sábado, 12 de enero de 2019

16. EL DIÁLOGO


La oración de Jesús y de los santos
Un ligero susurro
Arma poderosa

LA ORACIÓN DE JESÚS Y DE LOS SANTOS

El Enemigo del Hombre, tienta al Señor en un momento de oración. Era la oración del Hombre perfecto, por eso intervienen también los sentidos. Los ángeles no pueden rezar con
el cuerpo, son seres espirituales, pero el hombre se dirige a Dios con una mirada, con una postura, con una sonrisa, con lágrimas...

El Enemigo, en persona, se presenta en el desierto, ante Jesús, como ya hizo con el primer hombre en un jardín, tentándole en su punto más débil. Pero el Mesías resistió con la oración, con la fortaleza de Dios.

Ya volverá Satán, en el momento de las tinieblas, para vengarse de Jesús por no haber querido adorarle, sino adaptarse a la voluntad de su Padre.

Y cómo obedecer a Dios puede resultar costoso para un hombre, nuestro Creador nos regala el arma de la oración. Con ella nos unimos a nuestro Padre: somos capaces de decir, fiat, hágase. Así hizo la Virgen, ante un Ángel, porque Ella es la Eva, que comenzará una nueva historia.

Así dijo Jesús, el nuevo Adán, en el Huerto de los olivos, también junto a los árboles. Oraba: Pater mi (Mt 26, 39) Abba, Pater, fiat... Padre, si es tu voluntad... hágase (Mc 14, 36).

No es de extrañar que los hombres santos se quejaran al hablar con Dios. Por eso nuestra oración puede ser, a veces de queja, como la que salió de Elías a la sombra del árbol: Basta, Señor. Lleva ya mi alma; porque no soy mejor que mis padres (1 R, 19, 4).

En el caso del Mayor de los Profetas, después de un día de triunfo, le siguió otro de depresión. Se encontraba tan deprimido que se sintió aburrido de su vocación y de su misma vida.

Llega al monte Horeb, y allí oye en su corazón que Dios le pregunta: ¿Qué haces aquí, Elías? (1 R 19, 9).

Y él contesta: He sentido vivo celo por Yahveh… porque los hijos de Israel han roto la alianza... han matado a tus profetas, de los que solo he quedado yo... y me buscan para quitarme la vida (1 R 19, 10).

Y el mismo Dios no respondió directamente a la oración del Profeta, sino que le envió señales externas.

Elías sintió un huracán que agitaba los montes; pero no estaba Yahveh en el huracán. Y, después, sintió un terremoto, pero no estaba Yahveh en el terremoto. Más tarde vino un fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Tras el fuego vino un ligero susurro.

Cuando lo oyó Elías, se cubrió con el manto y, saliendo, se puso en pie a la entrada de la cueva. Y entonces el mismo Dios le dijo lo que tenía que hacer.

Y, en esa conversación, Dios le hizo ver que sus puntos de vista eran equivocados. Había mucho de personal y, por tanto, de falso en su visión de las cosas ¡Y eso que fue el más favorecido de los profetas! (cfr. capítulo correspondiente sobre la figura de Elías y Juan el Bautista en la obra de Ronald Knox, Ejercicios para sacerdotes, Madrid 1957).

Jesús dijo que Juan el Bautista era el nuevo Elías (cfr, Mt 11, 14). También Juan, lo mismo que Elías, pensaba que el pueblo de Israel tenía una gran importancia. Fue enviado para predicar la conversión de ese pueblo, diciendo que el Reino de Dios estaba cerca.

La misión de Juan el Bautista tuvo un clamoroso éxito mediático. Miles de personas le siguieron al desierto. Pero se equivocó al creer que ese Reino iba a ser el triunfo visible de los judíos sobre todos sus enemigos.

Él pensaba que para la conversión de la nación judía era de suma importancia que el cambio se produjera también en los gobernantes, porque eran los más influyentes políticamente hablando. Para eso, era muy importante que el rey Herodes se convirtiera.

Y precisamente el que tenía que trabajar en su conversión era él, que era aclamado por todo el mundo como profeta. Y, precisamente por eso, tenía una autoridad moral fuera de lo común. Lo intentó. La realidad es que Juan el Bautista acabó encerrado en un calabozo.

