domingo, 20 de enero de 2008

SOLO UNA VIDA

En el Evangelio se nos hablaba de las bienaventuranzas: felices seréis en la medida en que seáis pobres en el espíritu, bienaventurados si lloráis, dichosos si vivís la mansedumbre.

Y pensaba que una persona que vivió todo esto fue San José: él tenía hambre y sed de justicia, de santidad; él fue misericordioso con todo aquél que estaba necesitado de que le ayudaran a llevar su miseria. Fue José un hombre limpio de corazón y por eso pudo ver a Dios en esta misma tierra.

Vamos a pedirle a este maestro de la vida interior que nos consiga cercanía, proximidad con Dios. Para que no tengamos otra meta en nuestra vida, otra ilusión que hacer su voluntad.

Que no busquemos nuestra afirmación personal al margen de lo que Dios quiere de nosotros. No sólo una afirmación personal contraria sino al margen de lo que tiene que ser la razón de ser de nuestra vida.

Solamente seremos bienaventurados, felicísimos, si nos entregamos para que se realice el querer del Señor: aunque sea paradójico como son las bienaventuranzas.

Las personas que nos hemos entregado a Dios no tenemos asuntos personales y además, asuntos relacionados con Dios, como si las dos clases de asuntos fueran complementarios. Para las santos sólo hay un tipo de asuntos.

En el fondo esto es la unidad de vida: que todo, absolutamente todo, hasta el descanso, hasta el sueño, acabe siendo oración, acabe siendo amor a Cristo.

Los santos han sido personas que sólo tenía un fin: hacer la voluntad de Dios. Eso tiene muchas consecuencias prácticas. No debemos contrariarnos, chirriar, si no tenemos tiempo para nuestras cosas personales porque en realidad no deberíamos tener cosas sólo personales, como si sólo fueran nuestras.

La unidad de vida para alguien que busca la santidad en medio del mundo, es fundamental porque nosotros no sólo nos alimentamos espiritualmente de rezos: nuestra misión es santificar lo material.

Se necesita rezar mucho para que lo de fuera sea lo mismo que lo de dentro: en realidad la unidad de vida tiene mucho que ver con la sencillez.

Que nos dé igual ordenar la habitación que trabajar en el asunto más trascendente. Ordenar nuestro armario no es una cosa personal, sino que refleja lo que somos cara a Dios, aunque no nos viese nadie más que Él.

Necesitamos hacer oración para ver a Dios en todo, también en lo que los demás no ven.

Cuánta gente predica una cosa y hace otra: pero la verdadera fuerza ésta en cuando se nota que hacemos lo que decimos.

Y debe ser lo mismo: hacer que decir, realizar una cosa ordinaria que una que llaman extraordinaria.

Qué feliz se encontraba San José aserrando troncos. Él, que era una de las personas mejor dotadas que han existido, con una riqueza interior prodigiosa, estaba feliz en la carpintería.

Por eso Satanás no pasaba del umbral de su taller, porque aquel ruido de la sierra y del martillo era como una música religiosa.

No sabía el demonio por dónde tentarle: este carpintero le parecía un ser enigmático: se encontraba feliz con su trabajo monótono y gris, quien podía haber sido una celebridad.
«No lo entiendo, no lo entiendo: cómo una persona puede vivir sin buscar el lucimiento en las cosas que hace».

En el trabajo apostólico debemos de dar prioridad a la formación... Y la formación en gran medida consiste en conducir a cada uno a la unidad de vida.

A unos habrá que insistirles en que no piensen que la vida interior consiste sólo en rezos. A otros, ayudarles para que en la práctica nada esté al margen de Dios.

Efectivamente hay una ruptura en la unidad de vida cuando se conduce la vida interior al margen del trabajo: entonces se ven las prácticas de piedad como un gasto de tiempo.

Y es que la vida interior es como un árbol, que se alimenta de todo lo que tiene alrededor, y el trabajo es una de las facetas que está más presente en nuestra vida.

La vida interior se alimenta también de las dificultades. Debemos ser santos, no «a pesar de las dificultades», sino «a través» de ellas.

Todo nos ha de llevar a Dios, incluso el pecado. Nosotros tenemos la posibilidad de amar a Dios desde el pecado: quizá la vida interior no consista en otra cosa que hacer muchos actos de contrición, porque nosotros somos pecadores.

Nos acordamos de aquel pasaje de la Sagrada Escritura en la que se dice que los hombres movido por el orgullo quisieron hacer una torre, como si se tratase de un monolito, un monumento construido para emular a Dios.

