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jueves, 2 de octubre de 2008

LEALTAD

"Les dijo Jesús -leemos en el Evangelio (Mt 17, 22-27)- «Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día». Ellos se pusieron muy tristes".

Los Apóstoles se ponen tristes ante la Cruz, e incluso el espontáneo Pedro, protesta: Lejos de ti, Señor; de ningún modo te ocurrirá eso. (Mt, 16,21) ¡Qué humana resistencia al sufrimiento! Porque estamos hechos para disfrutar.

Tan humana que, hasta el mismo Señor la experimenta y también se pone triste, triste hasta la muerte (Mt 26,38), al presentir todo lo que iba a sufrir en la Pasión.

Por eso Satanás, cuando nos tienta, lo hace utilizando el placer: es una cosa positiva que el hombre entiende mejor. Si nos tentara con el dolor, lo tendría muy difícil. El bien da como consecuencia un estado placentero.

Pero no siempre el placer es resultado del bien. Esto se sabe por el resultado: la tristeza. Donde está Dios no puede estar mucho tiempo la tristeza: a no ser que se trate de una enfermedad. E incluso, en ese caso estaremos alegremente tristes.

¡Qué humana es la resistencia al sufrimiento! Por eso es más heroica la figura de la Virgen: fiel en la Cruz. Ahora le decimos: Virgen Fiel, ruega por nosotros para que aprendamos a adaptarnos al querer de Dios.

Nos sucede -a veces- que admiramos una Cruz teórica, pero después en la práctica no sabemos reconocer la Cruz de nuestro Señor en una contrariedad, en una cosa que nos cansa, en un fracaso.

Quizá imaginamos que la Cruz debía ser otra cosa distinta, incluso más dura, pero menos concreta y menos imprevista. A todos nos sucede alguna vez lo que al Cirineo, que se encontró de golpe con la Cruz, y de sorpresa.

Y es precisamente ante ese sufrimiento, quizá pequeño, pero inesperado, cuando más nos sentimos tentados a abandonar nuestra lucha.

Esto nos pasa también en las relaciones humanas: cuando las cosas van bien, cuando sólo percibimos de los demás sus virtudes y no terminamos de darnos cuenta de que tienen defectos, entonces es fácil ser leales a nuestros amigos.

Ya lo decía, no un padre de la Iglesia, pero sí uno que llevaba, al menos a la Iglesia en su apellido:
Cuantos amigos (...) te halagan si triunfando estás.
Así es muy fácil. No tiene ningún mérito.

Pero, cuando verdaderamente se demuestra la amistad, es cuando vienen las dificultades. Como bien continuaba D. Julio:
Si fracasas bien comprenderás: los buenos quedan los demás se van.
Porque las amistades superficiales no aguantan la prueba del dolor, de la contradicción. Y de estas, por desgracia hay muchas ahora mismo.

En un 11 de marzo, decía San Josemaría aprovechando que don Alvaro del Portillo no estaba presente:
Querría que le imitarais en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. En este montón de años de su vocación, se le han presentado muchas ocasiones -humanamente hablando- de enfadarse, de molestarse, de ser desleal; y ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables. Por motivos sobrenaturales, no por virtud humana. Sería muy bueno que le imitaseis en esto...
Lecciones de lealtad cuando hay motivos objetivos para enfadarse, para molestarse. Y lealtad, no con mala cara, sino con una sonrisa en los labios.

Lealtad que nos llevará a hablar siempre bien de las personas que están ausentes. Hay quien dice que el “raje” es el deporte nacional. Yo no lo creo porque vivimos en una nación cristiana y “rajar” no es cristiano. De todas formas, nosotros no vamos a contribuir a que exista esta idea en el ambiente.

Lo que tenga que decir, lo digo a la cara, a solas, con cariño, buscando que las personas a las que quiero sean mejores.

Y a sus espaldas, vamos diciendo sólo cosas buenas. ¡Qué tranquilos tienen que estar! Porque antes de hablar mal nos morderemos la lengua.

Lecciones de lealtad: tenemos que aprenderlas, porque el mayor enemigo de Dios es la ignorancia, y la mayor ignorancia que puede tener una persona en esta tierra es no entender en la práctica la Cruz.

