martes, 4 de diciembre de 2007

PLÁTICA 1 MAYO

Juan, el discípulo amado (Jn 19, 25-27): amor a la Virgen

Descripción del pasaje: Este discípulo era el más joven de todos y, posiblemente por eso, el más “mimado” del Señor.

En el Evangelio que escribió después, se llama a sí mismo “el discípulo que Jesús amaba”.

También Jesús quería a los demás, pero quería especialmente a Juan porque se había entregado libre de ataduras humanas: es el apóstol virgen.

A pesar de su juventud, demuestra ser más valiente que los demás apóstoles: a la hora de la Cruz, él permanece firme junto al Señor.

Posiblemente está allí porque no quería dejar sola a santa María, cuando ella decide ir a estar con Cristo en sus últimos momentos de vida.

De esta manera, gracias a la Virgen, Juan permanece fiel a Cristo en esos momentos de crueldad de los enemigos y de miedo de los amigos.

Y Jesús, desde la Cruz, le concede el mayor regalo que podía hacerle: le entrega por Madre a su madre.

“A partir de ese momento, el discípulo la recibió en su casa”.

¿Cómo trataría Juan, a partir de entonces a Santa María? ¿Cuántas cosas aprendería de ella?: a moderar su carácter, a vivir las virtudes, a crecer en amor a Dios y a los hombres, a sacrificarse por todos...

Consideraciones: Si permanecenos fieles, junto a Santa María, a la hora del sufrimiento entonces el Señor nos dará a su Madre por madre nuestra.

¿Podría yo, como San Juan, tener a la Virgen en mi casa, en mi vida, en mi corazón?

¿Cómo trataría yo a la Virgen si conviviera con ella?¿Qué le pediría? ¿Qué le preguntaría? ¿En qué virtudes tendría que imitarla mas?

¿Qué detalles diarios debería tener con ella?

¿Por qué no intento tratar a la Virgen como a una persona viva, que me oye y me quiere y no como alguien distante?

¿No tendría que poner más cariño en mis normas de piedad marianas: Santo Rosario, Ángelus, tres avemarías por la noche, etc.?

Quizá, acudiendo a San Juan él me puede enseñar quién es y cómo tratar a mi Madre, Santa María y trasmitirme todo lo que el aprendió de Ella.

Dialogo:
Madre mía, voy a procurar tratarte cada día con más cariño y, en concreto, a no dejar jamás de rezar el Ángelus y las tres Avemarías antes de acostarme.

También voy a procurar rezar con mas atención y cariño el Santo Rosario -al menos los sábados y durante el mes de mayo y el mes de octubre-.

Querría, Madre mía, que me trataras como a un niño pequeño al que hay que enseñar a rezar y a vestirse y a comer solo y a corregir los defectos y a descubrir el mundo y a evitar los peligros.

Madre mía, ¡tendría que aprender tantas cosas de Ti!: a ser hu¬mille, a vivir de fe, a cuidar la pureza y el pudor, a ser misericordioso con todos, a gastarme en servicio de los demás, a amar con locura la voluntad de Dios...

Madre mía, “ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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