Es como si el hombre dijera: hago esta torre para que se vea claramente que yo puedo construir cosas de espaldas a Dios.

Sabemos que aquello terminó mal. Cuando uno vive de espaldas a Dios, cuando no quiere contar con Dios, a esto llamamos pecado.

Y precisamente el pecado es lo más deletéreo, lo que más desune, por eso a aquella torre se le llamó «Babel», que significa confusión. En ese sitio ya los hombres no se entendían. Al separarse de Dios, también entre ellos dejó de haber comunicación fluida.

El pecado es lo que hace que se pierda la unión, la unidad. Por eso la mejor forma de reconstruirla es la contrición, el pedir perdón.

Dile al Señor ahora mismo: –Tú sabes todo, Tú sabes que a pesar de mi miseria, te quiero.

El pecado es lo que separa, y disgrega, y el amor es lo que crea la unidad. El amor simplifica todo: ama y haz lo que quieras decía San Agustín.
Todos los alimentos se unen en el estomago, se entremezclan para pasar al organismo, allí ya no hay primer plato, segundo plato y postre. Según dicen en la barriga se mezcla todo, para luego darnos la energía que nos hace vivir.

También en el organismo sobrenatural todas las virtudes se acaban entremezclando y nos ayudan a vivir la vida de nuestro Señor. Todas las virtudes se mezclan para ayudarnos a ser otro Cristo.

Todo lo que hacemos tiene que servir para eso. Nada debe estar desconectado de nuestra vida en Cristo.

En esto consiste la santidad en nuestra unión con Cristo. La santidad es perfección, pero no es una perfección cualquiera. La santidad es perfección en el amor. Hacer las cosas por Él y en Él, porque el amor es unión de voluntades.

Cuando algunas cosas que hacemos están desconectadas de amor de Dios, entonces no sirven para lo principal de nuestra vida.

Y lo curioso es que se pueden hacer prácticas de piedad sin que haya esa conexión. Cuando se hacer normas de piedad desconectadas del Señor, indudablemente se busca la perfección, pero es una auto-perfección

Hay diversas formas de asemejarnos, pero hay una sola santidad, una sola, que es vivir la vida de Cristo.

Aunque seamos todos distintos, con carácter diferente, tenemos todos la misma partitura que seguir.

La misma sinfonía interpretada con instrumentos distintos, cada uno el suyo: eso es la santidad.

Pero en nuestro camino por identificarnos con el Señor, por se ipse Cristus, el mismo Cristo, habrá muchas veces que desafinamos. Que no interpretamos bien la melodía. Entonces habría que rectificar hasta que nos salga según la voluntad de nuestro Director de orquesta.

Poniendo un símil de la jardinería podemos decir, que en la vida, nuestras equivocaciones y pecados pueden formar un tapón que obstruya el paso del agua, y se impide el riego que hace crecer las plantas

En nuestra vida conviene limpiar los canales, que no haya tapones que impidan la conexión con Dios.

Hay que limpiar los conductos del alma para que las hojas muertas por pecado no obstruyan los canales por donde nos llega el amor de Dios. Esto es el arrepentimiento, la contrición, que el Señor nos pide para unirnos a Él, sabiendo que nosotros somos pecadores, ante todo pecadores. Pero el pecado no puede separarnos de la unión con Dios.

La unión con Dios, que es unión con su voluntad: amor profundo a la voluntad del Señor. Esto es lo que hace que en esta tierra sólo tengamos un objetivo.

A veces no tenemos ganas de hacer la voluntad de Dios, pero eso no importa. Lo que verdaderamente importa es que aunque sea a contra pelo la realicemos.

Cuando hacemos la voluntad de Dios con sentimiento, bien está, pero en esta vida tiene más valor hacer el querer del Señor sin ganas.

Ante un viaje, un santo del siglo XX decía:

¿Queréis saber por qué será de mucho fruto este viaje? Porque no tengo ganas de ir.

Bien sabía este santo que las cosas tenía que hacerlas como las hicieron los místicos del siglo XVI, por «dar contento» al Señor. No por darnos gusto a nosotros. Y esto se ve claro cuando esos dos gustos no coinciden.

Estamos en temporada de esquí, y podemos poner un ejemplo de este deporte: cuando se hace la voluntad de Dios vamos en telearrastre, cuando no se hace así, es agotador, subir una montaña con nuestras propias fuerzas.

La Virgen dio gustó en todo a Dios, no tuvo otra meta en la vida que hacer su voluntad, vivía siempre pensando en Él. Y como San José también ella fue felicísima, bienaventurada, porque su vida fue la de Jesús, no tuvo otra.

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