jueves, 20 de septiembre de 2007

LOS ÁNGELES

Una chica, un poco despistada y casi corriendo cruzaba un paso de peatones. Y un BMW pasó a toda pastilla sin detenerse.

Y alguien le gritó al del coche: –¡animal!

La chica se había parado en seco sin saber porqué, como si su nariz se hubiera pegado contra un muro de cristal.

Y es que un tipo fortísimo le había sujetado por el hombro: –mujer ten cuidado que un día de esto te atropellan…

Con el susto no se dio cuenta ni de quien le hablaba. ¿Fue esto una casualidad? Pues seguramente. Pero a veces no es así.

Alguien que no tiene cuerpo nos protege todo el rato: ese es nuestro Ángel Custodio.

Que existan los ángeles no es algo evidente. Fueron creados por Dios igual que los hombres. Pero Dios los creó distintos: no se ven como ahora nos vemos nosotros.

En la vida de Jesús los ángeles están presentes en muchas ocasiones.

Nada más nacer en Belén dice el Evangelio que «de repente apareció (…) una multitud del ejército celestial que alababa a Dios» (1) .

Cuando Jesús estaba necesitado de todo con apenas unas horas de vida aparecen ellos.

Un ángel fue el que avisó a san José para que huyeran a Egipto de noche y salvar así la vida del Niño.

Cuando el Señor tenía más o menos treinta años y fue tentado por el diablo en el desierto antes de empezar a predicar por Palestina, dice la Escritura que después que Satanás se retirara «se acercaron los ángeles y le servían»(2).

Y al final de su vida, en el Huerto de los Olivos, después de sudar sangre dice san Lucas que «un ángel del cielo se le apareció para confortarle»(3) .

–Señor, ¡qué gran ayuda te dieron los ángeles durante tu vida terrena!

Nos dice el Catecismo que a todo hombre cuando nace, Dios le pone un ángel al lado para que le ayude en esta tierra y guiarle al cielo.

«Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida»(4). Nos lo envía el Señor. Eso es precisamente lo que significa la palabra ángel: enviado.

Son los «poderosos ejecutores de sus órdenes»(5), y las órdenes de Dios son que nos lleven al cielo.

¿Te acuerdas de aquel joven llamado Tobías? Fue un arcángel quien le ayudó en aquel viaje tan difícil dándole consejos importantísimo y haciéndole multitud de favores.

Al final se dio a conocer y dijo que era el Arcángel Rafael y que intercedía por ellos antes el Señor…

Fíjate qué casualidad que el Opus Dei se fundó un 2 de octubre, día de la fiesta de los ángeles custodios.

No es una casualidad porque la Obra es uno de los caminos de la Iglesia para utilizan los ángeles para llevar a las personas al cielo.

Lo del 2 de octubre no es coincidencia.

Tú tienes un ángel para ti. Es más conocido con el nombre del ángel custodio. Está siempre a tu lado.

Es nuestra dulce compañía, que no nos deja ni de noche ni de día…

Los ángeles son muy listos e intuyen lo que nos pasa, pero no son adivinos.

Les pasa como a las madres que descubren que algo ocurre porque su hija ha llegado con la cara hasta el suelo, y por eso le preguntan: –¿te paso algo?

El ángel nos ve preocupados o tristes y se pregunta «algo le pasa»… Por eso es bueno que hables con él, que le cuentes tus cosas, lo agradecen mucho porque así no tienen que descubrir qué nos pasa como hacen los veterinarios con los perros.

Hay mucha gente que le pone nombre a su ángel, precisamente para facilitar el diálogo.

¿Qué nombre le puedes poner?

Puede ser nombre de hombre o de mujer, a ellos les da igual porque no son ni lo uno ni lo otro, porque son ángeles.

Los santos siempre los han tenido muy presentes y les han ayudado hasta en cosas materiales.

Hubo uno que estando en la cárcel injustamente, su ángel lo sacó de allí de una manera poco común.

Era Pedro, el primer Papa, y esto ocurrió en los primeros años de la Iglesia.

Estaba encerrado por predicar el nombre de Jesús, atado con cadenas. Era de noche y se durmió. En la puerta de su celda había dos guardias vigilando.

De repente un ángel se presentó dentro de la estancia iluminándolo todo.

San Pedro debió estar profundamente dormido porque no se dio ni cuenta.

«El ángel –dice la sagrada Escritura– tocó a Pedro en el costado y lo despertó diciendo: –¡Deprisa levántate! Y las cadenas se le cayeron de las manos. El ángel le dijo:

–Abróchate el cinturón y ponte las sandalias
(…).

Pedro salió detrás de él» Pero pensaba que todo aquello no era más que un sueño.

«Después de pasar la primera y la segunda guardia llegaron a la puerta de hierro que da a la calle, y se les abrió sola.

Salieron y llegaron al final de la calle; de pronto, el ángel desapareció de su lado
»(6).

El Señor, en los primeros años de la Iglesia, permitió que el poder de los ángeles se viera hasta físicamente, porque hacían falta.

A san Josemaría, poco después de la fundación del Opus Dei, su ángel también le ayudaba sensiblemente.

Por ejemplo tenía un viejo reloj que se le paraba cada dos por tres y como no tenía dinero para arreglarlo le pedía a su ángel que lo pusiera en hora y se lo concedía.

Por eso durante una temporada le llamaba el Relojerico.

También se encomendaba a él para que le despertara por las mañanas porque no tenía despertador.

Y, efectivamente, a la hora señalada sentía un ligero golpecito en el costado, como el ángel le dio a San Pedro para que se despertase… demasiadas casualidades.

San Josemaría estaba tan acostumbrado a tratar a los ángeles que cuando se encontraba con alguien, primero saludaba a su ángel y luego saludaba a la persona.

La presencia del ángel se nota. Por ejemplo cuando estás estudiando y lo quieras dejar hay una voz interior que te dice, «venga cinco minutos más, venga otros cinco y cinco más»…así hasta llegar a las dos horas.

Él se encarga de apuntar en el cielo tus horas en un cuaderno titulado: «Boletín de estudio de...».

También se nota en cosas «coincidencias tontas». Se hace presente como puede.

Me contaban una persona que un día en el que estaba muy cansada, a volver a casa se dirigía como siempre en la calle Recogidas.

Y sin saber porqué, esa vez, se fijó en el nombre de una calle estrecha que está por ahí y que nunca había mirado…Pero en la que siempre tenía sitio para aparcar.

Como es difícil encontrar sitio le pedía al Custodio que se lo buscase por allí cerca. Y siempre en esa calle había posibilidad de dejar el coche.

Y ese día en el que estaba agotado, instintivamente –como si alguien se lo hubiese indicado– leyó sin querer el nombre de la calle, en el que nunca había reparado antes.

Y se echó a reír, porque la calle se llamaba Ángel. Divertida contaba que por dentro, le dijo a su ángel: estoy en tus dominios…

La Virgen es la Señora de los ángeles. Ella no tiene uno a su servicio sino miles… María sabe como tratarlos

–Reina de los Ángeles, enséñame a tratar al mío.

Seguro que tu ángel al oír esta petición está se alegra…

(1) Lc 2, 13
(2) Mt 4, 11
(3) Lc 22, 43
(4) CIC, 336
(5) Salmo 102
(6) Hch 12, 7 y ss


Stanis Mazzuchelli e Ignacio Fornés

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