domingo, 30 de noviembre de 2008

CARIÑO HUMANO Y VIDA EN FAMILIA

El Espíritu Santo movió a la Virgen para que acudiera, con prisa y alegría a cuidar de Isabel en el primer adviento, cuando llevaba en su seno al hijo de Dios que iba a nacer. Ya se ve que una persona con amor a los demás si se la deja libre se pone a servir enseguida.

San Pablo a los discípulos de Roma les dice:

–Aquellos que son movidos por el Espíritu de Dios, esos son los hijos de Dios.

Hay cosas que la gente que ha estado cerca de algún santo recuerda con frecuencia. En muchas ocasiones he oído contar a personas que han convivido con San Josemaría un estribillo casi constante:

-¡¡Hijos míos que os queráis!!

Y sus sucesores han seguido con la misma cantinela.
-Os pido por el amor de Dios que, como quería nuestro Padre, queráis a los demás con el corazón de Cristo (...)

Son palabras del actual Prelado del Opus Dei.

Y se quedan grabadas, no solo por el número de veces que las dice, sino cómo las dice. Lo lleva en el corazón, en su corazón de Padre… Le afecta la manera en que se quieren sus hijos.

Si lees la carta que escribió san Juan cuando ya era mayor todo es lo mismo: la caridad, el cariño…

Todo lo contrario al egoísmo, que consiste en ir a lo nuestro, no a lo de los demás.

Uno puede ser egoísta y hacer muchas cosas por los demás… Rectifico: y creer que hace muchas cosas por los demás. Porque todas esas obras de caridad las hace buscándose a sí mismo, los demás le importan un bledo.

El cariño tiene mucho que ver con el respeto a los demás, con la manera de tratar al prójimo. Cuando humillamos, cuando pegamos un corte a los demás, no los estamos queriendo…

Una persona cercana a Dios no hace eso… Una persona cercana a Dios quiere a los demás con sus fallos y descuidos y procura servirles, no servirse de ellos.

San Gregorio quería que en la Iglesia el máximo representante de la Jerarquía fuese el siervo de los siervos de Dios. Y este es el nombre que se le da al Papa.

–El que de vosotros quiera ser grande sea el servidor de todos, dijo un día Jesús.

Tú y yo necesitamos de pedirle a Dios:

–ven Espíritu Santo (…) y que tu caridad habite en lo más interior de nuestra persona. Ven para tratar con tus modos a cada una de las personas con las que convivo.

Como el Espíritu Santo hizo con María.

Seguramente habrás tenido la experiencia de alguna persona cercana que se te haya muerto.
A muchos les pasa en esas circunstancias que se les vienen a la cabeza situaciones en las que podían haber tratado mejor al difunto.

Es una reacción lógica, que no tiene que quitarnos la paz.

Pero sí nos tiene que hacer pensar en lo que valoramos el cariño a los demás. Y nos tiene que hacer rectificar aprovechar el tiempo que tenemos en la tierra para querer mucho a los demás.

Pero si queremos que esto sea así, hemos de luchar por poner el corazón, en lo humano. San Josemaría afirmaba que no quería caridad que no fuese cariño, y también que no quería hijos sin corazón: me estorbarían a mí, estorbarían a la Obra, a la Iglesia y a Dios mismo.

De ahí su profunda humanidad. El Fundador del Opus Dei era muy humano y muy sobrenatural: todo a la vez. Por eso machaconamente repetía que él no tenía más que
un corazón para amar a Dios y a las criaturas.

–Señor dame el corazón de los santos.

Hablando san Josemaría de su corazón, decía:

Se debe dar el corazón entero e indiviso, de otro modo se apega a cualquier nadería de la tierra.

Es verdad, el corazón se apega a las criaturas y acudimos al Señor para aprender a purificar nuestro afecto. Pero purificar no significa, ni mucho menos, anular el afecto.

Los Hechos de los Apóstoles dicen que eran cor unum et anima una. Es una especie de contraseña que tenía el grupo de amigos del joven Karol Wojtiwa en Polonia, en unos momentos difíciles, de dominación Nazi.

Así se reconocían y se animaban a estar muy unidos en un ambiente cargado de odio.

¡Qué bien nos vendría que fuese un lema de nuestra vida!: un solo corazón y una sola alma.

Con frecuencia el Apóstol Juan, el Apóstol de la Caridad, contrapone la luz y las tinieblas, la caridad y el desamor.

El que ama tiene la luz de Cristo y con esa luz descubres cosas para querer a las demás.

Muchas veces al oír estas meditaciones pensamos que
hay una persona que no me valora o que me trata con frialdad…

En cambio, es al revés, hemos de pensar qué hacemos nosotros por los demás.

Lo importante es amar, de ahí sale todo.


Así se entiende lo que dice S. Agustín:
ama y haz lo que quieras.

Por eso hemos de pedir al Señor:

–haz mi corazón semejante al Tuyo. Que yo aprenda cada día a querer más, con un amor que sepa acortar distancias.

Esto requiere por nuestra parte conocimiento de las personas, de las situaciones.

San Josemaría decía:

–yo conozco a los míos. Nada de un hijo mío me es indiferente

San Agustín lo expresaba diciendo: amor notitia est, el amor es conocimiento y el conocimiento lleva al amor.

¿Conozco a las demás para ayudarles, para servir?

Ahora estamos en la presencia de nuestro Señor. Ayuda mucho la oración preparatoria: nos ve, nos oye. Conoce nuestros deseos de hacer bien las cosas de mejorar, de ayudar a las demás.

¿Cómo es la caridad y fraternidad en tu familia? ¿Hay algo que tengas que mejorar?

–En esto conocerán que sois mis discípulos, dijo el Señor.

¿Corrijo a destiempo? ¿tengo la lengua suelta, de látigo?

Acudimos a la intercesión del fundador del Opus Dei para vivir el núcleo de la vida cristiana que es el amor.

Vamos a decirle al Señor:


–infunde amore cordibus!

Podemos luchar más contra nuestros defectos:

–voy a corregir a quien lo necesita, aunque me cueste; voy a intentar escuchar más; voy a hacer un ambiente más grato a mi alrededor, que haya más cariño; voy a no ser como un erizo al que nadie se acerca…

Dice San Juan: Amémonos unos a otros ya que el Amor es de Dios (1 Juan 4, 7).

Hay que repetirlo porque lo natural en el hombre es el egoísmo, el altruismo no se da sin esfuerzo. Y por el pecado, cuando la criatura piensa en sí misa se vuelve agresiva.

A Jesucristo no le pasaba, el Señor es manso, tranquilo, se da constantemente y no pide cuentas. Dios da paz no tensión.

Por eso pídeselo cuando comulgues:

–Señor dame tus maneras, tu trato, tu paciencia… tu corazón.

Santo Tomás decía que el efecto propio de este sacramento, (hablaba de la Eucaristía), es la transformación ("conversio") del hombre en Cristo.

–Señor haz que algún día pueda decir: ¡No soy yo el que vivo sino que Tú vives en mí!

En el convento de la Piedad (Granada) hay un cuadro muy original:

Aparece en la parte superior del cuadro a Dios Padre con una paleta de pintura en la mano izquierda y en la derecha un pincel. Con ese pincel está pintándole a la Virgen su corazón, muy parecido al de su Hijo.

-¡Señor, píntame un corazón parecido al de María, y así querré de verdad a mis prójimos más cercanos!

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