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martes, 15 de octubre de 2013

AFÁN APOSTÓLICO

Dios es Amor
Dios es Amor, Deus cáritas est, nos dice San Juan. En pocas palabras no se puede decir más. Así es Dios.

Lo que sucede es que, al tratarse del Ser más elevado, sería imposible verlo si no se hubiera encarnado.

Por eso a Dios lo contemplamos en Jesús. Y el Amor de Dios se encarna en Él: en este hombre maravilloso.

Vamos a pedirle, al inicio de nuestra oración, que nos de su luz para que entendamos como tenemos que imitarle. 

–Danos tu luz y tu verdad.

Quizá nos vienen a la cabeza aquellas palabras suyas.

–A vosotros os he llamado amigos. Este es el nombre que Dios nos da. 

jueves, 29 de enero de 2009

UNA PANDA DE AMIGOS

El Evangelio nos cuenta como los apóstoles fueron conociendo a Jesús. Y fue de la manera más natural. 

Se fueron presentando unos a otros, hasta que formaron la clásica panda de amigos.

«Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y siguieron a Jesús. 

»Encontró primero a su hermano Simón (...) y lo llevó a Jesús» (Jn 1,40-42).

Después el Señor encontró a Felipe, y, Felipe le llevó a Natanael (cfr. Jn 1,43-46). Así, hasta que se formó el grupo entero. Aquello fue el inicio de una gran amistad, de un grupo muy unido. 

Unos que llaman a otros, y todos siguen a Jesús. Ven y sígueme, esa es la clave.

LA LEY DE LA AMISTAD

«Un trozo de hierro se afila con otro hierro; y a un amigo también se le da forma con otro amigo» (Prv 27, 17).

Esto dice precisamente el libro de los Proverbios cuando trata el tema de la amistad. 

Literalmente, el dice: «El hierro se afila con otro hierro y el amigo afila la cara del amigo». Es el modo hebreo de decir las cosas. 

Los amigos se influyen mutuamente. Es la ley de la amistad. Y se influyen tanto que acaban pareciéndose uno al otro.

Del mismo modo que una pieza de hierro vuelve a otra de una forma determinada si la rozamos contra ella. 

La amistad engendra en nosotros una forma de ver las cosas, de pensar, de divertirse, de hablar, etc.

Las amigas muchas veces visten parecido o igual, porque comparten los mismos gustos.

Todo esto se nota. Las madres se dan cuenta muchas veces que los gestos, y la forma de pensar de los amigos nos acaban influyendo. Por eso se preocupan de saber con quien vamos y salimos.

Que los amigos se influyen es algo evidente. Y ocurre, no porque se lo propongan, sino por el contacto diario.

EL LIDER DEL GRUPO

Entre las amistades suele haber algunos que destacan más. Muchas veces el motivo es porque tienen más personalidad que el resto. Llevan la voz cantante. 

Jesús es perfecto hombre. Él es el Maestro. Su personalidad es tan fuerte que no deja indiferente a nadie que se acerca a él.

Cuando dice su nombre en el Huerto Olivos cayeron a tierra los que iban a apresarle. El Señor no pasa desapercibido. Sus enemigos quieren acabar con él porque está influyendo sobre las personas.

Los Apóstoles fueron cambiando poco a poco con el pasar de los días. Se fueron transformando casi sin darse cuenta.

San Juan que, como su hermano, era de carácter fuerte, se volvió suave.

Pedro que fue cobarde, terminó dando su vida por él. Y así todos. Todos menos Judas, que en el fondo no era amigo de Jesús.

El Señor influye tanto que nos cambia la vida. A san Pablo le ocurrió eso, por eso decía «Vivo pero no soy yo, sino Cristo el que vive en mí» (Gal 2,20). Lo que le impulsaba era Espíritu de Jesús resucitado. 

Su actividad ya no se movía por el «haré esto» o «no lo haré», sino que el Espíritu de Dios le hacía decir «Abba Padre». Lo mismo les sucede a los santos. Se mueven por una fuerza interior que les lleva a superar las dificultades.

El trato con Jesús les hacía tener en cuenta, no solo lo material sino también lo espiritual.

A ESE GRUPO PERTENECEMOS

Los santos se han rodeado de amigos. Formaban grupos de gente que tenían verdadera amistad. Y como estaban tan cerca de Dios han sido la pieza que les unía a Jesús.

San Josemaría empezó con tres. El grupo inicial lo formaban Pepe Romeo, don Norberto Rodríguez e Isidoro Zorzano, que eran, a su vez, continuadores de los asistentes al Sotanillo (cfr. Vázquez de Prada, Tomo I, p. 446).

Curiosamente las primeras vocaciones aparecían cuando se presentaba la fiesta de unos de los apóstoles. 

«Para la historia de la Obra de Dios —escribía en una catalina del 8-V-1931—, es muy interesante anotar estas coincidencias: El 24 de agosto, día de S. Bartolomé, fue la vocación de Isidoro. El 25 de abril, día de S. Marcos, hablé con otro [...]. El día de S. Felipe y Santiago (1-V-31), tuve ocasión —sin buscarla— de hablar a dos. Uno de ellos, con quien me entrevisté de largo, quiere ser de la Obra» (p. 448).

Esa amistad con San Josemaría les llevaba a seguir al Señor. Por eso escribe de los que llegaban: «Ninguno dudó; conocer a Cristo y seguirle fue uno. Que perseveren, Jesús: y que envíes más apóstoles a tu Obra» (p. 449).

Esa era siempre su actitud. Dirigir cada persona al Señor. El escultor Jenaro Lázaro, que los domingos por la tarde, a la salida del Hospital General, se quedaba charlando un rato con don Josemaría, refiere sus recuerdos: «Estas conversaciones, me produjeron una impresión imborrable: era un hombre de Dios, que arrastraba hacia El a las personas que trataba» (p. 452).

LA LLAVE QUE ABRE CUALQUIER ALMA

A veces en el apostolado vamos probando cosas que vemos que no sirven porque la gente no avanza. 

Hay unas palabras que le dice Don Jose María Samoano a María Ignacia Escobar, la primera vocación a la Obra, que dejan claro el camino que hay que seguir. Le aclaraba que para construir bien el Opus Dei era preciso echar sólidos cimientos de santidad: «No queremos número, eso... ¡nunca!, le decía el capellán. Almas santas... almas de íntima unión con Jesús... almas abrasadas en el fuego del amor Divino ¡almas grandes! ¿Me entiende?» (445)

Jesús es la llave que encaja perfectamente en la cerradura de cualquier alma. A veces uno va con un manojo de llaves y va probando hasta que encuentra la adecuada.

El Señor es como una llave maestra que abre la puerta del mundo sobrenatural.

COMUNIÓN, CONFESIÓN Y ORACIÓN

Nuestro apostolado debe consistir en llevar a nuestros amigos a Jesús. Y el Señor influye a través de la gracia, con los sacramentos y en la oración.

Debemos presentarlos, porque, aunque lo conocen de oídas, no lo tratan personalmente.

Comunión, confesión y oración. De esa manera el Señor va influyendo en nosotros casi sin darnos cuenta.

Él es siempre eficaz, porque Jesús no cambia, actúa siempre, es el mismo ayer, hoy y siempre. Entonces nuestros amigos serán santos. 

Nosotros hemos cambiado mucho, y más que nos queda. Si hacemos la cuenta, yendo a Misa a diario durante 10 años hemos recibido al Señor unas 3.000 veces. Y son muchas las horas que nos hemos pasado delante del Sagrario. Y cientos las confesiones.

A pesar de que nuestros defectos y pecados, Jesús es el que nos ha transformado y nos seguirá cambiando.

La Virgen, cuando está en la cruz no está sola. Está con su grupo de amigas. Allí están todas con Jesús. Que nosotros sepamos también hacer lo mismo.


martes, 5 de agosto de 2008

AFÁN APOSTÓLICO

Dios es Amor, Deus cáritas est, nos dice San Juan. En pocas palabras no se puede decir más. Así es Dios.

Lo que sucede es que, al tratarse del Ser más elevado, sería imposible verlo si no se hubiera encarnado.

Por eso a Dios lo contemplamos en Jesús. Y el Amor de Dios se encarna en Él: en este hombre maravilloso.

Vamos a pedirle, al inicio de nuestra oración, que nos de su luz para que entendamos como tenemos que imitarle.

Danos tu luz y tu verdad.

Quizá nos vienen a la cabeza aquellas palabras suyas: –A vosotros os he llamado amigos.

Este es el nombre que Dios nos da. La definición que nosotros hacemos de Dios es que es Amor. La hizo el Apóstol Juan. Y el Señor nos llama a nosotros, nos define como amigos. Eso somos los hombres para Dios.

Jesús, Dios hecho hombre, manifiesta su Amor teniendo amigos. Así nos hace ver que si el hombre quiere parecerse a Dios, tiene que concretar la caridad en la amistad.

La amistad es lo que el hombre tiene que desarrollar para parecerse a Dios.
Pues el Señor quiere tener muchos amigos, porque Él es Amor.

Precisamente a los santos se les llama amigos de Dios. No sólo sus hijos. Hijos suyos somos todos, pero puede ser que no seamos amigos.

Todos lo hombres somos hermanos de Jesús, pero no todo el mundo tienen un trato de amistad con Él.

Para que haya amistad tiene que haber correspondencia entre las dos personas. Entre un hermano y otro hermano, entre un padre y un hijo, no se da por hecho de que tengan amistad. La cuestión biológica tira mucho. La sangre es fuerte, pero la amistad no puede darse por supuesto.

Incluso en el terreno espiritual: por el hecho de nuestra adscripción a la Iglesia, no por eso somos amigos de Dios.

El último Concilio nos habla de que todos los cristianos debemos aspirar a la santidad. Y para ser santos la primera virtud que tenemos que cultivar es la caridad.

Y en este sentido, la Iglesia, en la fiesta de San Josemaría, dice que fue elegido por Dios «para proclamar la llamada universal a la santidad y al apostolado».

Porque no es sólo que debemos salvarnos nosotros, sino que hemos de pensar en la felicidad de los demás.

Y es que el apostolado es una manifestación de la caridad.

San Josemaría escribió: «El principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad (...)

Universalidad de la caridad significa, por eso, universalidad del apostolado
» (Amigos de Dios, n 226, 1)

Cuando incorporemos en nuestra vida esta verdad, que el apostolado es igual a la caridad, entonces el apostolado dejará de ser una cosa que se realiza de vez en cuando.

Porque el apostolado cristiano no es un ejercicio de captación. Sino una forma de concretar el amor que tenemos a los demás.

En el Evangelio se nos cuenta el espíritu de iniciativa de algunos judíos vibrantes. Aquellos, aunque no eran cristianos, no obstante eran muy celosos: no les importaba viajar lo que fuese por conseguir la adscripción de una persona.

Es muy admirable ese celo, y por eso se cita. Sin embargo, la motivación de toda esa actividad no estaba bien enfocada, no era una cosa recta. Lo que buscaban era la gloria humana de su pueblo.

Aquellos hombres eran activos, porque la vanidad es muy sacrificada. Pero su labor no estaba centrada en la caridad, sino en el amor propio. Querían hacer discípulos para ellos mismos.

Por eso el Señor les dice «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que vais dando vueltas por mar y tierra para hacer un solo prosélito y, en cuanto lo conseguís... puntos suspensivos (Mt 23,15).

El Señor no les recrimina que se muevan, sino que lo hagan por un motivo poco recto. Lo que les importaba era apuntarse un tanto; una vez que lo habían conseguido lo que pasara después les daba igual.

Uno de estos hombres fue San Pablo. Y cuando se convirtió, el proselitismo de este fariseo, hijo de fariseo, organizó una autentica revolución.

El proselitismo de San Pablo, era un apostolado basado en el amor de Dios. Pablo deseaba ardientemente que todos los que se encontraba en su camino, también fuesen amigos del Señor.

El fuego de su caridad le urgía a llegar hasta el extremo del mundo. No sólo quería convertir a su pueblo, sino a los gentiles.

Quería convertir a los magistrados que le juzgaban. Y una vez condenado, convirtió no sólo a los presos, y al carcelero, sino también a la familia del carcelero.

Su actividad no se resumía en Vanitas nostra urget nos, sino en que la Caridad de Cristo nos mueve. Porque Jesús quiere pasar la eternidad rodeado de amigos. Y como decía San Josemaría: La caridad exige que se viva la amistad.( Forja n 565):

En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor.

Por eso nuestro apostolado debe ser un apostolado de amistad. No un apostolado de propaganda, ni de invitación a reuniones.

La amistad es la base de la labor. Si hay caridad, hay amigos, y si hay amigos será fácil llevarlos al Señor.

Hablando de la amistad decía un periodista el año pasado: «La amistad es una de las columnas vertebrales sobre la que se sostiene el mundo y sobre la que se construye la vida de las personas» (La Opinión de Málaga, 28 de julio de 2007, p. 23).

Y sigue diciendo el periodista: «Es importante tener amigos, pero quizá sea más importante saber cuidarlos y conservarlos.

Por eso es tan hermoso y profundo aquel viejo proverbio: recorre frecuentemente el camino que lleva al huerto del amigo, de lo contrario crecerá la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente».

Por eso San Josemaría identifica la caridad con la amistad. Dice: En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa luz divina que da calor (Forja, n. 565).

Y en la base de la amistad está la «confidencia». No puede haber amistad sin trato confiado.

Lo dice el Señor: «os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,14).

Precisamente el Señor a sus amigos les da a conocer su intimidad. Si no hubiera habido esa comunicación, la amistad sería una cosa de nombre. Porque en la base de la amistad está el trato personal. La amistad no es grupal. Y si queremos llegar a mucha gente tiene que ser uno a uno.

Hemos de imitar al Señor en su dedicación personal por cada uno de nosotros. Jesús trataba a personas concretas. Quiere a gente con nombres y apellidos, que tienen una historia, unos gustos, una situación familiar concreta...

Cada día nos encontramos con mucha personas individuales. Empezando por los que viven y trabajan con nosotros.

Vamos a pedirle ayuda al Espíritu Santo, como hicimos al principio de la meditación, para que nos ayude a hacer las cosas bien:

Quema con el fuego de tu amor. Para que aprendamos y enseñemos el apostolado de amistad y confidencia.

Pensamos en la Virgen. Su apostolado, como el nuestro, no es un apostolado de masas. María lo que hizo es tratar personalmente a sus amigas.

Por el número de mujeres que había en la cruz, se puede decir que acercó a Jesús, a muchas: primas, parientes lejanas, madres de los Apóstoles... a todas las trató de tú a tú.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías