domingo, 20 de enero de 2008

LAS TENTACIONES DE JESÚS

Cuando pecamos hacemos una especie de contrato con satanás. Le servimos a él, y él nos sirve a nosotros.

Precisamente lo que hizo el Señor, como dice san Pablo, es romper el contrato. El enemigo quiere que firmemos ese contrato con lo más íntimo que tenemos, si fuera posible con nuestra propia sangre. Y así, hasta materialmente, ha ocurrido en la historia.

Jesús, con su sangre ha rubricado otro contrato, esta vez con Dios. Se encarnó para hacerlo, para que Dios habitara en nosotros. Lo decimos todos los días en el Ángelus: «et Verbum caro factum est et habitabit in nobis» (1).

Ahora le podemos decir:
Señor, has querido habitar entre nosotros. No te hiciste ángel, te has hecho hombre.

Y como hombre, también quiso sufrir las tentaciones del maligno. Dice el Evangelio que Jesús, justo después de ser bautizado, fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado (2).

También en nuestra vida puede presentarse el tentador camuflado, porque es el engañador.

Podemos imaginarnos la escena. Jesús en el desierto, solo, y satanás, por aquello del camuflaje, pudo haberse presentado en forma de beduino, tapado entero y dejando a la vista unos ojos negros y hundidos.

Se acercaría a Jesús y le preguntaría: ¿Estás solo? El Señor no contestaría. Ante el tentador lo que haría Jesús sería rezar.

El diablo, aunque tenga delante alguien que sea muy bueno, insiste siempre. Por eso, seguiría hablando para entablar una conversación con Jesús, y le diría:
¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?

Al principio empieza como si se interesara por nuestras cosas. Hace como los pescadores, nos pone un anzuelo para que piquemos, algo que nos interesa. Y, después, intenta que desconfiemos de Dios. Nunca va abiertamente.

Un autor habla incluso de que el tentador, en aquella ocasión, al ver que era muy guapo, le diría: –Eres muy atractivo, ¿por qué no te casas? El Señor ni le miraría, rezaría más intensamente.

Al ver a Jesús solo en desierto, lo que satanás tendría en la cabeza sería hablar y hablar, hasta llegar a decirle: Dios está muy lejos de ti, en el Cielo. Nosotros estamos aquí, en la tierra, y Él no... Rezar servirá, pero no es una cosa segura: a veces sirve y a veces no.

Efectivamente, todas las tentaciones tienen un único objetivo: convencernos de que sin Dios es posible vivir, incluso se vive mejor. El tentador quiere mostrarnos a Dios como alguien que no tiene nada que ver con nuestra vida diaria. Nos lo presenta como un ser lejano. Por eso es bueno que le digamos ahora al Señor:
–Señor, no estamos solos, Tú estás conmigo.

Satanás, en algunos momentos, lo tiene fácil porque Dios no se ve, como se ve el dinero. No se escucha, como se escucha la música.

El diablo insinúa que no merece la pena seguir en todo el querer de Dios, porque no es siempre grato.

–Señor líbranos del mal, de los ataques del diablo.

La tentación atrae, porque el maligno nos tienta con cosas que nos gustan. Si a Eva le tentó con una manzana, la fruta no estaría llena de gusanos. Sería roja, jugosa, limpia y brillante.

A Jesús, que estaba hambriento después de cuarenta días en el desierto, le diría:
¿Has visto esas piedras? son redondas y lisas ¿a que… parecen panes? No tienes más que decir quiero y ya está…

-¡Calla!, respondería tajantemente el Señor con fuerza: «no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que viene de Dios» (3).

La manera de vencer las tentaciones es justamente lo que hace el Señor: no dialogar con ellas. Cortar en seco y ponerse a rezar:
–Señor, no nos dejes caer en la tentación.

Se vencen rezando y contando lo que nos pasa. Son dos formas de sinceridad, de verdad.

Si hacemos eso, no tenemos que tener miedo a satanás y a sus tentaciones. El Verbo es la verdad y al enemigo se le vence con la transparencia. Lo peligroso sería que no contáramos las tentaciones, porque entonces estaríamos solos, sin ayuda.

