jueves, 29 de enero de 2009

UNA PANDA DE AMIGOS

El Evangelio nos cuenta como los apóstoles fueron conociendo a Jesús. Y fue de la manera más natural. 

Se fueron presentando unos a otros, hasta que formaron la clásica panda de amigos.

«Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y siguieron a Jesús. 

»Encontró primero a su hermano Simón (...) y lo llevó a Jesús» (Jn 1,40-42).

Después el Señor encontró a Felipe, y, Felipe le llevó a Natanael (cfr. Jn 1,43-46). Así, hasta que se formó el grupo entero. Aquello fue el inicio de una gran amistad, de un grupo muy unido. 

Unos que llaman a otros, y todos siguen a Jesús. Ven y sígueme, esa es la clave.

LA LEY DE LA AMISTAD

«Un trozo de hierro se afila con otro hierro; y a un amigo también se le da forma con otro amigo» (Prv 27, 17).

Esto dice precisamente el libro de los Proverbios cuando trata el tema de la amistad. 

Literalmente, el dice: «El hierro se afila con otro hierro y el amigo afila la cara del amigo». Es el modo hebreo de decir las cosas. 

Los amigos se influyen mutuamente. Es la ley de la amistad. Y se influyen tanto que acaban pareciéndose uno al otro.

Del mismo modo que una pieza de hierro vuelve a otra de una forma determinada si la rozamos contra ella. 

La amistad engendra en nosotros una forma de ver las cosas, de pensar, de divertirse, de hablar, etc.

Las amigas muchas veces visten parecido o igual, porque comparten los mismos gustos.

Todo esto se nota. Las madres se dan cuenta muchas veces que los gestos, y la forma de pensar de los amigos nos acaban influyendo. Por eso se preocupan de saber con quien vamos y salimos.

Que los amigos se influyen es algo evidente. Y ocurre, no porque se lo propongan, sino por el contacto diario.

EL LIDER DEL GRUPO

Entre las amistades suele haber algunos que destacan más. Muchas veces el motivo es porque tienen más personalidad que el resto. Llevan la voz cantante. 

Jesús es perfecto hombre. Él es el Maestro. Su personalidad es tan fuerte que no deja indiferente a nadie que se acerca a él.

Cuando dice su nombre en el Huerto Olivos cayeron a tierra los que iban a apresarle. El Señor no pasa desapercibido. Sus enemigos quieren acabar con él porque está influyendo sobre las personas.

Los Apóstoles fueron cambiando poco a poco con el pasar de los días. Se fueron transformando casi sin darse cuenta.

San Juan que, como su hermano, era de carácter fuerte, se volvió suave.

Pedro que fue cobarde, terminó dando su vida por él. Y así todos. Todos menos Judas, que en el fondo no era amigo de Jesús.

El Señor influye tanto que nos cambia la vida. A san Pablo le ocurrió eso, por eso decía «Vivo pero no soy yo, sino Cristo el que vive en mí» (Gal 2,20). Lo que le impulsaba era Espíritu de Jesús resucitado. 

Su actividad ya no se movía por el «haré esto» o «no lo haré», sino que el Espíritu de Dios le hacía decir «Abba Padre». Lo mismo les sucede a los santos. Se mueven por una fuerza interior que les lleva a superar las dificultades.

El trato con Jesús les hacía tener en cuenta, no solo lo material sino también lo espiritual.

A ESE GRUPO PERTENECEMOS

Los santos se han rodeado de amigos. Formaban grupos de gente que tenían verdadera amistad. Y como estaban tan cerca de Dios han sido la pieza que les unía a Jesús.

San Josemaría empezó con tres. El grupo inicial lo formaban Pepe Romeo, don Norberto Rodríguez e Isidoro Zorzano, que eran, a su vez, continuadores de los asistentes al Sotanillo (cfr. Vázquez de Prada, Tomo I, p. 446).

Curiosamente las primeras vocaciones aparecían cuando se presentaba la fiesta de unos de los apóstoles. 

«Para la historia de la Obra de Dios —escribía en una catalina del 8-V-1931—, es muy interesante anotar estas coincidencias: El 24 de agosto, día de S. Bartolomé, fue la vocación de Isidoro. El 25 de abril, día de S. Marcos, hablé con otro [...]. El día de S. Felipe y Santiago (1-V-31), tuve ocasión —sin buscarla— de hablar a dos. Uno de ellos, con quien me entrevisté de largo, quiere ser de la Obra» (p. 448).

Esa amistad con San Josemaría les llevaba a seguir al Señor. Por eso escribe de los que llegaban: «Ninguno dudó; conocer a Cristo y seguirle fue uno. Que perseveren, Jesús: y que envíes más apóstoles a tu Obra» (p. 449).

Esa era siempre su actitud. Dirigir cada persona al Señor. El escultor Jenaro Lázaro, que los domingos por la tarde, a la salida del Hospital General, se quedaba charlando un rato con don Josemaría, refiere sus recuerdos: «Estas conversaciones, me produjeron una impresión imborrable: era un hombre de Dios, que arrastraba hacia El a las personas que trataba» (p. 452).

LA LLAVE QUE ABRE CUALQUIER ALMA

A veces en el apostolado vamos probando cosas que vemos que no sirven porque la gente no avanza. 

Hay unas palabras que le dice Don Jose María Samoano a María Ignacia Escobar, la primera vocación a la Obra, que dejan claro el camino que hay que seguir. Le aclaraba que para construir bien el Opus Dei era preciso echar sólidos cimientos de santidad: «No queremos número, eso... ¡nunca!, le decía el capellán. Almas santas... almas de íntima unión con Jesús... almas abrasadas en el fuego del amor Divino ¡almas grandes! ¿Me entiende?» (445)

Jesús es la llave que encaja perfectamente en la cerradura de cualquier alma. A veces uno va con un manojo de llaves y va probando hasta que encuentra la adecuada.

El Señor es como una llave maestra que abre la puerta del mundo sobrenatural.

COMUNIÓN, CONFESIÓN Y ORACIÓN

Nuestro apostolado debe consistir en llevar a nuestros amigos a Jesús. Y el Señor influye a través de la gracia, con los sacramentos y en la oración.

Debemos presentarlos, porque, aunque lo conocen de oídas, no lo tratan personalmente.

Comunión, confesión y oración. De esa manera el Señor va influyendo en nosotros casi sin darnos cuenta.

Él es siempre eficaz, porque Jesús no cambia, actúa siempre, es el mismo ayer, hoy y siempre. Entonces nuestros amigos serán santos. 

Nosotros hemos cambiado mucho, y más que nos queda. Si hacemos la cuenta, yendo a Misa a diario durante 10 años hemos recibido al Señor unas 3.000 veces. Y son muchas las horas que nos hemos pasado delante del Sagrario. Y cientos las confesiones.

A pesar de que nuestros defectos y pecados, Jesús es el que nos ha transformado y nos seguirá cambiando.

La Virgen, cuando está en la cruz no está sola. Está con su grupo de amigas. Allí están todas con Jesús. Que nosotros sepamos también hacer lo mismo.


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