jueves, 2 de octubre de 2008

LEALTAD

"Les dijo Jesús -leemos en el Evangelio (Mt 17, 22-27)- «Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día». Ellos se pusieron muy tristes".

Los Apóstoles se ponen tristes ante la Cruz, e incluso el espontáneo Pedro, protesta: Lejos de ti, Señor; de ningún modo te ocurrirá eso. (Mt, 16,21) ¡Qué humana resistencia al sufrimiento! Porque estamos hechos para disfrutar.

Tan humana que, hasta el mismo Señor la experimenta y también se pone triste, triste hasta la muerte (Mt 26,38), al presentir todo lo que iba a sufrir en la Pasión.

Por eso Satanás, cuando nos tienta, lo hace utilizando el placer: es una cosa positiva que el hombre entiende mejor. Si nos tentara con el dolor, lo tendría muy difícil. El bien da como consecuencia un estado placentero.

Pero no siempre el placer es resultado del bien. Esto se sabe por el resultado: la tristeza. Donde está Dios no puede estar mucho tiempo la tristeza: a no ser que se trate de una enfermedad. E incluso, en ese caso estaremos alegremente tristes.

¡Qué humana es la resistencia al sufrimiento! Por eso es más heroica la figura de la Virgen: fiel en la Cruz. Ahora le decimos: Virgen Fiel, ruega por nosotros para que aprendamos a adaptarnos al querer de Dios.

Nos sucede -a veces- que admiramos una Cruz teórica, pero después en la práctica no sabemos reconocer la Cruz de nuestro Señor en una contrariedad, en una cosa que nos cansa, en un fracaso.

Quizá imaginamos que la Cruz debía ser otra cosa distinta, incluso más dura, pero menos concreta y menos imprevista. A todos nos sucede alguna vez lo que al Cirineo, que se encontró de golpe con la Cruz, y de sorpresa.

Y es precisamente ante ese sufrimiento, quizá pequeño, pero inesperado, cuando más nos sentimos tentados a abandonar nuestra lucha.

Esto nos pasa también en las relaciones humanas: cuando las cosas van bien, cuando sólo percibimos de los demás sus virtudes y no terminamos de darnos cuenta de que tienen defectos, entonces es fácil ser leales a nuestros amigos.

Ya lo decía, no un padre de la Iglesia, pero sí uno que llevaba, al menos a la Iglesia en su apellido:
Cuantos amigos (...) te halagan si triunfando estás.
Así es muy fácil. No tiene ningún mérito.

Pero, cuando verdaderamente se demuestra la amistad, es cuando vienen las dificultades. Como bien continuaba D. Julio:
Si fracasas bien comprenderás: los buenos quedan los demás se van.
Porque las amistades superficiales no aguantan la prueba del dolor, de la contradicción. Y de estas, por desgracia hay muchas ahora mismo.

En un 11 de marzo, decía San Josemaría aprovechando que don Alvaro del Portillo no estaba presente:
Querría que le imitarais en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. En este montón de años de su vocación, se le han presentado muchas ocasiones -humanamente hablando- de enfadarse, de molestarse, de ser desleal; y ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables. Por motivos sobrenaturales, no por virtud humana. Sería muy bueno que le imitaseis en esto...
Lecciones de lealtad cuando hay motivos objetivos para enfadarse, para molestarse. Y lealtad, no con mala cara, sino con una sonrisa en los labios.

Lealtad que nos llevará a hablar siempre bien de las personas que están ausentes. Hay quien dice que el “raje” es el deporte nacional. Yo no lo creo porque vivimos en una nación cristiana y “rajar” no es cristiano. De todas formas, nosotros no vamos a contribuir a que exista esta idea en el ambiente.

Lo que tenga que decir, lo digo a la cara, a solas, con cariño, buscando que las personas a las que quiero sean mejores.

Y a sus espaldas, vamos diciendo sólo cosas buenas. ¡Qué tranquilos tienen que estar! Porque antes de hablar mal nos morderemos la lengua.

Lecciones de lealtad: tenemos que aprenderlas, porque el mayor enemigo de Dios es la ignorancia, y la mayor ignorancia que puede tener una persona en esta tierra es no entender en la práctica la Cruz.

Así lo explicaba San Josemaría:
Hay momentos en los que, tal vez por nuestra falta de correspondencia a la gracia, dejamos de ver la luz. En otras ocasiones, el Señor permite esa oscuridad, para probar nuestra fe y nuestra lealtad. Yo he dicho hace ya muchos años que, en el camino hacia Dios, una vez que se ha visto la luz de la gracia, de la llamada, hay que marchar adelante con fe, con entereza, dejando quizá, jirones de ropa o incluso de carne, en las zarzas del sendero. Pero hemos de seguir con la certeza de que Dios es el de siempre y no puede fallar. Si le somos fieles, después de la tormenta y de la oscuridad vendrá la bonanza y brillará para nosotros un sol de maravilla, todavía más luminoso... Hijos míos, después de haber escuchado la voz de Dios, no se puede volver la cara atrás.Virgen Fiel, Virgen Leal, ruega por nosotros que, a veces nos cuesta tener cintura para adaptarnos al querer de Dios. Y nos entra el afán de salirnos por peteneras.

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