viernes, 22 de marzo de 2019

2. NUESTRO MODELO



Por fin un nuevo Profeta 
La justicia de Dios es misericordia 
Jesús es ungido por el Espíritu 


POR FIN UN NUEVO PROFETA 

Conocer la vida del Señor nos ayuda a conocer la nuestra, pues muchas cosas de la vida de Jesús se repiten. En nuestra existencia terrena –como en la del Señor– las cosas no ocurren por que sí, están pensadas por la Providencia. 

Nuestro paso por la tierra depende en gran medida de la historia que hace siglos ocurrió en Palestina. Si meditáramos los misterios del Señor, encontraríamos luz para nuestra vida corriente.

Un día, los habitantes de Nazaret vieron como Jesús abandonó el pueblo, y se dirigía hacia Judea. Luego se supo que fue en busca de Juan el Bautista. Iba a empezar una nueva etapa en su vida. 

También nos sucederá a nosotros que, después de largos años trabajando donde ya estábamos hechos a esa tarea, el Señor quiere que pasemos página. Lo anterior formará parte de nuestro pasado.

María recordaba que el primer viaje del Señor en esta tierra fue también en busca de Juan. En aquel entonces la Virgen, embarazada, llevaba a Jesús en su interior, y el Bautista, que tampoco había nacido, saltó de gozo dentro de Isabel, su madre, al notar la presencia del Señor en el vientre de María.

Pero había pasado el tiempo, y Juan ya era famoso. La gente se decía que por fin Dios había enviado un nuevo profeta. 

En ese momento, con la predicación del Bautista, se hacen realidad las antiguas esperanzas: se anuncia algo grande. Ahora con Juan, muchedumbres iban a ser bautizadas por él, que predicaba la conversión mediante ese signo, el lavado. 

Había que reconocer los propios pecados, y llevar en adelante una nueva vida. El bautismo de Juan simboliza la limpieza de la suciedad de la vida pasada y, de esta forma, prepararse para la llegada del Enviado de Dios. El bautismo era un reconocimiento de los propios pecados, y el propósito de poner fin a la vida anterior. 

La Virgen sabía perfectamente que su Hijo no necesitaba de penitencia, y sin embargo Él fue también a ser bautizado por Juan. Pero el Bautista se negaba a hacerlo, porque sabía que en Jesús no había pecado. 

Después, María conoció las palabras del Señor cuando Juan se resistía a bautizarle: Cumplamos toda justicia (Mt 3, 15), dijo Jesús. 

LA JUSTICIA DE DIOS ES MISERICORDIA 

¿Pero de qué clase de “justicia” se trataba? Algunas veces, cristianos con formación no saben responder bien a esta pregunta. 

Es que había un plan, un bautismo de sangre, que debía cumplir el Señor para salvar a los hombres. Y ese plan se va a ir desvelando al comienzo de la vida pública con los misterios, que en el rosario, la Iglesia llama de luz. 

Tanto Jesús como Juan aceptan el plan previsto por la Trinidad. Y aunque Juan en un principio se desconcierta y no quiere bautizar al Señor, movido por las palabras de Jesús, accede a ello. 

Porque aquello podría parecer contradictorio, al no conocer perfectamente la lógica de Dios. Algunos, al pensar en Él, lo ven exigente y justo. Y otros, con una visión contrapuesta, lo consideran un padrazo amable. Pero Dios es uno, Dios es amor: su justicia tiene que ver mucho con la misericordia. Por supuesto que los pecados de los hombres habían de ser sanados. ¿Pero cómo? 

Después de la Resurrección todo se entendería perfectamente. Y como dice el Papa Benedicto, Jesús no había cargado en la Cruz con “sus” pecados, sino con las culpas de los demás hombres (cfr. Jesús de Nazaret, primera parte, Madrid 2011, p. 40). Y esta era la voluntad de la Trinidad. 

La justicia, la santidad que tenía que realizar tanto Jesús como Juan el Bautista, consistía en unirse con la voluntad del Padre. Porque la vida de Jesús, no tuvo otro objetivo que el plan misericordioso de Dios, para la salvación de la humanidad. Su nombre significaba “Yahveh salva”. 

Por eso, al comenzar su vida pública, Jesús empieza a pedir perdón a su Padre en nombre de toda la Humanidad, y lo hace yendo a recibir el bautismo de penitencia. 

La vida del Señor, no se entiende sin esta relación con el pedir perdón. Por eso si algunos negasen la existencia del pecado no encontrarían explicación al sacrificio de Jesús en la cruz, que Él aceptó desde el principio y, por tanto, no encontrarían sentido a toda la vida del Señor. 

Precisamente la tarjeta de presentación que empleó Juan, al mostrar a Jesús a los que le seguían, era llamarle el que quita el pecado del mundo. Juan, cuando presenta a Jesús, dice: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29). 

Jesús es el Cordero que moriría por Pascua. Esa fiesta judía se celebraba cada año, como recordatorio de la liberación del pueblo hebreo de su esclavitud en Egipto. 

Yahveh les había dicho que cogieran un cordero que se inmolaba, sobre las tres de la tarde; y por la noche lo comían con verduras amargas mojadas en vinagre, para recordar la tristeza de la esclavitud. 

