viernes, 19 de febrero de 2021

BORRÓN Y CUENTA NUEVA


Después de estar cuarenta días rezando y ayunando, el Señor comenzó a predicar el Evangelio (cfr. el de la Misa de hoy: Mc 1,12-15): la Alianza definitiva que Dios quería hacer con los hombres.

Con Jesús se inauguró una nueva Alianza. Se dejó la Antigua para dar paso a ésta. Por eso se llama Nuevo Testamento.

Y, además, ya no habrá otro mejor. Es tan bueno que siempre es Nuevo, no envejece aunque pasen los siglos. El Evangelio tiene fuerza en cualquier época que se medite, porque Jesús lo que decía lo decía teniendo presentes a todos los hombres de todos los tiempos.

-Señor que me convierta y crea en el Evangelio (cfr. Evangelio de la Misa).

Pero antes de esta Alianza definitiva hubo otras…

EL ARCO IRIS

Nos cuenta el libro del Génesis, que después del Diluvio, Dios quiso hacer un pacto con la Humanidad (cfr. primera lectura de la Misa: Gn 9, 8-15).

La malicia de los hombres había provocado esa inundación. Tanto es así que el Señor se arrepintió de haber creado a los hombres.

Decir esto es fuerte. A simple vista, es difícil de entender, cómo Dios puede ser capaz de actuar así.

Hasta ese punto puede llegar la malicia del hombre, hasta realizar algo totalmente rechazable por la razón humana. Algo espeluznante.

Y, lo peor de todo es que, a eso podemos llegar todos, si nos dejamos llevar por el pecado que es el único mal de este mundo.

Ya se ven las consecuencias que tiene quitarse a Dios de en medio y no cumplir sus pactos. Sin Él somos capaces de los mayores errores y horrores. 

Con el Diluvio, sólo unas pocas personas se salvaron de la hecatombe: «ocho personas» (segunda lectura de la Misa: 1 P 3,18-22).

Por eso se puede decir que volvió a comenzar la Historia del género humano. Se hizo borrón y cuenta nueva.

Lo del Diluvio fue algo más gordo que lo ocurrido el 11-S, o que una hipotética explosión de una bomba atómica en un país. No quedaron más que ocho personas.

Es como si hubiera habido una guerra nuclear, y solo unos pocos, que estaban dentro de una mina, fueran los que sobrevivieran porque no les llegó la radiación. Eso fue lo que ocurrió con el Diluvio universal.

Fue algo tremendo. Por eso, como señal de la promesa que Dios hacía de que ya no habría más diluvios que asolaran la tierra, nos dejó el arco iris.

El arco iris siempre sale, y diluvios universales no se conocen, porque el Señor es fiel y guarda sus promesas.

-Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas (Sal 24: responsorial)

GUARDAR SU ALIANZA

Pocas veces los hombres guardaban lo que prometían a Dios. La historia de la salvación es una historia de la infidelidad de los hombres.

Yavhé hacía un pacto y el hombre no lo cumplía. Por eso Dios enviaba jueces y profetas para hacer que lo cumpliera.

¡Cuántas veces nos sigue pasando a nosotros esto mismo! Son muchas las veces que nos hemos hecho propósitos magníficos. Cosas que hemos pactado con Dios en la oración, y luego no las hemos cumplido.

Y el Señor que nos envía gente para reconducirnos. Personas que nos recuerdan lo que sacamos en un curso de retiro o de una convivencia de verano. La historia de la salvación se repite.

El Señor, a pesar de las infidelidades de los hombres, perdona siempre. Y volvía una y otra vez a hacer alianzas con su Pueblo.
-porque eres bueno y recto y enseñas el camino a los pecadores (Sal responsorial).

Al que haya cometido el crimen de estos días, Dios le perdona si se arrepiente. Su amor es infinito y perdona cualquier cosa, aunque sea una barbaridad que merezca el diluvio.

El Señor perdona siempre… siempre que puede. Siempre que haya arrepentimiento, que es el requisito para ser perdonado.

