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lunes, 23 de febrero de 2009

BORRON Y CUENTA NUEVA

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Después de estar cuarenta días rezando y ayunando, el Señor comenzó a predicar el Evangelio (cfr. el de la Misa de hoy: Mc 1,12-15): la Alianza definitiva que Dios quería hacer con los hombres.

Con Jesús se inauguró una nueva Alianza. Se dejó la Antigua para dar paso a ésta. Por eso se llama Nuevo Testamento.

Y, además, ya no habrá otro mejor. Es tan bueno que siempre es Nuevo, no envejece aunque pasen los siglos. El Evangelio tiene fuerza en cualquier época que se medite, porque Jesús lo que decía lo decía teniendo presentes a todos los hombres de todos los tiempos.

-Señor que me convierta y crea en el Evangelio (cfr. Evangelio de la Misa).

Pero antes de esta Alianza definitiva hubo otras…

EL ARCO IRIS

Nos cuenta el libro del Génesis, que después del Diluvio, Dios quiso hacer un pacto con la Humanidad (cfr. primera lectura de la Misa: Gn 9, 8-15).

La malicia de los hombres había provocado esa inundación. Tanto es así que el Señor se arrepintió de haber creado a los hombres.

Decir esto es fuerte. A simple vista, es difícil de entender, cómo Dios puede ser capaz de actuar así.

Para comprenderlo un poco, podemos ver lo que ha ocurrido en estas últimas semanas: el asesinato de la chica sevillana, que ha sido noticia en todos los periódicos.

Hasta ese punto puede llegar la malicia del hombre, hasta realizar algo totalmente rechazable por la razón humana. Algo espeluznante.

Y, lo peor de todo es que, a eso podemos llegar todos, si nos dejamos llevar por el pecado que es el único mal de este mundo.

Ya se ven las consecuencias que tiene quitarse a Dios de en medio y no cumplir sus pactos. Sin Él somos capaces de los mayores errores y horrores. La reacción de la gente ha sido justamente esa, la de rechazo total.

Con el Diluvio, sólo unas pocas personas se salvaron de la hecatombe: «ocho personas» (segunda lectura de la Misa: 1 P 3,18-22).

Por eso se puede decir que volvió a comenzar la Historia del género humano. Se hizo borrón y cuenta nueva.

Lo del Diluvio fue algo más gordo que lo ocurrido el 11-S, o que una hipotética explosión de una bomba atómica en un país. No quedaron más que ocho personas.

Es como si hubiera habido una guerra nuclear, y solo unos pocos, que estaban dentro de una mina, fueran los que sobrevivieran porque no les llegó la radiación. Eso fue lo que ocurrió con el Diluvio universal.

Fue algo tremendo. Por eso, como señal de la promesa que Dios
hacía de que ya no habría más diluvios que asolaran la tierra, nos dejó el arco iris.

El arco iris siempre sale, y diluvios universales no se conocen, porque el Señor es fiel y guarda sus promesas.

-Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas (Sal 24: responsorial)

GUARDAR SU ALIANZA

Pocas veces los hombres guardaban lo que prometían a Dios. La historia de la salvación es una historia de la infidelidad de los hombres.

Yavhé hacía un pacto y el hombre no lo cumplía. Por eso Dios enviaba jueces y profetas para hacer que lo cumpliera.

¡Cuántas veces nos sigue pasando a nosotros esto mismo! Son muchas las veces que nos hemos hecho propósitos magníficos. Cosas que hemos pactado con Dios en la oración, y luego no las hemos cumplido.

Y el Señor que nos envía gente para reconducirnos. Personas que nos recuerdan lo que sacamos en un curso de retiro o de una convivencia de verano. La historia de la salvación se repite.

El Señor, a pesar de las infidelidades de los hombres, perdona siempre. Y volvía una y otra vez a hacer alianzas con su Pueblo.
-porque eres bueno y recto y enseñas el camino a los pecadores (Sal responsorial).

Al que haya cometido el crimen de estos días, Dios le perdona si se arrepiente. Su amor es infinito y perdona cualquier cosa, aunque sea una barbaridad que merezca el diluvio.

El Señor perdona siempre… siempre que puede. Siempre que haya arrepentimiento, que es el requisito para ser perdonado.

Pero también llega un momento en el que Dios ya no puede perdonar. Y ese momento viene con la muerte. En ese instante, la persona se sale del tiempo en el que puede arrepentirse. Ahí está todo decidido y empieza la eternidad.

El que intenta seguir los propósitos, los pactos con Dios va por buen camino. Benditos eran los que guardaban esos pactos. Por eso dice el salmo (24, Responsorial de la Misa de hoy): «Tus caminos son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza».

Quienes guardan sus preceptos y son leales a Dios se salvarán, porque logran hacer una intensa amistad con Él.

-Señor haz que seamos leales, fieles a tus mandatos.

EL ESPIRITU DE LA CUARESMA

Consiste este tiempo en una preparación para ganar en amistad con Jesús. Él realizaría el pacto definitivo muriendo en nuestro lugar. Es lo que celebraremos en Semana Santa.

Por eso la Cruz es nuestro arco iris: la señal del perdón de Dios por tantos pecados.

En su lucha por hacerse con el Imperio Romano, Constantino tuvo que enfrentarse contra otro candidato llamado Magencio. Y tuvo que luchar con un ejército muy inferior al de Magencio.

Esto fue en el año 312. Antes de entrar en batalla, Constantino tuvo una visión. Se le apareció una cruz en el cielo con estas palabras: en este signo vencerás. Y así fue. Venció a Magencio en el puente Silvio, cerca de Roma.

La Cruz es el signo de la victoria de Jesús. Y nosotros debemos acompañar al Señor en los momentos de dificultad para poder estar también con Él en la Resurrección.

Si a una persona la cruz no le dice nada o la Cuaresma, la Semana Santa, le importan poco, es que está muy pasada de rosca.

Si el perdón de Dios y su misericordia no le mueven a luchar más y a intentar seguirle cumpliendo sus pactos, mala señal. Y, además, si sigue así, uno puede llegar a hacer cualquier barbaridad.

La Virgen es la cumplidora de los pactos con Dios. Allí estaba, en el Calvario, al pie de la Cruz. Que Ella nos ayude a ser fieles al Señor en lo que nos pida en este tiempo.

domingo, 22 de febrero de 2009

LA OPERACION (MIERCOLES DE CENIZA)

Ver resumen

El Señor decía que cuando vayamos a orar, a dar limosna, o a hacer penitencia, no hagamos como los hipócritas que se fijan en las cosas exteriores (Evangelio de la Misa: cfr. Mt 6, 1-18), pero que su corazón estaba lejos de Dios (primera lectura de la Misa: cfr. Joel 2, 12).

Eso es tremendo. Hacer cosas que parece que nos tienen cerca de Dios, y luego resulta que no es verdad.

Hay gente que sólo le interesa quedar bien. Incluso hace cosas costosas para que le vean o poder contar que las han hecho, y eso les da satisfacción.

Es un fariseo. Alguien que actúa de cara a la galería. Bonitos por fuera y feos por dentro. Dan el pego durante un tiempo, pero sólo durante un tiempo, porque la verdad termina por saberse.

Me hizo gracia cuando me enteré de que algunos, a la caja donde se guardan las cosas para limpiar los zapatos, le llaman así: fariseos.

La abres y lo único que encuentras es un tubo aplastado de betún negro, un paño manchado de marrón, un cepillo, y poco más...

Un sacerdote que estuvo un tiempo en un país de América del Sur comentaba que allí la imposición de la ceniza se hace mezclándola con un poco de agua, porque así, cuando te la imponen, te dura más y no desaparece con tanta facilidad. A la gente le gusta que se sepa que se la han impuesto; pero lo importante no es lo de fuera sino lo de dentro.

Y contaba también como, un día que iba por la calle, unos albañiles le pidieron que les impusiera la ceniza allí mismo. Así lo hizo. Y cuando uno de ellos se acercó para que se la impusieran, otro, dijo medio en broma medio en serio: a éste, no se yo, porque no está bien casado.

CAMBIO EN LO FUNDAMENTAL

Lo importante no es hacer cosas externas sino cambiar por dentro. El Señor nos pide que cambiemos de corazón (versículo antes del Evangelio: cfr. Salmo 94, 8AB). Que le amemos con un corazón nuevo. Desea hacernos un trasplante.

No quiere que nuestra Cuaresma se reduzca a hacer unas cuantas cosas: recibir la ceniza, comer menos y no tomar carne los viernes.

En eso no consiste la Cuaresma. Lo mismo que un matrimonio no consiste en hacer las camas o la comida, limpiar la casa, traer dinero o ir a la compra. El amor es mucho más. Es tener el corazón en la otra persona. Pensar constantemente en ella.

Es verdad que hay cosas que el Señor quiere que realicemos y otras que dejemos de hacer. Pero no busca un cambio superficial, sino algo profundo.

A san Josemaría, el Señor le cambió por dentro cuando vio unas huellas en la nieve. Aquello le hizo preguntarse: Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo? Eso es lo que Dios nos pide, que cambiemos de manera radical.

Aquel episodio le llevó a una vida de piedad más intensa, a la práctica de la oración, de la mortificación y de la comunión diaria. Cuando apenas era yo adolescente, decía él mismo, arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida en amor.

ECHARLE CORAZÓN A LA CENIZA

Cambiar el corazón consiste en darse cuenta de que todo lo que está al margen de Dios es ceniza. Sin Él no somos nada. Muchas veces hemos buscado la felicidad lejos de Dios.

Es lo que se lleva hoy en día. Buscar la escasa felicidad que da el pecado: la diversión de una borrachera, el placer de un acto impuro, la satisfacción de la vanidad, etc. Todo eso, al final, es ceniza. Nada.

Lo que el Señor quiere de nosotros es que volvamos a Él, que tengamos un corazón arrepentido. Es decir, que nos duelan nuestros pecados, no tanto por haber fallado nosotros, sino por haber huido de Él.

Corregirse para así agradarle. Y lo que agrada a la gente es: hacer lo que nos piden y evitar cualquier cosa que les dañe. En eso consiste el espíritu de la Cuaresma.

Las madres dicen que su hijo es un bendito cuando obedecen. Cuando se comen la verdura y recogen sus juguetes. Y también cuando les piden perdón y dicen: ya no lo haré más. Entonces se deshacen.

El niño, en el fondo, lo que está haciendo es echar corazón a la ceniza, a sus propios errores.

VOLVER AL PADRE PRÓDIGO

Donde volvemos de verdad a Dios es en la Confesión. Allí es donde nuestro dolor se hace auténtico. Por eso dice San Pablo «en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (segunda lectura de la Misa. Cfr. 2 Cor 5, 20-6, 2).

Pero también con pequeñas obras de oración, ayuno, y limosna volvemos a Dios, porque se convierten en manifestación del amor que le tenemos.

El Papa dice, en su mensaje de este año sobre este tiempo litúrgico, que son medios para recuperar la amistad con el Señor. De eso se trata, de estar cada vez más cerca de Él.

Es volver a la casa del Padre. A un Padre pródigo en el amor a sus hijos.

EL CIRUJANO Y SU MADRE

Para lograr esto no estamos solos. Contamos con la ayuda del Señor. Él es nuestro cirujano. Por eso decimos con el Salmo: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro» (cfr. Sal responsorial, 50).

Es verdad que lo más importante de la Cuaresma es que nos convirtamos, que cambiemos de vida. Pero esto no lo conseguiremos con nuestras fuerzas: habrá que pedirlo, y poner lo que esté de nuestra parte.

Él lo hace todo mejor que nadie. Nos conoce de sobra porque nos ha creado. Es el mejor cirujano para realizar el trasplante que necesitamos.

-Señor, renuévame por dentro (Sal 50).

La Virgen, como buena madre, está esperando que volvamos a Dios. Ella nos ayudará si se lo pedimos.

lunes, 19 de enero de 2009

EL FOGONAZO (LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO)

San Pablo nos cuenta su conversión en la Primera lectura. Fue algo que ocurrió de repente, sin previo aviso (cfr. Hch 22, 3-16). Aquel episodio le marcó. A partir de aquel día, su vida fue un antes y un después.

UNA LUZ CEGADORA

Para renovar el DNI o el pasaporte es necesario, o por lo menos lo era antes, hacerse unas fotos de carnet. Hay ciudades que todavía conservan en las calles unos sitios donde se hacen esas fotos automáticamente. Es el conocido fotomatón.

