lunes, 2 de febrero de 2009

¡¡A MÍ, NADIE ME HA DICHO NADA!!


Jesús nos dice que, en la oración, debemos hablar con naturalidad y confianza. Que no se trata de hacer cosas raras o curiosas sino de ser nosotros mismos. A simple vista parece fácil.

«Cuando os pongáis a orar (…) no empleéis muchas palabras como los gentiles (…). Vosotros orad así: Padre nuestro» (cfr. Mt 6,5-9).

El Señor, a los Apóstoles, les enseña el «Padre nuestro». Son dos palabras que expresan algo muy familiar y muy personal: «Padre» y «nuestro». No puede haber palabras más corrientes.

Es un diálogo entre dos personas que se quieren, entre un padre y un hijo.

«Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: “¡Abba!, Padre”» (Rm 8,15BC) dice san Pablo.
¡Qué pena producen las personas que no se hablan! Y si son familia, peor aún. Son situaciones que, además de hacer sufrir, son muy incómodas.

A SOLAS CON DIOS

Muchas veces estamos a solas con Dios y no le decimos nada. Todavía recuerdo con asombro lo que dijo una: «Sí, si yo quiero hablar con el Señor, pero es que ¡hay tanto que rezar que no me da tiempo!».

–Que vuelva mi corazón hacia ti una y otra vez cuando esté en tu presencia.

Los santos esto lo han tenido muy claro. San Pablo nos dice: –Orad continuamente (1Ts 5,17). Y san Gregorio Nacianceno daba este consejo: «Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (or. Theol. 1,4).

San Josemaría escribió un consejo práctico y fácil de hacer: «¿Que no sabes orar? –Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!", está seguro de que has empezado a hacerla» (Camino, 90).

Y en otra ocasión se preguntaba: ¿Qué es orar? Levantar el corazón a Dios.

No se trata de hacer autorreflexión, ni es una técnica, ni un método –aunque esto pueda tener su sitio–, sino sencillamente oración. Es decir, tratar de tú a tú a Dios.

–Señor que te busque constantemente.

No es pensar, sino hablar, escuchar (obedecer), compartir. Es un diálogo, una conversación de Dios con el hombre y del hombre con Dios.

Intervienen el pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo (CEC 2708).

El progreso de la vida interior se encuentra en la palabra tratarse, en conocerle a Él y conocerte. Tratar a solas con Jesús. Es la conversación con el Gran Amigo.

–Tú eres Señor el único camino de mi oración (cfr. CEC 2707).

PARA LOS SANTOS ES UNA NECESIDAD

Hablando de cómo rezaba Juan Pablo II, uno de sus colaboradores contaba que se levantaba poco después de las cinco de la mañana para hacer su oración, que duraba casi una hora antes de celebrar la Misa.

Después de celebrarla se retiraba a trabajar, hasta las once que comienzan las audiencias, pero antes de iniciarlas volvía a su oratorio y se estaba otro buen rato. La puerta de su oratorio siempre estaba abierta; a la menor oportunidad entraba con el Señor. Antes de almorzar hacía otro poco de oración; y después de comer lo mismo.

Recuerdo un día, contaba esta persona, que habíamos almorzado juntos, para seguir trabajando después, y pasamos por el oratorio para una visita corta. Me arrodillé, como de costumbre, detrás de él, esperando a que terminara su acción de gracias, o lo que estuviese rezando.

Empezó a pasar el tiempo, bastante tiempo, yo diría que mucho tiempo, y el Santo Padre seguía inmerso en su oración, que la notabas de una profundidad total. Yo miraba el reloj de vez en cuando, pero sin atreverme casi a respirar.

Por fin, cuando ya había pasado un buen rato, levantó la cabeza, me sintió a su lado y se disculpó:

-Perdóneme, me había olvidado de que estaba usted aquí.

Es decir, cuando reza, reza, y se olvida de todo, no como los demás que somos capaces de distraernos con el vuelo de una mosca.

(José Luis Olaizola en su libro Un escritor en busca de Dios, p. 197, hablando con Joaquín Navarro-Valls, el portavoz del Vaticano sobre el Papa Juan Pablo II)

NOS VE Y NOS OYE

Se trata de hacer todo en su presencia, sabiendo que te ve y te escucha. Compartir lo cotidiano, lo corriente que uno hace, lo normal que nos sucede.

Contarle los exámenes que tenemos, una buena comida con unos amigos, lo bonita que está la sierra, un chiste malo, una buena compra que hemos podido hacer en las rebajas, el disgusto de un amigo, la alegría de haber vencido, etc.

Y también nuestros proyectos: la carrera que nos gustaría hacer, las ganas de hacer un viaje en la semana blanca. Verlo todo con Él, compartirlo aunque sepamos que todo ya lo conoce.

–Señor, despierta nuestra fe para entrar en tu presencia

En un guión de un retiro que predicó san Josemaría en 1938 en Salamanca, nos dice: «–¿Qué es orar? Hablar: diálogo, o conversación con Dios –¿De qué? Alegrías, tristezas, preocupaciones, acciones de gracias, peticiones, Amor, desagravios: conocerle y conocernos: ¡tratarse!» (Cfr. Edición crítica de Camino. Puntos 90 y 91)

¡A MÍ, NADIE ME HA DICHO NADA!

Un día vio entrar al sacerdote que, por supuesto, hizo una genuflexión, pero... no le dijo nada.

Se ve que tenía la cabeza en otro sitio. De hecho hizo la genuflexión con el cuerpo pero miró hacia otro lado, a los bancos para ver quién había.
Esto le llamó mucho la atención ¡¡qué cosas si estoy aquí por él!! Pensó. No entendía nada.

El cura se fue directamente a la sacristía. Miró antes las flores del altar y preparó los libros para la Misa. Pasó por delante y nada, ni un mísero pensamiento, nada de nada.

Vio que salía revestido con los mejores ornamentos, porque parecía que aquel día había algo especial.

Más velas encendidas de lo normal, flores, los manteles más limpios que nunca, lo corporales igual... Algo pasaba, eso estaba claro.

Y se dijo Jesús: «Bien, se ve que hoy estamos de fiesta; pero no sé porqué es. A mí nadie me ha dicho nada».
Empezó a repasar las personas que habían pasado por la iglesia en los últimos días, y nadie le la había dicho nada.
De repente vio que entraban muchos niños y detrás mucha gente vestida como de domingo.

A todo esto se oye al sacerdote que le dice al monaguillo: «Dile al del coro que canten ya, que vamos a empezar…».

Luego se dirige a los niños: «Vamos, niños, al sagrario, que Jesús está muy contento hoy».

Al oírlo, el Señor, piensa: «¿Estoy muy contento? ¿Y, por qué, a mí nadie me ha dicho nada?».

Empieza la Misa, y todo va muy bien. A pesar de todo, Jesús está realmente muy contento, porque hay muchos niños y mucha gente, y a él le gusta estar con nosotros.

Hay fiesta, alegría, y han tocado mucho las campanas al principio. Todo tiene buena pinta. Por eso está muy atento para descubrir lo que ocurre.

«Vaya, creo que debo ser Yo el protagonis­ta de todo esto. Lo malo es que no se porqué es. Unas bodas no son, un entierro es evidente que tampoco...».

El sacerdote abre el sagrario, descubre el copón, y dice: «Hijos míos, niños y niñas, escuchad». Los chiquillos están con los ojos muy abiertos. «Hoy es el día más grande de vuestra vida. Hoy es el día de vuestra Primera comunión. No lo olvidéis nunca jamás».

Y el Señor, como quien da un puñetazo dentro del copón: «¡Ahora me entero! ¡A claro! Por eso -refiriéndose al cura- trabajaba como nunca estos últimos meses».

»Por eso tenía aquellos problemas: no sé qué hablaba de zapatos, y no sé qué de un trajecito a una mujer, que era la madre de un niño.

»Sí es verdad, a veces cuando se sentaba para rezar estaba con cara de preocupación y, de repente, se levantaba y se iba a la imprenta.

»Volvió a ir dos veces más y traía como un folletito para repartir... y hablaba algo de la música que tendría que traer....

»¡¡Pero a Mí nadie me ha dicho nunca nada!!». (cfr. D. José Mª García Lahiguera).

–Señor, que viva contigo en un amor silencioso.

Hace poco leía unas palabras que me dejaron muy pensativo. Refiriéndose al Señor se decía: ¿Le amas mucho? Tendrás el pensamiento puesto en Él. ¿No le amas tanto? Dispondrás de tiempo para ti mismo. ¿Le amas poco? Te pasarás muchos ratos pensando en tus pequeñas cosas, en tus preocupaciones.

Vamos a decirle ahora: Señor, quiero tratarte más, amarte más, estar más pendiente de ti, hablar intensamente contigo.

MAESTRA DE ORACIÓN

Así vivía la Virgen, en constante presencia de Dios. Le estaba viendo todo el día. Le escuchaba. Era Ella la que observaba a Jesús niño, adolescente. Su vida cotidiana era su Hijo. Ella nos enseñará a vivir así.

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