lunes, 8 de junio de 2009

FIELES HASTA LA MUERTE




Les dijo Jesús -leemos en el Evangelio (Mt 17, 22-27)-: Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día.

Ellos se pusieron muy tristes.

Los Apóstoles se ponen tristes ante la Cruz, e incluso el espontáneo Pedro, protesta. ¡Qué humana resistencia al sufrimiento! Porque estamos hechos para disfrutar. Por eso Satanás, cuando nos tienta, lo hace utilizando el placer: es una cosa positiva que el hombre entiende mejor.

El bien da como consecuencia un estado placentero. Pero no siempre el placer es resultado del bien. Esto se sabe por cómo se queda uno después: si el placer a la larga produce tristeza es que no provenía de un bien. Y al revés: donde está Dios, que es el sumo Bien, no puede estar mucho tiempo la tristeza, a no ser que se trate de una enfermedad.

¡Qué humana es la resistencia al sufrimiento! Por eso es más heroica la figura de la Virgen: fiel en la Cruz.

Ahora le decimos: Virgen Fiel, ruega por nosotros para que aprendamos a adaptarnos al querer de Dios.

Nos sucede a veces que admiramos una Cruz teórica. Eso es muy fácil. Pero después en la práctica no sabemos reconocer la Cruz de nuestro Señor. Que se manifiesta en una contrariedad, en una cosa que nos cansa, en un fracaso. Quizá imaginamos que la Cruz debía ser otra cosa distinta, incluso más dura, pero menos concreta y menos imprevista. Y somos capaces de grandes sacrificios personales, siempre que los hayamos elegido nosotros.

Y no os damos cuenta de que la Cruz que mejor se ajusta a nuestros hombros es la que nos hace el Señor. Una cruz a la medida... aunque no la esperemos. A todos nos sucede alguna vez lo que al Cirineo, que se encontró de golpe con la Cruz, y de sorpresa. Y nos podemos rebelar, o al menos, pensar que hemos tenido muy mala suerte y protestar por dentro.

Comenta Don Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría:

"Una casualidad sólo en apariencia, porque Dios le esperaba allí para cambiar su existencia. ¿Quién se atrevería a sostener que tuvo mala suerte? ¡Fue un inmenso regalo del Cielo!

Y eso es lo que tenemos que ver nosotros detrás de la contradicción inesperada. Es curioso cómo las almas fieles se dan cuenta de esta dimensión del sufrimiento.

Cuando Juan Pablo II estaba convaleciente del atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981, recibió la visita de D. Álvaro. Entre otras cosas, el sucesor de San Josemaría le dijo al Papa que el atentado había sido una caricia de la Virgen. No se refería al hecho de que las balas hubieran seguido una trayectoria inesperada y no hubieran afectado a ningún órgano vital. Se refería más bien a la posibilidad de sufrir por el Señor: eso era la caricia de la Virgen. Y el Papa le contestó que lo mismo había pensado él.

Sigue D. Álvaro hablando de Simón de Cirene:

El Señor no le obligó a cargar con la Cruz, le forzaron los hombres. Sin embargo no por eso carecía de mérito su comportamiento: podía ayudar a Cristo como quien acepta un honor, o rebelarse como ante una desgracia. La libertad interior seguía siendo suya".

La libertad interior sigue siendo nuestra. Le pedimos ahora a la Virgen fiel que nos dé lecciones de fidelidad. Lecciones para aprender, porque el mayor enemigo de Dios es la ignorancia. Y la mayor ignorancia que puede tener una persona en esta tierra es no entender en la práctica la Cruz.

Virgen Fiel, ruega por nosotros que, a veces nos cuesta tener cintura para adaptarnos al querer de Dios. Nos cuesta entender la ciencia de la cruz. Y, sin embargo, es necesaria para ser fieles.

Podría parecer que esta meditación es sobre la Cruz, pero no es así. Su título es Fidelidad y continuidad. Pero es que solamente seremos fieles si tenemos la capacidad necesaria de hacer nuestra la voluntad de Dios: aunque cueste, que costará.

Vivimos en una sociedad en la que no está nada de moda lo duradero. En ese sentido, los peores son los informáticos: te venden el último avance y resulta que tienen guardado el siguiente. Más bien cada vez se extiende más la cultura del usar y tirar. Y así no hay nada que dure un poco de tiempo. Esto les pasa, sobre todo a los jóvenes.

La gente madura es amante de la estabilidad. A la persona adulta no suele gustarle tanto el cambio. Incluso, los más mayores, son incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, a las nuevas tecnologías. Y les cuesta mucho salir de su rutina, aunque no tenga demasiado sentido.

La fidelidad no es ni un cosa ni la otra: ni el cambio por el cambio, ni la inmovilidad absoluta. Porque se basa en una realidad eterna y a la vez, constantemente nueva: el amor, que resiste al desgaste. Más bien madura con el tiempo.

Pero el amor bien enfocado: no como un recibir sino como un darse. Compatible con el sacrificio. Es más, apoyado en el sacrificio. Y esto es lo que mucha gente no entiende. Hay dos ideas en la cultura actual que ponen en crisis la fidelidad.

Una es confundir el amor con los sentimientos. Si el amor fueran los sentimientos, entonces al amor se puede pasar. Viene y va sin que podamos hacer demasiado por evitarlo.

La otra idea es que hay que evitar el sufrimiento a toda costa. Y no se entiende sufrir por amor.

Con todo esto, a mucha gente le parece que no se puede comprometer para toda la vida. Y precisamente por esto, expresiones como "perseverancia". "constancia", "tenacidad", han perdido prestigio. Porque huelen a rigidez, a uniformidad aburrida. Son los que entienden la "perseverancia" como algo puramente mecánico, inerte, inhumano.

Pero es que ser fiel, perseverar, es algo muy distinto. Porque la duración y la estabilidad en sí no son los valores más altos. Ninguna cosa es valiosa sencillamente porque es duradera. La inteligencia del sabio es movilísima, porque está siempre abierto a aprender más. En cambio, la rigidez del estúpido es inconmovible.

La fidelidad es muy activa, no es un permanecer al lado de alguien sin más. Se basa en el amor. Y el amor es lo más dinámico que existe: cada día se estrena, es nuevo. Por eso la fidelidad que le pedimos a la Virgen es algo vivo, elástico, paciente: aceptar con paciencia la Cruz, las pruebas del Amor.

La fidelidad está en descubrir nuestra debilidad y por eso poner la máxima confianza en el Dios que nunca puede fallar: "Dios no se muda". Podemos decir que en nuestra vida hay dos posibles caminos.

El de la tensión, el del perfeccionismo, que de alguna manera se distancia de las cosas, indiferente, impasible. Como una coraza que nos aísla. Se considera la virtud como un record, en plan deportivo y de autodominio.

Éste es un camino pero también hay otro: que exige un corazón abierto no centrado en uno.

La perfección no se mira como activismo o esfuerzo: mira qué perfecto es, cuántas cosas hace. O cómo se esfuerza. No, la fidelidad se mide con el don de sí a Dios.

Y eso se manifiesta en adaptarse a lo que el Señor quiere, que nos suele venir dado por los demás. Por eso, ser fiel es llegar a la comunión con Dios y con los demás. Ese amor que todo lo sufre, todo lo espera y que es fundamento de todas las virtudes. Ese amor que es un continuo comenzar y recomenzar. Es lo menos parecido a una virtud petrificada, o estable: es tremendamente activo. No es la permanencia en una postura, sino un amor que sabe adaptarse a las nuevas circunstancias.

Por eso la fidelidad es algo vivo. En la vida cristiana la perseverancia tiene que ser fidelidad viva. No una a doctrina, sino a una Persona. Ser fiel a nuestro Señor es volverse dócil, con elasticidad. Aceptar con paciencia el amor de Dios que nos prueba. La paciencia que a lo largo del tiempo ha descubierto su debilidad y busca a Dios que nunca puede fallar.

No se trata de perpetuar una cosa que hicimos hace años, sino de inventar nuevas formas de decir fiat: hágase. Nuevas formas de cantar un cántico nuevo cada vez.

La Virgen es la que lleva el ritmo de esa melodía de la fidelidad: ese hágase en cosas nuevas.

Las personas con ritmo se adaptan. San Agustín llama a la Virgen Tympanistria nostra: nuestra timbalera: la que marca el compás de nuestra fidelidad.

Tympanistria nostra, Virgo fidelis, ora pro nobis.

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