domingo, 7 de diciembre de 2008

VIVA LA PEPA

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«Me alegro con mi Dios»: hemos oído que exultaba Isaías en la Primera lectura (61, 10B). Y el lema de este domingo podría ser algo parecido: «estoy contento con Dios».


Sin embargo, las personas mayores suelen tener otro lema que repiten con frecuencia: «La salud es lo principal».

También se oye decir, en las conversaciones, a la gente madura: «durante la semana he estado de médicos» .

Todavía recuerdo un anuncio de televisión, en blanco y negro. Se veía a un sabio griego vestido con una sábana y alguien le preguntaba: –Dime Academo, ¿qué es la felicidad?

Y de forma sentenciosa, el maestro respondía: –La felicidad es la ausencia del dolor.

Y una voz en off terminaba el anuncio publicitario diciendo: «Contra el dolor, tableta OKAL»

Por eso a un santo le oí hablar de un tipo especial de alegría: la del animal que está sano.

Al hablar de los jóvenes dicen algunos:
–«Déjales que se diviertan, que la juventud sólo se tiene una vez en la vida».

También a los quince años se le llama: «la niña bonita».

Y es que para otros la felicidad consiste en la juventud. No es de extrañar que Dorian Gray hiciera un pacto con el diablo para que le concediera la eterna juventud.

Conclusión: cuando uno está sano y es joven, tiene posibilidades de estar contento. Y si encima está enamorado, la cosa se vuelve exultante.

Pero ¿qué sucedería si una persona empieza a tener achaques? Ya cumplió quince años varias veces, y se le terminó hace tiempo «el amor eterno»...

Entonces puede ser que no sólo tenga canas, sino que también su alma se haya llenado de arrugas, que es peor. Y comience a tener alopecia espiritual.

Uno se pregunta si no habrá algún minoxidil con el que pueda «untarse» y evitar la caída de la ilusión.

Por eso no es extraño que San Pablo dijese a los primeros cristianos: «estad siempre alegres» (1 Ts 5,16-24: segunda lectura de la Misa).

Seguramente conocéis la historia del mejor poeta en lengua castellana, Juan de Yepes. También llamado San Juan de la Cruz.

Nadie como él ha escrito poemas de amor. Y los compuso rodeado de unos sufrimientos terribles. Pero no era infeliz. Porque se dio cuenta de que la felicidad verdadera la tenían las personas que amaban, los amadores.

Y es que en esta tierra, que es un valle de lágrimas, el Amor crece cuando se sufre por la persona que uno quiere. Sólo el amor puede darnos la felicidad, y en la actualidad sólo el dolor es la verdadera prueba de que se quiere de verdad.

Estando San Juan de la Cruz en un pueblo de Andalucía, le cantaron una canción que tenía la siguiente letra:

«Quien no sabe de penas, en este valle de dolores, no sabe cosas buenas, ni ha gustado de amores, pues penas es traje de amadores».

Y Juan de la Cruz, que había sufrido mucho, se echó a llorar.

Y cuando el Señor le dijo que le pidiese lo que quisiera, él le contestó: –Sufrir y ser despreciado...

Porque San Juan de la Cruz sabía, por experiencia, que si sufría por Dios, alcanzaría un Amor tan grande que no le podría quitar nadie la felicidad.

Y todo el mundo dice que sus poemas de Amor son los más maravillosos que se han escrito, porque su corazón había experimentado una felicidad exultante.

Con razón un santo de nuestra época ha dicho que «la felicidad tiene sus raíces en forma de cruz».

Un amigo ha publicado un libro que se titula «Amar y ser feliz». Pero en realidad podría titularse también: «Amar es ser feliz». La persona que en su vida se «roza» con el Amor de Dios, llegará a la felicidad.

Y esa persona, que ha sido «untada con el Amor de Dios», «desborda» de alegría y trasmite la felicidad a los demás (cfr. Is 61, 1-2 a.10-11: Primera lectura de la Misa).

Por eso la persona santa puede decir: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia».

«Me alegro con mi Dios», repetimos hoy los cristianos (Is 61, 10B: Respuesta del Salmo).

A veces nos preguntamos si el Señor estará contento de nosotros, y es bueno hacerlo así. Pero también nos ayuda pensar si estamos contentos con Dios.

Una de las cosas que más dificulta la santidad es el espíritu de queja. Por eso los santos han dicho y escrito que «el que se queja no es buen cristiano».

Eso lo decía San Juan de la Cruz, que por ser hoy domingo no celebramos su fiesta. Pero nos acordamos de él por el buen ejemplo que nos dio. Sufrió mucho pero con alegría.

«Estad siempre alegres» nos dicen San Pablo, y esto es difícil. Pero también es verdad que nos da la solución: «Sed constantes en la oración».

Efectivamente la oración es la mejor medicina contra la tristeza. La infalible «tableta OKAL» que anunciaban en televisión.

Me acuerdo de que por aquella misma época, en la pequeña pantalla había un programa religioso que casi nunca veíamos en mi casa. No porque tuviéramos nada en contra del «cura de la tele»: era más bien por un motivo técnico.

Resulta que, entonces, los aparatos de televisión funcionaban con un elevador de tensión. Y el dispositivo se recalentaba bastante después de varias horas de tenerlo encendido.

Los sábados veíamos la película de sesión de tarde: «el Virginiano». Y después «Cesta y puntos», que era un programa concurso. Más tarde había otra serie bastante famosa: «Viaje al fondo del mar».

Y para que se enfriase el elevador, apagábamos la televisión, puntual y religiosamente, en el programa del cura. Así que vi pocos.

Pero me acuerdo de algunos. Por ejemplo un capitulo titulado: «Hoy he roto con mi novia». Era un auténtico drama.

El cura era bastante simpático (era una pena lo de las dificultades técnicas del elevador).

Vi pocos episodios, pero nunca se me olvidará el lema del programa, porque el cura acababa siempre diciendo: –No lo olvidéis, «siempre alegres, para hacer felices a los demás»

Efectivamente, éste es un buen lema para un cristiano. Porque esto es lo que han hecho los santos: estar siempre alegres.

Pero nosotros, que todavía no tenemos la fuerza necesaria, quizá porque nuestro «elevador de tensión espiritual» se recalienta mucho, dejamos de transmitir alegría en algunos momentos.

Lo que podríamos hacer cuando nos demos cuenta de que no estamos contentos, es rezar: ponernos en presencia de Dios, y así se nos pasará el «calentón».

San Juan Bautista era como el «cura de la tele» que gritaba en el desierto. Y nos cuenta el Evangelio (de la Misa de hoy) que decía: «en medio de vosotros hay uno que no conocéis» (Jn 1, 26).

Tenía mucha razón y la sigue teniendo: cuando no estamos alegres, es porque no sabemos descubrir, que el Señor está en medio de nosotros.

Hoy es el domingo que llaman «Gaudete», que es una palabra latina, un imperativo, que se traduce como «Estad alegres».

Tenemos que alegrarnos porque el Señor ha querido hacerse Hombre como nosotros, y ya nos acompaña siempre.

«Siempre alegres» estaremos si no perdemos de vista que el Señor está a nuestro lado. Ahora mismo, mientras escuchamos estas palabras.

«Siempre alegres, para hacer felices a los demás». Porque los que nos rodean necesitan ver caras sonrientes. Y el Evangelio es una buenísima noticia que la transmitimos con mucha eficacia si estamos contentos.

Porque la música del Cristianismo es la alegría desbordante.

Por eso hemos de pedir: –Señor: que los malos sean buenos; y los buenos, simpáticos.

Porque los santos han sido personas que han estado contentísimas de Dios. Precisamente la oración que se conserva de la Virgen es así: exultante, por lo bien que se portaba el Señor con Ella (cfr. Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54: Salmo responsorial).

La oración de María es como el desbordarse de felicidad de un niño cuando recibe los regalos de Reyes.

Todavía me acuerdo de la expresión de mi hermana pequeña la noche de un 6 de enero. Al verse rodeada de las cosas que había deseado, gritó: –¡Viva la Pepa!

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