sábado, 3 de mayo de 2008

EL OSCAR AL MEJOR HOMBRE

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El Señor se encarnó para poder sufrir por nosotros. Porque Dios no podía sufrir, a menos que se hiciese hombre.

Hemos comprobado el amor que el Señor nos tiene: nada más hay que mirar sus manos y sus pies para emocionarse.

Por nuestro amor sufrió esas tremendas heridas, y muchas humillaciones.

Hoy celebramos el día de la Ascensión ( cfr. Primera lectura de la Misa: Hch 1, 1-11). Ese día llegó Jesús a la Gloria y recibió todo el agradecimiento desbordante, que hasta entonces había estado conteniendo el cielo.

El día que Jesús entró en el cielo fue como una explosión de alegría. Me acordaba de las Jornadas Mundiales de la Juventud con Juan Pablo II: Santiago de Compostela, Denver, París, Roma, o la última que hubo con Benedicto XVI en Colonia, en la que a lo mejor estuviste.

Impresionaba ver miles y miles de jóvenes, y no tan jóvenes, aclamando al Papa cuando pasaba con el Papamóvil entre la multitud: gritos de viva el Papa, banderas al viento, gente corriendo intentando seguir el coche blanco…

Podemos imaginarnos así la entrada de Jesús en el cielo. Tuvo que ser como una explosión de alegría. Como cuando llega la primavera, que parece que la naturaleza de repente despierta de golpe.

Se abren las flores y se llena el ambiente de aromas. Incluso la gente parece que tiene una alegría que no puede contener y hablan más. Están contentos casi sin esfuerzo.

Es lo que le pasa a la gente que está a la salida de la Catedral el día del Corpus cuando ven aparecer la custodia, que rompen a aplaudir con fuerza.

Así sería el recibimiento del Cielo el día de la Ascensión. Dice la Escritura que ese día los Apóstoles se volvieron llenos de alegría.

La gran alegría de que Jesús volviera al Padre pudo más que la tristeza de no volver a oírle y verle como antes en la tierra. Es un día de fiesta, no es un día de ayuno y luto.

El día de Navidad fue un día bonito para los hombres, pero Jesús tuvo que pasar frío. Hoy el Señor también disfruta del momento. Es su día. El día de su gloria.

Dios Padre, que se deshace en cariño y ternura, por la obediencia y la humildad de su Hijo hecho hombre.

Y los ángeles, que se maravillan, por servir a un Dios tan bueno. Y los santos que estaban allí con una emoción impresionante: sobrecogidos por un Amor tan fuerte.

Un Amor más grande que el dolor y la muerte. El Señor ha transformado esos dos productos del infierno. Dios, como hace siempre, del mal saca bien, y de un río de maldad saca un océano de cariño.

¡Qué alegría más grande tener un Dios tan bueno! Dice el salmo que el Señor «asciende entre aclamaciones». Dan ganas de estar allí para aplaudir con fuerza (cfr Salmo responsorial: 46, 2). En agradecimiento por todo lo que ha hecho Jesús por cada uno.

Nos alegramos por Ti, Señor, porque has dejado este mundo en el que tanto padeciste, para gozar de la eternidad; –nos alegramos por nosotros, porque la humanidad ha tomado por asalto la ciudad del Cielo;

porque Tú, Señor, que en ocasiones nos llamas a compartir tus sufrimiento, nos llamarás a compartir su Gloria.

Nosotros también somos hombres. Dentro de unos años llegará el momento de recibir el resultado del jurado, por nuestra actuación en este escenario de la Tierra.

Lo que más se valorará entonces será el cariño con que hayamos interpretado todo. Y si hemos sido capaces de trasformar el mal en bien. Esta es la verdadera ciencia del artista.

El Señor recibió el día de la Ascensión el óscar al mejor hombre que ha existido. Allí está desde entonces a la derecha de Dios Padre (cfr Segunda Lectura: Ef 1, 17-23).

Y nos ha dejado aquí para continuar con su misión. (cfr Evangelio de la Misa: Mt 28, 16-20). Consiste en llevar el secreto de la felicidad a todas las gentes del mundo.

Nuestra misión es que mucha gente gane su «estatuilla». Éste será nuestro mejor premio: el que ganen los demás.

Cuando entremos en el cielo –que es Hollywood– mucha gente elegante nos aplaudirá a rabiar, estatuilla en mano. Pues nosotros les ayudamos a ellos a ganarla.

Estaremos igual que los que suben a recoger el Oscar, como en una nube, flotando, pero no durante unos días, sino por toda la eternidad.

La que más se alegró de la Ascensión fue María. Por fin Jesús gozaba de toda su gloria.

Ella disfrutaría de un recibimiento parecido el día que subió al cielo. Es la mejor entre todas las mujeres. Supo cumplir su misión. No era para menos, «de tal palo tal astilla».

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