jueves, 8 de enero de 2009

ES MI PADRE

El día de nuestro Bautismo es el más importante de nuestra vida, ya que nos hacemos hijos de Dios. Con él recibimos un nuevo nacimiento, por eso se llama también el sacramento de la re-generación.

Jesús fue al encuentro de San Juan Bautista, que estaba predicando con gran éxito la conversión. Era normal que en un ambiente de expectación ante la venida del Mesías, la gente se estuviera preparando.

Iban tantos, que los fariseos acuden para ver qué pasa (Jn 1,19-26). Y en medio de tanta gente también el Señor aparece por allí: «Vino Jesús al Jordán desde Nazaret de Galilea» (Mt 1,9). Juan el Bautista cumplió su misión de mover a la penitencia, como preparación de la llegada del Reino de Dios.


Muchas veces uno se asombra de por qué el Señor se bautizó si no le hacía falta. Jesús, sin tener necesidad de conversión, se sometió al rito del Bautismo, de la misma manera que lo hizo a los mandatos de la Ley.

UN CRISTIANO ES UN BAUTIZADO

Y precisamente, Jesús, el día de su Ascensión también quiso que los cristianos enseñaran y bautizaran en su nombre. Les dijo: «Id por todo el mundo y enseñad a todas las gentes bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,16).

La ceremonia del Bautismo ha cambiado mucho. Antes, en los primeros tiempos, la mayor parte de las personas que se bautizaban eran adultos, y el Bautismo se hacía por inmersión: la gente se iba al Jordán o a cualquier otro riachuelo que estuviera a mano, y el sacerdote los sumergía enteramente en el agua.

Todo eso significaba que el que se bautizaba era sumergido bajo el agua y, al salir, resucitaba como Jesús. Y así se convertía en una nueva persona de pies a cabeza.

Nosotros llegamos a la salvación a través del agua. Eso es el Bautismo: lanzarse al agua para obtener la liberación.

UN ATEO COMO DIOS MANDA

Te voy a contar una historia real. En tiempos del más duro comunismo en la antigua Unión Soviética, un oficial de la marina de 21 años, se lanzó al mar desde su barco para huir del sistema y llegar a la costa de Canadá.

Era huérfano. Había pasado por tres orfelinatos y nunca había rezado. Le habían repetido hasta la saciedad que Dios no existía. Lo más que un hombre podía aguantar en esas aguas era hora y media, y se confundió de dirección. Cuando llevaba varias horas nadando y no podía más, se detuvo.

Te leo lo que él mismo cuenta: «Sentí que estaba perdido, totalmente perdido. “Serguei has acabado (se dijo). Vas a morir. Nadie está al corriente de esto. Nadie está preocupado por ti. Nadie”.

Me habían educado en la doctrina de Marx, de Engels y de Lenin. Ellos eran mis dioses. Me había arrodillado varias veces ante el cuerpo de Lenin en Moscú, era mi dios y mi maestro.

Pero ahora, al final de mi vida, mi espíritu se volvió hacía ese Dios que no conocía. Rogué instintivamente: “Dios, no he sido nunca feliz en esta tierra. Ahora que me estoy muriendo acoge, si te place, mi alma en el Paraíso. Dios, quizá, podrías darme allí un poco de felicidad. No te pido que salves mi cuerpo, pero en el momento en el que se hunda, acoge mi alma en el cielo, por favor, ¡Dios!


Cerré los ojos completamente, convencido de que todo había acabado. Ya estoy preparado, pensé en lo más profundo de mi alma. Ahora me puedo dormir. Me relajé y cesé de luchar. Mi pelea había concluido».

A TODO EL MUNDO LE LLEGA SU HORA

Hay una oración que han rezado durante siglos los cristianos y que muestra la protección de Dios por sus hijos: «¡Sálvame, oh Dios, porque las aguas que me llegan hasta el cuello! Me hundo en el cieno del abismo, sin poder hacer pie; he llegado hasta el fondo de las aguas, y las olas me anegan» (Sal 68).


Sigue diciendo el ruso de nuestra historia: Lentamente, muy lentamente, sentí que algo extraño estaba sucediendo. A pesar de que toda mi energía se había gastado hasta la última gota, una fuerza nueva invadió mis brazos extenuados. Sentí como si en el agua me rodearan los brazos recios y amorosos del Dios vivo, como si me encontrara una boya enviada del cielo.

Yo no era creyente. Jamás antes había dirigido mi oración a Dios, pero noté que brotaban en mi cuerpo agotado nuevas reservas: podía nadar
».

LLEGAR A DIOS A TRAVÉS DEL AGUA

Algo así, y mucho más es la fuerza que recibimos en el Bautismo. Por eso, el día de nuestro Bautismo, es el más importante de nuestra vida.

Conozco un sacerdote que celebraba su cumpleaños el día de su Bautismo porque lo consideraba como el día de su nacimiento. San Josemaría, a veces, cuando pasaba al lado de su pila bautismal la besaba, porque allí había empezado a nacer.

Gracias al sacramento del Bautismo somos hijos de Dios. Es lo mismo que le ocurrió al Señor en el Evangelio. Dios nos dice: «Eres mi hijo muy amado» (cfr. Mc 1,11). Por eso es un momento tan trascendental.

Todo esto normalmente se nos olvida, aunque alguna vez nos lo hayan explicado. Lo que sucede en el Bautismo, que nos hacemos hijos de Dios, no lo pensamos con frecuencia.

Conozco el caso de un niño de ocho años, también ruso, al que adoptó una familia de Madrid. Se le acercó una chica pija, y le dijo, sin saber que era adoptado: –Oyesss ¿quiénes son tus padres? Y el niño de ocho años, que había pasado por varios orfelinatos y tenía mucha vida, le respondió a la adolescente: –Si yo te contara…

Necesitamos fe para darnos cuenta de que somos hijos adoptivos de Dios. Es bueno que repitamos eso: Yo soy hijo de Dios, hijo de Dios. Y porque somos sus hijos el Señor nos da todo: «Tú eres mi esperanza, mi seguridad desde mi niñez» (Sal 70).

A TRAVÉS DEL AIRE

Un cardenal filipino cuenta que, durante un viaje en avión, se encontró en medio de una violenta tormenta tropical y el avión empezó a dar unos tumbos espectaculares.

Todos los pasajeros estaban tremendamente asustados. A su lado se encontraba un niño. Y el cardenal le preguntó: –¿Tú por qué no estás asustado? Efectivamente era muy raro que un niño estuviera tan sereno en una tempestad así. Y el chaval le respondió: –Es que el piloto es mi padre.

CON LOS PIES EN LA TIERRA

Después de todo lo que hemos dicho es fácil comprender el interés que ha tenido la Iglesia de que los niños reciban cuanto antes el principal regalo de su vida. Hemos de agradecer a nuestros padres que al poco de nacer nos llevaran a recibir este sacramento.

A veces vivimos intranquilos sin saber que Dios es nuestro Padre, el Amo del mundo. Y nos ponemos nerviosos por muchas cosas: los exámenes, que será de mí el día de mañana, o perdemos la paz cuando nos regañan o no nos ha salido algo como queríamos.

Con frecuencia nos comportamos como un niño sin padres, que va de sobresalto en sobresalto porque no tiene nadie que le dé seguridad.

LA INTELIGENCIA DEL ORDENADOR

La historia que contábamos del oficial de la marina rusa termina en Canadá. Allí un funcionario del gobierno le preguntó: «Kourdakow, hemos estudiado su historia con todo detalle, hemos introducido sus datos en un ordenador especialmente programado para analizar estos casos: la temperatura del agua, la dirección y la fuerza del viento, la violencia de la tempestad, la distancia del barco la altura de las olas, y también su fuerza física.

El resultado del análisis es que usted no pudo haber sobrevivido. ¿No habrá algo, aunque sea una insignificancia, que se haya usted olvidado de decir concerniente a aquella noche?

Reflexioné unos momentos, y a continuación dije: –La sola cosa que no he mencionado es que le recé mucho a Dios.

Aquel señor se marchó y volvió al cabo de algunos días. –Sergei, me comunicó, te interesará saber que cuando se introdujeron en el ordenador todos los datos, incluyendo el de tu oración, la máquina respondió que tu éxito y tu supervivencia eran posibles. Ahora creemos tu historia
».

SIEMPRE CON ESCOLTA

Con esto se entiende mejor que la Iglesia, refiriéndose a la protección de Dios por sus hijos, nos invite a rezar: «Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas encontrarás refugio, porque ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en todos los caminos. Te llevarán en sus palmas para que no tropiece tu pie en piedra alguna» (cfr. Sal 90).

Así vivió desde siempre la Hija predilecta de Dios, la Virgen María. El Espíritu la cubrió con su sombra en el momento de la Encarnación y la protegió siempre, también en las horas tremendas de la Pasión. Nadie se metió con Ella, nadie la insultó ni se burló de la Madre del Condenado. Su Padre Dios, el Señor de la Historia, no lo permitió.

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