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martes, 26 de mayo de 2009

UNA AYUDA DEL CIELO



Dios tiene unos planes con cada persona, pero no los revela de golpe, va poco a poco. Tampoco a nosotros nos es fácil descubrirlos, porque el pecado nos impide ver con claridad su voluntad.

Si a esto añadimos nuestra tendencia a hacer el mal, resulta evidente que nos hace falta una buena ayuda. Por eso, Dios nos envió el Espíritu Santo para que nos guiara.

Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad (Jn 16,13) dijo Jesús.

EL ESPÍRITU SANTO ACTÚA.

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo conmocionó a toda una ciudad. Fue algo prodigioso (cfr. Hch 2,1-11). Aquel día se armó un buen jaleo.

El Señor envió su Espíritu y literalmente renovó la cara, el ambiente de Jerusalén. Se convirtieron miles. Dios mostró su inmensa grandeza.

Dios Espíritu Santo, cuando se le deja, no para quieto. Hace y deshace, sugiere cosas que no van o que deberían ir mejor. Actúa en silencio, como el fuego. Pero, si le dejas, lo devora todo. En las profundidades de nuestra naturaleza caída, El está trabajando, sin saberlo nosotros. Sin saberlo nosotros, pero, quizá, no sin nosotros pedirlo.

-Llena lo más íntimo de nuestro corazón (Secuencia) y haz que ardamos en el Amor de Dios (cfr. Aleluya de la Misa).

DOS EJEMPLOS

En una ocasión, un sacerdote me aconsejó: cuando tengas la próxima plática con Primaria (6 años), prueba una cosa: que le pregunten al Espíritu Santo qué es lo que quiere de ellas, іya verás!

Yo tenía mis dudas de que aquello saliera, pero tampoco iba a pasar nada por probar. Les expliqué antes que el Espíritu Santo es el que nos dice las cosas que tenemos que hacer para irnos al cielo. Luego nos dimos 20 segundos para ver que nos decía.

Se armó una buena. Empezaron a levantar la mano. Algunas decían el clásico obedecer a mamá y comerse todo, pero una soltó, así, sin anestesia: tengo que pedir perdón a la seño porque he pensado mal de ella. La seño se reía, supongo que por no llorar. Y para que no llegara la sangre al río rezamos un avemaría y cada una a su clase.

En otra ocasión, predicando un curso de retiro, vino una persona contando que se le había ocurrido preguntarle al Señor lo que quería de ella. Se puso a apuntar directamente y le salieron 23 cosas en dos minutos, y todo de corrido.

¿CÓMO ACTÚA?

El Espíritu Santo actúa de una manera muy concreta: nos hace ver con claridad cosas que debemos cambiar. Si le hacemos caso, nos dice cosas nuevas. Sino, se retira y se queda callado.

Y no vuelve a decirnos nada hasta que no le pidamos perdón con insistencia. Es la manera que tiene de respetar nuestra libertad.

El Espíritu Santo "sirve" si le hacemos caso. Esto se nota mucho con la gente que se va a confirmar. Los que van a Misa y rezan notan la acción de Dios. Los que no, no. Por eso hay gente que piensa que lo de la confirmación tampoco es para tanto.

DEJARLE HACER

Para facilitarle las cosas lo mejor es pedirle que nos ayude. Para eso vamos a seguir la secuencia que se lee en la Misa de hoy.

Ven, Espíritu divino, mana tu luz desde el cielo (…) Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Sigue la secuencia hasta un párrafo donde se le piden varias cosas:

Lava quod est sordidum, lava lo que es inmundo. No solo son las tentaciones contra el sexto y noveno mandamiento. También se refiere a de pedirle que nos limpie de toda envidia que tenemos de los demás, de que les salgan las cosas mejor que a nosotros.

Lo sórdido es todo lo que nos avergonzaría que se supiera. También, cuando nos enfadamos porque alaban a una persona, eso es sórdido. O cuando, por rencor, no ayudamos a alguien, solo porque es una persona que no nos entra bien, eso es sórdido.

Riga quad est aridum, riega el suelo seco. Cuando decimos eso, no nos referimos solo a que empape nuestra alma seca y árida y haga de nuestra piedad algo fresco. También se trata de la sequedad y aridez en nuestra relación con las personas.

Como una especie de egoísmo que nos separa de los demás y que nos hace ir a lo nuestro. Le pedimos, ahora, que nos libre de ese egoísmo que crece en nuestro interior.

Sana quod est saucium, cura lo que está enfermo. A veces tenemos ciertas fobias o antipatías con determinadas personas, gente que no podemos ver por la manera que tiene de hacer las cosas o por como son.

Podemos tener guardadas cosas que nos han hecho y que no estamos dispuestos a perdonar. A veces, todo eso llega a formar parte de nosotros y, por decirlo así, no podemos evitarlo.

Justamente, como nosotros no podemos, le pedimos al Espíritu Santo que sane esas heridas ocultas.

Flecte quod est rigidum, doblega nuestra rigidez. Es la actitud rígida, de falta de comprensión ante los defectos de los demás. En vez de rezar, nos enfadamos. Le pedimos también que nos libere de esa reacción.

Fove quod est frigidum, calienta lo que está helado. A veces, tenemos una especie de torpeza mental para rezar y para hacer apostolado. Estamos paralizados como las personas mayores el los fríos duros del invierno.

Le pedimos que no estemos insensibles cuando estemos con el Señor como si fuéramos un mueble. Y en el apostolado, que hablemos de él con vibración, dando una imagen atractiva de Dios.

Rege quod est devium, endereza lo que está desviado. Hay gente que disfruta llevando la contraria a todo. Es algo que, con el tiempo, se puede convertir en una manía. Le pedimos que enderece exageraciones y complicaciones, que nos haga sencillos.

Madre nuestra, Esposa del divino Espíritu, que nos dejemos guiar, que le obedezcamos.

miércoles, 6 de mayo de 2009

DOCILIDAD AL ESPIRITU SANTO


Todos sabemos que, para ser santo, lo importante es reconozcer los errores. Porque, cuando se hace, es muy fácil que te ayuden. De otra manera, se avanza más bien poco, ya que la persona no lucha en su verdadero problema. Y eso es una tragedia. 

Hay gente, lo sabemos por experiencia, que se cree que actúa bien y no se da cuenta sus fallos. En el fondo no es realista. ¡Que rápido va alguien cuando se deja corregir!, іy que despacio cuando se enfada! 

Contaban en una ocasión en que D Álvaro estaba enfermo en la cama, que san Josemaría le recriminó a don Florencio, otro sacerdote, una cosa que había hecho mal. 

El santo que sabía a quién corregía, salió de la habitación y don Álvaro para quitar hierro le dijo a don Florencio: de esas a mí me dice 5 al día. Y no lo decía con acritud. No nos extraña que esté abierto su proceso de canonización.

¡NO SE LE PUEDE DECIR NADA!

Hace unos meses me decía una madre, casi desperada, de su hija que esta en la ESO: si es que no hay manera de decirle nada, porque todo se lo toma a la tremenda. Y lo peor, es que se cree perfecta y que todo lo hace bien.

Esto me trae a la memoria una vez que le pregunté a una alumna: oye tú ¿cuánta verdad sobre ti misma estas dispuesta a aguantar? Y, ella, con cierta gracia me dijo: ¿y usted?

-Señor, yo ¿cuánta verdad estoy dispuesto a escuchar? ¿Cuánta he escuchado e he aceptado ya?

San Josemaría cuando abría su alma, al terminar, decía al que le escuchaba: si quieres, ahora tú pregúntame lo que te parezca.

CORREGIR AL PAPA

Hay un pasaje de la Escritura que nos puede servir. Se trata de cuando que San Pablo tuvo que corregir en público a San Pedro, porque su conducta iba en contra de lo que Dios quiere. 

En el concilio de Jerusalén habían decidido los Apóstoles que los cristianos no tenían porqué cumplir las costumbres judías. Entre ellas estaba la prohibición de no comer carne con sangre. Decidieron que se podía comer inspirados por el Espíritu Santo. 

Un día Pedro, el primer Papa, viajó a Antioquia donde vivían muchos cristianos no judíos. Allí estaba también Pablo. San Pedro se sentó a la mesa para comer lo que le pusieran, y entre otras cosas había asado de liebre, carne de puerco y anguila de Orontes, que así se llamaba el río que cruzaba Antioquía.

A San Pedro le entraron dudas de si comer o no comer ese tipo de carne, por no quedar mal delante de alguno judíos que allí estaban. Al final decidió seguir la costumbre judía de no comer. 

Aquello fue un golpe muy duro para los de cristianos no judíos de Antioquia. Además, su mal ejemplo cundió, y otro de los discípulos, Bernabé, tampoco comió.

San Pablo se encontró en la difícil situación de tener que corregir a Pedro, la cabeza de la Iglesia. Le costó y, además, lo hizo en público para sanar también su mal ejemplo. San Pedro rectificó, se dejó decir todo, fue dócil al Espíritu Santo, y por eso alcanzó la santidad. 

DOS PUEBLOS Y UNA GASOLINERA

Lo normal en esta vida es tener errores. Lo anormal es que no nos los puedan decir. 

Al Señor no le importan nuestros fallos, lo peor es que no le dejemos actuar. Porque, entonces, ponemos dificultades a la acción del Espíritu Santo. 

¡Cuánto ayudan la biografías de los conversos! Ayudan sobre todo ver su docilidad al Paráclito. 

La coversión de un famoso actor de cine mexicano de hace unos años, es un ejemplor de esto.

El inicio de su conversión no fue cuando habló largo y tendido con el sacerdote, sino cuando su profesora de inglés le echó en cara sus errores. 

Se había pasado bastante de la raya en el ambiente frivolo en el que se movía. Se pasó dos pueblos y una gasolinara como quien dice. Pero se dejó decir todo y ahora está feliz.

VIVIR FELIZ

El que es dócil al Espíritu Santo vive feliz, sereno, porque se da cuenta de que mejora. Nunca se justifica. Acepta lo que le dicen y lucha.

El soberbio, en cambio, no se deja decir nada y echa las culpas a las circunstancias o a las personas.

Que alegría le da al Espíritu Santo que nos dejamos correjir, aunque nos sienten a cuerno quemado.

La esposa del Espíritu Santo sabe muy bien cómo se vive con él. Ella no tenía pecado, por eso siguió los planes de Dios, aunque no los entendiera del todo. Y Dios, feliz.

martes, 6 de mayo de 2008

SACAR BRILLO A LOS TALENTOS

En la última cena dijo Jesús:«os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré». (Jn 16, 7–8)

Es precisamente el Espíritu Santo el que va a guiar a los Apóstoles, haciéndoles comprender y recordar lo que tantas veces el Señor les había manifestado. Cuando llega la mañana de Pentecostés, parece que el puzzle recobra vida. Porque ya tiene todo coherencia.

No les dice cosas nuevas, sino que les abre la inteligencia.

El Espíritu Santo nos conduce haciéndonos recordar y dándonos luz especial para entender

«Os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros». (Jn 16, 7–8).

Paráclito, que significa, llamado junto a uno. Al que se le llama junto a nosotros para que nos acompañe y nos consuele, por eso se le llama también el Consolador

Está junto a nosotros y nos acompaña y, a veces, nos consuela. Y nos consuela de no ver al Señor.

Esta promesa se cumplió ya el día de pascua:

«Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22)

Y unos días después tuvo lugar la manifestación definitiva de lo que nos había anunciado: Él nos lo enviaría.

Según la tradición religiosa de Israel Pentecostés es la fiesta de la siega. En griego toma este nombre porque se da cincuenta días después de la pascua.

Pentecostés era la fiesta de la siega, porque ya es hora de la siega, ya era la hora de de recoger el fruto.

Todo lo sembrado por Jesús se recogió empezando desde ese día.

Pero el fruto no depende de nosotros, depende de Dios que da el incremento.

Por eso hemos de decir hoy: ven oh Espíritu Santo, Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles, muéstranos qué debemos hacer para dar fruto.

Se dice que las acciones más fructíferas de la vida cristiana se dan por la cooperación de las virtudes de la prudencia y de la caridad.

Estas son las virtudes más importantes en su ámbito. En el terreno humano: la prudencia es la virtud principal; en el sobrenatural, la caridad.

A medida que crece la virtud de la caridad, es decir, «el amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo». (Rom 5, 5)

A medida que crece esa virtud, se van desarrollando en nuestro interior todos los demás dones.

Con el aumento de la caridad recibimos la virtud de la prudencia, la ayuda del don de consejo.

Es precisamente el Amor de Dios que se derramó hoy especialmente para toda la Iglesia.

Pues la caridad hace posible que nuestra mente se abra y que sea dirigida por el Epíritu Santo, para saber conducirnos a nosotros mismos y dirigir almas.

Esto es lo que hicieron los Apóstoles: una vez que recibieron el Espíritu Santo se pusieron a predicar y las gentes les preguntaban «qué debemos hacer». Y los Apóstoles se lo dijeron.

Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles, danos el don de consejo para hacer apostolado.

Si tuviéramos que definir al hombre prudente, diríamos que el hombre prudente es el hombre bueno. Lo sabemos bien, en el apostolado la cualidad más importante es el aprecio.

Desde el sagrario el Señor nos mira a cada uno. Y lo hace como nuestras madres, con un aprecio infinito. Desde esta ventana, el mundo se ve pequeño, pero se ve con mucho cariño.

Desde Dios la mirada que nos dirige es una mirada de aprecio, Él nos quiere, nos aprecia.

Si no existe el aprecio el saber valorar a los demás, no se podría sacar toda la riqueza interior que puede llegar a tener el corazón humano. Lo tiene, lo tenemos en potencia y el aprecio hace que demos fruto.

Es curioso que el primer Papa que ni era levita, ni pertenecía al rango sacerdotal judío, ni estaba versado en la Escritura Santo, que era un pescador. Es como si en el último cónclave hubieran elegido a un albañil, o como si en vez del Papa Ratzinger, hubieran elegido a un dependiente de comercio.

Pues el Señor eligió entre los millones de personas que poblaban la tierra a un pescador.

El Señor eligió a un habitante de la Palestina de hace dos mil años para dirigir su Iglesia, y no sólo eso, sino también el resto de los apóstoles eran por el estilo.

Pero los miraba con tanto afecto, que fue capaz de sacar de Pedro y los demás, lo que ninguno de nosotros no hubiera sacado: el primer Papa, los doce Apóstoles, las columnas de la Iglesia.

Esto es algo, original e incluso desconcertante. Como lo es la caridad. El hombre prudente, el que es bueno, es comprensivo como lo es Nuestro Señor porque conoce y valora.
La comprensión es eso, conocer y valorar, es hacerse cargo de.

Esta es la cualidad que le pedimos hoy a Dios. La misma que el Señor entregó a los Apóstoles y que entregó a nuestro fundador. Esta cualidad que se exterioriza en el alma cuando su Amor nos llena, que hizo en Pentecostés que los apóstoles fueran transformados (siendo los mismos). Cuando se aprecia a una persona, se tiene el don de consejo. Cuando un alma está llena del amor de Dios se descubren valores que el mismo interesado no ve, que no sabe que tiene.

El apóstol es un descubridor de talentos, de valores ocultos, pero no para uno mismo sino para los interesados. Esto es lo que hizo Nuestro Señor, lo que hizo nuestro Padre y es lo que nosotros tenemos que aportar ahora en este momento de nuestra vida que estamos aquí.

La confianza es el inicio del aprecio que nosotros sentimos por los demás y que tiene el Señor por nosotros. Él confiaba en sus doce amigos y en todos, incluso en Judas que le traicionó. La desconfianza, lo que señala es que la amistad ternimó o que no empezó.

Danos Espíritu Santo la confianza en los demás, porque sin confianza no es posible el Amor –Espíritu de Verdad, que confiemos en la verdad de los demás para poderles ayudar.

La verdad es la base de la convivencia humana. Sin ella el hombre no es capaz ni de estar en su casa, porque la verdad crea el clima del habitat humano.

–Espíritu de Amor, haz que huyamos de la tiranía del yo.

Porque el tirano es el que no escucha la realidad de los demás. Tiene su idea, pero no escucha la realidad de los demás porque no los ama y no los entiende por eso nunca acierta

Cuando hay desconfianza se transmite una corriente negativa que crea una muralla invisible de desafecto.

Si se desconfía no es posible una relación fluida con nadie, porque decapita toda relación humana, toda amistad. Cuando los demás son vistos como medios para conseguir fines no se les quiere por sí mismos. Vemos que el Señor no nos utiliza, nos quiere por nosotros mismos, uno a uno como nuestras madres. Las madres no nos ven como instrumentos. Nos quieren por lo que somos, nos conocen con nuestros defectos con nuestros lunares. Nos conoce con nuestro buen o mal carácter y siempre veían algo más de nosotros
Y así es Dios.

La caridad completa la prudencia. Así los Once actuaron según el querer de Dios, la caridad completa la prudencia.
Estas dos virtudes forman un todo armónico, ambas virtudes se necesitan.

Si uno no tiene la caridad te cargas la verdadera prudencia. Sin cariño, sin caridad aparece una prudencia que es falsa, que es falta de exigencia.

Con respecto a los dones del Espíritu Santo, la mente humana tiene que estar movida por el Paráclito, un Dios familiar que está junto a uno. El que Consuela. El que da consejo: por el que la mente humana se conduce por el Espíritu Santo y conduce a otros. Cuánto necesitamos esto para acertar, para hacer lo que Dios quiere.

Santo Tomás, relaciona esto con una bienaventuranza: «Bienaventurados lo misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). El prudente es el hombre justo, el hombre templado, el hombre bueno, el misericordioso, el que se apiada, comprende, carga con la miseria ajena.

El que tiene como fin de su vida la caridad, el Amor y busca el bien, ese es el misericordioso. Por eso el prudente antes de serlo ha de decidir hacer primero el bien, el verdadero Bien.

Si uno no busca el Bien mayor no puede ser prudente. El bien parcial alejado de la caridad es un bien mentiroso, porque están alejados de la verdad: engañan timan al que lo elige, entierran el corazón humano en una pequeña carce. El hombre así, se esclaviza.

En Pentecostés, el cenáculo dejó de ser un lugar cerrado, pasó a ser un lugar abierto. La caridad hizo que los apóstoles dejaran de buscar sólo su bien pequeñito (la comodidad, la seguridad…), La caridad hizo que se abrieran y buscaran el bien de Dios, de los demás que es la salvación de las almas.

María nuestra madre estuvo en Pentecostés, ella pide con sus oraciones el don del Espíritu Santo, que ya recibió el día de la Encarnación. Ahora en el cenáculo, su nueva misión de Madre se realiza allí mismo porque nace el Cuerpo místico de Cristo que es su Iglesia. La efusión del Espíritu Santo lleva a María a ejercer desde hoy la maternidad espiritual de un modo especial.

No sabemos con exactitud como vivió Ella tras Penecostés. Pero sin duda, con su caridad y con su prudencia supo ayudar a los primeros discípulos de su Hijo.

-Madre, como a esos primeros, acompáñanos también ahora.

BORRACHOS SIN FRONTERAS

Ver resumen
Hace unos días se reunieron en Granada miles de personas para celebrar la llegada de la primavera haciendo un macrobotellón.

Había gente de muchos sitios. Además de los universitarios de la ciudad, también vinieron de otras provincias.

Durante toda la tarde se vio un río de gente que iba con la clásica bolsa de plástico con todo lo necesario. El ambiente era de ilusión, de alegría por la que se iba a armar.

El día de Pentecostés también se reunieron miles de personas en Jerusalén para celebrar la fiesta de la cosecha, que se tenía cincuenta días después de la Pascua.

En griego la fiesta de la cosecha se traduce con la palabra Pentecostés, porque se celebraba 50 días después de la Pascua.

Venían de Libia, Cirene, de la actual Irak. Casi todos eran judíos nacidos y educados en países extranjeros, por eso hablaban lenguas distintas. Aquello no dejaba de ser un espectáculo curioso.

En ese día los discípulos del Señor estaban reunidos en un mismo lugar, unidos por el miedo que es lo más penoso que puede unir. Y, de repente, llegó el Amor de Dios (cfr. Hch 2, 1-11).

«Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar» (Hch 2, 4). Se llenaron del Espíritu Santo, que produce los efectos del vino y empezaron a hablar.

De esta manera pasaron aquellos primeros cristianos del miedo y de la tristeza a la ilusión, a la ilusión de la juventud, y así nació la Iglesia (cfr. Prefacio de la Misa de Pentecostés).

En cambio, en el botellón de Granada algunos pasaron del punto al coma, del puntillo al coma etílico.

Hay un filósofo español que ha escrito un libro que se titula: «Breve tratado sobre la ilusión».

En castellano la palabra «ilusión» tiene varios significados. Se habla de un «iluso» cuando una persona tiene ideas que no están fundadas en la realidad.

Pero también el término «ilusión» tiene una carga positiva, por eso hay cosas que llamamos «ilusionantes». Es la ilusión tan propia de los niños, los locos y los borrachos.

Precisamente uno de los efectos del alcohol es transformar la realidad y hacerte más expansivo.

Me contaron que algunos locutores de radio, antes de salir en antena se toman un copazo, para tener así más facilidad de palabra.

¡Cómo cambia la cosa cuando se tiene el cuerpo entonado!

Pues el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es como el vino que enardece, ilusiona y nos hace hablar con el lenguaje que la gente entiende, el lenguaje del corazón.

Por eso le decimos con la Iglesia:

–Ven Espíritu divino (…) riega la tierra en sequía.

–Entra en el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos (…). Infunde calor de vida en el hielo

(Cf. Secuencia de la Misa de Pentecostés).

Los Apóstoles «se llenaron del Espíritu Santo y hablaron de las maravillas de Dios», nos dice el Libro de los Hechos.
Aquel día, los Apóstoles no se cortaron un pelo. De hecho la gente que les escuchó estaba asombrada y perpleja. Tanto que se decían unos a otros: –«¿Qué puede ser esto?». Y otros se burlaban diciendo: –«Están bebidos» (cfr. Hch 2, 12–13)

Dicen, y es muy probable, que la cerveza la inventaron los monjes. Por algo sería...

Los Apóstoles estaban llenos del Espíritu Santo y, por eso no les paró nadie.

San Pedro gritaría las maravillas de Dios en el idioma de la Capadocia. También Santo Tomás se pondría a hablar con fluidez la lengua de los Partos, y San Mateo anunciaría el Evangelio como los Bereberes del norte de África. Unieron a todos los que estaban allí hablando del Amor de Dios en distintos idiomas.

Todos recordamos como la civilización antigua creó una torre que acabó separando a los hombres de Dios, y a los hombres entre sí, porque no hablaban el mismo lenguaje.

Eso fue Babel, el orgullo que condujo a la separación. Es lo contrario de Pentecostés. Porque el Amor de Dios no tiene barreras. Nos lleva a hablar en el lenguaje que todo el mundo entiende: el lenguaje del afecto.

Pero el lenguaje es un vehículo, lo importante es el contenido. El mensaje que nosotros tenemos que transmitir es que tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo. Esta es la maravilla de Dios (cfr. Hch 2, 11).

El diablo no quiere que la gente sepa esto. Nos tienta para que no hablemos de Dios. Nos mete la idea de que si hablamos, entonces los demás nos mirarán como si fuéramos personas raras.

Nos mete miedo y vergüenza: ¿qué van a decir si invito a esta amiga para que vaya a Misa conmigo? o ¿qué pensará si le digo que haga un rato de oración o que se confiese...?

El tentador nos quiere convencer de que si hacemos como apostolado vamos a perder puntos delante de los demás.

Pues quédate sin puntos como le sucede a los que conducen borrachos. Quédate sin puntos, pero tú conduce a la gente al cielo.

–Ven, Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles (Aleluya de la Misa de Pentecostés).

María es su Esposa. Está llena del Espíritu Santo. Ella nos lleva al Señor casi sin darnos cuenta.

Con Ella el amor a Dios entra solo como el buen vino, y va directo al corazón.

sábado, 23 de febrero de 2008

EL AGUA CORRIENTE

Ver resumen
El Evangelio nos habla del encuentro del Señor con una mujer, que iba a buscar agua a un pozo porque no tenía agua corriente en su casa (cfr. Jn 4, 5-42.).

Es el conocido pasaje de la mujer samaritana, que cambió su vida después de estar con Jesús.

Debía de ser bastante incómodo tener que ir por agua cada vez que la necesitaba. Incómodo ir, y más incómodo volver.

Recuerdo un viaje a un pueblo de Andalucía, a casa de un amigo, que tenía un pozo antiguo en el patio de atrás. Había servido en tiempos pasados para no tener que ir fuera a por agua.

Antiguamente, me decía, la gente rica era la que tenía un pozo en su casa. Lo normal era tener que salir a una fuente del pueblo para conseguirla.
Por eso, lo del agua corriente fue un invento increíblemente práctico, y que mejoró bastante la vida de las personas, porque el agua es algo esencial para el hombre.

La Sagrada Escritura nos dice que en el desierto los israelitas le pidieron a Moisés: –Danos agua de beber (cfr. Ex 17, 3-7). Ese agua natural potable sin la que es imposible que se de la vida, pues el cuerpo humano está compuesto en gran medida de agua, y necesita de ese líquido elemento.

De ese agua que no está estancada, ese agua que corre, que la Escritura llama por eso, «agua viva» en contraposición del «agua muerta». Por eso el agua corriente, al ser un agua viva, es un agua que salta.

Señor, Tú eres de verdad el Salvador del mundo; dame de beber agua viva (cfr. Jn 4, 42), le decimos ahora.

Jesús vino a traernos ese Agua sobrenatural Corriente, que salta hasta la vida eterna. Es más, los cristianos que somos amigos de Dios, tenemos dentro de nosotros «un surtidor».

Los cristianos no tenemos necesidad de adorar a Dios en un templo concreto, porque el Señor habita en nuestro interior mediante la «gracia». Esto es un «regalo» muy especial que hace a sus amigos darle este «agua».

Hace años me contaba una persona que, estaba paseando por la explanada de un santuario, cuando, de repente salió de la capilla de confesionarios un hombre de unos cuarenta años saltando de alegría y gritando soy libre, soy feliz, soy feliz, hacía veintidós años que no me sentía tan feliz. A veces, el «agua de la gracia» hace saltar hasta físicamente.

El agua que trajo el Señor, es suya y de su Padre. Este agua es un «don del Espíritu Santo» que, como decimos en el Credo, la Tercera Persona de la Trinidad es «dador de vida» porque nos regala «ese agua».

Nada más empezar la Biblia, se cuenta como al inicio de la Creación «La tierra era caos y vacío, la tiniebla cubría la faz del abismo y el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas» (Gen. 1, 2).

Con esto se quiere explicar que, cuando todavía nada vivo, ni pájaros, ni plantas, cuando estaba el universo muerto, apareció el Espíritu de Dios para darle vida, «el espíritu de Dios», dice el Génesis, «se cernía sobre las aguas».

Cuando nuestra alma está muerta, sin vida; cuando hemos echado a Dios, el Espíritu se encarga de que volvamos a Él, de rehacernos.

Todo esto se lo estaba explicando Jesús a esta señora samaritana, que tenía bastante desparpajo y vida social. Había estado casada varias veces, y en la actualidad convivía con uno que no era su marido.

Como sabemos, se encontró con el Señor cuando iba por agua. Y Jesús aprovecha esa situación para hablarle del «agua sobrenatural».

El Señor le dice que Él tiene un tipo de agua que le quitará la sed para siempre. Que se formará dentro de ella una fuente.

Jesús mismo dijo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba (…) De sus entrañas correrán ríos de agua viva». Y el propio evangelista explica que «se refirió con esto al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 37–39).

Parecía imposible que aquella mujer rehiciese su vida después de tanto marido. Además, pensaría ella, sería imposible que Jesús le diera del agua que decía, si ni siquiera tenía cubo para sacarla del pozo.

Las palabras del Señor le parecerían increíbles, como increíble fue la aparición del agua corriente en el pueblo de mi amigo.
–Señor, le decimos como la samaritana, danos de ese agua que salta hasta la vida eterna.

Este Agua, la encontramos nosotros corrientemente en los sacramentos de la Iglesia y en la oración.

Mucha gente piensa como la Samaritana, que es imposible encontrar un tipo de agua que te quite la sed para siempre. Piensan que es absurdo creer que asistir a Misa o confesar con frecuencia te vaya a hacer feliz.

No se creen que, si frecuentas los sacramentos y haces oración, no hay que hacer viajes para ir en busca de la felicidad fuera de uno mismo. No creen que eso les vaya a mejorar la vida, porque, piensan que no sirve para nada.

Y, es verdad, parece que no te ocurre nada cuando haces oración, vas a Misa o te confiesas. Pero inexplicablemente la gente que lo hace está más optimista y tiene menos complicaciones.

Y los que no siguen este camino, curiosamente tiene que seguir yendo al pozo y, vuelven a tener sed ,porque lo que beben no les satisface.

Cuentan que un fraile le dijo a su superior, un fraile–jefe, que quería dejar la oración porque no le decía nada, que para hacer una burla mejor no hacerla…

El superior no dijo nada, y le pidió que cogiera una cesta sucia de mimbre del almacén y que fuera al río para traerle agua.

El fraile, como era buena persona, obedeció y al volver con la cesta vacía, el superior le dijo: ¿no traes agua? El fraile contestó, como era lógico, que no, porque al intentar llenar la cesta de mimbre el agua se había escapado por los agujeros.

Entonces el fraile–jefe le hizo ver que, por haber hecho eso, ahora la cesta estaba más limpia que antes de meterla en el río. Eso mismo nos pasa con los sacramentos y la oración.

Teresa de Jesús, antes de su conversión, estando enferma, tenía en su habitación una pintura de esta escena que estamos meditando de la Samaritana.

Aparece el momento en el que aquella mujer, simpática y de vida desarreglada, le pedía al Señor: –dame de ese agua. Así también podemos hacer nosotros: –Señor danos de esa agua, así no tendremos más sed.

Ignacio Fornés y Antonio Balsera

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías