lunes, 9 de marzo de 2009

“LIBERATOR” (IV DOMINGO DE CUARESMA)

Nos cuenta la Sagrada Escritura cómo el pueblo de Israel seguía sin hacer caso a lo que el Señor les decía (cfr. Cro 36,14-16. 19-23: Primera lectura).

Efectivamente, el Señor nos habla porque quiere nuestra felicidad. Él, mejor que nadie, sabe lo que nos conviene porque nos ha creado.

La droga da cierta felicidad, pero no la verdadera. Por eso, cuando un padre no quiere que su hijo se meta en ella, es para que no se enganche y sea un desgraciado.

Algo así le ocurrió al pueblo de Israel. Pensaba que Dios no quería su felicidad y, entonces, la buscó en otro lado.

AVISOS

Pero Dios no abandona a su pueblo. Ni nos abandona a nosotros. Nos dice el libro de las Crónicas que envió sus mensajeros porque le daba pena de lo mal que iban los suyos.

El Templo, que era el orgullo del pueblo judío, el monumento más representativo, fue arrasado, reducido a pavesas.

Es como si el símbolo del cristianismo, la basílica de San Pedro, del Vaticano, fuera destruido por un atentado de unos terroristas del medio oriente por los pecados de los cristianos.

Para ver cómo le influyó esto a los judíos, sería como si a tus padres, por no poder pagar la hipoteca, el banco les quitara el piso y tuvieran que irse a Rumanía a pedir limosna a la puerta de una iglesia.

Eso fue la deportación de Babilonia. Tuvieron que dejar todo lo suyo: su colegio, su habitación, su ordenador, su vida.

Así estaba el pueblo de Israel porque no quiso oír los avisos de Dios. Y así estaremos nosotros si no queremos escuchar lo que nos dicen de parte del Señor.

SE ME HA PASADO EL GLAMOUR

Estando allí, lejos de su ambiente, los judíos empezaron a echar de menos su vida anterior.

Se lamentaban de su situación. Se sentaron a llorar junto a los sauces de los canales de Babilonia. Dejaron de cantar por el estado en el que se encontraban (cfr. Sal 136: responsorial).

También les ocurrió más tarde con el holocausto. Entonces, algunos pasaron, de la noche a la mañana, de ser los más ricos de Europa a vestir de harapos en un campo de concentración en Alemania.

Es como si tú, dentro de 30 años, pensaras: estoy casada pero no me llena. Mi hijo está de médico en Houston, y vive su vida. Físicamente no soy la de antes.

Si les dijera a mis amigas que me apetecería ir a esquiar se reirían de mí. A los 20 años decían que me parecía a Penélope. Pero ahora se me ha pasado el glamour.

Y te acordarás de las meditaciones de los sábados, que entonces te parecían un rollo. De tus amigas que nunca te fallaron. Alguna te escribe todavía por Navidad.

Cuando tenías a alguien que te escuchaba, que le podías contar absolutamente todo y te comprendía. Y ahora tienes que pagarle 30 euros al siquiatra.

DIOS TE AYUDARÁ

No te preocupes, en esas circunstancias, Dios te ayudará. Él ha inventado una cosa que se llama la gracia. Si vuelves a Él, recobrarás otra vez la alegría. Empezarías una vida nueva a los 50.

Reconstruirías todo lo que destruyeron tus enemigos. Que pena te dará entonces haberte ido, haber desconectado de Dios.

Aún así volverás a tener alegría. Volverás con tus amigas de antes, aunque entonces tengan 50 años y den conferencias sobre Zara, porque Dios no te dejará si vuelves a él.

Pero la mejor forma de volver es no irse. Por eso podemos repetir el Salmo: que se me pegue la lengua al paladar si ahora no me acuerdo de ti (Sal 136: responsorial).

No hace falta pasarlo tan mal para llegar a los 50 en plena forma. Seguro que conoces a gente de 50 que parece que tiene 30.

Escucha la voz de Dios, lo que nos dice san Pablo, ahora puedes vivir con Cristo, el liberador (cfr. Ef 2,4-10: Segunda lectura).

EL LIBERADOR

Dios le envió al pueblo elegido un rey, que se llamaba Ciro, para que reconstruyera el templo y volvieran a su patria.

A nosotros nos ha enviado un liberador, que está aquí, ahora, con nosotros. Él nos mira desde el sagrario nos dice: la luz vino al mundo y los hombres prefieren las tinieblas porque sus obras son malas (cfr Jn 3,14-21: Evangelio de la Misa).

Al que actúa bien no le importa que se vean sus obras. En cambio, el que actúa mal prefiere ocultar lo que hace. No quiere que se vean sus fallos.

Sin embargo, el Señor dice: acércate a mí para que se vean tus defectos y así yo pueda corregirlos porque yo soy tu liberador.

Por eso, si queremos que Dios nos libere, tenemos que ser transparentes. Acudir a la luz. Venir aquí, al Sagrario, y preguntarle al Señor en qué cosas tengo que mejorar.
Hace poco se presentó en Granada un libro sobre Amancio Ortega, el creador de la firma de ropa Zara.

La autora cuenta cómo, cuando lo conoció, hablaron de muchos temas. Ella llevaba un traje chaqueta, de Zara claro, en franela gris claro. Era lógico que fuera vestida así, no iba a ir con ropa de otra marca.

Pues, cuenta que, al final de la comida, al decirle cosas admirables de su empresa, Amancio Ortega le cortó y le dijo: Voy a pedirte un favor ¿por qué no me explicas qué cosas de Zara no te gustan? (…) Me gustaría que me hicieras una crítica de lo que se puede hacer mejor.

La propuesta fue tan sincera que le respondió: En mi opinión, y no solo en la mía, las prendas de punto no están nada conseguidas y los zapatos, aunque a veces tienen un buen diseño, parecen duros como una piedra. Yo no me atrevería ni a meter el pie en uno para probármelo.

Un hombre que ha marcado todo los records en ventas, que ha revolucionado el mercado, en vez de regodearse en sus aciertos y en su éxito, pide que le digan las cosas que hace mal. Tomó la sugerencia en serio y se corrigió. Hizo que los zapatos fueran más cómodos.


Meses después, volvió a ir la autora del libro. Esta vez calzando el nuevo modelo de zapatos. Y le dijo a Ortega: ¿Sabes que la princesa Matilde de Bélgica tiene unos iguales? Lo descubrí en una foto que se publicó en una revista. Le quedaban francamente bien (Cfr. Así es Amancio Ortega, el hombre que creó Zara, pp. 34-36).

Así es como se triunfa en la vida, también en la interior.

Dios tiene fuerza para cambiar nuestra vida cuando tengamos 50 años, pero también para que estemos contentos en plena juventud. Atrévete a mirarle y pregúntale qué es lo que va mal.

Como María. Ella se entregó cuando era adolescente y a los 50 seguía en plena forma.

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