Mostrando entradas con la etiqueta Caridad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caridad. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de junio de 2009

UNIDAD


Celebramos hace poco la fiesta de la Santísima Trinidad. Tres personas distintas y un solo Dios verdadero: el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Pero no son tres dioses sino un solo Dios.

De este misterio se pueden sacar varias conclusiones. Yo querría que en este rato de oración nos fijemos en una. Que Dios es una familia muy unida: diversidad de personas perfectamente unidas entre sí.

Señor, te contemplamos sin entender demasiado. Pero nos impresiona la unidad que hay entre las tres Personas Divinas.

LA FAMILIA UNIDA DE LOS HOMBRES

Queremos, no sólo admirar, sino aprender de la intensísima comunión que hay entre las Divinas Personas, para vivirla también nosotros. Es ambicioso, pero es algo que el mismo Jesús desea para los cristianos.

Quiere el Señor que sus discípulos estemos unidos, tanto como la Santísima Trinidad. Así se lo pidió al Padre durante lo que se llama la oración sacerdotal de Jesús, en la Última Cena.

Comienza el Señor rogando por los apóstoles, que estaban con Él en ese momento. Pero luego, su Corazón se desborda y transciende a los que le acompañaban para derramar su Amor en los que vendríamos después.

No ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra –esos somos nosotros. Que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros.

Lo que pide el Señor es la unidad de todos los cristianos. Una unidad tan fuerte como la de las Tres Personas Divinas. ¿Y para qué?

Para que el mundo crea que Tú me has enviado.

Éste es el testimonio que tenemos que dar los cristianos. Si no, no se va a propagar el Evangelio. Al menos como el Señor quiere que lo haga. Porque, si no estamos unidos, no vamos a tener la credibilidad necesaria para que se acerque la gente a la Iglesia. No vamos a ser la imagen de la Santísima Trinidad que los hombres esperan ver.

Quizá podamos pensar en un primer momento en la falta de unidad que hay entre los cristianos, a nivel mundial. Los protestantes, con todas sus ramificaciones, según la interpretación que hagan de la Escritura. Los ortodoxos, con unas iglesias totalmente identificadas con los gobiernos de los países donde están. Los anglicanos, que se separaron de la Iglesia por una cuestión política...

Es verdad, es algo que desgarra a nuestra madre la Iglesia y que tenemos que llevar en el corazón constantemente. Como sabes, era una de las intenciones principales del Papa Juan Pablo II y sigue siéndolo de Benedicto XVI.

Que seamos uno, como lo son el Padre el Hijo y el Espíritu Santo. Y la realidad es que no lo somos.

Y quizá se nos puede echar un poco encima el problema y decirnos y yo, ¿qué puedo hacer?

Es bueno que nos lo planteemos así: ¿qué puedo hacer para contribuir a la unidad de la Iglesia?Si yo no conozco a ningún protestante, ortodoxo o anglicano.

Quizá lo primero sea actualizar nuestra oración, unirla a la de Jesucristo: que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y yo en Ti. Eso está al alcance de todas las fortunas.

SEMBRADORES DE UNIDAD

Y después sembrar unidad a nuestro alrededor. Porque la unidad de la Iglesia no sólo se rompe con los cismas. Ya se ve que es un problema antiguo, al menos en algunos lugares, porque ya San Pablo escribía a los de Corinto:

Os exhorto, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que (...) no haya divisiones entre vosotros, sino que viváis unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir. (1 Cor, 1,11)

Y no era un consejo por si acaso surgía algún pequeño roce entre ellos. Era un mandato porque ya había divisiones que escandalizaban a los paganos:

Pues he sabido acerca de vosotros, hermanos míos, (...) que existen discordias entre vosotros. (1 Cor, 1, 11–12)

Y a nosotros nos puede ocurrir lo mismo. Seguramente no vamos a provocar que se desgaje una parte de la Iglesia. Pero sí rompemos su unidad cuando dejamos de estar unidos a alguno de sus miembros.

Cuando vamos criticando a los demás a sus espaldas, en vez de decirles lo que tienen que mejorar a la cara. O cuando vamos guardando rencores de “ofensas” (entre comillas) que tendríamos que haber perdonado al instante. O cuando hacemos distingos en nuestro trato somos capaces de marginar a una persona porque nos caiga peor.

Y es que no nos damos cuenta de que los cristianos que tengo a mi alrededor son Iglesia. Por voluntad de Dios, la Iglesia es una familia: nuestra familia. Y los demás cristianos, nuestros hermanos. Y a los hermanos se les quiere. Por encima de diferencias. Se les perdona y se les pide perdón. Igual que la Santísima Trinidad es La Familia, por excelencia, la Iglesia tiene que ser Familia. Y una familia unida.

UNIDAD DE AFANES Y VERDADES

Unidad que se manifiesta, se tiene que manifestar, en unidad de afanes: estamos en el mundo todos para lo mismo. Para querer mucho al Señor y para irnos al cielo. Y para llevar a mucha gente con nosotros a la vida eterna. Todo lo demás es secundario.

¿Qué más nos da que tengamos opiniones distintas sobre las cosas terrenas?

El equipo de fútbol, el partido político o la música que más nos gusta. Eso no es lo importante.

