martes, 4 de diciembre de 2007

Adviento

El Señor hablando con los fariseos les puso un ejemplo de la sabiduría popular, de esas cosas que sabe la gente de campo y que se transmite por la experiencia de muchas generaciones. Haciendo como del hombre del tiempo dijo: «Al atardecer decís que va a hacer buen tiempo porque el cielo tiene color de fuego; y por la mañana que hoy habrá tormenta porque el cielo está rojizo y sombrío» Y termina con una queja «¿Así que sabéis descubrir el aspecto del cielo y no podéis descubrir los signos de los tiempos?» .

Esa es la misma queja que podría hacer el Señor ahora, porque muchos se dan cuenta de las cosas materiales que necesitan pero, en cambio, de las espirituales no. Es evidente que la Navidad es una fiesta conocida, y, por desgracia, la gente se quede en la pura fiesta sin darse cuenta de lo signos de los tiempo, que Dios va a estar con nosotros.

La Iglesia quiere que no nos pille de sorpresa, por eso existe el Adviento, para que el nacimiento del Niño Dios no pase como si nada.

Volviendo a la imagen que puso el Señor, es fácil imaginarse un campo árido por la sequía y a todo el mundo mirando con urgencia al cielo para ver si llueve y poder salvar las cosechas.

Así estaba el mundo antes de la venida de Jesús: sediento, seco, esperando su Redención, por eso el pueblo de Israel repetía una y otra vez: –Ven Señor que brille tu rostro y nos salve.

Y de repente, en esa espera mirando al cielo surge a lo lejos una nube que da esperanzas de lluvia y viene la alegría.

Cielos, dirá el profeta, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote la salvación.

Así esta la Iglesia ante el nacimiento de Belén: impaciente, necesitándolo, por eso toda la liturgia nos invita a lo mismo, a prepararnos con prisa: –El Señor llega, salid a su encuentro.

En el Adviento, la Iglesia –son palabras del Catecismo– actualiza esta espera del Mesías . Es un acontecimiento muy importante, tanto que la venida de Jesús al mundo está presente a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Es algo tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos.

La Iglesia nos tira de la manga para que nos demos cuenta de algo maravilloso, que Dios va a estar con los hombres. La traducción latina Vulgata de la Sagrada Escritura designa como adventus la venida del Hijo de Dios al mundo.

El Adviento es una llamada a vigilar con oración y penitencia. Por eso la liturgia en estos días nos enseña a esperar como Juan Bautista y los profetas del Antiguo Testamento recordándonos sus palabras que nos facilitan preparar la venida del Mesías.

Estas cuatro semanas son como la nube que da esperanzas de lluvia. En la Misa de este primer domingo rezamos antes de comulgar: El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto.

Prepararnos para la Navidad, la primera venida del Señor, y a la vez dirigir nuestra mente hacia la segunda venida de Jesús, que tendrá lugar al final de los siglos. Se trata de una espera piadosa y alegre porque vamos a estar con nuestro Dios.


Esa alegría nos viene por la cercanía del Señor, por su protección. Una protección que nos la anuncia el mismo Dios a través de Isaías, con unas palabras que no dejan de tener su gracia y que muestran la grandeza de Dios y la pequeñez nuestra: «No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio».

Vamos a decirle ahora: –A ti Señor levanto mi alma, Dios mío en ti confío . ¡Ven Señor no tardes!

Debemos aprovechar este tiempo para rezar bien y hacer penitencia. Así iba San Juan Bautista, gritando por toda la comarca del Jordán para que la gente se convirtiera para «Preparad los caminos del Señor» .

–«Mira que llego en seguida, dice el Señor».


Tenemos que darnos prisa, concienciarnos porque dentro de nada es Navidad. Estas semanas se pasan en una abrir y cerrar de ojos entre líos del colegio y concursos de villancicos. Vamos a hacer el propósito de rezar mejor y ofrecer al Señor cosas que nos cuesten.

Todos nos acordamos de esa imagen que el Señor les puso a los sacerdotes y ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar a la viña”. Él contestó: “No quiero”. Pero después recapacitó y fue».

Cuando, durante estos días, nos cueste más un sacrificio en el trabajo o en la relación con los demás, cuando vayamos con prisa para rezar… recapacitemos. Que no tengamos que oír el reproche de Jesús a los sacerdotes y ancianos «porque vino Juan a vosotros (…) y no recapacitasteis ni le creísteis».

Hay un Padre de la Iglesia, llamado San Tarasio que hablando de la Virgen dice: «¡Salve, tú, nube ligera, que derramas la lluvia celestial!».

Es curiosa la imagen. María vista como la nube que trajo la promesa de la salvación del mundo. En medio de este mundo, Ella es como un trozo de algodón blanco que refleja los colores del sol, una mezcla de rojo y dorado que se convierte en formas maravillosas.

Nuestra Madre se preparó muy bien para traernos el valioso Rocío de la Gracia que hace brotar la vida en la tierra por muy seca que esté. Vamos a mirarla para no perder de vista la Navidad siendo generosos en la oración y en las cosas que nos cuesten más.

–¡Ayúdanos tú, nube ligera, que derramas la lluvia celestial!

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