Pero también llega un momento en el que Dios ya no puede perdonar. Y ese momento viene con la muerte. En ese instante, la persona se sale del tiempo en el que puede arrepentirse. Ahí está todo decidido y empieza la eternidad.

El que intenta seguir los propósitos, los pactos con Dios va por buen camino. Benditos eran los que guardaban esos pactos. Por eso dice el salmo (24, Responsorial de la Misa de hoy): «Tus caminos son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza».

Quienes guardan sus preceptos y son leales a Dios se salvarán, porque logran hacer una intensa amistad con Él.

-Señor haz que seamos leales, fieles a tus mandatos.

EL ESPIRITU DE LA CUARESMA

Consiste este tiempo en una preparación para ganar en amistad con Jesús. Él realizaría el pacto definitivo muriendo en nuestro lugar. Es lo que celebraremos en Semana Santa.

Por eso la Cruz es nuestro arco iris: la señal del perdón de Dios por tantos pecados.

En su lucha por hacerse con el Imperio Romano, Constantino tuvo que enfrentarse contra otro candidato llamado Magencio. Y tuvo que luchar con un ejército muy inferior al de Magencio.

Esto fue en el año 312. Antes de entrar en batalla, Constantino tuvo una visión. Se le apareció una cruz en el cielo con estas palabras: en este signo vencerás. Y así fue. Venció a Magencio en el puente Silvio, cerca de Roma.

La Cruz es el signo de la victoria de Jesús. Y nosotros debemos acompañar al Señor en los momentos de dificultad para poder estar también con Él en la Resurrección.

Si a una persona la cruz no le dice nada o la Cuaresma, la Semana Santa, le importan poco, es que está muy pasada de rosca.

Si el perdón de Dios y su misericordia no le mueven a luchar más y a intentar seguirle cumpliendo sus pactos, mala señal. Y, además, si sigue así, uno puede llegar a hacer cualquier barbaridad.

La Virgen es la cumplidora de los pactos con Dios. Allí estaba, en el Calvario, al pie de la Cruz. Que Ella nos ayude a ser fieles al Señor en lo que nos pida en este tiempo.

jueves, 11 de febrero de 2021

MOLOKAI



Nos cuenta el Evangelio (de la Misa de hoy: cfr. Mc 1,40-45) que se acercó a Jesús un hombre que tenía una enfermedad bastante desagradable. Además era contagiosa. Y el Señor le curó.

Antes de la venida del Señor, era más difícil curarse de las enfermedades. De hecho los que tenían lepra debían ir vestidos hechos un desastre y gritando: ¡Impuro, impuro! (Lv 13,1-2.44-46: Primera lectura).

El Señor tocó al enfermo y la lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpió. Porque "un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo"(Aleluya: Lc 7,16).

IMITAR A JESÚS

Lo nuestro es imitar a Jesús, como hizo San Pablo: imitar a Cristo, que vino al mundo para salvar a los hombres (cfr. 1Co 10,31-11,1).

Por eso los cristianos de todos los tiempos se han preocupado de atender a los necesitados. Estamos llamados a poner a la gente delante de Dios para que les cure.

DOS EJEMPLOS

También, en nuestro tiempo, hay personas como la Madre Teresa de Calcuta, que dedican su vida a atender a los más pobres dentro de los pobres. Preocupándose por todo lo que necesitan: aliviando las enfermedades del cuerpo y del alma.

Otro ejemplo lo encontramos en el padre Damián. Fue un religioso de la Congregación de los Sagrados Corazones, que llegó a la isla de Molokai para servir a los leprosos que allí habían sido desterrados. Y falleció de lepra.

DISPUESTOS A TODO

Este buen sacerdote, por aliviar a unos enfermos y para que conocieran el amor que Dios les tiene, no dudó en ponerse en peligro de contraer esta enfermedad.

A nuestro alrededor hay personas que tienen dolencias en el cuerpo y en el alma. Quizá las del alma son las más peligrosas: por curar esas dolencias el padre Damián no vaciló en ir a Molokai.

Nosotros debemos estar dispuestos a todo para hacer que muchos se confiesen. Incluso a que nos miren raro porque hablamos de la confesión. Algunos nos harán caso, pero otros dirán que eso ya no se lleva y que somos unos antiguos.

