martes, 17 de septiembre de 2019

INDIGENTE

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Pobres de espíritu 

En una residencia de universitarias, en el expositor de ventas de libros de espiritualidad, había productos de cosmética. Y pregunté a la encargada que si los artículos de belleza se vendían con facilidad. «Claro que sí. ¿No ve que estamos en la edad de querer llamar la atención?».

Pues mira, ninguno de nosotros duda que la Virgen es en la actualidad la mujer más guapa. Otra cosa es pensar cómo sería cuando vivió en la tierra. Pienso que no sería una mujer despampanante, que la gente volviese la vista cuando pasara.

A don Álvaro del Portillo le contaron una leyenda que decía que las chicas de Nazaret eran muy guapas porque en ese pueblo había una fuente que tenía la propiedad de dar la belleza a las que bebieran de ella. Y don Álvaro comentó, que él pensaba, que María aquí abajo no sería una gran belleza, sino una mujer normal. El Señor querría proteger hasta en eso a su Madre, para que nadie se atreviese a mirarla mal. Pero si la Virgen en su paso por la tierra tendría una belleza normal, no podemos decir lo mismo de sus virtudes.

Pienso que es una buena ocasión para meditar cómo era la Virgen por dentro. Por fuera no nos ha llegado ninguna foto, pero sí por dentro. «Las Bienaventuranzas» nos muestran cómo es la Virgen, porque, como dicen los teólogos, son las características de la vida de un cristiano. Y Ella fue la mejor de los discípulos del Señor. 

Por eso, no es exagerado afirmar que Jesús estaría pensando en su Madre al predicar las Bienaventuranzas. San Lucas nos hace ver a quién van destinadas. Dice que Jesús «levantando los ojos hacia sus discípulos» (6,20). Por eso, cada una de las Bienaventuranzas nace de la mirada dirigida a los discípulos. No solo a la Virgen, sino a cada uno de nosotros.

Hasta ahora hemos estado meditando cómo era la oración del Señor, que también fue la oración de la Virgen, porque tiene que ser la oración del cristiano. Precisamente en los manuales de Historia de las religiones, o de Religiones comparadas, al tratar del Cristianismo lo resume todo en el «Sermón de la Montaña» porque allí figuran «la oración del Señor» y «las Bienaventuranzas». Así como «el Padrenuestro» es la oración de Jesús que todos los cristianos debemos recitar, «las Bienaventuranzas» reflejan la vida interior de Jesús, que debemos imitar sus discípulos.

Jesús es el que se hace pobre, el humilde de corazón. Jesús es el que sufre, el perseguido a causa de la justicia… Y los cristianos serenos felices, bienaventurados, santos, si seguimos ese camino. 

Las felicidades 

Así empieza Jesús a hablar de sus discípulos, de la Virgen y de cada uno. ¿Por qué empieza así? María era feliz porque poseía el Reino de los cielos. Y el Reino de los cielos lo tuvo gracias a su pobreza de espíritu. María era pobre materialmente hablando. Pero también por dentro. «Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5,3).

Así han sido los santos. En el año del 150º aniversario de la marcha al cielo del Santo Cura de Ars, el Papa ha dicho de él que «a pesar de manejar mucho dinero», porque mucha gente se lo daba para sus obras de caridad, «era rico para dar a los otros y era pobre para sí mismo». Y explicaba el Cura de Ars: «Mi secreto es simple, dar todo y no conservar nada». Y al final de su vida pudo decir con absoluta serenidad: «No tengo nada».

El Cura de Ars siguió, como todos los santos, hasta el final, el consejo de Jesús: «Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos». Pero, también, con esta Bienaventuranza, el Señor describe nuestra situación personal. Estamos necesitados de afecto, de cariño, de dinero, de ropa.

Las Bienaventuranzas son una paradoja. Con ellas Jesús da la vuelta a lo que la gente piensa habitualmente, y lo que parece malo pasa a ser bueno. Se invierten los criterios del mundo cuando se ven las cosas como las ve Dios. 

Dar 

La Virgen era pobre Pero no porque no hubiera tenido, sino porque todo lo que había recibido lo entregó Dios. Hubiera sido rica por su inteligencia, su juventud, su elegancia. Estos son los criterios del mundo. Pero eligió entregarse a Dios, y ella quedarse sin nada. Quiso devolver a Dios todas sus buenas cualidades. Decidió entregar su cuerpo y su alma a Dios, convencida de que nadie la llamaría madre. Pero se equivocó, porque ha sido la mujer en la historia de la humanidad que más la han llamado así: madre. Es un consuelo saber que los santos se equivocan: porque a Dios no le podemos ganar en generosidad. Felices los que se entregan a Dios, porque el Señor los hará ricos. 

Los pobres no tienen dinero para comprarse muchas cosas en las rebajas. Y a veces no encuentran el afecto que buscan en los demás. Son pobres porque no tienen quienes les comprendan, como también te puede ocurrir a ti. Precisamente con esta Bienaventuranza, el Señor se refería a nosotros. 

Y nos sirve pensar que la Virgen no era pobre porque no tuviera, sino porque lo poco que tuvo, todo, lo entregó a Dios. Por eso fue dichosa. El Señor siempre hace lo mismo: cuando quiere hacernos un regalo importante, primero nos pide lo poco que tenemos, la calderilla.

lunes, 9 de septiembre de 2019

SU VOLUNTAD


Un plan 

A nadie le gusta hacer la voluntad de otro. Y, sin embargo, la oración que Jesús dirige al Padre es «hágase tu voluntad». La voluntad que tenía que hacer Jesús era la de otra Persona. Y Él pedía hacer algo que le costaba.

Puede parecer que Dios es un poco egoísta al pedirnos que digamos eso. Pero no tiene que ver nada con el egoísmo sino con su amor de Padre. Significa que Dios tiene un plan para que cada uno de sus hijos sea feliz, pero no quiere obligarnos a cumplirlo, sino que quiere que se lo pidamos.

En una conversación con el capellán de su residencia, una universitaria le dijo al cura : 
Estoy intentando acercar a Dios a mi novio que lleva mucho tiempo alejado. Le he dicho que empiece rezando el Padrenuestro. Me ha preguntado qué significa «Hágase tu voluntad» y no he sabido responderle. Él dice que Dios parece un poco egoísta al pedirnos eso. Mi novio me dice que cuando nosotros salimos, unas veces vamos de yo quiero, pero otras de quiere él. 
Pues mira, significa dos cosas le dijo don Enrique. La primera que Dios tiene un plan para que cada uno de sus hijos sea feliz. Y la segunda cosa es que no quiere obligarnos a cumplir ese plan… ¿Cuánto tiempo lleváis saliendo?»
El sábado hará dos meses.
–Él te lo pidió¿verdad?
Sí, sí.
–¿Y lo estabas deseando?
Sí, sí, mucho.
Pues Dios hace lo mismo, quiere que se lo pidamos.
–¿Usted dónde confiesa por ahí fuera, para que le pueda llevar a mi novio?
En la Parroquia de San Justo y Pastor.
Pues voy a intentar que mi novio se confiese.
Sí, pero sin imponérselo.
Claro, lo he entendido.

Hágase

Efectivamente, cualquiera de los que estamos aquí tiene que hacer una cosa concreta, algo que Dios quiere. Por eso, digamos al Señor: «Hágase tu voluntad». Y Él escucha el eco de nuestra voz: «Hágase tu voluntad, hágase tu voluntad»; sonríe y acoge esas palabras nuestras como una declaración de amor.

En el Evangelio vemos como los Apóstoles iban descubriendo poco a poco lo que Dios quería. Pero no solo hay que conocer la voluntad de Dios, sino que hay que cumplirla. Por eso decimos que se haga.

¿por qué hay que pedirla tantas veces? ¿No basta pedirla una vez? Es como si tú decides ir a Almería. Te montas en el coche y poco a poco vas tomando direcciones que te meten en la autovía. Y uno puede pensar: «Ya está». No, no está, todavía no has llegado. Tienes que ir siempre por esa autovía, no desviarte, porque si te desvías llegarás a otro sitio, no a Almería.

Por eso hay que pedirle al Señor muchas veces que se haga su voluntad aquí en la tierra lo mismo que efectivamente se realiza en el cielo. Lo que diferencia a los que están en el cielo de nosotros, los de la tierra, es que los del cielo siempre van por la autovía. En cambio, nosotros nos podemos desviar con facilidad. Y ¿cuál es la voluntad de Dios? «Cumple los mandamientos» (Mt 19,17), le dijo Jesús a un chico que se lo preguntó. Esa es la autovía, por ahí vamos por buen camino. 

Es verdad que hacer la voluntad de Dios, a veces cuesta, pero no hacerla es el doble de doloroso. Ser fiel en el matrimonio, a veces es costoso, pero la infidelidad es causa de una infelicidad grandísima… Destroza por dentro, aunque el cónyuge no se entere. Por su parte, Dios siempre hace el bien, y se sirve de todo para hacerlo.  Puedes asesinar a la mejor persona que haya existido, que el Señor utilizará eso para el bien; incluso a la ley del aborto es capaz de darle la vuelta. Pero los que abortan lo pasan muy mal porque eso no es la voluntad de Dios. 

Es acertar siempre

Ahora le volvemos a decir: «Que en mi vida se haga tu voluntad, como si yo estuviese ya en el cielo». No es que Dios esté empecinado en que se haga su voluntad, sino que su voluntad es que el hombre sea feliz, que se salve. Por eso tenemos que fiarnos de Él también en los pasos intermedios, hasta llegar a la meta: «Señor yo no veo el final, pero Tú, que eres Dios, lo ves»

Uno puede retrasar lo que Dios le pide, dejarlo para cuando tenga 40 años: «Soy joven, ¿para qué “rallarme” con la voluntad de Dios?» Esto es la tibieza. 

Lo que está claro es que uno vive bien cuando cumple la voluntad de Dios. Por ejemplo, con el sexo, que lo ha hecho Dios, no Satanás. Hay quienes no solo disfrutan con ese placer natural, sino que lo convierten en su profesión; cobran por actuación, pero no son felices. A Dios directamente no le hace daño que una hija suya se prostituya, pero es un dolor muy grande. A una madre le conmocionaría que su hija estuviera en una autovía, con minifalda y botas, esperando que llegara un cliente.

Dios quiere que actuemos con cabeza, con sensatez, con verdad, que escojamos siempre lo que es verdadero, pues Él no puede engañarse ni engañarnos. La unión entre nuestra voluntad y la verdad, eso es el cielo, eso es la felicidad. Pero a veces, erróneamente, se intentan contraponer la tierra y el cielo, las cosas de aquí abajo y la voluntad de Dios.

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lunes, 2 de septiembre de 2019

LA DESPENSA


El pan de cada día

¿Qué significa el pan de cada díaQue muchas veces conseguir lo material no depende de nosotros, y hay que pedirlo a Dios. Cuando tenemos una preocupación grande irremediablemente acabamos pidiendo a Dios. Al Señor le pedimos el pan de hoy, porque quiere que confiemos en Él y que le pidamos cada día. Los hijos no le dicen a su madre: «Dame lo que necesito para todo el mes porque no me fío de ti». Por eso, el maná que los israelitas almacenaban se les estropeaba, solamente le servía para una jornada. 

Una universitaria le dijo al capellán de su Residencia:
Estoy haciendo lo que usted me dijo: explicarle a mi novio las oraciones más elementales… Se le ve que muestra bastante interés… Y, como es listo, me hace preguntas filosóficas, que a veces no sé responder. Y el otro día me dijo: «¿Qué significa lo del pan de cada día?».

Sí, que en la vida las cosas materiales, muchas veces no dependen de nosotros… Por eso hay que pedirlas a Dios.

Ya –dijo la chica, es como lo que dicen de la salud, que se valora cuando no se tiene.

Esto es lo que sucede en África aclaró el capellán– que al tener más necesidad, se acuerdan más de Dios. Aquí vivimos como si no existiera… Pero cuando tenemos una preocupación grande, acabamos volviendo a Dios.

Está claro, dijo la universitaria.

Fiarse de Dios 

Y otra cosa que puedes decirle a tu novio añadió el capellán– es que le pedimos a Dios el pan de hoy, porque quiere que confiemos en Él. Los hijos no le dicen a su madre: «Dame la comida de todo el mes porque no me fio de ti».

Está claro –dijo la chicasi los padres dieran a sus hijos la comida semanalmente, la mayor parte se echaría a perder.

No solo eso dijo el cura, sino que acabarían distanciándose. Por eso, al Señor no le rezamos: «Danos hoy nuestro pan semanal». Efectivamente, el que pide pan para hoy es el que no tiene despensa, es pobre. 

Uno quiere tenerlo todo controlado, y hay cosas que se nos escapan. La tendencia humana es la de controlar. Pero esa actitud nos distancia de Dios. ¿Qué va a suceder el día de mañana? Ni lo sé, ni me interesa, que se preocupe Dios que es mi Padre. Es como preguntarle a un niño de educación infantil: «¿Qué tienes previsto comer para mañana?».

El Pan espiritual

Por lo que contaban el novio recibió su Segunda Comunión el día de la Inmaculada. Seguro que la Virgen intervino para que recibiera al Señor de nuevo, después de tantos años. Para la ceremonia se puso una chaqueta azul, y una corbata. No se sabe quién estaba más contento, si él o ella. 

En esta Segunda Comunión de su vida, el chico pidió también por sus padres, como en la Primera. Pero esta vez su padre ya no era tan joven, y estaba solo y con sesiones de radioterapia. Y a su madre se la notaba un tanto amargada, aunque ella lo intentaba tapar con sus idas y venidas. 

El chico, en su Segunda Comunión decía«Señor, te pido por Beatriz, para que me case con ella; otra mejor no voy a encontrarla. También te pido por mis padres, son buenas personas pero están muy despistados. Te pido por los dos para que no se dejen llevar por el orgullo y vuelvan a estar juntos. Señor, hasta ahora pensaba que no te necesitaba. Jesús, dame hambre de Ti».

Es cierto, por eso hay gente que no comulga, porque no tiene hambre de Dios. 

Madre nuestra, Tú también recibiste la Primera Comunión, la segunda, la tercera... Yo quisiera recibir a Jesús como lo recibías: cuando Jesús estaba ya en el cielo y Tú, aquí entre nosotros.

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lunes, 26 de agosto de 2019

EL PAN





Danos el pan de cada día

Jesús nos enseña a pedirle hasta las cosas más materiales. Por eso en una de las peticiones del Padrenuestro pedimos el pan. Pero detrás del pan está Dios. Al Señor le interesan nuestras matemáticas y lo que hemos comido hoy de primer plato… Todas esas cosas que interesan a nuestros padres.

«Danos hoy nuestro pan de cada día». Esta es la petición de una persona que está necesitada. Nos recuerda el hambre que pasaba el pueblo de Israel cuando iba por el desierto. Y entonces le pidieron a Dios, y Él les envió pan del cielo. Era el famoso maná con el que los israelitas se alimentaban cada día.

Maná

Pero el verdadero maná es Jesús. Él mismo es el pan del cielo, que ha bajado para alimentarnos. La Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor, es el mismo banquete celestial que comemos también hoy.

Jesús ha querido que el tema del pan ocupara un lugar importante en su predicación. Desde las tentaciones que tuvo en el desierto, pasando por la multiplicación de los panes, hasta la última cena. Toda la vida del Señor está marcada por el pan. Jesús recordó lo que ya estaba escrito: «No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que procede de la boca de Dios (Mt 4,4; cfr. Dt 8,3). Y la Palabra que procede de Dios es el mismo Jesús. Esto no son teorías. El Señor dice que Él es el Pan de Vida. Antes no les despidió sin darles de comer. Pero luego, en la sinagoga de Cafarnaún pronuncia el gran discurso del Pan de Vida, porque no quería que la gente pensara que la necesidad del hombre se reduce al pan material.

«Porque no solo del pan vive el hombre sino de la Palabra que procede de la boca de Dios». Jesús es el verdadero alimento, es la Palabra eterna de Dios. Y esa Palabra eterna se ha hecho carne. No es solo una idea, se ha materializado, se ha hecho hombre y nos habla con palabras humanas. Pero no solo se hace hombre, sino que también se hace pan material. Esta es la gran novedad: la Segunda Persona se hace Hombre, y nos alimenta primero con su Palabra y luego con su Cuerpo. Ese es el motivo por el que, en el Sacrificio de la Misa hay dos mesas: la mesa de la Palabra y la mesa de Eucaristía.

Jesús no habla con un lenguaje figurado, dice que hemos de comerlo. Y muchos dejan de seguirle porque no tienen fe en lo que está diciendo; les parecía una cosa dura. No solo de pan vive el hombre, sino de la Palabra que sale de Dios. La Palabra eterna se convierte realmente en maná, es el pan del cielo, el pan futuro, el que recibiremos en la eternidad, es Dios mismo.

Un día una universitaria, le preguntó a la directora de su residencia:
–Oye, tú, teniendo cinco hijos y trabajando aquí de directora, ¿como es que aguantas? No entiendo. Te veo que vas sobrada.
Rosa, sonriendo, dijo: –Hombre, mujer, no ha sido así siempre. ¿Sabes cuándo cambié?
No.
–Bueno, la verdad es que yo tampoco. Fue una cosa gradual. Pero yo pienso que cambié cuando decidí comulgar todos los días.
–A mí –dijo Beatriz– me han dicho muchas veces que eso es muy bueno, pero nunca lo he hecho.
–Los primeros días no noté nada. Pero luego, cuando llevaba unos meses comulgando me fije: ¡Hay que ver! ¡Si me ha cambiado hasta el carácter!.

Palabra que se hizo pan

Dios que es un ser espiritual, cuando quiere conectar con los hombres se hace muy material. Nosotros, para ser muy sobrenaturales, hemos de ser muy humanos, materializar todo. Esto es lo que el Señor nos muestra en la Eucaristía. «Danos tu pan», le decimos.

¿Y por qué comulgamos con poco fruto? Quizá es que nos falta fe. No acabamos de creernos que el Señor baja cada día para nosotros. ¿Por qué, cuando comulgas, te distraes, o ni siquiera te quedas diez minutos para dar gracias? No es la materialidad de comulgar sino de que la aprovechemos y nos sirva. Si queremos, Dios nos cambia. Una cosa es comer y otra alimentarse. Hay personas a las que la comunión diaria les sirve de poco, porque no la aprovechan. Le tenemos que demostrar nuestra fe y nuestro amor al Señor.

Si le pedimos todos los días a Dios en la acción de gracias, después de la Misa, una cosa, nos la concederá en pocos meses. El Señor nos obedece. Eso es lo que pensaban los santos. «Danos hoy nuestro pan de cada día». Es como si Él nos dijera: «Pedid el pan porque Yo soy el Pan. Os ayudo en lo que vosotros necesitéis».

Si pensamos que somos capaces de hacer algo sin necesidad de ayuda, somos unos orgullosos. El orgullo nos hace violentos y fríos. Dios no quiere que seamos así. Recibir a Dios todo los días nos hace ser como Él. Nos quita el orgullo y nos hace amables.
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lunes, 19 de agosto de 2019

MISTERIOSA CRUZ



Para aprender a querer
Intereses
Perdona nuestras ofensas...

PARA APRENDER A QUERER

Nosotros no somos capaces de vencer el mal que hay en nuestro corazón: nos encontramos con algo que nos supera. No conseguimos dominar el poder del mal con nuestras propias fuerzas. En esta tierra, el mal vive de mil formas. Podemos decir que está arriba y también en el último puesto. Ocupa la cúspide del poder, y también está en lo más bajo. Esto es así. Pero también está el Amor con mayúscula. Y para el hombre, para el hombre este Amor solo tiene una forma: Jesús en la cruz. Solo con el amor uno es capaz de perdonar porque se ve a la persona en su conjunto, como los padres a sus hijos.

Para aprender a querer hemos de meditar en nuestra oración los padecimientos del Señor, porque el Amor de Dios no nos salva desde el exterior. Alguien que ama tanto, no quiere solucionarlo todo diciendo: «Estáis todos perdonados». Podría haberlo hecho así, pero prefirió otra forma para manifestarnos su amor fuerte.

A Dios, perdonarnos, le ha costado un alto precio: la muerte de su Hijo. Por eso dijo uno de los grandes escritores ingleses: «Dios pudo crear de la nada el mundo, pero para superar la culpa y el sufrimiento de los hombres por el daño cometido tuvo que intervenir sufriendo él mismo en su hijo». Jesús ha llevado esa carga y la ha superado mediante la entrega de sí mismo.

Este es el misterio de la cruz, algo muy extraño para nosotros. ¡Que el perdón de nuestras ofensas le haya costado a Dios tanto! Parece raro tanto sufrimiento. Dice el profeta: «Soportó nuestros sufrimientos [...]. Sus cicatrices nos curaron» (Is 53,4-5). Si ya que muera por nosotros es extraño, esto se entiende menos. ¡Que su flagelación nos cure! Al hombre de hoy, la cruz no le cabe en la cabeza. 

Tampoco entendemos la cruz porque estamos inmersos en una cultura individualista. El hombre actual suele ir a lo suyo. Es raro encontrar a alguien capaz de entender que ha de sufrir por los demás. «Que alguien muera por mí, no tengo ningún inconveniente. Que la gente haga lo que quiera con su vida. Ahora… yo no estoy dispuesto a morir por otro. Estaría bueno»

INTERESES

Hoy en día la gente se suele mover por el propio interés, también a la hora de perdonar. Ocurre que, en la vida diaria, cada uno va a lo suyo, y al no pensar, por llevar tanto acelere, se apuñalan unos a otros. Hay que ser muy santo para no dejarse llevar por el individualismo. El individualista, si hace favores, los hace, pero con el dinero de otro. Así es fácil ser muy generoso. Pero si te tocan tu bolsillo, eso es otra cosa. Es lo que nos cuenta el Señor del sacerdote y el levita que «pasan de largo» para ir a lo suyo, dejando a un herido medio muerto. Ahora ocurre lo mismo. También se actúa por interés, incluso teniendo buena voluntad. El levita y el sacerdote fueron a lo suyo, a sus rezos y a sus cosas. No serían malas personas, pero los dos iban con prisa.

Hoy casi no hay tiempo para pensar, reflexionar, escuchar; hay mucha prisa y estrés; y así es muy difícil hacer las cosas desinteresadamente, aunque se tenga buena voluntad. Y encubierto en la buena voluntad se hacen cosas por propio interés. La sociedad actual es la sociedad del ruido. No hay silencio. Mucha música y mucha tele… Parece que solo hay silencio cuando se muere alguien. Ahí se piensan cosas: «Tendríamos que habernos portado mejor con él». Pero son silencios traumáticos, que duran hasta que se pone otra vez la radio. El hombre vive encerrado en sí mismo, por la calle, en su casa… 

Sin pararse a reflexionar es muy difícil perdonar, porque las cosas de los demás no me interesan de manera espontánea; hay que pararse y pensar en ellas. Ya no vemos la profunda relación que hay entre todas nuestras vidas: «Tú a lo tuyo, yo a lo mío»«¿por qué no vamos todos a lo mismo?» «Porque entonces me quitas tiempo para mis cosas».

Por eso se piensa que es muy raro que alguien haga algo por ti sin ningún interés. «Por algo lo habrá hecho». Cada uno va tan a lo suyo… La relación con Dios suele verse como algo bueno, pero no estrictamente necesaria, «a no ser que yo la necesite para resolver un problema»

«Dios me hace falta si me ayuda a lo mío, sino no». Se piensa en Él para ver si me sirve. Y Dios no sirve para nada, porque no es un instrumento para mi utilidad«Pues entonces lo dejo de utilizar, porque en este momento no necesito la oración o la acción de gracias o el rosario. Gracias a Dios, ahora que me va todo bien no necesito rezar».

El individualismo es el pecado: querer ser dios sin Dios. Decía un sacerdote africano que pasaba unos meses en Europa: «Yo intuía que aquí la gente reflexionaba poco porque se vivía muy bien; no se sufre tanto. En África se sufre más, y por eso se piensa más. Además, aquí la gente va muy aprisa, y eso no ayuda a pensar».

PERDONA NUESTRAS OFENSAS...

La oración del Padrenuestro no es solo nuestra oración, sino que, en cierta forma, es la oración de Jesús, Dios hecho hombre. Como cabeza del género humano Él podría rezar en nombre nuestro. Pero no solo eran palabras, Éno solo diría al Padre «perdona las ofensas que te hacen los hombres como yo pero a los que me ofenden», sino que lo realizó muriendo en la Cruz y perdonando a los que le crucificaban, para que Dios nos perdonara a nosotros. 

«Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Esta petición nos recuerda que Jesús no es individualista. Sin embargo nosotros somos capaces de rezarla solo por propio interés. Por eso muchos rezan: «Para que Tú me perdones a mí, yo pero a los demás». En cambio, parece que Jesús se dirige al Padre, diciéndole: «Yo sufriré las ofensas por ellos para que Tú les perdones».

Repitamos, entonces con Jesús: «Perdona las ofensas que te hacemos los hombres, como también yo pero  a los que me ofenden». Nos recuerda esta petición el precio que Él pagó para que nosotros  fuéramos perdonados. Y es como si el Señor nos suplicara: «Haz como yo». Decía un sacerdote mientras predicaba: «Una cosa es ver a Jesús crucificado, y otra decirle: Baja Tú, que subo yo”».

Jesús nos pide a los cristianos que no solo perdonemos, sino que vayamos más lejos, que le miremos a Él, y hagamos lo mismo. Por eso dijo a dos Apóstoles suyos: «¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?» (Mt 20,22). Nosotros también somos sus discípulos y hemos de bebernos el mal. Consumirlo, asumirlo, tragarlo.

Es lo que hizo la Virgen. Estar a la derecha del Señor le fue reservado a Ella porque estuvo junto a la cruz, diciendo: «Padre, perdona las ofensas que te hacemos los hombres, como Jesús y yo perdonamos a los que nos ofenden».

Para oírla en audio:

https://www.jovenescatolicos.es/2019/08/19/misteriosa-cruz-orar-con-gps/

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías