viernes, 19 de junio de 2009

OBEDIENCIA FRUTO DE LA LIBERTAD


Hay quien cree que la persona más libre es la que hace lo que le da la gana. La que puede disponer de su vida sin que nada le ate. Una situación así es irreal, no se da. Todos estamos condicionados por alguna cosa: lo importante es apostar por un compromiso que merezca la pena.


Somos humanos y habitualmente nos molesta hacer la voluntad de otro. Y muchas veces, lo que más nos molesta no es hacer una cosa concreta, sino que nos la mande alguien. Queremos sentirnos libres y hacer nuestra santísima y amabilísima voluntad. Pero no toda elección me hace libre. En muchos casos me esclaviza.


VIVE LA VIDA


El Señor cuenta en el Evangelio una parábola que, de primeras, puede ser desconcertante. Es la parábola de los talentos (cfr. Mt 25, 14-30).
Hay muchos que no la entienden. Les parece que el Señor es injusto y actúa con dureza.
-Un talento me diste, y aquí lo tienes: te devuelvo lo que es tuyo. ¿Dónde está el problema?
Efectivamente, a simple vista parece que el empleado ha hecho lo correcto: devolvió a su Jefe lo que le había dado.
Sin embargo, con su actitud le está diciendo al Señor: -no quiero nada Tuyo porque sí acepto el talento me va a comprometer toda mi vida y no quiero líos. Vive tú vida que yo viviré la mía.
Por eso, cuando recibió el talento, hizo un agujero en el suelo y lo enterró. Y hasta que su amo no se lo reclamó no lo sacó de allí. No quería cuentas con el Señor.
Que bien se entiende ahora la reacción del Señor: -“Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. (...) En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y rechinar de dientes.”
Cumplir la voluntad de Dios da la felicidad. De otro modo acabamos obedeciendo a nuestros sentimientos:
-Ahora me apetece un helado… me ordeno tomarme un helado; ahora me apetece tumbarme en la cama… me ordeno tumbarme en la cama; ahora me apetece ver la televisión… me ordeno ver la televisión; ahora me apetece estudiar un poco… pues te aguantas, porque no se te puede dar todo.
Si obedeces a los sentimientos acabas siendo una piltrafa.


LA HISTORIA DE UN SÍ

La Virgen es modelo de persona libre: desde el principio se comprometió con el Señor.
Cuando el arcángel Gabriel le plantea la posibilidad de ser la Madre de Dios, de comprometer su futuro, no lo duda: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tú palabra.
Se identifica totalmente con el querer de Dios, con su Voluntad. Obedece a lo que Dios le pide porque sabe que así va a ser feliz. Toda su vida es un ejemplo de obediencia, aunque a veces no entendiera.
La obediencia es fruto de la libertad. Puede parecer paradójico, pero la persona más libre es la que más obedece.
Y obedecer significa oír: oír a Dios y a los demás. De un modo o de otro, todo el mundo obedece. Lo importante es acertar en la obediencia. El que no obedece a Dios acaba obedeciendo a sus sentimientos.

EL DESOBEDIENTE

Dios quiere tu felicidad. Y está empeñado, más que nosotros, en hacernos felices. Nosotros no sabemos que nos hace felices, Dios sí.
Nuestros primeros padres se dejaron engañar por la serpiente: Dios os ha prohibido tomar del árbol porque si coméis seréis como él.
Se fiaron más del demonio, de un desconocido que no les había hecho ningún favor, que de Dios.
A veces podemos confiar más en una persona de fuera, en las amigotas, que en las directoras.
Adán y Eva, al fiarse más del diablo, se apartaron de Dios. Comieron la fruta que estaba prohibida, se rompió el interior, y se desordenó todo. Se apuntaron al no te serviré del diablo.
Dicen algunos autores espirituales que Lucifer era como la Virgen, una criatura perfecta, pero en ángel. Probablemente sería buen político porque engañó a un tercio del Cielo y todavía sigue engañando a muchos. Como era guapo, listo, y hablaba muy bien, sabía como camelarse a la gente.
La felicidad la da el bien. Nadie se cree que una cualquiera, una profesional, que hace lo que le apetece, es la más feliz.
¡Que pena que liarse con siete es pecado! Es que eso no te hace feliz.
¡Hombre, yo no quiero ser una cualquiera! Yo quiero ser amater, una aficionada, no una profesional: hoy con uno y mañana con otro.
Si la felicidad la diera la prostitución, animaríamos a la gente a eso.
Cuando se nos dice que cuidemos la pureza, que no vayamos al botellón o a determinados sitios no es por fastidiar. Es por nuestro bien.

-Bueno, pero yo no voy a emborracharme, solo a tomar un poco. En cosas grandes lo notamos, pero no en pequeñas. No es el cura o las directoras que se empeñan en decirnos que no a cosas.

Esas amigotas lo que buscan es tu dinero, no tu felicidad. La felicidad la quiere nuestro Padre Dios.

