martes, 8 de enero de 2008

9 DE ENERO

«Oh Dios que has suscitado en la Iglesia a San Josemaría sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado».

Eso dice la Iglesia en la oración colecta de la Misa de San Josemaría, y esto es lo que celebramos hoy: el nacimiento de una persona santa que nos ha impulsado, como un padre, a emprender el camino de la santidad y el apostolado, y nos sigue ayudando desde el cielo.

El 9 de enero de 1976, día del cumpleaños de San Josemaría, apenas unos meses después de su muerte, contaba don Álvaro del Portillo, su primer sucesor, que durante un momento dudó si celebrar esta fiesta en el Opus Dei.

Se dio cuenta de que sí, de que había que celebrar ese cumpleaños. Porque se sentía orgulloso del Padre que el Señor nos había dado. Y este orgullo se ha de traducir en agradecimiento.

Encarnita Ortega, una de las primeras fieles de la Obra, poco antes de fallecer, le hicieron una entrevista en la que le preguntaban: –Cuando llegue al cielo ¿qué le dirá? refiriéndose a San Josemaría. Ella contestó:

–Padre, gracias.

Y añadía: –Porque gracias a él yo estaré en el cielo.

Y gracias a él, nosotros también queremos ser santos.

Una vez viajó al norte de Italia a Massa Carrara, la famosa cantera de mármol. Estando allí se quedó mirando el método que utilizaban para sacar los bloques enormes y toscos.

Se acordó del famoso escultor florentino que veía ya la escultura dentro del trozo de mármol, antes de empezar a trabajarlo. Así nos mira y nos ayuda San Josemaría desde el cielo.

No sé si has oído la expresión eres un poco marmolillo. Se suele referir a las personas que son poco ágiles y torpes para hacer las cosas. Así somos nosotros para las cosas de Dios: torpes y un poco marmolillos.

Gracias a Dios al artista lo único que le hace falta es un trozo de mármol, el resto lo hace él… por algo es artista.

Hay un libro para niños que, en el título, resume en cuatro palabras la vida de San Josemaría. Se llama: «Historia de un sí». El título lo dice todo.

Desde que era pequeño, aunque no siempre lo conseguía, intentó decir que sí a las cosas que le pedían sus padres.

En realidad lo aprendió de ellos. Los padres de san Josemaría también tuvieron que decir muchas veces que sí a los planes de Dios, a veces con sufrimiento:

La muerte prematura de las tres hijas pequeñas, la ruina económica, la llamada al sacerdocio de su único hijo varón para el que tenían otros planes.

En ese clima familiar de querer lo que otros querían, y sobre todo lo que Dios disponía en cada momento, aprendió San Josemaría a decir que sí.

A veces le costaba obedecer a la primera: aceptar la muerte de sus hermanas, encajar desde muy joven el revés profesional de su padre, trasladarse a una ciudad que no era la suya. Sufrir el abandono de algunos parientes en momentos duros, como el fallecimiento de su padre…

Así, poco a poco, se fue acostumbrando a ver a Dios detrás de cada acontecimiento y, aunque le costase, irlo aceptando. Pasado el tiempo, una de las jaculatorias que más repetía era «Omnia in bunum». Lo bueno y lo que nos parece malo viene de Dios.
«Por eso todas las cosas son para bien».

En su vida se entremezclaron las invitaciones divinas y sus respuestas afirmativas: ordenarse sacerdote para estar así disponible a lo que Dios le pidiera, después de ver las huellas de unos pies descalzos en la nieve.

Y gracias a los repetidos síes, en invitaciones pequeñas y no tan pequeñas, supo decir que Sí a lo que Dios le pidió en 1928: fundar el Opus Dei, a pesar de su resistencia, porque no quería ser fundador de nada.

Y ese Sí se prolongó después la solución jurídica, cuando era un imposible, para defender el carisma que había recibido de Dios; con la expansión apostólica por todo el mundo; continuándolo en cosas grandes y pequeñas hasta el mismo día de su marcha el cielo.

Por eso, el Papa Pablo VI, en la primera entrevista que tuvo con D. Álvaro del Portillo, le dijo que pensaba que el Fundador del Opus Dei era una de las personas que había recibido más gracias de Dios y que mejor había correspondido a esos carismas.

Esto es lo mismo que decir que era una persona santa, porque la santidad es identificarse con Cristo, que hizo la voluntad de su Padre.

Por eso la Iglesia dice:
«Oh Dios que has suscitado en la Iglesia a San Josemaría sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado, concédenos (...) que (...) nos configuremos a tu Hijo Jesucristo».

Precisamente la santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con alegría.

Por eso, D. Álvaro, que lo conocía tanto, podía decir que no recordaba que San Josemaría le hubiera dicho que no al Señor conscientemente.

Quizá se lo dijo alguna vez, pero no conscientemente. Tal era su determinación de ser santo.

Nosotros tenemos el camino claro para alcanzar la santidad: seguir los pasos de san Josemaría. Y hoy podemos fijarnos precisamente en este aspecto.

Es difícil que nosotros le digamos descaradamente que no al Señor. Resultaría demasiado violento.

Por eso, en algunos lugares no es costumbre decir un no rotundo. Suena hasta de mala educación. Incluso en algunas lenguas se utilizan expresiones para matizar la negativa: te lo dicen delicadamente de mil modos y casi no te das cuenta de que te han dicho un no.

Nosotros, quizá no decimos que no, pero tampoco decimos siempre que sí: a veces decimos ni.

–Señor, por intercesión de San Josemaría, te pedimos decir siempre que sí.

Eso exige una vida heroica. Al escuchar la palabra heroísmo nos vienen a la cabeza situaciones extraordinarias, cosas imposibles de llevar a cabo…

Hay parte de razón en esto, pero la heroicidad que Dios nos pide está en lo pequeño. El espíritu del Opus Dei nos pide precisamente esto:

Decir que sí siempre al Señor, empezando por lo pequeño: puntualidad en una norma de piedad, una llamada telefónica, hacer una corrección fraterna…

A veces, nuestro ni consiste en buscar excusas o encerrarnos en la comodidad…

Y al final, con el ni nos quedamos tan tranquilos porque hemos camuflado nuestra negación a Dios.

–Señor, te hemos dicho sí con mayúscula dándote la vida entera. Que no te neguemos lo poco que nos vas pidiendo cada día.

En el libro que ha escrito don Julián Herranz trae a la memoria el momento de la ordenación episcopal de don Álvaro y la suya propia.

Después de la postración en el suelo de san Pedro, don Julián escuchó como el Padre respondía con fuerza a las preguntas que se le hacían sobre la misión que la Iglesia ahora le encomendaba.

Don Álvaro, con voz fuerte y decidida iba respondiendo:
«sí, lo quiero».
Así resumiría don Julián la vida de don Álvaro. Lo aprendió de nuestro Padre. (cfr. En las afueras de Jericó, p. 317)

Y hacemos nuestra esa oración:
–¿Lo quieres, Señor?, yo también lo quiero.

Con motivo de la canonización de San Josemaría, se introdujo un cambio en la estampa para su devoción. Se dice:
Oh, Dios, que por mediación de la santísima Virgen, otorgaste a San Josemaría, sacerdote, gracias innumerables escogiéndole como instrumento fidelísimo...

Y efectivamente, si San Josemaría fue fiel a las llamadas de Dios, fue gracias a la mediación de la Virgen. Él que se llamaba también Mariano: llevaba el nombre de la Virgen doblemente.

La vida de María fue un continuo Sí. La palabra que sintetiza su vida es
Fiat!
También nosotros lo decimos ahora.




Yago Martínez & Ignacio Fornés & Estanislao Mazzuchelli

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