martes, 30 de septiembre de 2008

LOS SHERPAS DE DIOS.

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«Esto dice el Señor: He aquí que Yo enviaré mi Ángel, que vaya delante de ti, y te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que he preparado» (Ex 23, 20-23: Primera lectura).

La misión que tienen los ángeles es la de llevarnos al cielo. Por eso debemos escucharles y obedecerles.

«Reveriénciale y escucha su voz; no le desprecies» sigue diciendo la Escritura (Ibidem).

Esto quiere decir que los ángeles hablan.

Y ¿cómo hablan? Lo hacen sugiriendo cosas, o a través de hechos concretos que pasan.

Son inteligentísimos. No han ido a la universidad porque no les ha hecho falta.

Saben y adivinan las cosas porque tienen muchas horas de vuelo, mucho trato con las personas.

Pero nuestras intenciones, lo que pensamos no lo saben a no ser que se lo contemos.

El Señor manda a los ángeles. Les da órdenes. Muchas cosas no las hace Él personalmente, se las deja a ellos.

«Servidores que cumplís sus mandatos» se dice de ellos. No se cansan de obedecer al Señor. Sus deseos son órdenes.

Son ministros dedicados a hacer su voluntad (cfr. Sal 102, 21: Aleluya de la Misa)

A nosotros nos pasa alrevés: Tus órdenes, Señor, ¡ya nos gustaría cumplirlas! Ellos son criaturas santas, por eso obedecen.
Son de gran ayudan para sacar adelante nuestra vocación. Para que recorramos bien nuestro camino.

Nos quitan los obstáculos. Y, otras veces, nos los ponen para que no hagamos tonterías.

«Cuando pecares no te lo pasará (...) Mi Ángel irá delante de ti» dice el Éxodo.

Por eso, a veces alguien nos pilla haciendo algo mal;

o nos hacen ver en la dirección espiritual la importancia que tiene algo bueno que hemos hecho;

o nos sentimos inclinados a contar una metedura de pata que hemos tenido.

Nos ayudan de manera eficaz en el camino hacia el cielo, en el viaje de la vida.

Hay un cuadro de un famoso pintor del renacimiento, en el que se ve un ángel que va caminando de la mano con un niño.

La actitud del niño es la de dejarse llevar. no se resiste, ni pone mala cara o va llorando.

Si le dejamos y contamos con él, nuestro ángel nos llevará de la mano hasta el Cielo.

–Señor, gracias porque en tu providencia inefable te has dignado enviar para nuestra guarda a tus Santos Ángeles (Oración colecta).

Por eso dice el Salmo (90: Responsorial de la Misa) que el Señor nos protege con «sus plumas» y «bajo sus alas».

Me viene a la cabeza un profesor del colegio que para hacer que los pequeños aprendiéramos a tratar a nuestro ángel lo que hacía era enseñarnos trucos.

Nos decía que le dejáramos pasar, sin que nadie se diera cuenta, cuando abriéramos una puerta.

O también que comentáramos con ellos las cosas divertida que nos pasaran.

Me hizo gracia leer en una biografía de San Josemaría como, por la noche, cuando se iba a la cama, antes de cruzar la puerta de la sala donde había estado de tertulia con sus hijos, se detenía un instante para dejar pasar a sus dos ángeles.

Algo que pasaba desapercibido para quienes no lo sabían (cfr. El Fundador del Opus Dei, Andrés Vázquez de Prada, Tomo III, p. 426).

Debemos estarle muy agradecido a nuestro Custodio. Esforzarnos por tratarle. Tenerle presente. Que no sienta nuestra indiferencia.

Efectivamente a los ángeles se le pueden tener poco presentes en la actualidad.

Recuerdo que hace un año fui con un universitario a la iglesia donde se tiene algunos actos de la pastoral universitaria en Granada: San Justo y Pastor se llama. Una iglesia que es una joya del Barroco español.

Entramos. Nos quedamos mirando desde atrás la belleza del templo. Mi acompañante, en un momento dado, señalando una imagen que hay del arcángel San Miguel con su escudo y su espada, dijo de manera espontánea:

–Y ese soldado romano ¿qué hace ahí?

Después de reírme, dobládome hasta físicamente, pensé: –¡Qué ganas debe tener ahora mismo el arcángel de hacerle tragar el sable entero....!

Podemos afirmar que los ángeles hacen la Iglesia.

Tanto es así, que una institución de la Iglesia como es el Opus Dei nació en el día de la fiesta de los Santos Ángeles custodios.

La Obra es un camino de santificación en la vida ordinaria. Ellos nos guían y nos acompañan. Son como los sherpas de Dios.

–Gracias, Señor, por mandarnos cerca alguien que nos cuida (cfr. Sal 90: responsorial).

Todos los ángeles ven a Dios. En el Evangelio se nos dice que los Ángeles de los niños están constantemente viendo la cara de Dios Padre (cfr. Mt. 18, 1-5. 10).

El Opus Dei es una institución joven. Aunque tenga 80 años, siempre estará necesitada ayuda: los ángeles colaborarán en toda la labor que el Señor quiere que se haga.

También personalmente todos estamos necesitados, hemos de sentirnos niños. Precisamente en el Evangelio de la Misa de hoy (cfr. Mt 18, 1-5.10) Jesús dice que los Ángeles de los niños ven al Padre.

San Josemaría, que se veía como un niño delante de Dios, los utilizó mucho. Por eso decía:

«yo no tengo la pretensión de que los Ángeles me obedecen. Pero tengo la absoluta seguridad de que los Santos Ángeles me oyen siempre» (El Fundador del Opus Dei, Ibidem).

En el tercer aniversario de la fundación, el 2 de octubre de 1931, cunta como se dirigió aquel día a su ángel:

«Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él» (Ibidem, Tomo I, p. 404).

Le ayudaban a hacer la Obra. Cuenta como un día se dirigió a un chico, que veía que comulgaba a diario con mucha piedad y recogimiento, para pedirle que rezara por una intención suya. Esa intención era que aquella persona se entregara a Dios.

Y él mismo escribe que: «otras veces, al verle desde mi confesonario, le encomendé lo mismo al Ángel de su Guarda».

A los dos años había cumplido su encargo el Custodio con el antiguo estudiante, que era ahora catedrático del Instituto de Linares (Ibidem, p. 490).

La primera residencia, la conocida academia “DYA”, la llamaba la casa del Ángel Custodio.

Cuando su confesor le dijo que él creía que los sacerdotes, además de una ángel, tenemos un arcángel San Josemaría escribe:

«En la conversación, me hizo gozar, por las alabanzas que dedicó a los Ángeles; y porque participa de la creencia de que los sacerdotes, además del Custodio, por nuestro ministerio, tenemos un Arcángel. Salí de aquella casa, con honda alegría, encomendándome al Relojerico y al Arcángel. Y pensé con seguridad que, si realmente no tengo conmigo a un Arcángel, Jesús acabará por mandármelo, para que mi oración al Arcángel no sea estéril. Hecho un niño, por la calle iba pensando cómo le llamaría. Un poco ridículo parece, pero, cuando se está enamorado de Xto, no hay ridículo que valga: mi Arcángel se llama Amador

(Ibidem, Tomo II, p. 246).

Para acaba nuestra meditación vamos a acudir a nuestra Señora de los Ángeles para que nos enseñe a tratar a sus súbditos como han hecho los santos.

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