miércoles, 29 de abril de 2009

UNA ORDEN DE DIOS (FRATERNIDAD)


El Señor nos quiere como somos. Pensar esto, nos acerca más a él porque nos da confianza, nos sentimos comprendidos. Nos quiere así porque nos quiere con el corazón.

Por su puesto que quiere nuestras virtudes, pero también nos quiere con nuestros errores, aunque intente que cambiemos y que nos arrepintamos de ellos. 

UNA ORDEN DE DIOS

Jesús nos dijo que nos quisiéramos de la misa manera. No lo aconsejó en plan: os aconsejo que os queráis como yo, os irá muy bien. No. Nos lo ordenó: Amaos los unos a los otros como yo os he amado.

¿Por qué lo mando? Porque sabía que nos iba a costar, que era algo nuevo para nosotros porque lo que nos sale es criticar a los demás.
Criticar los errores nos sale, casi sin darnos cuenta. Incluso somos capaces de pasarnos media hora delante del sagrario criticando mentalmente a una. Y se nos pasa el tiempo más rápido que si estuviéramos hablando con el Señor.

LA LISTA NEGRA

Mucha gente tiene como una lista mental de personas que le caen bien y las que le caen mal. No hace falta que memoricen esa lista porque la tienen incorporada.

Por un lado, están los que piensan como él. A esos los trata bien y todo son sonrisas, palabras suaves, disculpas y comprensión. 

En cambio, a los que no piensan igual y no le siguen la cuerda, los maltrata y, cualquier cosa que hagan, aunque esté bien hecha, le buscan un defecto, aunque sea solo en la intención que han puesto. No entienden su manera de ser, ni tampoco hacen nada por entenderla.
A veces algunos cambian de una lista a otra, dependiendo de si rectifican su opinión, si nos alaban, o si nos hacen algún favor o se dirigen a nosotros con cariño. 

A JESÚS NADIE LE CAE MAL

Querer a los demás, aunque nos hagan daño y nos critiquen, es cosa divina. Al Señor nadie le cae mal, ni siquiera Judas. Tampoco los pecadores. Con ellos come y habla amigablemente.

Jesús trata a todos bien. A todos los quiere aunque tengan pecados. Lo que pasa es que no todos se dejan querer y reaccionan bien. 

A las madres les pasa lo mismo. Sus hijos no le caen unos bien y otros mal. A todos los quiere. Cada uno es distinto. Algunos le ayudan, otros no le hacen ni caso e incluso le levantan la voz. Unos la consuelan, otros le hacen sufrir.

Pero no rechazan a ninguno de sus hijos, ni los critican. Sufren si van mal encaminados, rezan por ellos pero no les hacen la vida imposible.

PONER EL CORAZÓN

Una madre quiere así porque pone el corazón en cada uno. No hace el propósito de vivir la maternidad. Los quiere porque son suyos.

La fraternidad es poner el corazón en los demás, como hacía san Pablo: ¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿quién cae sin que a mi me dé fiebre?

UNA YINKANA DE SERVICIO

La fraternidad no consiste en tener miles de detalles con los demás, sino en poner el corazón en cada persona. No se trata de hacer como una yinkana donde superamos distintas pruebas de servir a los demás.

Si actuásemos así nos podría ocurrir que luchamos por vivir la fraternidad simplemente porque nos sirve para ejercitarnos en el servicio, o para practicar la amabilidad y suavizar nuestro carácter, o para crecer en buenos modales. 

No podemos tratar bien a los demás para avanzar en nuestra santidad. 

La fraternidad no es un medio para alcanzar algo, sino un fin. El mandato de Jesús es quererles como los quiere él, como los quiere Dios. Ese es el mandato del Señor. 

PEDÍRSELO A DIOS

Esto no se consigue a base de puños y contabilizando las veces que le he puesto agua o le he llevado la comida cuando estaba enfermo. Amar a los demás con sus defectos se consigue pidiéndoselo a Dios.

Intentar comprender y amoldarse a los demás, sean quienes sean, es un don que nos concede Dios si se lo pedimos, porque en definitiva consiste en amarle a él.

San Josemaría decía: «Si de veras amases a Dios con todo tu corazón, el amor al prójimo —que a veces te resulta tan difícil— sería una consecuencia necesa¬ria del Gran Amor. —Y no te sentirías enemigo de nadie, ni harías acepción de personas» (Forja, 869).

Que les vea con tus ojos, que les ame con tu voluntad, que les quiera con tu corazón.

La Virgen quiso a todos, también a los que mataron a Jesús. Ella es Madre de todos los hombres, de los que la quieren y de los que no. Los comprende, aunque algunos no reaccionen.

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