él y a su hermano Juan, una especie de mote. Los llamaba Boanerges que significa Los Truenos. 

Tenían los dos mucho carácter. No pasaban desapercibidos, como las tormentas. 

Santiago fue el primer Apóstol que sufrió martirio. Se le notaba demasiado que seguía al Señor. No lo podía disimular y Herodes le cortó la cabeza. 

Estar cerca de Dios se nota. No es algo que pase desapercibido. Es una manera de vida que te hace tomar decisiones que chocan con el ambiente. 

Cuando los del Sanedrín prohibieron a Pedro y a los Apóstoles hablar más de Jesús, ellos les contestaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Los dejaron sentados con esa respuesta. 

El Señor es demasiado grande como para poder ocultarlo. Si vives con Él los demás lo tienen que notar. 

Es curioso, pero la gente no se acostumbra a tener un amigo que sea discípulo de Jesús. Somos un punto claro de referencia. 

Me contaba un sacerdote que, yendo por la calle, le paró un chico. 

Estaba triste porque se acababa de morir su madre, iba a coger el tren y necesitaba que alguien le consolara, por eso le había parado. 

Una vida entregada a Dios hace que los que te rodean te busquen y encuentren al Señor y lo alaben. 

Una vida así todos la ven. Es como una pasarela. 

En las pasarelas la que sale es el centro de atención. Todas las luces la iluminan y el público sigue un traje andante. 

No ven otra cosa. Todos opinan sobre lo que están viendo. 

Nosotros estamos revestidos de Dios. Eso se tiene que notar. No es algo que dependa del carácter o una manera de ser fuerte como la de Santiago y Juan. 

Podemos ser como ellos, los truenos; impetuosos y lanzados como Pedro; o más tranquilos como otros Apóstoles, de los que el Evangelio solo dice el nombre y no cuentan nada que desentone o dé el cante, como la madre de Juan y Santiago (normal: de tal palo tal astilla). 

No depende del carácter sino de estar revestido de Dios. De vivir muy cerca de Él. 

Lo más importante en una pasarela no es la modelo que lleva el traje. 

Esa persona puede ayudar más o menos, pero con lo que uno se queda es con el vestido: los colores, el corte, el vuelo que tiene la tela, etc. 

Los cristianos debemos vivir de tal manera que los demás vean a Dios. 

Es verdad que somos poca cosa, que el Amor que nos tiene el Señor nos viene grande y que, a veces, no le respondemos como Él querría. 

Pero Dios se encarga de que vayamos sintiéndonos cada vez más cómodos con nuestra vida, y que los demás vean nuestra alegría. 

Recuerdo una estudiante que tenía que hacer un traje como práctica de una asignatura. Le llevó todo el año. 

Era una traje, zapatos incluidos, revestido como con escamas plateadas. 

Mientras lo iba haciendo se lo enseñaba a la profesora que le daba indicaciones para mejorarlo. 

Al final hicieron una pasarela en Motril. Allí salieron los trajes que habían hecho la alumnas de distintas universidades. 

Ella lo contaba como algo increíble. La pasarela fue al aire libre y por la noche. 

Cuando salió su vestido, la gente aplaudió mucho porque, con tanta luz, las escamas de plata empezaron a brillar. Centelleaban hasta los zapatos. 

Dios se nota, como se nota un rayo en medio de la noche, o el ruido de un trueno o el espectáculo de un vestido bonito. 

Si hacemos la voluntad de Dios seremos como el Apóstol Santiago, un astro brillante que da luz incluso después de la muerte. 

Así es María. La Estrella de la mañana. Se le notaba hasta físicamente que tenía a Dios dentro. 

Madre nuestra ayúdanos a llevar así al Señor, sin vergüenzas, con soltura, sin miedos.

sábado, 18 de julio de 2020

EFECTOS COLATERALES



Cuando vas al campo, a veces se ven extensiones inmensas de trigo dorado, toda una colina del mismo color...

Pero, en ocasiones, descubres que, en medio de esa uniformidad, hay como unas manchas negras.

Esas manchas es la cizaña que crece en medio del trigo.

El Evangelio nos habla de cómo el mal crece en medio del bien. Para explicar eso, Jesús utilizó la parábola del trigo y de la cizaña (Cfr Evangelio de la Misa: Mt 13, 24-43).

La cizaña crece por el descuido de los trabajadores. Los colaboradores de Dios, primero se quedan dormidos y, luego, quieren resolver el problema drásticamente: proponen arrancar la cizaña de cuajo.
El dueño del campo les hace esperar para que no se corra el riesgo de arrancar el trigo.

Así somos a veces: primero nos dejamos llevar por la pereza, nos dormimos y dejamos de vigilar.

Y, después, nos entra la ira y la impaciencia: nos enfadamos porque descubrimos la cizaña, y, además queremos arrancarla inmediatamente y de cualquier manera.

Es verdad que todos tenemos defectos y que hay cosas en la vida que no nos salen o salen mal.

Si hacemos un poco de examen, descubriremos que en la vida hay trigo y cizaña: en la nuestra y en la de los demás.

