miércoles, 14 de noviembre de 2007

La Presentación de la Virgen

«Bienaventurada eres Virgen María que llevaste al Hijo del eterno Padre». Esto es lo que vamos a repetir en el salmo responsorial de la Misa de la fiesta de hoy, la Presentación de la Virgen. Celebramos su completa dedicación a Dios desde que era una niña.

El Señor tuvo que elegir muy bien a la que iba a llevar al Hijo del eterno Padre. La eligió antes de que el mundo comenzara; lo hizo antes de crear nada.

María sabía que desde siempre pertenecía a Dios en cuerpo y alma, y era consciente de que el Señor la quería especialmente.

Nuestro Señor quiere a todos: a la Magdalena, a San Pablo, a San Agustín… Dios ve al santo en el pecador y quiere a sus criaturas por lo que son, y por lo que pueden llegar a ser con la ayuda de su gracia.


Con la Virgen es distinto, desde que era pequeña Dios vio el resultado de su gracia, estaba llena desde que fue concebida. En Ella, el Señor vio siempre algo maravilloso. Algo que empezó bien y acabó mejor.

A la vez, la Virgen se sentía atraída por Dios con la fuerza con que atrae un imán. Quiere al Señor con todo su corazón, no hay que convencerla de que le ame.

A nosotros, en cambio, Dios nos ha tenido que decir de manera imperativa que le queramos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón
[1].

Madre enséñanos a querer con todo el corazón.


-Cuando todavía eras una niña, al llegar al uso de razón, en cuanto pudiste decidir, tu corazón se abrió totalmente al Amor infinito. Por eso te decimos que eres la llena de gracia, y así te saludó el Arcángel: «¡Ave María, gratia plena!…» la llena de amor de Dios.

–Madre nuestra ayúdanos a llenarnos de gracia.

Desde joven la Virgen dejó que Dios se metiera del todo en su alma. Se cumplieron en Ella las palabras del profeta Zacarías: «Alégrate hija de Sión porque llegaré y habitaré en medio de ti»
[3].

Dios inspira, autoriza y pide nuestro amor. María se lo dio desde jovencita. A nosotros nos pide lo mismo. Y… ¿qué tipo de amor pide Dios? Pide un amor que no tiene nada que ver con el sentimentalismo. Pide un amor que no se mide por la intensidad de lo que sentimos por el Señor. Pide que nos identifiquemos con su Voluntad.

Eso fue lo que hizo la Virgen desde niña. Eso mismo hizo Jesús. Ese es el amor del Hijo por el Padre, el amor de la Esposa, de la Hija y de la Madre de Dios.

Jesús nos lo dijo cuando le avisaron que su madre y sus hermanos le estaban esperándole:…todo el que cumple la voluntad de mi Padre ese es mi hermano, mi hermana y mi madre
[4].

Los que no hacen esa voluntad no le quieren. Al Señor esto le entristece, por eso se echó a llorar contemplando la Ciudad Santa mientras decía: Jerusalén, Jerusalén si en este día hubieras conocido tú también la visita de la paz
[5].

Muchos de sus compatriotas no vieron los signos mesiánicos que estaban ocurriendo, no le reconocieron y no le hicieron caso. No veían el amor que Dios tiene por los hombres.

–Señor, que no endurezcamos nuestro corazón.

La Virgen lo vio desde siempre. Toda su vida estuvo dedicada única y exclusivamente a agradar a Dios. Ella si le hizo caso en todo.

Me vienen a la cabeza lo que decía Don Álvaro sobre San Josemaría cuando manifestaba que nunca había dicho que no a sabiendas a Dios. Todos los santos han querido hacer la voluntad de Dios, y para eso le pedían ayuda.


San Josemaría repetía muchas veces: –Señor dame el amor con el que quieres que te ame. Que es lo mismo que decir: que haga siempre tu voluntad, que no me deje llevar por los desánimos, por los fracasos, por el cansancio, que te quiera aunque no te sienta…

En las circunstancias difíciles, Dios también nos da el amor con el que quiere que le amemos. Por eso le queremos cuando rezamos el rosario costándonos mucho y cada Avemaría es como arrastrar un tronco cuesta arriba. Le queremos cuando hacemos lo que tenemos que hacer en los días en los que todo sale mal. Cuando tenemos el cuerpo roto y el ánimo por el suelo.

Esto es amar a Dios, este es el amor que Dios nos tiene. Así estaba Jesús en la Cruz, clavado como un asesino, humillado, lleno de dolores, con fiebre, muerto de sed, con un fuerte sufrimiento psíquico… Este es el amor que Dios nos tiene.


Este es el amor que puso en el corazón de María.

Ella le quiso en medio de las incomodidades y malos olores de un establo; en el Templo cuando Simeón le dijo que iba a sufrir mucho. Le quiso mientras buscada a Jesús angustiada junto con José; también, y sobre todo, en el Calvario. Allí estaba de pie, con una espada que le traspasaba el alma. Allí estaba, sin decir nada, amando con obras como siempre había hecho, desde que era una niña.

–Madre nuestra, que nos dejemos llenar de Dios, de su amor. Que le queramos, queriendo hacer su voluntad.


Ignacio Fornés


[1] Deuteronomio 6, 5.
[2] 1 Jn 4, 10
[3] Za 2, 14.
[4] Mt 12, 50
[5] Lc 19, 41.

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