Por eso decía San Josemaría: Quien oculta a su Director una tentación, tiene un secreto a medias con el demonio. –Se ha hecho amigo del enemigo. (4).

Esto ocurre. El demonio, para engañarnos, busca que estemos solos en la pelea, incluso ataca cuando somos más débiles, cuando menos experiencia tenemos, en la juventud.

Esto ha ocurrido en la historia. Esta documentado, que en un convento de agustinas, en Ávila, donde había estado Teresa de Jesús cuando era niña, había una religiosa prodigio. En toda la ciudad se hablaba de ella con asombro.

Esta monja Agustina, entró en el convento con muy pocos años. Conoce a las mil maravillas las sagradas Escrituras sin haber cursado estudios.

Su saber asombra a todo el mundo. Muchos son los que vienen de la ciudad para escucharla. Los superiores empiezan pronto a preocuparse. Se preguntan de dónde le viene esta ciencia. Por el locutorio del convento van a desfilar los más insignes teólogos, no sólo de Ávila, lo que no es mucho decir, sino hasta de Salamanca, la universidad más cercana.

Todos se inclinan a pensar que la ciencia de la monjita es ciencia infusa, procedente del buen espíritu. Pero los superiores siguen con la duda detrás de la oreja.

Entonces, recurren a san Juan de la Cruz y solicitan su parecer. Él se resiste. No le corresponde a él pronunciarse, después de tantos ilustres maestros. Pero el superior general de los agustinos, insiste en que examine este caso tan extraño. La Madre Teresa apoya la petición.

Fray Juan se sienta en el confesionario para escuchar a la famosa religiosa. Pasa una hora. El general de los agustinos y las monjas del convento están a la espera.

Cuando sale dice:
«–Señores, esta monja está endemoniada». El general le encarga allí mismo los correspondientes exorcismos. Poseemos un gran número de detalles sobre estas sesiones. Por el espacio de dos meses tuvieron lugar regularmente una o dos veces por semana, produciéndose las escenas más escalofriantes.

Desde el primer momento, la monja admitió haberse entregado a Satanás poco después de su ingreso en el convento, cuando aún era una niña.

El contrato con el demonio lo hizo formalmente. La niña se había sacado sangre de un brazo, para escribir el pacto sobre el papel. Los exorcismos agitan de una manera increíble a la endemoniada, produciéndole convulsiones y accesos de rabia.

En una ocasión, fray Juan ordena a la monja que repita estas palabras: «Verbum caro factum est et habitavit in nobis» (5). La monja le obedece rápidamente: «El Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre vosotros».

«¡Mientes! –replica el fraile–: las palabras no dicen “con vosotros”».

«Es como digo –insiste la monja–, porque no se hizo hombre para vivir con nosotros, sino con vosotros».

Efectivamente el Señor siempre está con nosotros, aquí y ahora, mirándonos desde el sagrario, y sobre todo en nuestra alma en gracia, cuando no lo echamos a patadas por el pecado.

Cuando uno no está en gracia, no debería de decir en el Ángelus:
et habitabit in nobis, sino et habitabit in vobis.

Por fin, después de varios meses de repetidos exorcismos y de incidentes heroicos, el diablo devuelve la cédula de contrato firmado por la monja. Entonces, ella se siente liberada de esta terrible pesadilla.

Nosotros sabemos lo que tenemos que hacer: rezar y contarlo todo. Porque, como decía san Josemaría, el demonio es astuto por viejo, pero es tonto porque se repite.
Cuando hablamos y sacamos todo lo que tenemos dentro, Dios nos cura con su gracia, nos libera.

Como han dicho los santos, «un medio para ser franco y sencillo» es dirigirle al Señor las palabras de Pedro: «Domine, Tu omnia nosti...» –Señor, ¡Tú lo sabes todo! (6).

El tentador sabe que lo que nos salva es la sinceridad, por eso intenta desconcertarnos para que desconfiemos de quienes nos pueden ayudar. Hace lo que sea para dejarnos solos, sin apoyos.

Cierto día, durante el tiempo que duraron los exorcismos, acuden al convento de Nuestra Señora de Gracia dos carmelitas descalzos, que presentan un asombroso parecido con fray Juan de la Cruz y el que siempre le acompañaba.

Vienen, según dicen, para ver a la posesa. La hermana tornera le hace entrar en el confesionario. Cuando la endemoniada sale del confesionario tiene el semblante desesperado. La madre superiora le pregunta qué ha sucedido. «Fray Juan –responde la endemoniada– me ha dicho lo contrario que otras veces».

Inmediatamente la superiora coge pluma y escribe una nota a fray Juan diciéndole lo que pasa. Este avisa a su compañero de turno, y le dice: «Vamos a las monjas».

Cuando éstas los ven llegar respiran. A fray Juan le cuesta muy poco descubrir el engaño del diablo, que ha tomado su figura para confundir a su víctima.

Nosotros tenemos que ver a Dios en las personas que nos ayudan, que no nos dirán cosas contrarias a lo que el Señor nos dice. Lo raro sería que hubiera contradicción.

Por muy santa que sea una persona, por mucho que haya trabajado por el Señor, siempre hay cosas que están mal, que nos humillan, porque muestran deslealtad con el Señor. Eso lo han sabido todos los directores espirituales. Por eso, los santos han querido fomentar el desahogo, para que el alma se explaye. En definitiva, todos necesitamos un desaguadero, porque, en algunas cosas no habremos sido fieles al Señor y eso en el alma engendra pus.

San Josemaría contaba una anécdota de su experiencia en labor de almas:

«Me hallaba dirigiendo un curso de retiro para sacerdotes de diversas diócesis. Yo los buscaba con afecto y con interés, para que viniesen a hablar, a desahogar su conciencia, porque también los sacerdotes necesitamos del consejo y de la ayuda de un hermano. Empecé a charlar con uno, algo brutote, pero muy noble y sincero; le tiraba de la lengua un poco, con delicadeza y con claridad, para restañar cualquier herida que hubiera allá dentro, en su corazón. En un determinado momento, me interrumpió, más o menos con estas palabras: yo tengo una envidia muy grande de mi burra; ha estado prestando servicios parroquiales en siete curatos, y no hay nada que decir de ella. ¡Ay si yo hubiera hecho lo mismo!» (7)

Este buen sacerdote sentía que no había llegado no siquiera a la altura de su burra en el servicio a Dios. Quizá no será este nuestro caso, pero a nosotros nos conviene sacar también nuestras pequeñas infidelidades.

Nosotros hemos un pacto con la Virgen, por eso no podemos temer nada. Ella nos protege. Esta siempre dispuesta para conseguirnos la gracia necesaria para contar las cosas y rezar.

Los niños acuden mucho a nuestra Madre del cielo y, como tienen mucha imaginación, uno decía que se imaginaba a la Virgen atravesando el corazón del diablo, y, luego, metía su corazón negro dentro de una jaula transparente para vigilarlo y no perderlo de vista.

El lema del Sacromonte es: a María no le tocó el pecado primero. No tuvo nada que ver con Satanás. Es la Inmaculada.

«
Tota pulchra es Maria, et macula originalis non est in te!» –¡toda hermosa eres, María, y no hay en ti mancha original!, canta la liturgia alborozada. No hay en Ella ni la menor sombra de doblez: ¡a diario ruego a Nuestra Madre que sepamos abrir el alma en la dirección espiritual, para que la luz de la gracia ilumine toda nuestra conducta!
–María nos obtendrá la valentía de la sinceridad, para que nos alleguemos más a la Trinidad Beatísima, si así se lo suplicamos.
(8)

(1) Juan 1,14. (2) Cfr. Mateo 4,1. (3)Mateo 4,4. (4) Surco. 323. (5) Juan 1,14. (6) Cfr. Surco, 326. (7) Amigos de Dios 16. (8) Surco n. 339.

Ignacio Fornés & Antonio Balsera

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