Esas situaciones, muchas veces provocan reacciones de enfado y de impaciencia, aunque sean solo interiores.

Dios, ante el mal y los defectos de los demás actúa de otra forma: su arma secreta siempre es la misericordia.

Es nuestro auxilio, sostiene nuestra vida. Actúa con suavidad, sin sobresaltos (Cfr. Antífona de entrada)

porque, Señor, Tú eres bueno y clemente (Sal 85: responsorial).

«Fuera de Ti no hay otro dios al cuidado de todo (…) Tú nos gobiernas con gran indulgencia» (Libro de la sabiduría 12, 13. 16–19: Primera lectura).

Esa manera de ser se la enseña a sus amigos, a la gente sencilla (Cfr. Aleluya de la Misa: Mt 11, 25).

Haz que seamos también nosotros misericordiosos, pacientes con los errores y los defectos.
Los santos han sido así, por eso son más humanos. No regañan sino que mueven al arrepentimiento.

El primer sucesor de San Josemaría, don Álvaro del Portillo que está actualmente abierto su proceso de beatificación, se esforzó por poner en práctica las enseñanzas del Fundador del Opus Dei.

Consiguió sacar el máximo provecho de su propio tiempo y hacerse cada vez más servicial, más caritativo, más paciente al tratar a los demás.

Su hermano pequeño cuenta que se puso a jugar con unos dibujos en los que don Álvaro había estado trabajando un año entero, y se los estropeó completamente.

–«Mi madre, cuenta su hermano, 
al ver aquel desaguisado, se llevó un gran disgusto y me dijo algo así como: “Ya verás, cuando llegue tu hermano Álvaro y vea lo que le has hecho, echándole por tierra tanto tiempo de trabajo”.

»Yo aguardé su llegada con el natural temor. Esperaba que me riñera o me gritara; o incluso que, como fruto de la irritación, llegara a darme algunos cachetes…

»Pero no sucedió nada de eso. Llegó a casa; contempló lo que le había hecho; me llamó; me acerqué temblando; me sentó sobre sus rodillas y, entonces, con aquella serenidad que le caracterizaba, comenzó a explicarme el tiempo que había empleado en realizar aquel trabajo, y cómo yo, por haber jugado donde no debía, lo había echado a perder.

»Yo me quedé asombrado: en vez de pegarme, lo que hizo fue enseñarme la importancia de aquel trabajo, ¡para que yo aprendiera a ser más cuidadoso en el futuro!

»Puede parecer una anécdota sin importancia. Pero nunca la he podido olvidar
».

Dios es bueno. «Lento a la cólera y rico en piedad». Lo que quiere es que mejoremos, pero sin hacernos daño.

El Señor no quiere imponer su voluntad de forma agresiva. No fuerza a nadie.

Llama a nuestra puerta, pero no nos obliga a abrirle (Cfr. Ap 3, 20).

Nos da su ayuda, la gracia, para que nos convirtamos de nuestros errores, pero no nos fuerza.
San Pablo lo expresa muy bien la manera de actuar de Dios, al decir que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad (…) intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26–27: Segunda lectura).

No se enfada cuando fallamos. No solo eso sino que nos perdona siempre que queramos.

No quiere conseguir el bien a base de palos, aunque tiene en cuenta los efectos colaterales.

Su táctica no consiste en desarraigar el mal sin más, sino que tiene muy en cuenta el modo. Como han dicho los santos: todo por amor, nada por la fuerza.

Porque Dios, que es puro Amor, no busca un enfrentamiento, sino la conversión (cfr. Primera Lectura de la Misa: Sb 12, 13. 16-19).

Señor que aprovechemos tus llamadas. Que te abramos la puerta para que entres y estés con nosotros.

San Josemaría decía que los cristianos hemos de ahogar el mal en abundancia de bien.

Contaba una niña de 6 de Primaria, de familia numerosa, como le impresionaba mucho ver a su hermana mayor ponerse a fregar cuando nadie quería, o sacar la basura cuando las demás estaban viendo la tele.

El Señor actúa facilitándonos el ambiente y provocar la conversión.

Esto es lo que hizo María de forma discreta. Porque las madres son especialistas en corregir, evitando los efectos colaterales: saben amar.

sábado, 11 de julio de 2020

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES


El Señor a veces utiliza medios audiovisuales para hacer más gráfica su enseñanza.

Esto sucedió un día cuando iba andando a Jerusalén y se encontró con una higuera.

La maldijo porque no tenía fruto. Tampoco había muchas posibilidades de que los tuviera.

A los apóstoles tampoco les causó mucha extrañeza que la maldijera.

Sí que se sorprendieron cuando, a la vuelta, vieron que la higuera se había secado de raíz (Mc 11, 11-6: Evangelio del día).

Curioso y anecdótico: Jesús quiere que se les quede grabada esa escena para que se les fijara la fuerza que tiene la fe.

Es como si les dijera: Vosotros podéis hacer esto y cosas mayores si tenéis fe: lo que habéis visto de la higuera es poco.

San Josemaría, al hablar de este pasaje de la vida del Señor, decía que se sentía urgido a aprovechar el tiempo.

Jesús, en aquella ocasión, fue a buscar y no encontró. Solo había apariencia de fecundidad.

«Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure» (Jn 15, 16: Aleluya de la Misa).

Estamos en la Iglesia con una vocación específica y, por el hecho de estar, podemos tener cierta apariencia de fruto.

¿Qué es lo que Jesús encuentra ahora en nosotros? ¿hojas? ¿apariencias cristianas? Quizá tenemos imagen de que somos cristianos.

Pero lo nuestro es aprovechar el tiempo y no sólo quedarnos en la apariencia externa.

Podemos pensar que con los agobios que tenemos, con la cantidad de trabajo acumulado y retrasado, con la cantidad de personas que hemos de ver, en nuestro caso no se puede hablar de perder el tiempo.

Puede ser así, pero no siempre. Una de las enseñanzas que repitió San Josemaría fue que no solo hay que tener ilusión para hacer el bien, sino que hay que aprender a hacerlo.

Antes de entregarnos a Dios, quizá teníamos buenas disposiciones. Lo que ha hecho la formación es orientar esas inmensas ganas de hacer el bien.

Hay que aprender a hacer el bien, y en concreto, hemos de aprender a aprovechar el tiempo.

Hojas ya tenemos. Hace falta fruto. Para acercarnos al Señor nos sirve el trabajo y las cosas que hacemos.
¿Qué nos separa en la práctica de Jesús?: el cansancio, el verano, el carácter de una persona, el encargo que nos dan, etc.

Le sacamos provecho a la mayoría de las cosas, pero puede ser que haya otras que desaprovechemos. Eso hace que nuestro fruto sobrenatural sea raquítico.

En todo esto hay un peligro que disfraza las cosas.

Así como las hojas de la higuera despistaban, la mucha actividad (que en sí es buena) puede confundir. La actividad puede enmascarar enfermedades del alma.

El activismo sobre todo cubre la pereza. Es difícil detectar la falta de amor, la falta de diligencia de una persona activa.

Hemos de pedirle ayuda al Espíritu Santo:
Danos el don de sabiduría que nos hace conocer a Dios y gustar de Dios.
Nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad las situaciones y cosas de esta vida.

La sabiduría, este sapere, nos hace ver lo que es importante. Porque hay personas buenas, pero despistadas, que tienen una pereza activa.

Hacen muchas cosas aparentes, pero no le dan verdadero gusto a Dios.

En ese viaje a Jerusalén, nos cuenta San Marcos que Jesús «entró en el templo y se puso a echar a los que traficaban allí, volcando las mesas de los cambistas y los puestos que vendían palomas» (Evangelio del día).

Echó por tierra toda la actividad que se había creado en la casa de su Padre. «Y no permitía a nadie transportar objetos por el templo» dice el texto sagrado.

Eso no le daba gusto al Señor. Era algo que les separaba de Dios.

A Jesús –que está esperando, con hambre y sed, nuestro amor– le damos actividades.

La sabiduría nos quita los agobios para ver lo importante: el amor a Dios y a los demás.

San Pedro, el primer Papa, escribió para que no nos despistáramos:

«Sed pues, moderados y sobrios, para poder orar. Ante todo mantened en tensión el amor mutuo, porque el amor cubre la multitud de los pecados» (1 Petr 4, 7-13: Primera lectura de la Misa).

Moderados y sobrios también en nuestra actividad, porque sino no le dejaremos espacio a Dios.

No se trata de organizar mucho o poco. De hacer ruido. De triunfar o fracasar humanamente. De escribir mucho o poco.

Lo que nos pide el Señor es el fruto del amor: ese que se consigue haciendo su voluntad.

Nos pide lo único necesario que le dijo Jesús a Marta la administradora.

Aprovechar lo que tenemos: el tiempo, los encargos que nos confían, el papeleo, el insomnio. Todo para que Dios sea glorificado (Cfr 1 Petr 4, 7-13).

Señor danos la gracia de unirnos a Ti con lo que hacemos.

Todo nos tiene que servir para rezar más. Convertirlo todo en oración. Eso no se da por supuesto.
Aprovechamiento de lo que tenemos, sobre todo de los medios de formación que el Señor confió a San Josemaría para que fuéramos santos.

En esta meditación nos fijaremos solo en uno. Y podemos decir que lo importante no es tenerlo sino aprovecharlo: las charlas semanales de formación.

Don Álvaro decía que le servían muchísimo. Que todas las semanas le ayudaba.

Hay calidad en estas charlas si luchamos en lo que nos dicen.

El secreto es examinarse en esos puntos de los que nos hablan: así nos llenaremos de frutos sobrenaturales o de aburrimiento, dependiendo de nosotros.

Tenemos un medio importante para hacer el bien. No es una charlita piadosa y moralizante, sino que es un modo de descubrir el querer de Dios en cosas menudas.

Queremos que en la Iglesia haya una explosión de santidad. Pues tiene que darse en un salto de calidad en los medios de formación.

Calidad y profesionalidad al recibirlo y al darlo. Para presentar bien la doctrina de Jesús. Y sobre todo preparación sobrenatural.

A la Virgen, Madre de la Iglesia que además de esclava del Señor fue asiento de la sabiduría.

A Ella le pedimos: ¡Esclava y Señora de la sabiduría que gustemos las cosas de Dios para poder agradarle con muchos frutos y poco ruido!

domingo, 5 de julio de 2020

ACTIVAR EL MODO DE VUELO


Nos cuenta el apóstol San Mateo en ese Folleto que escribió bajo la inspiración de Dios, cuáles fueron una de las últimas palabras del Señor en esta tierra:

«Id y hacer discípulos a todas las gentes (…) enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20).

Tenían que enseñar lo que habían vivido junto al Maestro: un espíritu. Sobre todo, tenían que anunciar a una persona maravillosa, que los quería más que nadie.

Ellos eran unos pescadores, malos instrumentos, ni siquiera unos rabinos instruidos.

Eran gente sencilla que con la fuerza de su vida enseñaba que la verdad, que había traído el Señor, iba a llenar el mundo de libertad y de felicidad.

Todos los apóstoles eran gente normalita, hablando desde el punto de vista de la formación. No así San Pablo que era una persona muy ilustrada en las Escrituras.

Aunque no conoció personalmente a Jesús, humana y sobrenaturalmente fue una persona revolucionaria. Dicen que San Pablo no era muy alto, pero por dentro era un gigante.

El Señor se sirvió de un instrumento muy bueno en aquellos momentos tan importantes para la Iglesia naciente.

San Josemaría tuvo una vida interior arraigada en la verdad, no en la sensiblería. Los sentimientos fluctúan y pasan rápido.

–Señor que vivamos seguros, con una piedad llena de doctrina (cfr. Sal 121).

Lo que queda firme en el hombre es lo que procede de la inteligencia iluminada por la fe.

El trato con Dios de San Josemaría no era frío y calculador.
Al final de su vida acuñó el tipo de piedad doctrinal. No una piedad mentirosa: Fe de niños y doctrina de teólogos, decía.

–Señor, enséñanos a quererte.

Hoy es muy necesario todo esto. Es muy necesaria la doctrina, si no se acaba como tanta gente buena que está desorientada por la ignorancia.

–Señor instrúyenos en tus caminos, enséñanos tus sendas (cfr Is 2, 1-5).

Hemos de transmitir todo esto a los que vengan detrás.

El ambiente que se respiraba alrededor de San Josemaría era de mentalidad abierta universitaria: se hablaba de libros, de publicaciones, de trabajos de la inteligencia.

Todos tenemos que dedicarnos a esto porque el estudio es una norma de siempre.
De lo contrario nos empobreceríamos, nos quedaríamos enanos, gente acomplejada.
Estaríamos como en un campo de barbecho, donde no se cultiva.

–Señor que nuestro amor a ti no se quede enano por falta de estudio.

El estudio y la doctrina nos abre la mente para amar mejor.

La oración del gitano: no me des Señor, Tú ponme donde haya.
Hemos de poner los medios humanos para que el Señor nos haga santos canonizables, y un medio es el estudio.


Hasta el día 25 de junio del 75, San Josemaría dedicó un tiempo a su formación. Y humanamente podríamos decir que no lo necesitaba. Nosotros sí.

–Señor, ayúdanos a no ser perezosos porque muchos de nuestros aciertos con las almas depende de esto.

Esto se nota a la vuelta de los años. Las personas que habitualmente no estudian se vuelven rígidas. Cada año que pasa están más ancladas en su propia experiencia.

Los que no estudian suelen ser muy tajantes. Los sabios, con sabiduría humana suelen ser muy modestos. La ignorancia se tira de la moto con gran facilidad.

Nosotros no estudiamos los manuales para lucirnos, sino para que nuestra oración sea más viva, para encontrar argumentos como San Pablo.

Precisamente, uno de los grandes peligros de nuestro tiempo es el dejarse llevar por el bamboleo del corazón.

En ocasiones el corazón está despierto. Se encuentra fuerte, con toda su pasión arrolladora.

Y en esos momentos resulta muy sencillo amar a Dios, anclarnos a Él, decirle que no le dejaremos jamás…

Es la hora del corazón que nos proporciona consuelos y nos entusiasma… nos lleva a hacer locuras de amor, como le sucedía a los santos.

Pero también sabemos que los santos se pasaron buena parte de su vida a contrapelo, sin sentir nada, sin notar nada.

Como San Josemaría que en la legación de Honduras pasó por la noche oscura… Y sin embargo ¡qué meditaciones dirigió durante aquellos meses!

¿Cómo se puede entender este contraste?

Sabemos que no hay amor sin conocimiento.

Igual que no podemos querer nada que no conozcamos, y por eso no podemos amar al Señor si no le conocemos bien.

Es cierto que el corazón nos puede ayudar en esta tarea de amor y conocimiento.

