lunes, 2 de marzo de 2009

FIARSE DE DIOS (II DOMINGO DE CUARESMA B)

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Abrahám no dudó en sacrificar a su propio hijo porque Yahveh se lo pidió (cfr. Gn 22,1-2.9-13.15-18: primera lectura de la Misa).

Hay que tener mucha confianza para hacer eso, para pensar que, lo que no nos gusta, es para nuestro bien.

Hoy en día hay gente que, sin ser mala, no entienden los planes de Dios: una enfermedad, un revés económico, etc.

Incluso, algunos no les entra en la cabeza que el Señor quiera gente joven a su servicio de manera total. Les resulta exagerado que maten su propia vida para poder seguirle.

Para hacer eso hay que tener mucha fe, como Abraham.

LA PRUEBA DE LA FE

Está claro que Yahveh no quería el sacrificio de Isaac. Fue una prueba por la que se descubrió la fe de Abrahám: se fiaba de Dios, aunque le pidiese una cosa muy dura.

El Señor no quiere que suframos o tiremos nuestra vida por la ventana. No, eso no lo quiere. Sí quiere, y nos lo pide, que tengamos una fe ciega en él.

A veces, para explicar esto, sirve la comparación de que Dios, con su voluntad, parece que nos lleva hasta la terraza de un séptimo piso y nos dice: venga, tírate.

Hay que fiarse mucho para pensar que eso es lo que más nos conviene. Y, sobre todo, hay que tener mucha fe para no solo pensarlo sino para hacerlo.

Hace tiempo le explicaba esto a una madre de familia, lo de tener una fe ciega en el Señor.

Y, al contarle la comparación del balcón, me contestó algo que, a simple vista parece distante y frío, pero que tenía toda la gracia de las gentes de estas tierras andaluzas, me dijo: Y ¿por qué no se tira usted?

UNA FIGURA DE LA PASIÓN

Dios pretendía que esta historia de Abraham –tan importante para el Pueblo de Israel– fuese el antecedente del sacrificio de Jesús.

El Señor, sin entender lo que Dios Padre le pedía, lo hizo, simplemente porque se lo pedía.

Si te fijas en Jesús, viendo su vida con ojos humanos, sin fe, no resulta muy positiva.

Nace en un pueblo perdido. Allí trabajo en el más absoluto anonimato. Provocó, con su predicación, una cierta conmoción entre la gente sencilla, la menos importante, la más manipulable.

De hecho, muchos fueron los mismos que pidieron su muerte a gritos, movidos por los enemigos de Jesús.

Fracasó de una manera tremendamente llamativa. Se burlaron de él judíos y romanos, jóvenes y viejos, pobres y ricos. Al pie de la cruz, cuando se estaba muriendo, solo se encontraron unas cuantas mujeres y un adolescente.

Murió como el típico iluminado al que se le ha descubierto el engaño y solo le siguen cuatro donnadies. Eso es lo que quedó de su vida.

Nosotros nos fiamos de Dios porque, él mismo, quiso pasar por la incomprensión, el sufrimiento, la indiferencia, la calumnia, la burla, el dolor, etc.

Nos pide algo por donde él mismo ha pasado. El Señor sabe lo que pide, y por qué nos lo pide.

MATAR AL HIJO ÚNICO

Dios entregó a su Hijo único para salvarnos a nosotros (cfr. Rm 8,31b-34: segunda lectura). Y Jesús aceptó este sacrificio querido por su Padre.

Aceptarlo no significa entenderlo. Me gustó el consejo que le daba una madre a su hija, después de que se fuera al cielo el abuelo: hija mía, Dios no pide que lo entiendas sino que te fíes. Y la cría se quedó bastante relajada.

A veces se nos presentan, en la vida, circunstancias que pueden ser duras y nos encontramos con un muro que nos hace ver todo negro e imposible.

Sin embargo, si te separas un poco de ese muro y miras hacia arriba, entonces ves el cielo y te llenas de esperanza.

–¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea! (Forja, 235)

Hay un mártir vietnamita que escribió una carta desde la prisión donde estaba. Cuenta con toda naturalidad, cómo se puede ser feliz en una situación desesperada. Te la leo:

«Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias (…), peleas (…) angustias y tristezas.

»Pero Dios (…) está siempre conmigo y me libra de las tribulaciones y las convierte en dulzuras (…).

»En medio de este tormento que aterrorizaría a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo».

Cuando ames de verdad la Voluntad de Dios, no dejarás de ver, aun en los momentos de mayor trepidación, que nuestro Padre del Cielo está siempre cerca, muy cerca, a tu lado, con su Amor eterno, con su cariño infinito (Forja, 240).

LA RESURRECCIÓN SE ADELANTA

Jesús, antes de dar su vida, se transfiguró en el Tabor, para anunciar que después de la Cruz vendría la gloria de la Resurrección (cfr. Mc 9,2-10).

Como nos conoce, el Señor quiso darnos una señal de que todo iba a terminar bien. Quiso hacernos ver que, aunque suframos, si nos fiamos, la victoria es segura.

Para que no nos vengamos abajo en los momentos duros, por eso, a veces nuestro Dios nos regala situaciones dulces.

Quizá la enseñanza pueda ser ésta: el Señor nos prueba, pero nunca nos deja completamente a oscuras, siempre nos da una luz.

Me sorprendió el comentario de un zapatero al que voy. Hablando del sufrimiento, dijo algo conocido, pero que en boca de un zapatero suena a nuevo: Dios aprieta pero no ahoga. Y es verdad.

La Virgen era la esclava del Señor. Una esclava feliz porque se fiaba totalmente. Vivía en sus manos.

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