Cuando una persona elige carrera, pregunta: no quiere equivocarse. Da igual hacer una cosa que otra, pero lo que se hace por obediencia es eficaz.

LOS TRES MALES

Los religiosos, cuando entregan su vida a Dios, hacen tres votos o juramentos: obediencia, pobreza y castidad.

¿Qué busca el hombre? El placer, el dominio, y el dinero. Son las tres concupiscencias de las que habla San Juan: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos (la ambición, lo material), y la soberbia de la vida.
Está tan arraigado en el hombre, que los religiosos hacen una promesa donde juran vivir así. Nosotros no hacemos votos. Pero estamos heridos por ahí.
La obediencia le da un palo a la soberbia: no haces tu voluntad sino la de otro.
San Josemaría decía que la obediencia es la humildad de la voluntad que se somete al querer ajeno, por amor.

Cualquier persona enamorada le pregunta al otro: ¿Qué te apetece comer? Porque lo que quiere es hacer la voluntad del otro.
¿Cómo obedeces a las amigas? Una persona que se deja llevar por los sentimientos acaba obedeciendo a todo: a la televisión, al capricho, a las amigas, a la comodidad… menos al que le quiere de verdad: a su Padre.


Tú quieres ser como Dios, pero sin Dios. Quieres ser feliz sin Dios. Ser buena cristiana, pero sin obedecer.

AFINAR EN LO PEQUEÑO

La Sagrada Escritura resume en pocas palabras la vida de Jesús.
Erat subditus illis: les obedecía. Era Dios y obedecía a unas criaturas. Y también dice de Él: obedeció hasta la muerte.

Como el primer pecado era de soberbia, nuestro Señor vino por la puerta de la humildad.
En cosas gordas obedecemos: en pequeñas a veces nos da igual. ¿Por qué no haces esto, en lugar de esto otro?
Para ir al Club puedes ir por una calle o por otra: da igual. Puedes llegar a las 6 ó a las 7. Poner la Misa o no ponerla. Acostarte a las 11 ó a las 11.30. No hay gran diferencia.
Lo que ocurre es que si te lo piden por amor de Dios, la cosa cambia. Eso es lo eficaz, porque es lo que quiere Dios.

DIME LO QUE SEA QUE ME OPONGO

La experiencia dice que cuando nos ponen el examen particular en un punto concreto, en la devoción a la Virgen, uno quiere luchar en todo menos en eso. No porque no quiera a la Virgen, sino porque me lo han dicho.
Es lo que se llama espíritu de contradicción: dime lo que sea, que me opongo. Si dices ve, no va; en cambio si le sugieres, sale de ella.

EL COLOR DEL SOBRE

Tenemos que obedecer por motivos sobrenaturales, no humanos: Tengo genio de carnero cuando me mandan lo que quiero.
¿Puedes ir al video club a por una peli? ¿Puedes ir a comprar unos helados?
Para eso sí somos muy diligentes: ¡¡¡a por los helados!!!
Dios utiliza mensajeros: algunos son más monos, otros menos. Hay un proverbio africano que dice: cuando recibas un mensaje no te fijes en el mensajero.
La Obediencia tiene que ser sobrenatural, no sentimental: si me lo manda fulanita, entonces sí.
Si el sobre viene en rosa entonces sí hago caso, pero si es un sobre normal, no. Eso es una superficialidad. Lo importante de una carta no es el sobre. El sobre se abre y se tira. Lo importante es el contenido.
Una persona, que quizás tenías en un pedestalillo porque te llevó por el Club, a lo mejor después no siguió yendo por allí. No pasa nada, da igual. Era el sobre, el instrumento del que se sirvió Dios para que tú te acercaras a Él. Lo importante es que te llevó por Casa.

No obedecemos a los hombres, sino a Dios. Por eso nuestra perseverancia no depende de la que nos habló para pitar, pues en algún caso, a lo mejor no te habló nadie.
Si una persona no obedece, para eso está el purgatorio, para acabar de rectificar. Y si uno no obedece nunca, para eso está el infierno. Aunque este no es vuestro caso.

LA OBEDIENTE

La Virgen ocupó el sitio de Lucifer: Yo, ¿por qué voy a servir a Dios? Yo, ¿Cómo voy a servir a esta directora si soy más lista?
Lucifer dejó a Dios y su sitio lo ocupó la Obediente: María.
Frente al non serviam! del diablo, la Virgen dijo: He aquí la esclava del Señor.
María fue obediente hasta la muerte de su hijo. Por eso fue libre: no solo Ella, sino también nosotros.

San Josemaría, para que nos quedara muy clara la importancia de obedecer, sentenciaba: Obedecer o marcharse (Camino)

2 comentarios:

Isa dijo...

Acabo de descubrir su blog. Gracias por sus reflexiones; ayudan muuuucho a hacer oración.
La eficacia siempre está en la obediencia...¿no? aunque a veces cueste...

Strauss dijo...

San Josemaría decía que la obediencia es la humildad de la voluntad que se somete al querer ajeno, por amor.

ja ja ja vida triste tiene el obediente

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