Un corazón enamorado tiene más facilidad para entender lo que tiene delante.

Cuando el corazón está activo, resulta gustoso manifestar el cariño.

Y entonces puede haber ganas de estar con el Señor, de pasarnos un rato delante del Sagrario. Y así le conocemos y le queremos más.

Pero muchas otras veces, el corazón parece que no responde. Parece que está fuera de cobertura en ese momento.

¿Qué pasa entonces? ¿Nos venimos abajo?

Los sentimientos no nos acompañan, perdemos el gusto por las cosas de Dios, el Señor no nos da golosinas.

Quizá es que nuestro corazón está fuera de cobertura. Pero no quiere decir eso nada malo. En algunas ocasiones quiere decir que avanzamos mucho en el amor.
Los grandes místicos hablaban de las arideces, de las noches, de que hay que bajar para subir.
Esto es lo que pasa también con los teléfonos móviles. Que cuando uno tiene que ir en avión, le obligan a activarlo a modo de vuelo.
Así ocurre a veces en el alma, que nuestro corazón no tiene cobertura, porque está activado el modo de vuelo: el Señor quiere que avancemos rápido, no es sólo andar, sino volar.
Entonces, cuando el corazón está sin cobertura, es porque ha llegado la hora de la cabeza.

Y es que el estudio nos lleva a conocer al Señor, a amarle con más altura, como por encima de las nubes.

Acudir a las ideas madre, a las verdades eternas, pensar sobre la realidad de Dios… todo eso nos eleva hasta el amor a Dios.

Nuestra entrega y nuestro cariño al Señor se hacen fuertes.

Si el estudio acompaña nuestra piedad, el bamboleo del corazón no significará nada.

Seguiremos amando al Señor aunque no sintamos nada. Aunque el corazón esté apagado o fuera de cobertura, sin embargo nuestro amor va volando.

Entonces sabremos que nos ama, le conoceremos cada vez mejor, nos adentraremos en su misterio trinitario…

A veces puedes escuchar a uno con el que estás hablando de Dios:

–A mí esto no me dice nada, me deja indiferente…

Quizá a esa persona le pesa demasiado el corazón y muy poco la cabeza.

Porque la verdad de Dios no es lo que a ti de diga o te deje de decir. Él no depende de los vaivenes de tu corazón.

Lo único decisivo es que Dios es Dios, al margen de lo que tú hagas.

Que Dios te ama, aunque no sientas nada, aunque estés frío, a palo seco. Por eso necesitamos el estudio.

Necesitamos amar al Señor con la cabeza, sacar de ahí formulaciones de mejora, propósitos…

El estudio nos lleva a querer al Señor, sin hacer depender nuestro amor a Él de los estados de ánimo, de las ganas, o de que las cosas nos vayan bien…

San Josemaría decía que debíamos amar a Dios y a los demás con cabeza y corazón…

No sólo con una de las dos, sino con los dos. Así se logra un equilibrio perfecto…

Si vivimos así, nada ni nadie podrá arrebatarnos el amor a Dios.

Ahora que todo es tan pasajero, tan sentimental, tan dependiente de lo externo.

Si dedicamos un rato diario al estudio nos convertiremos en personas firmes, en apoyo para los demás.

Estudiamos para ir por el mundo sembrando la alegría cristiana:

«Id y hacer discípulos a todas las gentes (…) enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado».
Pensemos en María. Todo lo bueno que tienen las demás nos recuerda a Ella.

No era una ignorante, Jesús aprendió mucho de la Virgen.

Cómo estudiaría la Sagrada Escritura, como haría la oración litúrgica con los salmos. Con razón Jesús los sabía tan bien.

Una mujer increíble, discreta, pero muy cultivada: una inteligencia muy clara, que cultivó para amar más a Dios.

sábado, 27 de junio de 2020

UN PROYECTO COMÚN


El próximo día 29 celebraremos la fiesta De San Pedro y San Pablo (cfr. Mt 16, 13-19: Evangelio de la Misa del día).

La verdad, es que los dos Apóstoles eran muy distintos.

Tenían diferencias por nacimiento (San Pablo no era de Palestina), por culturas, incluso también las profesiones no se parecían en nada: Pedro era pescador, y Pablo, parece ser que trabajaba en un negocio de tiendas de campaña.

Muchas cosas los separaban en lo humano, y también en los espiritual: Pedro había vivido con el Señor, y Pablo había sido enemigo declarado de los cristianos.

Pablo era un experto en la Escritura, y Simón tenía una cultura teológica elemental.

La manera de actuar en el apostolado también era distinta. Por lo que sabemos San Pablo viajó y escribió mucho más que San Pedro.

Todo esto es complementario, porque tenían un proyecto común.

Aunque eran muy diferentes, los dos fueron a lo mismo: «plantaron la Iglesia con su sangre» (Antífona de entrada de la Misa).

«Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó» (Prefacio de la Misa).

Los dos dedicaron su vida al mismo proyecto: guardar la fe. Y por eso sufrieron cárcel y persecuciones.

A Pedro se le podrían aplicar íntegramente las palabras que dijo San Pablo poco antes de morir: «he peleado buena batalla, he acabado mi carrera, he guardado la fe» (2 Tim 4, 6-8: Segunda Lectura de la Misa).

Participaban de la misma empresa aunque tuviesen puntos de vista diferentes. Mejor: así se adaptaban a todas las sensibilidades.

Los dos estaban en la tierra para lo mismo: salvar almas. Pero de distinta forma: Pedro «fundó la primitiva iglesia con el pueblo de Israel, Pablo la extendió a todas las gentes» (Prefacio de la Misa).

–Señor, haz que nosotros también actúemos con un solo corazón y una sola alma (cfr. Oración depués de la comunión).

Hoy le damos gracias a Dios por haber hecho a los santos tan diferentes y tan amigos.

Porque no se fijaban en lo que les separaba sino en lo que les unía: la amistad con el Señor.

En el carácter no parece que tengan mucho que ver el Santo Cura de Ars y el Fundador del Opus Dei. Son lo menos parecido que puedes encontrar. Uno era descuidado para algunas cosas materiales, el otro muy práctico.

Y sin embargo, San Josemaría escogió al Santo párroco como uno de los intercesores de la Obra.

Siendo distintos quieren lo mismo: salvar almas, como San Pedro y San Pablo.

Hay santos que se han pasado la vida en un mismo sitio, como San Alejo debajo de una escalera?

Otros, en cambio, han dormido en cama y han viajado por todo el mundo, como Juan Pablo II. Pero, sin embargo, Benedicto XVI viaja mucho menos. Pero al final todos pretenden lo mismo.

Al comenzar hoy el año de San Pablo, hacemos el propósito de aprender a hacer apostolado en nuestro ambiente, cada uno a su manera de ser. Sin miedos.

En la Iglesia hay maneras muy distintas de actuar. Lo importante no son las diferencias, sino tener un mismo proyecto común.

Estos días lo estamos viviendo con la Eurocopa de fútbol. Jugadores que durante el año están en equipos distintos.

Incluso que son eternos rivales, pero que tienen ahora un proyecto único: ganar la Eurocopa para su país.

Nuestro proyecto común es llevar almas al Cielo.

La manera, quizá, más frecuente de hacerlo es hablando de Dios de tú a tú, a través de la amistad:

este es el mejor regalo que le podemos hacer a las personas que queremos.

Para eso hemos nacido, para ser santos y hacer apostolado.

-Señor, concédenos seguir en todo las enseñanzas y el ejemplo de estos dos Apóstoles (cfr. Oración colecta Misa del día).

Si somos amigos de Dios –eso es lo que nos une a todos en la Iglesia–, entonces daremos la cara por Él, cada uno a su estilo.

Dar la cara. San Pedro y San Pablo murieron por el Señor y por su Iglesia. A uno lo crucificaron, y al otro le cortaron la cabeza.

A Juan Pablo II no había más que verlo por la televisión, lo gastado que estaba.

Nosotros ¿qué estamos dispuestos a hacer? ¿Hablamos con frecuencia de Dios? ¿Estamos dispuestos a quedar mal, a cansarnos hasta físicamente?

Cuando San Josemaría montó la residencia de Ferraz, aquello costó mucho.

«El primero en sucumbir al cansancio fue Ricardo, el director. Tuvo que guardar cama en el mes de agosto.

Don Josemaría, más curtido y resistente —también más agotado—, arrastró como pudo su cansancio hasta septiembre, en que se fue a hacer un retiro espiritual en los Redentoristas de la calle Manuel Silvela.

Meses antes, don Francisco Morán, notando su agotamiento, le ofreció unos días de descanso en una finca de su propiedad, en Salamanca. No pudo aceptar don Josemaría
» (Vázquez de Prada, Vol I, p. 551).

Estaba tan cansado que él mismo comentaba: «me echaría ahora en cualquier sitio, aunque fuera en medio de la calle, igual que un golfo, para no levantarme en quince días» (Ibidem).

–Regina Apostolorum. ¡Reina de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo ayudádnos en nuestro proyecto común!

sábado, 20 de junio de 2020

EL CUCHICHEO DE LA GENTE


Todos los que han querido hacer el bien se han encontrado con dificultades.

Se las encontró Jesús y Él mismo nos adelantó que nosotros también las tendríamos.

De hecho, es fácil encontrarlas. Basta que alguien empiece a ir a Misa a diario o a hablar de Dios, para que le señalen o sea tema de conversación entre algunas personas.

Por algo, el profeta Jeremías habla, de forma gráfica, del «cuchicheo de la gente» (Primera lectura de la Misa: cfr. 20,10-13).

Se refiere a la crítica clásica, la de toda la vida. La que, como a veces se dice, parece ser el deporte nacional.

-Señor, por Ti aguantamos comentarios que duelen. Por seguirte hay quienes nos miran como si fuéramos extraños (cfr Salmo responsorial).

Y es que, como dice el dicho cuando el carro anda levanta polvo.

En la actualidad el bien no es aplaudido, es cierto. Incluso, en ocasiones, es perseguido. Pero esto ha ocurrido siempre.

Hoy, parece que lo que tiene más gancho, lo popular, lo que queda bien ante la gente y ante el mundo es ir en contra del sistema, también de Dios, claro.

Por eso es importante que, delante del Señor pensemos: yo ¿estoy dispuesta a ser distinto, a dar el cante? Porque, cuando se intenta vivir como un buen cristiano, se nota.

Me contaba un amigo cura que, yendo por la calle vestido como sacerdote, se cruzó con una chica que iba con pinta estrafalaria. Y en el momento justo de cruzarse, ella dijo: –vaya pinta.

Y a este sacerdote le salió de dentro contestar: –la que te adorna.

Las maneras de vivir se notan. Las personas tienen una fama por su manera de comportarse.

Es algo que todo el mundo sabe aunque no se diga nada. Se sabe y ya está.

A veces, hacer la voluntad de Dios depierta antipatías o comentarios despectivos.

Por eso, hay cosas que oyes en un ambiente cristiano y que, luego, son lo contrario de lo que la gente hace o piensa.

De todas formas, nuestro Señor nos dice a los cristianos, que tampoco es para tanto: «que no tengamos miedo» a los que nos quieran hacer daño (cfr. Evangelio de la Misa: Mt 10, 26-33).

No debemos temer porque Dios nos protege. Sería como si el hijo del Jefe de policía tuviera miedo a que le atracasen por la calle, yendo, como va, con un guardaespaldas a cada lado.

La razón que nos da Jesús es que el Señor cuida de nosotros: estamos en buenas manos, en manos de nuestro Padre.

Señor, Tú nos proteges. Nadie puede nada contra nosotros (cfr Primera lectura).

Sería ridículo que tuviéramos miedo, porque nos cuida Dios, es el Creador del mundo.

No hay nada que suceda sin su permiso, ni siquiera el movimiento de una diminuta hoja de olivo.

A pesar de que sepamos esto, nos comportamos como si Dios no existiera o nos avergonzamos en ocasiones de dar la cara por Él.

Por esa razón, nos da cosa romper con determinadas amistades o con ciertos ambientes y costumbres poco cristianas, porque tenemos miedo a quedarnos solos.

A veces vivimos sin abandonarnos totalmente en las manos de Dios. Eso nos da miedo.

Desgraciadamente, cuando la familia de un paciente le pregunta a un médico sobre su estado de salud, y el doctor responde que estamos en manos de Dios, parece que las cosas están muy mal para el enfermo, que la medicina ya no puede hacer nada.

¡Qué tranquilidad nos debería dar pensar que «hasta los cabellos de nuestra cabeza» los tenemos contados!

Y también que, como dice el salmo, el «Señor escucha» a los necesitados (cfr. Responsorial: Sal 68). Porque Dios está siempre dispuesto a ayudarnos.

–Señor, gracias por estar como las madres, atento siempre, a la escucha.

Así está Dios, sabe que tarde o temprano vamos a necesitarle.

Las dificultades están ahí. Si uno quiere hacer el bien casi siempre se las encuentra.

Esos obstáculos no los pone el Señor, sino el pecado, como nos dice San Pablo.

Pero, también nos dice, que es mucho mayor el poder de la gracia que el daño que puede ocasionar el pecado (cfr. Segunda lectura: Rom 5,12–15).

Por eso, si somos inteligentes el miedo al que dirán no nos ha de mover. Lo que en realidad ha de preocuparnos es lo que puede dañar el alma: el cáncer que nos hace malos.

Jesús nos habla muy claro: «lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea» (Mt 10, Evangelio).

En definitiva, que no nos cortemos un pelo para hablar de Dios, ni de comportarnos como Él quiere.

El Papa para preparar el Encuentro Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Sydney, nos decía que debemos reflexionar:

«sobre el Espíritu de fortaleza y testimonio que nos da el valor de vivir el Evangelio y la audacia de proclamarlo» (Mensaje para la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, Lorenzano, 20–VII–2007).

Y San Josemaría escribió unas palabras que nos pueden ayudar ahora:
«En estos momentos de violencia, de sexualidad brutal, salvaje, hemos de ser rebeldes. Tú y yo somos rebeldes: no nos da la gana dejarnos llevar por la corriente, y ser unas bestias. Queremos portarnos como hijos de Dios, como hombres o mujeres que tratan a su Padre, que está en los Cielos y quiere estar muy cerca –¡dentro!– de cada uno de nosotros (Forja, n. 15).

Jesús volvió a Nazaret durante su vida pública. Y San Lucas nos cuenta que, en una ocasión, quisieron matarlo después de lo que les dijo (cfr. Lc 4, 16–30).

Podemos imaginar como mirarían a la Virgen cuando Jesús se fue de allí. Lo que dirían de Ella por ser su Madre.

–Madre nuestra, ayúdanos a ser fieles a pesar de lo que cuchichee la gente.

sábado, 30 de mayo de 2020

BORRACHOS SIN FRONTERA






Hace años se reunieron en Granada miles de personas para celebrar la llegada de la primavera haciendo un macrobotellón.