Juan acertó, la sangre de Jesús –el Cordero pascual– iba a ser la que lavaría los pecados del mundo. 

Jesús, en una ocasión preguntó a dos, que también habían sido discípulos del Bautista: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con el que yo he de ser bautizado? (Mc 10, 38). El Señor se refería a su muerte en la cruz como un bautismo de sangre con el que nos iba a salvar. 

Resulta todo muy coherente. Lo que Jesús vino a hacer, lo representa ya desde el inicio de su vida pública. Como diciendo: 
He venido a esto. La justicia de mi Padre es misericordia para vosotros. Y vengo a realizarlo Yo.

 –“Por ahora” se hará la justicia de mi Padre mediante el agua; más adelante, al final de mi vida, se hará con mi sangre

Jesús, nos está dando luz sobre el misterio. Por eso es una pena que muy pocos mediten los pasos del Señor. El bautismo de Jesús en el Jordán, fue la anticipación de la muerte del Señor en la cruz, y también la anticipación de su resurrección. 

María, la mejor de los discípulos de Jesús, también querría ser “bautizada” con Él, y “beber su cáliz”. Ella, estuvo junto a la cruz de su Hijo, colaborando en la redención: sufrió también por los pecados de la humanidad, aunque personalmente no tenía ninguno.

Por eso Dios Padre reservaría a la Virgen el puesto a la derecha de Jesús, en su Gloria, porque había estado en ese sitio también cuando Jesús “reinaba” desde el madero (cfr. Mc 10, 41). 

Nosotros tenemos pecados: agradecemos a Jesús, y a su Madre, que hayan padecido en nuestro lugar. Queremos que nuestro agradecimiento se convierta en imitación. 

Al considerar el bautismo del Señor recordaremos que en esta vida debemos padecer por los demás, siguiendo las huellas de nuestro Maestro. Para eso somos cristianos, para decirle a Jesús: –Con tu ayuda “podemos

Podemos “beber” lo malos tragos, las injusticias que nos hagan; podemos responder bien por mal; podemos rezar por los que nos persiguen y calumnian; podemos llevar la cruz de cada día junto a Jesús, “detrás de Jesús”, siguiendo su ejemplo. 

Y si bebemos su cáliz, y “somos bautizados” entonces nos pondrá en los primeros puestos. 

No a la derecha, que está reservado para su Madre, ni tampoco a la izquierda, que es el sitio que –sin duda– ocupará san José. 

Pero estaremos en lugares destacados en la medida que hayamos salvado almas para Cristo. En esta vida, sufrir hemos de sufrir, hemos de pasar por “este bautismo”, pero no olvidemos que por la cruz llegamos a la luz. 

También nosotros podemos no entender los planes de Dios, que parece que quiere humillarse ante el mundo. Quizá nos escandalizamos de las humillaciones que recibe la Iglesia de Cristo. Quizá nos desconcierta que los buenos ocupen el lugar de los pecadores. Por favor, meditemos el Bautismo del Señor. Todo eso forma parte de un plan. Los mejores miembros de la Iglesia de Cristo llevarán los pecados de sus hermanos. Así se salvarán. 

“Por el momento hemos de actuar con toda justicia” y aceptar su voluntad, llena de sabiduría y misericordia. Ya vendrá, después, la resurrección

Como dijo el pensador inglés: “La cristiandad ha pasado por una serie de revoluciones, en cada una de las cuales ha muerto pero para resucitar; porque su Dios sabe cómo salir del sepulcro” (cit. por Joseph PEARCE, G. K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, Barcelona 1997, p. 400). Porque Jesús al salir del agua del Jordán estaba significando su resurrección del sepulcro. 

Y después de ser bautizado por Juan, en ese momento Jesús es ungido (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto, Ibidem, p. 49). 

JESÚS ES UNGIDO POR EL ESPÍRITU 

Cuando Jesús sale del agua (cfr. Mc 1, 10-11), se oyen las palabras de satisfacción de Dios Padre, que ante la obediencia de Jesús exclama: Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido

Y una paloma reposa sobre Él. Es en este momento en el que como Hombre recibe la “unción” reservada a los sacerdotes, a los reyes y a los profetas en Israel (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Ibidem, pp. 49-50). 

Pero Jesús no es ungido con aceite, sino con el Espíritu Santo, que en ese momento aparece en forma de una criatura pacífica. Jesús recibe la unción del Espíritu Santo en el momento del Bautismo; por eso es el Ungido, el Cristo, que habían esperado las personas piadosas de Israel. 

En la vida del Señor, el Bautismo es un momento de especial trascendencia. El cielo se rasga para manifestar la personalidad del Hijo de Dios. En el Bautismo aparece toda la Trinidad desvelando el misterio más grande de nuestra fe

También nuestro bautismo tiene mucha importancia. Entramos a formar parte de la vida íntima de la Trinidad. Por medio de Jesucristo, de su pasión, muerte y resurrección, Dios Padre ha querido identificarnos como hijos suyos. 

En el rito romano, después del bautismo, tiene lugar la unción con el sagrado Crisma, en el que el celebrante hace referencia a que, mediante el bautismo, hemos recibido una nueva vida, y como miembros de Cristo recibimos esa unción, como Jesús, que es sacerdote, profeta y rey. 

Somos humanos como Jesús, y gracias a los méritos obtenidos por Él, hemos sido elevados a su misma categoría divina. 

En la sangre de Cristo somos lavados y ungidos, con el Espíritu Santo, y adoptados por el Padre, que nos reconoce como hijos suyos. 

Tendría yo unos ocho años cuando mi madre me comunicó que yo era adoptado. Dicen que lo conveniente es irlo diciendo poco a poco. Pero recuerdo que, antes de recibir la Primera Comunión, mi madre me lo dijo. Me reveló que aunque ella y mi padre me habían estado cuidando hasta esa fecha, no eran mis verdaderos padres. Ellos eran solo mis padres biológicos, porque en realidad mi Padre era Dios. Yo me llevé una gran sorpresa, y fue una satisfacción, que el mismo Dios quisiera adoptarme. Precisamente es el bautismo la ceremonia de nuestra adopción. 

Jesús, al recibir el bautismo junto con la unción del Espíritu Santo, asume la dignidad de Rey y de sacerdote en Israel. Desde aquel momento, se le asigna una misión peculiar como Mesías, el Ungido de Dios. (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Ibidem, p. 49). 

Para sorpresa nuestra, la primera “disposición del Espíritu Santo lo lleva al desierto para ser tentado por el diablo (Mt, 4, 1)” (cfr. Ibidem, p. 50). 

Jesús tiene que superar allí una gran prueba. Y para prepararse, reza. Es precisamente en el recogimiento de la oración donde recibe las armas para luchar interiormente y ser capaz de no desviarse de su misión. 

Jesús tiene que reinar, pero no a través del poder, sino por medio de la humillación de la cruz. Y como Sacerdote debía realizar el sacrifico en su propio cuerpo. Jesús ora y se mortifica para aceptar su camino de Rey crucificado. Satanás le presentará las glorias de los triunfos humanos, pero Él las rechaza. Porque le desviarían de su misión: salvar a los hombres, con su bautismo de sangre y con su resurrección. 

Al ver tantos fracasos en la vida de los buenos cristianos podemos rebelarnos, sentir que son los fieles a Jesucristo los que tendrían que tomar el poder, y ser premiados en esta vida. Pero la mayoría de las veces no es así. No hay que intranquilizarse si la verdad sale mal parada algunas veces, porque Dios de los males saca bienes. Y el fracaso de los Santos no es la última palabra. 

Tenemos que ser bautizados con la misma sangre de Cristo, beber de su cáliz. Ya vendrá la resurrección de las almas. Pero no el poder y la gloria humana. Esto lo iría entendiendo poco a poco la Virgen. Según se iban desarrollando los misterios de su Hijo, Ella iba meditando, como siempre.

viernes, 15 de marzo de 2019

1. JESUCRISTO


Jesús es el Cristo
El que limpiaría nuestros pecados 
Igual a nosotros excepto en el pecado


JESÚS ES EL CRISTO

Durante mi estancia en la universidad, me contaron que un profesor pidió voluntarios para hacer trabajos sobre diversos temas. Y como era un “anticristiano combativo”, al enunciar en su clase el título de “la Moral Católica”, se produjo entre sus alumnos un silencio que se cortaba. Pero un chico se levantó y dio su nombre para hacerlo.

Y el día señalado para la exposición oral del trabajo, había cierta 
expectación, y todos esperaban que ese alumno “criticase a la Iglesia” para congraciarse con el profesor.

La sorpresa fue grandísima cuando el estudiante hizo una exposición muy clara del catolicismo, sin que faltasen las res-puestas, a lo que el profesor había ido diciendo en sesiones anteriores. Y al terminar, ese alumno dijo: –No he hecho nada más que documentarme, porque, yo personalmente, soy judío.

La clase finalizó sin más comentarios. Pero por lo visto el profesor se permitía, de vez en cuando, ridiculizar, como de pasada, algunos puntos del cristianismo.

Y en una de esas ocasiones, este chico –que era uno de sus mejores alumnos– le interrumpió: –Oiga, yo vengo aquí para aprender historia, no para sufrir su falta de respeto a las creencias de algunos.

Según él mismo contaba, sus inquietudes espirituales fueron en aumento... Casi todas las preguntas que se hacía tenían el mismo objeto: la divinidad de Jesús.

Por lo visto, aunque sus padres eran judíos no practicantes, él –cuando tenía catorce años– había sentido un gran deseo de buscar a Dios. Y empezó a recibir clases de un rabino, ya anciano, que le tenía mucho cariño.

Pero este chico buscaba más, y no encontraba respuesta. Se preguntaba: – ¿y las promesas de Dios a Israel?, ¿Y el Mesías?

Aquel rabino anciano le dio entonces un consejo sorprendente, que no se le olvidaría. Le dijo: –Busca a Cristo. Yo ya soy viejo; si tuviera tu edad buscaría al Jesús de los cristianos.

Y pasado algún tiempo fue a charlar con el sacerdote católico que él conocía, y tuvo un buen rato de conversación. Después, buscó a uno de sus más íntimos amigos y le comunicó: –He decidido bautizarme: tengo la fe, creo que Jesús es Dios.