SI QUIERES PUEDES

Debemos hacer todo lo posible para que la gente acuda a este sacramento. Sobre todo aquellas personas que están lejos de Dios. A esos, el Señor nos pide que lo intentemos, aunque tengamos la seguridad de que no nos van a hacer caso.

Todas las enfermedades que causan la lepra del alma pueden ser curadas, porque el Señor quiere hacerlo: es Médico divino. Jesús, con solo tocar al leproso del Evangelio lo curó.

No hay nadie tan malo que no pueda recibir el perdón de Dios, si está bien dispuesto y ha recibido el Bautismo, claro. Me contaban una pequeña anécdota, de una niña de primaria que le decía a su profesora: mi hermano es tan malo que yo creo que tiene un demonio. A mi me parece que no es católico.

Si es católico, la condición para que se le perdonen los pecados es llevarle al sacerdote. En el Sacramento de la Penitencia el Señor nos cura: basta que manifestemos los síntomas.

Una vez un obispo de Moscú, Tadeuz Conduzievich, contó lo siguiente:

Recuerdo que durante casi 80 años sólo había en Rusia dos iglesias. Muchos sacerdotes y obispos habían sido enviados a los lagger. Desde el año 2002 hay erigidas 4 diócesis.
En una ocasión –contaba- hice un viaje a los Urales para celebrar la primera Misa en una iglesia en la que no habían tenido un sacerdote desde 1918.
Después de la Misa me pidieron los fieles que les acompañara al cementerio. Fueron y le mostraron la tumba del último sacerdote que tuvo la ciudad. Nadie le conocía ya.
Pero le dijeron que desde hacía muchos años, los domingos y fiestas grandes se reunían allí –junto a esa tumba- para rezar.
Y ahí mismo se confesaban sus pecados ante aquel sacerdote muerto cuya presencia –decían- se les hacía viva por la oración.

Hay gente que se confesaría si encontrara cerca un sacerdote. Me contaba uno que, yendo un día con un cura por la calle, de repente un motorista se paró en secó, se bajó de la moto y fue hacia ellos.

Creían que venía para hacer algo malo o violento. Cual fue su sorpresa cuando, dirigiéndose al sacerdote le dijo: oiga ¿me puede confesar? Es que he estado a punto de matarme y he visto la muerte.

La peor enfermedad es la hipocresía: el orgullo que lleva a disimular los propios pecados y no querer admitirlos. Para eso debemos rezar por la gente que queremos que se confiesen.

LA FELICIDAD DE ESTAR LIMPIO

Cada vez que alguien se confiesa, lo agradece mucho. Porque es como ir limpio. Una persona que sale de la peluquería, va a casa y comprueba que efectivamente el corte de pelo le sienta bastante bien. Luego se arregla, con su colonia y se pone un vestido que le sienta estupendamente, y además lo sabe, esa persona sale a la calle contenta.

En cambio si vas hecha una fregona, con los pelos cada uno por un lado, sin orden, sucia, mal vestida… te deprimes. La primera es la persona que está en gracia de Dios, que se confiesa. La segunda es la situación de un alma en pecado mortal.

Por eso decimos con el salmo: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado" (Sal 31: responsorial).

Así nos quiere ver la Virgen: limpias, aseadas, bien presentadas, con el estilo de los hijos de Dios, que es un estilo peculiar, que se nota por la alegría de una persona que sabe que está cerca de Dios.

jueves, 4 de febrero de 2021

LOS GUANTES DEL REY


Jesús vino a servir, y lo hizo de una manera muy concreta.

Sirvió a los demás haciendo que, los que se le acercaban a él, fueran mejores. Y lo hizo, no con enfados y caras largas, sino con simpatía, con serenidad y con su servicio. 

Así actuó con los apóstoles. Era paciente con ellos a pesar de su ignorancia y rudeza. A pesar incluso de sus infidelidades. 

LOS MÉDICOS SON PARA LOS ENFERMOS 

¿Y con los pecadores? Jesús, a los que le ofendían los trataba muy bien. Se hacía amigo de ellos. 

Los fariseos, que se ponían como ejemplo de trato con Dios, se admiraban y escandalizaban de ese modo de hacer. 

Los pecadores, en cambio, estaban felices por el cariño del Señor, y porque les daba la esperanza del perdón de Dios. 

DIOS NO SE ENFADA NUNCA 

Parece que, cuanto más pecadora es una persona, Jesús más la quiere, porque más le perdona. Es como una madre que quiere más a un hijo enfermo. 

Pero eso, no significa que no quiera al resto de la familia. El Señor nos pide que seamos como él, que queramos y perdonemos a los que tienen errores y que se cure. Pero que no nos enfademos con ellos. -Señor, haznos como Tú, mansos y humildes de corazón. 

Esto no es cuestión de temperamento, sino de virtud. Hay gente que es tranquila pero que está todo el día enfadada y quejándose. Y hay quienes son nerviosos y no se enfadan casi nunca. 

Es cuestión de parecernos al Señor, de ver a los demás como los ve él. No dejaré de insistirte, para que se te grabe bien en el alma: ¡piedad!, ¡piedad!, ¡piedad!, ya que, si faltas a la caridad, será por escasa vida interior: no por tener mal carácter (Forja, n. 79). 

ENFADARSE NO TIENE MÉRITO 

Es más fácil enfadarse que tener paciencia, o amenazar a alguien con la mirada que permanecer sereno ante sus equivocaciones. ¡Cuánto bien hace una sonrisa o un buen gesto! 

Lo fácil es no luchar, dejarse llevar y justificarse pensando que, como somos así, pues que eso es lo que hay. No digas: “es mi genio así… son cosas de mi carácter”. Son cosas de tu falta de carácter (…) (Camino, n. 4). 

Es más cómodo criticar a alguien que rezar por él. Hundirlo en su miseria, que intentar ayudarlo corrigiéndole con suavidad y fortaleza. -Señor, que no me deje llevar por mi falta de virtud. 

San Pablo quería tanto a los neófitos, a los recién convertidos, que lloraba y suplicaba que se corrigieran cuando los veía poco dóciles y rebeldes. 

PERSPECTIVA 

-Danos, Señor, un corazón manso. A las personas hay que verlas como las ve Dios, con esa misma perspectiva. Esa es la manera de actuar con mansedumbre. 

Es muy difícil enfadarse y estar sereno. Y la serenidad es necesaria para que los demás no piensen que nos queremos imponer o que estamos desahogando nuestro mal humor. 

Para verlas como el Señor, hay que colocarse en el plano sobrenatural. Por eso, lo primero que hay que hacer es rezar. Y, si los problemas son más graves, rezar más y pedirle a Dios con más fe. 

Porque soltar un discurso machacante lo único que provoca es hundir del todo a la persona, haciendo que se sienta culpable. 

Para evitar esto hay que acercarse a los demás, intentar comprenderlos. Jesús comía con los pecadores, no los regañaba. Les preguntaría por sus cosas. 

Esa es la manera de luchar contra los enfados: querer a la gente. Así nos dominamos. 

Me contaban de un padre de familia holandés, que estaba en el supermercado haciendo cola para pagar. Iba con el clásico carrito de la compra donde había metido lo necesario para una semana. 

Dentro del carro estaba su hijo pequeño sentado. Como cualquier crío, no se estaba quieto. Cogía un bote de tomate y lo dejaba caer, el pan y lo cambiaba de sitio después de romperlo un poco, y así con todo lo que pillaba. 

Al padre se le vía con cierta impaciencia, mientras repetía una y otra vez: ¡¡¡Alfred tranquilo, cálmate, tranquilooooo!!! Mientras pagaba, la cajera que había visto todo, le dijo: ¡¡Es admirable la paciencia que tiene usted con su hijo Alfred!! 

Y este buen papá le respondió medio riéndose: no, señora, se confunde usted, Alfred soy yo. 

San Josemaría recordaba las maneras delicadas de sus padres para corregirle. Si le pedían algo de niño —traer una cosa, por ejemplo—, y él no ponía atención cuando la traía, o mostraba desgana, o lo entregaba deprisa para irse a jugar, el padre o la madre le decían con una sonrisa: «Así se entregan los guantes al rey». 

Su hermana Carmen también aprendió a corregir con delicadeza. 

Nisa, una de las que aprendió a su lado el trabajo de la administración cuenta como le enseñaba. «Yo trabajaba a su lado, pero nunca me hizo la menor indicación, con su habitual delicadeza, sólo que, viéndola, iba aprendiendo y afinando en muchos detalles». 

LA SANTIDAD SE NOTA

Los santos han sido así, por eso son más humanos. No regañan sino que mueven al arrepentimiento. 

El arzobispo de Toledo, hablando de don Álvaro del Portillo, el primer sucesor de san Josemaría, decía que hablaba siempre sonriendo. Haz que seamos también nosotros misericordiosos, pacientes con los errores y defectos. 

Hay una anécdota de don Álvaro que muestra claramente esto. Su hermano pequeño, cuenta, que se puso a jugar con unos dibujos en los que don Álvaro había estado trabajando un año entero, y se los estropeó completamente. –«Mi madre, decía su hermano, al ver aquel desaguisado, se llevó un gran disgusto y me dijo algo así como: “Ya verás, cuando llegue tu hermano Álvaro y vea lo que le has hecho, echándole por tierra tanto tiempo de trabajo”»Yo aguardé su llegada con el natural temor. Esperaba que me riñera o me gritara; o incluso que, como fruto de la irritación, llegara a darme algunos cachetes… »Pero no sucedió nada de eso. Llegó a casa; contempló lo que le había hecho; me llamó; me acerqué temblando; me sentó sobre sus rodillas y, entonces, con aquella serenidad que le caracterizaba, comenzó a explicarme el tiempo que había empleado en realizar aquel trabajo, y cómo yo, por haber jugado donde no debía, lo había echado a perder. »Yo me quedé asombrado: en vez de pegarme, lo que hizo fue enseñarme la importancia de aquel trabajo, ¡para que yo aprendiera a ser más cuidadoso en el futuro! »Puede parecer una anécdota sin importancia. Pero nunca la he podido olvidar». (Libro de postulación D. Alvaro, 40 nt 24). 

IR “SOBRAO” 

-Danos, Señor, un corazón humilde. No podemos ir por ahí como dando lecciones. Creyendo que todo depende de nuestro criterio, como si fuéramos superhéroes que van a salvar el mundo. 

Eso hacían los fariseos: no hagáis esto, haced lo otro, mirad como lo hacemos nosotros... Tampoco es caridad el que hace muchas cosas por los demás, pero se cree que no necesita de ellos, porque él solo se basta. 

Y, quizá, todo lo que hace para sentirse útil, o por la satisfacción que otros dependan de sus servicios. 

La caridad de Dios, dice san Josemaría, no se confunde con una postura sentimental, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores (Amigos de Dios, 230). 

Recuerdo que, en colegio, había un profesor que, hicieras lo que hicieras, se enfadaba y te echaba una buena. Te dejaba siempre a la altura del suelo. Le llamábamos El martillo de Tor. 

Amable, serena, paciente, fuerte, comprensiva, amiga de pecadoras. Así es María la Madre de Jesús.

viernes, 22 de enero de 2021

METANOIA CON RECETA


La cercanía de Dios nos pide siempre un nuevo cambio: todos somos pecadores.


Hace algún tiempo vino una profesora de 3º de Primaria para ver si podíamos subir a la clase y explicarles que criticar no está bien. Yo pensé que aquello era un poco exagerado: ¡niñas de 6 años criticando! 

Aquello fue un espectáculo. Entré en la clase y, mientras les explicaba que ni siquiera se debe pensar mal de la gente, todas sonreían y me miraban fijamente. Era una situación un poco incómoda. Vete tú a saber lo que estaban pensando mientras.

A veces no resulta cómodo decir a una persona que tiene que cambiar. Por eso hay quien se resiste a hablar claro a los demás. Esto le sucedía al profeta Jonás, que pensaba que no le iban a hacer caso.

Decirle a una persona las cosas que hace mal, cuesta. A nadie le sienta bien que se lo digan. Es verdad que siempre hay que hacerlo con delicadeza, pero exigir cuesta, no está de moda. 

En el salmo le hemos dicho al Señor «enséñame tus caminos» y uno de esos caminos que tiene previsto es el de hablar claro a los demás (Sal 24, responsorial) 

–Enséñanos a corregir.

En el fondo, lo que nos pasa es que no queremos hacerlo porque vamos a caerle mal a una persona o a muchas. Sabemos que van a pensar de nosotros un poco regulín, por lo menos durante unos minutos.

Cuando una madre regaña a su niño, el niño pone cara de enfado y le dice: -ya no te quiero. A San Juan Bautista, hablar claro le costó, no solo la lengua sino la cabeza. 

Hubo un santo en Polonia, en el siglo XI, que se atrevió a corregir el comportamiento del mismísimo rey, por sus inmoralidades. Entonces el rey, molesto, ordenó matarlo. Como los que tenían que hacerlo se resistían a matar a una persona tan santa, el mismo rey Boleslao II subió al altar de la catedral de Cracovia y, mientras San Estanislao celebraba la Santa Misa, lo asesinó con sus propias manos.

Jonás acabó predicando la conversión en Nínive (la actual Bagdad). Él se resistía a ir para allá, y el Señor tuvo que llevarlo en el interior de una ballena, inventando así el primer submarino de la historia.

CONVERSIÓN EN MEDIO ORIENTE 

Era necesaria la conversión de los ninivitas. Tenían que cambiar la mala vida que llevaban. Y para eso un hombre debía decirlo, porque el Señor utiliza instrumentos (cfr. Jon 3,1-5.10: primera lectura de la Misa).

A veces, el Señor, se sirve incluso de los niños. Contaba una madre de familia con tres hijos que, en un reciente viaje en tren, la mayor, una niña rubia que no es más alta que una silla, se dirigió a una persona mayor que estaba leyendo una revista inconveniente y le dijo: ¿Usted no sabe que lo que mancha a un niño mancha a un viejo?

CONVERSIÓN EN OCCIDENTE

Ahora es necesario que se de un cambio en nuestra vida. Pero si vemos que no lo necesitamos –como le ocurría a los de Nínive– entonces es que nuestra conversión debe ser más urgente todavía.

Hay gente que se deja decir las cosas. Se nota que te escuchan cuando le estás diciendo algo que no va. Y, como son humildes, aunque les siente a cuerno quemado lo que le estás diciendo, te hacen caso.

Otros, en cambio, no se dejan decir nada. Les dices algo y entonces se enfadan, y te ponen en su lista negra. O piensan que esa es tu opinión y que, por su puesto, está equivocada porque hay gente que les conoce y nunca le han dicho eso.

Puede ser que Dios envíe a alguien para que nos diga: –No eres excesivamente malo, pero tampoco eres excesivamente bueno. Te estás volviendo tibio.

En realidad nos están diciendo que vamos bastante mal, porque a los tibios, dice San Juan, Dios los vomita de su boca.

Aunque seguramente nuestra vida no será así, porque vivimos como cristianos. Pero puede ser que nos de miedo corregir, meternos en la vida de los demás. 

Y nos puede dar miedo que nos señalen con el dedo y digan o piensen: -mira por ahí va la cristiana, la que no le gusta que hablemos de cosas frívolas...

PEQUEÑO JONÁS

Si huimos de colaborar en la conversión de los demás seríamos como Jonás. La palabra «metanoia», que significa conversión, puede sonarnos a griego, porque no queremos saber nada de las enfermedades ajenas. No queremos pensar en las cosas que las amigas hacen mal, no vaya a ser que las tengamos que corregir después de esta meditación.

El Señor, a los cristianos, nos ha puesto como médicos de urgencia: la gente que tenemos a nuestro alrededor necesita de nuestra ayuda. Y hay que darse prisa porque como dice San Pablo «la representación de este mundo se termina» (en segunda lectura de la Misa: 1Co 7,29-31).

LA RECETA

Es tan importante anunciar conversión que esto fue lo primero que hizo Jesús: iba predicando «convertíos y creed en el Evangelio».

Si queremos que la gente cambie de verdad hay que hablarles del Evangelio. Y el cristianismo se puede resumir en tres palabras: amistad con Jesucristo. Esto es lo importante porque no se puede conseguir metanoia sin receta.

Y como todas las medicinas, las madres las convierten en cosas apetitosas. La Virgen nos ayudará a que la gente cambie dándoles la amistad con Jesucristo.

jueves, 14 de enero de 2021

ENCUENTROS EN LA PRIMERA FASE


En la actualidad Dios sigue llamando, y lo hace como casi siempre: en el silencio y a través de otras personas que nos lo presentan.


He de reconocer que algunos de los que estamos aquí hemos sido llamados a la amistad con Dios de esas dos formas.

A veces nos gusta recordar cómo fueron los primero encuentros que tuvimos con el Señor.

Es bueno que nos sirvamos de la memoria para unirnos más a Él: al contemplar que nos iba persiguiendo, porque quería que fuésemos su amigo.

LA VOZ DE DIOS

Nos cuenta la Sagrada Escritura que un chico llamado Samuel aún no conocía cómo hablaba el Señor (cfr. 3,3b-10.19: primera lectura de la Misa).

Fue el sacerdote Elí quien entendió que Dios llamaba a aquel chico. Por eso le dio el consejo de que cuando oyese algo dijera: –«Habla, que tu siervo te escucha».

Y éste fue el inicio de la amistad del Señor con Samuel.

Y esa jaculatoria que han dicho los hombres desde entonces podemos utilizarla ahora: –Habla, Señor, que te escucho.

Esto lo han dicho los cristianos de todas las épocas, con distintos acentos, en distintos idiomas, o con palabras semejantes. San Josemaría le decía al Señor: – ¡Jesús, dime algo!

Eso lo decía ya, cuando tenía amistad con Dios. Porque en su adolescencia repetía:
Señor, que vea. Que es una forma de decir: –Habla, Señor, y muéstrame lo que quieres de mí.

Sin el dialogo con Dios es muy difícil descubrir lo que el Señor nos pide. Tantas veces los santos han dicho que hay que rezar más.

Son pocos los que rezan, y los que rezamos, rezamos poco, le dijo un diplomático al Papa Pablo VI, con palabras de un Santo.

Los que rezamos, rezamos poco. Nuestro propósito tiene que ser rezar más, rezar mejor.

Y la calidad de la oración se ve por los frutos.

La calidad de nuestra oración se ve por los frutos. Pero no hay que tener la ingenuidad del que quiere conseguir los frutos tirando de la planta para que crezca.

No queremos frutos para nuestra cuenta personal, sino porque nos interesan las personas.

No se trata sólo de conseguir que la gente rece algo. Eso está muy bien. Hay que procurar que dediquen un tiempo a hacer oración.

Y esto es así porque el Señor cuenta con nuestra colaboración.

DIOS HABLA TAMBIÉN A TRAVÉS DE SUS INTRUMENTOS

Con frecuencia el Señor se sirve de otras personas para que se conozca su voluntad.

Se sirve del Papa para señalarnos el camino. Para eso puso el Señor la Roca de Pedro.

No es extraño que a Benedicto XVI le hagan preguntas. En concreto, en abril del año pasado, los obispos norteamericanos le dijeron:

«Dé su parecer sobre la disminución de vocaciones, a pesar del crecimiento de la población católica»

Y el Papa le respondió:

«En el Evangelio, Jesús nos dice que se ha de orar para que el Señor de la mies envíe obreros; admite incluso que los obreros son pocos ante la abundancia de la mies (cf. Mt 9,37-38).

Parecerá extraño, pero yo pienso muchas veces que la oración –el
 unum necessarium– es el único aspecto de las vocaciones que resulta eficaz y que nosotros tendemos con frecuencia a olvidarlo o infravalorarlo.

No hablo solamente de la oración por las vocaciones.

La oración misma... es el medio principal por el que llegamos a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida.

En la medida en que enseñamos a los jóvenes a rezar, y a rezar bien, cooperamos a la llamada de Dios.

Los programas, los planes y los proyectos tienen su lugar, pero el discernimiento de una vocación es ante todo el fruto del diálogo íntimo entre el Señor y sus discípulos.

Los jóvenes, si saben rezar, pueden tener confianza de saber qué hacer ante la llamada de Dios.

Por eso –como decía San Josemaría– si no conseguimos de los jóvenes que sean almas de oración hemos perdido el tiempo.

Se trata de que los llevemos a Dios como hizo Juan el Bautista con los que él trataba.

De San Juan Bautista algunos podrían decir que era una persona radical y excéntrica, pero no pueden negar que era humilde.

No le interesa otra cosa que servir al Señor, ser su instrumento. No quería que se quedasen en él. Llevó a la gente a Dios.

El Evangelio nos relata el encuentro de Jesús con dos jóvenes discípulos del Bautista: eran Juan y Andrés.

Precisamente estos dos chicos fueron intermediarios para que otros conocieran a Jesús (cfr: Jn 1,35-42). Más tarde todos ellos serían amigos de Dios.

La humildad engendra humildad. Se ve perfectamente cuando lo que se persigue en el apostolado es que la gente busque a Dios, no nuestro triunfo.

Esto sucedería si no se reza: se acabaría confundiendo el servicio a Dios con servirnos a nosotros.

Si no se reza, se acaba confundiendo el seguir al Señor con cumplir una serie de actividades religiosas.

La primera verdad fundamental que hemos de enseñar es que la vida de oración –la oración contemplativa– no es fruto de una técnica, sino un don que recibimos.

La oración no es una técnica sino una gracia. Y resulta extraño que se pueda hacer compatible hacer oración con no estar en amistad con Dios.

El secreto consiste en tener la misma longitud de onda que tiene Dios: conseguir sintonizar. Eso es cuestión nuestra

CUESTIÓN DEL RECEPTOR

Ya se ve que Dios suele hablar bajito. Y sólo es posible escucharle si nuestro interior es un receptor que no está dañado, que puede conectar.

Juan Pablo II hablaba de «la teología del cuerpo». Y así es: nuestro cuerpo es un instrumento de alta tecnología espiritual, que si sufre alteraciones no podrá escuchar la voz de Dios.

Admiramos los grandes templos de Roma o Estambul, que han servido de encuentro con Dios.

Pero el templo más preciado por el Señor es nuestro cuerpo: allí puede habitar el Espíritu Santo, o puede ser un santuario vacio o profanado (cfr. 1 Co 6,13c-15ª.17-20: segunda lectura de la Misa).

Lo primero que hicimos nosotros fue comenzar con un tiempo dedicado a Dios, esto serán nuestros encuentros en primera fase. Luego tiene que venir la amistad.

La amistad es una cosa tangible. Indudablemente no somos santos.

Pero sí podemos tener intimidad con nuestro Señor. Para eso está el silencio interior.

Llamamos «oración» a ponernos en la presencia de Dios, con el deseo de entrar en la intimidad con El, en medio de la soledad y del silencio.

MAESTRA DEL SILENCIO Y DE LA ESCUCHA

María lo primero que hacía cuando llegaba a casa era encender la televisión, porque si no escuchaba ese ruido de fondo se sentía sola.

«Y cuando se subía al coche, lo primero que hacía era poner la radio. O mejor dicho estaba puesta ya: nada más darle al interruptor del coche se oía. Es que a ella le daba miedo la soledad».


Esta María, no era la Madre de Jesús: no sólo no le daba miedo el silencio, sino que era el vehículo que le llevaba a Dios.

Desde que tuvo uso de razón, María estuvo atenta a la voz de Dios. Y era tan fluido ese diálogo, que el mismo Señor quiso habitar materialmente en su cuerpo. Como en nuestro caso cuando recibimos la Comunión.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías