viernes, 21 de diciembre de 2007

San Juan

Celebramos la fiesta del menor de los Apóstoles: el Señor lo llamó cuando era muy joven. Juan, humanamente era una persona muy lanzada, con grandes deseos, a veces un poco egoístas.

Quería ser de los primeros en el reino de Jesús, pensaba que sería un reino humano, que triunfaría políticamente como David, y se apresuró, a través de su madre a pedir...

La madre pide para Juan y su hermano tener el puesto más importante en el Reino de Jesús. Y el Señor les dijo: No sabéis lo que pedís ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?

Se refería a la Pasión, ese cáliz, esa copa amarga... y él y su hermano respondieron: ¡podemos! Todos los cristianos tendríamos que ser capaces de responder también:
podemos con tu gracia, superar todas las dificultades.

Sin embargo el ambiente cultural que nos rodea no cesa de repetir su mensaje publicitario:
Huye del dolor, cueste lo que cueste. No busques más que el placer

Pero ese anuncio publicitario no sería cristiano, y además es tremendamente engañoso: seguir el consejo que está en el ambiente es la mejor manera de no ser feliz.

Uno de los protagonistas de las Crónicas de Narnia, el pequeño Edmund se pone tibio de tocino de cielo que la Bruja fabricaba para tenerlo cogido. Lo tenía atrapado al pobre chico por la comida.

No es que los cristianos seamos masoquistas que vamos buscando el dolor: el dolor en la medida de los posibles ha de ser aliviado.



Pero el dolor forma parte de nuestra vida y querer eliminarlo por completo significa eludir la vida misma.

Rehuir el dolor es rehuir la vida: rehuir de lo que la vida puede traernos de bueno y de bello.

En la historia del León, la Bruja y el armario, para salvar a Edmund que había sido embaucado por la Bruja, el León Aslan hace un contrato y morirá en lugar del chico.

Edmund quería ser rey pero con engaños, y fue precisamente la muerte del Rey lo que hizo que el chico se salvara.

En nuestra vida ocurre que cuando damos la vida por los demás nos hacemos señores de nosotros mismos.

Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará, nos dice Jesús. El Evangelio es bastante más fiable que la publicidad actual.




Obviamente, los cristianos no tenemos nada en contra del placer, ni contra el tocino de cielo, que es una cosa buena, y que forma parte de la vida.

El placer es bueno, pero no ha sido hecho para tomarlo egoístamente, sino para darlo y recibirlo.
Es sorprendente la conducta de muchas personas: con frecuencia, huyendo de un pequeño sufrimiento se causan otros mucho mayores.

Hay que ser realistas y dejar de soñar con una vida sin dolor y sin lucha.

Debemos tomar cada día la cruz, para ayudar al Señor. Y antes o después el cáliz amargo de la pasión se transformará en otro de inmensa dulzura. Pero es que además la vida es buena, y bella tal como es, incluso contando con dolor.

Las contrariedades a menudo contienen muchas ventajas. Nos impiden constituirnos en propietarios de nuestras vidas y de nuestro tiempo.

La inteligencia de Dios, es infinitamente más bella, más rica, y más misericordiosa que la nuestra.

Y para ir entendiendo, la sabiduría de Dios muchas veces es necesario que nuestra inteligencia humana se tambalee: La Bruja en las Crónicas de Narnia se ríe cuando al León le cortan la cabellera, y lo martirizan, pues no entiende la Magia de Aslan.

Dios no quiera destruir nuestra inteligencia, sino elevarla y purificarla: pero hay una magia más antigua que la nuestra, que es la Gracia de Dios.

Mientras que el pecado es estrechez, la santidad es amplitud de espíritu, y grandeza de horizontes.

En la historia de El León, la Bruja y el armario, en ese cuento de Navidad, que es cristiano, se observa el desconcierto de las niñas cuando matan al protagonista. No entienden el porqué.

Es cierto que en circunstancias de prueba, lo que nos suele resultar más difícil no es tanto el dolor como no saber su porqué. Y es que existe en el hombre, una necesidad de comprender, una sed de verdad.

La fe no puede prescindir de la razón, de ahí que sea bueno querer comprender el sentido de cuanto vivimos. Lo que nos llena de paz en esta vida es la certeza de que Dios es fiel y jamás nos puede abandonar:

–Dios mío confío en Ti, que buena oración para decírsela ahora, tu que eres joven y como Juan tienes la vida por delante.



Os voy a leer dos citas. Una que dice: La juventud de hoy está corrompida hasta el corazón. Es mala, atea y perezosa. Jamás será la juventud que ha de ser. Y la otra: Los jóvenes son el futuro de la humanidad y la esperanza de las naciones.

Esta última es de Benedicto XVI en Colonia, el mes de agosto pasado. Y la anterior es de una Inscripción babilónica del siglo XI a.c. Ya se ve que en los siglos de cristianismo la opinión sobre la juventud ha cambiado mucho.

Por eso vosotros que sois jóvenes, la esperanza del mundo, tenéis que fiaros de Dios. Pedro no quería que Jesús fuese a morir a Jerusalén, no entendía el porqué de la cruz.

En una ocasión el Señor le dijo: Lo que yo hago, tú ahora no lo entiendes, lo entenderás después.

Hay cosas en las que tenemos que fiar de Dios, porque no tienen explicación humana, se entienden después de vivirlas. Juan entendió todo después de beber el cáliz.

El cáliz del Señor fue muy amargo: Juan vio la muerte del Maestro, experimentó aquel viernes de muerte que todo lo que el había deseado se había terminado.

Más tarde se daría cuenta de lo afortunado que había sido. Dios lo había elegido para estar junto a María en el calvario. Precisamente allí bebió el cáliz, pero también fue allí donde se le entregó María como Madre.

Ella es la mujer más maravillosa que ha existido, y en Juan estamos representados todos.

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