lunes, 9 de marzo de 2009

LEVADURA EN CONDICIONES

El Señor quiere que estemos en medio de la masa, como la levadura, para influir en ella y mejorarla (cfr. Lc 13, 20-21). 

Para hacer eso hay que seguir la receta, es decir, hacer lo que Dios nos dice. Ese es el ingrediente mas importante: la obedecia. Porque para ser levadura hay que obedecer al Señor.

TODO LO BUENO LO HACE DIOS

Todo lo bueno lo hace Dios. Las conversiones las provoca el Señor. Todos los frutos son suyos, porque tú eres bueno.

Actúa en las almas de manera silenciosa, y cuenta con el tiempo y con nuestra colaboración. Somos la levadura, es verdad, pero quien hincha la masa y la mejora es él.

Y así de claro nos los dice, para que no se nos olvide: Sin mí, no podéis hacer nada. Uno puede intentar actuar sin él, pero, tarde o temprano, aquello no funciona, no sale nada bueno. 

Las almas santas tienen esto muy claro. Y viven con la seguridad de que Dios actúa a través de su obediencia.

San Josemaría decía que, para sacar la Obra, el Señor le fue llevando como un padre hace con su hijo, que le dice: toma ese cubo y ponlo aquí. Ahora vete a por ese otro y lo colocas al lado, el de allá, encima, etc. Y así hasta que se termina el castillo.

LA OBEDIENCIA DA PAZ

Esto, teóricamente lo tenemos claro. Pero en la práctica, no es tan evidente. La prueba es que, a veces, nos dejamos llevar mucho por los resultados. 

Y, si hay frutos, luchamos con más ganas que si no los hay. O, estamos alegres por los avances que ha dado una persona, o nosotros mismos. Y eso es bueno, pero por Dios, no por nosotros.

Cuando actuamos así, sin rectitud, puede ocurrir que nos tomemos a mal una indicación que nos hacen sobre el apostolado o la vida interior. 

Y, si obedecemos porque no queda otra opción, lo hacemos pensando en que el tiempo nos dará la razón y, entonces, se aclararán las cosas. 

Por eso, San Josemaría escribió una frase lapidaria y llena de realismo: si la obediencia no te da paz es que eres soberbio (Camino, 620).

ESTAR EN BUEN ESTADO

El Señor necesita que la levadura esté en buen estado. Sería una pena que, por no estar bien, la masa no se hinchara, que Dios no pudiera actuar.

Nos pide Jesús que obedezcamos. Eso es lo principal que necesita para que haya fruto. Nos podemos preguntar ahora, en la oración: yo ¿facilito la labor o la dificulto? ¿Quiero hacer la voluntad de Dios o la propia?

San Pedro podría no ser gran cosa, ni tener mucha cultura, pero hacía lo que Jesús le pedía. En el episodio de la pesca milagrosa, no siguió su parecer sino el del Señor. Por eso, aunque no estuviera de acuerdo obedeció (Jn 21,11).

No discutió, simplemente pensó en alto e hizo lo que le dijeron, sin enfadarse.

A veces podemos decirle al Señor: ¡me entrego!, y a la vez nos molestamos por cosas que nos dicen.

Obedecer porque no hay más remedio, con pesar interior, sirve de poco, porque no sería fruto de la humildad sino de las circunstancias.

Cuántas veces las madres le dicen a su hija: Mira, para poner la mesa con esa cara, mejor que no la pongas. 

Debemos hacer examen de cómo es nuestra obediencia. Si es con buena cara, entonces la levadura hinchará la masa.

LA DESOBEDIENCIA LO LÍA TODO

La obediencia es fundamental para que la levadura sea eficaz. Docilidad en todo lo que nos digan. Eso no es una teoría. Es algo muy práctico que se comprueba en cosas concretas. 

La desobediencia de Adán y Eva complicó todo. La persona que desobedece lo lía todo y se lía ella misma. Y piensa que se lo han dicho porque en el fondo lo hace mal; o que se lo ha dicho esta persona porque es la única que no piensa como ella. O que le han quitado de allí para hacer que no se vea con fulanita, etc, etc, etc. 

Y de una cosa que nos dicen, la persona se mete como dentro de una bola de nieve, y cada vez va engordando más.

La desobediencia es un lío. La persona actúa sin rectitud. No quiere hacer lo que Dios quiere sino su propia voluntad. Parece que, en vez de que se hinche la masa, lo que quiere es hincharse ella, su propio yo.

Hay quienes tienen un empeño obsesivo para que se haga lo que ellos piensan, como si los frutos solo dependieran de eso, de su manera de hacer.

En el fondo desobedecer es pensar que mi opinión es la mejor. El que desobedece cree que él está más capacitado que otros para hacer las cosas. Actúa como si el fruto dependiera solo de él.

Por eso, sería un síntoma de que la levadura no está en condiciones si se cumplieran este consejo de Camino: Tu obediencia no merece ese nombre si no estás decidido a echar por tierra tu labor personal más floreciente, cuando quien puede lo disponga así (Camino, 625).

La Virgen obedeció sin más porque se lo pedía Dios. Fue entendiendo poco a poco sus planes y el Señor hizo maravillas, hinchó toda la masa.

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