sábado, 29 de marzo de 2008

DIOS ES MÁS HUMANO QUE NOSOTROS

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Hoy es el domingo de la Misericordia de Dios.
Es fácil acordarse en este día de Juan Pablo II, que falleció la víspera de esta fiesta, hace ya tres años. Nos acordamos de él como un ancianito, bueno, cariñoso con todos… Muchos millones de personas le querían por su bondad y su santidad.

La gente poco cristiana piensa que Dios es tan bueno que permite todo. Que da igual lo que se haga, porque la bondad de Dios es infinitamente blandengue.

Juan Pablo II no era así. Gracias a su fortaleza se resolvieron muchas injusticias del mundo, denunció crímenes, llamó pecado a lo que era pecado…

Por otro lado, hay cristianos cumplidores que piensan que el Señor es tan justo, que da miedo. Les asustaría encontrarse con Dios, porque lo imaginan temible: un «Ser tan Perfecto», que no admite fallos.

Hay quienes ven a Dios como un ser duro, que «no pasa una». Lo consideran como un padre rígido, serio, justo: como si el cielo fuese una academia militar de la antigua Prusia.

El Papa polaco era exigente con los jóvenes. Nos hablaba de sacrificio, de entrega, de hacer las cosas bien. Nos apretaba las tuercas, y, sin embargo, millones de jóvenes acudían en masa para escucharle y aclamarle. Porque se sentían comprendidos. No lo veían como alguien terrorífico y desagradable.

Efectivamente el Señor nos propone a todos los cristianos, que seamos perfectos. Pero esto no quiere decir que Jesús nos proponga que no tengamos fallos. Tener fallos es lo normal. Es muy humano ser tentado.

El Señor dice: «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). Hay que ser santos de la forma que Dios es santo.

Jesús aclara: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Así es Dios, y ésta es nuestra meta.

El Señor quiso que el mundo conociera su Misericordia a través de las revelaciones hechas a una santa, Faustina Kowalska.

En una ocasión le decía: «las almas me reconocen como Santo y como Justo, pero no tienen confianza en mi bondad. Y le daba un encargo: Anuncia que la Misericordia es el mayor atributo de Dios».

La misericordia es su verdadero rostro. Dios es misericordioso: carga con nuestra miseria para quitárnosla. Dios es un buen samaritano, que hace bien a sus amigos y a sus enemigos.

Hay una historia interesante de una chica que fue agente secreto ruso en Corea del Norte. Tenía todas las cualidades para ese oficio. Era hábil, culta y educada. Su misión la desarrollaba en la sierra de Hamhung, cerca de la línea de fuego durante la guerra de Corea, allá por 1950.

Cayó herida durante un ataque de artillería y fue detenida por las tropas del sur y trasladada a un hospital.

Un día se presentó allí un cura anciano, curtido en mil frentes, capellán militar:

Soy sacerdote, le dijo. –¿Católico? ¿Protestante? Respondió ella de forma agresiva. –Católico. –Razón de más para odiarte. No necesito su ayuda y si su oficio es salvar almas, conmigo no tiene nada que hacer. No puede salvar lo que no tengo. Ni tengo alma, ni creo en nada.

Ante esa respuesta el sacerdote optó por una silenciosa y prudente retirada. La herida era grave. Se temía por su vida.

La misericordia es la verdad sobre Él. Es su verdadero rostro.

–«Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación» (Salmo 84, 8).

Personalmente Dios no tiene enemigos, pero hay gente que va contra Él.

Nadie tiene la capacidad de «hacernos malos» si nosotros no queremos. A Dios nadie puede "hacerlo malo". Incluso los que van contra Él acaban demostrando que el Señor es bueno.

A pesar de la actitud de rechazo de aquella joven, el capellán la visitaba brevemente a diario para interesarse por su estado de ánimo.

El sacerdote la escuchaba en silencio sólo hablando de vez en cuando sin entrar a fondo. Poco a poco fue mejorando, también por dentro.

Un día, al ver unas monjas que estaban donando sangre le preguntó al anciano cura:

–¿Qué hacen? –Son donantes de sangre, le respondió el sacerdote. –Y ¿cuánto les pagan? –Nada. –¿Nada? Nunca hubiera pensado que entre ustedes nadie hiciera algo gratis. ¿También las monjas? –También. Nuestro fundador, Jesucristo, nos dio dos mandamientos: Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Ellas quieren seguirlo y por eso dan su sangre sin cobrar nada.
La muchacha se quedó pensativa. Otro día le habló de una joven como ella, Teresa de Lisieux.

Muchas personas se han convertido al comprobar lo bueno que es Dios.

Acabada la guerra, la chica le decía a este santo cura: –Gracias por haberme traído un rayo de luz a mi vida. No conocía cómo eran los católicos. Tenía la cabeza llena de eslóganes y propaganda.

No olvido a su Teresita de Francia. Ella amó en lugar de odiar. Y eso es muy hermoso.

Pasaron los meses, y le volvió a escribir: –Mi nombre es ahora Teresa. Y con eso comprenderá usted que estoy bautizada. He deseado que me impusieran el nombre de la santa francesa que era joven como yo, y que amaba. ¡Yo no quiero odiar más a nadie! ¡A nadie!

Jesús decía que nuestro Padre Dios hace salir el sol sale para todos (cfr. Mt 5, 45). Así debe ser el cristiano que aspira a la santidad: una persona con defectos, pero que sabe querer a todos, con las miserias que ellos tengan.


El Papa viajero. Así se le conoce a Juan Pablo II. Hizo un centenar de viajes para estar cerca de los demás, para darse cuenta de sus problemas y ayudarles.

Miles de personas han tenido oportunidad de contarle sus cosas, también cuando estaba limitado físicamente. Cuando ya no podía moverse, se sentaba en una silla y uno a uno hablaba el tiempo que podía durante las audiencias.

–Señor Jesús, danos un corazón misericordioso capaz de ver las preocupaciones interiores y exteriores de los demás, para comprenderles y ayudarles.

A nosotros, muchas veces nos cuesta actuar así, pero no a Dios, que es mas humano que nosotros.


Cuentan de una mujer internacionalmente conocida en el mundo de la comunicación, que estando un día sentada en la playa, enfrente del mar, pensando justamente en esto, en la misericordia de Dios, de repente rompió una ola y le salpicó un gota en la mano.

Como estaba haciendo oración, el Señor le hizo entender: ¿Ves esa gota de agua? Así es tu miseria delante del océano de mi misericordia.

Es justamente lo que vemos cuando asistimos a la Santa Misa. El sacerdote echa el vino en el cáliz y luego una gotita de agua que se mezcla hasta desaparecer en el vino. Nuestras miserias desaparecen en medio del amor misericordioso de Jesús si nos arrepentimos.

Así tienen que desaparecer también las miserias de los demás, sin echárselas en cara.

«Dame, Señor de misericordia, la gracia de que yo también sea misericordioso con los demás. Intransigencia conmigo mismo; comprensión con los que me rodean» (PredicHond, «Confianza en Dios», 10-IV 1937, p. 44).

Él nos ayudará si se lo pedimos a través del corazón misericordioso de su Madre.

Antonio Balsera & Ignacio Fornés

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