viernes, 5 de septiembre de 2008

LA ESPERANZA DE SER SANTOS

En un momento de la ceremonia de ordenación sacerdotal, el obispo que ordena recuerda a los candidatos unas palabras de san Pablo

que llenan el alma de seguridad en Dios:

Quien comenzó en vosotros la buena obra, la llevará a feliz término. (Phil 1, 6)

Cualquier ordenando se da cuenta de que no es digno de recibir un don tan grandioso.

Al mismo tiempo intuye que ser sacerdote le desborda por completo.

Por eso, escuchar estas palabras de san Pablo reconfortan el alma en una ceremonia en la que se entremezclan los nervios y la alegría desbordante.

A cada uno de nosotros, el Señor nos ha elegido para hacernos santos.

Al igual que el sacerdocio, la santidad nos desborda, nos viene grande…
Nos sentimos incapaces de alcanzar lo que el Señor nos pide.

Sin embargo, es la Voluntad eterna de Dios para cada uno: que seamos santos.

En estos días finales del verano hemos visto y oído las negociaciones de los clubes de fútbol para fichar a tal o cual jugador.

Se pagan millones de euros por conseguir a un futbolista, se pasan horas y horas de negociación…

A veces se consigue y otras no. Y lo malo es que a lo mejor, en la siguiente temporada, el jugador se marcha a otro equipo que le paga más…

Y tanto jaleo para nada…

Pues Dios nos ha fichado para su equipo y nos ha comprado con su Sangre Redentora para hacernos santos.

Y lo ha hecho por medio de un contrato que no tiene marcha atrás. No hay cláusulas de rescisión.

Es como si nos dijera: Te he fichado para hacerte santo y no te cambiaré por nadie.

El Señor no cambia de parecer, se ha comprometido con cada uno, se ha atado las manos con un pedazo de barro…,

Y está empeñado en hacernos santos.

Y esta es nuestra seguridad, nuestra firme esperanza. Dios quiere mi santidad.

Y será Él quien llevará término lo que Él mismo ha comenzado.

En Él encontramos el camino seguro…, también cuando encontremos dificultades o nos desanimemos.

Entonces diremos con el salmista:

Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque Tú vas conmigo. Tu vara y tu callado me sosiegan…

En la santidad, no nos apoyamos en nuestras fuerzas, en nuestras experiencias, en nuestra valía personal…,

si lo hiciéramos tendríamos muchos motivos para venirnos abajo.

Si a veces nos desanimamos ante las propias miserias es porque nos hemos olvidado de Dios.

Hemos olvidado que es Él quien nos hará santos.

Dios nos ha fichado para jugar en un equipo. La santidad no la encontraremos en solitario.
En la encíclica Spe Salvi, Benedicto XVI nos recuerda que la eterna unión con Dios, la santidad, no es algo individualista.

La unión con Dios se ha de entender como un “estar unidos existencialmente en un “pueblo” y sólo puede realizarse para cada persona dentro de este “nosotros”.

No estamos solos en el camino de la santidad.

Nos han precedido muchos santos.

Y ahora nos acompañan otras muchas personas que buscan la santidad, no egoístamente, sino en comunión con toda la Iglesia.

Cuando en un equipo de fútbol el delantero marca gol, todo el equipo marca gol.

Sí, ha sido el jugador menganito el que ha dado la patada final.

Pero todos se benefician del gol, todos ganan el partido porque todos han contribuido con su juego a que subiera el marcador.

Con nuestras luchas personales por hacer lo que debemos hacer en cada momento, cuando somos puntuales y hacemos la norma prevista…

Todos ganamos. Contagiamos optimismo, compartimos la alegría de meter gol, de haber ganado un punto más.

Hemos de fomentar la esperanza de llegar a la meta final porque Dios lo quiere y porque estamos acompañados.

En este equipo en el que Dios nos ha fichado, tenemos al mejor entrenador. Al Espíritu Santo.

Él nos conoce muy bien, sabe nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles.

Tiene mucha experiencia y sacará lo mejor de cada uno porque está empeñado en hacernos santos.

Él nos pondrá en forma para alcanzar la copa de la santidad.

Nuestro Padre nos sugiere en Camino, que a la hora de tratar al Espíritu Santo no le hablemos, sino que le escuchemos.

Así se lo aconsejó su director espiritual.

A Dios Espíritu Santo le escuchamos en la charla fraterna.

Escuchar no es oír solamente.

Escuchar es algo más. Es querer que me digan algo, es poner los medios para escuchar tal consejo y no otro que a mi me gusta más.

Escuchar es preguntar: en qué puedo mejorar, cómo se me ve desde fuera...

Para que el entrenador te pueda decir claramente lo que él ve.

En ocasiones podemos estar cansados de nosotros mismos, pensar que cada semana nos dicen lo mismo:

Otra vez este examen particular, de nuevo este vicio que te puede…

Y en nuestro interior se puede reproducir la escena de la tempestad calmada.

Como los apóstoles, sentimos el miedo de nosotros mismos, nos vemos incapaces de avanzar,

Notamos el zarpazo del ambiente que nos insinúa abandonos,

Y a pesar de que el Señor está a nuestro lado, nos olvidamos de Él.

Y entonces, rendidos de nuestra lucha individual, nos damos cuenta de que el Señor está ahí.

Él se levanta y calma las aguas embravecidas.

Ahora, como entonces, el Señor está en la barca de la Iglesia, de la Obra, de nuestra vida.

Y vuelve a calmar las aguas agitadas de la vida interior a través de sus pastores que nos dicen:

No temáis…, quien comenzó en vosotros la buena obra, la llevará a feliz término. (Phil 1, 6)

Qué seguridad entonces. Es Él quien lo hará todo.

Dios nos da los medios concretos. No nos ha dicho: ven y ponte a jugar sin saber, sin ropa adecuada, sin clases teóricas…

Nos ha dado a su Entrenador, que en la charla fraterna nos señala el camino…

Haciendo lo que nos dicen cada semana, el Señor llevará la buena obra de nuestra santidad a feliz término…

Así andamos seguros, protegidos por los demás, no vamos en solitario…

La santidad la conseguimos en comunión con Dios y con los demás.

Que se vea que eres Tú.

Así se titula un libro que recoge homilías de san Josemaría.

Eso le pedimos hoy al Señor.

A la Virgen la invocamos muchas veces al día: Esperanza nuestra.

Ella sabe mucho de nuestros buenos deseos de santidad y de nuestras derrotas.

También en esos momentos, Ella esta ahí, a nuestro lado para cogernos de la mano y levantarnos. Y al oído nos recuerda:

Quien comenzó en vosotros la buena obra, la llevará a feliz término. (Phil 1, 6)

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