Lo que le sucedió a este chico puede que, de otra forma, nos suceda también a nosotros. Pues la Palabra de Dios se ha hecho Hombre para todos, y es lógico que quiera una respuesta de nuestra parte, si estamos en disposición de escucharle.

Estando en Cesarea de Filipo, Jesús hizo una especie de encuesta entre los apóstoles, para ver lo que la gente pensaba sobre Él (cfr. Mt 16, 13-16).

Quizá, si la realizáramos entre nuestros amigos, seguro que muchos dirían que fue un personaje excepcional, un adelantado a su tiempo, un pacifista o cosas por el estilo.

Incluso, algunos acabarían por confesarnos que “creen en Jesucristo, pero en la Iglesia no”. Lo que vendría a significar que piensan que Jesús dijo e hizo cosas admirables, pero que “no sigue vivo” entre los cristianos, o sea, que no es Dios.

Después de responder a Jesús sobre lo que pensaban los demás. El Señor les preguntó a ellos:
–Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió Simón Pedro:
–Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. (Mt 16, 15-16).

EL QUE LIMPIARÍA NUESTROS PECADOS

Efectivamente, los cristianos creemos que el Hijo de Dios se hizo Hombre en el tiempo. Precisamente la Historia se ha divido en dos98mitades, antes y después de su “encarnación”. Hay muchos testimonios de su vida y de su muerte. Nació en una nación, que después de tantos siglos y persecuciones, todavía pervive, la hebrea.

Sabemos que los creyentes judíos, aun en el día de hoy, esperan la llegada del Mesías. Un rey que tendría que nacer en Belén y provendría de la familia de David.

Pues bien, los cristianos creemos que Jesús de Nazaret, nacido hace más de dos mil años, descendiente de ese rey es precisamente el Mesías, que es lo mismo que decir Ungido o Cristo (son palabras que significan lo mismo).

Desde muy antiguo, el nombre de Jesús se unió precisamente al de Cristo, porque los primeros fieles creían firmemente que Jesús era el Ungido de Dios, su Hijo y además descendiente de David, según la carne. Y por eso le llamaban entonces, como también hacemos hoy: “Jesucristo”, que venía a decir “Jesús es el Cristo”.

Jesús no es solo Dios, sino también perfecto Hombre. El último concilio ecuménico ha dejado constancia de que solo Él puede enseñar al hombre a ser hombre. No simplemente porque es nuestro Creador, sino porque ha querido encarnarse en el vientre de una mujer. En todo es semejante a nosotros, menos en el pecado.

Lo que no significaba que no tuviese tentaciones. Porque es muy humano ser tentado. Por eso, para explicar cómo podemos vencerlas, es también necesario conocer, cómo el Mejor de los hombres derrotó al enemigo.

Precisamente, esa era su misión al encarnarse: salvarnos de la esclavitud de Satanás. De hecho en su Nombre ya se declara qué es lo que venía a realizar. Pues “Jesús” significa “Yahveh salva”. Tendría que llamarse de alguna manera y ese era el nombre que más le cuadraba: era Dios y el Salvador.
Desde el inicio de su vida pública, queda claro que su Misión y su Persona estaban unidas: el Hijo de Dios que viene a quitar el pecado del mundo.

La Iglesia ha pensado que el bautismo de Jesús nos da “luz” sobre su vida. Y por eso, algún evangelista comienza el relato en ese momento, porque vendría a explicar todo el conjunto.

Porque el bautismo viene a significar lo que luego realizaría con su muerte y resurrección. Él anunció, que tenía que ser bautizado con un bautismo de sangre y al tercer día resucitaría de entre los muertos.

Con el bautismo de penitencia en el río Jordán, Jesús se sumerge, cargando con nuestros pecados, no con los suyos. El agua simbolizaba un sepulcro líquido, y el surgir de nuevo de ella, era símbolo de la resurrección de entre los muertos.

IGUAL A NOSOTROS EXCEPTO EN EL PECADO

Pero no acaba ahí la cosa. Una vez que Jesús surge del agua, se oye la voz de Dios Padre. Y no se le unge su cabeza con aceite, como se hacía con los reyes y sacerdotes, sino que el Espíritu de Dios, en forma de paloma, reposa sobre Él. Porque se trata de una unción especial, un aceite de gozo, que hace exultar al Padre. Y en ese momento se nos revela la intimidad de Dios: las Tres Personas se nos hacen presentes. Porque el plan de la salvación es de la Trinidad.

Es lo que cuenta uno de los Apóstoles:
Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y entonces se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz desde los cielos dijo:
—Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido (Mt 3, 16-17).

Jesús lo dirá poco después en la sinagoga de Nazaret, al anunciar que se había cumplido la profecía de Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido (Lc 4, 18).

Jesús es nuestro Rey. Lo es por ser Dios, lo es por ser descendiente directo de David. Y lo es por derecho de conquista, con su pasión, muerte y resurrección, alcanzó ese liderazgo, así que a este Hombre perfecto le cuadra la inscripción, que a modo de señal fue puesta en la cruz en las tres lenguas más importantes de su época.

Jesús es Sumo Sacerdote de una nueva alianza entre Dios y los hombres. En su Persona convergen las dos orillas, porque a su naturaleza divina se une la humana, por eso puede ser el gran Mediador.

Si no hubiera experimentado la tentación, quizá se hubiera pensado que no era un hombre igual a nosotros, y lo es.

Además, Jesús, venciendo la tentación, nos da las armas para que nosotros también la venzamos. Pero no adelantemos acontecimientos; tenemos que ver poco a poco cómo se desarrolla su vida, porque la nuestra sigue sus pasos.

Lo primero es el Bautismo, y después recibimos la Unción con el Santo Crisma, que nos hace fuertes para la pelea. Pero Jesús, fue el primero, como veremos a continuación.

Nosotros, después de recibir el Bautismo y la Confirmación, ya estamos preparados para la lucha. No olvidemos, que el tiempo nuestro en esta tierra es una etapa de prueba, similar a la que tuvo el Señor en el desierto y durante toda su existencia; repitamos, Jesús es igual a nosotros excepto en el pecado.

sábado, 9 de marzo de 2019

LAS TENTACIONES




EL NÚCLEO DE TODA TENTACIÓN

Es muy humano ser tentado. Nuestro paso por esta tierra tiene mucho de tiempo de prueba. Todos los hombres han pasado por esta experiencia, así que no tiene nada de extraño que el mismo Jesús sufriese tentaciones, porque es un hombre auténtico, semejante a nosotros, incluso más humano. Además el comportamiento de Jesús frente a las tentaciones nos enseña cómo debemos superarlas.

El pecado consiste en la transgresión del orden querido por el Autor de la naturaleza, el causante de todo el daño realizado en el mundo. Y las tentaciones que acechan al hombre son las causantes de que haya caído en ese estado.

En el Evangelio aparece con toda claridad el núcleo de toda tentación: apartar a Dios de nuestra vida, ponerlo en un plano inferior; pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto, en comparación con todo lo que parece más urgente.

La tentación consiste en querer poner orden en nuestro mundo por nosotros mismos, sin Dios, contando únicamente con nuestras capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades humanas y materiales, y dejar a Dios de lado, como si Él solo existiese en un mundo ideal.

SEXO, DINERO Y PODER

La tentación se presenta siempre vestida de realismo. El diablo conoce bien los intereses del hombre, y cuáles son sus puntos débiles. Nos dice lo que queremos oír, que lo verdaderamente real es lo que se puede tocar. Y va en primer lugar a los bienes tangibles representados por las fuerzas de los instintos básicos que más atraen al hombre, que sintéticamente podemos llamar "pan o sexo"; además el deseo de éxito humano, de todo lo que se puede comprar, que podemos sintetizarlo en el "dinero"; a lo que se añade el deseo de "poder".

Y aquí están "el sexo", "el dinero" y "el poder", como podríamos resumir lo que san Juan nombra como "la concupiscencia de la carne", "la concupiscencia de los ojos", y "la soberbia de la vida".

FE, ESPERANZA Y CARIDAD

La tentación va a lo fundamental, a que dudemos de Dios. ¿Es real? ¿Es tan bueno como se dice, o debemos nosotros mismos decidir lo que es bueno? En la tentación las cosas de Dios aparecen como poco realistas, formando parte de un mundo secundario, que no nos hace falta para la vida corriente.

San Mateo va a narrar las tentaciones de menos a más, como si el tentador fuese primero a lo más básico y luego fuese poniendo el listón más alto cada vez al comprobar que superaba la prueba anterior. Al tratarse de un orden más lógico seguiremos lo que escribe este evangelista.

Y como veremos los dardos del Enemigo va a ir en primer lugar a la fe, después a la esperanza y en último lugar al amor a Dios.

En la primera tentación el diablo parece querer atacar la fe. Ahí pincha en duro. Al querer que el Señor desordene su criterio buscando en primer lugar satisfacer su instinto básico se encuentra con que Jesús le corta en seco diciéndole que hay otro alimento que proviene de Dios.

La fe nos indica que no solo las cosas materiales tienen importancia, también la tiene lo que no se ven. La luz divina hace que descubramos que hay realidades que proceden de Dios pero que no son materiales.

Por eso el demonio va a por la fe, porque ella es la raíz. Y si logra herirla, el árbol espiritual terminará secándose, porque por de allí le llega la savia.

Si superamos esa tentación contra la fe, entonces va a por la esperanza. Quiere que desviemos nuestra mirada de lo que Dios nos ha prometido, y nos centremos en los bienes de la tierra: el dinero, la gloria humana, el éxito.

Y si el diablo observa que nuestra esperanza está anclada fuertemente en Dios, entonces la tentación siguiente es más espiritual. El demonio está lleno de soberbia y busca el poder, y finge tenernos como colaboradores. Intenta que confundamos el servicio con el mando, lo mismo que quiere que confundamos el amor con el sexo.

Lo que intenta es quitarnos la caridad y para eso busca llenarnos de egoísmo: centrar nuestra mirada en nosotros, hacer nuestra voluntad, no obedecer a Dios, como él hizo.

Él odia a Dios, quiere ocupar su puesto, busca quitarnos el Amor, y para eso empieza por abajo, intentando quitar la confianza en el Señor, introduciendo la sospecha: esto es lo que hizo con los primeros hombres. Y también quiso hacer con Jesús. Y querrá hacer con nosotros.  Todo esto lo desarrollaremos más adelante.

domingo, 10 de febrero de 2019

SANTA MISA



Lo más importante

Pregunté a una persona para que adivinase el tema de la meditación. Y como pista le dije que era el tema más importante.

Enseguida me respondió:
–La fraternidad
–Más importante
–La filiación divina.
–Más importante
–La unidad de la Iglesia...

La filiación divina, la fraternidad y la unidad de la Iglesia tienen fundamento en la acción más importante que puede hacer un hombre: asistir o celebrar el Sacrificio del Altar. Es lo que nos convierte en el mismo Cristo, lo que nos hace ser uno, por la común-unión.

Qué importante es la Misa para la labor apostólica con la gente joven. Es el momento más importante de formación. Lo sabemos por experiencia: cuando una persona asiste un día y otro día, un mes y después otro mes, se da el cambio.

De forma silenciosa el Señor va transformando el alma de las personas que se le acercan tan de cerca. Eso es lo que nos ocurrió a muchos de nosotros. Cuando pasaron los meses y miramos para atrás nos dimos cuenta del cambio tan grande.

Los sacerdotes hemos visto conversiones en gente que ha empezado a asistir regularmente. Se da el cambiazo, por eso es el momento más importante de la formación.

Así como para una persona joven la Misa es una fuente de conversión rápida, para la gente mayor existe un problema: somos humanos y el ser humano se acostumbra a todo.

El ser humano se acostumbra a vivir con poquísima comida en un campo de concentración. Y se acostumbra no sólo a lo malo. También a lo bueno: puede vivir en un palacio y parecerle lo más normal del mundo. Uno puede vivir cerca de una estación o cerca de un aeropuerto, y se acostumbra, y no impedirle dormir el ruido que hacen los trenes  o los aviones. Porque el ser humano tiene esa capacidad acomodaticia.

Por eso podemos acostumbrarnos a lo más importante de nuestra vida y de nuestro día. Y ponernos de mal humor si un sacerdote se retrasa dos o tres minutos.

Todos podíamos hablar de cosas maravillosas sobre la Santa Misa. Por que en verdad la Santa Misa es lo más grande que nosotros podemos hacer en este vida.

Tiene más  valor que todos los santos juntos, incluida la Santísima Virgen. Hemos asistido esta mañana a este prodigio y sin embargo, aquí estamos.

El ser humano tiene una capacidad increíble para acostumbrarse a todo. Hacer costumbre: eso es una cosa positiva si se trata de construir hábitos buenos.

Pero también la costumbre puede quitarle importancia a las  cosas, simplemente porque las repetimos. La costumbre nos acostumbra.

Le decimos ahora al Señor:
–Que no me acostumbre jamás a tratarte

El secreto oculto del Evangelio

Nos dice el Papa Benedicto en la carta Deus cáritas est que el Evangelio no es original porque transmita nuevas ideas.

Lo curioso es que lo importante del Evangelio no es el ideario. De forma sencilla lo dice el Papa:

«La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas».

Y es que el santo no es el que sabe los criterios evangélicos, ni siquiera el que los llevara a la práctica.

El Señor no quiere hacernos unos teóricos, ni tampoco quiere hacernos unos prácticos. Lo que pretende es que descubramos la figura del Salvador, y tengamos amistad con él.

El Papa va más allá: Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios.

Dios que actúa en la historia de la humanidad de forma desconcertante.

Lo que pretende es salvar al hombre y lo hace según su lógica original.

La lógica de Dios es el don, el regalo, la gracia, la gracia, el amor: se puede decir de muchas formas pero la realidad es una.

El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. Dios no necesita nada de nosotros, nos quiere porque Él es bueno, no porque nosotros seamos buenos.

Estamos en una sociedad comercial, donde se puede meter el interés hasta en el apostolado. Por eso cuando la gente ve que se la quiere para obtener un fin, en seguida da la estampida.

Sin embargo el amor no es así, no busca el interés personal. Y el amor, en su forma más radical, lo realiza Dios muriendo en una cruz.

Es aquí, en la cruz –dice el Papa– donde puede contemplarse esta verdad, que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8).

Pero eso no ocurrió una vez, y ya está. Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía

Esto es la Misa: el amor de Dios que llega  extremo de aniquilarse por nosotros: la kénosis. Dios que se enfrenta consigo mismo, que se pone entre las cuerdas, por nuestro amor.

Y la Misa, como todas las cosas en la que participamos los hombres, podemos convertirla en una rutina: puede formar parte de nuestra rutina diaria, de nuestro plan de vida.

Y aunque haya rutinas buenas, también es verdad que no es sólo una cosa que hacemos nosotros.

La Misa es un rito, pero es mucho más. El Papa nos habla de la “mística” de la Eucaristía: la base de este sacramento es el abajarse de Dios hacia nosotros.
           
El mandamiento del amor, que hace Jesús el Jueves santo, sólo se puede entender a partir de la Eucaristía .

El Señor nos manda que amemos, y esto parece una cosa extraña: ¿se puede mandar amar?

Benedicto XVI remacha que Dios puede mandarnos que queramos porque nos no da:
el amor puede ser «mandado» porque antes es dado.

En el ámbito de la Última Cena, en la que el Señor anticipó su entrega, es cuando Él nos manda que nos queramos.

Y luego envía a sus discípulos a eso: a que vayamos y demos fruto de Amor de Dios y al próximo.

Precisamente se llama Santa Misa dice el Catecismo «porque la liturgia en la que se realiza el misterio de la salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana» (n.1332).

Los Santos —pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta dice el Papa— han adquirido su capacidad de amar al prójimo gracias a su encuentro con el Señor en la Eucaristía.

Asombro ante el Misterio

Como contrasta todo esto con la imagen que dan –no los santos– sino algunos buenos cristianos:

La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto (Camino, n. 529). 

530* ¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar?

Estos puntos 529 y 530 de Camino recogen convicciones muy profundas de Josemaría.

Indudablemente esto que escribió era fruto de  su experiencia y de su estudio.

Por eso, la pausa al celebrar la Misa, y la actitud de oración y de adoración en el Sacrificio del Altar fue  para San Josemaría un asunto vital.

En la tarde del día 21 de octubre de1938, estando en Burgos, fue con tres o cuatro miembros del Opus Dei a visitar la Cartuja de Miraflores.

Al volver, hicieron juntos un rato de lectura espiritual, además les dio una meditación y después tuvieron un rato de tertulia.

Lo que ahora nos interesa es aquella lectura que hicieron, que porque tiene relación con el punto de Camino que acabamos de leer: el 530.

Leyeron unas páginas de un libro que San Josemaría conocía muy bien, y que estaba manejando aquellos días.

Me refiero a la célebre Instrucción de sacerdotes, del cartujo del siglo XVI Antonio de Molina.

Eran los capítulos dedicados a la pausa y gravedad con que se ha de celebrar la Santa Misa, sin apresuramiento.

 «El libro y el tema –escribe Eduardo Alastrué en el Diario de ese día–, muy interesante: duración de la misa.

El autor desmenuza admirablemente la cuestión y quedamos perfectamente enterados, mejor dicho, confirmados en nuestra opinión de que el barullo, la prisa, el decir y hacer todo a medias, si son en las cosas corrientes un gran defecto, en el Santo Sacrificio son intolerables»

Las páginas del monje cartujo son, en efecto, piadosas, rigurosas y profundas. Así comienza el cap. 12:

«Es tan extremado y universal el abuso que hay en este tiempo acerca de decir la Misa acelerada y atropelladamente, que a los que lo miran con ánimos píos y religiosos les lastima mucho y quebranta el corazón».

Lo que el P. Molina veía como algo tan «universal» en el siglo XVII, era igualmente una cuestión pastoral en la época de San Josemaría.

Y así lo reflejó en este punto 530, escrito por aquellos días.

A Eduardo Alastrué, que participaba esos días en la Santa Misa que celebraba el Beato Josemaría, le impresionó, sin duda, esta lectura por lo que vivía a diario en aquellas celebraciones.

Al día siguiente, al anotar la actividad en el Diario del pequeño grupo, que acompañaba a San Josemaría, escribe: «Una meditación paseando, la Misa –de las que hubieran satisfecho al P. Molina– y el desayuno en las Teresianas...» (Diario de Burgos, 22-X-1938; Eduardo Alastrué).
           
Y es que como decía el Sto. Cura de Ars: «todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios» (Nodet, p.107).

La santa Misa, Obra de Dios, trabajo de Dios, así lo entendió San Josemaría, un trabajo que le rendía, pero que le era muy grato. Por eso escribió:

Es tanto el Amor de Dios por sus criaturas, y habría de ser tanta nuestra correspondencia que, al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes. FORJA 436.

A esa actitud de amor de los santos se contrapone nuestra rutina y nuestra acostumbramiento, en definitiva nuestra tibieza.

El Santo Cura de Ars, que tantos sacerdotes confesó, aseguraba que la tibieza en el sacerdocio se deba a no dar importancia a las distracciones durante la Santa Misa.

Las distracciones, que no deben asustarnos, sino corregirlas sin perder la paz: somos niños débiles delante de Dios.

San José, modelo de persona atenta, siempre con el alma a la escucha de la voluntad de Dios le decimos:

–¡Qué hombre tan afortunado fuiste!

–Te fue concedido no sólo ver y oír a Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también te fue concedido abrazarlo, besarlo, vestirlo, y cuidar de Él.

–Ruega por nosotros afortunado José, para que tratemos a Jesús en la Santa Misa con el cariño con el que asistía la Virgen.





sábado, 26 de enero de 2019

PODER VERSUS SERVICIO


 
La soberbia de la vida
Poder versus servicio
Llamar servicio al poder


LA SOBERBIA DE LA VIDA

Entibia el Amor

Al meditar sobre las tentaciones de Jesús y las nuestras, podríamos considerar que la peor de ellas, es la que va dirigida a entibiar el Amor. Sería la tentación contra la Caridad,  a la que san Juan  llama  soberbia de la vida.

La otras tentaciones importantes, como la concupiscencia de la carne, y la de los ojos, también nos conducen al lado oscuro, pero lo peor es la soberbia, el pecado propio de Satán –príncipe de los diablos–, que sumerge al hombre en abismos de sombra.

Un santo moderno calificaba a esa fuerza  como la más “deletérea”, la que más nos destruye interiormente y hace pedazos la unidad con otros.

Lo que separa

Precisamente la palabra “diablo”, significa lo que separa, y por eso el pecado de soberbia es “lo que desune” por que es consecuencia de la acción propia de los demonios.

Es la cáritas la que construye “puentes” entre los hombres, mientras que la soberbia, al querer elevarse por encima de los demás, construye muros de separación.

Ciertamente es así. Una poeta española contemporánea dice que si el diablo se hubiera enamorado no habrían existido las guerras, porque el amor lo perdona todo (cfr. Gloria Fuertes en La poesía no es un cuento).

Rodearse de súbditos
Satán carece de amor a los demás y se “rodea” de una corte de súbditos, no tiene amistades.

Codicia el poder y no lo delega en los demás, que para él son esclavos a los que “utiliza” como marionetas; se sirve de ellos, “no  sirve” a ellos.

Y a los que el Demonio “utiliza”  como aliados, no es que sean sus amigos, sino que están unidos por el odio, la envidia hacia Dios y a otras personas.

Por eso el ambiente donde “conviven” esos seres desgraciados es tétrico, están solos porque detestan la compañía, porque desconfían de todos, por eso alguien ha dicho que  “el infierno son los otros”.



PODER VERSUS SERVICIO

Competidores

Para los soberbios los demás son vistos como “instrumentos”, no son queridos por si mismos. Son considerados  competidores, que podría quitarles cuotas de poder; y por eso las cualidades ajenas entristecen, pues podrían conseguir que “los otros” subieran, por delante, en el escalafón.

Satanás, sembró en los primeros hombres, la semilla de su soberbia, queriendo que aspiraran a ser dioses, pero sin contar con Dios.

Cada uno a lo suyo

Y el Demonio, en forma de astuta serpiente, les incitó a desobedecer, a desoír la voz del Creador, y consiguió que utilizasen la libertad para querer ser “dueños” de su destino con el “poder”que habían recibido de Dios. El Diablo le engañó, haciéndole pensar: –Que ellos no necesitaban de Dios.  

No es nada nuevo, en la actualidad muchos viven como si Dios no existiera

De alguna forma los pecados más importantes tienen en común la codicia de poseer el poder. La Serpiente introdujo en Adán y Eva la sospecha. Juan Pablo II define a Satanás, como el maléfico genio de la sospecha.

El Diablo les insinuó algo así como que Dios no quería darle el don principal. Entonces les animó a tomar de esa fruta sabrosa, que es poder, el que no lo tiene lo persigue con avidez, y el que lo tiene no desea dejarlo.

Serviré

La codicia del poder se contrapone al servicio  a los demás. Satán también tentó a Jesús con “el poder”, pues se convenció –como dicen los Padres de la Iglesia– que no era Dios.

Pero lo que sabía es que era el Mesías y le propuso, que le adorase, porque si lo convertía en su dios, entonces le daría el gobierno sobre los pueblos de la tierra, porque después de ser desalojado del cielo, este era su reino, aquí dominaba él.

LLAMAR SERVICIO AL PODER

Ocultar la codicia

Esa tentación de detentar el poder es tan fuerte que “el que manda”, a veces, quiere “encubrirse” diciendo que el gobierno es un servicio.

Es tan fuerte el deseo de poder que los legisladores de los distintos países han creado “contrapesos”, para que no se dé la tiranía.

Por desgracia también en la actualidad estamos contemplando gobiernos corruptos que intentan perpetuarse en el poder.

Perpetuarse en el cargo

Es una tentación, que las legislaciones tratan de solucionar con la limitación del tiempo de los mandatos, porque los dictadores lo que persiguen es mantenerse en el cargo.

Es corriente que el poderoso que se perpetua en el tiempo, se rodee de personas que le aseguren en su sillón de mando.

Las camarilla de los gobernantes suelen estar compuesta de subalternos de perfil bajo, o de tecnócratas; pues suele ocurrir que el gobernante no quiere personas que le hagan sombra, sino que le obedezcan con sumisión.

Incluso busca a familiares, mujer e hijos para que les sea más fácil perpetuarse en el gobierno.

El que quiera ser grande

Pero entre los seguidores de Cristo no debe ocurrir así, y menos en el gobierno de la Iglesia.

La codicia por el poder no es cristiana, lo que Jesús enseñó es justamente lo contrario. El que quiera ser grande que ocupe el puesto de menos rango, que se haga el siervo de todos, que no busque mandar.

Teresa de Jesús con mucho tino decía que a los que los desean  gobernar en la Iglesia no están capacitados para ello. Ya el buscar el mando les corrompe en su vida cristiana.

Efectivamente algunos eclesiásticos pueden buscar mandar para intentar arreglar los asuntos que marchan mal.

Pero pensar eso es una ingenuidad, porque el que puede enderezar las cosas es Dios, y no utilizó para poner las bases de su Iglesia a sabios atenienses sino sino a pescadores de Galilea, así se ve más claro que la Iglesia la gobierna Él, mediante su Amor.

Que se representa como paloma, en el transparente de la Basílica de San Pedro, o está en María, su Esposa, Madre de la Iglesia, que se da a ella misma el título de Esclava del Señor, porque lo era.


FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías