domingo, 6 de enero de 2008

TÚ ERES MI HIJO

Tú eres mi hijo, Filius meus es tu. Son palabras del Salmo II, que meditamos con frecuencia. Como hacía San Josemaría desde los primeros años de labor apostólica.

En concreto, aquel día de tanto sol, en un tranvía en pleno centro de Madrid: vamos a aprender de la oración de los santos.

También podemos sentir esas palabras, hoy en este retiro: ahora mismo, hodie, "hoy yo te estoy engendrando".

Evidentemente el salmo II se refiere al Mesías, al Cristo. Al Hijo del Padre que está siendo engendrado siempre por la Primera Persona de la Santísima Trinidad.

Aquí en la tierra, los hijos, a partir de cierto momento, se van desvinculando cada vez más de la vida de sus padres.

En cierta forma, después de la generación, el hijo se va haciendo cada vez más autónomo. Sobre todo cuando descubre las limitaciones de sus padres.

Me contaron hace poco de un niño que estaba en brazos de su padre, mirando el cielo lleno de nubes. En un momento, el niño dijo: -Papá, dile al sol que salga.

-Eso no puede ser, es imposible. El niño insistía:
Que sí, que se vayan las nubes y que salga el sol.

-Pero voy a decir a las nubes que se vayan y al sol que venga.

-Ah, ¿no puedes? Después de un silencio, se volvió a su padre y le dijo: -
Oiga, Señor, ¿me puede bajar y dejarme en el suelo?

Con Dios no ocurre eso. En la Santísima Trinidad, continuamente –eternamente- el Padre está siendo Padre. Y está dando su vida eterna al Hijo, y continuamente –eternamente- el Hijo está siendo Hijo, recibiendo todo su ser. Absolutamente todo lo recibe.

Y eso crea un lazo de unión muy fuerte, un amor que da y un amor que recibe y agradece el don.

Es tan fuerte el Amor entre el Padre y el Hijo, que tiene personalidad propia, es eterno, y lo llamamos Espíritu Santo.

A veces también se llama en la Escritura Espíritu del Padre, o Espíritu de Jesús, porque es tanto del Padre como del Hijo.

-¡Qué grande eres Dios mío! ¡Qué poco te entendemos!

Tan poco que hay mucha gente que se cree Dios es malo y los padres son buenos. Cuando resulta que Dios ha hecho a nuestros padres para que sean su imagen.

Me contaba un sacerdote que unos padres, yendo con su hija en un tren con literas, cuando se apagaron las luces y se quedó todo a oscuras, la niña preguntó:
Papá, Mamá, ¿estáis ahí?

Los padre habían salido un momento al pasillo. Y la niña insistía:
Mamá. Papá, ¿estáis ahí?

Y se oyó la voz de otro señor que estaba también en el compartimento que dijo:
Sí, Papá está ahí. Mamá está ahí. Y yo estoy aquí, intentando dormir. Así que cállate un poquito.

La niña estuvo callada un momento y dijo:
Mamá, ¿era Dios?

Como dice un famoso escritor inglés: algunos tienen la idea de Dios como
una voz malhumorada, procedente de la oscuridad y prohibiéndonos algo.

Y lo más grande es que Dios, tan incomprensible para nosotros, nos haya querido revelar su intimidad.

No sólo eso, sino que nos ha querido hacer partícipes de la Filiación del Hijo. Para eso vino Jesús al mundo, para eso el Verbo se hizo carne: para habitar entre nosotros y que nosotros habitemos en Dios.

Por eso nos ha enviado al Espíritu Santo que inhabita dentro de nuestra alma en gracia, y que es el Amor entre el Padre y el Hijo. Para que participemos de ese amor como hijos en el Hijo.

A nosotros también nos ha querido engendrar, mejor, nos está engendrando constantemente.

Es bueno que, en nuestra oración, resuenen, como aquel día del año 31, estas palabras verdaderas:
“Tú eres mi hijo porque yo quiero engendrarte, que existas, cada hora, cada minuto... cada instante eres mi hijo”.

Aunque no nos hagamos totalmente a la idea de lo que supone, porque superan nuestra capacidad de entender. No importa, porque más que entenderlas, tenemos que gozarlas.

Como le ocurrió a San Josemaría, que no podía dejar de repetir: Abbá, Pater. Ahora nos dirigimos a nuestro Dios que está tan cerca de nosotros y le decimos: Padre, Papá.

Y lo hacemos, no por iniciativa propia, sino respondiendo a su llamada:
-Tú eres mi hijo, tú eres Cristo.

-Y esto es muy fuerte: significa que en cada momento, Tú, Señor quieres entregarme a mí todo tu ser.

Significa que, en cada momento quieres hacerme santo, con su santidad perfecta.

Continuamente estás entregándote por nosotros mediante tu Amor infinito que es el Espíritu Santo.

No es que un día nos quiera hacer un favor muy grande. Ni siquiera muchos días y muchos favores. Está continuamente queriéndonos dar todo.

Se está poniendo muy de moda últimamente una novela: La Sangre del Pelícano. Espero no destriparla. En un momento de la trama le dicen al Papa que corre el riesgo de sufrir un atentado en una ceremonia, y le aconsejan que no acuda.

El Santo Padre toma un ejemplar ilustrado de la Biblia y muestra una imagen que nos resulta muy familiar: el pelícano hiriéndose el pecho para alimentar a sus crías.

Y comenta el Papa que ésa tiene que ser su actitud ante el peligro que le acecha. La de dar su vida, si es necesario, por sus hijos.

Ésa es la actitud de nuestro Dios: nos da su vida.

Esto es lo que sentiría nuestro Padre, lo que sienten los santos.
-¡Qué bueno eres, Señor, que bueno!

La experiencia del Amor de Dios, que sólo son capaces de notar en su plenitud las personas célibes, libres.

Pero las personas célibes, no sólo de hecho, sino de corazón. Porque puede haber personas que son célibes, digamos, socialmente, como estado civil, pero tener un corazón aherrojado a sí mismas.

Entendemos, captamos y sentimos todo lo que nos quiere el Señor cuando nos entregamos de verdad, sin condiciones. Por eso nos insisten tanto en el peligro del aburguesamiento. Porque, como llenemos el corazón de cachivaches, no conectaremos con el Amor de Dios.

Seguramente tendrás la experiencia: a lo mejor, incluso la tienes actualmente. Que te cuesta conectar en el Señor porque tienes la cabeza y el corazón en tus cosas. En tus regalos de Reyes, tan recientes. En tu trabajo. En tu salud. En tu... yo.

Es el momento de volver a caer en la cuenta con tu luces, Señor, de que me pides todo para darme todo.

Pidiendo es como el Señor engrandece el recipiente: para que quepa más de lo que continuamente está dando.

Qué pobres son las palabras humanas para expresar lo que es Dios. El padre humano se desvive, trabaja para sacar adelante a su familia. Que enseña a su prole y también la mujer, sin guardarse nada para él.

La madre que se olvida de sí misma por cuidar a su marido y a sus hijos. Que prefiere el pellejo del pollo, porque es lo que nadie quiere.

Me contaron hace poco una escena familiar de estos días. Se veía a los padres alrededor del árbol de Navidad, dejando los regalos de Reyes el 5 por la noche.

En un momento dado, se dan cuenta de la presencia de alguien más en la habitación, en la puerta. Se vuelven y descubren a su hijo pequeño, en pijama, mirándolos con cara de sorpresa.

En seguida se dan cuenta de la situación: el niño, quizá antes de tiempo, ha descubierto todo.

Entonces, el padre, reacciona, se sienta en un sillón y le dice a su hijo que se acerque, mientras la madre se queda al pie del árbol.

Lo pone sobre sus rodillas y empieza a hablarle:
-Está bien. Ya te estás haciendo mayor. Ya eres todo un hombre. Y ha llegado el momento de que sepas por fin toda la verdad.

En ese momento él y su mujer se pasan la mano por delante de la cara y se arrancan una careta.

Y aparecen Melchor y Baltasar que diciendo: los padres no existen.

No: detrás de la careta no están los Reyes Magos. Detrás de la careta está Dios. Los padres de la tierra son la figura de Dios.

Pero es que además, Dios es Padre y Madre a la vez, porque en Dios no hay sexo. Engendra, y cuida, y se da como un Padre y una Madre juntos.

Yo soy Cristo, hemos de repetirnos constantemente.
En cada uno de nosotros, Tú, Señor, quieres hacer una imagen perfecta de Ti.

Ése tiene que ser el fundamento de nuestra personalidad: soy hijo en el Hijo: soy el mismo Cristo, no solamente un doble.

Es decir, no solamente parecido a Él, o un intento de imitación. No:
soy el mismo Cristo, Cristo que pasa.

Los hijos están para recibir: nosotros tenemos que dejar que Dios no dé. Porque Dios quiere darnos todo, incluso su divinidad, su misma naturaleza. Pero quiere depender de nosotros.

Dios no puede cambiar de opinión, lo que cambian son nuestras disposiciones. Pero nosotros podemos ser buenos hijos que reciben o ser “adultos” que ya no tienen necesidad de nada.

Hay que dejarse. Hay que abandonarse, hay que pedir. Pedir: esa es la actitud de los hijos: ser muy pedigüeños y estar muy unidos a nuestro Padre Dios.

Porque solos no podemos nada. Lo sabemos muy bien, porque lo experimentamos casi constantemente.

Y dejarse corregir. Es como si el Señor nos dijera:
me duele el corazón cuando tú sufres, pero no puedo dejar de corregirte.

La indiferencia juzga, y no comprende ni corrige. Un padre comprende, exige: por eso, nos dice Dios,
no puedo dejar de corregirte.

Decía nuestro Padre que el cielo es para los que hayan sabido ser felices en la tierra. Pero la mano de nuestro Padre-Dios es la de un jardinero, que nos va quitando las hojas podridas. Y continuamente nos poda para que demos más fruto.

-Madre nuestra: como queremos ser Cristo, somos también hijos tuyos.

Jesús corresponde al Amor de su Madre como el mejor de los hijos: con un agradecimiento y una ternura continua. Así queremos también hacer nosotros

Antonio Balsera & Guillermo González-Villalobos & Ignacio Fornés

1 comentario:

Yago dijo...

Realmente, las meditaciones de este retiro han sido buenísimas. Se disfruta y se reza muy bien con ellas.
Adelante!

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