miércoles, 28 de mayo de 2008

LA BASE, LO PRINCIPAL, Y EL PRODUCTO

San Josemaría hacía ver a Jesús como un Niño que enseñaba ya desde la cátedra del pesebre.

Y esto es así porque Jesús vino a nuestra tierra para enseñarnos el camino del cielo (cfr. Sal 49: salmo responsorial).

Para enseñar la verdadera sabiduría, ese dulce sápere que nos alimenta.

Somos alumnos del Señor, y alumno es el que recibe alimento. La palabra viene del verbo latino almo: alimentar.

Por eso a la universidad se le llamaba alma mater, madre que alimenta.

La Iglesia también es una Madre que nos alimenta, a ella hemos venido a aprender.

Jesús nos dice: «aprended de mí» (Mt 11,19).

Y nosotros le decimos ahora que queremos ser como Él, cada día parecernos más y más.

–Señor, danos tu luz y tu verdad.

Que la gente que nos trate de cerca pueda decir de nosotros lo que dijo Juan: «¡Es el Señor!».

«Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».

Dile al Señor, porque estamos en su presencia:

–Haz que mi corazón sea semejante al tuyo.

No es una apariencia física lo que pedimos.

–Que tengamos un corazón como el Tuyo: en eso está nuestra identificación.

¡Humildes de corazón! Así tenemos que llegar a ser, luchar cada día más.

Y sobre todo, pedirlo: –
Jesús, hazme humilde como Tú.

El Señor es muy claro cuando aconseja que escuchen lo que dicen los fariseos y los escribas, pero que no imiten sus obras, porque «todo lo que hacen es para que los vea la gente» (Mt 23, 1–12: Evangelio de la Misa).

La humildad, la bajeza puede consistir en no tener una buena posición:

Es de una familia muy humilde (quizá a ti también te hace gracia al oírlo).

También la humilde puede ser una pose: adoptar actitudes, modales, voz, compostura, tono.

Todo un conjunto de cosas externas que uno puede ir incorporando para tener fama de humildad.

Para poder gloriarnos, envanecernos con nuestra poquedad.

Porque sabemos que es una cosa virtuosa, que nos hace gratos a los ojos de los demás, o a nuestros propios ojos.

Hay quienes luchan por bien parecer, y hay quines se maquillan para tener una humildad facial.

El Señor no pide eso. Nos pide humildad de corazón: la que tiene uno que siendo poderoso se inclina ante los demás, se abaja por amor.

Abajarse, estar en un sitio incómodo para servir a los demás.

Hay profesiones más encumbradas, que están más altas en la escala social, a las que se aspira opositando o se sube por el escalafón.

Hay otras profesiones que son más bajas, peor conceptuadas, que no son tan lucidas.

Nuestro Señor eligió para Él una de estas últimas: profesión manual, en la que no mandaba, sino que era mandado: estaba a voluntad del cliente.

Su manera de trabajar, esa elección suya, fue un reflejo de lo que era su Corazón: era capaz de bajar mucho, porque era capaz de amar mucho.

–¿No querrás que me ponga de rodillas? Una tiene su orgullo. Me decía una persona.

Efectivamente eso es lo que nos aleja de los demás, y nos aleja de Dios: la incapacidad de ponernos de rodillas.
Ante todo el mundo que pasa, ante nuestros hermanos, hemos de actuar de esta forma: para lavar los pies hay que arrodillarse.

No son palabras bonitas: son palabras.

¡Qué diferencia esa actitud con la que tenían habitualmente los fariseos. De ellos dice Jesús que «les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente les llame maestros» (Evangelio de la Misa).

Lo importante es tener la virtud, la práctica. Lo dice la Sagrada Escritura: «dejad de obrar el mal, aprended a obrar el bien» (Is 1, 10. 16–20: Primera lectura de la Misa).

Que aprendamos a estrenar cada vez un corazón nuevo (cfr Ez 18, 31: Versículo antes del Evangelio)

La virtud de ceder, cuando es una cosa intrascendente. –
No discutas, cede... El que parece que pierde es el que gana.

Una persona que, para vencer, utiliza la fuerza o las voces, no sirve para el gobierno en la Iglesia: porque valora más su opinión que la de los demás, y por eso la impone a la fuerza.

Se hará su voluntad una vez, dos veces, tres veces por no oírle, pero no porque tenga razón.

Esa persona se hace incómoda, se aísla... porque no actúa en verdad: ha venido para mandar.

Encajan perfectamente en este contexto las palabras que siguió diciendo Jesús aquel día: «no os dejéis llamar maestros».

Que la verdad triunfe por sí sola, por su esplendor, aunque nos cueste la crucifixión, como a nuestro Señor.

La humildad siempre se abre paso. La cruz la ha hecho fecunda. No eres humilde cuando te humillas, sino cuando te humillan y lo llevas por Cristo. (Camino, 594).

Y podíamos decir al revés: eres un soberbio cuando humillas, y lo haces por ti mismo.

Esto es lo que sabe hacer satanás: humillar.

Lo contrario a Dios: que vino a humillarse para levantar a la gente.

–¡Señor: haz que mi corazón sea semejante al tuyo!

¡Que tenga capacidad de abajarme, de no tomarme muy en serio!

Los soberbios son incapaces de reírse de sí mismos. Y lo que más les molesta es que se rían de ellos: eso les humilla a sus ojos.

Al final, se cumple lo que dijo Jesús: «el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido»

Es cierto que siempre llevaremos con nosotros la soberbia, pero podemos reducirle para que no crezca demasiado: irle quitando ramas, regándole poco, poniéndole poca tierra.

En vez de que sea un árbol grande, convertir nuestra soberbia en un bonsái transportable, a base de ir podándola.

Hay gente apasionada y poco inteligente, que por su forma de ser puede ser una tierra fértil donde crezca el yo.

Saberlo, pedir ayuda y luego contaminar el terreno para que no pueda crecer nuestro ego.

Evidentemente hay cosas que nos facilitan la humildad: hay que fomentarlas.

Escuchar, ponderar las opiniones de los demás, no rebatir, sino ponderar los puntos de vista ajenos.

Pero sabemos que en nuestro interior hay esa tendencia ecológica a valorar nuestro sistema.

Por encima de otras cosas, la humildad. Al Señor le gusta fijarse en la humildad.

Por otra parte, igual que nosotros, con una persona humilde nos quedamos tranquilos: –
Ya adquirirá otras cosas.

El Señor a nuestros primeros Padres tuvo que cortarles el grifo de las gracias.

No así a María: ahora le pedimos que intervenga para hacernos gratos a Dios:

Haz que mi corazón sea semejante al de Jesús y al tuyo.

La humildad, es vaciarse para ser llenado.

«Aquellos que son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios».

Los que se mueven por la caridad, esos son los que le Espíritu Santo mueve, y son verdaderamente hijos de Dios.

El hombre es por naturaleza un ser sediento y necesitado, no sólo como materia, sino todavía más como ser espiritual.

Por eso tenemos necesidad de pedir, y ahora lo hacemos:

Ven Espíritu Santo, fuego de las almas santas.

Y que tu caridad habite en lo más interior de nuestra personalidad.

–Ven para que todo lo que realicemos esté hecho con tu Amor.

Pero si queremos que esto sea así, hemos de poner el fundamento humano.

San Josemaría enseñaba que no quería «caridad que no fuese cariño».

De aquí su profunda humanidad. San Josemaría era muy humano y muy sobrenatural: todo a la vez.

Por eso machaconamente repetía que él no tenía más que «un corazón para amar a Dios y a las criaturas».

–Señor, le decimos ahora,
envía tu Espíritu, el Espíritu de Jesús, para hacernos humanos y divinos como es nuestro modelo, Cristo.

–Señor, que nuestro corazón, nuestro único corazón sea para ti.

De aquí nace la unidad de nuestra vida. Sólo un corazón sólo una vida.

¿Qué es un cristiano? Una persona que nos lleva a Dios, que nos sirve de enlace, como un puente que una a cada uno con Dios, por eso al Sumo Sacerdote se le llama Sumo Pontífice.

Porque todos los cristianos somos un pueblo de sacerdotes: tenemos «alma sacerdotal»

Por eso la función vuestra y la mía: es estar todo el día uniendo con Dios, a veces no quedará tiempo para otras cosas.

Pero si deseamos ser santos estaremos dichosísimos entregándonos para unir con Dios.

Un sacerdote seco, cortante, malhumorado, triste, no puede unir con Dios.

Tampoco un cristiano que tenga alma sacerdotal debe actuar así. Debemos ser como las madres, como nuestra Madre:

Corazón dulcísimo de Maria haz que mi corazón sea semejante al tuyo.

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