Había gente de muchos sitios. Además de los universitarios de la ciudad, también vinieron de otras provincias.

Durante toda la tarde se vio un río de gente que iba con la clásica bolsa de plástico con todo lo necesario. El ambiente era de ilusión, de alegría por la que se iba a armar.

El día de Pentecostés también se reunieron miles de personas en Jerusalén para celebrar la fiesta de la cosecha, que se tenía cincuenta días después de la Pascua.

En griego la fiesta de la cosecha se traduce con la palabra Pentecostés, porque se celebraba 50 días después de la Pascua.

Venían de Libia, Cirene, de la actual Irak. Casi todos eran judíos nacidos y educados en países extranjeros, por eso hablaban lenguas distintas. Aquello no dejaba de ser un espectáculo curioso.

En ese día los discípulos del Señor estaban reunidos en un mismo lugar, unidos por el miedo que es lo más penoso que puede unir. Y, de repente, llegó el Amor de Dios (cfr. Hch 2, 1-11).

«Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar» (Hch 2, 4). Se llenaron del Espíritu Santo, que produce los efectos del vino y empezaron a hablar.

De esta manera pasaron aquellos primeros cristianos del miedo y de la tristeza a la ilusión, a la ilusión de la juventud, y así nació la Iglesia (cfr. Prefacio de la Misa de Pentecostés).

En cambio, en el botellón de Granada algunos pasaron del punto al coma, del puntillo al coma etílico.

Hay un filósofo español que ha escrito un libro que se titula: «Breve tratado sobre la ilusión».

En castellano la palabra «ilusión» tiene varios significados. Se habla de un «iluso» cuando una persona tiene ideas que no están fundadas en la realidad.

Pero también el término «ilusión» tiene una carga positiva, por eso hay cosas que llamamos «ilusionantes». Es la ilusión tan propia de los niños, los locos y los borrachos.

Precisamente uno de los efectos del alcohol es transformar la realidad y hacerte más expansivo.

Me contaron que algunos locutores de radio, antes de salir en antena se toman un copazo, para tener así más facilidad de palabra.

¡Cómo cambia la cosa cuando se tiene el cuerpo entonado!

Pues el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es como el vino que enardece, ilusiona y nos hace hablar con el lenguaje que la gente entiende, el lenguaje del corazón.

Por eso le decimos con la Iglesia:

–Ven Espíritu divino (…) riega la tierra en sequía.

–Entra en el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos (…). Infunde calor de vida en el hielo

(Cf. Secuencia de la Misa de Pentecostés).

Los Apóstoles «se llenaron del Espíritu Santo y hablaron de las maravillas de Dios», nos dice el Libro de los Hechos.
Aquel día, los Apóstoles no se cortaron un pelo. De hecho la gente que les escuchó estaba asombrada y perpleja. Tanto que se decían unos a otros: –«¿Qué puede ser esto?». Y otros se burlaban diciendo: –«Están bebidos» (cfr. Hch 2, 12–13)

Dicen, y es muy probable, que la cerveza la inventaron los monjes. Por algo sería...

Los Apóstoles estaban llenos del Espíritu Santo y, por eso no les paró nadie.

San Pedro gritaría las maravillas de Dios en el idioma de la Capadocia. También Santo Tomás se pondría a hablar con fluidez la lengua de los Partos, y San Mateo anunciaría el Evangelio como los Bereberes del norte de África. Unieron a todos los que estaban allí hablando del Amor de Dios en distintos idiomas.

Todos recordamos como la civilización antigua creó una torre que acabó separando a los hombres de Dios, y a los hombres entre sí, porque no hablaban el mismo lenguaje.

Eso fue Babel, el orgullo que condujo a la separación. Es lo contrario de Pentecostés. Porque el Amor de Dios no tiene barreras. Nos lleva a hablar en el lenguaje que todo el mundo entiende: el lenguaje del afecto.

Pero el lenguaje es un vehículo, lo importante es el contenido. El mensaje que nosotros tenemos que transmitir es que tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo. Esta es la maravilla de Dios (cfr. Hch 2, 11).

El diablo no quiere que la gente sepa esto. Nos tienta para que no hablemos de Dios. Nos mete la idea de que si hablamos, entonces los demás nos mirarán como si fuéramos personas raras.

Nos mete miedo y vergüenza: ¿qué van a decir si invito a esta amiga para que vaya a Misa conmigo? o ¿qué pensará si le digo que haga un rato de oración o que se confiese...?

El tentador nos quiere convencer de que si hacemos como apostolado vamos a perder puntos delante de los demás.

Pues quédate sin puntos como le sucede a los que conducen borrachos. Quédate sin puntos, pero tú conduce a la gente al cielo.

–Ven, Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles (Aleluya de la Misa de Pentecostés).

María es su Esposa. Está llena del Espíritu Santo. Ella nos lleva al Señor casi sin darnos cuenta.

Con Ella el amor a Dios entra solo como el buen vino, y va directo al corazón.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías