viernes, 31 de octubre de 2008

ALEGRÍA FUNDAMENTADA EN LA FE

Estudio, trabajo, orden, alegría...

Con esta cadencia se describen algunas de las actitudes de fondo que tenemos que tener los hijos de Dios.

Algo así como realidades que deben que estar siempre presente en nuestra vida.

Y, quizá, lo del estudio nos parece lógico porque entendemos muy bien que hay que formarse la cabeza. Y eso no lo terminaremos de conseguir nunca.

Lo del trabajo es fácil de captar: basta con escuchar a San Pablo: el que no trabaja, que no coma (2 Tes 3,10).

Vivir el orden se ve fácilmente como algo conveniente, porque hay mucha eficacia en un trabajo ordenado, en un horario ordenado, en una cabeza ordenada.

Y, quizá nos puede parecer como fuera de lugar el plantearnos la alegría como una norma de conducta que tenemos que vivir siempre.

Quizá porque sospechamos que puede haber incompatibilidad entre un cristianismo bien vivido y estar contentos.

Es verdad que el Señor dijo en una ocasión: si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz de cada día y sígame (Mt 16,24) o esforzaos por pasar por la puerta angosta (Mt 7,13).

Sin embargo eres Tú, Señor, quien nos invita a ser felices, incluso aquí en la tierra: Alegraos... os lo repito, alegraos (Fil 4,4). Desde luego por caminos distintos a como los busca tanta gente.

Hace poco me decía un universitario, buen estudiante, y que lucha por ser buen cristiano: necesito una tarde de descanso de desconectar, de reírme hasta que se me salten las lágrimas.

No había ninguna intención de hacer nada malo. No se proponía conseguir esa tarde emborrachándose o fumándose cualquier cosa.

Pero buscaba la alegría, la felicidad por caminos equivocados.

Y es que la alegría con la que queremos vivir no se consigue buscándola directamente. Es una estas paradojas que llenan nuestra vida en la tierra. El que busque estar alegre quizá sólo conseguirá la apariencia.

Pero luego se escarba un poco y se descubre que, aunque existe cierta alegría, ésta no es ni profunda ni duradera.

Porque las cosas de la tierra, sean buenas o malas, pueden dar cierta satisfacción, pero no llenan.

A eso se refería San Agustín cuando escribía: nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti. (S. Agustín, Confesiones I,1).

La alegría es un resultado: el fruto del descanso en el Señor. Y esto se consigue con la fe.

Si se sigue la luz de la fe, si nuestra fe tiene obras, esas obras movidas por la luz de la fe, producen una paz, que no la puede dar ninguna cosa del mundo.

El cristianismo significó para el mundo cansado y viejo de la antigüedad, una auténtica explosión de alegría. Había apariencia de alegría.

Parecida a la que describía San Josemaría citando a Quevedo:

Habla de un camino que
se presenta ancho y carretero, fácil, pródigo en ventas y mesones y en otros lugares amenos y regalados. Por allí avanzan las gentes a caballo o en carrozas, entre músicas y risas -carcajadas locas-; se contempla una muchedumbre embriagada en un deleite aparente, efímero, porque ese derrotero acaba en un precipicio sin fondo.

Atractivo según los criterios del mundo, ¿verdad? Y fíjate como acaba. Pero no pienses que esto será en el otro mundo. El precipicio sin fondo ya se da en esta vida. Lo vemos en tantas gentes insatisfechas.

Es la senda de los mundanos, de los eternos aburguesados: ostentan una alegría que en realidad no tienen; buscan insaciablemente toda clase de comodidades y de placeres...; les horroriza el dolor, la renuncia, el sacrificio. No quieren saber nada de la Cruz de Cristo, piensan que es cosa de chiflados.

Realmente es una descripción muy fiel de lo que ocurre en tantos ambientes de la sociedad: el pánico al dolor y al sufrimiento y el afán por eliminarlo de cualquier forma y a cualquier precio.

Pero son ellos los dementes: esclavos de la envidia, de la gula, de la sensualidad, terminan pasándolo peor, y tarde se dan cuenta de que han malbaratado, por una bagatela insípida, su felicidad terrena y eterna. (Amigos de Dios, 129)

El precipicio del que hablaba al principio.

Señor, nosotros no queremos buscar la alegría en esas charcas, en esos sucedáneos de felicidad. Sabemos que son el timo de la estampita.

Nosotros creemos con Santa teresa que sólo Dios basta.

El Señor con su muerte nos consiguió una alegría que no es superficial. La alegría que da el Señor es profunda.

Hay una alegría de superficie. Es la del que se encuentra a gusto porque no se presenta la dificultad, porque goza de buena salud y le van bien las cosas.

Es lo que afirma el refrán: bien comido y bien bebido ¿qué más quieres, cuerpo mío?

Y hay mucha gente que busca la felicidad precisamente ahí.

Sin embargo existe otra alegría que es la cristiana: junto al Señor nada ni nadie podrá quitarnos la paz, pero hay que estar junto a Él: quien a Dios tiene, nada le falta, exclamaba Santa Teresa.

Y nosotros hacemos este acto de fe: Señor, si te tengo a ti, nada me falta, porque Tú no nos quitas nada de lo que nos hace felices. Todo lo contrario, nos lo das.

Deja tus preocupaciones junto al Señor y el te apoyará.

¿Te acuerdas de Juan Pablo II el Grande? Al final no parecía muy grande: ya mayor y enfermo, sin poder hablar, con dolores casi constantemente...

Lo veíamos a veces dolido y preocupado por el sufrimiento de tantas personas. Y sin embargo no perdía nunca la paz interior: la alegría cristiana que tiene su fundamento en la cruz de nuestro Señor.

Hasta tal punto que, pocos momentos antes de morirse, después de agradecer a todos los que tenía alrededor lo que le habían cuidado, se dirigió a los jóvenes y volvió a ser testigo de esperanza alegre.

Lo mismo que el árbol se alimenta de lo que tiene alrededor, nosotros hemos de aprovechar todo lo que nos sucede. Tenemos que estar serenos, no a pesar de las dificultades, sino contando con las dificultades.

Porque te tenemos que ver a Ti, Señor,

Y entonces afrontaremos las dificultades como una ocasión para crecer interiormente.

Puede que no entendamos a Dios en una contrariedad. Pero venimos a hablar con Él. Y en seguida la paz porque nos dará su luz.

El Papa nos habla en repetidas ocasiones de esas palabras del Señor que no vienen en los Evangelios: más alegría hay en dar que en recibir.

Es un paso más: la alegría se fundamenta en la fe, porque sólo Dios basta. Pero ese sólo Dios basta no es una actitud pasiva o cerrada en sí misma. Se manifiesta con la entrega a los demás.

Porque cuando nos entregamos a los demás, estamos pareciéndonos a Dios, que es el Amor con mayúsculas. Y Él corresponde a esa generosidad nuestra llenándonos de su alegría.

Ésa es la esencia del vivir cristiano, como recuerda frecuentemente Juan Pablo II citando un conocido pasaje del Concilio Vaticano II:

"El hombre...no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo".

Y todos sentimos la tentación del egoísmo, esa tentación de ser autárquicos. El hermetismo que nos lleva a ir a lo nuestro.

Lo nuestro, lo cristiano es la cultura del dar, del ofrecer. Pero no dar de esas cosas que nos sobran. Dar de lo nuestro.

Así es como se consigue la auténtica felicidad.

Esta felicidad nos la consiguió la Virgen de las Angustias: por eso si estamos con Ella no habrá nada que nos quite la alegría: con Dios todo acaba bien.

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