sábado, 13 de septiembre de 2008

APOSTOLADO

Dios es Todopoderoso. Eso significa que es capaz de todo. Con muy poco puede hacer grandes cosas.


Además, el Señor suele actuar así: hace maravillas a partir de casi nada. Lo poco que necesita es nuestra colaboración, nuestra generosidad.

Con eso hace milagros. Si le ayudamos, muchas personas se irán al cielo. No hay que chuparse el dedo: hay muchos que no están en gracia de Dios.

El Señor va de acá para allá pidiendo ayuda para intentar salvar a todos.

Así iba por los caminos de Palestina. De un sitio a otro enseñando el camino de la salvación. Y hoy también quiere ir por Granada para seguir salvando almas.

Hay tanta gente perdida y necesitada de Dios que no se da a basto.

La escena que vamos a meditar ocurrió el último año de la vida del Señor.
Han pasado tres años desde que se fue de su pueblo, Nazaret. Ya era conocido.

Por eso cuenta el Evangelio que intentó retirarse a descansar un poco con sus discípulos, pero todos le seguían porque querían verle.

Jesús se compadeció de ellos. Y así está mirando ahora a las almas, compadecido, con cierta pena porque no puede llegar a todas.

Por eso les atendió de mil amores. Ese día volvió a no tener tiempo para comer.

Eran muchos los que se reunieron en torno a Él. Dice la Escritura que se trataba de miles. Los que estaban más lejos no oirían nada de lo que decía.

Era imposible que escucharan por la distancia que les separaba del Señor. Se irían pasando de boca en boca lo que iría diciendo.

Jesús sigue compadeciéndose igual de tantos que andan como oveja sin pastor. Tantos que están lejos de Él y que, en la situación en la que se encuentran, es imposible que le escuchen.

El Señor necesita de nosotros para llegar hasta ellos, para que puedan escuchar lo que Dios dice.

Así estaba Jesús, hablando. Y pasaron las horas: «comenzaba a declinar el día, y, acercándose los Doce, le dijeron: –Despide a la gente para que vayan a las aldeas de alrededor a buscar qué comer» (Lc 9, 12-13).

La respuesta del Señor fue sorprendente: «Dadles vosotros de comer».

Los apóstoles no entendían nada: ¿Cómo vamos a darles de comer… si son miles?

Uno de ellos, Andrés, más con desgana que con fe, preguntó a los que tenía cerca si tenían algo de comer.

Sólo consiguió cinco panes de cebada y dos peces que traía un niño, pero… ¿qué era eso para tantos? (cfr. Jn 6, 9).

«Reunir a la gente en grupos de cincuenta», dijo Jesús.

Cogió la bolsa donde estaban los panes y los peces, rezó una oración a los cielos, y se produjo un milagro.

«Aquel día, comieron cinco mil hombres sin contar mujeres y niños» (Mt 14, 21).

Con poco, muy poco… Jesús hizo mucho.

Te cuento un suceso divertido. Una señora un poco sorda que se va a confesar. Se mete en el primer confesionario que ve, sin darse cuenta de que no había ningún cura confesando.

Ahí está soltando sus cosas durante un rato, hasta que se da cuenta de que no hay sacerdote que le escuche.

Sale del confesionario riéndose de sí misma. La ve una chica y piensa: ¡qué bien debe sentar la confesión, porque esa señora sale encantada!

Eso tan pequeña le movió a confesarse.

Jesús quiere contar contigo. Es como si nos dijera ahora: necesito que tus amigas sepan que has venido a un curso de retiro, que se lo cuentes. Quiero que sepan que vas a Misa y que te confiesas. Necesito que hables con ellas y les expliques lo bien que se está cerca de Mí… que des la cara.

Cuéntales tu secreto, tu experiencia: –mira, a mí rezar me ayuda. Yo voy a una charla en la que me explican cómo ser mejor…;

el sacerdote me anima a querer a mis padres y a amigos, a la Virgen…, confesarse te deja muy tranquila, te deja superbien porque sabes que Dios te ha perdonado…;

desde que comulgo con frecuencia venzo las tentaciones con más facilidad, etc.

Entonces el Señor hará maravillas con tu voz, con algo tan pequeño como tu voz y tu ejemplo. Necesita que le demos lo poco que tenemos.

¡Es increíble, ¿verdad?, que Dios necesite de eso!

Aquel día de la multiplicación de los panes y de los peces, Jesús sabía de sobra que se iba a encontrar con el niño que llevaba lo necesario para hacer el milagro.

También sabía que ibas a venir aquí para estar con Él. Y ahí está, esperando a te decidas a hablar de Él.

Ni siquiera te lo pide con palabras, simplemente lo espera.

Con razón puedes pensar: pero… es que Dios ¿no puede actuar sin mí? ¡Claro que puede!, pero es que no quiere. No es su manera de hacer las cosas.

¿Te acuerdas de lo que pasó en las Bodas de Caná? Necesitó unas tinajas llenas de agua para hacer el milagro del vino.

¡¡Necesitó agua!! Ya ves, algo tan corriente como el agua. Y ¿qué le dieron? ¿un mísero vaso? Que va, grandes tinajas donde cada una podía contener trescientos y pico litros.

–¿Señor qué necesitas para cambiar Granada?

Pues, a lo mejor no muchas personas. Pero, las pocas que necesita tienen que ser muy generosas y darlo todo.

No nos engañemos. Dios no tiene mucho de donde elegir. No encuentra 5 panes y dos peces tan fácilmente.

De que tú y yo nos portemos como Dios quiere dependen muchas cosas grandes, decía san Josemaría.

¿Por qué no llega Dios a mi vecina, a esa compañera de clase, o a aquella amiga del grupo? ¿Por qué?

¿Por qué hay gente que te rodea que vive en pecado mortal con el riesgo de ser infeliz para toda la eternidad? ¿por qué?

O, examina tu caso: ¿Por qué tienes tú esa cercanía con Dios? ¿Por qué le tratas y estás habitualmente en gracia?

Porque hay alguien que te sigue y persigue.

Si no ¿de qué ibas a ir tú a un círculo, o a una meditación o a confesarte?
O a este curso de retiro.

El Señor se sirvió del apostolado de la Virgen para llegar a un grupito de mujeres que fueron las que estuvieron al pie de la Cruz.

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