Y este afán nos une a todos los demás cristianos. Cercanos y lejanos, trascendiendo diferencias de cualquier tipo. Compartimos también la misma fe, el mismo modo de ver las cosas. Y los mismos medios para alcanzar la santidad.

Por la Comunión de los santos, hemos de sentirnos muy unidos a nuestros hermanos de todo el mundo.

UNIDAD DE AMOR

Señor, Tú nos unes a los demás. Sobre todo compartimos nuestro amor a Ti.

Y no es un amor que nos separe, como pueden ser los amores de la tierra, sino que lo podemos compartir y eso nos une. Porque el amor a Jesucristo nos cambia el corazón. Por eso, conseguiremos que los cristianos estemos unidos en la medida en que tengamos como centro a Cristo.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos (Io 15,5).

No puede ser de otra manera. Toda unidad se alimenta, de la unidad con Cristo. Los sarmientos están unidos entre sí en la medida en que estén unidos a la vid. Porque es el único modo de que tengan vida. Y sin vida no puede haber unión con los demás.

Señor, queremos que la unión con nuestro hermanos esté basada en nuestra unión contigo.

Quizá se entienda mejor desde el punto de vista negativo: todo pecado es una ofensa a Dios y un daño a nosotros mismos. Pero a la vez, produce una lesión de la comunión que nos une a todos los hijos de Dios.

LA BASE ES LA HUMILDAD

Por esto la unidad tiene su base en la humildad; porque Dios da su gracia a los humildes (cfr. Iac 4,6; 1 Petr 5,5). La humildad es vivir de acuerdo con la verdad sobre nosotros y sobre Dios. Es darnos cuenta de lo poca cosa que somos. Y de lo mucho que lo necesitamos.

Sin mí no podéis hacer nada (Io 15,5);

Y esta convicción nos lleva a acudir a Dios para todo.

Señor, todo lo mío lo pongo en tus manos. Son las mejores. No voy a intentar mejorar con mis solas fuerzas.

Es muy claro que, el cemento de la unidad es la caridad, el amor a Dios y a los demás. Y para vivir la caridad hay que ser humildes. Dicen los santos que la humildad es la puerta para la caridad. Porque todo hombre se encuentra ante la disyuntiva: o amor a Dios o amor a sí mismo.

Dos amores construyeron dos ciudades: el amor de Dios hasta el desprecio de uno, la de Dios; el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena (San Agustín, De Civitate Dei, 14,28).

Se trata de que veamos qué ciudad estamos construyendo en nuestra alma. Y para eso hay que abrir el corazón de par en par, con toda sinceridad y sin miedo a lo que nos encontremos. Sin humildad no hay caridad posible y sin caridad comienza la división.

María es la que Madre de la Iglesia que une a sus hijos. Si la queremos mucho, no ha brá nada que nos separe de los demás.

domingo, 30 de noviembre de 2008

CARIÑO HUMANO Y VIDA EN FAMILIA

El Espíritu Santo movió a la Virgen para que acudiera, con prisa y alegría a cuidar de Isabel en el primer adviento, cuando llevaba en su seno al hijo de Dios que iba a nacer. Ya se ve que una persona con amor a los demás si se la deja libre se pone a servir enseguida.

San Pablo a los discípulos de Roma les dice:

–Aquellos que son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios.

Hay cosas que la gente que ha estado cerca de algún santo recuerda con frecuencia. En muchas ocasiones he oído contar a personas que han convivido con San Josemaría un estribillo casi constante:

-¡¡Hijos míos que os queráis!!

Y sus sucesores han seguido con la misma cantinela.
-Os pido por el amor de Dios que, como quería nuestro Padre, queráis a los demás con el corazón de Cristo (...)

Son palabras del actual Prelado del Opus Dei.

Y se quedan grabadas, no solo por el número de veces que las dice, sino cómo las dice. Lo lleva en el corazón, en su corazón de Padre… Le afecta la manera en que se quieren sus hijos.

Si lees la carta que escribió san Juan cuando ya era mayor todo es lo mismo: la caridad, el cariño…

Todo lo contrario al egoísmo, que consiste en ir a lo nuestro, no a lo de los demás.

Uno puede ser egoísta y hacer muchas cosas por los demás… Rectifico: y creer que hace muchas cosas por los demás. Porque todas esas obras de caridad las hace buscándose a sí mismo, los demás le importan un bledo.

El cariño tiene mucho que ver con el respeto a los demás, con la manera de tratar al prójimo. Cuando humillamos, cuando pegamos un corte a los demás, no los estamos queriendo…

Una persona cercana a Dios no hace eso… Una persona cercana a Dios quiere a los demás con sus fallos y descuidos y procura servirles, no servirse de ellos.

San Gregorio quería que en la Iglesia el máximo representante de la Jerarquía fuese el siervo de los siervos de Dios. Y este es el nombre que se le da al Papa.

–El que de vosotros quiera ser grande sea el servidor de todos, dijo un día Jesús.

Tú y yo necesitamos de pedirle a Dios:

–ven Espíritu Santo (…) y que tu caridad habite en lo más interior de nuestra persona. Ven para tratar con tus modos a cada una de las personas con las que convivo.

Como el Espíritu Santo hizo con María.