No es extraño que Juan se desconcertara, y que mandase preguntar al Señor qué significaba todo lo que estaba ocurriendo. Por eso pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? (Mt 11, 3).

Igual tendríamos que hacer nosotros si estamos desconcertados: ir al Señor y preguntarle en la oración.

Y al pueblo judío, que el Bautista pensaba que triunfaría en el mundo, le ocurrió que lo invadieron sus enemigos. Cuarenta años después, vino Vespasiano, gobernador de Siria, y los 
arrasó.

Lo mismo que ocurrió en la época de Elías, en que también el pueblo de Israel fue conquistado por la autoridad siria.

Pero, aunque lo que pensaba Juan el Bautista fracasó, Dios preparaba entre el pueblo de Israel un pequeño grupo fiel, que había de formar el núcleo de la Iglesia Universal.

Lo que la historia de estos santos nos enseña es que es muy difícil saber lo que nos conviene. Esta es la tragedia de nuestra oración.

UN LIGERO SUSURRO

No es que Dios no quiera hacernos caso, sino que, a veces, pedimos cosas que no son buenas o que, siendo buenas, no nos hacen bien.

Porque todo lo que oramos el Señor lo utiliza y, a veces, para sacar adelante otras cosas completamente diferentes de las que nosotros nos habíamos propuesto.

Por eso, lo importante de la oración no es intentar doblegar la voluntad de Dios a la nuestra, sino la nuestra a la de Dios. Hay gente que ve la oración como una cosa mágica. Dicen unas palabras y quieren que los suspensos se convierten en aprobados, los malos ratos en buenos.

Quieren coger su varita mágica, y que el sapo gelatinoso y verde se convierta en príncipe azul. Por eso, antes en los libros de texto, algunos ponían:

–Virgen santa, Virgen pura haz que yo apruebe esta asignatura.

–Santo Tomás… que apruebe las demás.

Pero la oración no es un abracadabra, no es una fórmula infalible que se dice para transformar la realidad. No, a la oración vamos a conocer los planes de Dios y que Él nos dé las fuerzas para llevarlos a cabo.

Por eso le damos gracias por las inspiraciones que nos hacen conocer su voluntad, y los propósitos que nos ayudan a realizarla.

Y, de vez en cuando, también nos da afectos, que son los caramelos que el Señor nos regala para hacernos más fácil la cosa.

Señor, que mi voluntad se ablande para que acepte lo que Tú quieres.

Estando Elías en la oración, en el monte Horeb, exteriormente hubo cambios en la naturaleza.

También nos pasa a nosotros que hay como un desfile de cosas, pero suceden en nuestro interior.

En el caso Elías, fue un desfile de los elementos de la Naturaleza. Y todos tienen su significado. Esas fuerzas naturales –el huracán, el terremoto, el fuego– significan algo.

Representan las distintas emociones que se agitaban en el corazón del profeta cuando luchaba en su oración.

Lleno del celo por Dios, Elías pretendía forzar las puertas del cielo con una oración apasionada. Apasionada como los elementos más fuertes de la Naturaleza.

Pero el Señor no está ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego. Su voz se deja oír en aquel ligero susurro. La voluntad de Dios se descubre, muchas veces, de esa manera, sin violencia. Así actúa frecuentemente con las personas muy santas, exigiéndole mucha fe; ese fue el caso de la Madre del Mesías.

Nuestra Madre, María, estaba acostumbrada a escuchar los susurros de Dios, porque nuestro Señor habla bajito. Ella es la Mujer del silencio y de la escucha.

A ella le pedimos que nuestras quejas se conviertan en la oración confiada de un niño.

Y como en el caso de Elías nos dice come, que el camino es superior a tus fuerzas (1 R 19, 7).

Precisamente en los momentos de oración después de comulgar –en los que tenemos al Señor dentro– ahí vamos a recibir hoy la fuerza.
El Señor una vez más nos dice: Yo soy el pan de vida (Jn 6,35).

ARMA PODEROSA

Queremos contemplar la luz de tu rostro. Tu rostro, Señor, es lo que busco; no me ocultes tu rostro (Sal 27, 8-9).

Sobre la contemplación del Señor quien más sabe, sin ninguna duda, es su Madre, María. La Virgen es nuestro mejor modelo.

Por eso le pedimos también ayuda a Ella:
–Madre mía, ayúdanos a mirar la vida de Jesús con tus ojos.

Nadie como María se ha dedicado tanto tiempo a contemplar a Jesús. Desde la Encarnación comenzó a imaginárselo, durante los nueve meses de espera, a pensar cómo iba a ser el rostro de ese Niño tan especial.

Cuando finalmente nació en Belén lo pudo examinar, como hacen las madres, sin prisas, con tranquilidad, mientras lo envolvía en pañales y lo acostaba en el pesebre que hacía de cuna.

Desde que nació Jesús, los ojos de María no hicieron otra cosa que mirarle, se le iban siempre hacia Él. Durante los años que vivió en la tierra lo miró de muchas maneras, dependiendo del momento.

Lo miró con una mirada interrogativa al preguntarle por qué les había hecho sufrir a su padre y a ella, cuando desapareció durante tres días sin decir nada.

Lo miró con ojos penetrantes, profundos, capaz de leer los sentimientos de Jesús, durante la celebración de la boda en Caná.

Con una mirada dolorosa, sobre todo en el Calvario al ver a su Hijo clavado en una Cruz.

Y en el día de Pascua sus ojos se volverán radiantes, al ver el cuerpo glorioso de su Hijo.

Madre nuestra, enséñanos a mirar al Señor.

Ella vivió con los ojos puestos en Jesús. Sus recuerdos se alimentaban de su imagen física y de las palabras que salieron de su boca, por eso dice la Escritura que conservaba todas estas cosas en su corazón (1 Lc 2, 51).

Los recuerdos se le agolpaban en su interior. Le acompañaron durante toda su vida y los repasaba mentalmente, se entretenía mucho meditando.

El rosario es como inscribirse en la Escuela de María. Es como ver a Jesús con los ojos de ella. Por eso el rosario no es un conjunto de cuentas, sino de meditaciones.

La Virgen contemplando muchas veces estos misterios, y ahora desde el cielo, cada uno de esos pasos del Evangelio, siguen siendo el motivo de alegría.

Ella como la primera discípula de Jesús tiene un empeño grande en presentarnos el rostro del Maestro.

Hace lo mismo que hizo en el Portal de Belén, cuando con su mirada indicaba a los pastores y los Reyes de Oriente dónde estaba el Niño. Visto así ¡qué distinto se nos presenta rezar el rosario…!

Por eso san Josemaría recomendaba que, cuando lo rezáramos, hiciésemos un parón de unos segundos antes de rezar las avemarías. Para que fuese más fácil contemplar la escena. Y así seguir meditándolo mientras desgranamos las avemarías.

Rezar el rosario sin contemplaciones, es hacerlo deprisa, queriendo quitárselo de encima.

Se convertiría, como dijo el Papa Pablo VI, en un cuerpo sin alma. Por eso Jesús mismo nos advirtió: Cuando recéis no digáis palabras inútiles, como los paganos, que se figuran van a ser oídos por su abundancia de palabras (Mt 6, 7).

–Madre nuestra, danos la gracia de aprovechar bien tu escuela.

Debemos poner esfuerzo porque el rosario, por su naturaleza, tiene un ritmo pausado y tranquilo que ayuda a la contemplación o a la dormición dependiendo del amor que pongamos.

En una conocida visión que tuvo san Bernardo mientras rezaba junto a otros en el coro, observó al lado de cada monje un ángel que escribía.

Unos ángeles escribían con oro, otros lo hacían con plata, otros con tinta, otros con agua y otros estaban al lado del monje correspondiente sin escribir nada.

El Señor le hizo entender que las oraciones escritas con oro eran las rezadas con el fervor del amor. Las de plata las que se hacían con devoción. Las de tinta eran las oraciones que el monje rezaba con empeño en las palabras pero sin devoción, y las de agua eran las que se rezaban sin atención.

Los ángeles que no escribían nada eran los de los monjes que voluntariamente se distraían.

Podemos pensar que un ángel anota en un libro nuestros rosarios...

Vamos a terminar:

–Madre nuestra, ayúdanos a ser buenos alumnos de tu escuela. Empuñando el arma, con la que el Papa quiso que los cristianos venciéramos en la más alta ocasión que vieron los
siglos pasados...

María, tú eres el Auxilio de los cristianos en la lucha contra el lado oscuro:

Ruega por nosotros ¡ahora! Y cuando debamos comenzar a ser eternos...

jueves, 3 de enero de 2019

ADVIENTO Y NAVIDAD

LOS MAGOS DE ORIENTE


  

Los Magos
La estrella
Adoraron a Jesús


LOS MAGOS

En la actualidad nos encontramos con personas que tienen fe floja, que estando bautizados dudan de que el cristianismo sea la verdadera religión.

¿Por qué no van a tener razón los que tienen otras creencias? Si nosotros hubiéramos nacido en Marruecos seriamos musulmanes; y si tuviéramos a padres hebreos practicantes ahora todavía esperaríamos al Mesías.

Y podríamos seguir: si fuéramos chinos seguramente seguiríamos a Buda; y si hubiéramos nacido en la India podríamos ser hinduistas. Así que hay muchos caminos para llegar a Dios, y depende de la familia en dónde te hayas educado o el país  donde hayas nacido.

Eso piensan, y lo dicen en una conversación con amigos... y se quedan tranquilos. Pero no están dispuestos a estudiar, a profundizar en su fe, se comportan de forma superficial: practican las creencias de sus padres por costumbre, por inercia...

Y quizá tengan razón si hubieran nacido en otro país seguramente tendrían otra religión, que vivirían de igual manera, de forma tibia.

Por eso un profesor decía a algunos de estos, que son cristianos lo mismo que pudieran ser de otra creencia. Medio en broma, medio en serio les interpelaba: –Hazte budista y hunde al budismo.

Quería decir con esto, que las personas tibias hacen un flaco favor allí donde van... Y que egoístamente sería preferible tenerlos lejos, porque son unos perezosos que no quieren «complicarse» la vida.

Lo que está claro es que necesitamos  buscar a Dios con la inteligencia, pensando. Hay que buscar al Señor a través de las cosas que  suceden en nuestra vida. Dios nos envía señales mientras estudiamos, nos envía mensajes con las cosas que nos pasan.

Por eso, hablamos con Dios, nuestro amigo, unos minutos, así nos ponemos en disposición de escuchar todo lo que Él tenga que decirnos.

Aunque no somos los primeros que buscamos a Jesús. Otras personas lo han hecho antes.

El Evangelio no cuenta la historia de unos científicos, que como eran personas religiosas el Señor los llamó.

El Evangelio de san Mateo nos dice: Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (2,1s). 

Los Magos, citados en el Evangelio (Mt 2), seguramente tendrían un conocimiento religioso y científico, que se había desarrollado en lugares próximos a Babilonia.

Se piensa además que pudieran ser astrónomos. Pero no a todos los que hicieron los cálculos de la conjunción de los planetas les vino la idea de que había nacido un rey en Judá, que tenía mucha importancia para ellos.

Efectivamente había señales externas para pensar que la estrella les estaba enviando un mensaje.

Pero esas señales solo serían capaces de poner en camino a los que tuviesen también una cierta inquietud interior.

Solo se pondrían en  camino unos hombres que esperasen que mediante la estrella les llegaría la salvación.

Esto ocurre también en nuestra vida. Mucha gente puede haber tratado al chico de su vida, pero a la que verdaderamente impacta es a la señalada. Igual pasa en la vida espiritual.

Externamente todo el mundo oye lo mismo cuando escucha el Evangelio, pero hay palabras que parece que están dichas para nosotros. Por eso nos impactan.

Estos sabios de Oriente representan a cada uno de nosotros, cuando comenzamos a seguir a Jesús.

Significan la inquietud que sentimos cuando buscamos al Señor.

Cuando a ti te pase, piensa que hubo personas que también dormían mal por las noches intentando encontrar a Dios.

Me imagino a los Magos despidiéndose de sus familias estarían, que estaría desconcertadas. Pero ellos tenían la seguridad de que una Persona iba a cambiarles su vida.

LA ESTRELLA

La astronomía calculó con Kepler que, en torno al año del nacimiento de Jesús, surgió una supernova. Una estrella en la que se produce una enorme explosión, de forma que da una intensa luminosidad durante semanas y meses.

Y puede verse donde antes no se había detectado, y de ese modo daría la impresión que ha nacido una nueva estrella. 

Además por aquel tiempo se dio una conjunción de astros. La cosa se puede resumir así: «Júpiter –la estrella de la más alta divinidad de Babilonia– aparecía visible en su momento de apogeo  junto a Saturno, el representante estelar del pueblo de los judíos».

De ahí los astrónomos de Babilonia podían deducir que un evento de importancia se daría en el país de Judá. Y podrían  interpretar como que había nacido la estrella de un Rey de los judíos que a ellos les traería la salvación.

Esa posible explosión cósmica podría haber sido una primera señal para la partida. Pero la estrella no habría podido hablar a estos hombres si ellos no hubieran sido removidos también interiormente.

En la oración el Señor nos agita. Nos envía destellos, poco a poco parece que va tomando forma nuestra estrella personal. 

El camino que hicieron los magos hacia Jesús es el camino que hacemos muchos. Y que ellos fueran guiados por una estrella parece significar que también las cosas externas nos habla de Cristo.

Aunque el hombre no entienda totalmente lenguaje de la naturaleza, sin embargo el idioma de la creación ofrece algunas pistas, y conduce al hombre el conocimiento del Creador.

Indudablemente una puesta de sol nos habla de Dios. La belleza de un paisaje. La conversación con una persona. Pero estas cosas no nos afectarían tanto si por dentro nosotros no tuviéramos una inquietud.

Si me preguntáis: –¿Usted, por qué siguió al Señor?

–Fue un conjunto de circunstancias: como si se tratase la conjunción de unos astros. Por mi hermano, por un amigo, por el instituto. Y sobre todo porque notaba una inquietud interior. Como si alguien me dijera: Sígueme.              

Parece como si en la vida de cada uno de nosotros se hubiera dado una explosión: es como el enamoramiento. No es que hubiera nacido una estrella, la estrella siempre había estado allí pero al darse la explosión la gente empezó a decir que algo nos estaba pasando.

La primera persona que lo notó, la más observadora, fue nuestra madre.

Eramos el mismo, pero no éramos el mismo. Algo estaba cambiando y se notaba. Y es que estábamos siguiendo a una persona.  

En el caso de los Mago era razonable que se dirigiesen a Jerusalén en búsqueda del recién nacido, porque era de suponer que el futuro rey hubiera nacido en el palacio de esa ciudad. Por eso fueron allí. Aquellos hombres tenían sentido común, sensatez, virtud humana. Y allí en Jerusalén es donde la palabra de Dios les enseña el camino que han de tomar para encontrar a Jesús.

Nosotros también tendremos que dirigimos a personas que nos podían orientar. Aunque puede ser que si nos equivocábamos, puedan sobresaltarse como ocurrió con los habitantes de Jerusalén.
           
Los Magos llegan al palacio real de Jerusalén, y preguntan por el rey recién nacido: El rey Herodes se sobresaltó y todo Jerusalén con él (Mt 2,3).

La verdad que es muy comprensible el sobresalto de Herodes ante la noticia del nacimiento de un misterioso pretendiente al trono. Así que con el fin de aclarar la cuestión extremadamente peligrosa para él, convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país (Mt 2,4).

Lo que tendría que haber sido una buena noticia, el descubrimiento de Jesús. Para algunas personases un motivo de agitación. Parece como si Dios fuese una persona incomoda para algunos. Porque efectivamente, Dios estorba a nuestra vida rutinaria.
             
La respuesta de los jefes de los sacerdotes y de los escribas fue (Mt 2,6): Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe [cfr. Mi 5,1] que será el pastor de mi pueblo Israel [cfr. 2 S 5,2].
             
Entonces Herodes saca sus conclusiones. Lo que sorprende es que las personas que dicen eso, luego no hacen nada por ir a encontrarse con Jesús. Hay gente que sabe mucho y hace poco.

ADORARON A JESÚS         

Después de que los Magos escuchan la palabra de Dios, que les llega por los sacerdotes, entonces  la estrella les vuelve a brillar.

San Mateo utiliza superlativos para describir la reacción de los Magos: Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría (2,10).

Es la alegría  de quien ha encontrado a Dios y ha sido encontrado por Él.

Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron (Mt 2,11).

Durante la adoración a Jesús encontramos sólo a María, su madre.

Probablemente san Mateo al no citar a san José quiere recordar que el nacimiento de Jesús se hizo sin intervención de varón, y describir a Jesús solo como Hijo de Dios Padre (cfr. Joseph Ratzinger, ob. cit. p. 40).

Ante el rey Niño, los Magos (adoptan la proskýnesis) se postran ante él. Éste es el homenaje que se rinde a un Dios-Rey.

De aquí se explica que los regalos ofrecidos por los los Magos no fuesen del todo prácticos. Quizá otras cosas hubieran sido más útiles para la Sagrada Familia.
     
La tradición de la Iglesia ha visto representados, en esos tres dones que los Magos entregan, tres aspectos del misterio de nuestro Señor: el oro haría referencia a la realeza de Jesús, el incienso al ser Hijo de Dios y la mirra al misterio de su Pasión (cfr. Jn 19,39).
     
Muchos vieron en Jesús a un niño semejante a los demás. Los Magos, en cambio supieron ver en él al Salvador.

Al reconocerle le presentaron los dones más preciosos del Oriente. También nosotros podemos  entregarle los dones mejores que puede ofrecer un hombre: la fe, la esperanza y el amor.

Estos son los regalos que más le gustan, pues Él, aun siendo el Señor, no los posee.

Jesús, tiene necesidad de nuestra fe, que hace posible la oración. Y es el incienso humeante que une la tierra con el cielo, y que nosotros aportamos para completar su acción de Sumo Sacerdote.

La mirra de nuestra esperanza, nos hace ver que las penalidades de esta vida sirven completan lo que falta a la pasión del Señor.

Pero lo más precioso es el oro de nuestro amor.  Con él, Jesús extiende su reino espiritual. Lo comenzó con su sacrificio en la cruz, como indicaba la inscripción, y lo renueva cada vez que se celebra un Misa, ofrecida por nosotros y por muchos.

Como siempre, Herodes, «quien–no–debe–ser–nombrado», intentó engañar a los Magos,  pero ellos se escabulleron por arte de magia.

Buen ejemplo para nosotros que debemos utilizar los dones de Dios –fe, esperanza y caridad–  para vencer al Maligno.

Junto a nosotros está la Virgen para recoger el oro, el incienso y la mirra que ofreceremos,  y ponerlo todo cerca del Niño para que lo vea. Por eso le decimos hoy:

Tú eres la Estrella de Oriente, que surges cuando te necesitamos.






DIRIGIRSE AL PESEBRE




Con paz
Con prisa
Con María


CON PAZ

A veces necesitamos resolver asuntos que deberían estar hechos para ayer. No es extraño que a causa del estrés, al que nos vemos sometidos por las prisas, puede hacer que perdamos la paz interior.

Con frecuencia es nuestro ángel custodio quién nos hace recapacitar enviándonos una señal, que sin milagrerías nos hace entender: son luces que quizá solo apreciamos nosotros.

Y es gracias a esas iluminaciones cómo sabemos colocar las cosas en su sitio porque la paz es consecuencia del orden.

En el evangelio de san Lucas aparece la paz como el centro del mensaje del Nacimiento: paz que el mundo no puede dar porque solo la trae Jesús (cf. Jn 14,27).

Recientemente ha escrito Mons. Ocáriz: El mundo está muy necesitado de paz. Cada uno de nosotros... necesitamos de ese Niño al que los ángeles anunciaron como el Salvador (cf. Lc 2,12).

Parece como si el evangelista tratara de decirles a los hombres de aquella época que la paz que el emperador Augusto buscaba realizar se cumpliría en ese Niño pero de una forma más elevada.

En nuestro caso significa que el trabajo de la política es necesario, a veces urgente, y para muchos cristianos es su campo. Sin embargo es necesario aspirar a más, no solo a una buena gestión que garantice el bienestar.

El reino de Jesús, y por tanto su paz, son  diferentes: el reino de Dios no se ejerce solo en una zona de la tierra, y tampoco se refiere únicamente época; sino que está abierto al hombre de todos los tiempos.

Es evidente que Cesar Augusto pertenece ya al pasado, y Jesus en cambio es el presente y  el futuro (cf. Hb 13,8).

En el tiempo del Nacimiento de Jesús no es que la pax Christi se opusiera a la llamada pax Augusti, sino que la de Cristo superaría a la de Augusto, como el cielo está por encima  de la tierra.

Es cierto, como nos enseña la historia, que ese Emperador estableció años de paz, de seguridad jurídica y de bienestar.

Es cristiano darle a la política su propio espacio y su propia responsabilidad. Pero cuando un gobernante intenta atribuirse cualidades divinas, entonces la política sobrepasa sus límites y promete lo que no puede cumplir.

Por eso ni siquiera en lo humano, en el período más glorioso del Imperio Romano la seguridad jurídica, y la paz  estuvieron libres de peligro, ni se lograron plenamente.

Basta una mirada a  la Tierra Santa de entonces para darse cuenta de los límites de la pax romana.
           
En realidad, lo que el emperador Augusto buscó al tratar de endiosarse, se cumpliría en Jesús, que sin ningún poder aparece como un Niño en la gruta de Belén.

Y tuvo por huéspedes a unos pobres pastores, que no fueron ellos para disfrutar de una cena de Navidad, sino para llevarles alimentos a un Dios Indigente, que necesitaba hasta alimentos, y entonces no había bancos. Pero aquel Niño a cambio de esos regalos los lleno de admiración y de paz. Porque aquellos pastores se sintieron amados por Dios.

Por eso, un propósito para estas fiestas: acércate al Portal, no lo dejes solo para las muñecas de Famosa... Recibe bien dispuesto a Jesús en la Eucaristía: se ha quedado en ese pesebre de metal que es el Sagrario para darnos la verdadera paz, que nadie nos podrá quitar.

CON PRISA

Todas las prisas no son tóxicas, hay momentos en los que la rapidez es fruto de la alegría.

Nos dice el evangelio sobre los pastores:      Cuando los ángeles los dejaron... se decían unos a otros: “Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor.” Fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre (Lc 2,15s).

Los pastores se apresuraron, escribe san Lucas, lo mismo que dijo de María  cuando fue de prisa a la ciudad donde vivía su pariente Isabel (cf. Lc 1,39).

Los pastores fueron corriendo, seguramente motivados por la curiosidad: para ver aquello tan grande que se les había anunciado. Es una reacción muy humana y el Señor cuenta con ella.

Hay muchas cosas que se hacen en la vida por ese motivo, y no necesariamente son cosas torcidas, porque sin la curiosidad no habría ciencia. Es como un remusguillo que nos pica en el alma para que busquemos la verdad. Una inquietud, un barrunto, un cierto regomello... que tenemos los hombres por la novedad, que nos hace querer conocer... a los famosos.

Muchas veces hemos de fomentar el interés de las cosas de Dios, proponiéndolas de forma atractiva. Presentarlas como Él lo hace, sin volverlas rancias, previsibles, evidentes... para que nos pique la curiosidad.

Esto hace el Creador con nosotros: sorprendernos, asombrarnos. En muchas ocasiones Dios, como todos los enamorados, se hace el interesante. Hasta que consigue engancharnos,  y entonces nos llenamos de ilusión y nos vienen las prisas por verle más de cerca, como las adolescentes en su afán por tocar a su ídolo.

Estaba claro que los pastores estaban emocionados, llenos de ilusión, porque les había dado la gran noticia, esperada por los hebreos desde hacía siglos. Precisamente ellos estaban en el lugar oportuno y en el momento oportuno, y salieron corriendo...

Es esta otra reacción muy humana de esos hombre sencillos: porque sin ilusión hasta las cosas más sobrenaturales resultan sosas

Y a la vez la ilusión humana al llenarse de contenido divino se convierte en duradera. No es una percepción engañosa como dice el diccionario en primer lugar, sino que hace que lo normal sea atractivo.

El caso es que aquellos hombres ante el anuncio de la Navidad fueron de prisa a ver al Salvador, para ser los primeros en poder verlo. Objetivamente fueron unas personas afortunados, pero también ellos se consideraban así.

En contraposición el papa Ratzinger se preguntaba algo así como: ¿Qué cristianos se apresuran hoy cuando se trata de las cosas de Dios?

Si eso sucede tendremos que hacer autocrítica porque los que vemos a Dios no estamos siendo capaces de transmitir la alegría del cristianismo. Quizá  es porque trasmitimos la letra, las leyes, pero no la música, el espíritu

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CON MARÍA
             
El ángel había anunciado una señal a los pastores: encontrarían a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Era una señal corriente que se podía ver a simple vista.

No era una señal milagrosa en el sentido de que Dios se manifestaba de tal forma que se pudiera decir: Éste es el verdadero Señor del mundo. Nada de eso.

En este sentido, dice Benedicto XVI, que el signo es al mismo tiempo también un no signo.

Lo que estaba claro es que ese Niño estaba enviando una señal para todo el que lo quiera ver. Como cuando el Papa Francisco sale con su Opel, Jesús recién nacido está transmitiendo que el verdadero signo es la pobreza de Dios.

Cosa admirable: pues el Niño, que era la Palabra de Dios, no dijo nada, sino que estaba allí desprotegido, como cualquier bebé.

Los pastores lo que habían visto fue el resplandor de Dios sobre el campo, su lugar de trabajo. Y esta les convenció porque tenían buenas disposiciones. A otro también se le apareció un ángel y no creyó. 

Estos hombres sencillos en medio de su ocupaciones son capaces de ver las señales extraordinarias de fuera, porque tenían también una luz dentro.

En nuestro caso, por el hecho de ser cristianos, el Señor nos ha elegido para comunicar a otras personas que su vida tiene remedio porque les ha nacido un Salvador.

Nosotros no somos el Salvador, pero podemos comunicar la noticia porque sabemos donde se encuentra, en la Eucaristía, envuelto en el pan en medio de un cajón de metal o de madera. Más pobre que en Belén y más indefenso está en el Sagrario.

No olvidemos que para los pastores actuales la señal de la presencia verdadera de Dios es la Eucaristía. Y eso solo se entiende si nosotros iluminamos a los demás con nuestra fe en este Sacramento, y los que nos escuchan van contentos a darle al Señor de su tiempo diario.

Hace poco me decía un universitario de los primeros cursos de carrera que comulgando a diario y haciendo la oración se ve todo con muchísima claridad.

Él está feliz. Y lo mismo que el viene feliz cuando vuelve de Misa, también decía san Lucas de los pastores, que habían descubierto que lo el ángel ha dicho es verdad (cf. Lc 2,20).

A este chico un día le pregunté que así como los pastores daban gloria y alaban a Dios por lo que había visto y oido, que si el me tenía que decir algo:

Sí claro que tengo que decir cosa, y tecleando en mi Logitech: Me parece que debemos localizar las señales que Dios nos puede estar enviando, como por ejemplo cualquier pequeño sacrificio que nos venga a la mente, como no comerte el ultimo croissant.

Pues a mí ya me queda claro que es lo que le llevarían los pastores si vivieran en nuestro siglo XXI.

Lo que está claro es que si no te comes el croissant para poder hacer el ayuno eucarístico, y vas rápido a Misa, te encontrarás: a María y a José y al niño acostado en el pesebre.

Los pastores vieron al Niño en pobreza material, pero lo que no sabían es que era rico... nada más que hay que mirar a derecha y a izquierda, menudos Padres tuvo: autenticas joyas que también son nuestras.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías