jueves, 3 de enero de 2008

Los Reyes Magos

La Navidad es Dios que se acerca a los hombres, se presenta silenciosamente en un portal. Siempre ha querido estar cerca de nosotros para que le busquemos. Sin ir más lejos, toda la creación nos grita que Él existe.

El libro del Génesis cuenta como Adán y Eva, después de cometer el Pecado original intentaron esconderse de la presencia de Dios y se metieron entre los árboles del Paraíso.

Pero les duró poco, porque Dios lo sabe todo y se paseó cerca de donde estaban escondidos y los descubrió: Adán, ¿dónde estás?

Somos criaturas suyas y Dios se comporta con nosotros como las personas mayores con los niños pequeños, hace como si jugara al escondite con nosotros.

Esa historia del Génesis es sólo una imagen de lo que realmente sucedió, porque Dios está en todas partes y lo ve todo, no tiene que ir buscando a la gente detrás de los árboles como hacen las niñas del colegio durante el recreo.

Pero nos sirve la imagen para entender más la fiesta de hoy. Cuando uno juega al escondite y encuentra a la persona que se ha escondido, entonces le toca él esconderse y ser buscado…

Dios encontró a Adán y se escondió para que le buscáramos nosotros. Lo hizo en un Niño pequeño, acostado un pesebre, en una ciudad insignificante llamada Belén, en Judea.

Hemos leído en la primera lectura de la Misa de hoy lo que nos dice Isaías:
«Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti».

Para que nos fuera más fácil encontrarle en medio de las tiniebla de este mundo, nos dejó algunas pistas a través de los Profetas: «He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo... Y tú Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor entre los pueblos de Judá... El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su amo... Una rama brotará de la raíz de Jessé –Jessé fue el padre de David–
y así una flor brotará de esa raíz».

Incluso envió un ángel a los pastores que estaban cerca del portal, porque Dios siempre facilita las cosas y por eso lo encontraron.

A los Magos de Oriente les mandó una estrella para facilitarles la búsqueda. Con cada uno empleó un camino. Aunque San Mateo nos cuenta de manera sencilla lo que les pasó a los Reyes, «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarle» (Mt 2, 2), se les hizo un poco largo el viaje pero, gracias a Dios, todo terminó bien.

En nuestra vida también Dios ha dejado sus pistas para que las sigamos, como en el cuento de Pulgarcito: migas de pan que nos permiten volver una y otra vez a Dios. Entre las tinieblas de nuestros fallos, desganas y desánimos podemos seguir una luz que nos guía con seguridad como los Reyes Magos.

San Josemaría lo explicaba con la imagen de los palos rojos que se colocan al borde del camino para señalar por dónde va cuando se cubre todo de nieve y no se distingue por donde ir, como las piedras pintadas de amarillo que hay en los caminos de montaña que facilitan la ruta que te lleva hasta arriba.

Pues, incluso dando Dios facilidades, no todos responden como debían. A Herodes, Dios también se lo puso muy fácil. Le dio muchos datos para que lo encontrara justamente a través de los Magos, pero eso solo le sirvió para alejarse todavía más.
«Al enterarse Herodes (…), convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país y les preguntó donde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “en Belén de Judea”».

Más claro no se lo podían haber dicho. Eso es como el chiste: es blanco y está embotellado. Pero no le bastó eso a Herodes, porque cuando uno no quiere ver las cosas lo mira todo al revés. Pensó que ese Niño le iba a quitar poder y gloria.

Ya se ve que Dios no lo da todo hecho, algo tenemos que aportar nosotros, tenemos que querer.

«Señor, enséñame tus caminos para que ande en tu fidelidad». Que «Te busco con todo el corazón, no permitas que me separe de ti».


Los Reyes Magos fueron todo el camino con sus cofres llenos de oro, incienso y mirra. Quizá porque tenían algo que ofrecer al Niño no se cansaron del viaje y llegaron hasta donde Él estaba. Lo encontraron después de tanta búsqueda.

«Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre y postrándose le adoraron; luego abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra» (Mt 2, 11).

La mirra la ofrecemos a Dios sobre todo cuando nos mortificamos: ¡cuánto cuesta hacer otra cosa de lo que nosotros pensamos! La mirra de nuestras luchas para no enfadarnos, para no criticar para rectificar y no querer llevar siempre la razón.

El incienso de nuestra oración, esto de venir aquí a acompañarle, a mirarle, simplemente estando porque ya sabe Él todo: hacer el esfuerzo de hablar con Él, de rezar bien, no de hacerlo de cualquier manera como quien hace una cosa más. Entonces nuestra oración sube al cielo como incienso y es siempre eficaz.

Y el oro del trabajo bien hecho sin perezas, del cumplir el horario de estudio.

Ante esos regalos el Niño parece que no hace nada, que no da las gracias, sigue llorando. El Señor no quiere darnos aquí lo que nos tiene preparado en su Reino: lo que nos pide aquí, lo que le demos aquí, nos lo devolverá aumentado.

Lo único que quiere es que seamos personas enamoradas, que seamos como Él, que no para de regalarnos su gracia. Que seamos como Él que nos demuestra su Amor, no con palabras bonitas, sino con el sacrificio.

Regalos… Hoy ha sido la noche de la ilusión de los niños. También el Niño Dios tiene la ilusión de recibir alguno.

Cuentan de un niño que estaba intentando escribir su carta: Queridos Reyes Magos: como me he portado bien este año... Se puso a pensar y comprendió que los Reyes Magos lo saben todo.

Queridos Reyes Magos: como me he portado regular…pero rompió también esa segunda carta y se levantó decidido se fue hasta el belén cogió una figurita y empezó una tercera carta:

Queridos Reyes: no hagáis una locura: tengo al Niño en mi poder.

Nosotros, dentro de un momento tendremos en nuestro poder al Niño, y con Él, todo es nuestro. Esa fue la recompensa de los Reyes Magos.

Así aparece María, con el Niño siempre en su poder, con su mejor regalo.

–Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos el camino. Estrella del mar brilla sobre nosotros y guíanos.

Ignacio Fornés

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