Seguramente habrás tenido la experiencia de alguna persona cercana que se te haya muerto.
A muchos les pasa en esas circunstancias que se les vienen a la cabeza situaciones en las que podían haber tratado mejor al difunto.

Es una reacción lógica, que no tiene que quitarnos la paz.

Pero sí nos tiene que hacer pensar en lo que valoramos el cariño a los demás. Y nos tiene que hacer rectificar aprovechar el tiempo que tenemos en la tierra para querer mucho a los demás.

Pero si queremos que esto sea así, hemos de luchar por poner el corazón, en lo humano. San Josemaría afirmaba que no quería caridad que no fuese cariño, y también que no quería hijos sin corazón: me estorbarían a mí, estorbarían a la Obra, a la Iglesia y a Dios mismo.

De ahí su profunda humanidad. El Fundador del Opus Dei era muy humano y muy sobrenatural: todo a la vez. Por eso machaconamente repetía que él no tenía más que
un corazón para amar a Dios y a las criaturas.

–Señor dame el corazón de los santos.

Hablando san Josemaría de su corazón, decía:

Se debe dar el corazón entero e indiviso, de otro modo se apega a cualquier nadería de la tierra.

Es verdad, el corazón se apega a las criaturas y acudimos al Señor para aprender a purificar nuestro afecto. Pero purificar no significa, ni mucho menos, anular el afecto.

Los Hechos de los Apóstoles dicen que eran cor unum et anima una. Es una especie de contraseña que tenía el grupo de amigos del joven Karol Wojtiwa en Polonia, en unos momentos difíciles, de dominación Nazi.

Así se reconocían y se animaban a estar muy unidos en un ambiente cargado de odio.

¡Qué bien nos vendría que fuese un lema de nuestra vida!: un solo corazón y una sola alma.

Con frecuencia el Apóstol Juan, el Apóstol de la Caridad, contrapone la luz y las tinieblas, la caridad y el desamor.

El que ama tiene la luz de Cristo y con esa luz descubres cosas para querer a las demás.

Muchas veces al oír estas meditaciones pensamos que
hay una persona que no me valora o que me trata con frialdad…

En cambio, es al revés, hemos de pensar qué hacemos nosotros por los demás.

Lo importante es amar, de ahí sale todo.


Así se entiende lo que dice S. Agustín:
ama y haz lo que quieras.

Por eso hemos de pedir al Señor:

–haz mi corazón semejante al Tuyo. Que yo aprenda cada día a querer más, con un amor que sepa acortar distancias.

Esto requiere por nuestra parte conocimiento de las personas, de las situaciones.

San Josemaría decía:

–yo conozco a los míos. Nada de un hijo mío me es indiferente

San Agustín lo expresaba diciendo: amor notitia est, el amor es conocimiento y el conocimiento lleva al amor.

¿Conozco a las demás para ayudarles, para servir?

Ahora estamos en la presencia de nuestro Señor. Ayuda mucho la oración preparatoria: nos ve, nos oye. Conoce nuestros deseos de hacer bien las cosas de mejorar, de ayudar a las demás.

¿Cómo es la caridad y fraternidad en tu familia? ¿Hay algo que tengas que mejorar?

–En esto conocerán que sois mis discípulos, dijo el Señor.

¿Corrijo a destiempo? ¿tengo la lengua suelta, de látigo?

Acudimos a la intercesión del fundador del Opus Dei para vivir el núcleo de la vida cristiana que es el amor.

Vamos a decirle al Señor:


–infunde amore cordibus!

Podemos luchar más contra nuestros defectos:

–voy a corregir a quien lo necesita, aunque me cueste; voy a intentar escuchar más; voy a hacer un ambiente más grato a mi alrededor, que haya más cariño; voy a no ser como un erizo al que nadie se acerca…

Dice San Juan: Amémonos unos a otros ya que el Amor es de Dios (1 Juan 4, 7).

Hay que repetirlo porque lo natural en el hombre es el egoísmo, el altruismo no se da sin esfuerzo. Y por el pecado, cuando la criatura piensa en sí misa se vuelve agresiva.

A Jesucristo no le pasaba, el Señor es manso, tranquilo, se da constantemente y no pide cuentas. Dios da paz no tensión.

Por eso pídeselo cuando comulgues:

–Señor dame tus maneras, tu trato, tu paciencia… tu corazón.

Santo Tomás decía que el efecto propio de este sacramento, (hablaba de la Eucaristía), es la transformación ("conversio") del hombre en Cristo.

–Señor haz que algún día pueda decir: ¡No soy yo el que vivo sino que Tú vives en mí!

En el convento de la Piedad (Granada) hay un cuadro muy original:

Aparece en la parte superior del cuadro a Dios Padre con una paleta de pintura en la mano izquierda y en la derecha un pincel. Con ese pincel está pintándole a la Virgen su corazón, muy parecido al de su Hijo.

-¡Señor, píntame un corazón parecido al de María, y así querré de verdad a mis prójimos más cercanos!

miércoles, 28 de mayo de 2008

LA BASE, LO PRINCIPAL, Y EL PRODUCTO

San Josemaría hacía ver a Jesús como un Niño que enseñaba ya desde la cátedra del pesebre.

Y esto es así porque Jesús vino a nuestra tierra para enseñarnos el camino del cielo (cfr. Sal 49: salmo responsorial).

