sábado, 13 de septiembre de 2008

TIBIEZA

¿Cómo consigue el hombre ser feliz? Es una buena pregunta ¿verdad? Un pájaro es feliz volando y comiendo bien. Así se realiza.

Cuando vemos un pájaro herido en un ala, da pena. Se arrastra con su ala rota y produce lástima.

–Señor ¿qué tengo que hacer para ser feliz, para no dar pena?

Alegría y felicidad hondas, no baratas. No una fiesta de mucho ruido, risas altas y tontería. Ni la satisfacción por haberte comprados unos zapatos o la suerte de que hayas sido elegida Miss Zaidín, o que admiren tu simpatía.

La felicidad es otra cosa. Es una situación permanente donde, a pesar de lo que ocurra fuera de nosotros, el alma sonríe y el corazón está lleno.

Por poner un ejemplo: es como la sensación que uno tiene cuando sabemos que una persona que admiramos mucho ha preguntado por nosotros y nos quiere conocer más.

Todo lo demás da igual, estamos satisfechos e ilusionados solo por eso.

Te voy a contar dos casos. Uno de un chico y otro de una chica. Uno termina mal, el otro bien. Uno se va triste y el otro termina con un baile. Los dos personajes son más o menos de tu edad (Mc 10,17-31):

Jesús y sus discípulos están saliendo de una aldea. De repente se les acerca corriendo un chico que, «arrodillado ante Él, le preguntó: –Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?»

En el fondo, el curso de retiro sirve para preguntarle al Señor lo mismo. Así estamos ahora, a los pies del Sagrario y haciéndole esa pregunta: ¿Qué debo hacer para ser feliz?

«Jesús le dijo: (…) Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre».

O sea que una persona que cumple los mandamientos es feliz. Pues sí. Sabe que Dios le mira con cariño.

Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia –respondió él.

Este chico era feliz pero quería más. Por eso, Jesús se alegró al oír esto, «fijó en él su mirada y quedó prendado de él».

Es verdad, el Señor está contento porque estás en gracia, te confiesas, vas Misa los domingos, incluso algunos días entre semana. No robas, ni matas. No eres una viciada ni una ladrona…

Jesús le miró con cariño. El Señor, ahora, nos mira igual. Te ve y eso le agrada, simplemente porque estás aquí con Él.

Porque te has tomado la molestia, has hecho el esfuerzo de venir a un curso de retiro.

…«y le dijo: –Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme».

En este curso de retiro, no lo dudes, te va a pedir más de lo que haces. Incluso, el Señor, puede llegar a pedir mucho.

Entonces, ocurrió algo inesperado. Ante esa petición de Jesús, al chico le cambió la cara porque eso no se la esperaba. Estaba dispuesto a hacer cosas, pero todo eso no. Dejar todo y seguirle era demasiado.

«él, afligido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones».

¡Qué chasco se llevó Jesús! Le estaba diciendo que se fuera con Él y le contestó que no.

Aquel chaval llegó corriendo, alegre, lleno de esperanza, y se fue despacio y triste.

El otro caso es el de una chica. Te leo lo que cuenta ella misma: comencé a frecuentar las discotecas a los 19 años y continué hasta los 21. Fueron 3 años muy intensos. Pedí totalmente la cabeza. Iba todas las noches y me quedaba hasta las 8 de la mañana. Desde media noche hasta las 4 de la madrugada bailaba en una discoteca, y desde las 4 hasta las 8 iba a otra. Viajaba incluso fuera de Milán, por ejemplo a Amsterdam donde me quedaba 4 ó 5 días. Buscaba las discotecas más frecuentadas. No se bien porqué pero en cierto momento me sentí cerca de la Iglesia al ir distanciándome de esos ambientes. Comencé a ir a Misa los domingos, y allí lloraba continuamente, sintiendo dentro de mí una presencia diferente. Veía a la gente joven que se quería de una manera sencilla y estaban serenos. Un mundo auténtico, no falso como el que yo frecuentaba. Fue a hacer un retiro espiritual a Spello, en la ermita de Carlo Carretto. Recé -sigue diciendo- hice largas meditaciones. Hasta que una tarde, contemplando el cielo y la naturaleza tuve una percepción clara de que Dios es el Creador y nosotros somos sus criaturas. Sentí en el corazón un gozo indescriptible y me puse a bailar. Esta vez no para conquistar a nadie sino para agradecer y alabar. Había encontrado lo que buscaba.
Si uno busca a Dios de verdad lo encuentra.

Pregúntate si pones todos los medios en este retiro para buscar a Dios.

El Señor, de una manera o de otra, te va a decir: ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor! Elígeme…

Por eso decía San Josemaría: Si ves claramente tu camino, síguelo. ¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene? (Camino 903).

Vamos a pedirle a la Virgen que nos ayude a acercarnos al Señor. Que nos ayude a encontrarle, a permanecer con Él.

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