Así lo explicaba San Josemaría:
Hay momentos en los que, tal vez por nuestra falta de correspondencia a la gracia, dejamos de ver la luz. En otras ocasiones, el Señor permite esa oscuridad, para probar nuestra fe y nuestra lealtad. Yo he dicho hace ya muchos años que, en el camino hacia Dios, una vez que se ha visto la luz de la gracia, de la llamada, hay que marchar adelante con fe, con entereza, dejando quizá, jirones de ropa o incluso de carne, en las zarzas del sendero. Pero hemos de seguir con la certeza de que Dios es el de siempre y no puede fallar. Si le somos fieles, después de la tormenta y de la oscuridad vendrá la bonanza y brillará para nosotros un sol de maravilla, todavía más luminoso... Hijos míos, después de haber escuchado la voz de Dios, no se puede volver la cara atrás.Virgen Fiel, Virgen Leal, ruega por nosotros que, a veces nos cuesta tener cintura para adaptarnos al querer de Dios. Y nos entra el afán de salirnos por peteneras.

sábado, 1 de marzo de 2008

CIEGO EN ESPAÑA

Ver resumen
A veces, la vida en esta tierra se ha comparado con una comedia en la que cada uno representa un papel.

Y sucede, en el teatro o en el cine, que lo que allí se desarrolla no es real, aunque lo parezca. El que actúa de rey, una vez acabada la función deja su corona, y se toma un bocadillo en un bar. Y lo mismo el que hace de mendigo, puede ganar millones por su actuación.

Por eso, se compara nuestra vida con el arte dramático: detrás de las cámaras y de la tramoya está la realidad, pero no en el escenario, allí todo es apariencia.

Ya lo decía un conocido actor y escritor inglés: «Todo el mundo es un escenario y todos los hombres y mujeres no son sino actores». La gracia del asunto es que, mientras más real parece lo del escenario, más falso es.

Cuando vas por Roma y te acercas al Coliseo, un circo monumental de varios pisos de alto, hecho de piedra, te salen al encuentro unos personajes vestidos de romano, con sus túnicas y sus espadas cortas, sandalias enroscadas en la pierna, el casco con esa especie de cepillo en la cabeza…

Salen a la caza del turista, a ver si pican y se hacen una foto con él, para luego cobrarles un dineral.

Lo gracioso es ver al romano delante del Coliseo. Parece de verdad, es como si te fueras veinte siglos hacia atrás, el encuadre es perfecto. Pero, si miras a los lados, si te sales de ese marco, te ves rodeado de gente como tú, de tu época. Es un contraste divertido. Moviendo ligeramente los ojos pasas de la antigüedad a la actualidad y de la actualidad a la antigüedad.

Muchas veces, a nosotros nos pasa lo mismo en la vida diaria. Estamos tan metidos en las cosas, que tenemos un encuadre que no es real, que nos puede parecer definitivo, pero que no lo es.

«No te fijes en las apariencias» nos dice el Señor por boca del profeta (I Sam 16, 7). –Por algo nos lo dirás, Señor.

En el cine nada parece real salvo la película que estás viendo. Alrededor, no se ve más que oscuridad, como si fuera un gran vacío. Pero, justamente en esa oscuridad está la realidad, las personas de verdad.

Allí, el mundo real está oscuro, parece que no existe. En cambio, el irreal, el que aparece en la película, parece el verdadero.

La realidad de nuestra vida, de cada persona sólo la puede conocer Dios, que es el que mira las cosas fuera del tiempo. Y mira, no el papel que uno representa, sino que «el Señor ve el corazón» (Idem).
Es una realidad que nuestra vida la está viendo constantemente Dios. Nosotros no le vemos a Él porque está como escondido, pero nos ve y nos oye, como ahora desde la oscuridad del sagrario.

El Señor nos podría decir: en el cine ves y oyes a personas que no están allí. Pero Yo siempre estoy contigo aunque no me veas.

Lo difícil no es creer esto, lo difícil es darse cuenta de que el Señor nos mira siempre, ver las cosas como las ve Él.

Por eso nos repite: «No te fijes en las apariencias», porque lo verdadero es ver la realidad como la ve Él.

–Señor, que veamos nuestra vida con tus ojos.

En eso consiste la luz de la fe. Con la fe tenemos la luz de Dios. Precisamente el Señor se encarnó para darnos esa visión sobrenatural.
Una visión que traspasa la oscuridad y que nos deja ver más allá de las apariencias. Nos deja verle a Él en las cosas que hacemos. Es entonces cuando todo adquiere sentido.

Lo que da sentido a una película, a los actores, es precisamente el público que la está viendo. Sin el público todo aquello no sirve.

Podemos decir, que el verdadero ciego de este mundo es el que no tiene la luz de la fe, Lo real, lo importante no es lo que yo piense, sino lo que piensa Dios sobre las cosas, las personas, los acontecimientos de mi vida.

¡Qué pena no tener fe! Sin fe no ves el sentido de la vida. Lo mismo que la ceguera impide ver el relieve, los colores, un agnostico, no sabe, ni ve lo fundamental.

Señor, danos esa luz, auméntanos la fe.

Por eso, un acto de fe en Dios vale más que todas las riquezas de la tierra. La fe nos da la luz para ver los acontecimientos de esta vida con los ojos de Dios.

Señor, Tú eres la luz del mundo; Tú vas siempre conmigo. Saber esto te cambia la vida, porque adquieres una nueva dimensión de las cosas.

A Jesús no le ves ni le oyes pero sin embargo da luz. Pasa como con la electricidad. De manera que uno no se puede explicar por qué le das a un interruptor y se enciende una bombilla.

Jesús nos da una luz nueva que nos hace vivir de distinta manera, viendo la realidad de las cosas. Vivir así, bajo la luz de la fe nos llena alegría y optimismo.

Gabriela Bossis es una actriz de mediados del siglo pasado. Alta, con el pelo rubio como el oro, activa, de paso flexible. Dicen que lo mejor era su sonrisa.

Era la menor de cuatro hermanos. Sensible, se asustaba con los juegos bruscos. Discreta. De su vida hay pocas anécdotas. Nunca hablaba de sí misma. Tuvo muy presente a Dios y contó siempre con Él.

De pequeña, a veces se escondía dentro de un tapíz, enrollada como si fuera un rollo de primavera, en un cuarto detrás de la cocina de su abuela. Y cuando la llamaban: –¡Gabriela! ¿Dónde estás? Ella pensaba para sus adentros: –Estoy con el Buen Dios.

Creció, y empezó a escribir obras de teatro, comedias preferentemente, y también poesía. Su primera obra de teatro se titulaba El encanto. Tuvo gran éxito. Viajó mucho como actriz. Estuvo en África, Italia, Bélgica, Argelia, Túnez, hasta en Palestina… Se ganó cierta fama, incluso pensó dedicarse al cine.

Se sentía –son palabras suyas– juglar de Dios. De manera natural, representaba sus obras sabiendo que Dios era su público principal.

En uno de sus viajes, a Canadá, comenzó a escribir en el barco, un libro titulado Diálogos. Allí describe su oración con Dios en medio de un trabajo tan peculiar como ser actriz.

Era consciente que, si quería, podía comunicarse en cualquier momento con Dios. El Señor le concedió, durante unos años de su vida, la gracia de escucharle con mucha claridad. Esas intervenciones del Señor iluminaban su vida, le tiraban para arriba.

Para que te hagas una idea, te leo una de sus notas. Un día estaba en la estación esperando el tren. Y, estando así, mirando a la vía para ver si venía, el Señor le hizo entender: «Tú miras con fijeza en dirección por donde va a venir el tren. De igual manera, Yo tengo mis ojos fijos en ti, esperando que vengas a Mí».

Algo tan simple como esperar un tren, Dios lo convierte en un encuentro. Algo tan indiferente adquiere sentido. Eso hace la fe en las personas, te hace descubrir al Señor.

Otro día que estaría de bajón el Señor le hizo ver: Ofrécete a Mí tal como eres, sin esperar a estar contenta de ti misma. Únete a Mí en medio de tus mayores miserias (...) ¿quién te ama más que yo?

Contrasta mucho todo lo que venimos diciendo con la actitud de los fariseos, según nos cuenta el Evangelio de san Juan en el capítulo 9.

Es un capítulo dedicado enteramente a la curación de un hombre ciego de nacimiento. Jesús le abrió los ojos.

En aquella circunstancia, los fariseos están desconcertados y enfadados porque Jesús ha hecho un milagro en sábado, el día del descanso judío.

Como no quieren creer no ven la realidad del milagro.

Intentan buscar una explicación donde no la hay. Primero le preguntan al que era ciego: ¿cómo te ha curado? Y él les contesta: «Me puso barro en los ojos me lavé y veo».

Como siguen sin creer, le preguntan a sus padres, pero ellos no saben nada.

La solución la da Jesús cuando se encuentra con el ciego a solas. Le dice: «–¿Crees en el Hijo del Hombre? Él contestó: –Y ¿quién es, Señor, para que crea en Él? Jesús le dijo: –Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es. Él dijo: –Creo, Señor».

Creyó en el Señor y empezó a ver lo que antes no veía. La realidad se le presentaba distinta, sin tinieblas.

Señor, danos esa luz, auméntanos la fe.

Jesús no sólo le dio la luz natural sino la sobrenatural. Empezó a caminar por el mundo «como hijo de la luz» (Ef 5,8), viendo las cosas con los ojos de la fe.

Podemos repetirle ahora, al Señor, las palabras del ciego cuando empezó a ver: «Creo, Señor» (Jn 9, 38).

La falta de fe es la peor ceguera, y lo peor que nos puede pasar en esta vida. Por eso corrigiendo al poeta, podemos decir:

Dale limosna, mujer
que no hay en la vida nada
como la pena de ser
ciego en España.

María vio siempre la realidad con la luz de la fe. Cada día era distinto, aunque siempre representara el mismo papel: limpiar la casa, ir por agua, cocinar, colocar unas flores…

Sabía que Dios estaba detrás de cada acontecimiento, aunque otros, en Israel, estaban ciegos y no se daban cuenta.


Balsera & Fornés

sábado, 9 de febrero de 2008

EL DIABLO SE VISTE DE PRADA

Ver resumen
Jesús fue tentado por Satanás (Cfr. Mt 4, 11). Él lo permitió para enseñarnos a vencer las tentaciones.

El diablo siempre se mueve con astucia. Nos conoce. Lleva siglos haciendo lo mismo. Ofrece exactamente lo que nos apetece en cada momento. El diablo es capaz de cualquier cosa, y, a veces, incluso se viste de Prada.

Satanás, nos tienta aprovechando nuestras necesidades. Pero también se aprovecha de nuestra vanidad y de nuestras ambiciones.

Los que practican el judo, dicen que hay que saber aprovechar los movimientos del otro para derribarlo. Pues Satanás sabe como aprovechar hasta nuestras cosas buenas –nuestras fuerzas– para derribarnos.

Podemos repetirle ahora al Señor: no nos dejes caer en la tentación.

El diablo es un buen negociante. Conoce las técnicas del marketing. Por eso, las tentaciones dan gato por liebre. Trata de vendernos cosas estropeadas. Lo suyo es la publicidad engañosa.

Hacer lo que nos pide es llevarnos al huerto aunque parezca que no, aunque pensemos que nos va a mejorar la vida. Va quemando etapas hasta que consigue tenernos para él. Hay un cuento antiguo que nos muestra su manera de actuar.

Un hombre rico se arruinó por completo y se quedó sin nada para comer. Eso le llevo a estar triste y preocupado.

Un día que iba solo por el monte se encontró con el demonio. El tentador sabía por qué estaba triste. Le propuso que si le obedecía en todo le sacaría de la pobreza y le haría el hombre más rico del mundo. Entonces hicieron un pacto.

Satanás le dijo que fuera a robar donde quisiera y que él lo protegería. Cuando estuviera en peligro solo tenía que llamarle y decir: «Socorredme, don Martín».

El hombre fue de noche a casa de un mercader, y, al llegar, la puerta se la abrió el propio diablo, que hizo lo mismo con la caja fuerte, y se llevó mucho dinero.

Al día siguiente hizo un robo muy grande, y después otro, hasta que fue tan rico que ya no se acordaba de la miseria que había pasado.

No satisfecho con haber salido de la pobreza, siguió robando hasta que lo cogieron. Pero, cuando le pusieron la mano encima, llamó a don Martín que llegó de prisa y le libró en seguida.

Al ver el hombre que don Martín cumplía su palabra, volvió a robar. En uno de estos robos fue otra vez preso, le llamó pero don Martín no acudió tan de prisa como él hubiera querido.

Los jueces habían empezado ya a hacer sus investigaciones. Cuando llegó el diablo, el hombre le dijo: –¡Ah, don Martín, cuánto miedo he pasado! ¿Por qué no habéis venido antes?

Le contestó que estaba ocupado con un asunto muy urgente y que por eso se había retrasado, pero le sacó de la cárcel.

De nuevo robó y de nuevo le pillaron. Esta vez le condenaron a muerte. Don Martín recurrió al indulto real y de este modo volvió a libertarle.

Siguió robando y otra vez lo cogieron. Llamó a don Martín, pero cuando vino el hombre estaba ya al pie de la horca.

Al verle le dijo: –¡Ay, don Martín, que esto no era broma! No sabéis el miedo que he pasado.

El diablo le dijo que no se preocupara, que traía una bolsa llena de dinero para sobornar al juez y así librarlo de la muerte.

El juez había dado ya la orden de ejecución y estaban buscando una cuerda para ahorcarlo. Mientras la buscaban, se acercó el hombre al juez y le tendió la bolsa que le había dado don Martín.

Pensando el juez que tendría mucho dinero, intentó librarle de la horca. Empezó a decir que Dios no quería que se ahorcase a ese hombre porque no encontraban la cuerda para hacerlo.

Se apartó un poco para ver el contenido de la bolsa y, en lugar de dinero lo que encontró fue una soga para la horca.

Cuando estaba con la cuerda al cuello, volvió a llamar a don Martín para que le salvase como otras veces. Pero don Martín replicó que él siempre ayudaba a sus amigos hasta el momento en el que se los podía llevar.

Termina el cuento con una enseñanza: El que en Dios no pone su confianza, en lo principal sufrirá malandanzas.

En el fondo quiere engañarnos en más importante, que desconfiemos de Dios, porque él odia a Dios.

Señor, Tú eres mi refugio y fortaleza, que nunca desconfíe de Ti.

Satanás va poco a poco. Volvamos a las tentaciones de Jesús. En la primera tentación, el Señor se sentiría débil después de haber estado muchos días sin comer. Justo en ese momento se acerca el tentador y le dice: di que estas piedras se conviertan en pan.

Conoce nuestros puntos débiles y sabe cuando actuar. El diablo nos tienta en el mejor momento: cuando nos tumbamos en el sofá y encendemos la tele, cuando vamos a divertirnos a un sitio donde hay poca luz, mucha música y poco espacio, cuando hemos pillado el puntillo, cuando estamos enfadados porque nos han regañado por algo o nos ha salido mal un examen.

Jesús rechaza con energía lo que le pide el diablo, aunque también se lo pidiese el cuerpo. Y reacciona así, porque Jesús había venido a hacer la voluntad de su Padre y no a darse gusto.

Señor ayúdanos a cortar con la tentación. Date prisa en socorrernos.

En la segunda tentación, el diablo le dice que se tire desde lo alto del templo, a la vista de todos, porque Dios no permitirá que caiga al suelo.

Si hacía lo que Satanás le pedía, todo el mundo quedaría admirado y muchos le seguirían con facilidad: ¡qué cosa más inteligente! podríamos pensar.

Eso mismo quiere el diablo: que busquemos quedar bien en todo lo que hacemos. Pero no descaradamente: que busquemos quedar bien nosotros, pensando que también lo hacemos por los demás.

En la última tentación, el demonio ofrece a Jesús la gloria y todos los reinos de la tierra, si se arrodilla y le adora.

Esta tentación es la peor de todas: que no sirvamos a Dios, que le sirvamos a él. Es muy raro encontrarnos con gente que adore al diablo directamente, eso es lo que él querría.

Pero indirectamente le adoramos cuando consigue que hagamos su voluntad, y no lo que Dios nos dice. El Señor es nuestro Padre, y quiere nuestro bien.

Satanás, lo sabe, y como lo odia, quiere que nosotros desconfiemos de Dios, y así seamos felices.

Indudablemente contra Dios nada puede, pero contra nosotros, que somos sus hijos si. Y como ve que el Señor nos quiere tanto, intenta lograr nuestra perdición.

Todo lo que Satanás sabe es engañar. Nunca dice la verdad completa. Envuelve con papel de regalo la soga con la que quiere asfixiarnos.


En definitiva, el demonio siempre promete y da algo de placer, para que piquemos el anzuelo. Pero la felicidad está muy lejos de sus manos. Toda tentación es siempre un miserable engaño. Se ve después. Además crea adicción, porque es una droga que nos hace esclavos.

María nunca actuó con engaño, siempre vivió cara a la Verdad. Y sus vestidos son de luminosos.

Ella nos ayudará a descubrir las mentiras del diablo, que aunque se vista de Prada nos es tan mono, tiene cuernos para herir a los demás.

sábado, 2 de febrero de 2008

LOS FELICES AÑOS DE NUESTRA VIDA

Ver resumen
Viendo Jesús que había mucha gente que le rodeaba, aprovechó para enseñarles algo importante y les dijo: Bienaventurados los pobres de espíritu... Bienaventurados los que lloran... Bienaventurados los que sufren persecución... (1)

Es fácil imaginarse el desconcierto y la sorpresa de todas las personas que le oyeron: ¿Bienaventurados los pobres, los que lloran, los que sufren persecuciones?

Y nosotros ahora podríamos pensar: –Pero, Señor, ¿cómo dijiste eso? Era la mejor manera de que se fuera todo el mundo, y no precisamente detrás de ti.

La gente pensaba, y sigue pensando, que la felicidad está en tener dinero, en tener salud, en sentirse aceptado por los demás...

Efectivamente, el dinero puede conseguir cosas buenas. La riqueza no es mala. Es preferible tener dinero que no tenerlo.

Pero un hombre puede ser infinitamente desgraciado aunque tenga muchas cosas. A veces habría que decir: –¡Qué pena esa familia: le ha tocado la lotería: ahora empezarán todos a pelearse! Por eso, el Señor siguió diciendo aquel día: ¡Ay de vosotros, los ricos! (2)

Luego, de la salud todo el mundo dice que es lo más importante. Es el dios de la actualidad, por eso es fácil oír: –Yo, por lo menos tengo salud, que es lo más importante.

No hay más que ver cómo se cuida la gente. Antes la gente acudía a los sacerdotes y a las iglesias para cuidar su alma. Hoy ya casi no se ciuda el alma: van a los médicos y a las clínicas y salas de belleza para cuidar su cuerpo.

El dinero, la salud y sentirse aceptado por los demás. Entre la gente joven esto último es importantísimo.

En eso consiste la moda: en ser aceptado por los demás por la forma de vestir o de hablar. Hay personas que no hacen ciertas cosas porque no pega, porque no lo hace casi nadie, por el qué dirán.

Jesús enseña precisamente lo contrario: que la felicidad está en la pobreza, en el sufrimiento, en la enfermedad, en lo que nos hace llorar y sufrir, en ser perseguido y en no caer bien. En lo que solemos llamar desgracias. Su enseñanza definitivamente no está de moda.

La enseñanza de Jesús traducida en el lenguaje de hoy sería algo así: «Bienaventurados los fracasados porque ellos serán felices; bienaventurados los que se van a esquiar y se rompen una pierna; bienaventurados los que han pillado una gripe hace dos meses y no la sueltan; bienaventurados los que tienen un cáncer; bienaventurado si se te casca el ordenador; bienaventurados los arruinados y los que suspenden un examen injustamente... En fin, bienaventurado serás también el día que te deje tu novio» (aunque, como dirían algunos, en este caso se puede entender un poco más).

Hablando con una persona que ha estado tres meses en Togo, decía que allí carecen de todo.

Comen siempre lo mismo, hay bichos de los que si te pican te pueden matar, visten todos iguales, no precisamente a la moda… y, sin embargo, están felices. Los niños están siempre sonriendo y cuando están en la escuela, cada vez que cambian de clase, cantan una canción.

Jesús también fue feliz en la pobreza: ¡nació en un establo! No es que sea necesario irse a Togo para ser feliz o nacer en un establo.

Lo que ocurre es que la mayoría de las veces, lo que nos hace mejor es la pobreza o la enfermedad, el no ser aceptado por los demás, porque todo eso nos lleva a rezar más y a estar más unidos a los que nos quieren.

Por eso dijo Jesús: Bienaventurados los pobres… porque el dinero muchas veces desune. Las desgracias son las que, de ordinario nos acercan más a Dios, y nos hacen mejores.

Podríamos decir que ni la pobreza, ni la riqueza dan la felicidad porque la felicidad está en otra cosa.

Te leo un poema que se titula "Contraste":

Ellos que viven bajo los focos clamorosos del éxito
y poseen
suaves descapotables
y piscinas
de plácido turquesa
con rosales
y perros importantes
y ríen entre rubias satinadas
bellas como el champán,

pero no son felices,

y yo que no teniendo nada más que estas calles
gregarias
y un horario
oscuro
y mis domingos baratos junto al río

con una esposa y niños que me quieren
tampoco soy feliz.

EL Señor, que está aquí, nos ve, pero no como nos ven los hombres, que ven solo la apariencia. Él ve el corazón.

Lo importante en nuestra vida no es tener dinero, salud o ser aceptado por los demás. Lo importante no es tener sino ser: ser bueno, con riqueza o con pobreza. Así es nuestro Dios: Bueno. Dios es bueno con riqueza, toda la creación es suya.

La propia vida nos enseña cómo, muchas veces, las personas que tienen salud, que son guapos, con dinero, que les aplauden allá por donde van… suelen ser arrogantes.

En cambio, cuando uno tiene pobreza, fealdad en su vida… acude a Dios más fácilmente porque se ve necesitado. Lo que nos hace ser buenos es unirnos a Dios, porque Él es bueno.

Los arrogantes no piden nada, van sobrados, por eso son mal vistos por los demás. Por eso la gente dice: esa es una creída o una prepotente, porque mira por encima del hombro, porque desprecia a las que no son como ella, a las gordas o a las feas. ¡Ay de vosotros, todos lo que sois aplaudidos por los hombres (…)! dijo también el Señor (2).

Cuando uno va de creído o de chulo, eso no le hace mejor. Dios da su gracia a los humildes, no a los creídos, porque sabe que si les da algo es peor, porque se lo creen todavía más.

Señor, danos un corazón humilde, no arrogante.

Las Bienaventuranzas señalan el camino que conduce al cielo. Normalmente es un camino difícil en el que hay que confiar en Dios, que saca bien del mal, y de los grandes males, grandes bienes.

En la Sagrada Escritura se nos habla de un personaje que tiene mucha paciencia y confianza en Dios. A Job le pasó de todo, pero él no desconfió nunca de Dios. Confió en Él cuando era rico y todo le iba bien: tenía tres hijas y siete hijos, 7.000 cabezas de ganado, 3.000 camellos, 500 asnas…

Y, cuando fue perdiéndolo todo y le ocurrieron infinidad de desgracias –la muerte de sus hijos, el robo de todo su ganado, una enfermedad dolorosa–, siguió confiando en Dios (Libro de Job).

Jesús quiere que aprendamos a confiar y abandonarnos en Dios incondicionalmente ante el hambre, la pobreza, los fracasos... porque la realidad no termina ahí: quizás nunca seremos ricos en esta tierra, pero si confiamos en nuestro Padre del cielo tendremos más felicidad que los ricos en esta vida, y luego en la otra. Pues, como dice San Josemaría: «La felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra» (3).

Hay gente que confía en Dios, pero no incondicionalmente: te venga lo que te venga. El síntoma de que uno no confía lo suficiente en Dios es que a veces se pone triste ante las desgracias.

En esta vida hay que pasárselo bien, si no nuestra confianza en Dios no funciona, no es incondicional.

Me contaba un sacerdote que, un día, yendo por la mañana a celebrar Misa, temprano, iba con la cara seria; se paró en un semáforo y un mendigo se le acercó, le miró y dijo: –¡Padre! con esa cara no va a convertir usted a nadie.

Es cierto: tenemos que estar siempre contentos. La confianza en Dios es lo que nos da la alegría; no la riqueza, ni la pobreza. Esa confianza nos hace bienaventurados.

La Virgen confía sin poner condiciones, sin depender de las circunstancias, por eso reza: «Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (...) Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada» (4).

(1) Evangelio de la Misa: Mt 5,1–12. (2) Cfr. Lc 6, 24 ss. (3) Forja 1005 (4)Lc 1,46 ss.

domingo, 6 de enero de 2008

FIESTA DE MAGOS

Hoy, 6 de enero, es la fiesta de Magos. Eso es lo que dice la Sagrada Escritura, que aquellos hombres eran magos.

Ahora están de moda los magos. El libro más conocido es el de Harry Potter. Allí, a los que no son familia de magos les llaman sangre sucia. Resumiendo mucho, se trata de la historia de un niño, Harry Potter que es perseguido por un mago malo, que se enfrenta con él y le hiere dejándole una cicatriz. Esa cicatriz le recordará al maligno su fracaso porque no pudo derrotar a Harry.

También la Navidad tiene su magia. En este tiempo celebramos que nuestro Señor se aparece a nosotros: se presenta silenciosamente en un portal.

Siempre está cerca de nosotros. Sin ir más lejos, toda la creación nos grita su presencia y su amor. Pero se esconde porque no quiere forzar nuestra libertad, obligarnos a que confiemos en Él.

Como cantaba el poeta, diciéndole al Señor: –¿A dónde te escondiste, mi Amor, y nos dejaste?

Ya sabemos que los magos aparecen y desaparecen. Cuando hablamos de ellos hablamos de sus trucos de magia. Un buen mago sabe cómo hacer aparecer y desaparecer cosas y personas.

Hoy celebramos que Dios «se nos ha aparecido». Epifanía significa «hacerse presente».

El libro del Génesis cuenta como Adán y Eva, después de cometer el Pecado original intentaron ser autónomos, y esconderse de la presencia de Dios.

Pero les duró poco, porque Dios se paseó por donde se ocultaban y les preguntó: Adán, ¿dónde estás?

Somos criaturas suyas y se comporta con nosotros como cualquier padre con su hijo: Él nos conoce y nos sorprende continuamente.

Al ser humano le apasiona el juego, como a los niños el circo. Y Dios se comporta como un ilusionista. Dios se esconde, porque es un Dios absconditus.

El Creador del universo es un niño tan débil que parece que se envuelve entre pajas por su fragilidad. Dios es un Niño pequeño.

En casa de mi madre trabajaba una chica musulmana. Y le intentaba explicar el cuadro de la Virgen con el Niño que, como buena católica, tiene en su cuarto. Y la chica musulmana le decía: –Pero Dios no tiene Madre, es grande.

Pues, entonces ¿qué estamos celebrando estos días de Navidad?

–Y la chica respondía: pero Dios es uno.
Y mi madre me comentaba: –y ahí quedó la cosa. Y conociéndola entendí: por el momento.

Efectivamente Dios es uno, pero ha querido revelarnos, que también es Hijo, ha querido hacerse hombre, naciendo de una Virgen.

Y en Navidad lo contemplamos siendo Niño, escondiendo su grandeza. Dios está acostado en un pesebre, en una ciudad insignificante llamada Belén, en Judea.

En la primera lectura de la Misa de hoy dice Isaías: «Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti».

Parece como si nos contará lo que va a suceder. Es como un juego: ahora hay tinieblas, pero luego el Señor sacará luz de la oscuridad. Como si Dios diera un golpe de efecto, sacando de su chistera cosas que no había.

Así Dios juega con nosotros, nos va dando pistas a través de los Profetas: «
He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo...

Y otra pista: Y tú Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor...

Y otra cita que parece un acertijo: El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su amo... Y otra pista más: Una rama brotará de la raíz de Jessé –Jessé fue el padre de David– y así una flor brotará de esa raíz».

También en nuestra vida va dando pistas. Podemos aprender de la magia de Dios. En realidad todos podemos ser un poco magos, todos podemos «descubrir ese algo santo» que, en el fondo, es el truco final de nuestra vida. Ese algo santo que está escondido para los que no han sido purificados por la «sangre limpia» de Jesucristo.

Dios se oculta en la Eucaristía. Los que no son cristianos no descubren el poder que tiene la sangre de nuestro Señor.

Precisamente la palabra «santidad» en griego, viene de «a-gios»: limpieza; y en latín de «sanguine tinctus: sanctus». «Teñido de sangre».

La «sangre limpia» de nuestro Señor, oculta en la Eucaristía, hace que nosotros descubramos la estrella de nuestra vida.

A las personas que comulgan con frecuencia les sucede que, sin saber porqué, van descubriendo a Dios en todo lo que hacen, y también mejoran en todos los campos como por arte de magia porque no tiene mucha explicación tanto cambio. Es el truco de la gracia de Dios que les toca de lleno.
En la vida de los Magos por un momento la estrella desapareció. Y volvió a aparecer de nuevo, como si Dios hiciera un truco. Y los Magos al verla de nuevo se sonrieron, como si aplaudieran.

En nuestra vida también sucede a veces que dejamos de ver la estrella aunque nuestra intención es de seguirla. Perdemos la ilusión que hemos podido tener por las cosas de Dios.

El Señor juega con nosotros. La vida es un juego en el que nosotros intervenimos. A veces Dios arregla las cosas a su manera, tiene salidas sorprendentes porque juega, no contra nosotros sino con nosotros, es de nuestro de equipo.

Por eso no nos debe preocupar cuando las cosas no salen según habíamos previsto.

A veces, parece que se esconde, que está callado, en silencio. No hay que preocuparse porque vuelve a aparecer siempre. Y utiliza efectos especiales como la estrella.

Muchos vieron en Jesús a un niño semejante a los demás. Los Magos, en cambio supieron ver en él al Niño, que vencería al Maligno con el amor: y así lo hizo con su cicatriz en forma de cruz.

Al reconocerle le ofrecieron sus presentes, los dones más preciosos del Oriente. También nosotros podemos ofrecerle nuestros dones más mágicos: la fe, la esperanza y la caridad.

Estos son los regalos que más le gustan, pues Él, aun siendo el Señor, no los posee: tiene necesidad del oro de nuestra fe, para comprar almas, y así extender su reinado. Tiene necesidad de nuestra esperanza, que es el incienso que necesita como Sacerdote, la oración humeante que une la tierra con el cielo. Tiene necesidad de nuestro amor.

Un acto de fe, es un tipo de magia por la que los misterios de Dios se nos hacen presentes.

¡Qué fuerza tiene un acto de fe! Que es capaz de traer a Dios sobre el altar.

¡Qué agradable es el incienso de nuestra esperanza, capaz de llegar al trono de Dios!

Pero nuestro amor es tesoro más precioso. Dile: Señor, te quiero, auméntanos la esperanza y la fe.

El oro de nuestra fe, que cree en la realeza de ese Niño.

El incienso de nuestra esperanza, que es el buen perfume que notan los que nos tratan; y la mirra de nuestro amor, que es bálsamo para aliviar el sufrimiento de los demás.

La fe nos hace ver de repente las cosas de distinta manera. La esperanza transforma las situaciones más problemáticas en optimismo. Y la caridad hace que los esfuerzos mayores parezcan que no son para tanto.

Como siempre, Herodes, «quien–no–debe–ser–nombrado», intentó engañar a los Magos, pero ellos se escabulleron por arte de magia.

Buen ejemplo para nosotros que debemos utilizar la magia de Dios –fe, esperanza y caridad– para vencer al Maligno.

Allí está la Virgen para recoger nuestro oro, el incienso y nuestra mirra, y ponerlo todo cerca del Niño para que lo vea.

Ella es la que le lleva al Señor nuestras cosas buenas. Como Madre saca de la manga todo lo nuestro que hace sonreir al Niño.

Tú eres nuestra Estrella Mar, Estrella de Oriente, que surge cuando te necesitamos.


Antonio Balsera e Ignacio Fornés

FORO DE MEDITACIONES

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