martes, 9 de junio de 2009

UNA ALIANZA NUEVA

En un día de fiesta como hoy, Corpus Christi, la misa que se celebra es la del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. No solo del Cuerpo sino también de la Sangre.

En la Antigua Ley, tanto los sacrificios como las alianzas exigían el derramamiento de sangre.

AL PIE DEL SINAÍ

Yavhé hizo una alianza con su pueblo. Eso es lo que nos narra la Primera lectura. En esa ocasión también hubo, como era de esperar, derramamiento de sangre.

Moisés, después de hablar al pueblo, levantó un altar al pie del monte, allí al aire libre. Luego mandó que algunos hicieran sacrificios a Yavhé y dijo al pueblo: Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yavhe.

Después tomó una de las vasijas con la sangre de los animales sacrificados y la derramó sangre sobre el pueblo mientras diciendo: Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos (Ex 24,3-8).

LA SANGRE DEL CORDERO

Esa fue una de las muchas alianzas que hizo Dios con los hombres dentro de su plan salvífico. Pero la Alianza definitiva llegó con Jesús.

En Jesús, Dios se une con el hombre haciéndose hombre. Se hizo carne y selló una Alianza Nueva.
Para esta alianza, el Señor derramó su propia sangre. Por eso es la definitiva, la que puede lograr el perdón de los pecados de todos los hombres y la unión más estrecha con Dios.

Esta es mi sangre de la Nueva Alianza, dijo Jesús en la Última Cena, que será derramada por muchos (Evangelio del día: Mc 14,12-16.22-26).

Ahora se entiende mejor el salmo: Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor (Sal 115). Jesús en la Eucaristía es una garantía para nosotros.

LO NOVEDOSO DE LA EUCARISTÍA

Esta Nueva Alianza fue muy distinta a las demás. Tenía mucho de novedoso, no era una alianza más. De hecho se sigue llamando Nueva a pesar de los siglos que han transcurrido, porque sus efectos siempre lo son.

La Eucaristía nos ofrece el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Esto es algo maravilloso y desconcertante: Dios que se pone en nuestras manos.

Parece como si el Señor se quedara para consolarnos por no haber podido estar con él en los 33 años de su paso por la tierra. Nos hubiéramos alegrado tanto como la Magdalena.

Pues aquí está en el sagrario. Por eso celebramos esta fiesta. Por eso nos alegramos y nos llenamos de fe y de esperanza, porque sigue derramando sus gracias.

CONTAR CON ÉL

En la fiesta del Corpus nos postramos, como dice el Papa, ante Aquel que se inclinó hasta nosotros y dio la vida por nosotros.
Nos reunimos alrededor del altar, en la catedral, para estar en su presencia, como el pueblo judío al pie del Sinaí. Así empieza la celebración de esta fiesta.

Luego, saldremos a la calle para caminar con el Señor y terminaremos arrodillados ante él, para continuar adorándole y recibir la bendición (cfr. Benedicto XVI: Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 22-V-2008).

Esto es lo que hacen muchos cristianos todos los días. Se reúnen por la mañana en su presencia. Luego salen a la calle con él e intentan adorarle con lo que hacen.

Hay un hecho de la vida de San Josemaría que ilustra esta actitud que debemos con el Señor. Después de ser ordenado sacerdote le enviaron a un pueblecito de Zaragoza. Un pueblín de pocos habitantes. Todos los días, a eso de las tres o cuatro de la tarde, cuando la siesta se ha apoderado de todos los habitantes, San Josemaría se pasaba horas cerca del sagrario haciendo compañía a Jesús Sacramentado en la soledad de la iglesia del pueblo, Perdiguera se llamaba.

Eso le costó que le empezaran a llamar Rosa mística. Así se le conocía por los pueblos de la zona, como si estuviera todo el día en Babia. En realidad estaba siempre acompañando al Señor.

Vamos a pedirle ayuda a la Virgen: Madre nuestra, Madre del Amor Eucarístico, que el amor a la Sagrada Eucaristía colme nuestro corazón.

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