domingo, 6 de enero de 2008

FIESTA DE MAGOS

Hoy, 6 de enero, es la fiesta de Magos. Eso es lo que dice la Sagrada Escritura, que aquellos hombres eran magos.

Ahora están de moda los magos. El libro más conocido es el de Harry Potter. Allí, a los que no son familia de magos les llaman sangre sucia. Resumiendo mucho, se trata de la historia de un niño, Harry Potter que es perseguido por un mago malo, que se enfrenta con él y le hiere dejándole una cicatriz. Esa cicatriz le recordará al maligno su fracaso porque no pudo derrotar a Harry.

También la Navidad tiene su magia. En este tiempo celebramos que nuestro Señor se aparece a nosotros: se presenta silenciosamente en un portal.

Siempre está cerca de nosotros. Sin ir más lejos, toda la creación nos grita su presencia y su amor. Pero se esconde porque no quiere forzar nuestra libertad, obligarnos a que confiemos en Él.

Como cantaba el poeta, diciéndole al Señor: –¿A dónde te escondiste, mi Amor, y nos dejaste?

Ya sabemos que los magos aparecen y desaparecen. Cuando hablamos de ellos hablamos de sus trucos de magia. Un buen mago sabe cómo hacer aparecer y desaparecer cosas y personas.

Hoy celebramos que Dios «se nos ha aparecido». Epifanía significa «hacerse presente».

El libro del Génesis cuenta como Adán y Eva, después de cometer el Pecado original intentaron ser autónomos, y esconderse de la presencia de Dios.

Pero les duró poco, porque Dios se paseó por donde se ocultaban y les preguntó: Adán, ¿dónde estás?

Somos criaturas suyas y se comporta con nosotros como cualquier padre con su hijo: Él nos conoce y nos sorprende continuamente.

Al ser humano le apasiona el juego, como a los niños el circo. Y Dios se comporta como un ilusionista. Dios se esconde, porque es un Dios absconditus.

El Creador del universo es un niño tan débil que parece que se envuelve entre pajas por su fragilidad. Dios es un Niño pequeño.

En casa de mi madre trabajaba una chica musulmana. Y le intentaba explicar el cuadro de la Virgen con el Niño que, como buena católica, tiene en su cuarto. Y la chica musulmana le decía: –Pero Dios no tiene Madre, es grande.

Pues, entonces ¿qué estamos celebrando estos días de Navidad?

–Y la chica respondía: pero Dios es uno.
Y mi madre me comentaba: –y ahí quedó la cosa. Y conociéndola entendí: por el momento.

Efectivamente Dios es uno, pero ha querido revelarnos, que también es Hijo, ha querido hacerse hombre, naciendo de una Virgen.

Y en Navidad lo contemplamos siendo Niño, escondiendo su grandeza. Dios está acostado en un pesebre, en una ciudad insignificante llamada Belén, en Judea.

En la primera lectura de la Misa de hoy dice Isaías: «Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti».

Parece como si nos contará lo que va a suceder. Es como un juego: ahora hay tinieblas, pero luego el Señor sacará luz de la oscuridad. Como si Dios diera un golpe de efecto, sacando de su chistera cosas que no había.

Así Dios juega con nosotros, nos va dando pistas a través de los Profetas: «
He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo...

Y otra pista: Y tú Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor...

Y otra cita que parece un acertijo: El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su amo... Y otra pista más: Una rama brotará de la raíz de Jessé –Jessé fue el padre de David– y así una flor brotará de esa raíz».

También en nuestra vida va dando pistas. Podemos aprender de la magia de Dios. En realidad todos podemos ser un poco magos, todos podemos «descubrir ese algo santo» que, en el fondo, es el truco final de nuestra vida. Ese algo santo que está escondido para los que no han sido purificados por la «sangre limpia» de Jesucristo.

Dios se oculta en la Eucaristía. Los que no son cristianos no descubren el poder que tiene la sangre de nuestro Señor.

Precisamente la palabra «santidad» en griego, viene de «a-gios»: limpieza; y en latín de «sanguine tinctus: sanctus». «Teñido de sangre».

La «sangre limpia» de nuestro Señor, oculta en la Eucaristía, hace que nosotros descubramos la estrella de nuestra vida.

A las personas que comulgan con frecuencia les sucede que, sin saber porqué, van descubriendo a Dios en todo lo que hacen, y también mejoran en todos los campos como por arte de magia porque no tiene mucha explicación tanto cambio. Es el truco de la gracia de Dios que les toca de lleno.
En la vida de los Magos por un momento la estrella desapareció. Y volvió a aparecer de nuevo, como si Dios hiciera un truco. Y los Magos al verla de nuevo se sonrieron, como si aplaudieran.

En nuestra vida también sucede a veces que dejamos de ver la estrella aunque nuestra intención es de seguirla. Perdemos la ilusión que hemos podido tener por las cosas de Dios.

El Señor juega con nosotros. La vida es un juego en el que nosotros intervenimos. A veces Dios arregla las cosas a su manera, tiene salidas sorprendentes porque juega, no contra nosotros sino con nosotros, es de nuestro de equipo.

Por eso no nos debe preocupar cuando las cosas no salen según habíamos previsto.

A veces, parece que se esconde, que está callado, en silencio. No hay que preocuparse porque vuelve a aparecer siempre. Y utiliza efectos especiales como la estrella.

Muchos vieron en Jesús a un niño semejante a los demás. Los Magos, en cambio supieron ver en él al Niño, que vencería al Maligno con el amor: y así lo hizo con su cicatriz en forma de cruz.

Al reconocerle le ofrecieron sus presentes, los dones más preciosos del Oriente. También nosotros podemos ofrecerle nuestros dones más mágicos: la fe, la esperanza y la caridad.

Estos son los regalos que más le gustan, pues Él, aun siendo el Señor, no los posee: tiene necesidad del oro de nuestra fe, para comprar almas, y así extender su reinado. Tiene necesidad de nuestra esperanza, que es el incienso que necesita como Sacerdote, la oración humeante que une la tierra con el cielo. Tiene necesidad de nuestro amor.

Un acto de fe, es un tipo de magia por la que los misterios de Dios se nos hacen presentes.

¡Qué fuerza tiene un acto de fe! Que es capaz de traer a Dios sobre el altar.

¡Qué agradable es el incienso de nuestra esperanza, capaz de llegar al trono de Dios!

Pero nuestro amor es tesoro más precioso. Dile: Señor, te quiero, auméntanos la esperanza y la fe.

El oro de nuestra fe, que cree en la realeza de ese Niño.

El incienso de nuestra esperanza, que es el buen perfume que notan los que nos tratan; y la mirra de nuestro amor, que es bálsamo para aliviar el sufrimiento de los demás.

La fe nos hace ver de repente las cosas de distinta manera. La esperanza transforma las situaciones más problemáticas en optimismo. Y la caridad hace que los esfuerzos mayores parezcan que no son para tanto.

Como siempre, Herodes, «quien–no–debe–ser–nombrado», intentó engañar a los Magos, pero ellos se escabulleron por arte de magia.

Buen ejemplo para nosotros que debemos utilizar la magia de Dios –fe, esperanza y caridad– para vencer al Maligno.

Allí está la Virgen para recoger nuestro oro, el incienso y nuestra mirra, y ponerlo todo cerca del Niño para que lo vea.

Ella es la que le lleva al Señor nuestras cosas buenas. Como Madre saca de la manga todo lo nuestro que hace sonreir al Niño.

Tú eres nuestra Estrella Mar, Estrella de Oriente, que surge cuando te necesitamos.


Antonio Balsera e Ignacio Fornés

TÚ ERES MI HIJO

Tú eres mi hijo, Filius meus es tu. Son palabras del Salmo II, que meditamos con frecuencia. Como hacía San Josemaría desde los primeros años de labor apostólica.

En concreto, aquel día de tanto sol, en un tranvía en pleno centro de Madrid: vamos a aprender de la oración de los santos.

También podemos sentir esas palabras, hoy en este retiro: ahora mismo, hodie, "hoy yo te estoy engendrando".

Evidentemente el salmo II se refiere al Mesías, al Cristo. Al Hijo del Padre que está siendo engendrado siempre por la Primera Persona de la Santísima Trinidad.

Aquí en la tierra, los hijos, a partir de cierto momento, se van desvinculando cada vez más de la vida de sus padres.

En cierta forma, después de la generación, el hijo se va haciendo cada vez más autónomo. Sobre todo cuando descubre las limitaciones de sus padres.

Me contaron hace poco de un niño que estaba en brazos de su padre, mirando el cielo lleno de nubes. En un momento, el niño dijo: -Papá, dile al sol que salga.

-Eso no puede ser, es imposible. El niño insistía:
Que sí, que se vayan las nubes y que salga el sol.

-Pero voy a decir a las nubes que se vayan y al sol que venga.

-Ah, ¿no puedes? Después de un silencio, se volvió a su padre y le dijo: -
Oiga, Señor, ¿me puede bajar y dejarme en el suelo?

Con Dios no ocurre eso. En la Santísima Trinidad, continuamente –eternamente- el Padre está siendo Padre. Y está dando su vida eterna al Hijo, y continuamente –eternamente- el Hijo está siendo Hijo, recibiendo todo su ser. Absolutamente todo lo recibe.

Y eso crea un lazo de unión muy fuerte, un amor que da y un amor que recibe y agradece el don.

Es tan fuerte el Amor entre el Padre y el Hijo, que tiene personalidad propia, es eterno, y lo llamamos Espíritu Santo.

A veces también se llama en la Escritura Espíritu del Padre, o Espíritu de Jesús, porque es tanto del Padre como del Hijo.

-¡Qué grande eres Dios mío! ¡Qué poco te entendemos!

Tan poco que hay mucha gente que se cree Dios es malo y los padres son buenos. Cuando resulta que Dios ha hecho a nuestros padres para que sean su imagen.

Me contaba un sacerdote que unos padres, yendo con su hija en un tren con literas, cuando se apagaron las luces y se quedó todo a oscuras, la niña preguntó:
Papá, Mamá, ¿estáis ahí?

Los padre habían salido un momento al pasillo. Y la niña insistía:
Mamá. Papá, ¿estáis ahí?

Y se oyó la voz de otro señor que estaba también en el compartimento que dijo:
Sí, Papá está ahí. Mamá está ahí. Y yo estoy aquí, intentando dormir. Así que cállate un poquito.

La niña estuvo callada un momento y dijo:
Mamá, ¿era Dios?

Como dice un famoso escritor inglés: algunos tienen la idea de Dios como
una voz malhumorada, procedente de la oscuridad y prohibiéndonos algo.

Y lo más grande es que Dios, tan incomprensible para nosotros, nos haya querido revelar su intimidad.

No sólo eso, sino que nos ha querido hacer partícipes de la Filiación del Hijo. Para eso vino Jesús al mundo, para eso el Verbo se hizo carne: para habitar entre nosotros y que nosotros habitemos en Dios.

Por eso nos ha enviado al Espíritu Santo que inhabita dentro de nuestra alma en gracia, y que es el Amor entre el Padre y el Hijo. Para que participemos de ese amor como hijos en el Hijo.

A nosotros también nos ha querido engendrar, mejor, nos está engendrando constantemente.

Es bueno que, en nuestra oración, resuenen, como aquel día del año 31, estas palabras verdaderas:
“Tú eres mi hijo porque yo quiero engendrarte, que existas, cada hora, cada minuto... cada instante eres mi hijo”.

Aunque no nos hagamos totalmente a la idea de lo que supone, porque superan nuestra capacidad de entender. No importa, porque más que entenderlas, tenemos que gozarlas.

Como le ocurrió a San Josemaría, que no podía dejar de repetir: Abbá, Pater. Ahora nos dirigimos a nuestro Dios que está tan cerca de nosotros y le decimos: Padre, Papá.

Y lo hacemos, no por iniciativa propia, sino respondiendo a su llamada:
-Tú eres mi hijo, tú eres Cristo.

-Y esto es muy fuerte: significa que en cada momento, Tú, Señor quieres entregarme a mí todo tu ser.

Significa que, en cada momento quieres hacerme santo, con su santidad perfecta.

Continuamente estás entregándote por nosotros mediante tu Amor infinito que es el Espíritu Santo.

No es que un día nos quiera hacer un favor muy grande. Ni siquiera muchos días y muchos favores. Está continuamente queriéndonos dar todo.

Se está poniendo muy de moda últimamente una novela: La Sangre del Pelícano. Espero no destriparla. En un momento de la trama le dicen al Papa que corre el riesgo de sufrir un atentado en una ceremonia, y le aconsejan que no acuda.

El Santo Padre toma un ejemplar ilustrado de la Biblia y muestra una imagen que nos resulta muy familiar: el pelícano hiriéndose el pecho para alimentar a sus crías.

Y comenta el Papa que ésa tiene que ser su actitud ante el peligro que le acecha. La de dar su vida, si es necesario, por sus hijos.

Ésa es la actitud de nuestro Dios: nos da su vida.

Esto es lo que sentiría nuestro Padre, lo que sienten los santos.
-¡Qué bueno eres, Señor, que bueno!

La experiencia del Amor de Dios, que sólo son capaces de notar en su plenitud las personas célibes, libres.

Pero las personas célibes, no sólo de hecho, sino de corazón. Porque puede haber personas que son célibes, digamos, socialmente, como estado civil, pero tener un corazón aherrojado a sí mismas.

Entendemos, captamos y sentimos todo lo que nos quiere el Señor cuando nos entregamos de verdad, sin condiciones. Por eso nos insisten tanto en el peligro del aburguesamiento. Porque, como llenemos el corazón de cachivaches, no conectaremos con el Amor de Dios.

Seguramente tendrás la experiencia: a lo mejor, incluso la tienes actualmente. Que te cuesta conectar en el Señor porque tienes la cabeza y el corazón en tus cosas. En tus regalos de Reyes, tan recientes. En tu trabajo. En tu salud. En tu... yo.

Es el momento de volver a caer en la cuenta con tu luces, Señor, de que me pides todo para darme todo.

Pidiendo es como el Señor engrandece el recipiente: para que quepa más de lo que continuamente está dando.

Qué pobres son las palabras humanas para expresar lo que es Dios. El padre humano se desvive, trabaja para sacar adelante a su familia. Que enseña a su prole y también la mujer, sin guardarse nada para él.

La madre que se olvida de sí misma por cuidar a su marido y a sus hijos. Que prefiere el pellejo del pollo, porque es lo que nadie quiere.

Me contaron hace poco una escena familiar de estos días. Se veía a los padres alrededor del árbol de Navidad, dejando los regalos de Reyes el 5 por la noche.

En un momento dado, se dan cuenta de la presencia de alguien más en la habitación, en la puerta. Se vuelven y descubren a su hijo pequeño, en pijama, mirándolos con cara de sorpresa.

En seguida se dan cuenta de la situación: el niño, quizá antes de tiempo, ha descubierto todo.

Entonces, el padre, reacciona, se sienta en un sillón y le dice a su hijo que se acerque, mientras la madre se queda al pie del árbol.

Lo pone sobre sus rodillas y empieza a hablarle:
-Está bien. Ya te estás haciendo mayor. Ya eres todo un hombre. Y ha llegado el momento de que sepas por fin toda la verdad.

En ese momento él y su mujer se pasan la mano por delante de la cara y se arrancan una careta.

Y aparecen Melchor y Baltasar que diciendo: los padres no existen.

No: detrás de la careta no están los Reyes Magos. Detrás de la careta está Dios. Los padres de la tierra son la figura de Dios.

Pero es que además, Dios es Padre y Madre a la vez, porque en Dios no hay sexo. Engendra, y cuida, y se da como un Padre y una Madre juntos.

Yo soy Cristo, hemos de repetirnos constantemente.
En cada uno de nosotros, Tú, Señor, quieres hacer una imagen perfecta de Ti.

Ése tiene que ser el fundamento de nuestra personalidad: soy hijo en el Hijo: soy el mismo Cristo, no solamente un doble.

Es decir, no solamente parecido a Él, o un intento de imitación. No:
soy el mismo Cristo, Cristo que pasa.

Los hijos están para recibir: nosotros tenemos que dejar que Dios no dé. Porque Dios quiere darnos todo, incluso su divinidad, su misma naturaleza. Pero quiere depender de nosotros.

Dios no puede cambiar de opinión, lo que cambian son nuestras disposiciones. Pero nosotros podemos ser buenos hijos que reciben o ser “adultos” que ya no tienen necesidad de nada.

Hay que dejarse. Hay que abandonarse, hay que pedir. Pedir: esa es la actitud de los hijos: ser muy pedigüeños y estar muy unidos a nuestro Padre Dios.

Porque solos no podemos nada. Lo sabemos muy bien, porque lo experimentamos casi constantemente.

Y dejarse corregir. Es como si el Señor nos dijera:
me duele el corazón cuando tú sufres, pero no puedo dejar de corregirte.

La indiferencia juzga, y no comprende ni corrige. Un padre comprende, exige: por eso, nos dice Dios,
no puedo dejar de corregirte.

Decía nuestro Padre que el cielo es para los que hayan sabido ser felices en la tierra. Pero la mano de nuestro Padre-Dios es la de un jardinero, que nos va quitando las hojas podridas. Y continuamente nos poda para que demos más fruto.

-Madre nuestra: como queremos ser Cristo, somos también hijos tuyos.

Jesús corresponde al Amor de su Madre como el mejor de los hijos: con un agradecimiento y una ternura continua. Así queremos también hacer nosotros

Antonio Balsera & Guillermo González-Villalobos & Ignacio Fornés

sábado, 5 de enero de 2008

ALTRUISMO INFINITO **

Amémonos unos a otros ya que el Amor es de Dios (Juan 4, 7).

Y no sólo es que tengamos que querernos porque el Amor proceda de Dios, sino que Dios mismo es eso: Deus cáritas est. Como el Papa Benedicto ha querido titular a su primera encíclica.

Por eso, si Dios es Amor, puede parecer extraño lo que a veces relata la Sagrada Escritura. Me viene a la cabeza ahora el castigo al rey David.

Dios castigó al rey David al final de su vida por haber ordenado un censo de todo el pueblo de Israel.

Nos preguntamos cómo un censo, tan común en nuestros días, pudo merecer el castigo de Dios.

La opinión más extendida es que este censo se hizo por egoísmo, para conseguir mano de obra al servicio real. Por eso pudo Salomón, el hijo de David, construirse el palacio y el famoso Templo.

Al morir Salomón le sucedió su hijo Roboán. Nada más subir al trono todo el pueblo le pidió que no le explotara más:

«Tu padre hizo muy pesado nuestro yugo; aligera, pues, ahora tú esta dura servidumbre y te obedeceremos».

Roboán todavía joven preguntó entonces a su consejo. Los más ancianos, antiguos consejeros de su padre, gente con experiencia, le aconsejaron que cediera y les librase de ese peso, y así se ganaría la popularidad de todos…

Sin embargo, sus consejeros más jóvenes, que se habrían criado con él, en una vida cómoda de palacio en la magnífica corte de Salomón, le dijeron lo contrario: que se mantuviera firme para que así le cogieran respeto.

Roboán siguió el mal consejo de los jóvenes y dijo al pueblo: «Mi padre os cargó un yugo pesado y yo os lo haré todavía más pesado; mi padre os azotó con azotes y yo os azotaré con escorpiones».

El resultado fue que las doce tribus de Israel se dividieron. Diez eligieron como caudillo a Jeroboán, que era un pájaro.

Solamente las tribus de Judá y Benjamín siguieron reconociendo la autoridad de la casa de David.

«Mi padre os impuso un yugo pesado y yo os lo haré todavía más pesado». Esta es la actitud que se cargó la unidad del pueblo judío.

Nos vamos ahora al Nuevo testamento. Después de Pentecostés, los apóstoles salieron a predicar el Evangelio en primer lugar a los de su raza.

Al principio se limitaron casi exclusivamente a las comunidades judías de las grandes ciudades: Antioquía, Alejandría, Chipre y Cirene.

Con esta actitud, fueron atraídos a la fe pocos gentiles. Sólo cuando llegó San Pablo, un gran número de gente que no era judía ingresó en la Iglesia.

Entonces surgió una pregunta: ¿Debían cumplir los gentiles convertidos, las prescripciones de la Ley de Moisés, que observaban los judíos cristianos, o se les habría de descargar de ellas?

La circuncisión, observancia del sábado, abstención de algunos alimentos, en especial de la carne de cerdo, como los demás judíos…

La cosa no estaba clara. Cuando un día San Pedro se sentó y comió con gentiles incircuncisos, fue bastante criticado.

Todo esto provocó el primer concilio Ecuménico, que tuvo lugar en Jerusalén. Durante las sesiones, San Pablo y San Bernabé hablaron del éxito de su misión entre los gentiles.

San Pedro, tomando la palabra el primero decidió librar a los gentiles de todas esas costumbres judías. Y así se aprobó….

En su discurso San Pedro dijo: «…¿por qué tentáis a Dios, queriendo imponer sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar?»

Dos actitudes distintas. La de Roboán que decide aumentar el peso de su pueblo, y la de los Apóstoles, que deciden aliviar las conciencias de los gentiles.

Son dos actitudes opuestas: una brusca y otra delicada, porque el yugo de Cristo es suave y su carga ligera.

Son dos actitudes que pueden salir de nosotros cuando tratamos a los demás: a veces dependiendo del día, de nuestro estado de humor, de si hemos dormido…

Por un lado la amabilidad al tratar a todos, el buen humor, preguntar la opinión de los demás, no imponer la nuestra como la única posible.

A veces la gente se pelea en una casa por quien ejerce el mando de la televisión.

Muchas veces justificamos nuestro mal carácter pensando que tenemos que decir las cosas como son, que debemos decir la verdad, pero la decimos sin caridad hasta con un enfado y contribuimos a que a que se enrarezca el ambiente y haya por eso divisiones.

Eso hizo Roboán. En la fraternidad hay que ponerse en la situación de la otra persona. Por eso es importante hacer como los apóstoles. Tener la actitud intentar aliviar a las demás. Ponerse en el lugar de los otros y ver sus puntos de vista…

Hay una palabra que aparece en los tratados de teología al hacer referencia a los que gobiernan en la Iglesia, la palabra para los que ejercen la autoridad entre los cristianos es suavitas, suavidad.

El gobierno en la Iglesia debe ejercerse con suavidad.

Esto significa que los cristianos no debemos exaltarnos ni echar en cara las cosas a nadie y más si se goza de autoridad.

Es bueno confesarse cuando uno no se domina y salta.

La intransigencia de Roboán tuvo fatales consecuencias.
Aquel acto de ligereza, uno sólo, cambió el curso de la historia.

El pueblo de Dios se dividió en dos reinos. Eso es lo que busca Satanás: enfrentar y dividir.

La caridad tiene un orden, los primeras son los de nuestra familia: «esforzaos», decía san Josemaría, «para que, sin sensiblerías aumente el cariño»

«A nadie, dice San Pablo, debáis ninguna otra cosa, sino el amor mutuo; pues quien ama al prójimo, ha cumplido la ley» Rm 13, 8–10.

Quererse, comprenderse, disculparse: pensar en los demás.

San Josemaría decía que si se faltaba a la caridad no era porque tuviéramos mal carácter sino por falta de vida interior. Desgraciadamente muchas veces, lo corriente en el hombre es el egoísmo, el altruismo, la entrega a los demás, no se da sin esfuerzo.

Sin embargo en Dios se da un altruismo infinito: llegaría a vaciar, si eso fuera posible, a Dios de Dios. La naturaleza divina no es poseída por cada Persona más que para referirla sin reservas hacía Otro.

Pidámosle al Señor ser como El. Desprendidos de nuestro yo. Le podemos decir con el Salmo: –Enséñame, Señor, Tú camino (86).

Santo Tomás a propósito de la Eucaristía dice que nos vacía de nosotros y nos llena de Dios: «el efecto propio de este sacramento es la transformación ("conversio") del hombre en Cristo, para que se pueda decir como el Apóstol: "vivo yo, pero no soy yo: es Cristo quien vive en mí. (Ga 2, 20)"» (In IV Sent., d. 12, q. 2, a. 1).

Este es el núcleo, la parte central de la Eucaristía, Dios que se vacía para entregarse a una criatura. En eso consiste el amor, en vaciarse para llenar al otro.

Al Amor de Dios que es el Espíritu Santo le pedimos con la liturgia de Pentecostés que nos enseñe el núcleo profundo y vital de ese sacramento: Spíritus Sanctus huius nobis sacrífici copiósius revelet arcanum (Or. Sobre las ofrendas, Pentecostés).

El abajamiento de Dios para ayudarnos.

Dice San Agustín, hablando de la misericordia que es cierta compasión de la miseria ajena.

Dios que se abaja. El amor tiene que ver con la humildad. La fraternidad tiene también mucho que ver con la humildad.

Dice el Señor: «El que se ama así mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25). Sin embargo, nosotros nos aferramos a nuestra vida. No queremos abandonarla sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla no ofrecerla.

–Tú, Señor, te adelantas y nos muestras que sólo entregándola salvamos nuestra vida (…) Guíanos hacia el proceso del grano de trigo (…) que me ponga contigo al servicio de la redención del mundo.

Los grandes escritores místicos se maravillaban que un Dios tan grande se hiciera tan pequeño: que vea yo al Dios que me crió a mí, hecho niño por amor de mí, y aquel de quien antes se decía: "Grande es Dios, y muy loable", ahora se diga de Él: "Chico es Dios, y muy amable" (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, cap. IV).

Para ser como Dios en el Amor hemos de sacrificarnos, matar nuestro yo. Lo contrario, cuando la criatura humana piensa en sí misma se vuelve seria y agresiva como el padre de la mentira.

–Señor, ayúdanos a desenmascarar nuestro egoísmo que nos deja vacíos y frustrados. Que en vez de querer apoderarnos de nuestra vida la entreguemos.

¿Te imaginas los tres meses de María con Isabel? Que Ella nos ayude a hacer lo mismo en el lugar donde vivimos.

Knox & Balsera & Fornés

jueves, 3 de enero de 2008

Los Reyes Magos

La Navidad es Dios que se acerca a los hombres, se presenta silenciosamente en un portal. Siempre ha querido estar cerca de nosotros para que le busquemos. Sin ir más lejos, toda la creación nos grita que Él existe.

El libro del Génesis cuenta como Adán y Eva, después de cometer el Pecado original intentaron esconderse de la presencia de Dios y se metieron entre los árboles del Paraíso.

Pero les duró poco, porque Dios lo sabe todo y se paseó cerca de donde estaban escondidos y los descubrió: Adán, ¿dónde estás?

Somos criaturas suyas y Dios se comporta con nosotros como las personas mayores con los niños pequeños, hace como si jugara al escondite con nosotros.

Esa historia del Génesis es sólo una imagen de lo que realmente sucedió, porque Dios está en todas partes y lo ve todo, no tiene que ir buscando a la gente detrás de los árboles como hacen las niñas del colegio durante el recreo.

Pero nos sirve la imagen para entender más la fiesta de hoy. Cuando uno juega al escondite y encuentra a la persona que se ha escondido, entonces le toca él esconderse y ser buscado…

Dios encontró a Adán y se escondió para que le buscáramos nosotros. Lo hizo en un Niño pequeño, acostado un pesebre, en una ciudad insignificante llamada Belén, en Judea.

Hemos leído en la primera lectura de la Misa de hoy lo que nos dice Isaías:
«Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti».

Para que nos fuera más fácil encontrarle en medio de las tiniebla de este mundo, nos dejó algunas pistas a través de los Profetas: «He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo... Y tú Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor entre los pueblos de Judá... El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su amo... Una rama brotará de la raíz de Jessé –Jessé fue el padre de David–
y así una flor brotará de esa raíz».

Incluso envió un ángel a los pastores que estaban cerca del portal, porque Dios siempre facilita las cosas y por eso lo encontraron.

A los Magos de Oriente les mandó una estrella para facilitarles la búsqueda. Con cada uno empleó un camino. Aunque San Mateo nos cuenta de manera sencilla lo que les pasó a los Reyes, «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarle» (Mt 2, 2), se les hizo un poco largo el viaje pero, gracias a Dios, todo terminó bien.

En nuestra vida también Dios ha dejado sus pistas para que las sigamos, como en el cuento de Pulgarcito: migas de pan que nos permiten volver una y otra vez a Dios. Entre las tinieblas de nuestros fallos, desganas y desánimos podemos seguir una luz que nos guía con seguridad como los Reyes Magos.

San Josemaría lo explicaba con la imagen de los palos rojos que se colocan al borde del camino para señalar por dónde va cuando se cubre todo de nieve y no se distingue por donde ir, como las piedras pintadas de amarillo que hay en los caminos de montaña que facilitan la ruta que te lleva hasta arriba.

Pues, incluso dando Dios facilidades, no todos responden como debían. A Herodes, Dios también se lo puso muy fácil. Le dio muchos datos para que lo encontrara justamente a través de los Magos, pero eso solo le sirvió para alejarse todavía más.
«Al enterarse Herodes (…), convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país y les preguntó donde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “en Belén de Judea”».

Más claro no se lo podían haber dicho. Eso es como el chiste: es blanco y está embotellado. Pero no le bastó eso a Herodes, porque cuando uno no quiere ver las cosas lo mira todo al revés. Pensó que ese Niño le iba a quitar poder y gloria.

Ya se ve que Dios no lo da todo hecho, algo tenemos que aportar nosotros, tenemos que querer.

«Señor, enséñame tus caminos para que ande en tu fidelidad». Que «Te busco con todo el corazón, no permitas que me separe de ti».


Los Reyes Magos fueron todo el camino con sus cofres llenos de oro, incienso y mirra. Quizá porque tenían algo que ofrecer al Niño no se cansaron del viaje y llegaron hasta donde Él estaba. Lo encontraron después de tanta búsqueda.

«Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre y postrándose le adoraron; luego abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra» (Mt 2, 11).

La mirra la ofrecemos a Dios sobre todo cuando nos mortificamos: ¡cuánto cuesta hacer otra cosa de lo que nosotros pensamos! La mirra de nuestras luchas para no enfadarnos, para no criticar para rectificar y no querer llevar siempre la razón.

El incienso de nuestra oración, esto de venir aquí a acompañarle, a mirarle, simplemente estando porque ya sabe Él todo: hacer el esfuerzo de hablar con Él, de rezar bien, no de hacerlo de cualquier manera como quien hace una cosa más. Entonces nuestra oración sube al cielo como incienso y es siempre eficaz.

Y el oro del trabajo bien hecho sin perezas, del cumplir el horario de estudio.

Ante esos regalos el Niño parece que no hace nada, que no da las gracias, sigue llorando. El Señor no quiere darnos aquí lo que nos tiene preparado en su Reino: lo que nos pide aquí, lo que le demos aquí, nos lo devolverá aumentado.

Lo único que quiere es que seamos personas enamoradas, que seamos como Él, que no para de regalarnos su gracia. Que seamos como Él que nos demuestra su Amor, no con palabras bonitas, sino con el sacrificio.

Regalos… Hoy ha sido la noche de la ilusión de los niños. También el Niño Dios tiene la ilusión de recibir alguno.

Cuentan de un niño que estaba intentando escribir su carta: Queridos Reyes Magos: como me he portado bien este año... Se puso a pensar y comprendió que los Reyes Magos lo saben todo.

Queridos Reyes Magos: como me he portado regular…pero rompió también esa segunda carta y se levantó decidido se fue hasta el belén cogió una figurita y empezó una tercera carta:

Queridos Reyes: no hagáis una locura: tengo al Niño en mi poder.

Nosotros, dentro de un momento tendremos en nuestro poder al Niño, y con Él, todo es nuestro. Esa fue la recompensa de los Reyes Magos.

Así aparece María, con el Niño siempre en su poder, con su mejor regalo.

–Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos el camino. Estrella del mar brilla sobre nosotros y guíanos.

Ignacio Fornés

martes, 1 de enero de 2008

ARCHIVO

MEDITACIONES PASADAS








PARA GENTE JOVEN

-Septiembre
1: Preparación de la jornada en Torreciudad.
8: El cumpleaños de María.
15: Exaltación de la Santa Cruz/Virgen de las Angustias.
22: Confesión: Coppertone o lucir el moreno.
29: Los ángeles.

-Octubre
6: Canonización de San Josemaría
13: Virgen del Pilar.
20: Curso de Retiro/Oración.
27: Santa Misa.

-Noviembre
3: Todos los santos.
10: Difuntos.
17: Visita de pobres.
24: Presentación de la Virgen: preparación novena.

-Diciembre (Del 1 al 8 la Novena).
15: Adviento.
27: San Juan.

-Enero
5: Epifanía
12: El Bautismo del Señor
19: El Cordero de Dios

PARA GENTE MAYOR

*Septiembre
1) Empezar ya el curso.
2) Exaltación de la Santa Cruz.
3) Carta de septiembre: La luz del mundo.
4) San Rafael.
Retiro: Amor Santa Cruz/ Disponibilidad entrega/ Vida Eucarística

*Octubre
1) Dos octubre.
2) Seis de octubre.
3) la virtud de la Pobreza.
4) Carta del Prelado en Octubre.
5) Rosario-Contemplación del rostro del Señor.
Retiro: Comenzar y recomenzar/ Humildad/ Sentido de responsabilidad en la propia santidad.

*Noviembre
1) Todos santos.
2) Sinceridad ante la realidad de los novísimos.
3) Carta.
4) Presentación: entrega.
5) 28 de noviembre
Retiro: Vida de fe/ Plan de vida. Normas y costumbres/ Oración

*Diciembre
1) Novena Inmaculada Concepción.
2) Adviento.
3) Carta.
4) Navidad.
5) Sagrada Familia.
6) Noche Vieja.
Retiro: Santificación del trabajo ordinario/Rectitud de intención/Presencia de Dios.

*Enero
1) Epifanía.
2) El Bautismo del Señor
3) Cumpleaños de nuestro Padre.
4) Buscar a Dios en la piedad.
5) La unidad de los Cristianos.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías