miércoles, 12 de marzo de 2008

¡DIOS AÑADIRÁ!

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El nombre de José es muy común, de hecho en la Escritura hay más de uno. Uno de los hijos pequeños de Jacob y otro –el más famoso– el esposo de María


Hay un paralelismo muy estrecho entre estos dos grandes hombres que se llamaron así: uno en el Antiguo Testamento, y el otro en el Nuevo.

José, el de Jacob, era aquel que sus hermanos vendieron a unos mercaderes y que terminó siendo la mano derecha del faraón. Este José fue el que salvó a Egipto de morir de hambre gracias a su capacidad de interpretar sus sueños.

Además vida de los dos Josés guarda una gran similitud. Los dos fueron a Egipto, los dos son famosos por su castidad, y los dos recibieron la voluntad de Dios en sueños.

El soñador, decían sus hermanos

Y parece como si los sueños del primer José, se hicieron plenamente realidad en el segundo.

Nos dice el libro del Génesis (37, 5-10):

Tuvo José otro sueño, que contó a también a sus hermanos, diciendo: "He visto que el sol, la luna y once estrellas me adoraban".

Efectivamente en Nazaret, Jesús y María se someterían a la autoridad del Jefe de la familia: el Sol de justicia, que es Jesús, y la Luna, María, que recibe la luz del Astro Rey.

Y también así como el primer José se convirtió en intendente de los graneros de Egipto. De igual manera, el segundo José recibió el encargo de ganar el pan de la familia de Nazaret.

También a nosotros San José nos ayuda como Padre. Por eso nos dice la Iglesia, como el Faraón decía a sus súbditos: «id a José».

Gracias, también, a su capacidad de interpretar la voz que oyó en sueños de un ángel, el Señor contó con él para venir a la tierra y para burlarse de sus perseguidores.

Es que si el primer José tuvo el encargo de conducir al pueblo de Dios a Egipto para salvarles del hambre; el segundo fue quien cuidó, crió y educó, a Cristo verdadero Pan de Vida, que nos trajo la Salvación a todos los hombres.

Señor, que podamos servirte... con un corazón puro como San José, que se entregó para servir a tu Hijo (cfr. Misa de la Solemnidad de San José. Oración sobre las ofrendas).

Hemos de ir a él como han acudido los santos. Teresa de Jesús escribió sobre el Santo Patriarca: «No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer» (Libro de la vida, cap. VI).

En los años treinta San Josemaría puso en marcha una residencia de estudiantes en Madrid. Debido a la falta de presupuesto hubo muchos problemas para la instalación del primer oratorio allí en la casa. Destinaron al oratorio la mejor habitación del piso. Consiguieron un altar y, como retablo, un cuadro con la cena de Emaús. Y consiguieros otros objetos litúrgicos gracias a algunos préstamos o, incluso, regalos.

«En vísperas de San José no había recibido aún contestación a la instancia solicitando un oratorio semipúblico. Quedaban también por adquirir bastantes objetos sueltos, como las vinajeras, la campanilla, la palmatoria, la bandeja de la Comunión, etc. Don Josemaría hizo una lista de ellos, y la guardó, encomendando a San José que algún alma caritativa se los donase. Grande fue su sorpresa cuando, la misma víspera de la fiesta, el 18 de marzo, el portero subió a la residencia con un paquete que le había entregado un señor. Al abrirlo comprobó el sacerdote que contenía todo lo que faltaba; exactamente los objetos enumerados en la lista. Trataron de averiguar quién era el donante. El portero no supo dar más señas sino que lo trajo un señor con barba. No podía ser más justa y precisa la respuesta de San José a sus oraciones. Consciente de ello, en agradecimiento por ese favor que adelantaba la presencia de Jesús Sacramentado en aquella casa, mandó que en todos los futuros centros de la Obra la llave del Sagrario llevase una cadenita con una medalla en la que estuviera inscrito: Ite ad Ioseph, patriarca del Nuevo Testamento y guardián de la llave del Pan de los Ángeles» (A. Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, Vol I. p. 259).

Decía Santo Tomás que «a los que Dios elige para algo los prepara y dispone de tal modo que sean idóneos para ello». Así lo hizo con San José. Dios contó con él para ser el esposo de la Virgen María y el padre de Jesús en la tierra.

La fidelidad de Dios se muestra en las ayudas que otorga siempre, en cualquier situación de edad, trabajo, salud, etc., en que nos encontremos, para que cumplamos fielmente nuestra misión en la tierra. San José correspondió delicada y prontamente a las innumerables gracias que recibió de parte de Dios.

Quizá el habría pensado que los acontecimientos de su vida deberían haber sido de otro modo pero siempre confió en Dios, le fue fiel.

En hebreo el nombre de José significa: Dios añadirá. Esto es lo que hace ahora desde el cielo: conseguir que el Señor multiplique las cosas buenas en nuestra vida.

Hoy pedimos a San José esa juventud interior que da siempre la entrega verdadera, la renovación desde sus mismos cimientos de estos firmes compromisos que adquirimos un día. Le pedimos también por tantos que esperan de nosotros esa alegría interior, consecuencia de la entrega, que les arrastre hasta Jesús, a quien encontrarán siempre muy cerca de María.

1 comentario:

Jos� dijo...

Me ha gustado la parte que compara a los dos Josés. Sobre todo, el sueño del sol y la luna comparado con Jesús y la Virgen.

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