Te metes dentro, te sientas en un taburete giratorio, te colocas como puedes, echas tus euros y esperas. Cuatro fogonazos de luz salen de la cámara que tienes enfrente y te dejan medio ciego.

Durante un rato ves como una mancha blanca. Pasados uno minutos recoges tus fotos y ya puedes renovar tu carnet de identidad.

San Pablo llevaba unos seis días de viaje. Iba convencido de que estaba haciendo lo que Dios quería. Cabalgaba seguro de sí mismo, hasta que se metió en la llanura de Damasco. De repente una luz intensa le tumbó y le cegó.

En medio de su intensa actividad apareció Jesús. Se cruzó en su camino y su gracia le tocó hasta físicamente.

Su conversión fue como un fogonazo de luz. Una luz que le dejó ciego durante tres días. Una luz intensa que le retrató, le hizo ver realmente quién era y el mal que estaba haciendo.

CONVERTIRSE EN UNA ESCALERA

Te voy a leer la conversión de un amigo. Te la leo porque el lugar donde sucedió fue un tanto curioso. Se convirtió en uno de los escalones de la escalera de su casa.

Creo, dice, que todavía sería capaz de señalar el sitio exacto de las escaleras donde una noche, a los diecisiete años, caí de rodillas y pronuncié un voto de celibato (...).

En aquella época (como les ocurre normalmente a muchas personas), comenzaba a hacer íntimas y sólidas amistades.

También comenzaba a darme cuenta de que en muchos casos, cuando abandonáramos el colegio, la separación acabaría con ellas.

Consciente por primera vez del ansia con que mi naturaleza buscaba la simpatía y el apoyo humanos, me pareció un deber evidente negarme a mí mismo esa simpatía y ese apoyo (...).

Necesitaba disponer de la capacidad de acompañar al Señor sin impedimentos.

Como le sucedió al Apóstol, parece que fue algo repentino. Tan de repente que le pilló en la escalera de su casa.

SAN PABLO NO ERA UN PINTAS.

Era un judío ejemplar. Sabía mucho de leyes religiosas. Había sido alumno de un famoso rabino de la época llamado Gamaliel. «
Aprendí, dice él mismo, hasta el último detalle de la ley de nuestros padres».

La gente lo respetaba, y le temía al mismo tiempo. Era más bien lanzado. Muy directo. Parece que estaba hecho para mandar y no para ser mandado. Tenía tanto celo que era conocido por su incansable actividad.

Un día, cuando ya se había convertido, dijo a los judíos: «
he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora». El Apóstol tenía buena fe. Era buena gente.

Los que más se convierten son los santos. Están rectificando todo el día, y varias veces en un mismo día. San Pablo pudo dar un giro a su vida porque quería a Dios.

UN INSTRUMENTO DEFECTUOSO

Era un buen fariseo, pero utilizaba toda su ciencia religiosa para obstaculizar el camino de la Iglesia.

La persiguió «
a muerte». Su apasionamiento y su intención, que él creía recta, le cegaban. Queriendo al Señor, ponía dificultades y luchaba a tope contra Él, sin saberlo.

Quería a Dios, pero a su manera. Estaba lleno de celo malo y, además, y eso era lo peor, estaba plenamente convencido de lo que hacía. Lo más fuerte es que se sabía instrumento del Señor.

¡Qué peligroso es actuar mal creyendo que se está haciendo bien!

DIOS, A VECES, NOS BLOQUEA

Cuando el Señor actúa, al principio puede haber un poco de desconcierto. Al Apóstol le ocurrió eso, se bloqueó, no sabía bien lo que estaba sucediendo, por eso pregunta: «
¿quién eres Señor?».

Es normal que, cuando nos corrijan o nos digan que no estamos haciendo las cosas como Dios quiere, nos desconcertemos, y surjan preguntas: ¿y esto porqué me lo dicen? ¿Y qué se supone que debo hacer?

A veces, cuando nos dicen cosas de fondo, no superficiales, podemos enfadarnos y reaccionar mal. Darle vueltas y justificarnos una y otra vez. La conversión es algo que nos deslumbra y no nos deja ver bien.

San Juan de Dios, combatió con los ejércitos de Carlos V. Por algunos errores que tuvo fue condenado a la horca y se salvó de puro milagro. Retomó su antiguo oficio de pastor y leñador. Luego fue albañil y finalmente librero. Tenía un puesto en la calle Elvira, en Granada.

El 20 de enero escucha la predicación de san Juan de Ávila en el campo de los Mártires, cerca de la Alhambra y se bloqueó. Se quedó tocadísimo. Aquellas palabras
se le fijaron en las entrañas, y se llenó de deseos de cambiar de vida.

Cuando nos hablan más claro de lo normal, se puede tambalear la opinión que tenemos de nosotros mismos y bloquearnos. Por eso el Señor nos pone al lado gente que nos lleva por el camino correcto.

EL BASTÓN DE CIEGO

San Pablo, como era buena persona, hizo lo que Jesús le dijo. Entró en Damasco con la ayuda de sus compañeros de viaje, y el Señor le envió a Ananías, que lo bautizó.

Si queremos, Dios nos da los medios para que nos convirtamos. Se sirve de personas o de cosas que nos pasan. El Señor nos pide que nos dejemos llevar de la mano como un niño, aunque no veamos claro el camino.

Lo mismo que un ciego se deja guiar por su bastón. San Pablo nunca se arrepintió de haberse convertido. Por eso decía: «
Sé de quién me he fiado» (Antífona Entrada).

-
Señor, concédenos en el día en el que celebramos su conversión caminar hacia ti, siguiendo su ejemplo (Oración Colecta).


RENOVAR EL DNI

Dios no se cansa de intentarlo una y otra vez, «
porque grande es su amor hacia nosotros» (Sal 116: Salmo Responsorial). Nos quiere cambiados para que vayamos por todo el mundo y prediquemos el Evangelio (cfr. Aleluya).

San Pablo recuperó la vista. Veía las cosas de distinta manera. Se había hecho como una nueva identidad. Es un ejemplo de hasta dónde puede llegar la fuerza de la gracia.

La gracia no solo cambia superficialmente a las personas.

Va a transformar directamente el carácter. Por eso, el sello personal de identificación a partir de ese momento no será ya Saulo sino Pablo.

Los sacerdotes, cuando nos ordenamos, nos pasa algo parecido. Te cambian el nombre, y pasas a ser don Santiago, don Francisco. También cambias la forma de vestir.

Ante esto, la familia se extraña al verte la primera vez y escuchar que los demás te tratan de don.

Luego ya se acostumbran. Y es que la transformación que produce el sacramento se nota hasta por fuera.

Seguir al Señor nos cambia. Y nos tiene que seguir cambiando en cosas profundas, no solo en lo superficial.

Gaudí, después de aceptar el proyecto de construir la iglesia de la Sagrada Familia en 1894, quiso prepararse para esa tarea siguiendo el consejo del Beato Fray Angélico:
quien desee pintar a Cristo sólo tiene un procedimiento: vivir con Cristo.

Su empeño por vivir así le hizo abandonar la buena vida, el vestir en plan snob, los restaurantes refinados y el afán de riqueza y de gloria. Poco a poco se fue transformando en el famoso arquitecto que recorría Barcelona a pie y vestido modestamente.

QUERER CAMBIAR

Para convertirse hay que querer. Jesús en el Evangelio lo dice muy claro: «
El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado» (Mc 16, 15-18: Evangelio de la Misa).

-
Enciende nuestro corazón de amor para querer cambiar.

Hay que estar dispuesto a dejar de vivir como viven todos, a actuar como lo hace todo el mundo. Hay que querer hacer el bien aunque sea incómodo y no estar pendientes de lo que piensen los demás, sino de lo que piense Dios.

-
Señor, que desde ahora, sea otro: que no sea yo, sino "aquel" que Tú deseas. Que no te niegue nada de lo que me pidas.

En toda conversión la Virgen está presente de alguna manera. Quiere, como cualquier madre, que salgamos bien en las fotos a pesar de los fogonazos.


miércoles, 24 de septiembre de 2008

LA SORDERA

Ver Resumen
Con frecuencia el pueblo elegido por Dios tenía debilidades, y el Señor le pedía que se convirtiera porque así salvaría su vida (cfr. Primera lectura de la Misa: Ez 1, 25-28).

Los buenos israelitas le daban gracias al Señor porque siempre tenía misericordia de ellos y les enseñaba el camino correcto.

«El Señor es bueno y es recto, decimos con el salmo, enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud» (Salmo responsorial: 24). Su misericordia es eterna.

San Pablo, que era judío, habla a los cristianos para que tengan los mismos sentimientos de Jesús: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (cfr. Segunda lectura: Flp 2, 1-11).
Y los sentimientos del corazón del Señor son de humildad: se sometió al querer de Dios Padre, haciéndose obediente hasta la muerte. Porque la obediencia es prueba de la humildad.

En nuestro caso, si queremos convertirnos y tener los sentimientos del Señor, hemos de hacer caso a Dios para volver al buen camino.

–Que te escuche y te haga caso, Señor.

Somos humanos y habitualmente nos molesta hacer la voluntad de otro. Y muchas veces lo que más nos molesta no es hacer una cosa concreta, sino que nos la mande alguien.

El Señor, que esto lo sabe, nos puso un ejemplo: «Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: –Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él le contestó: –No quiero» (Mt 21, 28-32: Evangelio de la Misa).
Como estamos inclinados al orgullo, hacemos más a gusto lo que no nos manda nadie. Y si tenemos que obedecer, nuestra primera reacción puede ser de rebeldía.

Pero, podemos rectificar tal y como nos dice el Evangelio. Hablando Jesús del hijo que se negó al principio a obedecer, sigue contando que «después recapacitó y fue». A Dios le agrada que recapacitemos.

–Señor ayúdanos a recapacitar, y a rectificar después.

Hay una escena típica. La hija que está tumbada en el sofá, repanchingada, viendo durante horas la televisión.

La madre que no da abasto: recoge los juguetes de la pequeña, saca la lavadora, coge el teléfono, abre la puerta, etc, mientras la mayor sigue tirada en el sofá como si fuera un cojín, ni se mueve.

La madre que se para, la mira y le dice: –no me ayudas nada. Estoy agotada y tú lo único que haces es ver la tele ¿no te da vergüenza?

Y la otra que contesta: –¡Hija, mamá, estoy agotada del colegio. Hoy en Educación física hemos corrido 15 minutos seguidos…!

Pero, como las niñas de mi colegio son buenas, muchas cuentan que, cuando están en la cama, con la luz apagada y escuchando solo el silencio, recapacitan un poco y siempre le dan la razón a su madre.

Lo malo, decía una, es que lo único que hago es recapacitar y ver la tele...

La conversión no puede darse sin la obediencia, que es una virtud que nos asemeja al Hijo de Dios hecho hombre.

El verbo obedecer no se lo inventaron las personas mayores para vivir mejor. Viene de otro verbo latino que significa oír. Obediencia procedería de audiencia.

–Señor enséñanos a oír tu voz.

Hay gente que es incapaz de escuchar nada. Nada que no sea ella misma.

Se cuenta de una escritora que iba paseando por la calle que se encuentra con una amiga. Se saludan y empiezan a hablar.

Durante más de media hora la escritora le habla de sí misma, sin parar ni un momento.

De pronto se para y le dice a su amiga: —Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora hablemos de ti. A ver, tú ¿qué opinas de mí?...

No deja de ser un cuento un poco exagerado, pero es verdad que hay gente que no escucha, porque no para de pensar en sus cosas.
Y es que escuchar es algo que no es fácil. Y obedecer, hacer lo que te dicen, menos todavía.

Contaba un profesor que se encontró a un antiguo alumno en una cafetería. Empezaron a hablar y el profesor se quedó alucinado de que le estuviera yendo tan bien en la Universidad, porque en el colegio había sido un desastre.

Se sorprendió tanto que le preguntó dirctamente a qué se debía ese cambio.

«Oye, tienes que explicarme qué ha pasado contigo para que hayas cambiado de esa manera. Me tienes asombrado.

Esta fue su explicación: «Mira. Fue un día concreto. A lo mejor te parece un poco raro, y quizá lo sea, pero fue un día concreto, un día por la mañana. »Llevaba unas semanas fatal. Mejor dicho, unos años. Llevaba años oyendo siempre lo mismo. De mis padres, de mis profesores, de todos. Siempre lo mismo. »Todo aquello me entraba por un oído y me salía inmediatamente por el otro. »Me parecía que era el rollo de siempre, y estaba cansado de escuchar todos los días los mismos consejos. »Me habían dicho ya mil veces lo mismo, y cuando veía que me venían con esas, desconectaba y ya está. »Tenía como echada una barrera mental sobre todas esas cosas, prefería no pensar, y todos esos sabios consejos me resbalaban por completo. »Bueno, lo que te decía, fue un día concreto, me acuerdo perfectamente.. »Estaba en plena época de exámenes (...). Tenía un sueño tremendo, y estaba tentado de volverme sin más de nuevo a dormir (...). »Si me volvía a la cama, iba a ser muy difícil que aprobara, y las cosas se iban a poner más feas que de costumbre. »Me había despertado temprano, y desde ese momento no había parado de darle vueltas en la cabeza a una idea: »Oye, (…) ¿qué es esto? ¿Voy a estar toda la vida así? ¿Cincuenta o sesenta años más así? Esto no funciona. »Debí tener un momento de especial lucidez, supongo, porque vi como algo angustioso continuar el resto de mi vida con el mismo plan que llevaba hasta entonces. »Desde entonces, tengo una idea bien clara: los buenos consejos te dan oportunidades de mejorar, pero nada más. »Si no los asumes, si no te los propones seriamente, como cosa tuya, no sirven de nada, por muy buenos que sean.
«Mis ovejas escuchan mi voz», dice el Señor (Aleluya de la Misa).

Escuchar la voz de Dios es fundamental. Escucharla y también seguirla, si no de poco sirve.

Algunas personas elegidas por Dios tuvieron debilidades, como es el caso del rey David.

Y hay gente que ha tenido experiencias como las tuvo este santo rey, que también fue pecador, pero se arrepintió luego.

Escuchó lo que le dijo el Señor a través de un profeta, rectificó su conducta y salió adelante.

Otras personas en cambio querían hacer cosas buenas por Dios, pero no escucharon la voz del Señor. Este fue el caso de otro rey de Israel, Salomón se llamaba.

Empezó muy bien y terminó muy mal. Justamente porque no quiso rectificar y hacer lo que Dios le pedía. El Señor no quería sus sacrificios sino su obediencia y no la tuvo.

La Virgen ha sido la persona que ha tenido el oído más fino: a Ella le pedimos nuestra conversión.

lunes, 22 de septiembre de 2008

LA AMISTAD CON DIOS

La conversión tiene un camino concreto que recorrer.

Para fortalecer nuestra entrega, la solución es la Humanidad Santísima de Jesús.

«Ese es el camino para acercarnos a Dios», dice San Josemaría (Amigos de Dios, n. 299).

A través de su Humanidad, Dios nos dice: «venid vosotros, benditos de mi Padre» (Mt 25, 34).

«Seguir a Cristo: ese es el secreto» (Amigos de Dios, n. 299): el camino para recuperar la salud del alma y del cuerpo.

Está comprobado que, al nombre de Jesús los muertos resucitan, los sordos oyen, los cojos andan.

Cualquier enfermedad se cura por muy avanzada que esté.

La primera lectura de la Misa, nos cuenta un milagro que hizo San Pedro pronunciando el nombre de Jesús. Miró fíjamente a un cojo de nacimiento y le dijo:

«No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesús de Nazaret, echa a andar. Al instante, cuenta la Esceitura, se le fortalecieron los pies y los tobillos» (Hch 3, 1-10).

El solo nombre de Jesús cambia las vidas.

San Josemaría aconsejaba cómo hacer para tratar su Humanidad.

Escribió como dedicatoria a un un libro sobre la Pasión del Señor: «que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo».

El esfuerzo por buscar a Jesús, por hacer verdadera amistad con Él, es algo que de por sí es eficaz.

Por eso, el Fundador del Opus Dei decía, como quien lo tiene bien experimentado:

«Si obráis con este empeño me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos».

«No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo» (Amigos de Dios, n. 299-300).

Viendo la eficacia de tratar la Humanidad de Jesús, se entienden mejor las palabras del salmista: «Que se alegren los que buscan al Señor» (Sal 104). Porque solo buscarle da mucho fruto.

Por eso es bueno seguir el consejo que el mismo salmo nos da: «Recurrid al Señor (…), buscad continuamente su rostros» (Ibidem).

Volver una y otra vez a mirarle. Dejar que su Humanidad actúe en nosotros.

Ese es el camino de la amistad con Dios. Esforzarnos por tratar a Jesús de Nazaret.

Hay personas entregadas que se quejan de están encuentran solas. Rezan, reciben los sacramentos y aún así sufren de soledad.

Adoran a Cristo como Dios, se alimentan de Él en la comunión, pero tienen escasa o ninguna amistad con Jesús, no tratan su Humanidad.

Rezan y a la vez suspiran por tener a su lado alguien que les comprenda y consuele.

Alguien a quien manifestar en silencio pensamientos que las palabras no pueden expresar.

Y buscan el consuelo en cosas tontas: una película, un corte de pelo, la comida, quedar bien, una revista, ropa nueva, un afecto que no va.

No comprenden que justamente ese es el puesto que está reclamando el Señor, el sitio que quiere ocupar.

Está deseando ser admitido, no en lo más alto de la conciencia, sino en el rincón más oculto del alma.

Allí donde el hombre es él mismo, donde se encuentra más profundamente solo (La amistad de Cristo, Robert H. Benson, p. 20).

–Señor ocupa el sitio que te corresponde.

Jesús amó a Lázaro igual que nosotros podemos querer a un amigo. Es a través de su Humanidad el camino de acercarse a nosotros.

Ese es el auténtico secreto de los santos: el trato de amistad con el Señor.

Vamos a pedirle ayuda para no caer en el peligro de rezar sin tener amistad con Él.

De, a lo mejor, confesarse porque haya que hacerlo, sin más. O luchar contra nuestros defectos simplemente para evitar el qué dirán, o porqué nos insisten constantemente.

–Jesús que haga las cosas por agradarte, como hiciste Tú cuando vivías en Palestina.

Si no actuamos así. Si no caminamos a su lado, la santidad es imposible porque no se avanza (22).

–Señor, que no me canse de buscar tu Humanidad.

La amistad humana es entre dos personas y comienza con un detalle externo. Captamos una frase, una inflexión en la voz, una forma de mirar o de caminar.

Todo eso parecen como señales de un universo que se esconde detrás de esa persona. Entonces nos damos a conocer y, al mismo tiempo, conocemos al otro.

La amistad con Jesús puede comenzar en el momento de recibir un sacramento, o al arrodillarse delante del Belén o haciendo el Via Crucis.

Un día descubrimos que aquel Niño del portal, que tiene los brazos abiertos, quiere abrazar también nuestra alma.

Otro día estamos meditando la Pasión, viendo a Jesús ensangrentado y eso nos hace ver cosas que antes ni sospechábamos.
Detalles aparentemente insignificantes que golpean la puerta de nuestra alma. Es el Señor nos llama y nosotros que respondemos.

Nos complementamos con Él. Así se inicia una amistad Divina y humana.

Nuestra oración, hasta ese momento, ha consistido en reflexionar sobre un tema, o en buscar la solución a un problema, teniendo siempre el reloj a la vista para no pasarnos de la hora.

Pero, iniciada la amistad con Dios, todo cambia. Intuimos su presencia en el sagrario.

Esa amistad, rompe el molde donde habíamos metido al Señor con nuestra imaginación.

Entonces nos damos cuenta de que Jesús vive. Se mueve, habla, actúa, toma un camino u otro, y todo en nuestra presencia.

–Señor, desvélanos los secretos de tu Humanidad. Que te conozcamos. No solo tus obras, esas ya la conocemos desde que somos pequeños.

La diferencia de tratar a un amigo o a un conocido es que, con el segundo, el conocido, tratamos de disimular para que se lleve una buena impresión de nosotros.

Y por eso, empleamos el lenguaje como si fuera un disfraz y la conversación como un camuflaje que tapa nuestros defectos.

Con un amigo todo es distinto. Nos mostramos como somos. Le abrimos el corazón.

Hasta ahora el Señor ha aceptado todo lo que le hemos dado. Se ha contentado con poco.

Ahora pide que nos demos nosotros mismos, que nos abramos completamente, que seamos auténticos, no cumplidores. Porque la amistad exige una sinceridad total con Él.

Cuando surge la amistad con Dios, entonces el alma le dirige a Jesús, alguna vez, unas palabras. Y, el Señor, a veces le habla en el corazón (26–31).

Cuando surge la amistad y miramos a Jesús crucificado, nos damos cuenta de que es inocente, que no tiene ninguna culpa.

Y no solo eso, sino que, además, es Dios encarnado. Así si que es fácil querer estar a su lado Él, desagraviarle, hacer cosas que nos cuestan.

El sacrificio se convierte un deseo de darle agua fresca en lugar de vinagre al amigo sediento que nos lo está pidiendo.

Cuenta el Evangelio como los discípulos que iban a Emaús hasta que no descubrieron a quién tenían a su lado no reaccionaron.
«Se les abrieron los ojos y lo reconocieron» Entonces se dieron cuenta de que «ardía su corazón» mientras le escucharon por el camino (cfr Lc 24, 13–35).

–Señor, a nosotros nos pasa lo mismo que a Cleofás y su compañero: en el sagrario tampoco te vemos con claridad.

Ábrenos los ojos. Que te descubramos a nuestro lado, en nuestro camino.

La Humanidad Santísima de Jesús. Que no nos acostumbremos a estar sin ella, porque ese es el camino de nuestra entrega.

Qué mejor que acudir a nuestra Madre, la Madre de Jesús para que nos lleve una y otra vez hasta su hijo. Que así sea.

miércoles, 27 de febrero de 2008

TIEMPO DE AMIGOS

Qué maravilla tener al Señor tan cerca de nosotros, dando sentido a nuestra vida. ¡Jesús en el sagrario es el motor de la Iglesia, y de todo el mundo!

La Iglesia vive de la Eucaristía, y cada uno de nosotros tenemos que vivir de la Eucaristía.

Aquí parece que no tiene ningún poder, ni siquiera la vida: y sin embargo es el creador de la vida.

Como han hecho todos los santos para seguir al Señor hay que tener cintura, cambiar los esquemas, no aferrarse a lo que ya venimos haciendo.

Y ahora el Señor quiere que entendamos que somos Cristo que pasa para muchas personas.

Esta es la misión para la que el Señor nos ha puesto en esta tierra: salvar almas y santificarlas.

Jesús significa: Dios que salva. El nombre del Señor lo identifica con su misión: el Salvador.

Aquí lo tenemos en el sagrario, y nos suplica calladamente que le ayudemos.

Para eso nos ha dado la vocación, aunque personalmente seamos peores que los demás. Estamos para orientar en el camino a Dios.

La Iglesia con alguna frecuencia nos trae a nuestra consideración la figura del Bautista, que preparó la llegada de nuestro Señor.

Por aquel tiempo se presentó en el desierto de Judea, predicando –nos dice San Mateo 3, 1-12–: «Convertios, porque está cerca el reino de los cielos»

El mensaje es bastante fácil, es el siguiente:
Si queremos vocaciones, conversiones.

Si queremos conversiones, confesiones.

Luego: si queremos vocaciones, confesiones.

Y esto se consigue con las conversaciones.

Decía Napoleón, ese gran estratega: –hay muchos, y muy buenos generales en Europa, pero ven demasiadas cosas. Yo veo un punto importante y me lanzó sobre él, como si no hubiera otra cosa. Lo demás ya caerá.

Y por el contrario la dispersión de las fuerzas es lo más nefasto. Por eso en las batallas sólo puede haber una consigna que debe repetirse machaconamente.

Pues lo que el Señor quiere transmitirnos es que si queremos vocaciones, confesiones.

Esto es lo mismo que decir si queremos vocaciones diarias, confesiones diarias.

Estamos en la presencia de Dios y podemos preguntarnos:

¿por qué motivo no puede hacer apostolado una persona mayor o una persona enferma?

No será que no hacen apostolado de la confesión las personas mayores, porque no se siente animadas por nosotros.

Seguía diciendo el Bautista a la gente que se le acercaba: –Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro Padre”

Las vocaciones, el fruto que dice el Señor que nos ha destinado, no se consigue de la noche a la mañana: lo nuestro no es esperar al maná extraordinario, llovido del Cielo, sino que nos santificamos con el trabajo apostólico ordinario.

Si queremos vocaciones, conversiones:

Es necesaria una conversión de la sociedad y de las personas, empezando por nosotros: es necesaria una conversión para recuperar la esperanza.

Pues aquí estamos nosotros. En la carta Ecclesia in Europa, dice la entradilla:

SOBRE JESUCRISTO VIVO EN SU IGLESIA Y FUENTE DE ESPERANZA PARA EUROPA

Juan Pablo II hablaba mucho esperanza, igual que el Papa Benedicto.

No pueden desanimarnos las dificultades: son un reto. Como para un montañero una cumbre.

Que sería de Teresa de Jesús sin su época, de San Josemaría sin las dificultades que tuvo. Eso desde Abrahán: –tendrás un hijo: Sara se rió.

La esperanza es la virtud que más necesita este continente viejo y cansado.

El cambio de ritmo en la labor apostólica nos puede parecer imposible. Y lo es para personas pesimistas...

Pero para eso está el Señor en el sagrario, para llenarnos de optimismo. Dios lo puede todo, puede quizá que tengamos que rezar más.

La situación actual puede llevarnos a la desesperanza: no podemos nada. Por eso hemos de reaccionar con fe en el Señor, no en nuestras fuerzas.

Aunque seamos poca cosa - san Josemaría se veía como un borrico- somos de Cristo, mejor dicho somos el mismo Cristo. Por eso debemos portarnos como él.

Una de las tentaciones permanentes y a veces más sutiles en la vida espiritual es la de basarla en nuestros propios esfuerzos y no en la misericordia de Dios, que es gratuita.

Te damos gracias Dios nuestro, porque nosotros somos mejores que los demás, somos el paladín de la ortodoxia, hacemos oración dos veces al día, no tomamos azúcar en el café...:

Así no puede ser nuestra oración.

Porque nuestra fuerza es la misericordia de Dios. No buscamos vocaciones para nuestra honra corporativa, sino que...

Deo omnis gloria, para Dios toda la gloria.

Aunque no somos mejores que los demás el Señor ha querido que en este Milenio que comienza nosotros, junto con otros cristianos, actuemos de médicos.

Si queremos conversiones, confesiones:
Hemos de contar con la gracia de Dios para la conversión nuestra y la de los demás

Más alegría hay por un pecador que se convierte que por 99 santos.

También le sucede a los médicos: no es lo mismo bajarle la fiebre a un griposo que sacar adelante a un infartado.

Medios humanos y medios sobrenaturales: pero eso no quiere decir que sean al 50%. La oración tiene que ser lo más abundante, porque eso es lo que convierte a las almas.

Porque los grandes evangelizadores han sido los santos.

Y Junto a los medios sobrenaturales, los medios humanos.

Si queremos confesiones, conversaciones:
esa es la base humana de la labor de apostolado, y es lo que hicieron los primeros cristianos.

Napoleón, que como decíamos antes, era un genio militar pero ganaba las batallas con una guerra convencional.

Se topó en España con una guerra de desgaste, la guerra de guerrillas.

Con un país que se levanta no se puede. El heroísmo de un pueblo inventó la guerra de guerrillas.

Esto contrasta con la decadencia de Roma: unos ciudadanos aburguesados que contrataban a otros para que luchasen.

Pues podíamos decir: ahora es el momento del apostolado personal, por la corporación en Occidente no surgen las vocaciones.

La guerra convencional de los ejércitos ha cambiado. Ahora 3 personas con varios cortaúñas ponen en jaque a la mayor potencia en el mismísimo Pentágono.

Un experto del CESID nos hablaba de la nueva guerra de redes compuesta por células que son autónomas.

En el terreno del apostolado, parece que el Señor quiere que haya un mínimo de estructura y mucha espontaneidad personal.

Por eso el espíritu de los primeros cristianos es muy adecuado para nuestro tiempo. Porque hay que vivir bien las cosas, porque sino la estructura acaba ahogando la iniciativa personal.

Esto es guerra de guerrilla.

El peligro es el excesivo peso de las cosas que conlleva la organización. Peligro que existe en este continente donde la Iglesia lleva tantos siglos, y hay tantas estructuras consolidadas.

Y entonces –podríamos preguntarnos– ¿quién habla de Dios? Porque parece que no da tiempo. Entonces esto se parecería a la leyenda del parto de los montes: una Gran Montaña que parió a un pequeño ratón.

No nos engañemos, los árboles crecen por las raíces, los hombres por los amigos. Los que tienen discípulos pero no amigos difícilmente podrán contar con una base humana sólida para el apostolado.

Sin la base humana no puede darse lo sobrenatural. Y un hombre sin amigos es un hombre pobre, por muy alto que haya llegado.

A veces pasa que decimos mis amigos. Y lo que son es sólo simples conocidos o conocidas.

Si nos fijamos, el Señor hizo la Iglesia con amigos de verdad: eligió a sus amigos. Igual nos toca a nosotros: porque los amigos se eligen.

Pero hay que tener paciencia. Después de tres años de trato pocos apóstoles fueron fieles en el momento duro de la Cruz. A pesar de haber sido formados directamente por nuestro Señor.

Aquellos hombres aunque eran amigos del Señor todavía no estaban preparados. Más tarde darían la vida por Jesucristo.

En la cruz sólo fue fiel un apóstol que se fue allí con María. Y además estaban las amigas de la Virgen.

lunes, 21 de enero de 2008

EL TRASPLANTE DE CORAZÓN

El Señor decía que cuando fuéramos a orar, a dar limosna, o hacer penitencia, no lo hiciéramos como los hipócritas que se fijan en las cosas exteriores (cfr. Mt 6, 1–6), pero que su corazón esta lejos de Dios (cfr. Joel 2, 12–18).

El Señor advierte a los que hacen las cosas para quedar bien que se quedarán sin la recompensa del Padre celestial (cfr. Mt 6, 1–6).

El Señor, que enseñaba las cosas con ejemplos muy claros, les dijo a los que le estaban oyendo:

Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano.

El fariseo, daba mucha importancia a lo exterior, a las formas, por eso se puso de pie para que todos le vieran.