Para enseñar la verdadera sabiduría, ese dulce sápere que nos alimenta.

Somos alumnos del Señor, y alumno es el que recibe alimento. La palabra viene del verbo latino almo: alimentar.

Por eso a la universidad se le llamaba alma mater, madre que alimenta.

La Iglesia también es una Madre que nos alimenta, a ella hemos venido a aprender.

Jesús nos dice: «aprended de mí» (Mt 11,19).

Y nosotros le decimos ahora que queremos ser como Él, cada día parecernos más y más.

–Señor, danos tu luz y tu verdad.

Que la gente que nos trate de cerca pueda decir de nosotros lo que dijo Juan: «¡Es el Señor!».

«Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».

Dile al Señor, porque estamos en su presencia:

–Haz que mi corazón sea semejante al tuyo.

No es una apariencia física lo que pedimos.

–Que tengamos un corazón como el Tuyo: en eso está nuestra identificación.

¡Humildes de corazón! Así tenemos que llegar a ser, luchar cada día más.

Y sobre todo, pedirlo: –
Jesús, hazme humilde como Tú.

El Señor es muy claro cuando aconseja que escuchen lo que dicen los fariseos y los escribas, pero que no imiten sus obras, porque «todo lo que hacen es para que los vea la gente» (Mt 23, 1–12: Evangelio de la Misa).

La humildad, la bajeza puede consistir en no tener una buena posición:

Es de una familia muy humilde (quizá a ti también te hace gracia al oírlo).

También la humilde puede ser una pose: adoptar actitudes, modales, voz, compostura, tono.

Todo un conjunto de cosas externas que uno puede ir incorporando para tener fama de humildad.

Para poder gloriarnos, envanecernos con nuestra poquedad.

Porque sabemos que es una cosa virtuosa, que nos hace gratos a los ojos de los demás, o a nuestros propios ojos.

Hay quienes luchan por bien parecer, y hay quines se maquillan para tener una humildad facial.

El Señor no pide eso. Nos pide humildad de corazón: la que tiene uno que siendo poderoso se inclina ante los demás, se abaja por amor.

Abajarse, estar en un sitio incómodo para servir a los demás.

Hay profesiones más encumbradas, que están más altas en la escala social, a las que se aspira opositando o se sube por el escalafón.

Hay otras profesiones que son más bajas, peor conceptuadas, que no son tan lucidas.

Nuestro Señor eligió para Él una de estas últimas: profesión manual, en la que no mandaba, sino que era mandado: estaba a voluntad del cliente.

Su manera de trabajar, esa elección suya, fue un reflejo de lo que era su Corazón: era capaz de bajar mucho, porque era capaz de amar mucho.

–¿No querrás que me ponga de rodillas? Una tiene su orgullo. Me decía una persona.

Efectivamente eso es lo que nos aleja de los demás, y nos aleja de Dios: la incapacidad de ponernos de rodillas.
Ante todo el mundo que pasa, ante nuestros hermanos, hemos de actuar de esta forma: para lavar los pies hay que arrodillarse.

No son palabras bonitas: son palabras.

¡Qué diferencia esa actitud con la que tenían habitualmente los fariseos. De ellos dice Jesús que «les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente les llame maestros» (Evangelio de la Misa).

Lo importante es tener la virtud, la práctica. Lo dice la Sagrada Escritura: «dejad de obrar el mal, aprended a obrar el bien» (Is 1, 10. 16–20: Primera lectura de la Misa).

Que aprendamos a estrenar cada vez un corazón nuevo (cfr Ez 18, 31: Versículo antes del Evangelio)

La virtud de ceder, cuando es una cosa intrascendente. –
No discutas, cede... El que parece que pierde es el que gana.

Una persona que, para vencer, utiliza la fuerza o las voces, no sirve para el gobierno en la Iglesia: porque valora más su opinión que la de los demás, y por eso la impone a la fuerza.

Se hará su voluntad una vez, dos veces, tres veces por no oírle, pero no porque tenga razón.

Esa persona se hace incómoda, se aísla... porque no actúa en verdad: ha venido para mandar.

Encajan perfectamente en este contexto las palabras que siguió diciendo Jesús aquel día: «no os dejéis llamar maestros».

Que la verdad triunfe por sí sola, por su esplendor, aunque nos cueste la crucifixión, como a nuestro Señor.

La humildad siempre se abre paso. La cruz la ha hecho fecunda. No eres humilde cuando te humillas, sino cuando te humillan y lo llevas por Cristo. (Camino, 594).

Y podíamos decir al revés: eres un soberbio cuando humillas, y lo haces por ti mismo.

Esto es lo que sabe hacer satanás: humillar.

Lo contrario a Dios: que vino a humillarse para levantar a la gente.

–¡Señor: haz que mi corazón sea semejante al tuyo!

¡Que tenga capacidad de abajarme, de no tomarme muy en serio!

Los soberbios son incapaces de reírse de sí mismos. Y lo que más les molesta es que se rían de ellos: eso les humilla a sus ojos.

Al final, se cumple lo que dijo Jesús: «el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido»

Es cierto que siempre llevaremos con nosotros la soberbia, pero podemos reducirle para que no crezca demasiado: irle quitando ramas, regándole poco, poniéndole poca tierra.

En vez de que sea un árbol grande, convertir nuestra soberbia en un bonsái transportable, a base de ir podándola.

Hay gente apasionada y poco inteligente, que por su forma de ser puede ser una tierra fértil donde crezca el yo.

Saberlo, pedir ayuda y luego contaminar el terreno para que no pueda crecer nuestro ego.

Evidentemente hay cosas que nos facilitan la humildad: hay que fomentarlas.

Escuchar, ponderar las opiniones de los demás, no rebatir, sino ponderar los puntos de vista ajenos.

Pero sabemos que en nuestro interior hay esa tendencia ecológica a valorar nuestro sistema.

Por encima de otras cosas, la humildad. Al Señor le gusta fijarse en la humildad.

Por otra parte, igual que nosotros, con una persona humilde nos quedamos tranquilos: –
Ya adquirirá otras cosas.

El Señor a nuestros primeros Padres tuvo que cortarles el grifo de las gracias.

No así a María: ahora le pedimos que intervenga para hacernos gratos a Dios:

Haz que mi corazón sea semejante al de Jesús y al tuyo.

La humildad, es vaciarse para ser llenado.

«Aquellos que son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios».

Los que se mueven por la caridad, esos son los que le Espíritu Santo mueve, y son verdaderamente hijos de Dios.

El hombre es por naturaleza un ser sediento y necesitado, no sólo como materia, sino todavía más como ser espiritual.

Por eso tenemos necesidad de pedir, y ahora lo hacemos:

Ven Espíritu Santo, fuego de las almas santas.

Y que tu caridad habite en lo más interior de nuestra personalidad.

–Ven para que todo lo que realicemos esté hecho con tu Amor.

Pero si queremos que esto sea así, hemos de poner el fundamento humano.

San Josemaría enseñaba que no quería «caridad que no fuese cariño».

De aquí su profunda humanidad. San Josemaría era muy humano y muy sobrenatural: todo a la vez.

Por eso machaconamente repetía que él no tenía más que «un corazón para amar a Dios y a las criaturas».

–Señor, le decimos ahora,
envía tu Espíritu, el Espíritu de Jesús, para hacernos humanos y divinos como es nuestro modelo, Cristo.

–Señor, que nuestro corazón, nuestro único corazón sea para ti.

De aquí nace la unidad de nuestra vida. Sólo un corazón sólo una vida.

¿Qué es un cristiano? Una persona que nos lleva a Dios, que nos sirve de enlace, como un puente que una a cada uno con Dios, por eso al Sumo Sacerdote se le llama Sumo Pontífice.

Porque todos los cristianos somos un pueblo de sacerdotes: tenemos «alma sacerdotal»

Por eso la función vuestra y la mía: es estar todo el día uniendo con Dios, a veces no quedará tiempo para otras cosas.

Pero si deseamos ser santos estaremos dichosísimos entregándonos para unir con Dios.

Un sacerdote seco, cortante, malhumorado, triste, no puede unir con Dios.

Tampoco un cristiano que tenga alma sacerdotal debe actuar así. Debemos ser como las madres, como nuestra Madre:

Corazón dulcísimo de Maria haz que mi corazón sea semejante al tuyo.

martes, 6 de mayo de 2008

SACAR BRILLO A LOS TALENTOS

En la última cena dijo Jesús:«os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré». (Jn 16, 7–8)

Es precisamente el Espíritu Santo el que va a guiar a los Apóstoles, haciéndoles comprender y recordar lo que tantas veces el Señor les había manifestado. Cuando llega la mañana de Pentecostés, parece que el puzzle recobra vida. Porque ya tiene todo coherencia.

No les dice cosas nuevas, sino que les abre la inteligencia.

El Espíritu Santo nos conduce haciéndonos recordar y dándonos luz especial para entender

«Os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros». (Jn 16, 7–8).

Paráclito, que significa, llamado junto a uno. Al que se le llama junto a nosotros para que nos acompañe y nos consuele, por eso se le llama también el Consolador

Está junto a nosotros y nos acompaña y, a veces, nos consuela. Y nos consuela de no ver al Señor.

Esta promesa se cumplió ya el día de pascua:

«Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22)

Y unos días después tuvo lugar la manifestación definitiva de lo que nos había anunciado: Él nos lo enviaría.

Según la tradición religiosa de Israel Pentecostés es la fiesta de la siega. En griego toma este nombre porque se da cincuenta días después de la pascua.

Pentecostés era la fiesta de la siega, porque ya es hora de la siega, ya era la hora de de recoger el fruto.

Todo lo sembrado por Jesús se recogió empezando desde ese día.

Pero el fruto no depende de nosotros, depende de Dios que da el incremento.

Por eso hemos de decir hoy: ven oh Espíritu Santo, Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles, muéstranos qué debemos hacer para dar fruto.

Se dice que las acciones más fructíferas de la vida cristiana se dan por la cooperación de las virtudes de la prudencia y de la caridad.

Estas son las virtudes más importantes en su ámbito. En el terreno humano: la prudencia es la virtud principal; en el sobrenatural, la caridad.

A medida que crece la virtud de la caridad, es decir, «el amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo». (Rom 5, 5)

A medida que crece esa virtud, se van desarrollando en nuestro interior todos los demás dones.

Con el aumento de la caridad recibimos la virtud de la prudencia, la ayuda del don de consejo.

Es precisamente el Amor de Dios que se derramó hoy especialmente para toda la Iglesia.

Pues la caridad hace posible que nuestra mente se abra y que sea dirigida por el Epíritu Santo, para saber conducirnos a nosotros mismos y dirigir almas.

Esto es lo que hicieron los Apóstoles: una vez que recibieron el Espíritu Santo se pusieron a predicar y las gentes les preguntaban «qué debemos hacer». Y los Apóstoles se lo dijeron.

Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles, danos el don de consejo para hacer apostolado.

Si tuviéramos que definir al hombre prudente, diríamos que el hombre prudente es el hombre bueno. Lo sabemos bien, en el apostolado la cualidad más importante es el aprecio.

Desde el sagrario el Señor nos mira a cada uno. Y lo hace como nuestras madres, con un aprecio infinito. Desde esta ventana, el mundo se ve pequeño, pero se ve con mucho cariño.

Desde Dios la mirada que nos dirige es una mirada de aprecio, Él nos quiere, nos aprecia.

Si no existe el aprecio el saber valorar a los demás, no se podría sacar toda la riqueza interior que puede llegar a tener el corazón humano. Lo tiene, lo tenemos en potencia y el aprecio hace que demos fruto.

Es curioso que el primer Papa que ni era levita, ni pertenecía al rango sacerdotal judío, ni estaba versado en la Escritura Santo, que era un pescador. Es como si en el último cónclave hubieran elegido a un albañil, o como si en vez del Papa Ratzinger, hubieran elegido a un dependiente de comercio.

Pues el Señor eligió entre los millones de personas que poblaban la tierra a un pescador.

El Señor eligió a un habitante de la Palestina de hace dos mil años para dirigir su Iglesia, y no sólo eso, sino también el resto de los apóstoles eran por el estilo.

Pero los miraba con tanto afecto, que fue capaz de sacar de Pedro y los demás, lo que ninguno de nosotros no hubiera sacado: el primer Papa, los doce Apóstoles, las columnas de la Iglesia.

Esto es algo, original e incluso desconcertante. Como lo es la caridad. El hombre prudente, el que es bueno, es comprensivo como lo es Nuestro Señor porque conoce y valora.
La comprensión es eso, conocer y valorar, es hacerse cargo de.

Esta es la cualidad que le pedimos hoy a Dios. La misma que el Señor entregó a los Apóstoles y que entregó a nuestro fundador. Esta cualidad que se exterioriza en el alma cuando su Amor nos llena, que hizo en Pentecostés que los apóstoles fueran transformados (siendo los mismos). Cuando se aprecia a una persona, se tiene el don de consejo. Cuando un alma está llena del amor de Dios se descubren valores que el mismo interesado no ve, que no sabe que tiene.

El apóstol es un descubridor de talentos, de valores ocultos, pero no para uno mismo sino para los interesados. Esto es lo que hizo Nuestro Señor, lo que hizo nuestro Padre y es lo que nosotros tenemos que aportar ahora en este momento de nuestra vida que estamos aquí.

La confianza es el inicio del aprecio que nosotros sentimos por los demás y que tiene el Señor por nosotros. Él confiaba en sus doce amigos y en todos, incluso en Judas que le traicionó. La desconfianza, lo que señala es que la amistad ternimó o que no empezó.

Danos Espíritu Santo la confianza en los demás, porque sin confianza no es posible el Amor –Espíritu de Verdad, que confiemos en la verdad de los demás para poderles ayudar.

La verdad es la base de la convivencia humana. Sin ella el hombre no es capaz ni de estar en su casa, porque la verdad crea el clima del habitat humano.

–Espíritu de Amor, haz que huyamos de la tiranía del yo.

Porque el tirano es el que no escucha la realidad de los demás. Tiene su idea, pero no escucha la realidad de los demás porque no los ama y no los entiende por eso nunca acierta

Cuando hay desconfianza se transmite una corriente negativa que crea una muralla invisible de desafecto.

Si se desconfía no es posible una relación fluida con nadie, porque decapita toda relación humana, toda amistad. Cuando los demás son vistos como medios para conseguir fines no se les quiere por sí mismos. Vemos que el Señor no nos utiliza, nos quiere por nosotros mismos, uno a uno como nuestras madres. Las madres no nos ven como instrumentos. Nos quieren por lo que somos, nos conocen con nuestros defectos con nuestros lunares. Nos conoce con nuestro buen o mal carácter y siempre veían algo más de nosotros
Y así es Dios.

La caridad completa la prudencia. Así los Once actuaron según el querer de Dios, la caridad completa la prudencia.
Estas dos virtudes forman un todo armónico, ambas virtudes se necesitan.

Si uno no tiene la caridad te cargas la verdadera prudencia. Sin cariño, sin caridad aparece una prudencia que es falsa, que es falta de exigencia.

Con respecto a los dones del Espíritu Santo, la mente humana tiene que estar movida por el Paráclito, un Dios familiar que está junto a uno. El que Consuela. El que da consejo: por el que la mente humana se conduce por el Espíritu Santo y conduce a otros. Cuánto necesitamos esto para acertar, para hacer lo que Dios quiere.

Santo Tomás, relaciona esto con una bienaventuranza: «Bienaventurados lo misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). El prudente es el hombre justo, el hombre templado, el hombre bueno, el misericordioso, el que se apiada, comprende, carga con la miseria ajena.

El que tiene como fin de su vida la caridad, el Amor y busca el bien, ese es el misericordioso. Por eso el prudente antes de serlo ha de decidir hacer primero el bien, el verdadero Bien.

Si uno no busca el Bien mayor no puede ser prudente. El bien parcial alejado de la caridad es un bien mentiroso, porque están alejados de la verdad: engañan timan al que lo elige, entierran el corazón humano en una pequeña carce. El hombre así, se esclaviza.

En Pentecostés, el cenáculo dejó de ser un lugar cerrado, pasó a ser un lugar abierto. La caridad hizo que los apóstoles dejaran de buscar sólo su bien pequeñito (la comodidad, la seguridad…), La caridad hizo que se abrieran y buscaran el bien de Dios, de los demás que es la salvación de las almas.

María nuestra madre estuvo en Pentecostés, ella pide con sus oraciones el don del Espíritu Santo, que ya recibió el día de la Encarnación. Ahora en el cenáculo, su nueva misión de Madre se realiza allí mismo porque nace el Cuerpo místico de Cristo que es su Iglesia. La efusión del Espíritu Santo lleva a María a ejercer desde hoy la maternidad espiritual de un modo especial.

No sabemos con exactitud como vivió Ella tras Penecostés. Pero sin duda, con su caridad y con su prudencia supo ayudar a los primeros discípulos de su Hijo.

-Madre, como a esos primeros, acompáñanos también ahora.

sábado, 5 de enero de 2008

ALTRUISMO INFINITO **

Amémonos unos a otros ya que el Amor es de Dios (Juan 4, 7).

Y no sólo es que tengamos que querernos porque el Amor proceda de Dios, sino que Dios mismo es eso: Deus cáritas est. Como el Papa Benedicto ha querido titular a su primera encíclica.

Por eso, si Dios es Amor, puede parecer extraño lo que a veces relata la Sagrada Escritura. Me viene a la cabeza ahora el castigo al rey David.

Dios castigó al rey David al final de su vida por haber ordenado un censo de todo el pueblo de Israel.

Nos preguntamos cómo un censo, tan común en nuestros días, pudo merecer el castigo de Dios.

La opinión más extendida es que este censo se hizo por egoísmo, para conseguir mano de obra al servicio real. Por eso pudo Salomón, el hijo de David, construirse el palacio y el famoso Templo.

Al morir Salomón le sucedió su hijo Roboán. Nada más subir al trono todo el pueblo le pidió que no le explotara más:

«Tu padre hizo muy pesado nuestro yugo; aligera, pues, ahora tú esta dura servidumbre y te obedeceremos».

Roboán todavía joven preguntó entonces a su consejo. Los más ancianos, antiguos consejeros de su padre, gente con experiencia, le aconsejaron que cediera y les librase de ese peso, y así se ganaría la popularidad de todos…

Sin embargo, sus consejeros más jóvenes, que se habrían criado con él, en una vida cómoda de palacio en la magnífica corte de Salomón, le dijeron lo contrario: que se mantuviera firme para que así le cogieran respeto.

Roboán siguió el mal consejo de los jóvenes y dijo al pueblo: «Mi padre os cargó un yugo pesado y yo os lo haré todavía más pesado; mi padre os azotó con azotes y yo os azotaré con escorpiones».

El resultado fue que las doce tribus de Israel se dividieron. Diez eligieron como caudillo a Jeroboán, que era un pájaro.

Solamente las tribus de Judá y Benjamín siguieron reconociendo la autoridad de la casa de David.

«Mi padre os impuso un yugo pesado y yo os lo haré todavía más pesado». Esta es la actitud que se cargó la unidad del pueblo judío.

Nos vamos ahora al Nuevo testamento. Después de Pentecostés, los apóstoles salieron a predicar el Evangelio en primer lugar a los de su raza.

Al principio se limitaron casi exclusivamente a las comunidades judías de las grandes ciudades: Antioquía, Alejandría, Chipre y Cirene.

Con esta actitud, fueron atraídos a la fe pocos gentiles. Sólo cuando llegó San Pablo, un gran número de gente que no era judía ingresó en la Iglesia.

Entonces surgió una pregunta: ¿Debían cumplir los gentiles convertidos, las prescripciones de la Ley de Moisés, que observaban los judíos cristianos, o se les habría de descargar de ellas?

La circuncisión, observancia del sábado, abstención de algunos alimentos, en especial de la carne de cerdo, como los demás judíos…

La cosa no estaba clara. Cuando un día San Pedro se sentó y comió con gentiles incircuncisos, fue bastante criticado.

Todo esto provocó el primer concilio Ecuménico, que tuvo lugar en Jerusalén. Durante las sesiones, San Pablo y San Bernabé hablaron del éxito de su misión entre los gentiles.

San Pedro, tomando la palabra el primero decidió librar a los gentiles de todas esas costumbres judías. Y así se aprobó….

En su discurso San Pedro dijo: «…¿por qué tentáis a Dios, queriendo imponer sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar?»

Dos actitudes distintas. La de Roboán que decide aumentar el peso de su pueblo, y la de los Apóstoles, que deciden aliviar las conciencias de los gentiles.

Son dos actitudes opuestas: una brusca y otra delicada, porque el yugo de Cristo es suave y su carga ligera.

Son dos actitudes que pueden salir de nosotros cuando tratamos a los demás: a veces dependiendo del día, de nuestro estado de humor, de si hemos dormido…

Por un lado la amabilidad al tratar a todos, el buen humor, preguntar la opinión de los demás, no imponer la nuestra como la única posible.

A veces la gente se pelea en una casa por quien ejerce el mando de la televisión.

Muchas veces justificamos nuestro mal carácter pensando que tenemos que decir las cosas como son, que debemos decir la verdad, pero la decimos sin caridad hasta con un enfado y contribuimos a que a que se enrarezca el ambiente y haya por eso divisiones.

Eso hizo Roboán. En la fraternidad hay que ponerse en la situación de la otra persona. Por eso es importante hacer como los apóstoles. Tener la actitud intentar aliviar a las demás. Ponerse en el lugar de los otros y ver sus puntos de vista…

Hay una palabra que aparece en los tratados de teología al hacer referencia a los que gobiernan en la Iglesia, la palabra para los que ejercen la autoridad entre los cristianos es suavitas, suavidad.

El gobierno en la Iglesia debe ejercerse con suavidad.

Esto significa que los cristianos no debemos exaltarnos ni echar en cara las cosas a nadie y más si se goza de autoridad.

Es bueno confesarse cuando uno no se domina y salta.

La intransigencia de Roboán tuvo fatales consecuencias.
Aquel acto de ligereza, uno sólo, cambió el curso de la historia.

El pueblo de Dios se dividió en dos reinos. Eso es lo que busca Satanás: enfrentar y dividir.

La caridad tiene un orden, los primeras son los de nuestra familia: «esforzaos», decía san Josemaría, «para que, sin sensiblerías aumente el cariño»

«A nadie, dice San Pablo, debáis ninguna otra cosa, sino el amor mutuo; pues quien ama al prójimo, ha cumplido la ley» Rm 13, 8–10.

Quererse, comprenderse, disculparse: pensar en los demás.

San Josemaría decía que si se faltaba a la caridad no era porque tuviéramos mal carácter sino por falta de vida interior. Desgraciadamente muchas veces, lo corriente en el hombre es el egoísmo, el altruismo, la entrega a los demás, no se da sin esfuerzo.

Sin embargo en Dios se da un altruismo infinito: llegaría a vaciar, si eso fuera posible, a Dios de Dios. La naturaleza divina no es poseída por cada Persona más que para referirla sin reservas hacía Otro.

Pidámosle al Señor ser como El. Desprendidos de nuestro yo. Le podemos decir con el Salmo: –Enséñame, Señor, Tú camino (86).

Santo Tomás a propósito de la Eucaristía dice que nos vacía de nosotros y nos llena de Dios: «el efecto propio de este sacramento es la transformación ("conversio") del hombre en Cristo, para que se pueda decir como el Apóstol: "vivo yo, pero no soy yo: es Cristo quien vive en mí. (Ga 2, 20)"» (In IV Sent., d. 12, q. 2, a. 1).

Este es el núcleo, la parte central de la Eucaristía, Dios que se vacía para entregarse a una criatura. En eso consiste el amor, en vaciarse para llenar al otro.

Al Amor de Dios que es el Espíritu Santo le pedimos con la liturgia de Pentecostés que nos enseñe el núcleo profundo y vital de ese sacramento: Spíritus Sanctus huius nobis sacrífici copiósius revelet arcanum (Or. Sobre las ofrendas, Pentecostés).

El abajamiento de Dios para ayudarnos.

Dice San Agustín, hablando de la misericordia que es cierta compasión de la miseria ajena.

Dios que se abaja. El amor tiene que ver con la humildad. La fraternidad tiene también mucho que ver con la humildad.

Dice el Señor: «El que se ama así mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25). Sin embargo, nosotros nos aferramos a nuestra vida. No queremos abandonarla sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla no ofrecerla.

–Tú, Señor, te adelantas y nos muestras que sólo entregándola salvamos nuestra vida (…) Guíanos hacia el proceso del grano de trigo (…) que me ponga contigo al servicio de la redención del mundo.

Los grandes escritores místicos se maravillaban que un Dios tan grande se hiciera tan pequeño: que vea yo al Dios que me crió a mí, hecho niño por amor de mí, y aquel de quien antes se decía: "Grande es Dios, y muy loable", ahora se diga de Él: "Chico es Dios, y muy amable" (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, cap. IV).

Para ser como Dios en el Amor hemos de sacrificarnos, matar nuestro yo. Lo contrario, cuando la criatura humana piensa en sí misma se vuelve seria y agresiva como el padre de la mentira.

–Señor, ayúdanos a desenmascarar nuestro egoísmo que nos deja vacíos y frustrados. Que en vez de querer apoderarnos de nuestra vida la entreguemos.

¿Te imaginas los tres meses de María con Isabel? Que Ella nos ayude a hacer lo mismo en el lugar donde vivimos.

Knox & Balsera & Fornés

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías