jueves, 29 de enero de 2009

LA FAMILIA DE DIOS


La Santísima Trinidad es una Familia compuesta por Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Por eso las cosas que salen de sus manos tienen también ese aire de familia. 

La Iglesia es una familia, con un Padre, el Papa, al que queremos todos. No es una asociación humana a la que te apuntas, como puede ser un equipo de fútbol o un grupo amigos del Trevenque.

LA ESPOSA

La Iglesia es la Esposa de Cristo. Jesús ama a la Iglesia como un hombre ama a una mujer.

Este Amor de Dios se manifiesta en forma de Alianza. Así es como se inician las familias, con la bodas, con la alianza.

Dios estableció una alianza con el pueblo de Israel, y la restableció con el Nuevo Pueblo de que es la Iglesia.

«Vosotros, los maridos, dice San Pablo, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25).

EL ESPOSO

Dios Padre ha puesto todas las cosas bajo los pies de Cristo y le ha constituido cabeza de toda la Iglesia, que es su cuerpo (Ef 1,22-23).

La Iglesia la ha querido el Señor. Ha eligido unas personas y les ha dado un estilo de vida, unos medios, los sacramentos, un gobierno, etc.

La gente que dice Jesucristo sí y la Iglesia no, es lo mismo que si dijeran que Jesús no es Dios.

Sería tenerlo únicamente como buena persona, como alguien que hizo grandes cosas y ya está. Nos uniríamos a Jesús como hombre no como Dios.

–Señor nosotros te queremos también como Dios, por eso amamos tu Iglesia.

Lumen Gentium. Ese es el nombre que lleva el documento del Concilio Vaticano II que habla de Cristo para tratar de la Iglesia.

La Iglesia no tiene luz propia. Su luz es Cristo. Es como la luna, que refleja la luz del sol.

–Señor cuando digo amo a la Iglesia te amo a ti.

La Iglesia es Cristo y sus miembros. Él es la cabeza del cuerpo.

LOS NIÑOS

Nosotros queremos amar la Iglesia como buenos hijos de esta familia. Gastar toda nuestra vida en su servicio.

Eso es lo que han hecho los mártires y los santos. Han entregado su vida del todo, poco a poco o en un instante.

Es una familia muy variada, con personas distintas y maneras de ser. Los hay con rasgos europeo, orientales. Más blancos, con más color. Pelirrojos, castaños, etc. 

Cuando vas a Roma, llama la atención comprobar esto. Te hace gracia ver en la Basílica de San Pedro a los chinitos adorando la Eucaristía, con una reverencia profunda.

O africanos participando de la Santa Misa, también a su manera: bailando casi constantemente con un ritmo envidiable.

LA CASA

La Iglesia es el lugar que Dios ha querido para que nos encontremos con él y con los demás.

Nos une la misma fe, el mismo afán por amar a Señor y al prójimo. Las mismas costumbres.

Es ahí desarrollamos nuestra vida cristiana. Lo mismo que un niño crece, se forma dentro de una familia. Cuando algien no ha crecido dentro de una familia se nota.

Es en la Iglesia donde recibimos los sacramentos: donde nacemos, crecemos, nos curamos de las heridas, donde nos alimentamos.

Por eso decimos, con toda la razón del mundo que la Iglesia es nuestra madre. No es una metáfora.

FAMILIA EN TODO EL MUNDO

En cualquier iglesia del mundo notamos la ayuda y el aliento de un montón de gente que piensa y siente como nosotros.

Me contaba un estudiante que se fue de Erasmus a un país donde había pocas iglesias. En un principio se encontraba totalmente perdido.

El idioma le era extraño y apenas se podía entender con la gente. El clima no se parecía nada al de aquí: le faltaba el sol.

La comida era totalmente distinta y le producía problemas digestivos. Pero entró en una iglesia católica y, de repente encontró algo familiar.

No sabía si era el olor a la cera de las velas, las viejas rezando, las vidrieras o las imágenes de la Virgen.

Pero, según afirma, se sintió como en casa. ¡Qué bueno eres, Señor, que quieres que nos sintamos en casa en cualquier parte del mundo!

HACER FAMILIA

San Pablo, como dice el Papa Benedicto XVI, se entregó al Evangelio «¡las veinticuatro horas!». De ahí su solicitud por todas las iglesias y por todas las almas.

Nosotros debemos rezar todos los días por la Iglesia Lo hacemos cuando asistimos a Misa. Pedimos a Dios por la «Iglesia santa y católica para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad», por el Papa, los obispos.

Salen los nombres de los Apóstoles, de hermanos y hermanas nuestras que han dado su vida en el martirio. Y todos los santos a los que les pedimos ayuda para ser fieles.

Pedimos por los vivos y los difuntos, por los que están asistiendo en ese momento. Y, como cualquier familia, tiene gente en la tierra y otros que ya han dado el salto.

Formamos un solo corazón y una sola alma, como en los primeros cristianismo, que los paganos se admiraban y exclamaban mirando a los cristianos: mirad como se aman.

Pedimos para que todos estemos muy unidos. Los santos han sido siempre muy sensibles a esto, a la unidad de la Iglesia.

Una mañana de 1970, la persona que ayudaba habitualmente a San Josemaría a Misa le notó un poco disgustado y apenado.

Iba a celebrar misa y, antes de entrar en el oratorio, suspiró con fuerza, arrojando de su pecho la carga que le abrumaba:

¡Dios mío!

–«¿Le pasa algo, Padre?», preguntó el que le ayudaba.

–Me pasa..., que me duele la Iglesia.

Le dolían las dificultades de todo tipo que pasaban los cristianos en todo el mundo. Dificultades materiales y de todo tipo.

–Señor, querríamos tener esa misma sensibilidad.

No nos puede ser indiferente la situación de nuestros hermanos de todo el mundo. Esto es lo que significa tener el corazón católico.

Qué alegría, dice san Josemaría,
poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia santa (Camino, 518).

-Sancta Maria, Mater Ecclesiae, ora pro nobis.


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