Cuenta el Evangelio que en su interior oraba así: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana (…)».

No pensemos que el fariseo era una persona mala: por lo menos rezaba. Lo que pasa es que rezaba para quedarse tranquilo. No busca a Dios, sino a sí mismo.

Hoy rezaría así: –«Te doy gracias Dios mío porque voy a Misa, hago oración; en Navidades fui a cantar villancicos a varios hospitales de la ciudad. Es evidente que no soy como los demás, que se emborrachan, y juegan a la güija…».

Como ves se puede rezar y, a la vez, estar lejos de Dios. Es posible no ser un gran pecador, y hacer una oración que desagrada al Señor.

En su oración el fariseo hablaba y hablaba. No dejaba que el Señor le dijese las cosas, estaba a su rollo.

Eso es lo que quiere el diablo, quiere que estemos tranquilos con lo que hacemos y que, a la vez, vivamos sin el Señor.

Satanás, que es un mentiroso, también es capaz de hacer cosas.

Un día se apareció a San Mauricio y le dijo: –«Todo lo que tú haces yo lo hago también».

El demonio se refirió a cosas de mortificación que el santo hacía: «Tú ayunas… y yo no como nunca. Tú velas… y yo jamás duermo».

San Mauricio, que lo tenía muy claro, le contestó: –«Yo hago una cosa que tú no puedes hacer».

–«Y ¿cuál es?» le dijo el diablo.

–«Humillarme», respondió el santo.

En el trato con Dios hay que ser humildes. Y la humildad es estar en verdad. Por eso, lo importante de la oración es ponernos en nuestro sitio, no ir de chulitos, sino reconocer lo que somos, gente necesitada.

Señor, perdóname. Cámbiame el corazón. Tú lo sabes todo, tu sabes que a pesar de que soy un pecador, yo te quiero.

Las personas que se convierten, saben exactamente en qué momento y dónde se decidieron a cambiar.

Te leo el trasplante de corazón que sufrió un conocido converso inglés:

«Creo que todavía sería capaz de señalar el sitio exacto de las escaleras donde una noche, a los diecisiete años, caí de rodillas y pronuncié un voto de celibato. La idea que predominaba en mi mente no era la de la virginidad.

»No estaba huyendo de las maldades del mundo que contemplaba en torno a mí… En aquella época (como les ocurre normalmente a muchas personas), comenzaba a hacer íntimas y sólidas amistades.

»También comenzaba a darme cuenta de que en muchos casos, cuando abandonáramos el colegio, la separación acabaría con ellas.

»Consciente por primera vez del ansia con que mi naturaleza buscaba la simpatía y el apoyo humanos, me pareció un deber evidente negarme a mí mismo esa simpatía y ese apoyo, aún más afectuoso que los surgidos del matrimonio.

»Necesitaba disponer de la capacidad de acompañar al Señor sin impedimentos.

Eso es lo que quiere el Señor, disponer de toda tu capacidad para quererle. Para eso nos da su gracia durante la Cuaresma.

Señor que te quiera con todo corazón. Necesitamos que nos hagas un trasplante. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro.

Para que sea creado este corazón puro hay que romper antes el viejo, porque con ése, sólo buscamos agradarnos a nosotros mismos, como le sucedía al fariseo: que su corazón no le servía para querer a los demás.

Convertíos a mí de todo corazón, nos dice el Señor.

Quiere que nos propongamos hacer algunas cosas y que otras las dejemos. No busca un cambio superficial, busca un cambio en el fondo.

Que nos demos cuenta de que todo lo que está al margen de Dios es ceniza.

En la parábola que estaba contando Jesús, el publicano fue el que «bajó justificado a su casa». Lo único que hizo fue pedir perdón: «se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador» (Lc 18, 13).

Y eso es lo que hacemnos en la Confesión: pedir perdón a Dios, quitando esas cenizas que impiden que nuestro corazón cambie, ame a los demás.
Cuando nos confesamos nuestro corazón se dilata, se agranda porque salimos de nosotros, y entra Dios: nos llenamos de Dios, dejamos que opere en nuestro interior, que nos vaya cambiando desde dentro. Él es nuestro cirujano, quien hace la operación del transplante de corazón (6).

Un famoso periodista cuenta su propia experiencia con la confesión. Estando en Roma, después de tomarse un café se fue San Pedro. No era muy religioso, era comunista aunque bautizado.

Entró en la Basílica y, mientras la veía llegó hasta la capilla de confesionarios. El mismo nos cuenta lo que ocurrió: «Me coloqué a una cierta distancia delante de la caja –se refería a confesionario– y esperé hasta que la joven que estaba delante de mí acabara con su historia.

»Estaba arrodillada en la cabina semiabierta; parecía hablar sin fin. De repente se podía ver como le corrían lágrimas a borbotones.

»Me sentí un poco incómodo con esta escena; miré esforzado hacia alguna estatua y estaba a punto de irme, cuando el confesor me llamó desde la cabina. Yo sólo vi el brazo extendido y un dedo que me llamaba. Ya no había posibilidad de escapar, y me lancé a algo que me parecía ridículo.

»El sacerdote me hizo algunas preguntas y al final, me dio un consejo que dio justo en el clavo, como una flecha en un punto minúsculo de una diana minúscula».

Aquel encuentro con el Señor en la confesión -aunque fue un poco forzado- cambió el corazón del periodista. Porque Dios, a quien se le acerca arrepentido, le da un corazón nuevo y un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos (Ez 11, 19–20).

Cuanto más cuidemos nuestras confesiones, más frecuente serán nuestras conversiones, porque más dejaremos actuar al Señor en nosotros.

La conversión primera, quizá puede ser espectacular, pero tan importantes o más son las pequeñas conversiones que experimentamos en la confesión semanal.

Si queremos conversiones, confesiones. Cuidar la confesión es hacerla con calma, pero sobre todo es hacerla frecuentemente: la peor confesión es la que no se hizo con sinceridad, y después, la peor confesión es la que no se hizo por pereza.

«Muchas conversiones (…) han sido precedidas de una encuentro con María… Nuestra Señora ha activado las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una nueva vida» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 149).

María es nuestra enfermera, el amor que le tenemos hace de anestesia, para que el trasplante de corazón cueste menos.

Mazzuchelli & Fornés

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías